SEMINARIO DE ZAMORA. Esbozo de Historia de una Institución Trascendental. Por Jorge Moreno Méndez

(Material tomado de GUIA de Zamora, Semanario Regional Independiente, Zamora, Mich., México, http://www.semanarioguia.com)

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SEMINARIO DE ZAMORA
ESBOZO DE HISTORIA DE UNA
NSTITUCION TRASCENDENTAL
Por Jorge Moreno Méndez

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Jorge Moreno Méndez – Génesis y razón de ser de los Seminarios
Sabado, 26.09.2009, 11:44am (GMT-5)
El sacerdocio católico
Creo que para comprender, juzgar y valorar de la mejor manera la historia del Seminario de Zamora es útil, conveniente y aun necesario el conocer un poco las causas y las circunstancias históricas y religiosas, próximas y remotas, que dieron lugar a su existencia. Quizás algunos lectores cuenten con tal conocimiento en un grado mucho más profundo y completo que el que yo pueda proporcionar, resultando, por lo mismo, que lo dicho por mí sobre el particular saldrá sobrando; pero creo que otros lectores, con los datos que en seguida me permito recordar, podrán tener una mejor idea y visión del Seminario de Zamora, puesto que contarán con elementos básicos que les permitirán apreciar sus inicios, su trayectoria y la trascendencia que ha tenido en nuestra sociedad.

Desde luego debemos apuntar que los Seminarios son instituciones de carácter religioso y que, por lo tanto, es necesario analizar un poco su entronque con la religión y, si estamos hablando concretamente de una institución católica, debemos tener clara la idea del lugar que ocupa un Seminario en la religión católica, partiendo del hecho de la fundación de la Iglesia y del papel que en ella quiso tuvieran los Sacerdotes. En efecto, Jesús de Nazaret trajo un mensaje al mundo, predicó una doctrina ideal para que, con su práctica, el hombre pudiese vivir en armonía, buscando su felicidad y la de los demás, así como también una felicidad perfecta en otra vida y, para propagar tal doctrina, fundó una sociedad a la que podrían pertenecer todos los integrantes del género humano y en la cual ocuparían un lugar especial e importante ciertos miembros de la misma, como Ministros o Sacerdotes, a los que, en la persona de sus primeros seguidores, llamados Apóstoles, eligió de una manera especial: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo los elegí” (Juan 15, 16); les dio una misión concreta y especial: “Como mi Padre me envió, así os envió a vosotros” (Juan 20, 21), en una palabra los mandó a predicar el Evangelio y (“Vayan por todo el mundo predicando el Evangelio…”) les dio poderes específicos para enseñar, bautizar, perdonar los pecados, consagrar el cuerpo de Cristo, etc. Pero, por otro lado, debemos saber que Cristo es el único y verdadero Sacerdote y que, tanto los sacerdotes de la Antigua Alianza (que eran una figura de El), como los que luego constituyó en su Iglesia, sólo participan de ese Sacerdocio para y en beneficio de los demás, ejerciendo su triple papel de pastores, ministros de los ritos sagrados y maestros, todo ello bajo el signo y la consigna de su fundador: el servicio a los demás, especialmente a los miembros de la Iglesia, pero también a los que no lo son. Además tales oficios los debe el Sacerdote desempeñar unido a su Obispo (quien es el que lo llama y constituye como tal) y dependiendo de él.
Situación deplorable
Todo lo anterior es la doctrina de la Iglesia Católica, doctrina que muchas veces fue llevada a la práctica, pero que, desgraciadamente, no siempre fue así, como podemos afirmarlo, limitándonos a la época en que nacen los Seminarios, es decir, al siglo XVI, cuando el panorama de los sacerdotes católicos era deplorable. Debemos afirmar, categóricamente, que el Sacerdocio católico, como lo concibió y estableció Cristo, nunca ha estado, está o estará en crisis, sino que serán siempre los Sacerdotes, los individuos que lo han abrazado, los que han llegado y puedan llegar a tal situación. Y tal hecho o tal posibilidad, si somos sinceros y honestos los católicos, debemos admitirlos, teniendo siempre presente lo que el Papa Juan Pablo II afirmó en varias ocasiones: el principal aliado de la Iglesia debe ser la verdad y se debe tener como los peores enemigos de la misma la mentira y, sobre todo, el encubrimiento. En el siglo XVI, como apuntábamos, el clero, tanto monacal, como, sobre todo, el secular habían caído a un nivel muy bajo en cuanto a su dignidad, su ministerio y su vida privada.
En cuanto a los religiosos, ya desde el siglo X y aunque sus Reglas les ponían más cortapisas que a los seculares, venían en decadencia y para el siglo XVI su degradación (casi generalizada, aunque había honrosas excepciones) había llegado a extremos dolorosos, en cuanto a castidad, disciplina y otros vicios. Las causas: el ingreso a las Órdenes Religiosas sin vocación y a veces forzados por circunstancias políticas o económicas; las riquezas que habían ido acumulando los monasterios y que los corrompían, la plaga de abades que recibían la prebenda sólo por su nobleza, y que ni habitaban en el monasterio, ni daban buen ejemplo, despreocupándose de sus Reglas, contagiando a sus súbditos de tales conductas. Por lo que respecta al clero bajo y secular, procedente en su mayoría de las clases populares, era rudo, de formación deficiente (no contaban con escuelas o instituciones que los educasen e instruyesen, sino que los distintos Párrocos se encargaban o se debían encargar de darles una ligera formación para poder ser ordenados sacerdotes) y, por lo mismo, víctimas o actores del concubinato y de la simonía. Ante esta situación, cundió la ignorancia y el descuido en que vivía abandonado dicho clero bajo de parte del alto clero (Obispos y aun Papas), añadiéndose a esto la poca retribución económica en las pobres capellanías. La misma ignorancia religiosa del pueblo a su cuidado, los empujó a descuidar sus obligaciones y prácticas cristianas, cayendo en la corrupción de costumbres. En cuanto al clero alto se había vuelto excesivamente mundano y, ocupado en los negocios seculares, descuidando el ministerio y la formación del clero bajo. Muchos hijos de la nobleza eran destinados al sacerdocio sin tener vocación y los compromisos que ello conlleva y eran los que ocupaban los Cabildos y los Obispados; más todavía, la mala conducta de algunos Papas y Cardenales hacía más grave el problema y la situación. Como decíamos de las Órdenes Religiosas, también en el Clero Secular hubo sus honrosas excepciones, pero el panorama general, no ciertamente sacado totalmente de documentos de algunos enemigos de la iglesia, sino de escritos de personas sensatas y aun santas que se lamentan de tal situación y trataban de ponerle remedio. Bástenos recordar lo escrito por el historiador jesuita Bernardino Llorca, refiriéndose a esta época de la Iglesia y su Clero: “El clero se hallaba en un estado de corrupción tan deplorable que apenas podemos imaginarnos hoy día tal situación”.
Un remedio apropiado
Tal estado de cosas, en cuanto a los Sacerdotes, era absolutamente necesario cambiarlo y hacer que ellos encarnaran de nuevo el ideal y la real figura del Sacerdote establecidas por Cristo. Y aquel cambio lo intentó el Concilio de Trento. Sin podernos detener a analizar siquiera un poco la historia, el proceso y todo el contenido de este Concilio, sólo podemos decir que en la XXIII de sus sesiones (la del 15 de julio de 1563) decretó la formación de algo que no existía y que era absolutamente necesario para la formación de los futuros Sacerdotes del clero secular, llegando a ser éste uno de los muchos y grandes aciertos de dicho Concilio de Trento, celebrado, precisamente, para la reforma de la Iglesia: la creación de los Seminarios, es decir, de “Colegios en los cuales los sujetos destinados al estado eclesiástico reciban la instrucción y la educación que la Iglesia exige a sus futuros Sacerdotes”. Desde entonces, cada Diócesis en todo el mundo debería tener un Seminario que debería contar con “un Rector, profesores, un ecónomo, dos confesores y un director espiritual, además de dos Comisiones: de Disciplina y de Bienes Temporales” y tales personas deberían ser “eminentes por su doctrina, sus virtudes y prudencia y que puedan servir de modelo a los alumnos”. Al mismo tiempo, el Concilio daba una serie de mandatos que servirían para que los Seminarios cumpliesen su cometido, como los renglones en que el candidato al Sacerdocio debería ser formado, las aptitudes y requisitos para ser ordenados, etc. ya que la ordenación de cualquier sujeto es “un asunto grave y delicado”.
Podrán cambiar las circunstancias, las costumbres, los métodos de formación en los Seminarios, pero esto seguirá siendo lo que el Concilio de Trento vislumbró: una casa de formación para los futuros Sacerdotes, con todo lo que ello implica. Muchas cosas han cambiado, sobre todo a raíz del Concilio Vaticano II, pero la esencia y la razón de ser de los Seminarios son las mismas

Jorge moreno Méndez

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3.- Los Seminarios en la Nueva España y en Michoacán Jorge Moreno Méndez
Sabado, 03.10.2009, 03:06pm (GMT-5)

Preparando el camino
Hay un hecho en la historia de la conquista y de la evangelización de la Nueva España digno de apuntar y de valorar. El descubrimiento de Ámerica y la conquista de sus diversas regiones coincidieron con la corrupción y degradación de gran parte del clero secular, tanto alto como bajo, así como de una buena parte del clero regular y esto debió, lógicamente, trascender y tener consecuencias sobre todo en la conquista espiritual de aquellos pueblos, realizada, principalmente por los religiosos, ya que aquel estado en que se encontraban los sacerdotes en Europa, trasplantado y exportado a aquella obra, hubiera sido un desastre y hubiera dificultado enormemente la difusión y aceptación del Evangelio entre todos aquellos pueblos. Pero no existió tal exportación de degradación sacerdotal, debido, principalmente a un hecho, en cierto modo, explicable e insólito a la vez: el Papa Alejandro VI (cuya vida y costumbres no eran de ninguna manera ejemplares) en su Bula “Inter Coetera”, del 4 de mayo de 1492, les decía expresamente a los Reyes involucrados en la conquista de los nuevos territorios: ”Os mandamos, en virtud de santa obediencia, que destinéis y enviéis a las tierras firmes e islas expresadas, varones virtuosos, temerosos de Dios, doctos y expertos”. Y así la evangelización de aquellos nuevos pueblos contó, en su inmensa mayoría, con la acción de varones verdaderamente apostólicos y entregados única y exclusivamente a su labor pastoral y al servicio de los indígenas, a pesar de los grandes obstáculos y problemas con los que tuvieron que enfrentarse, como la ingerencia de la corona en su labor apostólica (ella era la que los sostenía económicamente), el aprendizaje de las lenguas (muchas, variadas y de difícil pronunciación), etc. La fundación de numerosos conventos, así como colegios y demás centros de estudios, hicieron posible la penetración y aceptación del Evangelio entre los naturales. El siguiente paso, en la Nueva España y en las demás Colonias, fue el establecimiento de las Diócesis con sus parroquias (primeramente, al cuidado de los religiosos) y así tenemos la fundación de la Diócesis de Puebla, el 13 octubre de 1525 (recordemos la fundación de Yucatán y de Tlaxcala que luego no tuvieron efecto por varias razones); la de México, el 2 de septiembre de 1530; la de Oaxaca, el 21 junio de 1535 y la de Michoacán, el 18 de agosto de 1536. A todas ellas también se enviaron como Obispos a personas dignas y apostólicas.
La Diócesis de Michoacán
El Obispado de Michoacán fue creado por Paulo III y era el más grande de la Nueva España, pues comprendía Michoacán, Colima y Guanajuato, parte de Querétaro, de Guerrero, de Jalisco, de San Luis Potosí y de Tamaulipas. En esa Bula se erigía, junto con el Obispado, el Pueblo o Ciudad de “Mechuacán y su iglesia de San Francisco, como catedral” (estas últimas apenas “por hacerse”). El primer Obispo de Michoacán, Don Vasco de Quiroga, escogió por Catedral “la Iglesia abandonada por los franciscanos en el barrio de Cinzonza y por ciudad de Mechuacán el barrio de Pátzcuaro”, pero luego la sede fue trasladada a Valladolid por el Obispo Don Juan Medina del Rincón. Al fundarse la Diócesis, quedaron las parroquias repartidas entre franciscanos, agustinos y algunos pocos clérigos seculares. Como decíamos, la Diócesis de Michoacán era enorme, de ahí que se suscitaran múltiples problemas para su gobierno (pleitos sobre sus límites con la Diócesis de México, control de parroquias por su pertenencia y organización de las mismas, entre religiosos y sacerdotes diocesanos, etc.) y, como era natural, una de las prioridades de Don Vasco fue el abastecer su Diócesis con el clero suficiente, no sólo en cuanto a su cantidad (se necesitaban muchos sacerdotes), sino, principalmente, en cuanto a su calidad (dada la visión, la entrega y los proyectos a realizar entre sus fieles diocesanos por este gran Obispo). Efectivamente, a él le tocó la creación de las parroquias de su Diócesis, el 16 de agosto de 1541, encontrándose con el problema de la administración de las mismas, por el poco número de sacerdotes con que contaba y con el deseo de proveer a esa necesidad principalmente a base de sacerdotes diocesanos, contra el parecer y la postura de algunos religiosos que no aceptaban aún la formación de un clero indígena. Cabe mencionar aquí que nuestro Fray Jacobo Daciano fue un defensor y un paladín de la idea de preparar indígenas para el Sacerdocio y pudieran así evangelizar a sus hermanos, como se desprende de su controversia con Fray Juan de Gaona que se oponía a este proyecto.
Los dos Seminario de Valladolid
El Concilio de Trento estaba todavía lejos de celebrarse, así como el decreto de la creación de los Seminarios (como veíamos fue en una de las Sesiones del año de1563), pero Don Vasco de Quiroga se adelantó al Concilio porque, “impresionado de la necesidad indispensable que tiene una Iglesia Catedral de un Colegio que lo sea Seminario y de donde se provea de Ministros para su culto y servicio”, fundó el Colegio de San Nicolás Obispo en Pátzcuaro el año de 1538 “para proveer de Sacerdotes a su Diócesis”, pudiendo considerarse con toda verdad que fue este Colegio el primer Seminario de la Nueva España y de la mayor parte de America y precursor de los que vendrían después. Dicho Colegio fue dirigido por los Padres Jesuitas y en él se impartían clases de Gramática o Latinidad, Artes o Filosofía, Teología Dogmática, Moral y Derecho Canónico y Civil. Dicho Colegio fue trasladado a Valladolid en 1580, cumpliendo satisfactoriamente y por muchos años su cometido, llegando a ser realmente un semillero de Sacerdotes doctos y virtuosos y con una calidad académica de primera, siempre bajo la vigilancia y el interés de Don Vasco quien, al morir, le heredó su biblioteca de “626 cuerpos de libros y de algunos mapas geográficos”.
En 1770, el Obispo de Michoacán, Don Anselmo Sánchez de Tagle, fundó otro Seminario, el de San Pedro Apóstol, y no ciertamente para hacerle competencia al de San Nicolás, sino simplemente porque éste no podía sujetarse a las normas del Concilio de Trento, dada su dependencia de la corona española, situación que los Seminarios nacidos del Concilio de Trento (por lo que se les llamó Tridentino o Conciliares) no podían permitir para poder actuar con independencia. Ambos Seminarios estuvieron cerrados de 1810 a 1819, debido a las luchas de la Independencia. Este último, el de San Pedro Apóstol, ocupó el mejor edificio de toda la Nueva España (hoy palacio de Gobierno) y su crecimiento, prestigio y nivel académico se vieron enormemente acrecentados, gracias a las gerencias, principalmente, de tres grandes personajes que ocuparon su Rectoría: Don Ángel Mariano Morales, Don Mariano Rivas y Don Clemente de Jesús Murguía. El primero fue Rector de 1819 a 1832, estableciendo a su costo la nueva Cátedra de Derecho Civil y Canónico y consiguiendo de la Universidad de México el grado de Bachillerato para ambas materias y costeando de su peculio (no olvidemos que era rico de familia) importantes y excelentes reformas al edificio. Don Mariano Rivas (De 1832 a 1842) lo modernizó el Seminario con programas de estudios, añadió la Gramática Castellana, el Griego, la Historia Eclesiástica, el curso de Bella Literatura y otro de Ciencias Eclesiásticas, adquiriendo, además un rico Gabinete de Física y agrandando la Biblioteca. Finalmente, Don Clemente de Jesús Murguía (de1843-1850), quien escribió que “el progreso ha sido, es y será siempre una ley indispensable para el individuo y la sociedad. Ningún establecimiento humano puede tener jamás una perfección absoluta… las grandes reformas científicas y morales no se improvisan jamás; la observancia las prepara, la experiencia las aprueba y el tiempo las introduce”, añadió el Francés, el Derecho Natural y de Gentes, pidió libros a Francia para la biblioteca, etc.
Este Seminario tenía Auxiliares en algunas ciudades del Obispado, como León y Zamora, Auxiliares que eran “hechura” (en su particular nivel) y dependían del Seminario Tridentino de San Pedro Apóstol. Del Auxiliar de Zamora nos ocuparemos en seguida.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental 4.- Un iniciador con sello propio: Respondiendo a una necesidad
Domingo, 11.10.2009, 02:41pm (GMT-5)
Como veíamos, la Diócesis de Michoacán era la más extensa de la República y, por lo mismo, la de más necesidad y urgencia de que el número de sus Sacerdotes, sobre todo del clero secular o diocesanos, fuese mayor, por lo que se pensó en hacer algo que facilitara un mejor reclutamiento y una más directa formación de jóvenes que quisieran ser Sacerdotes. Para tal objeto se eligieron dos o tres ciudades, estratégicamente ubicadas en la Diócesis michoacana, para establecer en ellas Colegios o Seminarios Auxiliares “en los cuales los sujetos destinados al estado eclesiástico reciban la instrucción y la educación que la Iglesia exige a sus futuros Sacerdotes”, evitando con ello tanto la lejanía para recurrir al Seminario de Morelia, como el descentralizar el alumnado del mismo y no tener un Seminario gigante en cuanto a alumnos y a maestros. Además en cada una de tales ciudades se podrían aprovechar los servicios de Sacerdotes y laicos instruidos en las distintas materias para la formación y educación de los jóvenes de aquellas distintas regiones (El Seminario de Zamora haría lo propio a su tiempo, como lo veremos luego). Desde luego la organización y el gobierno de dichos centros educativos eclesiásticos dependerían, en último término, del Obispo de la Diócesis y deberían aceptar y practicar las normas y directrices que éste dictara, aplicando las del Concilio de Trento. Una de tales ciudades fue Zamora, tanto por su ubicación, como por el acendrado cristianismo existente entre los pobladores de la ciudad y de la región. Tocole en suerte y con toda voluntad y enorme entrega llevar a cabo aquel proyecto a un Sacerdote, del que no podemos dejar de hablar, aunque sea brevemente, pues el no hacerlo sería injusto, dada la ingerencia y la importante labor realizada por este Sacerdote en la fundación, organización y mantenimiento de este Seminario Auxiliar del de Morelia, fundado el 27 de julio de 1837 en Zamora por dicho Sacerdote con el fin de preparar jóvenes de Zamora y de la región que desearan ser Sacerdotes, estudiando en dicho plantel sus humanidades y comenzando a tener contacto con el ambiente que en el Seminario de Morelia les esperaba.
Don Gerónimo Villavicencio, Sacerdote
El 26 de enero de 1804, Don Agustín Villavicencio y Doña Gertrudis Méndez, personas de escasos recursos materiales, pero cristianos a carta cabal, recibían en el seno de su familia un hijo más, a quien pusieron por nombre Gerónimo quien, a los 15 años de edad, en 1819, y después de estudiar sus primeras letras en Zamora, se sintió llamado al Sacerdocio y, con sacrificios propios y de su familia, ingresó al Seminario de Morelia. Después de 9 largos años de estudios, el joven Gerónimo fue ordenado en Puebla, ya que la Diócesis de Michoacán, por la guerra de Independencia y por un largo período, se encontraba vacante. Se cuenta que un hermano suyo, de nombre José Antonio, tuvo que conseguir con Don Diego José Dávalos 50 pesos para costear los gastos de su viaje para asistir a la ordenación de su hermano y para los de la misma ordenación, como los ornamentos y otros enseres. El Padre Gerónimo fue nombrado maestro en el Seminario de Morelia, “donde enseñó latín y cultivó los clásicos griegos y latinos”, y en donde tuvo como discípulos, entre otros muchos, a Clemente de Jesús Munguía y a Melchor Ocampo.
En 1835, por enfermedad, regresó a su natal Zamora en donde, con acuerdo de la Mitra moreliana y por el “gusanito de la enseñanza, su celo apostólico y el recuerdo de sus penurias para entrar al Seminario”, fundó el Colegio de San Luis, con los fines arriba señalados. Estaban entonces de Párrocos, en Zamora, el Señor Cura Don Miguel Bahamonde y, en Jacona, el Señor Cura Don Antonio de la Peña, que mucho apoyaron al Padre Villavicencio en su proyecto educativo (sin imaginarse siquiera el Señor Cura De la Peña lo que, 17 años después, significaría para él aquel Colegio… Durante su ministerio en Zamora, el Padre Gerónimo fue un “Apóstol de la juventud zamorana a quien siempre quiso guiar por los senderos de la virtud y la ciencia”. Nunca estuvo al frente de alguna iglesia, pero tenía fama de buen consejero y mejor confesor, por lo que muchas personas acudían a él solicitando sus servicios ministeriales. Por otro lado y en contraposición, en lo personal, era bastante escrupuloso y delicado de conciencia, a tal grado que, temeroso de no consagrar bien el pan y el vino en la Misa, sólo celebraba algunas veces al año, cuando se sentía más tranquilo, asistiendo a tal celebración a varias de las iglesias de la ciudad como cualquier feligrés.

• Corazón generoso e infatigable

• Juntamente con el Padre Gabriel Silva, el Padre Villavicencio tuvo mucho qué ver en la construcción de la iglesia de Los Dolores y ayudó enormemente al Señor Cura Don Francisco Henríquez durante la terrible peste, en la celebración de la Jura del Patronato, así como en el inicio de la construcción de iglesia prometida a la Purísima Concepción de María, como consta en los anales y en varias de las actas de tales acontecimientos: “El Sr. Villavicencio hizo presente que en los actos procesionales de la jura de Patrona en que ha de salir el Pendón de la Santísima Virgen, parece muy debido que lo lleve el Sr. Prefecto, alternándose con el Señor Juez de Letras y con el Presidente del Ilustre Ayuntamiento, y así se acordó”. O bien: “El 3 de febrero de 1851, llegaba a la Mitra de Morelia el siguiente ocurso: ‘El Presbítero Don Gerónimo Villavicencio, por sí y en nombre del Sr. Cura y Juez Ecco. de Zamora, Licenciado Francisco Henríquez, ante V. Ilma. con el debido respeto comparezco y digo: que deseando favorecer y aumentar el especial culto con que hoy más que antes veneran los vecinos de Zamora a la Sma. Virgen en su Concepción Inmaculada, y habiendo ya local competente y algunos otros recursos para dar principio a la edificación de un Templo en honor de la Señora bajo el título de su Sma. Madre, rendidamente suplico a Va. Ilma. se digne concederme su superior licencia para comenzar y continuar la fábrica material de dicho templo y la facultad para bendecir y colocar la primera piedra angular; en cuya ejecución protesto a Va. Ilma. que obraremos siempre de acuerdo con la mayor prudencia a fin de que en nada se perjudique el derecho parroquial ni la fábrica material de la iglesia”. El Padre Alfonso Méndez Plancarte hace alusión a ello en su bellísimo poema “Romance Viejo de La que ganó a Zamora en una hora”: “De San Francisco ceñían, / flores de la Clerecía, /el Bachiller Don Jerónimo / Villavicencio,–exquisita / Prez de ciencia y de piedad”.

• El Padre Gerónimo sufrió enfermedades, privaciones y contratiempos, pero nunca cejó en su empeño de sostener y perfeccionar el Colegio de San Luis, nacido de su amor por esa Institución. El 27 de diciembre de 1854, le escribía al entonces Canónigo don Antonio de la Peña a Morelia: “Mi queridísimo hermano: Me han privado del gusto de escribirte en mucho tiempo mil pequeñas, pero mortificantes ocurrencias, primero: después de la tribulación e innacción en que vivimos… por el cólera, las congojas en que hemos entrado por la revolución que nos aflige y últimamente porque desde el fin de octubre enfermé y casi sin interrupción continuaron mis males, hasta reducir a un miserable estado mi salud, hasta el 13 del presente en que por una amorosa é inmerecida Providencia del Señor, comenzó mi alivio y ha seguido con tan rápidos progresos, que en menos de quince días he reparado una salud mucho mejor que la que disfrutaba antes de enfermar… por cuyo don doy mil y mil rendidas gracias al Señor, y le ruego, se las dés tú también, pidiéndole que por su Misericordia infinita me dé la gracia, que necesito para hacer buen uso de ella, sacrificándola en el fiel servicio de su Majestad Soberana, y en procurar eficazmente el bien de mis prójimos”. La vida del Padre Villavicencio, plena y activa en el servicio de Dios, de sus semejantes y de su Colegio San Luis, terminó el año de 1860, dos años antes de la Bula de erección de la Diócesis de Zamora y de que su Colegio San Luis se convirtiese en el Seminario de la nueva Diócesis.
Al morir, su corazón, generoso y servicial, fue embalsamado y estuvo guardado en una ampolleta de cristal por las Religiosas del Beaterío, pasando luego al Seminario de Zamora, conservándose actualmente en una pequeña gaveta de la sacristía del Seminario en Jacona. Creo que la conservación de tal órgano (símbolo del amor y del sentimiento humanos) no es un mero gesto de sensibilidad morbosa, sino un hecho que nos debería llevar a la reflexión y a la convicción de que, en todo lo que hagamos, debemos poner todo el corazón, la voluntad y aun la pasión y eso sólo se logra teniendo uno como el del Padre Gerónimo Villavicencio.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 5.- Tarea ardua y difícil
Sabado, 17.10.2009, 04:17pm (GMT-5)
Jorge Moreno Méndez
La historia del Colegio San Luis, fundado por el Padre Gerónimo Villavicencio y precursor del Seminario de Zamora, forma parte muy importante de la historia de la ciudad de Zamora y de su región, debido a lo que significó, no solamente para los jóvenes deseosos de ser Sacerdotes y para sus familias, sino para la sociedad en general, ya que llegó a convertirse en un centro educativo de un alto nivel académico. Tal importancia la afirmamos porque de él se beneficiaron no sólo los jóvenes que pretendían ingresar al Seminario de Morelia, sino (y esto en mayor número) todos aquellos que o no terminaban sus humanidades o que, terminándolas, no se iban a Morelia, quedando así la formación y la educación por ellos recibida en el Colegio al servicio de la comunidad zamorana y como magnífica preparación para que emprendieran otras carreras. Es por eso que me parece interesante y justo el hablar un poco de dicho Colegio (aunque es mucho lo que de él se podría decir), dando algunas noticias y datos que pudieran ayudarnos a tener una pequeña idea de tal institución y, sobre todo, de la trascendencia que en la sociedad zamorana tuvo.
No todo fue “miel sobre hojuelas”
Quien piense que fue fácil y sencillo para el Padre Villavicencio la fundación del Colegio San Luis, como Auxiliar del Seminario de Morelia, está muy equivocado. A través de numerosos documentos que existen en el Archivo Diocesano podemos darnos cuenta de los innumerables problemas y serias dificultades a los que el Padre Gerónimo tuvo que enfrentarse para llevar a cabo dicho proyecto, sobre todo en lo relacionado con el renglón de la economía y por los acontecimientos políticos y religiosos de la época en que funcionó dicho Colegio. La consideración de estas circunstancias nos obliga a reconocer mejor y darle mayor mérito a esta obra del Padre Villavicencio. El escribir y leer que dicho sacerdote fundó el Colegio San Luis es sencillo y nada complicado; pero el conocer, a través de documentos y escritos, lo que esa fundación y su sostenimiento le exigieron, complica la noticia y aclara y engrandece su figura sacerdotal y humanista.
Bien sabido es que para toda obra, por más que se le considere sobrenatural y divina, se necesita dinero y el Padre Villavicencio lo necesitó para el Colegio San Luis. En ese entonces, año de 1837, la capital de la Diócesis de Michoacán atravesaba aún por una difícil situación, iniciada por la guerra de Independencia y luego, principalmente, por la larga vacante de Obispo, de tal manera que, aunque en la fundación de aquel Seminario Auxiliar (como lo era el Colegio San Luis) no se dejó solo al Padre Villavicencio, sí debemos afirmar que no era mucho el apoyo económico y logístico que se le brindó, debido a las circunstancias reinantes y con la intención de que fuera autosuficiente. A esto debemos añadir que los últimos 10 años en los que estuvo el Padre Villavicencio al frente de él (de 1850 a 1860), para la ciudad de Zamora fueron años mucho muy difíciles, como resultado lógico de las secuelas que el cólera morbus dejó en la economía y fuerza laboral de sus habitantes, dificultad que se prolongó por varios años. Pero, a cambio de todo ello, el Padre Villavicencio contó siempre con el apoyo moral directo y el económico indirecto de Don José Antonio de la Peña, futuro primer Obispo de Zamora, tanto durante su administración de Párroco de Jacona, como al ocupar luego puestos importantes en la Mitra Moreliana. Además el mismo Señor Clemente de Jesús Munguía, antiguo discípulo del Padre Villavicencio, lo apoyó en su proyecto del Colegio San Luis, cuando llegó a ocupar el cargo de Obispo de Michoacán.
Algunos de los muchos recibos
La amistad, la confianza y la colaboración que existieron entre el Señor Antonio de la Peña y el Padre Don Gerónimo Villavicencio fueron admirables. Compañeros (que no parientes, como algunos párrafos de su mutua correspondencia pudieran sugerir) y condiscípulos en el Seminario de Morelia, estuvieron siempre en contacto y en constante comunicación epistolar, por diversos motivos y durante toda su vida. En efecto, cuando el Padre Gerónimo hacía “malabarismos” para poder sostener económicamente su Colegio, en varias ocasiones recurrió al Señor De la Peña, con ingerencia importante en la Administración económica de la Diócesis en Morelia, para que le consiguiera préstamos de algunas instituciones eclesiásticas que tenían disponible algunos capitales para préstamos a personas confiables y con bajos intereses. El Señor De la Peña le consiguió al Padre Gerónimo algunos de esos préstamos que este último pagaba con sus intereses, a veces a tiempo y a veces a destiempo, como nos lo indican varios recibos y cartas, de los cuales me permito transcribir algunos: “Pagó el Sor. Licdo. D. Gerónimo Villavicencio veintiún pesos seis reales, los que, con tres pesos dos reales de la contribución de 2 y 4 al millar, hacen 25 pesos por un año de rédito que se cumplió el 2 del pasado julio de 1850 por el capital de 500 pesos que reconoce sobre su casa a favor de este Convento de Santa Catarina Morelia. Enero 20 de 1851 Cayetano González “. Y el 28 de agosto del mismo año: “Recibió del Sor. Dn. Juan José Méndez a nombre del Sor Br. Dn. Gerónimo Villavicencio la cantidad de veinticuatro pesos, los que con un peso de la contribución del dos al millar, hacen veinticuatro pesos, rédito de quinientos pesos que dicho Sor. Villavicencio reconoce sobre su casa en favor del Convento de Santa Catarina de esta Ciudad, siendo este pago correspondiente a un año vencido en 2 de julio p…p. Como Mayordomo Administrador del espresado Monasterio doy el presente en Morelia. Agapito Solórzano” El 3 de febrero de 1853: “Recibí del Sr. Canónigo de esta Sta. Yglesia Catedral Lic. Dn. José Antonio de la Peña por cuenta y orden del Sr. Br. Dn. José Gerómimo Villavicencio veinticuatro ps. y un peso de la contribución de dos al millar, que hacen la suma de veinticinco pesos correspondientes al rédito de un año cumplido en 2 de julio de 1852, por el capital de quinientos pesos que el expresado Sr. Villavicencio vecino de Zamora, reconoce sobre una casa de su propiedad, a favor del Convento de Sta. Catarina de esta ciudad… Agapito de Solórzano” .
También la ciudad de Zamora supo de las urgencias económicas que el Padre Villavicencio tenía para sostener el Colegio San Luis, como nos lo muestran los siguientes documentos: “Como Mayordomo de la Cofradía del Divinísimo Señor Sacramentado de la parroquia de esta ciudad, he recibido del Sr. Pbro. D. F. Gerónimo Villavicencio la cantidad de 75 pesos, a buena cta. de réditos comenzando desde el 1º. de octubre de 1852 hasta cuya fecha estaban pagados los anteriores y vencidos hasta 5 de Fbro. de 1858. Méndez”. O este otro: “Como Mayordomo de la Cofradía del Divinísimo Señor Sacramentado de la Parroquia desta ciudad, he recibido del Pbro. D. José Gerónimo Villavicencio la cantidad de veintidós pesos siete y tres cuartillas v. con cuya cantidad quedan pagados enteramente los réditos vencidos hasta el día 5 de Eno. del presente año de 858 por el capital de 200$ que a favor de dicha Cofradía reporta la casa que fue del S. Don Alejo Verduzco, sita en el callejón oscuro que dirije a la Plaza y que en el mismo mes y año se ha pasado en venta al S. D. Mariano Silva: advirtiendo que quedan deducidas ya las contribuciones impuestas por el Gobierno”. Cuando el mismo Señor de la Peña podía ayudar al Padre Villavicencio de su propio peculio para su Colegio San Luis, lo hacía como podemos ver en una de las cartas de este último, con fecha 27 de diciembre de 1854: “No sé cuánto dinero podré deberte, yo no tengo apunte alguno, ya tendrás la bondad de formar la cuenta como te cause menos molestia, y yo tendré el gusto de escribirla con la mayor eficacia: ya sabes que si hay alguna diferencia en contra de alguno, recíprocamente nos la condonamos. J. Gerónimo Villavicencio”

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 6.- Reglamento, estudios y maestros del Colegio San Luis
Sabado, 24.10.2009, 03:05pm (GMT-5)

Organización
Si el Señor De la Peña, directa o indirectamente, ayudó en lo económico al Padre Villavicencio a favor del Colegio San Luis, también le sirvió de abogado de manera muy importante ante el Señor Obispo Don Clemente de Jesús Munguía, sobre todo en lo referente a la organización y a la aprobación de programas y reglamentos del Colegio, aprobación episcopal necesaria para su funcionamiento como Seminario Auxiliar del de Morelia. Existen en el Archivo Diocesano varias muestras de tales mediaciones, aceptadas de buen grado y con gran eficiencia por parte del Señor De la Peña y una de las cuales reza así: “Zamora enero 29 de 1855 Mi muy amado hermano: En muy angustiados momentos te escribo en esta vez. Te ruego muy eficazmente hagas favor de leer el adjunto oficio, y si te parece bien, porque no le encuentres garrafales defectos, ten la bondad de presentarlo en mi nombre a Nuestro Excmo. e Ylmo. Sr. Obispo, juntamente con las dos casillas que van rotuladas para S. E. Y. En la respetuosa visita, que le harás de mi parte, dirás a S. Y. cuanto tú consideres necesario, y como te parezca conveniente. Va también abierta la carta que me tomo la confianza de poner a S. S. Y. para que, impuesto de ella, me hagas favor de ponerla en sus manos, si no la encuentras digna del fuego. Las otras dos casillas son para que tú tengas el gusto de ver los ensayos de ntro. humilde Colegio. No tengo tiempo para más. Te ruego me escribas, y me des razón de tu salud. Mil finísimas expresiones a mis tías, y tú recibe el cordial afecto de tu hermano. Gerónimo Villavicencio”
Aunque el Padre Gerónimo tenía la propia experiencia de la organización de un Seminario, puesto que se había formado en uno de ellos y había formado parte de su cuerpo docente, sin embargo el correr del tiempo y el cambio de circunstancias y de criterios existentes ya en la época en que fundó y organizó el Colegio San Luis hacían necesarios cambios en su reglamentación disciplinar, en sus planes de estudio, etc. Además la situación de aquel Colegio, como Auxiliar del Seminario de Morelia, era muy especial, dado el escaso número de Sacerdotes residentes en la ciudad de Zamora, el carecer estos de una preparación académica especial para ser formadores en un Seminario y el no estar dedicados de tiempo completo a tal función, requerían de adaptaciones en su organización. De ahí que el Padre Villavicencio, consciente, por otra parte, de la imprescindible necesidad de aprobación de todos sus planes del Colegio San Luis de parte del Obispo de Morelia, tenía que enviarlos a este para que hiciera las correcciones u observaciones pertinentes y le dieran “luz verde” para su realización. Para todo ello, como apuntábamos, el Padre Villavicencio contó con la intermediación del Señor De la Peña, conocedor del Colegio, conocedor de las normas de la Iglesia respecto a los Seminarios y amigo, consejero y hombre de todas las confianzas del Señor Munguía, factores todos que puso al servicio de aquel Colegio, sin imaginarse siquiera que estaba poniendo las bases para su futuro y propio Seminario.
Planes de estudio y personal docente
Desde que el Concilio de Trento decretó la existencia de los Seminarios para la formación de los futuros Sacerdotes y dio las pautas básicas para su organización y su funcionamiento, estas instituciones fueron evolucionando, perfeccionándose y, lo que es más importante y necesario, actualizándose y adaptándose a las diversas circunstancias y necesidades de cada época y en cada uno de sus renglones: piedad, estudio y disciplina. Ya veíamos cómo los tres Rectores del Seminario Tridentino de Morelia, Don Mariano Morales, Don Mariano Rivas y Don Clemente de Jesús Munguía, hacían e implantaban durante sus respectivas gestiones varias reformas y planes de estudio y disciplina. De alguna forma los planes de estudio del Colegio San Luis deberían estar adaptados a los del Seminario de Morelia para que los alumnos preparados en él pudiesen continuar sus estudios eclesiásticos normalmente allá en Morelia, buscando desde luego que las materias que en Zamora se estudiasen fuesen una preparación mental y graduada para las materias que en Morelia estudiarían. Y así vemos que en el Colegio San Luis se impartían, entre otras, las siguientes materias: Matemáticas, Física, Principios de Lógica y de Metafísica, Moral, Latín, Gramática Española y Geografía.
Por otra parte, de los pocos datos que nos quedan de la organización de dicho plantel, podemos conocer el nombre de algunos de los maestros que impartían las materias arriba enumeradas: Don José Ma. Sánchez, maestro de Matemáticas; Don Jesús Ochoa, maestro de Física; el Padre Villavicencio, acordándose de sus tiempos en el Seminario de Morelia como maestro de latín, donde cultivó entre sus alumnos el interés, el amor y el estudio de los clásicos griegos y latinos, daba clases de Latín, tratando de hacer lo mismo con sus alumnos de Zamora; el Padre Rafael Ochoa impartía los Principios de Lógica, de Metafísica y de Moral. Este Sacerdote había nacido en Zamora, estudiado en el Seminario de Morelia y, después de ordenado, había sido enviado como Vicario Coadjutor a Churintzio, de donde fue trasladado a Zamora en 1856, iniciando con ello una larga y fructífera carrera eclesiástica: maestro en el Colegio San Luis, Párroco de la ciudad (1861), Secretario de Cámara y Gobierno de la Mitra, Canónigo (1869), Arcediano (1882), Deán (1904). Murió en Zamora en 1905.
El latín, como vehículo hacia el humanismo
Mucho se ha discutido y se discutirá acerca del estudio del Latín en los Seminarios. Pero con relación a su enseñanza en el Colegio San Luis (como en los demás Seminarios de todo el mundo, hasta la segunda mitad del siglo pasado), creo conveniente hacer algunas reflexiones que nos ayudarán a entender mejor el por qué de la enseñanza, entonces, de dicha lengua. Podemos imaginarnos a los alumnos de aquel Colegio “sudando la gota gorda” por entender, retener y utilizar aquella lengua y al Padre Villavicencio sufriendo y batallando por lograr que sus alumnos aprendiesen las cinco declinaciones de los sustantivos y de los adjetivos (rosa, bonus, etc.), las 4 conjugaciones de los verbos, con sus clases de perfectos e imperfectos y sus modos (imperativo, subjuntivo, indicativo, etc.) y sus 6 casos gramaticales y sus distintas terminaciones en los sustantivos: nominativo (cuando es sujeto o atributo), vocativo (identifica a la persona u objeto a quien se dirige el que habla), acusativo (cuando es el objeto directo de la frase o complemento directo del verbo), dativo (cuando es el objeto indirecto de la acción del verbo), genitivo (cuando se indica pertenencia, materia o característica) y ablativo (el complemento circunstancial de lugar, instrumental, etc.). Y luego la Sintaxis, para organizar las partes de la oración, con la debida concordancia de género, número, caso y persona, etc. Dura y complicada labor para el maestro y para los alumnos.
Pero debemos entender que el estudio de tal lengua se creía necesario e indispensable, no sólo por su importancia en la filología, en la jurisprudencia, en la historia, en la filosofía, en la medicina, en la botánica, en la teología y en la literatura, ni porque era la lengua oficial de la Iglesia (por su universal obligatoriedad en toda ella) en sus documentos, liturgia, etc., sino porque su conocimiento daba cierta estabilidad en los conceptos universales manejados en ella. Más todavía, el latín hacía posible el contacto de los alumnos con los clásicos, fuente inagotable de nuestra cultura, condición, fin y objetivo del humanismo. Y así veíamos como captaban conceptos y aprendían frases con un alto contenido en todos los órdenes: “Nemo patriam quia magna est amat, sed quia sua” (Nadie ama a su patria porque ella sea grande, sino porque es suya. Séneca); “Consuetudo quasi altera natura” (La costumbre es nuestra segunda naturaleza. Cicerón); “Stultum est timere quod vitare non potest” (Es tonto temer lo que no se puede evitar. Publio Siro); “Veritas filia temporis” (La verdad es hija del tiempo).

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 7.- El Colegio San Luis, sus alumnos y edificios
Sabado, 31.10.2009, 02:29pm (GMT-5)

Los esfuerzos del Padre Villavicencio y las ayudas, tanto de personajes de Morelia, como de algunos sacerdotes de la ciudad (como el Padre Francisco Díaz, además de las personas ya enumeradas) así como de la misma sociedad zamorana, rindieron sus frutos y el Colegio San Luis, al cabo de unos cuantos años, se convirtió en un centro educativo de altura y no en una simple “escuelita”. Esto, desde luego, redundó no sólo en beneficio del Seminario de Morelia, al que fueron enviados varios de sus alumnos para terminar allá sus estudios eclesiásticos y llegar al Sacerdocio, sino también en beneficio de Zamora y de su región, ya que debemos recordar que un Seminario (y en cierta forma, el Colegio San Luis lo era), si bien es para formar a los futuros Sacerdotes, es mucho mayor el número de los que en él se formaban y que, sin llegar a ordenarse, enriquecen a la sociedad por la educación recibida en el Seminario en lo cultural, en lo religioso y en lo intelectual, educación que se ve reflejada en sus aportaciones a la misma sociedad en todos sus órdenes.
Según algunas listas de alumnos del Colegio San Luis, ingresaban a él no sólo niños y jóvenes de las mejores familias zamoranas, sino también de familias humildes y de escasos recursos. Tenemos, por citar pocos ejemplos, de la familia de los Verduzco a Vicente y a Silvestre; de los Méndez, a Domingo, a José Ma., a Juan José Nepomuceno y a Mariano; de los García, a Fructuoso, a Bernardo y a Isidoro. Y, por el otro lado, de familias poco conocidas, a Jesús Pérez, a Agapito Ayala, a Manuel Sánchez y a otros muchos. Como decíamos, muchos de los alumnos del Colegio San Luis llegaron al Sacerdocio y otros muchos más no y, en unos y en otros, hubo personajes importantes y de trascendencia en la sociedad (de ahí que ya desde entonces y con todo derecho podemos hablar del Seminario como una “Institución trascendental”). Tales son los casos, entre varios más, de José Ma. Cázares Martínez, futuro abogado y eminente, destacado y santo Obispo de Zamora; de José Dolores Méndez quien, en la época del Imperio de Maximiliano y siendo su paisano Antonio Pelagio Labastida el Regente del mismo, fungió como Ministro del Supremo Tribunal de Michoacán; de Perfecto Méndez Garibay a quien Zamora le debe, en gran parte, el agua potable y que fue abuelo de los Padres Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte.
Con la misma medida…
En Zamora fue proverbial el hecho de que el Padre Villavicencio en su Colegio San Luis y en toda la ciudad trataba por igual y con la misma deferencia y caridad a todos, fueran pobres o ricos. Justo es mencionar, por medio de dos escritos del Padre Villavicencio, el caso de dos jóvenes de distinta posición social, pero ambos educados en el Colegio San Luis. A simple vista, es un hecho común y corriente, pero, ya analizado y en el contexto y circunstancias en que se escriben tales documentos, nos dan una señal y una muestra clara del carácter, de la bonhomía, sinceridad y amplitud de corazón de quien los escribe.
Para la adjudicación de una Capellanía, fundada por la familia Jasso, el adolescente “Diego José Luis Gonzaga Fernando del Sagrado Corazón de María, hijo de Don Nicolás Ambrosio Dávalos y de Doña Ma. Guadalupe Jasso, bautizado y apadrinado por el Padrino Gerónimo Villavicencio, en 1835”, necesitaba entregar a Morelia un informe de su conducta y de su persona y es a su padrino el Padre Villavicencio a quien le toca rendir tal informe, que le serviría al mismo tiempo para que Diego José fuese admitido al Seminario. Tal informe, el 20 de febrero de 1847, rezaba de la siguiente manera:
“Certifico que: Dn. Diego José Dávalos, desde la edad de siete años ha estado bajo de mi dirección: en las primeras letras, en la Doctrina Cristiana y en las máximas de buena educación, como en el estudio de Latinidad, en todo ha aprobado, con un notable aprovechamiento, la claridad de sus talentos y su incansable aplicación… Bien querría que en esta vez no me unieran con los padres de este recomendable niño los vínculos de una íntima y antigua amistad, para tener la libertad necesaria y decir en su favor cuanto debo; pero no puedo traicionar a mi conciencia: obligado pues de la justicia diré que este niño en edad tan tierna cultiva una sólida virtud, que sus costumbres son angelicales y su circunspección y sus modales son verdaderamente seniles, que frecuenta con cristiana edificación los Stos. Sacramentos; que su mansedumbre, su genio jovial y su extraordinaria formalidad le han granjeado el respeto y el cariño de sus condiscípulos y mis más distinguidas consideraciones”.
Estando convencido el Padre Villaseñor de la vocación y grandes aptitudes para el Sacerdocio de un alumno de su Colegio, pero que no contaba con los recursos económicos necesarios para irse e ingresar al Seminario de Morelia, le escribía su “hermano y amigo”, Don José Antonio de la Peña:
“Mi queridísimo hermano: Don Jesús Pérez, alumno de nuestro Colegio Seminario, que pondrá en tus manos ésta, es un joven honrado muy pobre, hijo de una virtuosa viuda y se encuentra hoy en esa sin recurso ni aun para lo más necesario; su pobrecita madre con costosos sacrificios ha podido proporcionarle veinticinco pesos seis reales. No quiere arriesgarlos. Ni há hallado persona, que cambie por una librancita, o que de cualquiera manera pueda recibir este auxilio. Yo, seguro de tu bondad y de la confianza con que me favoreces, me tomo la libertad de suplicarte me hagas favor de dar al referido Dn. Jesús Pérez la expresada cantidad de 25 pesos 6 reales, la misma que queda en mi poder, para mandarla lo más pronto posible o para que si tuvieses en que destinarla en ese lugar, dispongas de ella cuando gustes: espero me prestes este favor, y que dispenses la confianza que me tomo, y las molestias que frecuentemente te doy…”

Casas ocupadas por el Colegio San Luis
No sé si otros Seminarios, en otras Diócesis, hayan pasado por las experiencias del de Zamora en lo relacionado con los edificios que han ocupado. Pero lo que sí consta es que, ya desde que era Auxiliar del Seminario de Morelia y posteriormente en muchas ocasiones (como lo veremos después), el Seminario de Zamora ha ocupado a lo largo de su historia innumerables casas, adaptadas a su objetivo y con los naturales problemas, antes de contar con los edificios que ahora ocupa, tanto en Uruapan como en Zamora. El Colegio San Luis y el Padre Villavicencio con sus alumnos experimentaron ampliamente estos contratiempos. Efectivamente, cuando el Padre Jerónimo fundó el Colegio, éste ocupó la casa que pertenecía a la familia Orozco Jiménez, de la cual era miembro Don Francisco Orozco Jiménez, Arzobispo de Guadalajara. Dicha casa (ahora transformada en comercio) ocupaba la esquina noreste de las actuales calles de Morelos y Ocampo.
Al poco tiempo, el Padre Villavicencio se vio obligado a cambiar el Colegio a una casa perteneciente a Don Ramón Padilla del Río, hasta que, finalmente, ocupó otra, por la actual calle de Colón, a espaldas de lo que es hoy el Palacio Federal y en donde se encuentra la Escuela Gabriela Mistral. (El señor Francisco Mendoza Herrera, futuro Obispo de Campeche y Arzobispo de Durango, trasladaría a dicha casa el orfanatorio que fundara en 1878). Ahí permanecería el Colegio San Luis, hasta poco después de la llegada a la nueva Diócesis de Zamora de su primer Obispo, Don Antonio de la Peña Navarro.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental 8. Con la Diócesis, nace el Seminario de Zamora
Viernes, 06.11.2009, 08:02pm (GMT-5)
Bula de erección
Al morir el Padre Villavicencio en 1860, se temió que el Colegio San Luis dejara de funcionar, pero, gracias al Señor Cura Francisco Henríquez, en Zamora, y al Señor Canónigo Don Antonio de la Peña, en Morelia, se pusieron todos los medios necesarios para que dicho plantel continuara, con la ayuda y colaboración de algunas personas de la sociedad zamorana, así como de algunos sacerdotes residentes en la ciudad, como Don Ramón Amezcua y, más tarde, Don Pablo del Río, que se encargaron de la Dirección y funcionamiento del Colegio. Aquel mantenimiento del Colegio San Luis en sus funciones sirvió, providencialmente, para que, al erigirse la Diócesis de Zamora y poner su sede episcopal en la ciudad del mismo nombre, fuese la materia prima, la base, el fundamento para lo que sería el Seminario de esta nueva Diócesis.
Efectivamente, el día 26 de enero de 1862, el Papa Pío IX, firmaba en Roma la Bula de erección de la Diócesis de Zamora en la que, juntamente con enumerar las Parroquias que la compondrían, de dar a conoce el nombre de su primer Obispo, de designar a la ciudad de Zamora como sede episcopal, de decretar la fundación del Cabildo Catedralicio y de dar otras disposiciones, establecía la institución del Seminario, donde se formarían los Sacerdotes para su servicio: “Con nuestra Autoridad Apostólica, establecemos que se instituya el Seminario de los Clérigos, según las normas del Concilio de Trento”. Ahí mismo y en la forma que luego veremos, estipulaba el Papa la forma y cantidad proporcional con que dicha institución debería contar para su sostenimiento.
El nuevo Seminario Tridentino de Zamora
Para el nuevo Obispo de Zamora, Don Antonio de la Peña, fue un gran alivio el saber que, para instituir el “Seminario de los Clérigos”, ya contaba con los sólidos cimientos del Colegio San Luis, al que estuvo siempre muy ligado y cuyo funcionamiento conocía a la perfección, debido a sus constantes intermediaciones entre el Padre Villavicencio y el Señor Obispo Munguía, como ya veíamos. Aquella institución sería para él, como para todos los Obispos, la niña sus ojos y un elemento absolutamente indispensable y el más importante para ejercer su ministerio episcopal en la nueva Diócesis, pues de él saldrían todos sus colaboradores, buenos o malos en gran parte, según funcionara dicha institución y recordaba exactamente las palabras del Concilio de Trento sobre el objetivo y la misión de los Seminarios: “Los sujetos destinados al estado eclesiástico reciban la instrucción y la educación que la Iglesia exige a sus futuros Sacerdotes”. Y para lograr esto necesitaba hacer un análisis de todo con lo que contaba para su nuevo Seminario y, como buen administrador que era, elaborar todo un plan, un programa a desarrollar para organizarlo en todos sus aspectos.
Desde luego y provisionalmente contaba con el lugar para el establecimiento del Seminario, es decir, la casa donde funcionaba el Colegio San Luis. En cuanto a los alumnos, esperaba que la mayoría de los jóvenes y niños que estudiaban en aquel Colegio continuaran como alumnos del nuevo Seminario. Por otra parte, aunque sabía que, por normas de la Iglesia, cuando se erigía una nueva Diócesis, los Sacerdotes que desempeñaban su ministerio en las Parroquias que la conformaban pasaban, automáticamente, a formar parte del clero de la nueva Diócesis, sabía también que cuando esto sucedía, los alumnos que estudiaban en el Seminario de la Diócesis de la cual se desmembrada la nueva y que no recibían aún la tonsura u Órdenes Menores, ordinariamente, por conveniencia y por amor al terruño, decidían pasar al Seminario de la nueva Diócesis. Desde luego no estaban obligados a hacerlo por no pertenecer aún al clero y, por lo tanto, ellos elegían libremente si se iban o se quedaban. Don Antonio de la Peña, por su constante contacto con el Seminario de Morelia, sabía perfectamente que muchos de los alumnos, pertenecientes a las Parroquias que conformaban la nueva Diócesis, aceptarían trasladarse al nuevo Seminario de Zamora, a continuar sus estudios, sobre todo los de menor edad. En cuanto al personal docente y formador del nuevo Seminario, el señor De la Peña estaba consciente de que debería trabajar arduamente para preparar y capacitar debidamente a quienes ocuparían los diversos cargos en él, cosa que, poco a poco, lograría, como lo veremos más adelante. Tampoco el problema de la economía y sostenimiento de aquella nueva institución escapó a la preocupación del nuevo Obispo, pero recordemos que era un hombre de fe y un excelente administrador de las economías eclesiásticas, por el mucho tiempo que trabajó en ellas.
Una lectura entre renglones
Decir, escribir o leer simplemente que, con la Diócesis, nació el Seminario de Zamora es simple y sencillo, como las palabras que lo expresan. Pero sería injusto y sospechoso de ignorancia o de interés histórico o humano el no hablar o desconocer las circunstancias y el ambiente en que se realizó tal nacimiento, pues sólo conociéndolos podemos valorar este hecho y reconocer el mérito de quienes hicieron posible la fundación y el funcionamiento inicial de esta “Institución trascendental” que es nuestro Seminario de Zamora. En efecto, basta describir brevemente el panorama, las circunstancias, el ambiente que rodeaba la fundación del Seminario de Zamora, así como la enumeración de los elementos con los que se contaba para ella, para poder convencernos del mérito que ella supuso.
En primer lugar debemos considerar la prolongada y obligada ausencia del señor De la Peña de la nueva Diócesis que no dejó de ser un gravísimo obstáculo para la mejor organización y el correcto funcionamiento del nuevo Seminario: fue nombrado Obispo de la nueva Diócesis en febrero de 1862; por enfermedad, por la situación política reinante y por la inseguridad de los caminos, el señor De la Peña no pudo venir ni a la erección ni a la toma de posesión de su Diócesis (toma de posesión que tuvo que hacer “per interposita persona”, porque se le pasaba el tiempo señalado por la Santa Sede para la prescripción del nombramiento de un Obispo, si no tomaba posesión de su Diócesis). Fue hasta diciembre de 1865 cuando pudo llegar a su Diócesis y encargarse ya personalmente de su gobierno y administración.
Para hacer del Seminario de Zamora lo que la Iglesia, la Diócesis y el Obispo esperaban de él, se necesitaba mucho más de lo que tenía el Colegio San Luis: casa adecuada, personal capacitado, biblioteca y libros, capilla, dinero para alimentos y sueldos, etc. etc. (Sólo quien conozca de estos menesteres, puede comprender exactamente las angustias y desvelos que el enfrentarse a estos retos y necesidades supone.)
Añadido a lo anterior, pudiéramos decir que la economía de la nueva Diócesis casi partió de ceros, debido a múltiples factores: por lo extenso de la Diócesis de Morelia (desde San Luis Potosí hasta Coahuayana), muchas de las regiones que pasaron a la nueva Diócesis de Zamora estaban muy descuidadas, no sólo en cuanto a la religiosidad, sino también en cuanto a la economía y dineros; las leyes de Reforma, con la desamortización de los bienes eclesiásticos, había quitado a la Iglesia (diocesana y parroquial) muchas de sus fuentes de ingresos para su sostenimiento y labores religiosas y de beneficencia; el arreglo de las cuentas con la Diócesis de Morelia (diezmos, capellanías, legados, etc.) duraría bastante tiempo, quedando para la nueva Diócesis la suspensión de varias entradas de dinero. La situación llegó a tal grado que, para el recibimiento del señor Obispo De la Peña no se lograron los poco más de 300 pesos gastados en ella (diligencia, guarnición militar acompañante, cohetes, música, arreos episcopales, etc.), así como el no poder pagar a los Canónigos sus participaciones y el verse obligada a pedir un préstamo a Morelia para poder funcionar como Diócesis (oficinas y cargos de la Mitra, Catedral, etc.)
Así nacía el Seminario de Zamora, entre dolores de parto, pero con un espléndido futuro, en bien de la Iglesia y de la sociedad.

Jorge Moreno Méndez

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Jorge Moreno 9.- El primer Rector del Seminario
Sabado, 14.11.2009, 12:07pm (GMT-5)
A pesar de la ausencia del Señor De la Peña de su Diócesis, estuvo siempre al pendiente de su gobierno, dictando desde Morelia o México las disposiciones necesarias para la buena marcha o la mejor marcha dentro de la misma, dentro de las posibilidades. Uno de los puntos importantes y esenciales para ello fue el nombramiento del Rector del nuevo Seminario. Como veíamos, ya ell Concilio de Trento apuntaba, siglos antes, que los Seminarios deberían contar con: “un Rector, profesores, un ecónomo, dos confesores y un director espiritual, además de dos Comisiones: de Disciplina y de Bienes Temporales” y que tales personas deberían ser “eminentes por su doctrina, sus virtudes y prudencia para que puedan servir de modelo a los alumnos”. No cabe duda queparte muy importante de un Seminario es la persona de su Rector, ya que éste lo forma y lo conforma, de acuerdo a sus ideas, iniciativas y conducta y tal institución llega a ser un reflejo de quien lo dirige. El Señor De la Peña tuvo que haber tenido muy presente este detalle y, por consiguiente, debió fijarse y elegir muy bien la persona que ocuparía este puesto en la nueva Diócesis. Por otra parte, tenía la ventaja de conocer muy bien al clero de Morelia, contaba con muy buenos amigos e, incluso, varios de ellos habían sido sus discípulos y súbditos en el Seminario de Morelia, por lo que tuvo en dónde elegir y elegir bien, haciéndolo en la persona del Señor Don Luis Gonzaga Sierra. Creo útil y conveniente, antes de comenzar a hablar sobre el proceso de iniciación y de transformación que sufrió el Colegio San Luis del Padre Gerónimo Villavicencio para convertirse en el Seminario de la nueva Diócesis, el conocer quién fue el principal promotor y motor de dicho proceso y transformación: Don Luis Gonzaga Sierra.
¿Quién era el Señor Luis Gonzaga Sierra?
Don Luis Gonzaga Sierra Vallejo, de quien poco se habla y a quien se le da poco o nulo mérito con relación a la organización y gobierno de la nueva Diócesis de Zamora, ocupa un lugar muy importante en la historia de la Diócesis y del Seminario, lugar que, injustamente, si no se le ha negado, por lo menos no se ha valorado ni mencionado en la debida forma, siendo esta circunstancia una deuda de Zamora hacia él. Efectivamente fue Don Luis un hombre que tuvo una gran y eficaz ingerencia en la organización y funcionamiento inicial de la Diócesis y del Seminario, no sólo como ayudante del Señor De la Peña en el gobierno de la misma, sino como autor y factor importantísimo en prepararle el camino a este Obispo, sentando las bases para el desempeño de su cargo, comenzando casi desde cero y en medio de circunstancias, políticas, religiosas, económicas y clericales muy especiales y difíciles, añadiendo a todo esto la ausencia del Obispo por más de año y medio, antes de llegar a la Diócesis para gobernarla.
Don Luis Gonzaga había nacido en Zacapu el 16 de agosto de 1820, siendo sus padres Don Rafael Sierra y Doña María Vallejo. Adolescente, casi niño, ingresó al Seminario de Morelia donde cursó, de excelente manera, sus estudios eclesiásticos y fue ordenado Sacerdote (con dispensa de edad, por no cumplir aún la edad requerida) por Don Juan Cayetano Portugal, en 1843. Una vez ordenado, fue Profesor del Seminario de Morelia, Consejero del Gobierno Civil (nombramiento otorgado directamente por el mismo gobernador de Michoacán, en 1853), Canónigo en 1862, ocupando además varios puestos en la Curia Diocesana moreliana, como Provisor, Vicario General, Juez de Testamentos, Capellanías y Obras Pías y Secretario de Cámara y Gobierno de la misma Mitra. Para que Don Luis Gonzaga Sierra ocupara algunos de estos cargos, el Señor De la Peña había intervenido, con sus recomendaciones y apoyo, ante el Señor Obispo Don Clemente de Jesús Munguía, de tal modo que, al elegirlo como Gobernador de la Diócesis de Zamora y como Rector del Seminario, sabía lo que hacía y por qué lo hacía.
Final no muy feliz
Al margen de su actuación como Rector del Seminario de Zamora (de la que hablaremos en seguida), es necesario mencionar un hecho que, además de darnos luces sobre las circunstancias difíciles en que se inició la Diócesis de Zamora y su Seminario, nos da a conocer el por qué y el cómo de la separación del Señor Sierra de sus cargos en esta Diócesis, separación un tanto accidentada y desafortunada, dada su actuación en tales cargos. Las causas de tal separación, más que provocadas por las personas, lo fueron por las circunstancias, ya que las relaciones del Señor Sierra con el Obispo De la Peña y con el mismo Cabildo de la Catedral, fueron buenas, teniendo como resultado incontables obras y disposiciones en pro de la Diócesis. Pero los problemas económicos, ocasionados por el largo período para aclarar las cuentas entre Morelia y Zamora, la desorganización reinante en las Parroquias que conformaron la nueva Diócesis y las circunstancias políticas que ahogaban a la iglesia mexicana en su economía por las Leyes de Reforma, llevaron a la Administración Económica de la Diócesis a una carencia casi total de fondos monetarios para sufragar sus obligaciones pecuniarias. Y este problema incluyó también la incapacidad de la Haceduría para pagarles a los Canónigos sus sueldos y el desplome de las cantidades de dinero que, de la Gruesa Decimal les correspondía. Ellos iban pidiendo cantidades de dinero requeridas para su sostenimiento y, al hacerse el reparto de la Gruesa, tales cantidades les eran rebajadas de lo que les correspondía. El Señor De la Peña, ante esta situación y después de haber hecho hasta lo imposible por cumplir tales obligaciones con los Canónigos, se vio obligado a rebajar los sueldos y los repartos a estos, acarreándole esta acción algunos problemas, el descontento de alguno y la renuncia de varios de los afectados, comprendiendo a su Obispo y la situación. Uno de esos afectados fue el Señor Sierra, como Arcediano del Cabildo, que e1 15 de abril de 1869 le escribía al Señor De la Peña: “Ylustrísimo Señor: El Pbro. D. Luis G. Sierra, domiciliario de este obispado ante V.V. Ylma., con el respeto debido expone: que agraciado por la bondad de S. S. Ylma. con la dignidad de Arcediano de esta Sta. Yglesia, ha estado sirviendo como le ha sido posible, y recibiendo las ministraciones (pagos) mensuales que se le han hecho, sin saber si es más de lo que le corresponde, hasta hace un mes que vio las cuentas presentadas por la Clavería y por ellas conoció que hay un exceso en lo que ha recibido. Si para lo sucesivo continúa recibiendo la misma cantidad, resultara al fin una deuda que no pudiendo satisfacer en vida, quedará para después de su muerte, y desea no llevar al sepulcro esta responsabilidad… En este conflicto se ve en la necesidad de hacer dimisión del Beneficio, como respetuosamente lo hace, suplicando a S. S.Ylma. se digne admitirla como apoyada en el motivo que va expuesto… Luis G. Sierra”.
Ante esta renuncia, sus motivos y la forma de expresarse, las reacciones del Señor Dde
Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental – 10.- Abriendo surcos y sembrando esperanzas
Sabado, 21.11.2009, 01:19pm (GMT-5)
Tanto el Señor Obispo De la Peña como el Señor Sierra sabían que, aunque el primero no pudiese llegar aún a la Diócesis, era absolutamente necesario poner suma atención en la fundación propiamente dicha del nuevo Seminario (teniendo como base el Colegio San Luis del Padre Villavicencio), su ubicación, su organización y su sostenimiento económico y eso, no solamente porque así lo decretaba la Bula de erección de la nueva Diócesis, sino porque de tal institución dependería su futuro. Fue por eso que ambos, Obispo y Rector, a través de una continua correspondencia, se pusieron de acuerdo en todos los pasos a seguir en lo relacionado con el nuevo Seminario. Naturalmente y como ya lo apuntábamos, los inicios del Seminario de Zamora fueron difíciles y llenos de obstáculos, por las razones generales de la situaciones que privaron duranente su nacimiento como tal y por ser muchos y, algunos de ellos, graves los problemas que había que solucionar para su buena marcha, como, por ejemplo su reglamento, el local, el personal docente, las futuras vocaciones, los dineros para su sostenimiento, etc. Es interesante y aun necesario, para tener una idea más completa de la historia del Seminario de Zamora, el hablar un poco acerca de todas estas circunstancias y problemas, así como de sus soluciones en todas las cuales se ven las manos del interés, de la experiencia y del dinamismo de los dos máximos responsables de él.
El Reglamento del nuevo Seminario
En cuanto al Reglamento (lástima que no haya quedado un ejemplar de él, pero sí algunas de sus disposiciones a través de otros varios documentos), podemos decir que, puesto que el Señor De la Peña y el Señor Sierra eran hechura del Seminario de Morelia y lo habían vivido y experimentado, como alumnos y como superiores durante varios años, lo implantaron casi en su totalidad en el nuevo Seminario de Zamora. Por ejemplo, al revisar algunos documentos del inicio del Seminario de Zamora, en cuanto a los planes de estudio y a las materias impartidas y compararlos con los programas de estudio del Seminario de Morelia, podemos ver que son casi iguales; lo mismo se puede decir de lo referente a la admisión de alumnos, a la disciplina y aun a las formas de conseguir dineros para la institución (forma de becas, donativos, etc.)
El local: arreglos y proyectos
Ya veíamos que el local que ocupaba el Colegio San Luis era una casa anexa a lo que luego sería el Palacio Episcopal (hoy Palacio de Gobierno), casa en la que hoy está situada la Escuela Gabriela Mistral y para las necesidades de aquel plantel era más o menos suficiente, pero no así para la nueva institución que, por naturaleza y sus fines, era distinta al primero. Desde luego, debemos señalar que los alumnos del Colegio San Luis eran pocos y todos externos y sólo requerían de salones y un patio para el recreo; ya, como Seminario, se necesitaban varias dependencias especiales: dormitorios, puesto que gran parte de los alumnos serían internos (porque así lo requería el reglamento del Seminario y porque muchos de ellos vendrían de las distintas parroquias en busca de su formación sacerdotal); una capilla para poder realizar en ella todos los programas de piedad que los alumnos deberían cumplir; una cocina en la cual se deberían elaborar los alimentos de los alumnos y un comedor donde los comerían, etc. Sin un lugar apropiado y sin estas dependencias requeridas, la adecuada y efectiva formación de los alumnos, así como el buen desarrollo de sus actividades, sería imposible. Considerando todo esto, el Señor De la Peña y el Señor Sierra tomaron dos decisiones. a corto plazo, el arreglo y adecuación de la casa ocupada por el Colegio San Luis; a mediano plazo o largo plazo (dependiendo de las circunstancias), el buscar otro lugar más amplio y construir en él el edificio del Seminario. En cuanto a la ejecución de ambas decisiones, existen muchos documentos y partidas de la Haceduría Diocesana y de Clavería de Catedral que nos la van describiendo paso a paso.
Debemos recordar que la erección de la Diócesis y con ausencia del Obispo enfermo en México, tuvo lugar el 8 de mayo de 1864 y, así en los Gastos que corresponden a la Fábrica se puede leer: “Mayo 1864: Para impresión rótulo y reparto de cartas en que se anunció la publicación de las Bulas de la erección de Obispado $ 14.00” y en enero de 1865: “Los gastos que se hicieron en la erección de la Diócesis e instalación del Cabildo importan según cuenta documentada que se llevó $ 417 pesos 7 y medio reales”. Y una vez pasados estos acontecimientos, así como la recopilación del inventario de toda la Diócesis, en cuanto a Sacerdotes, templos, archivos, etc., inmediatamente el Señor Sierra se dedicó ya más directamente a la primera decisión tomada en el asunto del Seminario, es decir, en arreglar un poco la casa ocupada por este plantel, como leemos en Gastos que corresponden al Colegio Seminario: “Noviembre 1864: Para comenzar a componer la casa que sirvió de Colegio $25.00…Para continuar dicha compostura $ 25.00”. Pero al mismo tiempo aparecen ya los primeros esfuerzos por buscar el otro lugar más adecuado para el Seminario: “Para dos rentas de la otra casa que se ha tomado para Colegio Seminario $20.00…Para completar los gastos de compostura de la otra casa $ 29.00”
Y ya para abril de 1866, y estando encargado el Padre Vera de la construcción o adaptación de la nueva casa del Seminario en la esquina de las hoy calles de Juárez y Morelos, leemos: “Dados al Padre Vera para hacer en el Seminario unas piezas para cocina y refectorio $ 46.00… Dados al Padre Vera para continuar los gastos del Seminario $54.00”.
Una inauguración austera, pero llena de entusiasmo y esperanzas
Aunque no existe (por lo menos, hasta el momento no ha aparecido) entre los documentos del Archivo Diocesano o del Seminario, anacrónica de la inauguración del Seminario de Zamora, sí existen algunos datos que nos pueden ayudar a tener la noticia de ella y a reconstruirla en parte.
Creo yo que, entonces (1864) como ahora, no pueden existir Sacerdotes o fieles católicos verdaderos que no estén convencidos de la importancia de los Seminarios en la Iglesia y en cada Diócesis. Al erigirse la Diócesis de Zamora y al fundarse su Seminario, tomando como base el Colegio del Padre Villavicencio, los fieles y los Sacerdotes tuvieron que estar pendientes e interesados por este acontecimiento. Es verdad que los habitantes de Zamora ya estaban acostumbrados al Colegio San Luis y a que algunos de sus alumnos (la inmensa mayoría hijos de familias de la ciudad o vecinos de la misma) pasaban al Seminario de Morelia a continuar sus estudios y, de ellos, unos pocos abrazaban el Sacerdocio. Pero con la fundación del Seminario de Zamora, en la ciudad y para la Diócesis, su visión, perspectivas e intereses deberían de cambiar: no serían solamente un grupo de niños o adolescentes, casi todos ellos conocidos por ser parientes o vecinos en aquella ciudad de 10 ó 12 mil habitantes, los que integrarían el nuevo plantel, sino que vendría de todos los pueblos de la Diócesis, de distintas clases sociales, vivirían en la ciudad, se harían jóvenes en ella y se formarían, muchos de ellos, para ser Sacerdotes y servirlos a ellos y a la sociedad.
El Señor Sierra tenía conciencia de este hecho, por lo que, aunque fuera de manera sencilla y austera, quiso celebrar la fundación del Seminario, como podemos ver en Gastos que corresponden al Colegio Seminario: “1864 Noviembre: Para impresión de cartas, participando la apertura del Seminario $7 pesos 2 reales… Para los músicos que tocaron en el Colegio Seminario $ 5 pesos”. Más aún el nuevo Seminario ya contó con un portero: “1864. Diciembre: Para el portero del Seminario $ 2 pesos)”
Así, entre carencias y problemas, nació el Seminario de Zamora y así fue inaugurado, con suma austeridad y sencillez, por las circunstancias, pero con infinitas esperanzas, por la fe y el amor al mismo.
(Pie de imagen)
Escuela Gabriela Mistral, donde nació el Seminario de Zamora.

Jorge Moreno Méndez
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Jorge Moreno Méndez – Esbozo de historia de una Institución trascendental: 11.- Plan de estudios y personal del nuevo Seminario
Sabado, 28.11.2009, 03:38pm (GMT-5)
Plan de estudios
Cuando nació el Seminario de Zamora para la formación de los Sacerdotes de la nueva Diócesis, la escasez del clero, no sólo en la Diócesis de Michoacán y, por lógica, en la de Zamora, sino en todas las del país, era grande. La guerra de Independencia, los muchos años que el Seminario de Morelia estuvo cerrado, las mismas guerras de Reforma con sus Leyes e incautaciones, habían dificultado enormemente la labor de la Iglesia en materia de formación de los Sacerdotes y así se reflejaba en el número y, en cierto modo, en la calidad de muchos de los que habían quedado en territorio de la nueva Diócesis zamorana. Era pues urgente echar a andar el Seminario y hacerlo bajo cierto plan de emergencia, determinando el menor número posible de años en los que el candidato al Sacerdocio pudiera adquirir la ciencia y los conocimientos indispensables para ejercer digna y convenientemente su ministerio y, por ello, se dispuso que el plan de estudios se realizara en sólo 5 años, de los cuales se emplearían dos para el estudio del Latín, uno para la Filosofía y dos para la Teología. En el primer ciclo se estudiaba la Sintaxis Latina, Etimologías Latinas e Idioma Español; en el segundo, Lógica, Matemáticas, Teneduría de Libros y Física; en el tercero, Teología Dogmática y Teología Moral.
La estructuración de tal plan era obligado, aunque razonable, dadas las circunstancias ya dichas, puesto que buscaba dar al seminarista una formación más o menos completa, dada la urgencia del tiempo y las necesidades espirituales de la feligresía. En el primer ciclo, con la Sintaxis y las Etimologías, además de poner en contacto al alumno con una de las principales fuentes de nuestra cultura, se le daban las herramientas necesarias para que pudiera leer, entender y estudiar las obras de Filosofía y Teología, escritas casi todas ellas en ese idioma; en cuanto al Español, el maestro de tal asignatura en el Seminario escribió: “Como los programas en el estudio de las lenguas dependen de los adelantos que tengamos en nuestro propio idioma, la importancia y la necesidad del estudio del idioma patrio es incuestionable”. En el segundo ciclo, con la Lógica se enseñaba al alumno a razonar, a saber instrumentar las ideas y los conceptos para formar juicios y, con ellos bien manejados, formar las convicciones propias y buscar la verdad; además con ella se les preparaba al estudio del Dogma y de la Moral. Pero como la cultura Sacerdotal no se debe ni puede circunscribir a sólo materias religiosas, se les proporcionaban conocimientos básicos de la Física y de las Matemáticas y Teneduría de Libros, para una mejor comprensión del universo y para que pudieran manejar más fácil y honestamente los dineros que necesariamente tendrían que pasar por sus manos. Finalmente, el Dogma y la Moral le daban al futuro Sacerdote las verdades y principios de su fe, fundamento y guía de su comportamiento, para trasmitirlos a los fieles que se les encomendaran más tarde. Los exámenes personales, con el maestro y dos sinodales, así como los exámenes públicos, con asistencia del Obispo, personal del Seminario y algunos seglares (para ciertas materias) eran una buena ayuda y un fuerte aliciente para que los alumnos estudiaran mejor.
Personal docente
Fue difícil para el Seminario de Zamora formar su cuerpo docente a la altura de sus necesidades y urgencias, dificultad nacida, desgraciadamente, de sus carencias. En efecto, como ya lo apuntábamos, Zamora, donde fue establecido era una ciudad pequeña y con poco clero y, con excepción de algunos, sin la capacidad necesaria para impartir las materias del Plan de Estudios del Seminario. De ahí que se tuvo que echar mano (sobre todo para las materias no eclesiásticas) de seglares de reconocida capacidad magisterial, quedando formado el personal docente del Seminario de la siguiente manera: Señor Presbítero Licenciado Don Juan R. Carranza, Vicerrector del plantel, maestro de Etimologías, Teología Dogmática y Moral (su sueldo era de $ 30.00 y, más adelante, le ayudaría el Señor Cura de la Parroquia del Sagrario, Don Ramón Beracoechea y el Padre José Ma. de la Cueva); de Lógica, Matemáticas y Teneduría de Libros, Don Jesús Trujillo Chávez (su sueldo, $ 30.00); el de Física, Don Ignacio Ochoa (su sueldo, $10.00); el de Sintaxis Latina e Idioma Español, Don Hilarión Álvarez (su sueldo $ 30.00).
En los libros de Cuentas del Seminario se pueden ver las angustias que el Señor Sierra tuvo que pasar para poder cubrir los honorarios de dichos maestros, poseedores de una verdadera vocación y amor al Seminario, ya que comprendían lo crítico de la situación y la aceptaban. Un ejemplo de ello es un recado del Señor Sierra al Clavero de la Catedral, el 24 de febrero de 1868: “Yendo cada día en aumento la escasez de fondos del Seminario de esta ciudad y siendo los gastos de tal naturaleza que no pueden demorarse ni un solo día, no habiéndose por otra parte ministrado nada a dicho Seminario por cuenta de lo que le corresponde según la Bula de erección de este Obispado, he tenido a bien disponer que por cuenta de dicho haber, se ministren por Clavería TREINTA PESOS mensuales al Presbítero Juan Carranza, Catedrático del referido Seminario, comenzando dichas ministraciones desde el día quince del actual, hasta nueva disposición de esta Autoridad Diocesana”.
Don Jesús Trujillo Chávez
Creo, en justicia, que se debe reconocer en esta etapa inicial del Seminario de Zamora la entrega, la colaboración y el cariño demostrados a esta institución por parte de los seglares. Sin ellos (entonces, como ahora) la existencia y marcha del Seminario no hubieran sido posibles. Sería necesario, pero imposible, el nombrar a todas las personas que, de una u otra forma, ayudaron al Seminario. Pero pienso que, de alguna manera, recordando a uno de esos personajes y reconociendo sus méritos como bienhechor del Seminario y de la Diócesis, podemos hacer extensivos ese recuerdo y ese reconocimiento a todos los demás. Me refiero a Don Jesús Trujillo Chávez, maestro y tesorero que fue del Seminario y Administrador de la Diócesis y del que me permito anotar algunos datos.
Nació Don Jesús Trujillo en Morelia, donde contrajo matrimonio con Doña Mercedes Piña López y donde, probablemente, haya estado algún tiempo en el Seminario. En aquella misma ciudad se recibió de maestro y se especializó en algunas materias, trasladándose luego a Zamora para ejercer su profesión. Su estrecha relación con el Seminario y la Diócesis de Zamora nació, sin duda, del conocimiento que de él tenían el Señor Obispo De la Peña y el Señor Sierra. El hecho es que, estando Don Jesús en Cotija y habiéndose establecido el Colegio de Infantes para el Coro de la Catedral, fue llamado a Zamora para el cargo de “preceptor de primeras letras… y se le dieron para gastos de viaje 20.00”. Posteriormente aparecen varias entregas de Clavería a su nombre, para la Escuela de Infantes y muy pronto fue nombrado Maestro del Seminario (como lo señalábamos anteriormente) y, luego, Tesorero y Secretario del mismo. Más aún, atendiendo las recomendaciones que las leyes y decretos de la Iglesia hacían para que los seglares que ayudasen en la administración de los bienes eclesiásticos fuesen “varones previsores, idóneos y de buena reputación” y viendo estas cualidades en Don Jesús Trujillo, fue nombrado Administrador de la Diócesis.
Revisando los incontables recibos, certificados, informes y estados de cuenta que, durante muchos años, presentó Don Jesús a sus Superiores, queda uno maravillado del orden, de la claridad de todos ellos, así como de su caligrafía y de su buen uso del lenguaje. Ya en tiempos del Señor Cázares y después de muchos años de servicio y cuando la edad y las enfermedades lo hicieron necesario, Don Jesús se retiró de sus cargos, con el reconocimiento público y por escrito de la Mitra. Don Jesús Trujillo Chávez fue bisabuelo de Don J. Carlos Méndez Trujillo, excelente y admirado colaborador de GUIA, así como de Don Enrique, Don Jorge y otros hermanos más, que deben sentirse orgullosos de haber tenido tal bisabuelo.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental – 12.- Los seminaristas en el nuevo Seminario
Sabado, 05.12.2009, 03:01pm (GMT-5)

Dificultad en la búsqueda de vocaciones

Siguiendo con el breve análisis de los problemas y obstáculos a los que se tuvo que en enfrentar en su nacimiento el Seminario de Zamora, nos encontramos que uno de los más difíciles de superar y que poco se ha considerado fue el relacionado con el reclutamiento de niños y jóvenes que quisieran ingresar a él y, así, poder contar con la materia prima para la formación del clero que trabajaría en la nueva Diócesis. Tal dificultad surgía por varias razones, entre las que destacaban las siguientes: primero, por ser la nueva institución algo inusitado y desconocido, no para Zamora, que ya tenía el conocimiento y la experiencia del Colegio San Luis, pero sí para todas las Parroquias que conformaron la nueva Diócesis y de las que había que surtirse en vocaciones, puesto que la sola ciudad de Zamora no podría abastecer las necesidades, ni del Seminario, ni de la extensa Diócesis; la lejanía de muchas de ellas; la escasez de clero calificado para la formación de los futuros Sacerdotes; pero la principal y la que más le dolía al Señor Obispo De la Peña era la situación de disipación, de abandono de la vida de piedad y aun de los compromisos sacerdotales, en cuanto al celibato y al trabajo ministerial, de considerable número de los Sacerdotes que quedaron en el territorio de la nueva Diócesis, por las razones ya antes mencionadas. En efecto, por un lado la mente de la Iglesia, manifestada en sus directrices y leyes (aún no existía su recopilación actual en el Derecho Canónico), disponía que, con relación a las vocaciones, fueran los Párrocos, principalmente, los quedebían” interesarse por niños y jóvenes que dan indicios de tener vocación, apartándolos de los peligros del siglo, informándolos en la piedad, imbuyéndolos en los primeros estudios de las letras y fomentando en ellos el germen de la divina vocación”. Pero si muchos de ellos, en la nueva Diócesis, ni siquiera tenían el necesario aprecio por su propio Sacerdocio, ni lo vivían adecuadamente, sería muy difícil que se interesasen en sus Parroquias por los niños y jóvenes que “daban indicios de tener vocación” y menos de enviarlos al Seminario y ayudarlos material y moralmente para llegar a su ordenación.

En busca de soluciones
No se debe olvidar que el testimonio sacerdotal es la principal motivación para que existan niños, jóvenes y adultos, que quieran ser Sacerdotes y que, entonces como ahora, el elemento principal para la siembra, la cosecha y el sostenimiento de vocaciones son los Párrocos en sus respectivas Parroquias, con su ejemplo y su apoyo. Así lo entendía el Señor Obispo De la Peña, Sacerdote íntegro y entregado totalmente a su ministerio, por lo que se decidió a escribir, paternal y valientemente, pero sin tapujos, una Carta Pastoral a los Sacerdotes de la Diócesis de Zamora, Pastoral que no alcanzó a publicar, por haberlo sorprendido la muerte (13 de agosto de 1877), pero que el Señor Juan Rafael Carranza, que fue nombrado Vicario Capitular, publicó unos meses después (4 de diciembre de 1877) y de la cual me permito extraer el siguiente claro y revelador párrafo: “Enormísimos son los estragos que las feligresías padecen cuando los Pastores degeneran en mercenarios, ¿pero cuánto mayor será si de mercenarios pasan a hacerse lobos?… Hechos los Sacerdotes de Jesucristo unos hambrientos lobos, toman todas las formas de estos, se arman de su propia fiereza, y así preparados, asaltan rabiosos a las ovejas e invierten en daño de ellas lo que en otro tiempo contribuía para su bien…” Duras palabras, pero que respondían a una realidad vivida no por todos los Sacerdotes de la Diócesis, pero sí por un buen número de ellos.
Desde luego, el Señor Dde la Peña y el Señor Sierra procuraron que los formadores del nuevo Seminario fueran Sacerdotes y laicos ejemplares y dignos. Por otra parte, los buenos Párrocos de la nueva Diócesis (y los había varios), desde un principio, se interesaron por el Seminario y ayudaron a su organización y consolidación y aun a colaborar directamente, como por ejemplo el Señor Cura de Cotija, D. Francisco Licea y Borja, quien el 3 de agosto de 1865 le escribía al Señor Sierra, Gobernador de la Mitra pidiendo “licencia para establecer un colegio en aquel lugar y que quede matriculado al Seminario… y adjunta, para su aprobación, el reglamento respectivo”. Como más tarde lo veremos, tal iniciativa rendiría mucho fruto para el Seminario, haciendo aquello una realidad en varias otras Parroquias.

Los primeros seminaristas
Si, como decía Don Luis González, la historia de las matrías hacen la historia de la patria, podemos decir que el conocimiento de los pequeños detalles de la vida del Seminario de Zamora en su nacimiento conforman su historia, por lo que me permito dar algunas pinceladas de tales detalles (aunque se podrían sacar muchas más), entresacados de los libros de cuentas y demás informes relacionados con diversos aspectos de dicha institución y todo esto nos puede dar una idea cercana a la realidad de la vida de aquellos pioneros del Seminario y conocer los nombres de personajes relacionados con la vida seminarística.
Podemos afirmar, desde luego, que, al inaugurarse el Seminario de Zamora, no se partió de cero, ya que los seminaristas originarios del territorio de la nueva Diócesis que estudiaban en Morelia fueron invitados a ingresar al primero y muchos de ellos lo hicieron, incluso los que estaban por terminar su carrera sacerdotal. Así, tenemos que ya para 1865 aparecen algunos permisos por escrito a varios Minoristas para ir a vacaciones a otras Diócesis, donde vivían algunos familiares y, en varias de las cuentas de la economía aparecen los nombres de muchos de los seminaristas fundadores del Seminario de Zamora, como lo podemos constatar de los siguientes datos:
Un resumen de lo que comían y lo que costaba: “13 de julio de 1870 y días siguientes: Pan $ 12.- Gallinas $ 6.4.- Tortillas $ 1.2- Fruta $ 2- Huevos $ 11.4.- Un menudo $ 2.4- Té y café $1.1 Pescado $ 4.- Sal y fideo 2.2 sagü (harina sacada de la médula de una palmera tropical y que se mezclaba con agua)- Queso y sal $ 2.4- Carne de puerco $ 3.- Pan y camote $ 12.3- Leche $2- jocoque $ 3- Requesón $ 2.3- Longaniza, garbanzo, harina, recaudo y fruta $ 2- Guajolotes $ 12 (para un día de fiesta)- Manteca $ 2”. En aquella cocina trabajaban diariamente y para las tres comidas del día las siguientes personas: 4 metateras que hacían las tortillas, 5 braseras que se dedicaban a cocer los diversos alimentos en los braceos o fogones; 2 mozos que se encargaban de llevar del mercado y de las tiendas los distintos materiales necesarios para la alimentación de los alumnos y demás personal del Seminario. Durante muchos años de aquellos primeros años, al frente de la cocina estuvo la Señorita Ma. Trinidad Peña, buscando siempre una buena alimentación para “sus muchachos”.
En cuanto al cuidado de la salud y del aseo personal: “Septiembre de 1870: una receta antigua que volvió a surtirse para Mendoza $1 real y 1/2…al barbero Severo Silva para hacer el pelo y barba a 20 alumnos: $ 2.40…al Médico Sr. Méndez por su visita a Pablo Vargas $ 4 reales…al Dr. Méndez que visitó a Leobardo Valladares y a M. Ortiz $ 4 reales. Por las dos recetas 4 reales y medio…Al barbero Severo Silva por 17 alumnos que rasuró $ 2.00.- Visita del médico y valor de la receta $ 1.1- Al barbero Severo Silva por 13 que rasuró $1.5- Una receta que un alumno surtió por 2ª. Vez 4 reales”.
Piedad, estudio, recreación, alimentación, cuidados médicos y aseo personal, iban conformando la vida de los alumnos del nuevo Seminario de Zamora.

Jorge Moreno Méndez
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Esbozo de historia de una Institución trascendental
Domingo, 13.12.2009, 03:27pm (GMT-5)

13.- Malabarismos en la economía
Jorge Moreno Méndez
“Dinero, estiércol del diablo, pero necesario y buen abono para las obras de Dios”
Finalmente, para terminar con el pequeño análisis (aunque extenso, quizás, para algunos lectores) de los problemas a los que se tuvo que enfrentar el nuevo Seminario de Zamora para fundarse y consolidarse, quisiera referirme a uno que, sin haber sido el más importante, sí fue de los más difíciles de resolver. Me refiero al problema de la economía de aquella institución que pretendía llegar para quedarse y dar frutos abundantes y de calidad para el servicio de la nueva Diócesis. Creo que, al comentar un poco este asunto, además de tener la oportunidad de conocer datos y nombres interesantes para la historia del Seminario, de la ciudad y aun de la Diócesis, nos ayudará a comprender mejor el esfuerzo de aquéllos que lograron su funcionamiento, su permanencia y el hecho de dejarlo listo y preparado para niveles y categorías más altas. Dos factores importantes influyeron para que el Seminario de Zamora pudiera sortear los graves problemas económicos a los que se hubo de enfrentar: la lenta, pero segura y firme, organización de las finanzas de la Diócesis y la intervención directa y eficiente de 4 personajes para quienes el Seminario era una parte esencial y primordial de la nueva Diócesis: el Señor Obispo De la Peña, el Señor Luis G. Sierra, Gobernador de la Diócesis y los Sacerdotes Juan R. Carranza y José Guadalupe Novoa, de los cuales hablaremos más tarde en sus gestiones en el Seminario, como Vicerrector y Rector el primero y como Administrador y Vicerrector el segundo.

Gastos
La fundación del nuevo Seminario, desde un principio, requirió de buenas cantidades de dinero para que pudiera funcionar como tal. Ya comentábamos anteriormente que el local que ocupaba el Colegio San Luis, precursor del Seminario de Zamora, de ninguna manera llenaba los requisitos indispensables para la completa y recta formación de los seminaristas, ya que, para empezar, hacían falta en él una capilla y un refectorio y así podemos ver que, desde el mismo mes de noviembre de 1864 en que fue inaugurado oficialmente, se recibió de la Haceduría Diocesana, la primera cantidad, “para comenzar a componer la casa que sirvió de Colegio $ 25.00”
Y de ahí en adelante, son muchísimas las partidas de dinero que se reciben de la misma Haceduría para diversos gastos del mismo Seminario, entre otras cosas, para pago de tres rentas: de la casa ocupada por el Colegio San Luis “Recibí del Sr. Canónigo Lic. D. Juan R. Carranza la cantidad de treinta y cuatro pesos siete y medio reales por el pago de contribuciones vencidas hasta la fecha por la finca del Colegio Seminario… Teófilo Pedroza”; de un cuarto, perteneciente a la casa contigua a la misma casa y que se tuvo que adaptar para preparar los alimentos de los seminaristas: “Recibí del Sr. Pbro. Don Juan R. Carranza nueve pesos que como Rector del Colegio Seminario de esta ciudad me entregó por renta de un mes de la casa en que está la cocina del expresado Colegio, siendo pacto expreso que la renta de cada mes se debe pagar adelantada… Manuel Valadez”; finalmente, de la casa que se rentó en lo que es hoy la esquina de Juárez y Morelos y donde se construiría el nuevo Seminario, puesto que el lugar que ocupaba el Colegio San Luis fue insuficiente del todo, se pagaba mensualmente una cantidad mayor que las anteriores.
En el anterior artículo vimos brevemente los gastos de la cocina del Seminario en cuanto a los alimentos de los alumnos y el pago a las personas que los elaboraban, pero a esto hay que añadir y considerar, como lo hacen las Cuentas del Seminario, lo que se tuvo que gastar en enseres, utensilios y muebles de la cocina, así como en los mismos para el refectorio. Más, todavía, los gastos de carbón, de leña, manteles y su lavado y planchado, etc. Alimentar a 10 ó 12 bocas suena normal. Pero hacerlo a docenas y docenas de ellas, tres veces al día y todas de buen comer, como suelen ser las pertenecientes a adolescentes y jóvenes… ya suena menos normal. Diariamente era una lista interminable de necesidades y de desembolsos que hacían más que difícil el proveer a ellos, pero que se logró hacerlo a base de esfuerzos y malabarismos pecuniarios.

Entradas
Ya decíamos que la Bula de erección de la Diócesis de Zamora estipulaba clara y concretamente de donde se debería sostener el Seminario. En el papel, aquello parecía fácil y sencillo, pero ya en la práctica y dadas las circunstancias ya varias veces enumeradas, el cumplir aquellas disposiciones de la Bula se volvió algo difícil, pero con una dificultad, a veces, desesperante y angustiosa, como lo podemos leer en varios recados del Señor Sierra. A los pocos meses de inaugurado el Seminario, escribía: “…no hay dinero ni siquiera para pagar la leche y el pan de los seminaristas”. Y en enero de 1868: “Yendo cada día en aumento la escasez de fondos del Seminario de esta ciudad y siendo los gastos de tal naturaleza que no pueden demorarse ni un solo día, no habiéndose por otra parte ministrado nada a dicho Seminario por cuenta de lo que le corresponde según la Bula de erección de este Obispado, he tenido a bien disponer que por cuenta de dicho haber, se ministren por Clavería (de Catedral) TREINTA PESOS mensuales al Presbítero Juan Carranza, Catedrático del referido Seminario, comenzando dichas ministraciones desde el día quince del actual, hasta nueva disposición de esta Autoridad Diocesana”.
Juntamente con las entradas de la participación del Seminario en la Gruesa Episcopal que, como veíamos, no llegaban con normalidad por la misma situación política del país, de la organización de la economía de la Diócesisy del retardo en arreglar cuentas con la Arquidiócesis de Morelia, se tuvo que recurrir a otro tipo de entradas para los gastos del Seminario, entre ellas podemos señalar tres:
Las Colegiaturas: a varios de los alumnos del nuevo Seminario, pertenecientes a familias con posibilidades de poder pagar una cantidad al Seminario por su formación y alimentación, se les pidió que lo hicieran, de acuerdo a esas mismas posibilidades y de acuerdo a los informes proporcionados por los Párrocos que conocían perfectamente la situación económica de sus feligreses. Así tenemos, por ejemplo, en octubre del año de 1866, aparecen los siguientes datos: “Entran 46 pesos y medio real del tercio de la Colegiatura de Bernabé Orozco (de Chavinda)” Y de otros varios: “De Mariano Espinoza, de Francisco Huerta, de León Tamayo, de Ladislao Álvarez, de Emigdio Torres, de Reyes Ávalos, de Luis Torres, de José Dolores Mora del Río (de Pajacuarán y futuro Arzobispo de México), de Francisco Madrigal… etc.”
Las Becas: como en todas partes, también en la naciente Diócesis de Zamora había jóvenes, candidatos indiscutibles al Sacerdocio, que por su condición humilde y de pobreza no podían pagar una colegiatura en el Seminario y se les proporcionaba una Beca. Las había libres (cuando alguien fundaba una de ellas y señalaba la persona que la disfrutaría) y de gracia (la que podía el Seminario disponer para entregarla a alumnos que, por su conducta y aplicación, la merecían, como lo señalaba el documento de adjudicación: “Instruido de la buena conducta, moralidad y aprovechamiento del joven D. N. N. hemos venido en nombrarle, como en efecto lo nombramos, una de las becas de gracia de nuestro colegio Seminario.” En alguna de las listas de tales Becas aparecen los nombres de “Juan Pulido, Bernabé Torres, Cleofas Murguía y Gregorio Martínez. (Este último, al decidir dejar el Seminario, agradecido, así escribió: “D. Gregorio Martínez Dueñas, Beca de gracia en el Colegio Seminario, la renuncia ante V. S. Y. en virtud de no estar resuelto todavía a abrazar el edo. Ecco., dando las debidas gracias por este beneficio que se le concedió”.
Los donativos de bienhechores: no muchos, pero sí varios fueron los que, desde el inicio, ayudaron generosamente al Seminario. Un ejemplo: “De las ciento diez fanegas cinco almudes de maíz que encerraron en el Colegio, sólo corresponden cien a dicho colegio y las diez y un fanegas cinco almudes restantes son del Sr. D. Ramón Padilla”. Por cierto, las pertenecientes al Seminario tuvieron que venderse porque, ya desgranado y almacenado, el maíz se calentó y se convirtió en “tomado” (mal olor). Cuántas historias de generosidad hacia el Seminario se podrían recordar…

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NOTA: Este anexo, u otros que pudieran incluirese, por relacionarse, no es del autor de esta serie, sino un agregado del autor de este blog (SMC) por su relación con el tema. Tomado igualmente, de GUIA de Zamora, de la fecha señalada en el título del texto.
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Inicia el Seminario de Zamora su segunda colecta anual
Domingo, 13.12.2009, 03:13pm (GMT-5)

El Seminario Diocesano de Zamora, que incluye el Seminario Menor de Uruapan y el Curso Introductoria de Cotija, puso en marcha su segunda Colecta Anual que se realiza del 12 al 20 de este mes con el propósito de obtener recursos que contribuyan a la formación de los futuros sacerdotes.
El inicio y los pormenores de la colecta los dieron a conocer el pasado miércoles los Pbros. Raúl Duarte Castillo, Ignacio Gil y Francisco Javier Medina, Rector, Ecónomo y Coordinador de Pastoral Vocacional del Seminario, respectivamente, durante desayuno que ofrecieron a las 9 de la mañana a los representantes de los medios de comunicación en el propio Seminario Mayor, ubicado en Jacona.
Antes de la rueda de prensa se hizo un recorrido por las instalaciones del Seminario Mayor tanto para que los comunicadores lo conozcan como para mostrarles algunas obras materiales que últimamente se han llevado a cabo.
El Rector recordó que la mayor parte de los edificios del Seminario Mayor tienen medio siglo de existencia de tal suerte que por el deterioro son diversas las obras de reparación que requieren así como para que las obras respondan a las nuevas demandas de la formación sacerdotal.
Durante el recorrido mostraron la restauración y remodelación de la capilla que quedó hermosa. También mostraron los trabajos de restauración de la pintura del edificio; los trabajos de reforestación, poda y limpieza en las amplias zonas verdes de la institución; así como los trabajos de mantenimiento de las canchas, entre ellas la de futbol empastada.
De la misma manera, dieron a conocer los trabajos que actualmente se realizan para la construcción de una línea de drenaje para conectarla al colector público pues el sistema de drenaje que se tiene es todavía a base de fosas sépticas.
El P. Duarte explicó que la invitación a los representantes de los medios no obedece meramente a un propósito de propaganda sino a la necesidad de que el pueblo pueda conocer más el propósito del Seminario.
Añadió que sobre todo se busca dar a conocer con mayor amplitud cuál es la función del Seminario para que el pueblo sepa la razón de ser de la ayuda que aporta durante la colecta.
En ese marco señaló que el edificio se tiene que ir adaptando a las modalidades de la formación de los futuros sacerdotes y en ese sentido se refirió al énfasis que en la formación se pone al desarrollo comunitario de los alumnos que antes era más individualista.
Respecto al mejoramiento y remodelación de la capilla informó que en parte se hizo con el producto de un legado y en parte con recursos del seminario.
Comentó que a 50 años de distancia de la construcción de la capilla requería mejoras que responden no solamente al aspecto estético sino sobre todo que responden al espacio en el que se forman y practican los futuros sacerdotes.
Juntamente con el ecónomo y el coordinador de promoción vocacional informó que actualmente el Seminario, en sus 3 secciones, tiene 146 alumnos. De ellos hay 51 seminaristas en el Seminario Mayor; 63 en el Seminario Menor de Uruapan y 22 en el Curso Introductoria en Cotija.
Por su parte, el P. Medina dio datos relativos a la promoción vocacional y en ese sentido expresó que se busca que, como antes, los párrocos sean los principales promotores de vocaciones en sus parroquias.
Pero, además, señaló, se intensifica la visita a escuelas para invitar a los jóvenes y adolescentes y también se realizan otros importantes eventos como retiros y encuentros.
A pesar de la actual falta de vocaciones, coincidieron tanto el rector como el ecónomo y el responsable de las vocaciones en que el futuro es esperanzador.
El P. Duarte se refirió también a la responsabilidad que los seglares fieles tienen en todos los aspectos de la Iglesia. Se pronunció porque los seglares asuman esa responsabilidad que ahora se deja a los sacerdotes.
LA COLECTA
El P. Gil explicó que las vicarías se han dividido en dos grupos para la realización de ésta que será la Segunda Colecta Anual del 2009.
La colecta se realiza los días 12 y 13 de este mes en las vicarías de Uruapan, Sierra, Los Reyes-Cotija, Norte y Purépero. Los días 19 y 20 se realizará en las vicarías de Zamora, Jacona, Sahuayo, San José de Gracia, Ecuandureo, San Pedro Caro y Tangancícuaro.
Lo anterior se hace con el propósito de que los seminaristas puedan estar los días de la colecta en todas las parroquias. Como es sabido, cada vicaría se forma por un grupo de parroquias que en total son alrededor de un centenar.
El P. Gil explicó que el gasto fijo anual del Seminario es de alrededor de 7 millones de pesos. De las 2 colectas anuales que se hacen a favor del Seminario se obtienen unos 4 millones de pesos; es decir, unos 2 millones por colecta.
Para completar el gasto fijo que se tiene al año se obtienen algunos donativos especiales y una parte de los alumnos aporta una mensualidad de mil 100 pesos. Sin embargo, hay quienes solamente aportan una parte y hay otros que no hacen aportación, tomando en consideración la situación económica de la familia.
En la medida en que las que las condiciones económicas lo permiten se van haciendo algunas mejoras materiales como las que se han llevado a cabo últimamente.
En ese marco señaló la necesidad de que los seglares oren por las vocaciones, por los seminaristas y hagan su donativo para que del Seminario surjan cada vez más los sacerdotes que la Iglesia necesita.
(ASR)

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Esbozo de historia de una Institución trascendental 14.- Juan Rafael Carranza, segundo Rector del Seminario
Sabado, 19.12.2009, 07:18pm (GMT-5)

Hablar un poco de los personajes que estuvieron involucrados en la organización y funcionamiento del Seminario de Zamora es hablar de sus cimientos y de sus primeros pasos, ya que la influencia que tuvieron en él, por su dinamismo, su mentalidad y su entrega, fue indiscutible y si, como ya apuntábamos, todo Superior en un Seminario deja honda huella, no sólo en los alumnos, sino en la misma institución, tanto el Señor Carranza como el Señor Novoa la dejaron no solamente en lo material e intelectual, sino también en lo disciplinar y en lo espiritual, como luego se comprobaría con toda la pléyade de hombres sabios y ejemplares que surgirían del nuevo Seminario, inmediatamente después de la gestión de ambos Sacerdotes. Algo que se debe destacar en ambos es el concepto compartido y vivido de que servían, con pasión y entrega, a una institución y no a determinada o determinadas personas, por lo que su labor en el Seminario y en todo lo demás que se les encomendó resultó sumamente importante y fructífera, tanto durante el gobierno del Señor De la Peña como en el del Señor Cázares. Permítaseme hablar un poco de ambos.
El Señor Juan Rafael Carranza
La obra de organización de la nueva Diócesis emprendida por el Señor Luis G. Sierra, gobernador de la Mitra, fue extraordinaria y agotadora, sobre todo debido a lo extenso de su territorio, a sus carencias y a la ausencia del Obispo. A esto había que añadir que su función como Rector del nuevo Seminario vino a dificultar aun más su trabajo, por lo que, al poco tiempo de inaugurado éste, pidió la ayuda de un Vicerrector, recayendo tal cargo en el Padre Juan R. Carranza, maestro entonces en dicho plantel. Pero el Señor Sierra, debido a las dificultades surgidas con el Señor Obispo De la Peña y con el Cabildo de Catedral, renunció a todos los cargos en 1869 (se separó de Zamora en 1871, yéndose a la Colegiata de Guadalupe en la ciudad de México, quedando en su lugar, como Rector del Seminario el hasta entonces Vicerrector, Juan R. Carranza.
Habiendo nacido en Cotija, dentro de la dinastía sacerdotal de los Carranza (el Señor Cura Alejo Carranza, los Padres Primitivo, Eligio y, posteriormente, otro Juan) y estudiado en el Seminario de Morelia, el Padre Juan Rafael era de los pocos Sacerdotes que radicaban en la ciudad de Zamora, al erigirse la nueva Diócesis y, como ya veíamos, era catedrático del Seminario y, ya para 1870, aparece como Vicerrector del mismo y, en 1871, como su Rector, contradiciendo así la afirmación de algunos de que fue Rector del Seminario hasta el año de 1878, a la llegada del Señor Cázares. A la renuncia de sus Canonjías de los Señores Sierra, Henríquez, Rubio y Aguilar, por carencia de recursos de la Diócesis y una vez solucionado tal problema, el Padre Juan Rafael Carranza fue nombrado Canónigo, juntamente con el Padre Rafael Ochoa. Como todos sus nombramientos, también éste lo tomó con sencillez y humildad, como se puede ver por una carta suya de fines de 1869, dirigida a un Sacerdote amigo de Morelia: “Tomé posesión de mi canonjía sólo por obedecer; pero estamos con el encargo del Vice rectorado y no puedo asistir a Coro; sólo los domingos todo el día y los jueves por la tarde. Como quiera. ya yo soy Señoría, lo que no me pasaba por la mente”. A la muerte del Señor De la Peña, fue nombrado Vicario Capitular, Sede Vacante.
El Padre Juan Rafael Carranza fue un hombre de gran cultura, de ejemplar conducta y tanto la sociedad zamorana como la mayoría de los Sacerdotes de la Diócesis le tuvieron en gran estima y respeto. El desempeño de sus cargos en la Mitra y en el Seminario los mezcló con su ayuda pastoral, procurando ayudar, siempre que podía, al Señor Cura de su tierra en la confesión y predicación. Era un buen orador y a él se le asignó la tarea de pronunciar la Oración Fúnebre en los funerales del Señor De la Peña, Oración que es un dechado de buen latín, sobrio, elegante y que constituyó una excelente pieza oratoria. Murió en 1888, regresando de Guadalajara, en el rancho de El Salitre, junto a Ixtlán. Sus restos descansan en Catedral, al lado de los del Señor Cázares.
Su sello en el Seminario
Mucho se pudiera hablar de su obra, pero bástenos con algunos datos. El Canónigo Ignacio Aguilar escribió de él: “El celo y eficacia del actual Rector del Seminario son bien conocidos por alumnos y eclesiásticos. Y esto nos da un testimonio público de respeto hacia su persona y de admiración hacia el principal agente, es decir, hacia el Ilmo. Sr. Dr. D. José Antonio de la Peña y Navarro, que con tanta prudencia y certeza escogió sacerdotes dignos y profesores honrados para hacer del Seminario un templo de ciencia y de piedad…” Dos muestras de tal celo y eficacia, en combinación con el Obispo: la selección prudente y minuciosa de los candidatos al Sacerdocio y la implantación de los Ejercicios Espirituales para los alumnos de Seminario, al iniciar cada uno de los cursos.
El Señor De la Peña redactó con el Señor Carranza un Reglamento para el proceso de recepción de Órdenes, Reglamento que, a simple vista, parecería exagerado, pero que, a la luz de la importancia del asunto y de la realidad que se vivía con relación al relajamiento de muchos de los clérigos de entonces, era necesario tener el mayor cuidado posible en la admisión a las Órdenes Sagradas, puesto que muchos de los fracasos sacerdotales se debían a la ausencia de una verdadera y sana política de selección y la implantación de aquel Reglamento dio excelentes resultados, como lo confirmaremos más adelante. El artículo 1º de dicho Reglamento así rezaba: “Artículo 1º. Todos los alumnos de nuestro Seminario Conciliar, así internos como externos, quedan obligados, bajo pena de excomunión mayor a Nos reservada, a denunciar a nuestros Ordenandos desde la primera Tonsura clerical hasta el sacro Presbiterado inclusive, de todos los hechos, hábitos inmorales o defectos naturales que de vista o de oídas sepan de ellos y desdigan, choquen, repugnen o sean incompatibles con la santidad, pureza, rectitud y virtudes que son propias, inherentes e inalienables del carácter o Ministerio Eclesiástico en cualquiera de sus grados”. Además de las investigaciones que, por disposición de las leyes eclesiásticas, se deberían realizar en cada Parroquia entre familiares, conocidos y el mismo Párroco con relación a los alumnos del Seminario que solicitaban ser ordenados, el testimonio de los compañeros del Seminario era de suma importancia, ya que la misma convivencia continua y por muchos años, les daba a los testigos la capacidad suficiente para conocerse y para declarar, en los términos que el Reglamento imponía, sobre los que deseaban ingresar al Sacerdocio.
Aquel cuidado por seleccionar mejor a los candidatos llegaba más lejos, pues se daba el caso de solicitud de admisión de jóvenes salidos de otros Seminarios y ésta era la política general, como se puede ver en uno de los muchos casos: “Prohibiendo la Constitución de nuestro Seminario que se incorporen en él, en clase de alumnos suyos los que han sido expulsos de otro Establecimiento de igual clase, y contando de documentos auténticos presentados por el postulante, haberlo sido del Seminario de la Arquidiócesis de Guadalajara, hágasele saber que no puede tener lugar aquí su solicitud y en consecuencia devuélvansele originales los certificados y recados con que lo acompañó”.
Con relación a los Ejercicios de San Ignacio implantados en el Seminario, así opinaban de ellos el Señor De la Peña y el Señor Carranza, de ahí la necesidad y conveniencia de que los seminaristas los practicaran cada año: “Una experiencia probada por tres siglos nos ha convencido del eficaz poder que tienen los Ejercicios espirituales de San Ignacio sobre las conciencias para convertirlas y perfeccionarlas en el bien. En esos días de santo retiro ostenta Dios sus misericordias derramando liberalmente la gracia entre las almas…”
Pronto se verían los resultados de aquellas políticas de Obispo y Rector.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental 15.- Don José Guadalupe Novoa. Primeros frutos del Seminario Jorge Moreno Méndez
Lunes, 04.01.2010, 06:40pm (GMT-5)
Si la historia se escribe, principalmente, a base de documentos y, mientras más de estos existan, será más objetiva y completa, podemos afirmar que la historia del Seminario de Zamora se podría escribir de esta manera, dada la cantidad de documentos existentes, tanto en el Archivo del mismo Seminario, como en el Archivo Diocesano. Y eso, a pesar de la destrucción realizada por el General Amaro, en 1914, de gran parte de ambos Archivos. En el pequeño esbozo de historia de esta Institución que estamos tratando de presentar a los lectores de GUIA no es la falta de documentos lo que nos impide extendernos y profundizar en todo lo relacionado con el Seminario de Zamora y con los personajes que lo formaron y conformaron, sino el espacio y el tiempo. Por tal motivo y aunque sea brevemente, daré algunos datos solamente de Don José Guadalupe Novoa quien, a pesar de la brevedad de su estancia en el Seminario, supo dejar en él mucho de su apertura, entrega, cultura y dinamismo.
Otro cotijense
José Guadalupe Novoa nació en Cotija y, muy joven, se vino a estudiar a Zamora al Colegio del Padre Villavicencio, continuando sus estudios en el mismo Plantel, ya convertido en el Seminario de la nueva Diócesis. Al terminar sus estudios eclesiásticos, recibió, casi en tiempo récord, las distintas órdenes sagradas de manos del Señor Obispo Don José Antonio de la Peña: la Tonsura, el 7 de febrero de 1867; las Órdenes Menores, el 22 del mismo mes y, a los dos días, el Subdiaconado; el Diaconado, el 3 de marzo y el Presbiterado, el 10 del mismo mes y año. El 1 de mayo de 1867 fue enviado como Vicario Fijo a Los Reyes (entonces Auxiliar de Peribán) y, el 21 de enero de 1870, fue llamado a Zamora (a petición de su paisano Juan R. Carranza) para ocupar los cargos de Maestro de etimologías, Ecónomo y, luego, Vice-rector en el Seminario, tocándole poner en práctica su habilidad y don de gentes para sortear las dificultades económicas por las que tuvo que pasar la Institución. Se debe destacar, sobre todo, su intervención en el inicio y primeros pasos en la construcción del nuevo Seminario, en la esquina de las actuales calles de Morelos y Juárez. Poco le duró el gusto al Seminario, pues, el 3 de mayo de 1873 fue nombrado Párroco de Taretan, donde desplegó una gran y acertada actividad en su ministerio hasta el 25 de mayo de 1881 (con un breve intervalo en el que fue nombrado Párroco interino de la Parroquia del Sagrario en Zamora, que funcionaba todavía en la Catedral) cuando fue nombrado Párroco de Tangancícuaro. El 18 de febrero de 1882, fue nombrado Prebendado de la Catedral y, el 20 de abril siguiente, recibió la colación canónica de su Beneficio en el oratorio privado del Señor Obispo, siendo nombrado más adelante Arcediano y Deán de la misma Catedral y Vicario General de la Diócesis. Además de todos esos títulos y cargos, sobresalió su nombramiento y su actuación como Intendente de la construcción de la que se pretendía fuera la nueva Catedral, hoy Santuario Guadalupano, dejando admirable ejemplo de buen organizador, hábil manejador de dineros, y, por las memorias y escritos que dejó con relación a aquella construcción, excelente administrador. A la llegada de Amaro a Zamora y por razones obvias, tuvo que abandonar la ciudad y la Diócesis y se refugió en Guadalajara, donde murió el 8 de marzo de 1920.
Los primeros frutos
Pronto el Seminario de Zamora y, con él, la Diócesis, comenzaron a recoger los primeros frutos en la cosecha sacerdotal. Desde luego, con la presencia del Seminario en Zamora, los candidatos a formarse en él para el Sacerdocio aumentaron considerablemente, pues ya no estaba tan lejos de los pueblos que conformaban la nueva Diócesis, como se puede comprobar con la existencia de buen número de solicitudes escritas al Obispo, como esta: “El joven D. Wenceslao Espinosa, D. Ignacio Morellón y D. Emigdio Torres suplican a S. Y. se digne admitirlos de alumnos internos en el Seminario de esta ciudad”. Además, los Párrocos, sintiéndolo más suyo, comenzaron a promover las vocaciones en sus Parroquias de tal manera que, a los pocos años de organizado el Seminario, ya “se daban el lujo” sus Superiores de rechazar buenos y aptos candidatos por falta de lugar, como consta también por varios comunicados al respecto, tanto a Párrocos, como a padres de familia que solicitaban fuese admitido al Seminario un hijo suyo.
Existe en el Archivo Diocesano, además del Libro Oficial de Órdenes, donde se anotan los nombres de todos los Sacerdotes ordenados, pertenecientes a la Diócesis, con sus datos generales y las fechas de la recepción de las distintas Órdenes Sagradas, un cuadernillo donde podemos seguir, paso a paso, la cosecha sacerdotal de la que hablábamos. De tal cuadernillo y complementándolo con otros documentos del mismo Archivo, me permito sacar y presentar los siguientes datos:
Desde luego llama la atención el que en dicho cuadernillo aparezcan varios sacerdotes ordenados por el Señor de la Peña y que no pertenecían a la Diócesis de Zamora, sino a las de Michoacán y Guadalajara. Pero esto se explica por la siguiente razón: durante los años de 1865 al 1871, más o menos, ni Morelia ni Guadalajara contaban con sus Obispos (Clemente de Jesús Munguía y Próspero Espinoza, respectivamente) ya que estaban desterrados en Roma por el Gobierno Liberal y habían delegado al Señor de la Peña a realizar aquellas ordenaciones.
En cuanto al número de ordenados para Zamora en aquellos primeros años, tenemos los siguientes datos: en 1865, fueron 4 los ordenados (todavía en Morelia, por encontrarse aún enfermo en aquella ciudad el Señor de la Peña, pero ya a título de Administración por la Diócesis de Zamora) y fueron los siguientes: Agustín Silva Arregui (de Tangancícuaro, marzo 11), Pablo del Río (de Zamora, junio 18), Ramón Beracochea (de Zamora, junio 18) y Rafael Cárdenas (de Chilchota, junio 18); en 1866, fueron ordenados 6, ya en Zamora: Benito Ávila Castaños (marzo 4), Fernando Soto (marzo 4), Juan Bautista Morales (abril 29), Jesús Valverde (mayo 1), Manuel Escobar (de Santiago Tangamandapio, mayo 26) y Francisco Gerónimo Valencia (de Jacona, octubre 14); en 1867, otros 6: Crisanto Vélez (marzo 1), Guadalupe Novoa (de Cotija, marzo 1), Jesús Navarrete (marzo 3), Bernabé Torres (marzo 3), Miguel Chagollán (junio 30) y Juan de Dios Porto (julio 14); en 1868, 4: Ramón Vaca (septiembre 19), Camilo Galván (de Ario de Rosales, mayo 21), Eduardo Quiróz (de Purépero, septiembre 19), Miguel Gerónimo Méndez (de Zamora, diciembre 21). Los años de 1869 y de 1870, no se ordenó ninguno, porque esos años marcaron el término de los que estudiaron varios años en el Seminario de Morelia y los que iniciaron sus estudios ya en el nuevo Seminario de Zamora, de tal manera que para el año de 1871 tenemos los 6 siguientes ordenados: Miguel Aguiñiga (enero 15), Juan Guzmán (enero 15), Abundio Martínez (septiembre 23), Cristóbal Romero (septiembre 23), Gregorio Trujillo (septiembre 23) y Agustín Cacho (diciembre 12). Como se ve, poco a poco, las vocaciones para la Diócesis de Zamora y su llegada a la meta se iban logrando y su procedencia se iba ampliando.
¡Cuántos y cuántos datos se encierran en estas biografías, todas ellas interesantes y, algunas de ellas, extraordinarias, pero desconocidas para la mayoría de nosotros! Se está trabajando en el Archivo Diocesano por reconstruirlas lo mejor posible…

Jorge Moreno Méndez
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Esbozo de historia de una Institución trascendental 16.- El edificio del Seminario en Mercaderes 44
Sabado, 09.01.2010, 07:15pm (GMT-5)
Necesidad de un nuevo edificio
Toda institución dedicada a la formación de los individuos necesita contar con locales y edificios adecuados a sus necesidades para poder conseguir, con mayor facilidad, sus objetivos. Para la formación de los Sacerdotes de la nueva Diócesis zamorana en el nuevo Seminario se requería y era indispensable del todo un edificio que respondiera a las múltiples y especiales necesidades inherentes a la formación de los jóvenes que pretendían abrazar el estado eclesiástico, en lo referente a la piedad (una capilla), al estudio (salones y biblioteca), a la cultura y actividades artísticas (salón de actos), a la disciplina (dormitorios adecuados) y a la salud (refectorio, cocina, patios de recreo). De ahí que, desde un principio, al Señor Obispo De la Peña y a sus colaboradores en el gobierno de la Diócesis les pareció absolutamente indispensable y urgente la construcción de un edificio propio y proporcionado a las necesidades del Seminario de Zamora, a pesar de las dificultades políticas, económicas y de escasez de clero por las que atravesaba la Diócesis en su nacimiento. Ya veíamos anteriormente cómo, al mismo tiempo que se arreglaba y se ampliaba el Colegio San Luis del Padre Villavicencio, se rentó otra casa con miras a cambiar el Seminario a ella y, sobre todo, con miras a construir ahí un nuevo edificio más “ad hoc” para la formación de los seminaristas.

La casa de Ignacia Mora de Torres
En un documento del 21 de abril de 1870, el Señor Cura Don Francisco Henríquez, Párroco de Zamora, declaró haber prestado al Señor Canónigo Don Juan R. Carranza (ya entonces al frente del Seminario) $ 5,000.00 (cinco mil pesos) con el fin, entre otras cosas, de comprar la “casa de Ignacia Mora de Torres… propiedad, ubicada en la calle de Mercaderes (hoy Morelos), número 44 de esta ciudad, ya se le habían hecho varias mejoras” (como se ha dicho con anterioridad). Dicha casa contaba con los siguientes linderos: al oriente, es decir, enfrente y calle de por medio, tanto con la casa de Manuel Valadez (que perteneció luego a Don Primitivo Valadez y éste la vendió al Padre Don Francisco Guzmán), como con la casa de Antonio López de Lara; por el norte y poniente, con cuartos de Doña Jesús Carriedo, con el Mesón de San José y con el hotel de San Francisco; al sur, con una propiedad del Licenciado Mariano Espinosa Negrete. Esta casa de Ignacia Mora de Torres fue el núcleo inicial del nuevo Seminario al que se agregarían después la casa de Francisca Munguía y el Mesón de San José (con el cual lindaba dicha casa), propiedades que se comprarían luego, ya en tiempos del Señor Cázares, para ampliar el Seminario y que servirían para fincar en ellas una Escuela Primaria (futuro vivero del Seminario) a la cual se entraba por la actual calle Juárez y otra capilla.

Pequeña descripción del nuevo edificio
Por los documentos que existen en el Archivo Diocesano (recordemos que Biblioteca y Archivo de aquel Seminario se perdieron casi totalmente a la llegada del General Amaro, al destruirlos o sustraerlos) podemos formarnos una idea, aunque sea vaga, de aquel edificio, así como del proceso de su construcción, teniendo a la vista notas, facturas, pago de sueldos, etc. relacionados con ella, así como leyendo las pequeñas descripciones de quienes lo conocieron u oyeron hablar de él. Debemos advertir que los trabajos de construcción de aquel edificio iniciaron en 1871 (ya para 1872 estaban por terminarse la Biblioteca y la Capilla), en el gobierno del Señor De la Peña, se suspendieron un tanto a la muerte de éste, en 1877, y se continuaron a la llegada del Señor Cázares, quedando terminado en lo más esencial en 1884, aunque luego se le hicieron algunas composturas y añadiduras.

El ingreso al Seminario, por la calle de Mercaderes (Morelos), lo permitía un artístico cancel hecho por el maestro Francisco Covarrubias, ingresando al amplio y elegante patio central, con sus corredores y sus dos pisos. En el lado sur y en la planta baja se encontraba la capilla, dedicada a San Luis Gonzaga y, sobre ella, la Biblioteca (de la cual hablaremos más tarde). Al lado norte, se situaban los dormitorios para los alumnos internos, una serie de ellos para los mayores (en una planta) y otra, para los menores (en la otra planta), con capacidad cada una de ellas para varios alumnos. En este mismo patio se ubicaba uno de los salones de estudio y algunas oficinas y cuartos de los Superiores. Los corredores bajos y altos estaban formados con una serie de arcos góticos, sostenidos por columnas de madera, forrados con yeso y manta y, a lo largo de todos ellos, colocados estratégicamente, numeroso bancos, así como artísticos faroles. Se podía ver también “un relox de pared, con calendario campana gong y 8 días cuerda”, comprado en la “Joyería y Relojería La Perla, de Plateros no. 44 de México”.Al fondo de aquel patio y en el centro estaba el acceso a un segundo patio (que se pudo construir gracias a las ampliaciones de las que ya hablábamos y que permitió la construcción de una segunda Capilla, dejando la del primer patio como Salón de Actos), llamado de las Cátedras y estaba dividido del primero por el refectorio, en el lado sur y por un salón en el lado norte. El comedor se comunicaba con la cocina por medio de un torno y por una puerta hacia este segundo pasillo, donde se encontraban los “comunes”, la carbonera, mamparas y otros salones más. El torno era un cilindro metálico giratorio y de regulares proporciones, con varios compartimientos y una abertura que permitía colocar en él, del lado de la cocina, la loza y comida que, al girarlo, podían ser retiradas del lado del comedor para su uso y consumo de los seminaristas. Todas las dependencias y oficinas estaban numeradas y señaladas por su nombre.
Algunos datos que puedan interesar
Por curiosidad y por ampliar un poco más la información de aquel edificio del Seminario de Zamora, me permito dar a conocer algunos de los muchos datos interesantes, tomados de notas, facturas y recibos relativos a la construcción del mismo:
Trabajaron al inicio de la obra, en la hechura de los adobes, 1 maestro, 8 peones y 4 loderos que aumentaron al poco tiempo a 3 maestros, 9 peones y 6 loderos, comprándosele luego los adobes a Doña Dolores Calderón. Los carpinteros para la obra de madera fueron, entre otros, Rafael Pérez Montejano y el ya citado Francisco Covarrubias, que hicieron las puertas, las ventanas, las tarimas de las cátedras, etc. Las listas de maestros, albañiles, peones, pintores y sus rayas son numerosas.
En cuanto a los proveedores de los materiales para la construcción de aquel Seminario, bástenos citar unos cuantos: las pinturas para las diversas dependencias (almagre, ocrillo, azul, hermoso amarillo, oro, verde cromo, azul ultramar) así como los aceites y pegamentos, en su mayoría, le fueron compradas a Don Sixto Villar; las costillas se compraron en Tlazazalca; el papel tapiz para la capilla en la Botica La Providencia, en la calle del Puente, Nro. 16; los pilares de los corredores se le compraron en Purépero a Don Severiano Palomares (“14 pilares y 5 gualdras y 6 planchas, 40 vigas de dos varas a 1 peso, rebajando dos reales por lo que se pagaron sólo 39 pesos 6 reales. Más gastos de carretas, pagando alcabala a la Aduana de 1.2”).
Nombres, materiales y precios que también forman parte de la historia del Seminario de Zamora.

Jorge Moreno Méndez
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Esbozo de historia de una Institución trascendental
17.- Cambio de estafeta y positiva transformación
Jorge Moreno Méndez

Ambiente político, cultural y una nueva etapa
Digno de varias páginas sería el análisis de las circunstancias económicas, políticas, religiosas y culturales que sirvieron de marco a la segunda etapa del Seminario de Zamora, análisis que nos ayudaría a entender y explicar su rápida transformación y extraordinario auge que redundarían en bien de toda la iglesia diocesana, pero que, de manera especial, le darían realce y fama, así como notable progreso en todos los órdenes a la ciudad de Zamora. Pero, a falta del análisis profundo, por lo menos enumeremos algunas de las circunstancias enumeradas.
En primer lugar debemos recordar que Porfirio Díaz que, aunque al principio de su gobierno fue un acérrimo defensor de las Leyes de Reforma, incluyendo las que iban directamente contra los derechos pretendidos por la Iglesia católica, sin embargo, poco a poco y porque veía que así le convenía, se fue relacionando y aun trabó amistad con algunos personajes prominentes de ella, como con Pelagio Antonio Labastida, ex Regente del Imperio y Arzobispo de México, y con Monseñor Guillow, Arzobispo de Oaxaca, y otros más, mostrando tolerancia y “haciéndose de la vista gorda” ante ciertos aspectos. Tanto él, como su Secretario de Justicia e Instrucción Pública, Don Joaquín Baranda, estaban convencidos de que el Estado solo no podría llenar todas las necesidades de la educación del pueblo y menos en los grados superiores, de ahí que admitieron no sólo la existencia de los Seminarios ya existentes, sino que permitieron, casi sin molestar, la fundación de otros más. Por otra parte, los Seminarios, aprovechando tal situación y para dar cierta razón para su existencia, procuraron adecuar sus planes de estudios a las necesidades no sólo de la Iglesia, sino también de la sociedad en general, constituyéndose algunos de ellos en una especie de Universidades.

Sistema y Planes de Estudio
En cuanto al sistema educativo adoptado en gran parte por estas instituciones y que ya había sido implantado desde hacía tiempo en muchísimas de las escuelas de la joven República, fue el Lancasteriano, sistema nacido en Inglaterra a principios de siglo XIX. Las razones para esta adopción nacieron de la convicción de que el progreso de una nación debe partir y depender de la educación de sus habitantes y, siendo testigos de los adelantos de Francia e Inglaterra, donde estaba muy extendido este Sistema, se vio conveniente su implantación en México. Algunos de los principios o postulados de dicho Sistema eran los siguientes: disminución del papel autoritario del maestro; división de los alumnos por grupos que eran puestos bajo la supervisión de algunos de los mismos alumnos y cada uno bajo un supervisor de los mismos alumnos; motivación y corrección a base de ciertos premios y castigos; y como parte esencial de la educación el que “cada niño debe tener algo que hacer a cada momento y una razón para hacerlo”. Debemos añadir que, en la segunda mitad del siglo XIX, ya era costumbre en los Seminarios de México que al terminar Secundaria y Preparatoria (Humanidades) el alumno elegir alguna de estas carreras: jurisprudencia, teología, medicina o alguna otra ciencia, como física y otras.
El Seminario de Zamora no sólo cambió de edificio con la construcción del suyo propio, sino también de objetivos y de Planes de Estudio. En cuanto a lo primero, además de las razones dadas arriba, el Señor Cázares, principal actor de tales cambios, sabía que la sociedad necesitaba, no sólo de Sacerdotes (100 alumnos internos), sino también de hombres formados cristianamente. De ahí la admisión de jóvenes que, aunque no aspiraran al Sacerdocio (300 alumnos externos), se formarían en aquellos principios (él era un ejemplo vivo de aquello). Los graduados en aquel Seminario se distinguieron como Sacerdotes (no fueron ya los “sancochados”, como nos dice Don Luis González González) y como laicos, en el campo del Derecho, de las ciencias, de las artes y de la cultura. Por lo que se refiere a los Planes de Estudio, se tuvo en cuenta ciertamente el darle gran importancia a las ciencias positivas (recordemos que el liberalismo asestó un fuerte golpe a las humanidades y, por la influencia francesa, se implantó el Positivismo), pero sin descuidar las humanísticas. Además siendo el Señor Cázares abogado y de gran apertura intelectual, los Planes de Estudio tuvieron una marcada preferencia por las materias relacionadas con la jurisprudencia.

Un certificado de estudios del Seminario de Zamora
Más que enumerar las materias que se llevaban en el Seminario de Zamora a finales del siglo XIX, me permito transcribir uno de los Certificados expedido por el Secretario del Seminario, entonces Don Jesús Trujillo, de quien ya hemos hecho mención: “Jesús Trujillo, Secretario de Colegio en el Seminario de Zamora… CERTIFICO en debida forma, según las constancias que obran en los libros respectivos de la Secretaría a mi cargo, que Don Lucas Martínez cursó en el referido Establecimiento las Cátedras de Latinidad en los años de mil ochocientos setenta y ocho y mil ochocientos setenta y nueve, habiendo estudiado en el primero la Etimología y en el segundo la Sintaxis y Prosodia y que en los exámenes particulares a que respectivamente se sujetó en las mencionadas Cátedras obtuvo en una y en otra las calificaciones S. M. (Superlativo Medio).
Certifico así mismo que en el año de mil ochocientos ochenta estudió Aritmética, Algebra, Geometría Técnica y Práctica, y Trigonometría Rectilínea: en el de mil ochocientos ochenta y uno, Física Experimental y Geografía y en el de mil ochocientos ochenta y dos, Lógica, Metafísica y Ética; que en el primer año en las Cátedras de Matemáticas obtuvo en el examen final la calificación de S. S. (Superlativo Supremo), en el segundo en la de Física mereció la de S. M.(Superlativo Medio) y en el examen general que sufrió al fin del tercer año en las materias que estudió durante el curso de Filosofía fue aprobado por unanimidad de votos para pasar a las Cátedras de Facultad Mayor.
Certifico igualmente que en año de 1885 estudió Derecho Natural y Derecho Civil Patrio y Español en el de mil 886, Derecho Social Doméstico, Civil, Penal, Público, Político Constitucional e Internacional, segundo curso de Civil, Constitución General de la República, Código Penal y Ley de Administración de Justicia; en el de mil 887, 1er, Curso de Procedimientos, 1º. de Derecho Romano, 1º de Código Mercantil, Código de Minería, Economía Política y Medicina Legal; y en el de 888, 2º. Curso de Procedimientos, segundo de Romano, 2º de Código Mercantil, Ley del Timbre y Ley de Escribanos. Que en los exámenes finales a que respectivamente se sujetó en cada año de las materias mencionadas mereció en todas la calificación de S. S. (Superlativo Supremo), habiendo desempeñado en el primer año en la Cátedra de Derecho Natural un Examen Público y sufrió en el cuarto año el examen general que previene la Ley.
Certifico por último: que ha sido examinado en Gramática Castellana, Idioma Francés y Bella Literatura, cuyo estudios hizo en particular y que en los respectivos exámenes obtuvo las calificaciones siguientes: en el de Gramática Castellana S. M. (Superlativo Medio), en los de los otros dos ramos S. S. (Superlativo Supremo). Y a petición y para los usos del interesado extiendo la presente en Zamora a veintiocho de Setiembre de mil ochocientos ochenta y nueve. Jesús Trujillo”. Lo mismo se puede leer en los Certificados de José Ma. Huanosto, Aristeo de la Paz, Margarito Henríquez, Vidal de Jesús Barrios y otros.

Veladas, Conciertos y Exámenes Públicos
Uno de los aspectos que se cultivó mucho en el Seminario de Zamora en esa época fue su relación con la sociedad a través de distintos Actos Académicos y Artísticos, Veladas, Conciertos, Exámenes y Disputas Públicas sobre diversas materias. Con ello, además de que la sociedad en general y los familiares de los alumnos se daban cuenta de los adelantos de éstos, había una estrecha relación de todos ellos con el Seminario, relación que fructificaba en mayor aprecio y apoyo por tal Institución. El gran patio del Seminario, los corredores bajos y altos se llenaban de asistentes a tales actos, utilizando muchos de ellos los bancos del Seminario y llevando otros muchos sus sillas propias. Teatro, Veladas Literarias, Conciertos de música religiosa y profana, popular y clásica, Exámenes Públicos y Disputas Públicas sobre temas interesantes formaban una larga lista en el calendario del Seminario. Ejemplos: Solemne Velada en cincuentenario del Dogma de la Inmaculada Concepción, Homenajes al Señor Delegado Apostólico Serafini y al Arzobispo Gillow de Oaxaca, Concierto de la orquesta de Don Jesús Vázquez, Obras de Teatro, como La Púrpura del Rey y varias más del Padre Don Atenógenes Segale, etc. Sería interminable la lista de tales eventos…

(Pie de imagen)
Una de las tantas invitaciones a los eventos académicos y culturales que se efectuaban en el Seminario.

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Esbozo de historia de una Institución trascendental
18.- La Biblioteca del Seminario
Jorge Moreno Méndez
Un centro neurálgico para la formación de los clérigos
La existencia de las bibliotecas se inició cuando el hombre supo cómo grabar por medio de símbolos los pensamientos generados en su mente y comunicarlos a los demás por medio de ellos, como lo revelan, por ejemplo, las inscripciones de Ur de Caldea o las escrituras cuneiformes de Mesopotamia, que se guardaban para la posteridad. La evolución y el progreso de esta forma de transmitir el pensamiento humano y sus conocimientos corrieron parejo con el deseo y la necesidad del individuo de comunicar y de aprender y, así, se fueron formando recintos donde se guardaban primero tales inscripciones tabloides, papiros y luego libros, llegando a existir bibliotecas realmente extraordinarias. Fue de esta manera como se conservó para el futuro el acopio cultural y científico del ser humano a través del tiempo, satisfaciendo el deseo de los individuos de conocer lo que se haya escrito sobre los diversos asuntos que le interesen. Los Seminarios, así como los Monasterios de la Iglesia, han jugado siempre un papel importante en la formación y progreso de las bibliotecas en todo el mundo, papel que se genera de la misión específica de la Iglesia con relación a la cultura y de la necesidad que tiene de preparar lo mejor posible a aquellos individuos que han decidido abrasar el estado sacerdotal. Para el Señor Cázares y para todo el cuerpo docente y formativo del Seminario de Zamora no fue éste uno de los principales objetivos: la creación de una biblioteca con numerosos volúmenes y de la mejor calidad, en cuanto a su contenido y presentación; pero no sólo para tener un buen catálogo de ellos, sino para que los alumnos tuvieran la posibilidad y la facilidad de consultar en ellos, creciendo con ello en la anchura y profundidad de sus conocimientos en las diversas materias. Desde luego que factor importante para este crecimiento eran las aulas y los maestros, pero factor que sólo era necesario para orientar, señalar caminos y enseñar a buscar a los alumnos, por sí mismos, en las fuentes del saber, aquellos conocimientos que les ayudarían a tener sus propias ideas, sus personales criterios y no quedarse simplemente en el “magister dixit” (lo dijo el maestro).

Fabuloso y extenso Catálogo
Decíamos que ya desde el año de 1872 se comenzó a construir la biblioteca del Seminario en la casa de Morelos y Juárez, pero fue hasta el tiempo del Señor Cázares cuando, una vez organizada y mejorada la economía de la Diócesis, se pudo comenzar a llenar aquel recinto de cuantiosas, excelentes y famosas obras de autores reconocidos mundialmente y de maestros de las principales universidades europeas, para uso y en beneficio de alumnos y maestros del Seminario. (Todos ellos tenían entonces una gran ventaja: el no tener la tentación de convertir el uso moderado e incuestionablemente útil del Internet en el único medio de investigación, con detrimento de la profundidad y asimilación de las mismas y con la consecuente pereza y el adormecimiento y atrofia de la misma inteligencia). La mayoría de tales obras estaban escritas en español, latín y francés, de ahí el estudio de tales idiomas en el Seminario.
Existen en el Archivo Diocesano decenas y decenas de facturas de diversas compras de libros y demás enseres para la biblioteca. Por curiosidad y por interés para muchos, me permito señalar noticias resumidas de algunas de esas facturas, fechadas a partir de 1876 y hasta 1885:
A pesar de la crisis económica de la Diócesis y de sus muchas necesidades, ya en julio de 1876 se encargaron 440 ejemplares de la Musa Americana para biblioteca y alumnos. (Se encargaban los textos para que todos los alumnos lo tuvieran a la mano para su consulta y para que, en el futuro, siguieran haciéndolo. Con las bibliografías insertas en cada texto y los complementos en la misma biblioteca, éstos eran de gran ayuda y aun necesarios, aunque en la actualidad algunos no lo piensen así).
A la sucursal de Librería de C. Bouret en México, Calle de San José del Real 18. Esquina de las calles del Refugio y del E. Santo: Ecología de Billuart (9 tomos) en un precio de $32.00; Obras de Sagrada Escritura de Cornelio A Lapide (26 volúmenes), $95 pesos; 36 ejemplares de Filosofía de Rrin; Filosofía de Liberatore; Obras de S. Tomás de Aquino (34 tomos) en $210 pesos; Obras de S. Buenaventura (15 tomos), $100 pesos; Ius Ecclessiasticum (12 tomos), 75 pesos.
A la Sucursal de la Librería Madrileña, en la calle Portal del Águila de Oro Nro. 5, de la ciudad de México, Depósito de Gaspar Editores: Medicina Doméstica de Bucham; Armonía entre la ciencia y la fe de Mir.
A la Librairie Ecclesiastique et Religieuse de Louis Vivés, en 13, rue Delambre, en París, una factura por 2141 francos (equivalente a $418.19), por obras de Teología, Sagrada Escritura, Filosofía. Ascética y de Historia, de autores como Fabri, Juan de Santo Tomás, Lohner, Bona, Peronne, Berti, Belarmino; 63 tomos de Patrología latina, por valor de $185 y 85 tomos de Patrología griega, de $249.
Otra factura a la misma Librería por valor de 5819.30 francos, equivalente a $1163.86 pesos, por la compra, entre otras, de las siguientes obras: Summa Summae S. Thomas, Summa Aurea de Migne, Opera Omnia de Boncina, Opera Omnia de Suárez, etc.
Sería interminable el señalar todas las compras de libros para aquella biblioteca, pero bástenos lo señalado para darnos cuenta de la riqueza científica y cultural que, en cantidad y calidad, se guardaba en aquella biblioteca. Juntamente con la compra de todos aquellos libros, se hicieron a París varias compras de numerosos aparatos, sobre todo para la enseñanza de la física y química (arco voltaico, cámara al vacío, etc.), muchos de los cuales se lograron rescatar del antiguo Seminario y se encuentran en la biblioteca del Seminario en Jacona y que todavía en los años cincuenta servían para la impartición de dichas materias.

Un importante rescate
Al recordar todos estos datos y circunstancias sobre la biblioteca del Seminario de Zamora y saber que de ella casi nada quedó, viene por fuerza el hacer una triste consideración que nos debe hacer reflexionar seriamente. Ante la desaparición de aquel tesoro y las causas que lo motivaron, no podemos menos que reconocer que la incultura, la irresponsabilidad y el fanatismo religioso y político, sea del color, ubicación y sabor que fuere, sólo conducen al salvajismo y a la destrucción. Con la llegada del General Amaro a Zamora, aquella biblioteca desapareció y no ciertamente para beneficio de otros (que hubiera sido muy loable), sino siendo quemada en parte y vendida como papel.
A propósito de esto último, no quisiera dejar pasar la ocasión de narrar un hecho que oí de los mismos labios de su protagonista, el Padre Pedro Torres Bustos, Doctor en Historia y eterno bibliotecario del Seminario y responsable del Archivo Diocesano y a quien opino ni se le hizo justicia en vida, ni se le ha hecho en el recuerdo… a Principios de los años cincuenta y pasando un día por la calle 5 de Mayo, vio a un niño que salió de una carnicería, llevando en la mano manteca en hojas de papel fino. Curioso se acercó al niño y le pidió le enseñara aquel papel, descubriendo que eran hojas pertenecientes a la Patrología latina y griega (obra de la cual hablamos arriba). Fue con el dueño de la carnicería y éste le informó que en el Ayuntamiento les vendían aquellos libros, cuyo papel les servía maravillosamente para despachar la manteca y la carne. Inmediatamente, el Padre Pedro se fue a Morelia y habló con el Señor Gobernador, consiguiendo la orden para que le fuesen entregados en Zamora los ejemplares que de aquella obra quedasen. Los ejemplares rescatados se encuentran en la biblioteca del actual Seminario. ¿Cultura, tolerancia? ¿O salvajismo y fanatismo?

(Pies de imagen)
La biblioteca era factor importante en la formación de los futuros sacerdotes
De las mejores librerías, las mejores obras y de los mejores autores.
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Esbozo de historia de una Institución trascendental
19.- Cázares y Plancarte, formadores de clérigos y laicos
Jorge Moreno Méndez

Dos concepciones sobre la educación
De muchos es conocida la diferencia accidental (no sustancial) que había sobre la formación de los futuros Sacerdotes entre el Señor Cázares y el Padre José Antonio Plancarte Labastida. Tal diferencia nacía no solamente del distinto carácter que poseían, sino principalmente de la distinta vida y la distinta formación que ambos habían tenido. El Señor Cázares en el ambiente más plural, económica, social y culturalmente, de La Piedad; el estudio directo y específico de la abogacía y la práctica de la misma por algún tiempo; su vocación sacerdotal ya en edad madura y experimentada; su trayectoria en el ministerio y gobierno de la Arquidiócesis de Morelia; finalmente, su marcada austeridad y cierta introversión, nacida de su propio carácter. El Padre José Antonio Plancarte, nacido dentro de una de las familias zamoranas más representativas, aristocráticas y levíticas; una educación europea e inglesa, desde muy niño; carácter festivo y extrovertido. Pero, sin embargo, debemos afirmar que ambos poseían una verdadera pasión por la educación, no sólo del pueblo, sino principalmente de los futuros Sacerdotes, porque ambos estaban convencidos de que el secreto, la base para la realización plena y el perfeccionamiento del pueblo y de los Sacerdotes estaban en la educación. El Señor Cázares, además de continuar con la labor educativa de su antecesor, el Señor De la Peña (sobre todo en la Meseta Purépecha), le dio más vida y mejor organización, incorporándola, de manera admirable a la esfera eclesiástica y diocesana, a través de serios compromisos de los mismos maestros de las escuelas de toda índole, establecidas dentro de su jurisdicción; además, la fundación de una Congregación Religiosa dedicada principalmente a la educación. Por su parte, el Padre Plancarte con la fundación del Colegio San Luis para niños y niñas y, también, con la fundación de otra Congregación Religiosa con los mismos fines.

Dos corrientes, un mismo fruto
Pero donde más se distinguieron ambos personajes fue en la educación del clero, en la que pusieron todo su interés, pasión y desvelos. El Señor Cázares con su compromiso serio y “aterrizable” con la Diócesis de formar Sacerdotes doctos y virtuosos; el Padre Plancarte con su promesa personal hecha al Papa de trabajar por una mejor formación del clero de México para un ministerio más fructífero. Sin poder extendernos más en este renglón, podemos afirmar, pues, que aunque hubo sus roces serios entre ambos, entre sus distintas concepciones (sobre todo en la referente a la educación clerical), sin embargo, por esa especie de “sana y santa competencia”, la Diócesis, el Seminario y la misma sociedad de la ciudad de Zamora salieron ganando. Así lo podemos comprobar con la pléyade de Sacerdotes ilustres y destacados, a nivel diocesano y nacional, que surgieron de ambos esfuerzos y de los que damos algunos ejemplos: de los que no fueron al Pío Latino, sino sólo estudiaron en el Seminario de Zamora, reorganizado y elevado a la excelencia por el Señor Cázares, podemos recordar a San Rafael Guízar Valencia, al Siervo de Dios Leonardo Castellanos, al Arzobispo de Durango Francisco Mendoza, al espléndido colaborador y financiero José Guadalupe Novoa, al excelente Párroco y luchador social Antonio Gracián, etc.; en cuanto al Padre José Antonio Plancarte, se debe notar que, de los 60 jóvenes llevados por él a estudiar a Roma, la mayoría de ellos jugaron un papel muy importante, no sólo dentro del ámbito eclesiástico, sino en el campo de la ciencia y la literatura: Francisco Plancarte Navarrete, Arzobispo de Monterrey, historiador y antropólogo eminente; José Mora del Río, Arzobispo de México; Francisco Orozco Jiménez, Arzobispo de Guadalajara, historiador, investigador, sociólogo y promotor de las Letras y las Artes; Enrique Villaseñor, distinguido poeta, etc. De todos estos datos, podemos deducir que a ambos educadores, Cázares y Plancarte, les dio buen resultado su diversa concepción de la educación clerical, porque, además de que ambos luchaban por una misma causa y perseguían un mismo fin, ambos basaron tal educación en una profunda formación intelectual y espiritual de los candidatos al Sacerdocio y en una libre y férrea convicción en los mismos en cuanto a su ministerio y apostolado, enseñándolos a “ponerse, realmente, la camiseta” de su concreto papel en la sociedad, es decir, lograron que el clero zamorano tuviera identidad propia. Debemos añadir, finalmente, que fueron incontables ex seminaristas (muchos más que los ordenados) que salieron del Seminario de Zamora o llegaron del Pío Latino a incrustarse en la sociedad zamorana, entregándole sus conocimientos y formación, adquiridos en ambas instituciones. Creo que es la explicación al florecimiento y auge social, cultural y espiritual del Seminario, de la Diócesis y de la ciudad de Zamora, al final del siglo XIX y principios del XX, la ciudad de Zamora.

Un Colegio y una Universidad influyentes en la Diócesis de Zamora
Sin duda alguna, se puede asegurar que la transformación y la gran altura a que llegaron, en ese tiempo, la ciudad, la Diócesis y principalmente el Seminario de Zamora, se debió en gran parte al Colegio Pío Latino y a la Universidad Gregoriana de Roma, detonantes indiscutibles para dicha elevación, consagración y categoría alcanzados por ellos.
Para comprender un poco mejor la influencia y trascendencia de estas dos instituciones en nuestra Diócesis, en nuestro Seminario y en nuestra sociedad, es conveniente tener algunos datos sobre ellas, aunque sea de manera muy sintetizada. La iniciativa de un Sacerdote chileno, el Padre José Ignacio Víctor Eyzaguirre fue propuesta, aceptada y apoyada por el Papa Benedicto XV, dando como fruto la fundación en Roma, en 1858, de un Colegio, llamado Pío Latino Americano, buscando una mejor y más sólida formación disciplinaria, cultural y espiritual de los Sacerdotes de las distintas Diócesis de América, que enviarían a formarse en él a los más candidatos posibles al Sacerdocio. Todos aquellos alumnos vivirían en el Colegio (finalmente puesto bajo la dirección de los Padres jesuitas) pero acudirían a la Universidad Gregoriana (también de los jesuitas) a recibir las clases y a lograr títulos de Licenciatura y Doctorado en las distintas materias eclesiásticas. Proverbial había sido y era la excelente educación que los jesuitas daban a los futuros sacerdotes y un ejército de jóvenes latinoamericanos, durante muchos años, recibieron una magnífica formación, adecuada a aquellos tiempos. La disciplina, el espíritu ignaciano, los mejores maestros en las distintas materias y las mejores técnicas de la enseñanza de aquella época, dieron como resultado que América Latina se llenó de Sacerdotes preparados, disciplinados y comprometidos con su ministerio en pro de los pueblos de sus distintas Diócesis.

Algunas estadísticas reveladoras
Si se pierde la memoria histórica, no se sabe vivir el presente y no se puede tener un buen futuro. El Seminario de Zamora, sigue siendo el corazón de la Diócesis y debe seguir latiendo con fuerza y vigor, no sólo recordando inútilmente su pasado, sino aprendiendo de él y los datos y las estadísticas nos pueden ayudar a ello, al mismo tiempo que nos deben cuestionar. Es por eso que me permito compartir con los lectores algunos datos tomados de un Catálogo del Colegio Pío Latino, abarcando los años de 1858 a 1899, que es la época que, por ahora, nos interesa.
Aunque el Colegio fue fundado en 1858, la Diócesis de Zamora envió sus primeros alumnos hasta el año de 1870 (5 alumnos) continuando luego, con ciertos paréntesis, enviando otros, siempre que las circunstancias lo permitían (en 1876, 12; en 81, 1; hasta el 91, 1; 93, 2; en 95, 3; en 97, 3; en 99, 1, etc.). De los 1,044 alumnos del Colegio Pío Latino Americano durante los años de 1858 a 1917, de Brasil fueron 322, de México 196, de Argentina 168, de Colombia 80 y el resto de todas la demás Naciones. De los alumnos mexicanos enviados a él, de la Arquidiócesis de México fueron 54, de la DIOCESIS DE ZAMORA 37, de Puebla 19, de Guadalajara 17, de Morelia 11, de León 10, etc.
Lástima que no podamos presentar (por el tiempo y el espacio) otros muchos e interesantes datos sobre el particular… que mucho nos servirían.

(Pie de imagen: Fotos del Sr. Cázares y del P. Plancarte) Dos escuelas, dos caminos; una misma meta y el mismo excelente fruto.

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Esbozo de historia de una Institución trascendental
20.- Esteban Méndez Garibay, tercer Rector del Seminario de Zamora
Jorge Moreno Méndez
No siendo la presente serie de artículos sobre el Seminario de Zamora sino un simple esbozo de su historia, me permito salirme de las normas de orden cronológico que debiera seguir si pretendiera hacer una verdadera historia “con todas las de la ley” y compartir con los lectores datos y acontecimientos que puedan ayudar a tener una idea más o menos completa sobre esta institución. Pretendo, en los siguientes artículos, hablar un poco acerca de los distintos Rectores del Seminario, durante el gobierno del Señor Cázares. Ya apuntaba con anterioridad la importancia que la figura del Rector tiene en el Seminario y, aunque el primer responsable de su funcionamiento sea el propio Obispo, sin embargo, es al Rector a quien le toca, juntamente con todo el cuerpo formador (maestros, asesores espirituales y académicos, etc.), implantar, organizar, coordinar todo lo referente a la formación de los futuros Sacerdotes, por lo que es él el eje de la institución y es él el que le impone un sello particular y se responsabiliza de sus buenos o malos resultados. Unión y dependencia con el Obispo, cohesión y unificación de metas con sus colaboradores, dentro de una sana y constructiva pluralidad de criterios, son la base y condición para una buena marcha del Seminario. Y estas circunstancias fueron las que imperaron durante este período del Seminario de Zamora, de ahí los resultados conocidos y aprovechados por la sociedad.

Un nuevo miembro de la familia Méndez de Zamora
El día 1 de mayo de 1851 y en la Parroquia de Zamora (en construcción desde 1840), el Padre Don Gerónimo Villavicencio, con permiso del Señor Cura Don Francisco Henríquez, bautizó a un niño a quien le puso los siguientes nombres: José María Ramón Esteban del Corazón de Jesús. Aquel niño, había nacido un día antes y era “hijo de Don Agustín Méndez Padilla y de Doña Ma. Trinidad Garibay y fueron sus padrinos Don Demetrio Méndez y Doña Rafaela Méndez, no cónyugues”. A los dos años de edad, el día 21 de mayo de 1853, acompañado de su padrino Don Perfecto Méndez, el niño Esteban recibía el Sacramento de la Confirmación de manos del Señor Obispo de Búfalo, Don Juan Timón, que se encontraba de visita en la ciudad de Zamora y a quien se le pidió administrara aquel Sacramento a aquel pequeño. Después de estudiar las primeras letras y modelado su carácter en el espíritu cristiano de su familia y en el ambiente levítico, muy arraigado entre las familias zamoranas, más o menos pudientes, Esteban ingresó al Colegio San Luis, fundado por su bautizante, el Padre Villavicencio, y del cual muchos jóvenes zamoranos partían para entrar al Seminario de Morelia para hacer sus estudios eclesiásticos o iniciar alguna otra carrera. Esteban, sintiéndose llamado al Sacerdocio, no tuvo necesidad de trasladarse a Morelia, sino que, gracias a la erección de la nueva Diócesis y de su Seminario (continuación del Colegio San Luis, donde estudió), ingresó a éste y, después de estudiar los años y las materias requeridas para el caso, en 1875 solicitó del Señor De la Peña el Sacerdocio.
Como estaba mandado, se le ordenó al Párroco del Sagrario de la Iglesia Catedral, Don Joaquín Valdés, que “se publique dicha solicitud entre las Misas solemnes, durante tres días festivos continuados”, para ver si alguien se oponía o se conocía algún impedimento para la ordenación de aquel joven zamorano. Además de tal información pública, como también estaba mandado, se solicitó otra secreta y de oficio, para conocer la idoneidad del candidato al Sacerdocio. En esta información fueron testigos el Minorista Don Emigdio Torres de Los Reyes, el Subdiácono Don Francisco Mendoza de Tingüindín y Don Teófilo Pedroza, originario de Ecuandureo y vecino de Zamora. Todas las informaciones sobre el joven Esteban fueron altamente positivas y redondeadas con el juicio del Señor Juan R. Carranza, Rector entonces del Seminario, quien afirmó, entre otras cosas, que el solicitante Esteban “se ha ejercitado desde su infancia en las obras de caridad… añádase buena inteligencia, asidua dedicación a los estudios… ha sido nombrado catedrático (siendo aún seminarista) sin haber desmerecido la confianza en dos años que lleva de servir la cátedra del idioma español… Será muy útil a esta Santa Iglesia en el estado que pretende”.
Con dispensa de intersticios (tiempo intermedio entre una orden y otra prescrito por la Iglesia), Esteban recibió la tonsura el 27 de mayo de 1875; las 4 Ordenes Menores (Acólito, Lector, Ostiario y Exorcista) el día 30 mayo; el 1º. de agosto, el Subdiaconado; el 18 de diciembre, el Diaconado y fue ordenado Sacerdote el 19 de diciembre de 1875.

A la Rectoría del Seminario
Como lo atestiguó el Señor Carranza, el Padre Esteban, ya desde seminarista, había sido maestro “del idioma español” en el Seminario, donde continuó siéndolo y, a los 2 años, conociendo el mismo Señor Carranza y el Señor Obispo Cázares la capacidad de aquel joven Sacerdote, fue nombrado Vicerrector del mismo Seminario y, a la muerte del Señor Carranza, en 1888, lo suplió en la Rectoría. Por no conservarse el Diario o las Efemérides del Seminario de aquella época (sin duda destruido o robado a la llegada de Amaro a Zamora) no podemos hacer un análisis ordenado y profundo de la actuación del Señor Esteban Méndez como Rector del Seminario de Zamora. Pero creo que, conociendo su personalidad y las diversas obras realizadas por él fuera del Seminario y, por otra parte, saber de los resultados producidos por el Seminario de Zamora en esos años, podemos darnos cuenta, más o menos, de su administración en la Rectoría del Seminario.
Desde luego, Don Esteban, además de ser muy apreciado por el Obispo y sus demás Superiores, tenía positiva ascendencia entre el clero, como se puede deducir de algunos hechos en que algunos Sacerdotes que “no andaban muy bien” eran confiados al consejo y buen sentido del Don Esteban. Un ejemplo: en 1877 (recién muerto el Señor De la Peña), se le manda un oficio al P. N. N., quien necesitaba ciertas correcciones: “Por disposición del Vicario Capitular de esta Diócesis se presentará U. al Sr. Vicerector del Seminario de esta ciudad. Pbro. D. Esteban R. Méndez a fin de que bajo su dirección y en el mencionado plantel, tome U. unos ejercicio espirituales de encierro y concluidos que sean éstos, se presentará de nuevo en esta Superioridad a recibir órdenes”.
Ya desde Vicerrector y siendo Rector fue siempre muy cuidadoso de las Cuentas y dineros del Seminario y revisaba, personalmente, todos los gastos, de las compras y demás movimientos pecuniarios, dando el Vo.Bo. siempre a los informes presentados por el honorable Señor Jesús Trujillo, Administrador de la institución, así como todos los informes relacionados con la cocina y presentados por Martina Carlín, o las Cuentas de Don Luis Verduzco que surtía de leche al Seminario, muestras de todo lo cual hay innumerables ejemplos en el Archivo Diocesano. En el Cabildo zamorano (fue nombrado Canónigo de la Catedral en 1881) tuvo Don Esteban un papel importante y destacado, pues varias veces ocupó puestos importantes en el mismo, como el de Clavero (Canónigo que guardaba las llaves de la Catedral y todas sus dependencias, siendo el responsable de todo lo ahí contenido). Cuando se fundó el Monte de Piedad (que combatió la usura y el agio en Zamora por más de 20 años y sacó de apuros a miles y miles de pobres, durante ese mismo tiempo) a él se le encargó la elaboración de un Reglamento interno para tal institución. Finalmente, no podemos dejar de mencionar el haber costeado con los dineros recibidos como Canónigo la construcción del Santuario de Guadalupe (hoy Capilla de San Juan Diego) en lo que era la Capilla de San Antonio, anexa al Convento de San Francisco. Don Esteban Méndez Garibay murió el 10 de junio de 1903, en plena madurez de vida y de actividad y sus restos están guardados en el lado izquierdo del altar de San Juan Diego, donde él pidió estar.
Toda esa actividad, esa capacidad mostradas por Don Esteban Méndez fueron sin duda también vividas en el Seminario de Zamora, durante su gestión como su tercer Rector.

(Pie de imagen)
Don Esteban Méndez Garibay, tercer Rector del Seminario de Zamora,
hombre dinámico y capaz.

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Esbozo de historia de una Institución trascendental 21.- Cuarto Rector del Seminario: Francisco Mendoza Herrera
Saturday, 13.02.2010, 04:50pm (GMT-5)
El hombre. Sencillez y vida normal
Aunque fue breve su paso como Rector del Seminario de Zamora, sin embargo también Don Francisco Mendoza Herrera logró infundir y plasmar en él y en sus alumnos un poco de su espíritu y de su personalidad. Habiendo nacido en Tingüindín el 14 de noviembre de 1852 y siendo sus padres Don Fernando Mendoza y Doña Elena Herrera, fue bautizado en el templo parroquial de aquella población por el Padre Eligio Juárez, teniendo como padrinos a Don José Ma. Álvarez y Doña Rafaela Herrera. Año y medio después, el 4 de abril de 1854, el pequeño Francisco fue confirmado por el Señor Obispo de Michoacán, Don Clemente de Jesús Munguía, quien realizaba la Visita Pastoral a Tingüindín. A los pocos y tranquilos años transcurridos en aquel pueblo donde estudió las primeras letras, aquel niño, que tuvo que abandonar su tierra natal para trasladarse a la Villa de Zamora juntamente con sus padres, buscando mayor seguridad y tranquilidad, ya que en Tingüindín, como en muchos otros pueblos de la región, los distintos bandos armados de la guerra de Reforma ocasionaban peligros y sobresaltos repetidamente y muchas de sus familias salían a otras poblaciones de mayor importancia para evitarlos.
El joven Francisco, continuado su educación en Zamora y movido por el ejemplo de muchos jóvenes zamoranos que ingresaban al Colegio San Luis del Padre Villavicencio para continuar sus estudios en el Seminario de Morelia, se sintió llamado al Sacerdocio e ingresó al nuevo Seminario de la nueva Diócesis, contando entonces 18 años de edad. Los informes y testimonios que de él dieron los Superiores y los compañeros del Seminario hablan de su clara inteligencia, de su auténtica piedad, de su disposición al servicio de los demás y de poseer una sinceridad y franqueza enormes que le ganaban la confianza de todos ellos. Una muestra de ello es su propia declaración, al pedir ser recibido a las Ordenes Sagradas y confesar son sencillez y sin ambages que “durante algunos años llevó una vida disipada(¡)” (poca frecuencia de los Sacramentos, malos amigos y hasta uso de malas palabras) y que, a su tierna edad, había tenido relaciones de noviazgo con dos jóvenes: con una había durado 20 días y con la otra un año, pero “sin llegar a nada inconveniente, ni haber de por medio promesa de matrimonio”.
El Sacerdote. Inquietud y entrega
Francisco Mendoza Herrera, según el Libro de Órdenes de la Diócesis, recibió la Tonsura y las Ordenes Menores de manos del Señor Obispo Don Antonio de la Peña, el 22 de mayo de 1873 y, del mismo Obispo, el Subdiaconado (6 de enero de 1874), el Diaconado (14 de noviembre de 1875) y el Presbiterado (21 de noviembre de 1875). Inmediatamente después de ordenado, quedó como maestro del Seminario y, a los pocos años de haber tomado posesión de la Diócesis el Señor Cázares, fue nombrado Canónigo de la Catedral, en 1881. Fue un Sacerdote en el que confió mucho el Señor Obispo Cázares, quien le encomendó la construcción de una Casa Central, donde pensaba fundar una Congregación Religiosa, comenzando el Padre Mendoza a construir dicho edificio cerca del Templo del Calvario en 1879. Al terminar de construir la planta baja, el Señor Mendoza trasladó ahí un Orfanatorio que él mismo había fundado en 1878 y que había ocupado la casa que hoy es la Escuela Gabriela Mistral y donde había estado el nuevo Seminario. Ya en el nuevo edificio, aquella obra comenzó a funcionar con 60 niñas, sus directoras y varias educadoras.
Cuando el Señor Cázares fundó la nueva Congregación Religiosa para la educación de la niñez y llegaron los primeros elementos que la formarían, procedentes principalmente de Sahuayo con Sor Margarita como Superiora, todas ellas fueron colocadas en aquel mismo edificio, lo que ocasionó que surgieran ciertos problemas entre ellas y el personal del Asilo, por lo que el Señor Cázares le sugirió al Señor Mendoza y a los miembros del Asilo que siguieran ahí en la misma Casa, pero dependiendo de la nueva Congregación. Más aún, el mismo Señor Obispo pretendía que la nueva Fundación Religiosa, por su principal actividad, fuese de vida activa, un instituto de caridad, parecido al de las Hermanas de los Pobres de San Vicente de Paul y consagrado al Sagrado Corazón. En cambio el Señor Mendoza quería fundar una Congregación de vida contemplativa, aunque también consagrada al mismo Corazón de Jesús.
Otros cargos que ocupó el Señor Mendoza y todos de manera satisfactoria fueron los siguientes: Señor Cura de la Parroquia del Sagrario de Zamora; Canónigo Magistral y Arcediano de la Catedral; Intendente del Monte de Piedad (institución fundada por el Señor Cázares en beneficio de la clase humilde de la ciudad), función que desempeño el Señor Mendoza de una manera excelente y con magníficos resultados. El 7 de agosto de 1894, Don Francisco Mendoza, en su inquietud por la propia perfección cristiana y sacerdotal, pidió al Señor Obispo Cázares y al Cabildo licencia de un año o más para hacer su noviciado en la Compañía de Jesús, a la que quería ingresar, pero sin renunciar a la Canonjía, ya que, si no era admitido, regresaría a ella. Estando en el noviciado jesuita, el 14 de junio del año siguiente, refrendó aquella licencia por no tener aún definida su entrada en la Compañía de Jesús pero, una vez tomada la decisión de regresar a la Diócesis, volvió a encargarse del Monte de Piedad y asumió su Canonjía, siendo además nombrado Rector del Seminario, a la muerte del Señor Esteban Méndez. Poco les duró aquel gusto a la institución y al mismo Señor Mendoza, pues en 1904 fue nombrado por el Papa Obispo de Campeche (quiso ser consagrado Obispo en la Catedral de Zamora, para promover las vocaciones) y, en 1909, fue trasladado a Durango, como Arzobispo. Después de un intenso y fructífero ministerio, enfermó y pidió de Coadjutor a su antiguo discípulo y casi paisano, Don José Ma. González Valencia, originario de Cotija. Don Francisco Mendoza murió en Durango en 1923.
El Rector. Corto tiempo y honda huella
Decíamos al principio que, a pesar del poco tiempo que Don Francisco Mendoza fungió como Rector del Seminario de Zamora, sin embargo su ejemplo, anterior a la Rectoría y su misma estancia como tal en aquella institución, influyeron en el ser y en el quehacer del Seminario. Efectivamente, una persona como él, de recia espiritualidad, de autenticidad y coherencia sacerdotales y de gran actividad, no podía pasar desapercibida para los alumnos de aquella casa de formación (internos y externos). De su actuación como Rector sólo me permito traer a la memoria dos hechos que puedan darnos una idea de ella:
Después que regresó de su intento por ingresar a la Compañía de Jesús y copiándolo de aquel Instituto Religioso, y siendo ya Rector, se constituyó en una especie de “visitador” de los maestros y formadores del Seminario para recordarles y urgirles que hiciesen su diaria meditación o reflexión, y esto lo hacía (aunque lo tacharan de duro y de exagerado), no por el afán de molestar, sino por la convicción de la importancia que este ejercicio representaba para los Sacerdotes.
El Señor Mendoza, siendo Rector y de acuerdo pleno con el Señor Cázares y con el Obispo Coadjutor, Señor Fernández, estableció las vacaciones de comunidad de los alumnos (las primeras fueron en Peribán), aduciendo para ello varias y buenas razones: necesidad de una vida comunitaria de los alumnos, más profunda y en otras circunstancias distintas a las del año escolar (presión de los estudios, un reglamento y un horario más estrictos y la presencia de los externos); el fomento del compañerismo y la solidaridad, ya que en tales vacaciones, con sus paseos y visitas a las Parroquias, se daban mayores oportunidades de ayuda mutua y de conocimiento de la vida parroquial; un mayor y más profundo trato con la naturaleza, para mejor salud y para admirar la obra de Dios.
Más se pudiera investigar y hablar de él y de su actuación, pero bástenos esto.

Jorge Moreno Méndez
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Esbozo de historia de una Institución trascendental 23.- Don Leonardo, quinto Rector del Seminario
Domingo, 21.02.2010, 02:43pm (GMT-5)

“Sabio sin presunción, santo sin afectación”
Hablar mucho o poco de un personaje que ha ejercido un cargo público, en cualquier nivel y género, según el poco o mucho tiempo que haya durado su gestión, no es saludable, ni justo, ni razonable, ya que la verdadera razón para hacerlo son el impacto o la trascendencia que su personalidad y acciones hayan generado en la institución a la que hayan servido. Esta reflexión viene a colación al hablar del quinto Rector del Seminario de Zamora, Don Leonardo Castellanos, de quien, no por haber estado en dicho cargo apenas poco más de dos años, se debe hablar poco o casi nada. Otro considerando que debemos admitir para hablar, tanto o más que de los demás Rectores es el siguiente: cuando se debe hablar de una persona y el que lo hace comulga con ella en ideas y actitudes y está unida a ella por lazos de amistad, de parentesco o de compañerismo, es fácil caer, por simpatía y afecto, en alabanzas y afirmaciones no siempre bien fundamentadas en la realidad. Pero cuando existen sobre esa persona juicios favorables pero emitidos por personas contrarias a ella en todo lo arriba enumerado, entonces tales juicios y testimonios adquieren mayor validez y apego a la objetividad.
La reflexión y considerando anteriores bien podemos aplicarlos a Don Leonardo Castellanos pues ambos se cumplen plenamente en él: duró muy poco en su cargo de Rector, pero dejó una profunda huella en maestros y alumnos de dicha institución; quienes lo conocieron y trataron, amigos y “enemigos”, sacerdotes y anticlericales, externaron siempre juicios siempre favorables en alto grado. Ejemplos: el Señor Obispo Cázares, quien se distinguió por su conocimiento de sus semejantes y, por tanto, por las buenas elecciones que casi en su totalidad hizo de personas para que colaboran con él en su ingente obra, en todos los órdenes, afirmó que Don Leonardo Castellanos era “sabio sin presunción y santo sin afectación”. Se refería en esta aseveración sobre Don Leonardo no a la sabiduría humana que produce escritos, cátedras y participaciones deslumbrantes y dignas de aplauso y admiración, sino a la verdadera sabiduría que dan la experiencia, el buen sentido, el estudio, la práctica de las virtudes, la posesión de los valores humanos y, sobre todo, el conocimiento de sí mismo. Por eso lo nombró Rector del Seminario y lo propuso para Obispo de Tabasco. Junto a este juicio del Señor Cázares, tenemos el del Secretario Particular del gobernador Garrido Canabal (tan apasionado ateo y “tragacuras” como su patrón) quien escribió: “Si todos los curas fueran como Don Leonardo, yo me haría cura”. ¿Habrá juicio más valioso sobre Don Leonardo?

Don Leonardo Castellanos
Nació el 6 de noviembre de 1862 en Ecuandureo, siendo sus padres Don Fernando Castellanos (de oficio sastre), y Doña Lugarda Castellanos, siendo bautizado al día siguiente y confirmado el 22 de febrero de 1866, por el Señor De la Peña. Las primeras letras las aprendió en su pueblo natal y, desde muy pequeño dio muestras de piedad, de responsabilidad y humildad y, aunque demostró siempre cierta timidez, fue sin embargo un chico normal y con muchos amigos en el pueblo. El 15 de enero de 1875 ingresó al Seminario de Zamora, primero como alumno externo (por la pobreza de su familia) y luego interno y, aunque no fue un alumno brillante, sí fue amante del estudio y dedicado a la piedad. El 20 de marzo de 1886 fue ordenado Sacerdote por el Señor Cázares y, poco tiempo después lo tuvieron que mandar a su tierra, Ecuandureo, como Vicario para que atendiera su maltratada salud (siempre fue enfermizo), aunque su estado no le impidió ni enseñar el catecismo ni visitar a los paisanos enfermos y pobres. En 1889, fue nombrado Párroco de Ecuandureo, entregándose a plenitud a su ministerio sacerdotal y a emprender otras obras en beneficio de sus paisanos: fundación de una escuela y de una mutual y la construcción de las dos torres de la iglesia parroquial. Después de algunos años y ya curtido en la pastoral parroquial, el Señor Obispo lo nombró Canónigo y, en 1905, Rector del Seminario. El 29 de abril de 1908 fue nombrado obispo de Tabasco, siendo consagrado como tal en la Basílica de Guadalupe, el 27 de septiembre, en medio de una austeridad evangélica y, el 4 de octubre, tomó posesión de su Diócesis. En Tabasco y debido al ambiente político, la hostilidad hacia la Iglesia y sus ministros de parte de los gobernantes y de la mayoría de los habitantes era muy marcada y a esto se añadía la pobreza de estos últimos por el atraso de aquella Diócesis. Desde que llegó a Tabasco, Don Leonardo comenzó a ganar voluntades y a quebrantar muros de inaceptación por medio de su pobreza, su humildad y, sobre todo, por su bondad y su entrega absoluta al servicio de todos, “ovejas y no ovejas”, aprovechando, además, la sencilla predicación y el confesonario. Fundó también una escuela con sus precarias rentas episcopales, él, personalmente, dio clases gratuitas en el Instituto Juárez, no cobraba ningún estipendio a los pobres en la administración de los Sacramentos.
Poco duró Don Leonardo, pues, auxiliando incansablemente a los enfermos de la fiebre amarilla, se contagió de ella y, después de 8 días de intensos sufrimientos, soportados con valentía y heroísmo, murió el 19 de mayo de 1912, asistiendo a su funeral casi todo el pueblo (ricos y pobres), los pocos Sacerdotes con que contaba, funcionarios de gobierno y gran número de liberales, masones, ateos y miembros de otras religiones. Poco tiempo después y gracias a las gestiones de Don Enrique Ruíz Pérez y al apoyo incondicional y entusiasta del entonces gobernador de Tabasco, Don Francisco J. Múgica (ex alumno del Señor Castellanos en el Seminario de Zamora y a quien apreció sincera y profundamente, a pesar de su anticlericalismo), los restos de tan insigne varón fueron trasladados a Ecuandureo.

Profunda huella en profesores y alumnos
En cuanto a su gestión como Rector del Seminario de Zamora, mucho se pudiera decir, sobre todo contando con numerosos testimonios de Sacerdotes y alumnos que lo conocieron y trataron. Veamos algunos de ellos:
Don Francisco Mendoza Herrera, cuarto Rector del Seminario y Arzobispo de Durango y de quien hablamos en el anterior artículo, fue maestro de Teología y de filosofía del seminarista Leonardo Castellanos y de él opinó, entre otras cosas: “Siendo jovencito, entró al Seminario… comprendí que sus maneras respetuosas, su educación esmerada, su humildad y paciencia, su modestia, pronto le granjearían el afecto de sus superiores y la consideración de sus compañeros… su caridad era, como dice el Apóstol, paciente, benigna, nunca inflamado por la soberbia…”
San Rafael Guízar Valencia se ordenó en 1901, 4 años antes de que Don Leonardo fuese nombrado Rector del Seminario y lo trató muy directamente, pues, además de haber sido Padre Espiritual en el Seminario, fue llamado por el mismo Señor Castellanos, ya Obispo de Tabasco, para que le diera unas Misiones en su Diócesis (para mí, principio fundamental para la santidad de Don Rafael), aconsejándole se dedicase de lleno a la predicación al pueblo. El Santo Obispo de Veracruz así se expresó de su compañero también santo: “Yo puedo dar testimonio juramentado, cuando se haga necesario, de que el Ilmo. Señor Obispo Don Leonardo Castellanos practicó las virtudes teologales y cardinales de un modo heroico, pues lo traté de cerca durante algunos años”.
Finalmente, tenemos el testimonio, objetivo y sincero, del Señor Canónigo Don Francisco Luna (de quien hablaremos en seguida, por haber sido el sexto Rector del Seminario) y que fue su Vicerrector, quien nos dice que Don Leonardo poseía gran urbanidad, nunca manifestaba enojo alguno, aceptaba opiniones contrarias a las suyas, era ecuánime y, a pesar de que, a veces, veía faltas donde no las había, por lo cual era ridiculizado por algunos alumnos, sin embargo, ni éstos dejaron de afirmar que Don Leonardo era un santo.
Autenticidad humana y sacerdotal, coherencia entre palabra y vida, entrega total al desempeño de las obligaciones de Don Leonardo, de ninguna manera pudieron pasar desapercibidas para maestros y alumnos del Seminario de Zamora. De ellos dio fe el mismo general Francisco Múgica.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental
24.- Francisco Luna Pérez, sexto Rector del Seminario
Sabado, 27.02.2010, 07:04pm (GMT-5)

Entrega plena y callada, labor fecunda y escondida

Así pudiéramos definir la vida de este sexto Rector del Seminario de Zamora, Don Francisco Luna Pérez, que, a pesar de no ser muy nombrada y reconocida su gestión, fue sin embargo un hombre que aportó lo suyo, muy valioso, a esta institución. Quizás los Rectores anteriores, por su presencia, por su abolengo familiar, por sus títulos y por sus siguientes cargos en la jerarquía eclesiástica, llaman más la atención de las crónicas e historias del Seminario. Pero, si el trabajo y el ejemplo de un Rector, aunados a sus esfuerzos por llevar a buen puerto la nave a él confiada (a pesar de las serias y graves dificultades que las circunstancias le acarrean) son los que realmente trascienden en una institución como el Seminario y dejan en sus alumnos huella, debemos afirmar que la rectoría de Don Francisco Luna fue altamente positiva. Desde luego, no fue brillante ni llena de explosividad, pero sí fue fecunda, tanto por fomentar y mantener el espíritu cristiano y eclesiástico en la mayoría de los alumnos, como por sostener la existencia y la marcha del Seminario, frente al ambiente difícil y, a veces, hostil que nació juntamente con los antecedentes y el estallido de la Revolución Mexicana. Para corroborar todo lo dicho, podemos citar las palabras que el Padre Agustín Magaña Méndez escribió acerca de Don Francisco Luna, a quien conoció y trató muy de cerca, como alumno del Seminario y, por lo tanto, testigo y receptor directo de su labor y de su ejemplo: “…hombre de prudencia, virtud y dotes de gobierno, sin ambición de ningún género, hombre abnegado, entregado totalmente a su trabajo, inteligente, estudioso, laborioso”. Y Don Francisco García Urbizu, también súbdito del Señor Luna en el Seminario, entre otras muchas expresiones acerca de él, nos dejó la siguiente: “Siempre humilde, apacible y enérgico, supo amalgamar estas dos virtudes tan distintas y tuvo otras en grado sobresaliente”. Más cualidades y valores no creo que se puedan añadir a esta lista y, por otra parte, podemos comprobar con estos dos categóricos ejemplos si el Señor Luna dejó huella o no en los alumnos del Seminario de Zamora…
Vida sencilla, pero clara en su objetivo: el Sacerdocio
Para muchos, Francisco Luna Pérez nació en Casas Viejas (hoy Villa Mendoza), pero si nos atenemos a su mismo testimonio, recibido y trasmitido por otros varios, podemos tener por cierto que nació en Purépero, el 14 de enero de 1878, el mismo año en que tomó posesión de la Diócesis de Zamora el Señor Obispo Cázares. Efectivamente, entre otros varios que afirman lo mismo, el Señor Cura Don Francisco Esquivel, hombre serio y veraz, escribió en su Diario: “Dicen que el Sr. Cura había nacido en Casas Viejas. Pero él mismo Señor Luna Pérez muchas veces dijo que, aunque sus padres eran de Casas Viejas, a él le había tocado nacer accidentalmente en Purépero, en la casa de don Marciano, por la calle real… el mismo Sr. Luna Pérez, cuando era Párroco de Purépero, fue una vez a ver aquel cuarto, que porque su mamá le había contado que, sintiéndose enferma, su esposo la llevó a Purépero para que la viera el doctor; y que estando hospedada en el cuarto que daba a la calle, es decir, a mano derecha de la entrada de aquel zaguán, fue el lugar en que él había nacido”. Después de estudiar las primeras letras en Casas Viejas, fue enviado al Seminario de Zamora en donde, después de estudiar Matemáticas, Física y Filosofía, como alumno externo, decidió continuar con los estudios eclesiásticos, siendo ordenado Sacerdote por el Señor Jesús Fernández, Obispo Coadjutor del Señor Cázares, el 22 de febrero de 1902 en lo que era entonces el Santuario de Guadalupe (hoy capilla de San Juan Diego). Se distinguió, ya desde seminarista, por su clara inteligencia y su intachable conducta, de tal manera que, ya en segundo de Teología fue nombrado Celador General de los alumnos teólogos. Varias veces presentó, con gran éxito, exámenes públicos, cosa que sucedía solamente con los alumnos más adelantados.
Currículum escondido, pero rico y copioso
Si analizamos el Currículum de Don Francisco Luna Pérez, una vez ordenado Sacerdote, es de admirar la rapidez con que fue escalando puestos en el Gobierno Eclesiástico (sin él buscarlos y, muchas veces, aceptándolos sólo por obediencia): sin contar con un título académico, pero sí con un gran sentido práctico y un excelente conocimiento de las almas, fue nombrado Maestro de Teología Moral, impartiendo también algunas otras materias menos importantes a los alumnos Mínimos, como Física; Vicerrector, Rector (a los 32 años de edad) y Padre Espiritual del Seminario; Párroco de Tlazazalca y de Purépero; Vicario General de la Diócesis en tiempos del Señor José Gabriel Anaya, Examinador de Sínodos, etc.
En todos esos cargos Don Francisco Luna se mostró sumamente serio y responsable, no buscando quedar bien con el Superior, sino cumpliendo con ellos con una entrega absoluta, sin llamar la atención y poniendo a su servicio todas sus cualidades y tiempo. En todos ellos se pudo ver al hombre culto, prudente, modesto. En cuanto a su personalidad, se podía encontrar en ella cierta reserva o introversión; una práctica de la puntualidad, a veces, excesiva, en todos los actos a que debía asistir; amante riguroso de las leyes litúrgicas en todos los actos de culto en los que intervenía; pobre de espíritu (no de espíritu pobre) y sumamente desprendido de los bienes materiales (todos los honorarios y participaciones económicas los destinaba o a los habitantes de Casas Viejas (escuela, iglesia, etc.) o a ayudar a seminaristas parientes o no parientes, pero necesitados. Siendo él el Rector del Seminario, con gran dolor y sufrimiento, le tocó la llegada de Amaro a Zamora, el cierre de aquella institución y la incautación del edificio, así como el robo de todos los muebles y enseres (con excepción de algunos libros y aparatos de Física y Química que, por medio del Padre Miguel Serrato, se pudieron salvar). Después de una larga enfermedad, sufrida con paciencia, Don Francisco Luna Pérez murió en Zamora el 5 de febrero de 1962 y sus restos descansaron en Casas Viejas, lugar al que tanto amó.
Un dato curioso
Muchas cosas se podrían decir del Señor Luna, pero me permito consignar un dato que, además de interesante, es revelador de su personalidad y de la confianza que ganaba en las personas con las que trataba y en las que no trataba, únicamente con el ejemplo de bonhomía y rectitud. El año de 1916 y después de haber sido cerrado el Seminario y dispersados de Zamora la mayor parte de los Sacerdotes, el Padre Luna fue nombrado Párroco de Tlazazalca y, habiendo sido perseguido por el Gobierno el Señor Cura de Purépero, Don Antonio Gracián, fue enviado a suplirlo, confiando en su prudencia y buen tino, sobre todo porque la situación en aquel pueblo era sumamente delicada, agravada todavía por la permanencia en él del bandolero Inés Chávez García. Y precisamente con ocasión de esta circunstancia, el mismo Señor Cura Francisco Esquivel que vivía entonces en Purépero y contaba con 12 años de edad, en su Diario antes citado, nos dejó narrado lo siguiente: “…yo me fui acercando al portal de la Presidencia, donde estaba la camilla de Inés Chávez a ver qué sabía. En aquellos momentos, Inés le estaba diciendo a Carlos su hermano que le llevara al Señor Cura para que lo confesara. Pronto llegó el Sr. Cura Francisco Luna Pérez y se vio que lo estuvo confesando, como a las 4 de la tarde… Cuando el Sr. Cura Francisco Luna Pérez terminó de confesar a Inés Chávez García, llegaron los Presbíteros Raúl Manzo González, oriundo de Cotija, quien le dio el Sagrado Viático a Iñes Chávez García; en seguida se acercó el otro Vicario Don Enrique Pineda Millán, originario de Zináparo, y le administró la Extremaunción al General Inés Chávez García”. Aquel “enérgumeno”, movido por la modestia, prudencia y autenticidad sacerdotal del Señor Cura Luna, buscó limpiar su conciencia, confesándose con él.
(Pie de imagen)
El Señor Luna Pérez, “…hombre de prudencia, virtud y dotes de gobierno, sin ambición de ningún género…”

Jorge Moreno Méndez
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Esbozo de historia de una Institución trascendental 24.- Otros personajes importantes
Sabado, 06.03.2010, 03:59pm (GMT-5)
Con la llegada de la Revolución y, más, con la llegada del General Joaquín Amaro a la ciudad de Zamora, se terminó una etapa del Seminario de Zamora puesto que éste fue clausurado, su edificio (construido con tantos sacrificios y con tantas esperanzas para la Diócesis) incautado, saqueado y maestros y alumnos dispersados. Antes de cerrar esta página en el presente esbozo de la historia de esta institución, quisiera hacer mención de algunos otros personajes que, sin haber ocupado el puesto de Rector (principal figura de todo Seminario y sobre el que descansa la responsabilidad de su buena marcha), sin embargo, su ser y el actuar, aun siendo personajes secundarios, no fueron menos importantes ni trascendieron menos que los del personaje principal. Su labor, aunque de menos categoría en el organigrama del Seminario, de ninguna manera fue menos importante, por lo que me parecería injusto el no hablar siquiera un poco de algunos de ellos. Me refiero a los Vice Rectores, Maestros y Padres Espirituales de aquella institución, sin los cuales ni el Obispo ni los Rectores hubieran podido realizar lo que realizaron.
Los Vice Rectores
El Vicerrector, como su nombre lo indica, era el que suplía al Rector (Vicens=el que hace las veces), lo secundaba y, muchas veces, el que hacía “el trabajo sucio” o “la obra negra” en la labor formativa de los alumnos del Seminario, compartiendo siempre el trabajo y la responsabilidad con el Rector, pero no siempre el honor y la gloria. Ya hablamos de algunos de ellos que luego ascendieron a Rectores. Permítaseme, ahora, dar algunos datos de algunos que sólo llegaron a Vice Rectores.
Cleofas Murguía Álvarez fue originario de Chilchota, donde nació el 28 de octubre de 1848, siendo hijo de Antonio y de Ignacia y donde fue bautizado el 30 del mismo mes por el Señor Cura Don Rafael Galván; confirmado en Zamora por el Señor De la Peña el 5 de febrero de 1856 y ordenado Sacerdote por el mismo Obispo el 1 de junio de 1873, quien lo nombró Vicerrector del Seminario para que ayudara al Señor Juan R. Carranza en la dirección de dicha institución. Hombre inteligente y responsable, se dedicó por completo a su cargo e hizo mucho bien a los seminaristas por su amable trato y porque sus vacaciones las dedicaba a ayudar a varios Párrocos de la Diócesis en sus apostolados, como consta por numerosas licencias que se le otorgaban para ejercer su ministerio sacerdotal en Parroquias como Purépero, Ixtlán, Tingüindín, Ecuandureo, etc.
José de Jesús Fernández Barragán (del que ya conocemos más ampliamente su biografía, por haber sido el Obispo Coadjutor del Señor Cázares y por su brillante y accidentada trayectoria eclesiástica) nacido en Santa Inés el 19 de junio de 1865, hijo de José A. y de María, ordenado Sacerdote por el Señor Cázares el 20 de septiembre de 1888 en Peribán, durante la Visita Pastoral que el Señor Obispo realizaba por aquella región. Estuvo de Vicario en Uruapan y, poco tiempo, de Párroco interino en Taretan, de donde lo trajo el Señor Cázares como maestro del Seminario. Fue nombrado Canónigo de la Catedral y, a los 34 años de edad, Vice Rector del Seminario, teniendo en cuenta que, aunque el Señor Obispo se decía el Rector, era el Señor Fernández quien llevaba todo el peso de aquel cargo, hasta que el mismo Señor Cázares lo pidió como Obispo Coadjutor. El dinamismo del Señor Fernández (Reglamento del Seminario, envío de estudiantes al Pío Latino y, más tarde, la construcción del Palacio Episcopal –hoy Palacio Federal–, la fundación de la Revistas Eclesiástica, la institución de las Conferencias Eclesiásticas y 100 cosas más), su acendrada piedad y entrega total a su Sacerdocio fueron sin duda factores que influyeron en la formación de los jóvenes a él encomendados en el Seminario.

Manuel Sandoval Amezcua nació en Guarachita (hoy Villamar), de familia pudiente, en 1871; fue ordenado Sacerdote el 12 de marzo de 1898 en la capilla del Seminario y, a los pocos años, nombrado vicerrector del Seminario. En los recuerdos de algunos de sus súbditos seminaristas quedó su imagen como la de un Sacerdote ejemplar, distinguido, respetuoso y muy activo. Hay un hecho que nos puede ayudar a aquilatar al Señor Sandoval. Después de haber sido Vicerrector, fue nombrado Párroco de la entonces única Parroquia de Uruapan, San Francisco, en la que desarrolló una labor digna de encomio y de admiración, a tal grado que el Señor Vargas Cacho en sus Memorias nos dejó escrito lo siguiente: “El P. Crinelli, jesuita italiano, pero que pertenecía a la Provincia Mejicana, de la que fue Provincial, vino a Roma y le pidieron (en el Colegio Pío Latinoamericano) nos diera una conferencia sobre Méjico a la que asistimos. Pero él eligió un punto: nos habló de la Parroquia de Uruapan, en Michoacán. Le había impresionado su organización pastoral y nos habló de ello y sólo de eso. Esto, claro, nos halagó a los zamoranos. El Párroco de Uruapan, que el P. Crinelli conoció y cuyo celo y organización presentó como modelo, fue el Sr. Cura Dn. Manuel Sandoval (después Canónigo en Zamora). El P. Crinelli fue especialista en el Protestantismo en América Latina”.
Padres Espirituales y Confesores
Para quien conozca lo que es la vida y la formación de los jóvenes en un Seminario, es fácil comprender la importancia que en ellas tiene el Director Espiritual, entendido, no como el dictador y manipulador de conciencias, sino como el amigo, el hermano mayor, el hombre con experiencia y que ha pasado por los mismos problemas y sentido las mismas inquietudes y dudas que aquellos a quienes brinda sus consejos (no sus imposiciones y mandatos) y que, por lo tanto, puede asesorar convenientemente en aquellos casos en que sea necesario y requerido. Últimamente y por algunos, se ha minusvalorado este cargo en los Seminarios y se habla de coacción a la libertad humana, de “lavado de cerebro”, etc., dándole mayor importancia a la asesoría de sicólogos. Pero se debe tener en cuenta que éstos, si no son Sacerdotes, no podrán jamás entender ni apreciar ni tener una visión completa de los problemas, dudas, actitudes y vivencias de un joven que se prepara al Sacerdocio.
En el Seminario de Zamora siempre se ha tenido muy en cuenta la importancia del Padre Espiritual (en el buen sentido y real significación de este cargo) en la formación de los futuros Sacerdotes y de ahí que, repasando la lista de Sacerdotes que han tenido este cargo en dicha institución, nos encontramos con que todos ellos han sido de una gran calidad moral, espiritual y humana, sin desconocer que no todos han estado exentos de ciertos criterios cerrados y estrictos. En lo que se refiere al Seminario de Zamora, durante la época que nos ocupa, bástenos recordar (no hay tiempo para más) a un Padre Espiritual que influyó ciertamente en la formación de los alumnos: San Rafael Guízar Valencia. Otros más: Padres Rafael Ochoa, José Ma. González Valencia, Antonio Guízar Valencia, etc.
Maestros
En cuanto a los maestros del Seminario de Zamora, de los años de su fundación hasta el de su clausura, en 1914, me sería imposible hacer un recuento de ellos (por espacio y tiempo), de su labor callada, de su granito de arena, puesto para la construcción del nivel académico al que llegó esta institución. Pero sí quisiera hacer una pequeña aclaración sobre el particular, muy personal y respetuosa, a propósito de una afirmación del Padre Agustín Magaña en su libro La Diócesis de Zamora. Afirma él, en cierta forma, que en esta primera época del Seminario de Zamora (parte de la cual le tocó vivir a él), además de que los maestros no eran competentes, hubo muchas carencias también en cuanto a las ciencias “profanas” y cierto descuido en cuanto al humanismo. Creo yo (y, repito, es una apreciación muy particular) que tal afirmación no es muy exacta y no está en correspondencia con documentos y hechos de esa época que, en cierta forma, nos dicen lo contrario: los Sacerdotes y laicos que enseñaban en el Seminario eran gente estudiosa y competente (de hecho en materias no eclesiásticas se valían de seglares expertos en ellas, como ya lo hemos mencionado) y así lo demuestran varios testimonios de la época que afirman que el Seminario de Zamora era el mejor Plantel educativo del Occidente; así lo demuestra el gran número de hombres eminentes que surgieron de él, en todos los órdenes, las facturas de los libros para la Biblioteca nos señalan muchos libros para consulta de ciencias “profanas”; los aparatos para la enseñanza de la física y química, comprados en el extranjero, eran las últimas novedades; varios humanistas de buena talla salieron de aquellas aulas: Amado Nervo, Enrique Villaseñor, etc. y el mismo Padre Magaña, ya que los fundamentos de su humanismo y vasta cultura los adquirió en el Seminario de entonces (se ordenó en 1912) y los perfeccionó y practicó en el extranjero.
Además de todo lo anterior, una larga lista de connotados maestros del Seminario de esa época y los planes de estudio del mismo, nos pueden dar una idea cabal de la realidad académica de esta institución.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 25.- El Seminario de Zamora y la Revolución Mexicana (a) Sabado, 13.03.2010, 05:13pm (GMT-5)

El hecho y preguntas nacidas de él
Las distintas épocas de la historia las van conformando personajes y hechos que se van conjuntando, ya sea uniéndose o chocando, complementándose o estorbándose, para dejar a un lado los futuribles y los posibles y dar paso a los diversos y reales acontecimientos que, como hilos, van tejiendo el acontecer humano. A esa conjunción se le puede llamar Divina Providencia, Destino, coincidencias, etc., pero lo importante es que sucede. Pero debemos tener en cuenta también que esos personajes y esos sucesos de determinada época están también íntimamente ligados y dependen de los de otras épocas, de las que son su fruto y servirán, a su vez, como base y fundamento para el desarrollo de los posteriores acontecimientos. Todo se encadena y se une, para ser fruto y semilla a la vez. Toda esta consideración viene a colación porque, al hablar de la Revolución Mexicana y del Seminario de Zamora (de la explosión de la primera y del cierre del segundo), necesariamente nos podemos dar cuenta que la conexión entre ambos es mucho más fuerte y profunda que lo que a simple vista parase y que, ahondando un poco en cada uno estos temas y relacionándolos entre sí, es admirable la dependencia y la influencia que cada uno de ellos tuvo en el otro.
Efectivamente, analizando, con detenimiento, objetividad y equidad, el hecho del génesis, inicio y proceso de la Revolución Mexicana y, de la misma manera, el del cierre y desaparición del Seminario de Zamora, surgen un sinnúmero de preguntas, cuyas respuestas sólo podemos encontrar si tomamos en cuenta lo que hemos dicho al principio: ambos hechos están íntimamente ligados, en cuanto a mutuas influencias y consecuencias. Algunas de esas preguntas serían las siguientes: ¿A qué se debió el que el Seminario de Zamora fuese clausurado? ¿Qué significó para la Diócesis de Zamora la desaparición de dicha institución y que le significó el comenzar, cinco años después, a organizarla de nuevo, comenzando de cero, sin vocaciones, sin edificio, sin biblioteca, sin plena libertad? Por otra parte, ¿tuvo alguna trascendencia importante el Seminario de Zamora, específicamente en la Revolución Mexicana? ¿Cuánto influyó el Seminario en la formación y actitudes de varios de los próceres de la Revolución o en los enemigos o no simpatizantes de ella? ¿Por qué varios ex alumnos del Seminario de Zamora, y que jugaron un papel importante en la Revolución, llegaron a manifestar cierto odio y rencor hacia la Iglesia o hacia los Sacerdotes? ¿Por qué varias de las leyes nacidas de la Revolución y plasmadas en la Constitución de 1917 estuvieron marcadas con cierta animadversión con la Iglesia? Para respondernos, es necesario hacer antes algunas consideraciones (aunque sean breves), que nos puedan ayudar a juzgar serenamente este tema de la Revolución Mexicana y el Seminario de Zamora.
El marco histórico
La sociedad mexicana, para la primera década del siglo XX, presentaba el siguiente cuadro sintetizado: étnicamente estaba compuesta en su tercera parte por indígenas, extremadamente pobres y miserables, de baja cultura y dolorosamente explotados; poco más de su otra tercera parte la integraban los mestizos que, sin estar en la situación que los anteriores, si se veían inmersos en un ambiente socio-cultural no muy boyante y con muchas carencias: el resto de la población eran blancos, mexicanos o extranjeros, en los que realmente se concentraba la cultura, el poder y la riqueza. Para esa época y después de la Independencia de la Nación, los ricos eran pocos, pero muy ricos; los pobres, numerosos y muy pobres y los miserables, muchos, pero extremadamente miserables. Había ciertamente algunas ciudades que mostraban ciertos adelantos industriales y culturales, pero rodeadas, todas ellas, de cinturones de verdadera miseria, incultura y analfabetismo. Y el pueblo estaba harto del poder despótico, de la injusticia, de la explotación y del Gobierno que o las solapaba o las ejercía. Un feroz liberalismo, nunca deseado ni buscado por algunos gobernantes honestos, había propiciado, en gran parte, el triunfo de los fuertes y ambiciosos, sobre los débiles y resignados. Y todo esto formaba un excelente caldo de cultivo, muy apto para una subversión y levantamiento armado.
Por el lado de la Iglesia, debemos decir que las Leyes de Reforma le habían propinado serios golpes en lo que se refiere a sus privilegios, poder y posesiones. Bien se pudiera analizar este hecho, buscando aclarar si tales golpes fueron justos o injustos, y si fueron o no benéficos para la misma Iglesia. Por mucho tiempo, el fanatismo y la intolerancia (ambas actitudes ciegan y entorpecen el buen juicio) de algunos de los miembros de ambas instituciones no nos han dejado dilucidar los pro y los contra de tales Leyes, su conveniencia, sus buenas y malas consecuencias y su correcta o incorrecta aplicación. Pero lo que sí es evidente es que el Liberalismo y sus Leyes habían dado un fuerte sacudimiento a las instituciones eclesiásticas (entre ellas, a los Seminarios) y a su influencia en la sociedad y pueblo. Pero, con el gobierno del general Porfirio Díaz, la misma Iglesia comenzó, poco a poco, a recuperar posiciones, gracias al pacto muto de no agresión, conveniente a los intereses de ambos y motivado y nacido de la amistad que el Presidente tuvo con varios de los Obispos más connotados de esa época: Pelagio Antonio Labastida, ex Regente del Imperio y Arzobispo de México; con Monseñor Guillow, Arzobispo de Oaxaca, y otros más. Bajo estas circunstancias, se abrieron más Seminarios y los que existían (ante la “vista gorda” del Gobierno) no fueron ya molestados, se reorganizó la Universidad Pontificia y, en general, las Leyes de Reforma no fueron ya aplicadas del todo, de tal manera que se llegó a pensar que tales Leyes habían muerto.
Despertar de la conciencia social en la Iglesia
Con los finales del siglo XIX y su efervescencia social, a nivel mundial, coincidió la aparición, de parte de la Iglesia, de un documento relacionado con el problema social y su solución, documento escrito por el Papa León XIII y que se difundió por todo el mundo, ávido entonces (como ahora) de una solución al eterno problema social de la humanidad. Tal Encíclica también llegó a México y prendió inmediatamente en la sociedad y la conciencia católicas. Su difusión y puesta en práctica en nuestro país se debió, en gran parte a los numerosos Sacerdotes mexicanos que se formaron en el Colegio Pío Latino Americano (entre ellos varios zamoranos), en Roma, y dirigido por los Padres de la Compañía de Jesús, plenamente adheridos a la Doctrina Social de la Iglesia volcada en tal documento y fervientes propagadores del mismo.
Debido en gran parte a dicha Encíclica, en México, muchos de los dirigentes de la Iglesia Católica, de la alta y baja jerarquía, que se daban cuenta exacta de la situación social, económica y cultural del país, comenzaron a tomar conciencia de la responsabilidad que, como miembros y dirigentes de una institución religiosa que se preciaba de luchar por la paz y la justicia, tenían hacia la sociedad mexicana. Tal toma de conciencia se comenzó a traducir en diversos actos organizados en varias partes de la República, con la finalidad de luchas contra las desigualdades tan marcadas de los mexicanos en todos los órdenes. Y así, la difusión y puesta en práctica de la Encíclica “Rerum Novarum”, que llegó a ser llamada por luchadores sociales, (no católicos, pero sí auténticos) la “Carta Magna de los trabajadores” comenzó a dar frutos en cuanto a la organización de los distintos gremios de trabajadores católicos para buscar, solidariamente y con la fuerza que da la unión, una solución a sus problemas económicos y culturales. El pensamiento de muchos católicos, Obispos, Sacerdotes y laicos, con relación al problema social, se comenzó a abrir y a convencerse de la urgencia y la posibilidad de solucionarlo, bajo las directrices que el Papa daba en su Encíclica. Esta postura de la Iglesia, unida a otras circunstancias, le acarrearía serias dificultades, como lo veremos luego.

Pie de imagen)
León XIII, con la “Rerum Novarum”, despertó conciencias y voluntades en la Iglesia Católica Mexicana.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 26.- El Seminario de Zamora y la Revolución Mexicana (b)
Sabado, 20.03.2010, 03:55pm (GMT-5)
Distintas ideologías y medios, pero las mismas metas perseguidas

En todas las épocas y en todos los lugares del mundo, las opiniones sobre los distintos movimientos sociales que se van suscitando en los países se valoran y juzgan de distinta manera, por ser distinta la manera de ver las cosas, distintos los cristales (es decir, los criterios e ideologías) a través de cuales se ven tales movimientos. Pero si dejamos a un lado tales cristales y procuramos revestirnos un poco de tolerancia y de ejercitar, también un poco, nuestro buen y común juicio, podemos llegar a conocer y a juzgar tales eventos más objetivamente y más cercanos a la realidad. Con nuestra Revolución Mexicana, tan pregonada y alabada, como vilipendiada y denigrada, así como con sus relaciones con la Iglesia y el clero mexicanos suele suceder lo mismo, por faltar tolerancia y juicio objetivo en nuestras apreciaciones sobre ellas. Por ello, creo conveniente intentar clarificar y ubicar un poco, por lo menos desde mi muy particular punto de vista, el lugar y el papel que Revolución e Iglesia (incluyendo en ésta al clero y al Seminario) tuvieron en esta época de nuestra historia. Quizás a más de un lector no le interese leer o conocer este particular y personal punto de vista o le fastidiará el hacerlo; pero siento que cualquier opinión, por humilde y corta que sea, puede ayudarnos a entender y comprender el título de este segmento de artículos, El Seminario de Zamora y la Revolución Mexicana, desde el punto de vista de la relación que hubo entre estas dos entidades.

Acciones sociales de la Revolución Mexicana

Desde luego, nadie puede negar la importancia que tuvo para México este movimiento armado que buscó, fundamentalmente, cambiar la dolorosa situación por la que atravesaba el país y poner las bases y los cimientos para la construcción de una nueva y más justa nación. Sólo conociendo y valorando la triste situación que millones y millones de mexicanos sufrían, podemos explicarnos cómo el movimiento de la Revolución consiguió convocar y aunar tantos y tan distintos grupos sociales en busca de un solo ideal y objetivo: la creación de una nación democrática y más humana. Intenciones justas y plausibles. Pero, desgraciada y lamentablemente, algunos de aquellos grupos, sin abandonarlos, pusieron en segundo término el bien común y los intereses del país, anteponiendo a ellos la solución de sus particulares necesidades y la búsqueda de sus propios intereses de grupo, por lo que se formaron diversas y antagónicas facciones, dirigidas por distintos jefes: Madero, Zapata, Carranza, etc. Y lo que todavía fue peor, esta situación dio pie al surgimiento de verdaderos bandoleros que, aprovechándose de la situación, medraron a costa de asesinatos, robos y destrucción (un solo ejemplo: Inés Chávez García).

Tal vez pudiéramos afirmar que los ideales perseguidos por la Revolución Mexicana, a costa de tantas vidas, luchas y sacrificios, se pudieron plasmar en la Constitución de 1917, que sentaría las bases para la formación de la nación pretendida, en lo general, por los principales jefes revolucionarios. En la elaboración de tal Documento, que sería el programa a seguir para conseguir tal fin, se tuvieron como fondo y entre otras, tres principales referencias que darían el tono a muchos de sus artículos: poner término a las Dictaduras, acabar con las aristocracias científicas y poner término también a la ingerencia e influencia del clero católico en la vida política, social y educativa de la nación, considerando, desde el inicio de la Revolución, a la Iglesia y al clero como aliado poderoso del Porfiriato y, por lo mismo, enemigos a vencer.

Podemos resumir la acción social de la Revolución (que lo fue, antes que política) en los principales siguientes puntos, definidos y concretados en esa Constitución:

La educación. La educación del pueblo fue considerada como el verdadero y necesario detonador del progreso del país, obligatoria, gratuita y restringida o vedada (si es posible) para la Iglesia, buscando mermar o acabar con la influencia de ésta en la construcción de la nueva nación.

El derecho de propiedad y la reforma agraria. Para esto se partió de un principio fundamental: es a la Nación a la que le corresponde el dominio de suelo territorial y ésta se lo da a quien sea necesario otorgárselo. Se reconocía, por un lado y tomándolo del capitalismo, la existencia de la propiedad privada (señalando la extensión máxima para ésta, la restricción de posesión para los extranjeros y la negación a que la Iglesia pudiera tenerla) y, por el otro y tomándolo del socialismo, la creación y dotación de ejidos, sobre todo a los beneficiados por la lucha armada. Con todo esto se sentaron las bases para la expropiación de los bienes de la Iglesia (que habían vuelto a ser considerables, por donaciones, legados, limosnas, etc.), para el fraccionamiento de los grandes latifundios, para el mismo desarrollo de la pequeña propiedad, para la creación de nuevos centros de población, para el fomento de la agricultura y para la prevención de la destrucción de los elementos naturales, por la supervisión del Estado en esta materia.

El Derecho laboral. Partiendo del hecho de las garantías individuales, la Constitución de 1917, fruto de la Revolución Mexicana, logró establecer, considerablemente, un equilibrio en las relaciones laborales del país, entre patrones y trabajadores: jornada máxima de trabajo, salario mínimo, trabajo de las mujeres y niños, contratos de trabajo, descanso, protección a la maternidad, participación del trabajador en las utilidades, derecho a huelga, etc.

El Estado laico y separación entre él y la Iglesia. Hasta hoy, creo que no se ha entendido del todo ni lo que esto significa, ni las consecuencias prácticas y lógicas que se derivan de tal situación, para bien o para mal del país. Si a la Iglesia y al clero se les consideró como instrumentos de poder político y como extensión de un Estado extranjero (el Vaticano), justa fue y sigue siendo tal determinación… (más adelante, procuraremos buscar el verdadero sentido de tal postura).

Final del Presidencialismo. Esto se logró gracias al conjunto claro y específico (aunque perfeccionable) de las atribuciones que la Revolución, a través de la Constitución, les fueron dados a los distintos poderes, ejecutivo, legislativo y judicial.

Eventos sociales de la Iglesia Mexicana

Al mismo tiempo que la Revolución Mexicana buscaba el término de la dolorosa situación social en que se encontraban los mexicanos y sentaba las bases para la corrección de ella, la algunos Obispos, varios Sacerdotes y numerosos fieles, conscientes también de aquella situación y, sobre todo, de la responsabilidad que la Encíclica Rerum Novarum les recordaba, también iniciaron una serie de actividades sociales (ya desde antes del comienzo del movimiento armado) que pudieran ayudar a la solución del problema social de México. En la imposibilidad de enumerar siquiera y menos de analizar todas esas actividades, me permitiré enumerar algunas de ellas:

En primer lugar organizó reuniones a nivel diocesano y nacional, buscando la aplicación al problema de los principios cristianos, reuniendo a los católicos mexicanos para la lucha por la protección de los intereses sociales y religiosos, todo dentro de los términos de la ley civil: Congreso Católico de Puebla en 1903 en el que sus temas fueron “la conservación de la fe, el mejoramiento de las costumbres y el bienestar y prosperidad de la Patria”. El Congreso Católico de Morelia en 1904, sobre “la cuestión indígena, los trabajadores, los Círculos Católicos y la Instrucción Pública”. Congreso Nacional Católico de Guadalajara, en 1906, sobre “el mundo obrero y la Eucaristía en su aspecto social”. El Congreso Católico de Oaxaca en 1909, sobre “la problemática indígena”. La Gran Dieta de Zamora en 1913, realizada ya en plena Revolución y sobre la cual ya hemos conocido algo. A esto habría que añadir la celebración de varias Semanas Agrícolas en distintas Diócesis de la República.

Revolución Mexicana e Iglesia buscando un mismo fin, pero por distintos caminos y con diferencias profundas entre sus ideologías.

(Pie de imagen)

Ya desde la Reforma, la Iglesia era considerada como un enemigo a vencer.
Jorge Moreno Méndez
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Esbozo de historia de una Institución trascendental 27.- El Seminario de Zamora y la Revolución Mexicana (c)
Domingo, 28.03.2010, 09:03pm (GMT-5)

Hablábamos de apuntar un poco sobre la relación del Seminario de Zamora y la Revolución Mexicana, relación que podemos analizar desde varios y diferentes ángulos, como, por ejemplo: las ideas madres en la enseñanza del Seminario acerca del problema social y sus soluciones; los ex seminaristas zamoranos que fueron actores (activos o pasivos, protagonistas o secundarios, sacerdotes o laicos), en el movimiento revolucionario y en el esfuerzo de la época por encontrar una solución al problema social mexicano, partiendo de una misma formación, pero con distinta y aun contraria actitud y medios; finalmente, las causas probables de tal diferencia. Permítaseme hacer algunas anotaciones a estos puntos.
La Doctrina Social Católica enseñada en el Seminario
La doctrina, las enseñanzas de la Iglesia Católica, predicadas por Cristo y basadas en el Evangelio no son sólo una ideología o un conjunto de principios, sino que son, ante todo, una línea, un programa de vida. Y si, muchas veces, los hechos y las actitudes de los miembros de esta institución (Jerarquía y fieles) han dado y dan una imagen totalmente contraria a esta visión, no es culpa de la Institución o de sus enseñanzas, sino de que éstos no viven ese Evangelio y esa doctrina. Y, aterrizando esta aseveración al plano social, debemos tener muy bien clara la postura exigida por el Evangelio, no tanto a su cuerpo doctrinal en sí, sino a los que se dicen sus seguidores. Tal postura exigida puede ser resumida en los siguientes términos:
La misión, la acción de la Iglesia no pueden ni deben reducirse al plano meramente espiritual (como algunos pretenden), pues el Evangelio, la doctrina sobre la cual está basada y que significa su esencia, supone definitivamente las relaciones interpersonales, no únicamente entre los miembros de dicha institución, sino entre todos los hombres, por lo que tiene también como tarea principal la de construir una mejor sociedad y el progreso del individuo, ya que su esencia es la justicia, la paz, el amor, valores que, para existir y ser practicados, suponen dicha tarea y obligación. Pero la labor social de la Iglesia a favor de todo hombre no se puede reducir a sólo un simple servicio social, fruto de una mera filantropía (eso la limitaría, la achicaría y no alcanzaría su real cometido), sino su misión en tal campo va más allá. Efectivamente, son tres las dimensiones y los instrumentos de los que se vale la Iglesia para cumplir su verdadero papel y su razón de existir, según el diseño de su fundador: la palabra o la predicación, para conocer la doctrina que se debe vivir; la liturgia, sobre todo, de los Sacramentos, para participar en la vida de Cristo y el servicio a los demás. Teniendo en cuenta de una manera especial esto último (que viene a ser la dimensión social que Cristo su Fundador le señaló), no podemos concebir, ni aceptar una verdadera y auténtica Iglesia, si ésta desatiende u olvida tal dimensión y misión, simple y sencillamente, porque su esencia, el mayor mandamiento a cumplir, es el amor que supone la verdad, la justicia, la paz, el respeto a la persona, las buenas relaciones personales, las positivas actitudes de vida, no sólo en lo espiritual, sino en las estructuras temporales y en los campos vitales de la sociedad en la que viven Papa, Obispos, Sacerdotes y fieles.
Entre el Evangelio y la promoción del individuo hay vínculos, relaciones, naturales, lógicas e inalienables, tanto en orden antropológico, como en el teológico, que se no pueden hacer a un lado, porque, en el primer orden, el hombre, objeto de la evangelización de la Iglesia, no es un ser abstracto, sino un ser sujeto y víctima de muchos y reales problemas sociales, económicos y culturales; pero también, teológicamente para la Iglesia y en su doctrina fundamental, la situación y destino de ese mismo hombre están incrustados en el plan de la creación y de la redención, llegándose, de esta manera, a la reprobación total de la injusticia social, a la lucha por la paz, al respeto por la persona y a una digna condición de vida. De ahí podemos deducir que si, en la Iglesia, la predicación no le da al cristiano verdades para vivir y no sólo para creer (acción social) y si la liturgia no tiene como fruto principal la caridad, la justicia y la solidaridad, no sirven de casi nada. El único termómetro para medir el verdadero sentido cristiano de una comunidad no son las palabras que dice u oye, ni su faustuoso y sentimental culto, sino la práctica del amor y de la solidaridad, única y verdadera proyección viva del Evangelio.
Ex seminaristas de Zamora en la época de la Revolución Mexicana
Se pudiera elaborar una larga lista de exalumnos del Seminario de Zamora que participaron en la lucha social de la época, teniendo ideales parecidos, pero actitudes y acciones muy distintas y contrarias y que, después, terminado el movimiento armado, tuvieron influencia y trascendencia en la sociedad. Algunos de ellos: Francisco J. Múgica, General Revolucionario, Diputado Constituyente, Ministro y Gobernador de Tabasco, etc.; sus paisanos Ponciano y Mauro Pulido; Rafael Sánchez Tapia, General Constitucionalista y Gobernador de Michoacán; José y Luis Álvarez, de Chilchota, revolucionarios y políticos; Perfecto Méndez Padilla, Diputado y papá de los Padres Méndez Plancarte; Alfonso García Robles, Embajador, Representante de México en la ONU y autor del Tratado de Tlaltelolco; Daniel Valencia, José Luis Escobar, Abraham Mendoza, los Magaña uno de ellos también Gobernador del Estado), etc. Exalumnos del Pío Latino que, sin llegar a ordenarse, se quedaron y formaron una familia en Zamora y, de alguna forma, influyeron en lo social en aquella época: Agustín Garibay, Carlos Plancarte, Miguel Verduzco, Juan y Estanislao Dávalos, etc. Algunos Sacerdotes que sobresalieron en la obra social de ese tiempo: Rafael Galván, Antonio Gracián, Salvador Martínez Silva, José Plancarte Igartúa, etc.
Todos ellos, educados en el Seminario de Zamora y recibiendo la misma formación y enseñanzas con respecto a la doctrina social, sin embargo, lucharon desde distintas trincheras por la justicia social y, algunos de ellos (por no decir muchos), con una marcada hostilidad hacia la Iglesia y hacia los Sacerdotes. Por ejemplo, de todos es conocida la actitud del General Múgica en este aspecto, sobre todo en su papel de constituyente, proponiendo y defendiendo con ardor leyes contra la Iglesia y contra sus ministros; sus paisanos, Ponciano y Mauro, publicando procesos y documentos existentes contra varios clérigos; otros varios manifestando siempre una postura de enemistad o alejamiento de la Iglesia, etc.
Causas probables de tales actitudes
El alma humana, las conductas de los individuos son tan complejas y, a veces, tan difíciles de entender, que es casi imposible el poder juzgar con exactitud y objetividad. Y si a esto añadimos que al que esto escribe le falta capacidad, tiempo y espacio para hacerlo, tenemos la explicación por la que sólo se atreva a hacer algunas afirmaciones al respecto, tratando de explicarse él mismo ciertos por qué algunos ex seminaristas se muestran resentidos con el Seminario y con todo lo que a él está relacionado (Iglesia, culto, Sacerdotes, etc.) y no sólo eso, sino que manifiestan abierta hostilidad y aun odio hacia todo eso. Tal fenómeno siempre ha tenido lugar en la historia de la misma Iglesia y de los Seminarios y es producto de un proceso sicológico, distinto y parecido a la vez, en todos aquellos en los que ha tenido lugar. Siempre debió existir una razón, de parte del Seminario o de alguno de sus formadores, que originara tal proceso: un regaño, justo o injusto, un acoso sexual, una expulsión por costumbres raras o indebidas, la expulsión de la institución por alguna pésima acción (robo, rebelión grave, etc.), el mal testimonio y falta de autenticidad en aquellos que son lo que se quiere ser y la falta de coherencia entre sus palabras y sus vidas, etc. Razones todas ellas que, en parte, justifican o explican ciertas actitudes. Aunque, por otra parte, el no saber o no querer ver lo bueno y positivo que también experimentaron y vieron en el Seminario, los pudo llevar a una ceguera o miopía que sólo les deja ver lo que alimenta su resentimiento y su rencor. Todo lo anterior, unido a que somos inclinados al resentimiento y a la venganza y a que, a veces, vendemos nuestras ideas y principios a cambio conseguir dinero, poder y placer a través de graves y profundos compromisos que nos obligan a actuar de distinta manera de como pensamos. Es fácil entonces explicarnos el por qué de las distintas y contrarias actitudes de algunos ex alumnos del Seminario de Zamora de la época de la Revolución Mexicana y cómo la formación que en él recibieron influyó en su actuación en dicho movimiento.

Jorge Moreno Méndez
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Esbozo de historia de una Institución trascendental 28.- La gota que derramó el vaso
Sabado, 10.04.2010, 03:33pm (GMT-5)
La gota que derramó el vaso
Aunque al principio de la Revolución Mexicana las hostilidades hacia la Iglesia no fueron abiertas y profundas, sin embargo, durante el desarrollo de la misma tales hostilidades fueron apareciendo y haciéndose cada vez más acentuadas. Podemos señalar que las causas de ello fueron varias. Desde luego debemos recordar que, ya desde los primeros años de vida Independiente de México, varios grupos políticos y religiosos se mostraron enemigos de la Iglesia y, más que de la Religión en sí o de los católicos, de la Jerarquía y, en general, de los clérigos, de tal manera que se puede decir que todos ellos se mostraban no antirreligiosos, sino anticlericales. En la Revolución, además de ex seminaristas con rencores hacia los Seminarios y hacia todo lo que ellos representaban (como ya lo veíamos), militaron socialistas, liberales y aun seguidores de algunas sectas protestantes, todos ellos tradicionales enemigos de la Iglesia que veían con malos ojos el influjo que ésta ejercía sobre el pueblo y el respeto que éste tenía por ella; de ahí su lucha contra ello. Pero “la gota que derramó el vaso” y que, sin duda, hizo que aquella lucha se enconara más, sobre todo contra los Obispos, Sacerdotes y Seminarios, fue el hecho de que muchos Obispos, temiendo el jacobinismo de muchos revolucionarios y su abierta animadversión hacia la Iglesia y creyendo tener mayor libertad, le dieron su reconocimiento y apoyo al usurpador Victoriano Huerta, lo que enojó tremendamente a Carranza y a los constitucionalistas. Tomando como pretexto tal circunstancia, se procedió, en nombre de la Revolución, al destierro de Obispos y Sacerdotes, al cierre de los Seminarios y a la incautación de los edificios de la Iglesia (Seminarios, Conventos, Casas Episcopales y Curales, etc.), así como el establecimiento y generalización de la extorsión, sobre todo a los Obispos, como representantes de la Iglesia. De ahí que, a partir de la renuncia de Victoriano Huerta, tales hechos se multiplicaron y extendieron por todo el país.

El reconocimiento a Huerta por algunos Obispos mexicanos exaltó la lucha contra la Iglesia
También en Zamora
Y Zamora no fue la excepción. Ya sabemos todo lo que gobierno revolucionario incautó a la Iglesia zamorana (Catedral inconclusa, Conjunto y Teatro Obrero, Palacio Episcopal, Seminario, algunos Conventos, Escuela de Artes y Oficios, Monte de Piedad, etc.) y el comportamiento de los revolucionarios en la ciudad y en la Diócesis, actuando de manera anárquica y fanática. El Señor Obispo José Othón Núñez, al dejar Zamora, obligado por las circunstancias, le escribía desde Guadalajara y entre otras cosas al Arzobispo de Morelia, su Metropolitano, dándole cuenta de la situación y de su forzada salida de la Diócesis: “… el viernes 30 del pasado cayó Zamora en poder de una partida de rebeldes sin resistencia ninguna, porque no había guarnición y de los vecinos, unos huyeron y otros se escondieron. Los cabecillas en actitud amenazadora exigían cincuenta mil pesos a mí e igual cantidad querían obtener del vecindario. Cuando recibí la intimación con la amenaza de un saqueo y algo peor salí en busca del jefe Rentería Luviano quien no quiso recibirme: entonces envié como comisionado mío al presidente del Ayuntamiento, persona de mi confianza, para que le explicara que no poseía la Iglesia en aquellos momentos esa cantidad y que lo que teníamos era para los gastos ordinarios de la Catedral, del Seminario, de los Colegios y Escuelas, del Hospital, etc… Volvió el comisionado diciéndome que con mucho trabajo había conseguido que se rebajara la exacción a 20 mil pesos: fueron entonces, también comisionados por mí, el Sr. Gobernador de la Mitra y el Sr. Canónigo don Jenaro Méndez, quienes consiguieron que rebajara el robo a 18 mil pesos, cantidad que fue necesario entregarle en seguida porque el hombre exigía y amenazaba. Como los vecinos más acaudalados estaban ausentes, sólo pudo obtener dinero de los que quedaban poco más de 20 mil. Mientras los jefes sacaban el dinero a las personas de algunos recursos, los demás revoltosos entraban indistintamente a las casas de las personas acomodadas y de las pobres para sacar caballos y armas. Se calcula que se llevaron más de 40 mil pesos y 200 caballos…“Al siguiente día un sacerdote empleado en la Haceduría, me dijo que tal vez convenía que yo me ausentara para evitar que si volvían me exigieran nuevos desembolsos arruinando así a la Iglesia y a las obras que ella sostiene: para resolver este punto, que consideré de gravedad, lo sometí a la deliberación del V. Cabildo y todos los señores Capitulares fueron de parecer que me ausentara yo, lo cual verifiqué el lunes y llegué a esta ciudad el martes en donde fui recibido bondadosamente por el Ilmo. Sr. Orozco”.
Amado Nervo, ex seminarista del Seminario de Zamora, ante este ambiente de furor, de odio y de destrucción, en aras de “la redención del pueblo”, vio estallar su sentimiento y lo volcó en los siguientes versos, escritos en 1915:
¡Ay, infeliz México mío!
Mientras con raro desvarío
vas de una en otra convulsión
del lado opuesto de tu río
te está mirando, hostil y frío,
el ojo claro del sajón!
¡Cese tu lucha fratricida!
¡Da tregua al ímpetu suicida!
¿Surges apenas a la vida
y loco quieres ya morir?
¡Torna a la digna paz distante
que ennobleció tu ayer radiante,
y abre un camino de diamante
en el oscuro porvenir!
Sin Seminario, difícil o casi imposible que haya Diócesis
Para la Iglesia mexicana (como para cualquier otra Iglesia en el mundo), el cierre de los Seminarios podría significar, si no su desaparición, sí un retroceso enorme en su desarrollo, funcionamiento y posibilidad de cumplir su misión. Para la Diócesis de Zamora, el cierre de su Seminario, la desaparición y robo de su biblioteca, muebles y demás objetos, el destierro de su Obispo y la mayoría de sus maestros y formadores, era un golpe duro y el presagio de una época dura, porque significaba la imposibilidad o la suma dificultad para formar los Sacerdotes que la Diócesis necesitaba para la atención espiritual, moral y social de los fieles que la componían. El Seminario era su centro neurálgico y más importante y era muchos los buenos frutos que, gracias a su organización y funcionamiento se venían dando, vislumbrándose un futuro muy prometedor. Pero aquel negro horizonte también era visto por los demás Obispos mexicanos, desde distintos lugares y una misma perspectiva, ya que muchos de ellos se habían exiliado en San Antonio, Texas, en espera de que las cosas mejoraran y para estar lo menos alejados de sus Sedes y otros permaneciendo, mientras otros permanecían en sus Diócesis, disfrazados y ocultos, o en otras Diócesis mexicanas, donde el furor revolucionario no los alcanzara). Con seudónimos y ocultamente, se mantenían en comunicación unos con otros y con los Sacerdotes que habían podido permanecer en sus respectivas Diócesis. A todos ellos, además de la situación de sus Iglesias particulares, de sus Sacerdotes y fieles, les preocupaba una cosa: formar Sacerdotes para los fieles de sus respectivas Diócesis, para que no llegasen a faltar, pues temían que la situación religiosa en México no iba a cambiar pronto. Y así surgió la idea de crear un Seminario en suelo norteamericano…

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental – 29.- Castroville, Texas, y el Seminario de Zamora
Domingo, 18.04.2010, 11:52am (GMT-5)
En busca de una solución
Efectivamente, varios de los Obispos mexicanos exiliados se fueron a radicar a San Antonio, Texas, esperando que la situación en México con relación a la Iglesia cambiara y, aprovechando aquella circunstancia, se reunían para tratar asuntos relacionados con el gobierno de la Iglesia mexicana, en general, y de sus Diócesis en particular. Uno de los principales problemas que vieron fue el de los Seminarios, ya que fueron de las instituciones eclesiásticas que más sufrieron durante ese último período de la Revolución Mexicana, al ser incautados y clausurados casi todos ellos, imposibilitando de esta manera la formación de los Sacerdotes para las diversas Diócesis. Si el movimiento revolucionario continuaba, habría un hueco enorme en cuanto a la producción de nuevos Ministros que repercutiría en la debida atención de los católicos del país. Por tal motivo y con el fin de evitar aquel peligro, los Obispos mexicanos exiliados en San Antonio, Texas, estando en contacto con los demás Obispos que aún permanecían en México, estudiaron la posibilidad de crear un Seminario Mexicano interdiocesano en suelo estadunidense, con los alumnos dispersos de los Seminarios mexicanos. Con ello evitarían los peligros, contratiempos y persecuciones del Gobierno Revolucionario Mexicano, ya que estando en suelo norteamericano quedaría fuera del alcance de aquel Gobierno. Tal idea, ya en concreto, nació de parte del Señor Obispo de Tulancingo, Don Juan de Jesús Herrera, idea que fue comunicada a todos los Obispos mexicanos, exiliados o no, y secundada y ampliamente apoyada, principalmente, por parte de Monseñor Francis Kelley, Obispo de San Antonio, y, en menor grado, pero efectivamente, por parte de otros miembros del Episcopado Norteamericano.
Seminario mexicano de San Felipe Neri en Castroville
Monseñor Kelly, una vez aceptada aquella idea, buscó el lugar más apropiado para el establecimiento de aquel Seminario y lo encontró en el pueblecito de Castroville, a 15 ó 20 minutos de San Antonio (en la actualidad, forma ya parte de la ciudad), donde las Religiosas de la Divina Providencia, al conocer aquel proyecto, el 26 de enero de 1915, le cedieron una casa de su propiedad, casa que fue acondicionada un poco y sirvió para albergar hasta 110 alumnos. Aquella pequeña y tranquila población había sido fundada apenas en 1844 por Don Enrique Castro, de ascendencia hispana y dueño de los terrenos donde se ubicó Castroville, trayendo de Europa familias que la habitaran.
Una vez solucionado el problema de la vivienda, aquel Seminario (presagio y experiencia del futuro Seminario de Montezuma) fue organizado de la mejor manera posible, nombrando Rector del mismo al autor de la idea, Monseñor Juan de Jesús Herrera y Piña, quien tenía ya la experiencia para aquel puesto, ya que, antes de ser nombrado Obispo, había sido Rector del Seminario Conciliar de México. La tarea se veía difícil, debido a múltiples razones de personal, diferencia de criterios, de economía, etc. En efecto, para aquel número de alumnos (se llegó a contar hasta con 108, procedentes de 13 Diócesis de México), para la cantidad y multiplicidad de las materias requeridas en la formación de un Seminario, se necesitaba regular número de maestros; por otra parte, se debió tener en cuenta que cada Seminario de cada región y de cada Diócesis de México, tenían su propia y particular manera de funcionar, dependiendo ésta de criterios, costumbres y ambientes diferentes; finalmente, el sostenimiento de aquel Seminario implicaría serías dificultades, pues dar de comer a más de 100 bocas (y los seminaristas tienen fama de tener “buena boca”, buen apetito) no era tarea fácil. Monseñor Herrera y Piña, juntamente con los Obispos mexicanos y Monseñor Kelly, supieron sortear todas aquellas dificultades, gracias, sobre todo, a la necesidad y urgencia reinantes y a la experiencia del Rector nombrado.
Para la impartición de las distintas materias, sobre todo para las eclesiásticas, se echó mano de algunos Obispos y de varios Sacerdotes mexicanos, exiliados también en San Antonio, muchos de los cuales habían estado de maestros en los distintos Seminarios de México. Esto vino a solucionar el problema del personal docente, del idioma y de la mentalidad, problema que hubiese sido enorme si se hubiesen utilizado clérigos norteamericanos. Se puso como Patrono de aquel Seminario a San Felipe Neri y se adoptó como Reglamento el del Seminario de México. Para los planes de estudio se recurrió al consenso y consejo de los distintos Obispos. Los gastos y mantenimiento de aquella institución, casi en su totalidad, los cargó Monseñor Kelly, ayudado un poco por algunos colegas norteamericanos y, en una mínima parte, por algunas cantidades enviadas por los familiares de los seminaristas mexicanos. Aquel dinámico y buen Obispo de San Antonio recurrió a la caridad de sus diocesanos para ayudar a aquel Seminario y a través de una Revista de la sociedad, llamada Extensión, logró sostener aquella obra. La atención de los alimentos, lavado de ropa, etc. de los seminaristas la realizaron las Madres Guadalupanas, fundadas por el Padre José Antonio Plancarte en Jacona. Monseñor Herrera y Piña estuvo de Rector hasta el 13 de enero de 1916 y le sucedió en el cargo Monseñor Maximino Ruiz, Obispo de Chiapas, y, finalmente, el Vicario Capitular de Querétaro, Manuel Reynoso. Aquel Seminario llegó a dar como fruto 59 Sacerdotes.
Seminaristas zamoranos en Castroville
El Seminario de Zamora, con algunos de sus seminaristas, dispersados por el vendaval de la Revolución, también estuvo presente en Castroville. Así lo podemos constatar por algunas cartas intercambiadas por los Superiores de la Diócesis de Zamora en el exilio (Guadalajara, México, Oaxaca, etc.). Una de ellas es la enviada, el 24 de junio de 1918, por el Secretario del Señor Obispo Núñez, firmada con el seudónimo de J. Zavala al Vicario General (seudónimo: Lorenzo Galván) desterrado en Guadalajara, de parte del mismo Señor Núñez (seudónimo: Don Procopio):
“Recibió Don Procopio (Sr. Núñez) la lista de los alumnos del Seminario de Castroville, Tex. en la cual aparecen los siguientes de la Diócesis: Francisco Ramos ordenado de Diácono el 25 de febrero de 1917 y de Sacerdote por el Sr. Miguel de la Mora, el 3 de marzo de 1917.; Manuel Carriedo ordenado de Subdiácono el 8 de agosto de 1914, de diácono el 23 de diciembre de 1916 y de presbítero por el Sr. Vicente Castellanos; Miguel García Morfín, ordenado de presbítero el 30 de agosto de 1917. No dice por quién, ni quiénes y cuándo le confirió el subdiaconado y diaconado. Conrado García, ordenado de subdiácono el 24 de marzo de 1917 por el Sr. Fernández; de diácono el 25 de marzo de 1917 por el Sr. Valdespino y de Presbítero el 1º de abril de 1917, por el Sr. Fernández; José de Jesús Ojeda ordenado de subdiácono el 24 de diciembre de 1917 por el Sr. Fernández, de diácono el 25 de diciembre de 1917 por el Sr. Valdespino y de presbítero no dice la lista cuándo ni por quién, pero tiene Dn. Procopio las letras del Sr. Herrera en las que consta que le confirió el Sacerdocio el 2 de diciembre de 1917.
En la lista los meses no están escritos con letras, sino con números romanos y no claros, los signos son muy pequeños y medio borrados. Por eso no estoy cierto, mejor dicho, las fechas del subdiaconado y diaconado de Ojeda han de ser erróneas, porque no es posible que la del presbiterado sea anterior. También recibió Don Procopio juntamente un documento de dicho Colegio en que constan las calificaciones obtenidas por los alumnos Manuel Magaña y Jesús Ojeda en los exámenes de 1917 y 1918, en Dogma, S. Escritura, Moral, etc. Son buenas. Igualmente son buenas las notas de Benjamín y Luis Guízar del Colegio Pío latino”.
Pero, desgraciadamente, una vez más, “el diablo metió su cola” yel Seminario interdiocesano de Castroville, el 13 de junio de 1918 (apenas a tres años de su apertura) fue cerrado, pues algunas autoridades norteamericanas pretendieron enrolar en el Ejército a los seminaristas mexicanos de Castroville, para enviarlos al frente en la 1ª Guerra Mundial en la que participaban. Los Obispos mexicanos, ante aquella amenaza y viendo que había vislumbres de mejoramiento político en México, decidieron disolver aquel Seminario.

JORGE MORENO MENDEZ.

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Esbozo de historia de una Institución trascendental – 30.- Compás de espera y de incertidumbre
Domingo, 25.04.2010, 06:12pm (GMT-5)

La Revolución Mexicana marcó, sin duda alguna, la historia del Seminario de Zamora en dos épocas: antes de (su fundación, organización y aniquilamiento) y después de (su resurrección, reorganización y funcionamiento hasta nuestros días). No sé en cuál de las dos etapas haya existido más mérito o se hayan presentado más dificultades: en la primera, ya existían los alumnos, el profesorado, el edificio, etc. y sólo fue necesario dotarla del título de Seminario, lo que sucedió al ponerse en práctica la Bula de erección de la Diócesis; en cambio, en la segunda etapa (como lo veremos en seguida) se tuvo que “partir de cero”, pues no se contaba más que con el solo título. Por esta razón y antes de hablar de esta segunda etapa del Seminario de Zamora, creo conveniente hacer un pequeño análisis de las circunstancias que rodearon su reapertura ya que, al pretender hacer un esbozo de su historia y buscar que éste sea lo más objetivo posible, indudablemente que es necesario abundar un poco en el conocimiento del entorno y del ambiente en los que tal historia se desarrolló, pues solamente así podremos valorar y juzgar convenientemente los distintos episodios de su nuevo existir, de su proceso, de su desarrollo y de su trascendencia en la sociedad de la ciudad y de la Diócesis de Zamora. Aunque debo advertir que para tal abundamiento objetivo debemos recurrir a la historia de México (de la cual forma parte el acontecer del Seminario de Zamora) y teniendo en cuenta que es difícil el hacerlo por la confusión que se ha creado al escribirse historias tan distintas sobre un mismo tema. Ojala un día la historia de México no la escriban ni los vencedores, ni los vencidos como tales, sino los mexicanos que amen a su país y que, despojados de todo prejuicio, sepan dimensionar la real imagen de tal historia y se atrevan a externar, con valor y con amor, lo bueno y lo malo que ella contiene.

Balance objetivo que debe ser reconocido y celebrado

Desde luego debemos reconocer, aplaudir y celebrar los logros de la Revolución: su lucha y victoria contra la dictadura; su empeño por lograr la redención del pobre con la implantación de la justicia social; sus logros en materia de educación; un mejor reparto de las tierras; la implantación, por lo menos, de una incipiente democracia; una Constitución como fundamento y base para la construcción de un Estado moderno y otras muchas cosas. Pero debemos reconocer que, en su nombre y sus hombres, cometieron errores, como el propiciar, con la pugna entre sus caudillos, el derramamiento inútil de mucha sangre en una lucha fratricida por el poder y el mando; la implantación del caciquismo y el enriquecimiento de algunos que lo integraron, etc. Pero lo que de una manera especial aquí nos interesa y sirve a nuestro propósito de recordar (sin fanatismos ni reclamos, pero sí buscando una objetividad) las circunstancias en que volvió a funcionar el Seminario de Zamora, es el señalamiento de la actitud de la Revolución hacia la Iglesia, actitud que, en algunos casos, pudo ser justificada, pero no ciertamente en todos los casos y, menos, en la forma que se manifestó generalmente.

Desde luego la Iglesia, como se le conceptuó y delimitó durante la Revolución, no es defendible en todo, ni el Evangelio, de ninguna manera, la respalda: el enriquecimiento y mal comportamiento de algunos de sus miembros, sobre todo Sacerdotes y aun Obispos; el aliarse a la explotación y a la injusticia para mantener el orden y la paz, como aparentemente algunos de ellos lo hicieron; el descuido de algunos de sus ministros en la preferencia por los pobres y los humildes, etc. Y cuando la Revolución pugnó contra tales situaciones, no hizo otra cosa que pugnar por sus ideales de justicia e igualdad. Pero, así mismo, debemos reconocer que el fanatismo y el radicalismo de algunos revolucionarios y por revanchismos y odios personales, “le cargaron la mano” a la Iglesia, injusta y equivocadamente, perjudicando indirectamente al mismo pueblo que trataban de redimir. Un informe sobre el particular (informe comprobable con los hechos) enviado por los Obispos Mexicanos al Delegado Apostólico en México y desterrado en Washington nos muestra lo siguiente: “…todos los estados soportaron la ‘ola carrancista’ y la Iglesia y los mexicanos perdieron enormes tesoros de arte sacro, propiedades, monumentos, documentos históricos valiosísimos y la paciencia… De muchísimas casas episcopales, curatos, seminarios, colegios apostólicos, escuelas, casas de beneficencia y otras dependencias que están al servicio de la religión, y esto a pesar que todas son de propiedad particular […] los constitucio nalistas han prohibido la instrucción católica, aún en escuelas y colegios particulares, y han dispuesto que toda la instrucción sea laica. Han suprimido los periódicos católicos y aún los independientes que no defiendan el constitucionalismo; han sido aprehendidos los redactores de estas publicaciones, y los edificios han sido decomisados. Para ellos, la Iglesia encarnaba el mal, era una mascarada pagana que no pierde ocasión de ganar dinero, aprovechándose de las leyendas más puras, ultrajando a la razón y a la virtud para llegar a sus fines”. Y desarrollaban cada punto, dando nombres y ubicando edificios y demás bienes. Y para “redondear todo ello, vendría la Constitución de 1917 que, aun siendo “una de las mejores del Mundo” (como se ha afirmado a veces), por su contenido social, traspira en muchos de sus artículos fanatismo antirreligioso y envuelto en contradicciones, llegando hasta desconocer la personalidad de la Iglesia (cosa que no había hecho la Constitución de 1857).
Regreso de los Obispos pero no de la normalidad
Con la disminución en la tensión de la lucha armada revolucionaria y con el comienzo del apaciguamiento de los grupos armados, con la organización política, económica y diplomática de la nueva nación, el gobierno se desentendió un poco de la aplicación de la nueva Constitución y dio margen a un paréntesis en la persecución de los Obispos y de los Sacerdotes. Ante estas circunstancias, muchos de los Obispos mexicanos que estaban fuera de sus Diócesis (ya sea en los Estados Unidos o en otras Diócesis distintas a las suyas) decidieron regresar a ellas para saber lo que había quedado en pie y para tratar de organizarlas de nuevo, si fuera posible. Sobre todo, seguían contando con el apoyo del pueblo, que, en su mayoría, era católico y sobre el cual la Iglesia seguía teniendo gran influjo (sobre todo en el plano social, por las obras que ésta había realizado en su favor) y confiando en que el gobierno seguiría con su táctica de no maltratar ni atentar contra la vida de alguno de ellos. Una muestra de ello nos la da Don Leopoldo Ruiz Flores, Arzobispo de Morelia, quien dejó escrito lo siguiente con motivo de su regreso a Morelia: “Volvía yo a Morelia después de cinco años. Aquello fue un triunfo desde que el tren entró al territorio de la Diócesis: en cada estación gente, música, flores, cohetes, etc. El carro especial que llevábamos ya no podía contener en los asientos vacíos la cantidad de flores y entonces inventaron con las que se me ofrecían en el camino, hacer guirnaldas con las que adornaron los carros y la locomotora misma que iba casi cubierta de flores. Al llegar a la ciudad de Morelia, aquel entusiasmo era indescriptible. Era una muchedumbre incontable, los balcones y las azoteas, llenas de gente que arrojaba flores, aplaudían y gritaban vivas. [En la catedral] la gente invadió el presbiterio, las gradas del altar mayor, el púlpito y hasta las gradas de los candeleros del altar de manera que se veían muchas caras entre los mismos candeleros y floreros del altar. Se cantó el Te Deum y desde el mismo altar donde iba a dar la bendición episcopal a aquella muchedumbre, me volví hacia el pueblo, para decir unas cuantas palabras”.
Aunque el ambiente político estaba calmado, había tensión, miedo y zozobra… Pero el fervor del pueblo mexicano era el mismo o mayor que el de antes y servía de consuelo y aliciente para levantar de las ruinas las Diócesis y, con ellas, los Seminarios. En Zamora sucedería algo parecido, pero también había la esperanza de la resurrección de la Diócesis y del Seminario.

Jorge Moreno Méndez
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Esbozo de historia de una Institución trascendental – 31.- Negro panorama y futuro incierto del Seminario de Zamora
Viernes, 30.04.2010, 04:52pm (GMT-5)
Como ya lo decía, no sé cuál de los dos momentos en la historia del Seminario de Zamora haya sido más importante, si su fundación por la Bula de erección de la Diócesis, o su reapertura, pasados los momentos más álgidos de la Revolución Mexicana. Más aún, podemos preguntarnos cuál de esos dos momentos tuvo más mérito, teniendo en cuenta las circunstancias y el ambiente que rodeó a ambos. Importancia y mérito de su fundación ya los vimos; la importancia y el mérito de su reapertura trataremos de valorarlos, analizando un poco las circunstancias, el ambiente, las dificultades y los medios con que se contaron para realizarla. Creo que es necesario conocer todo eso para poder apreciar y dar el crédito justo a quienes lograron realizar tal hecho.
Regreso a la Diócesis de gran parte del clero zamorano
Ya veíamos también cómo el Obispo de Zamora, Don José Othón Núñez y gran parte del clero de la Diócesis, sobre todo sus más cercanos colaboradores, habían tenido que abandonarla, o por una orden de destierro de parte del General Amaro, o bien, por temor y miedo a ser maltratados, perseguidos o extorsionados. De 1914 a 1918, el Señor Obispo estuvo en Puebla, Oaxaca (su tierra) y la ciudad de México; algunos de sus colaboradores estuvieron con él y, los más, residieron en la ciudad de Guadalajara. Muchos otros Sacerdotes se fueron a otras Diócesis, donde no fueron tan marcadas las hostilidades hacia los clérigos y, finalmente, algunos otros se fueron a los Estados Unidos y a algunas Repúblicas de Centroamérica. Al amainar un poco el vendaval revolucionario, Obispos y clero de otras Diócesis regresaron a ellas para reanudar sus actividades, tanto cuanto esto fuera posible. Sin embargo, el Obispo y el clero zamoranos tardaron un poco más en hacerlo, teniendo como explicación de esta tardanza el considerar que la Diócesis de Zamora (principalmente su cabecera, la ciudad de Zamora) fue una de las que más sufrió la animadversión, los atropellos y la incautación de bienes por parte de algunos revolucionarios., quizás por haber sido una de las Diócesis mexicanas en que más se trabajó en pro del obrero y del trabajador, representando tal hecho un obstáculo para los planes del nuevo orden social que la Revolución y su Gobierno pretendían establecer en el nuevo país, libre de dictaduras y patronazgos.
Siguiendo las Actas del Cabildo Catedralicio, nos podemos dar cuenta exacta de la situación y las condiciones en que Obispo y Sacerdotes fueron, poco a poco, regresando a la Diócesis. El 11 de febrero de 1918, se celebró en Zamora la primera reunión de dicho Cabildo, con un mínimo número de sus miembros, después de no haberse celebrado “hacía tres años, siete meses y ocho días”, ya que la última había tenido lugar el 3 de julio de 1914. En la reunión del 5 marzo siguiente, los pocos Canónigos (Miguel Plancarte, Antonio Méndez, el enfermo Leandro Valencia y otros) que ya desempeñaban sus cargos, ante la ausencia de sus colegas, residentes aún en otras partes, y deseosos de que el “Derecho Canónico y el Reglamento del Cabildo se cumplieran”, anotaban en el Acta de aquella sesión que “ya los Coros (los Cabildos) de México, Morelia, Guadalajara, Querétaro, León y otros hace mucho tiempo que están abiertos con asistencia de todos o la mayor parte de los Capitulares desde hace 7 meses y no han sido molestados”. Más aún, le escriben al Señor Obispo, también ausente, para que urja a los Canónigos faltantes para que regresen y asistan al Coro (Canto diario del Oficio Divino y celebración, diaria también, de la Misa Conventual). Poco a poco se fueron reintegrando al Cabildo los Canónigos Manuel Zepeda, el Vicario General, Luis García, Genaro Méndez del Río, Francisco González Arias y Ramón Contreras. Al mismo tiempo que ellos, fueron varios los Sacerdotes que, también poco a poco, fueron regresando a la Diócesis.
Principales obstáculos a superar para el Seminario de Zamora
En cuanto al futuro del Seminario (que es lo que principalmente nos ocupa) podemos señalar varios puntos importantes para tenerse en cuenta, al tratar de analizar y valorar su reapertura.
En primer lugar, el estado de la economía mexicana (que ya era un verdadero desastre) había llegado a sus niveles más bajos, tomando en cuenta la situación social del pueblo de México durante el Porfiriato, pero agravado por la lucha armada de la Revolución: anarquía política y militar, con todas sus consecuencias; destrucción de cosechas y ganado; abandono casi total del campo y su explotación; capitales desaparecidos o en manos de caciques que no sabían darles buen uso, etc. Y todo aquella situación se reflejaba, necesariamente y con vivos colores, en la economía de la iglesia zamorana (de la que debería depender el Seminario): menos limosnas, menos diezmos y, por lo mismo, menos participaciones para el sostenimiento del Seminario. Por otra parte, si la Diócesis contaba, antes de la Revolución, con algunos bienes para el ejercicio de su misión, después de aquellos años, su situación era alarmante y se veía sin los edificios de sus Colegios (Teresiano y Asilo), de su Seminario, de sus Conventos, de sus obras de Beneficencia y promoción humana (Escuela de Artes y Oficios, Monte de Piedad, Hospicio, Conjunto y Teatro Obreros, etc.) Pero algo que y lo que afectó enormemente fue el que muchas casas, recibidas en donación, por testamento o compradas, le fueron expropiadas, robadas o simplemente dejadas a la ruina, siendo que el fruto o el usufructo de varias de aquellas los dedicaba al Seminario. Algunas de aquellas fueron adquiridas por particulares a bajos precios y sin la debida compensación a la economía diocesana o bien, sus inquilinos, tranquilamente, se quedaron con ellas
En segundo lugar, debemos tener en cuenta que un Seminario, en cuanto a su funcionamiento como centro de formación y educación, depende esencialmente del Obispo y de los Sacerdotes y, para ese año de 1918, la situación del clero era, realmente, inquietante: el Obispo fuera de su Diócesis; muchos Sacerdotes se habían acomodado en otras Diócesis o en el extranjero y ya no regresaron; otros varios habían muerto en el destierro y había cierto relajamiento, en el ministerio y columbres, en muchos de los que habían quedado en la Diócesis, debido al caos y desorden que la lucha armada había creado en el país. Concretamente, varios de los maestros del antiguo Seminario se habían ido a otros Seminarios y se habían quedado en ellos (un ejemplo, el Padre Rafael Galván que, de Atacheo se había ido a México y prestaba sus servicios magisteriales en el Seminario Conciliar de aquella Arquidiócesis). La materia prima del Seminario, por otra parte, son sus alumnos y los del Seminario de Zamora habían sido dispersados, yendo a parar unos cuantos (como veíamos) al Seminario de Castroville, pero la mayoría se habían ido a sus casas y, en aquella supresión del Seminario, habían optado por darle otro rumbo a sus vidas.
Pero sin duda alguna, el obstáculo mayor para el Seminario y que se presentaba más negro y doloroso para su futuro eran las Leyes de la nueva Constitución, sobre todo las que directamente impedían, no sólo su funcionamiento, sino su misma existencia. En efecto, si la mayoría (no todos) de los Constituyentes en Querétaro, consideraban al Clero como un instrumento de dominio político y como una sucursal o apéndice de un Estado extranjero como lo es el Vaticano, que hería la soberanía nacional, es fácil comprender la inclusión y la aprobación de artículos, como el 3º, 24º y 130º, para tratar de erradicar la influencia del clero en la enseñanza, constituyendo al Estado como único titular de la educación y prohibiendo que los religiosos se dedicasen a la enseñanza. Estas leyes ponían, desde luego, en entredicho la existencia de los Seminarios para la formación de los curas, “principales enemigos de la Revolución y del pueblo”.
El clausurado Seminario de Zamora y urgentemente necesario funcionando para el cumplimiento de la misión de la Iglesia zamorana tenía un futuro incierto y un panorama negro.

Jorge Moreno Méndez
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Esbozo de historia de una Institución trascendental – 31.- Negro panorama y futuro incierto del Seminario de Zamora
Viernes, 30.04.2010, 04:52pm (GMT-5)
Como ya lo decía, no sé cuál de los dos momentos en la historia del Seminario de Zamora haya sido más importante, si su fundación por la Bula de erección de la Diócesis, o su reapertura, pasados los momentos más álgidos de la Revolución Mexicana. Más aún, podemos preguntarnos cuál de esos dos momentos tuvo más mérito, teniendo en cuenta las circunstancias y el ambiente que rodeó a ambos. Importancia y mérito de su fundación ya los vimos; la importancia y el mérito de su reapertura trataremos de valorarlos, analizando un poco las circunstancias, el ambiente, las dificultades y los medios con que se contaron para realizarla. Creo que es necesario conocer todo eso para poder apreciar y dar el crédito justo a quienes lograron realizar tal hecho.
Regreso a la Diócesis de gran parte del clero zamorano
Ya veíamos también cómo el Obispo de Zamora, Don José Othón Núñez y gran parte del clero de la Diócesis, sobre todo sus más cercanos colaboradores, habían tenido que abandonarla, o por una orden de destierro de parte del General Amaro, o bien, por temor y miedo a ser maltratados, perseguidos o extorsionados. De 1914 a 1918, el Señor Obispo estuvo en Puebla, Oaxaca (su tierra) y la ciudad de México; algunos de sus colaboradores estuvieron con él y, los más, residieron en la ciudad de Guadalajara. Muchos otros Sacerdotes se fueron a otras Diócesis, donde no fueron tan marcadas las hostilidades hacia los clérigos y, finalmente, algunos otros se fueron a los Estados Unidos y a algunas Repúblicas de Centroamérica. Al amainar un poco el vendaval revolucionario, Obispos y clero de otras Diócesis regresaron a ellas para reanudar sus actividades, tanto cuanto esto fuera posible. Sin embargo, el Obispo y el clero zamoranos tardaron un poco más en hacerlo, teniendo como explicación de esta tardanza el considerar que la Diócesis de Zamora (principalmente su cabecera, la ciudad de Zamora) fue una de las que más sufrió la animadversión, los atropellos y la incautación de bienes por parte de algunos revolucionarios., quizás por haber sido una de las Diócesis mexicanas en que más se trabajó en pro del obrero y del trabajador, representando tal hecho un obstáculo para los planes del nuevo orden social que la Revolución y su Gobierno pretendían establecer en el nuevo país, libre de dictaduras y patronazgos.
Siguiendo las Actas del Cabildo Catedralicio, nos podemos dar cuenta exacta de la situación y las condiciones en que Obispo y Sacerdotes fueron, poco a poco, regresando a la Diócesis. El 11 de febrero de 1918, se celebró en Zamora la primera reunión de dicho Cabildo, con un mínimo número de sus miembros, después de no haberse celebrado “hacía tres años, siete meses y ocho días”, ya que la última había tenido lugar el 3 de julio de 1914. En la reunión del 5 marzo siguiente, los pocos Canónigos (Miguel Plancarte, Antonio Méndez, el enfermo Leandro Valencia y otros) que ya desempeñaban sus cargos, ante la ausencia de sus colegas, residentes aún en otras partes, y deseosos de que el “Derecho Canónico y el Reglamento del Cabildo se cumplieran”, anotaban en el Acta de aquella sesión que “ya los Coros (los Cabildos) de México, Morelia, Guadalajara, Querétaro, León y otros hace mucho tiempo que están abiertos con asistencia de todos o la mayor parte de los Capitulares desde hace 7 meses y no han sido molestados”. Más aún, le escriben al Señor Obispo, también ausente, para que urja a los Canónigos faltantes para que regresen y asistan al Coro (Canto diario del Oficio Divino y celebración, diaria también, de la Misa Conventual). Poco a poco se fueron reintegrando al Cabildo los Canónigos Manuel Zepeda, el Vicario General, Luis García, Genaro Méndez del Río, Francisco González Arias y Ramón Contreras. Al mismo tiempo que ellos, fueron varios los Sacerdotes que, también poco a poco, fueron regresando a la Diócesis.
Principales obstáculos a superar para el Seminario de Zamora
En cuanto al futuro del Seminario (que es lo que principalmente nos ocupa) podemos señalar varios puntos importantes para tenerse en cuenta, al tratar de analizar y valorar su reapertura.
En primer lugar, el estado de la economía mexicana (que ya era un verdadero desastre) había llegado a sus niveles más bajos, tomando en cuenta la situación social del pueblo de México durante el Porfiriato, pero agravado por la lucha armada de la Revolución: anarquía política y militar, con todas sus consecuencias; destrucción de cosechas y ganado; abandono casi total del campo y su explotación; capitales desaparecidos o en manos de caciques que no sabían darles buen uso, etc. Y todo aquella situación se reflejaba, necesariamente y con vivos colores, en la economía de la iglesia zamorana (de la que debería depender el Seminario): menos limosnas, menos diezmos y, por lo mismo, menos participaciones para el sostenimiento del Seminario. Por otra parte, si la Diócesis contaba, antes de la Revolución, con algunos bienes para el ejercicio de su misión, después de aquellos años, su situación era alarmante y se veía sin los edificios de sus Colegios (Teresiano y Asilo), de su Seminario, de sus Conventos, de sus obras de Beneficencia y promoción humana (Escuela de Artes y Oficios, Monte de Piedad, Hospicio, Conjunto y Teatro Obreros, etc.) Pero algo que y lo que afectó enormemente fue el que muchas casas, recibidas en donación, por testamento o compradas, le fueron expropiadas, robadas o simplemente dejadas a la ruina, siendo que el fruto o el usufructo de varias de aquellas los dedicaba al Seminario. Algunas de aquellas fueron adquiridas por particulares a bajos precios y sin la debida compensación a la economía diocesana o bien, sus inquilinos, tranquilamente, se quedaron con ellas
En segundo lugar, debemos tener en cuenta que un Seminario, en cuanto a su funcionamiento como centro de formación y educación, depende esencialmente del Obispo y de los Sacerdotes y, para ese año de 1918, la situación del clero era, realmente, inquietante: el Obispo fuera de su Diócesis; muchos Sacerdotes se habían acomodado en otras Diócesis o en el extranjero y ya no regresaron; otros varios habían muerto en el destierro y había cierto relajamiento, en el ministerio y columbres, en muchos de los que habían quedado en la Diócesis, debido al caos y desorden que la lucha armada había creado en el país. Concretamente, varios de los maestros del antiguo Seminario se habían ido a otros Seminarios y se habían quedado en ellos (un ejemplo, el Padre Rafael Galván que, de Atacheo se había ido a México y prestaba sus servicios magisteriales en el Seminario Conciliar de aquella Arquidiócesis). La materia prima del Seminario, por otra parte, son sus alumnos y los del Seminario de Zamora habían sido dispersados, yendo a parar unos cuantos (como veíamos) al Seminario de Castroville, pero la mayoría se habían ido a sus casas y, en aquella supresión del Seminario, habían optado por darle otro rumbo a sus vidas.
Pero sin duda alguna, el obstáculo mayor para el Seminario y que se presentaba más negro y doloroso para su futuro eran las Leyes de la nueva Constitución, sobre todo las que directamente impedían, no sólo su funcionamiento, sino su misma existencia. En efecto, si la mayoría (no todos) de los Constituyentes en Querétaro, consideraban al Clero como un instrumento de dominio político y como una sucursal o apéndice de un Estado extranjero como lo es el Vaticano, que hería la soberanía nacional, es fácil comprender la inclusión y la aprobación de artículos, como el 3º, 24º y 130º, para tratar de erradicar la influencia del clero en la enseñanza, constituyendo al Estado como único titular de la educación y prohibiendo que los religiosos se dedicasen a la enseñanza. Estas leyes ponían, desde luego, en entredicho la existencia de los Seminarios para la formación de los curas, “principales enemigos de la Revolución y del pueblo”.
El clausurado Seminario de Zamora y urgentemente necesario funcionando para el cumplimiento de la misión de la Iglesia zamorana tenía un futuro incierto y un panorama negro.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental – 32.- Preparando el terreno para la reapertura del Seminario (I)
Domingo, 09.05.2010, 02:04pm (GMT-5)
Reconstruir la etapa del Seminario de Zamora en su reapertura, después de la Revolución, es tarea fácil, dada la cantidad de documentos que existen al respecto y que, ordenándolos, nos una visión clara y completa de la misma. Veíamos, de manera general y global, los problemas con que se enfrentaba la Diócesis de Zamora para volver a tener un Seminario y es, a través de estos documentos, como podemos darnos cuenta de quiénes y de qué manera los resolvieron, haciendo posible que tal institución volviese a existir. Aunque sea de manera sintética, me permito presentar algunos datos y sucesos pertenecientes a la reapertura del Seminario de Zamora
El alma de aquella difícil empresa
Se necesitaba, desde luego, poner al frente de aquel intento la persona adecuada para que garantizar, más o menos, su realización, por lo que dicha persona debería “tener agallas” y la inteligencia, prudencia y relaciones suficientes que le ayudaran a llevar a cabo tal empresa. Ausentes de la Diócesis el Obispo y sus principales Consejeros, así como el Vicario General y el Secretario de la Mitra, no fue aquello un impedimento para intercambiar preguntas, opiniones y sugerencias entre todos ellos, a base de una nutrida correspondencia, de tal manera que, una vez tomada la resolución de reabrir el Seminario y de tener todos los elementos necesarios para hacer una buena elección de la persona que, principalmente, llevaría a cabo aquella reapertura, el Señor Obispo Don José Othón Núñez se decidió por nombrar al Padre José Plancarte Igartúa para realizarla. Este Sacerdote, que llegaría a ser luego el séptimo Rector del Seminario de Zamora y del cual hablaremos después de manera detenida, reunía los requisitos y las cualidades que, a los ojos de todos, se requerían para llevar a cabo aquella difícil empresa. El testimonio sincero, objetivo y de sumo valor de esto nos lo da, en sus Memorias, Monseñor Ramiro Vargas Cacho, sucesor del Padre Plancarte Igartúa en la Rectoría del Seminario y al que conoció y trató muy estrechamente desde su niñez, sus estudios eclesiásticos y su coaccionar en el gobierno y administración del mismo Seminario: “El P. José Plancarte, Rector, era un hombre inteligente, muy culto, piadoso, íntegro, consagrado al Seminario. Era de genio fuerte, impulsivo y, por eso, a veces, se le pasaba la mano; reprendía con mucha dureza y a veces hasta golpeaba y, sin embargo, todos lo queríamos, todos guardamos de él recuerdos gratísimos. Es que sentíamos que nos quería, se sacrificaba por nosotros, era sincero y leal, nunca una mentira, nunca un engaño; cuando se le pasaba la mano en reprensiones o castigos, pedía perdón en particular o en público, según el caso. Estaba siempre cerca de nosotros”. Por otra parte, del Padre Plancarte Igartúa, bien conocidos eran su dinamismo, su experiencia en el trato y en apostolado con los jóvenes, su don de gentes y, algo muy importante; su ascendiente y relaciones en la sociedad zamorana y su pertenencia a unas familias “de peso” en Zamora: los Plancarte y los Igartúa (hermano de la mamá de los Méndez Plancarte y, por lo tanto, cuñado del Licenciado Perfecto Méndez Padilla y tío carnal de los Méndez Plancarte, habiéndose hecho cargo de Gabriel y de Alfonso, a la muerte de su mamá.
Cuando el Señor Núñez, en el mes de junio de 1918, lo invitó para que le ayudase a reabrir el Seminario en Zamora, el Padre Plancarte se encontraba en la ciudad de México, dando clases en la Universidad, invitación que aceptó de inmediato y de buena gana, trasladándose luego a Zamora y a Guadalajara para comenzar a planear el cumplimiento de aquella misión. Así lo manifiesta el mismo Señor Núñez a su Vicario General, radicado en Guadalajara, en una de sus múltiples cartas: “En estos días hablé con J. Plancarte… dice que irá primero a Guadalajara y hablará con Ud… Lo que importa es que Plancarte vaya y allí verá lo que se pueda hacer y lo comunicará a Ud. y a mí…”
Primer gran obstáculo: las leyes, emanadas de la Constitución de 1917
Constitucional o anticonstitucional, justa o injusta, lógica o contradictoria, nacionalista o fanática, democrática o dictatorial, existía la ley en México sobre la educación que hacía casi imposible la existencia o el funcionamiento de una escuela confesional o religiosa y, más todavía, de una institución “donde se formaran los curas para la explotación y el embaucamiento del pueblo”. Es cierto que, como decíamos, aquel año de 1918, en que regresa la mayor parte de los Obispos y Sacerdotes a sus respectivas Diócesis, fue una especie de compás de espera en lo relacionado con la aplicación exacta de la nueva Constitución, sin embargo pronto se retomaría la línea de animadversión y ataque sostenido contra la Iglesia, hasta llegar a la increíble prohibición de que los clérigos pudiesen llevar en la calle el traje talar o la sotana. A propósito de esto último, es interesante conocer una carta que el Señor Núñez le envió al Presidente Municipal de Zamora, en contestación a un requerimiento y amenaza de multa y cárcel para los Sacerdotes que usaran sotana fuera de la iglesia y en la que le dice, entre otras cosas: “…con toda atención, manifiesto a Usted que la llamada Ley General de 14 de diciembre de 1874 elevada al rango de constitucional, formó parte integrante de la Constitución Política de 1857 la cual quedó derogada en lo absoluto al promulgarse la Constitución Política de 5 de febrero y, encontrándose derogada la ley que se invoca y no existiendo ningún otro precepto legal que prohiba el uso de determinado traje, se priva entonces a las personas del estado eclesiástico del legítimo ejercicio de un derecho y se le infiere a su persona una molestia sin motivo, ni fundamento legal alguno que sirviera de apoyo al procedimiento que Ud. indica. Las anteriores consideraciones… y otras muchas… me impiden en absoluto atender su atenta y comedida indicación, quedando esta Presidencia de su cargo en libertad de adoptar la norma de conducta que crea pertinente… y si llegasen a poner en práctica las amenazas de su nota, las personas a quienes les afecte, harán en su defensa uso de todos los recursos legales que otorgan y conceden las leyes”.
Si así se estilaban las cosas con relación al simple uso de una vestimenta especial del Sacerdote, ¿qué n se podía esperar cuando se trataba de poner en marcha el Seminario? Y, con esto, podemos imaginarnos el temor, el cuidado y la prudencia que debieron poner en práctica al reabrir el Seminario. Así lo manifestaba el Señor Núñez en varias de sus cartas remitidas desde Oaxaca y México a sus colaboradores en Guadalajara y Zamora: “México 25 de junio de 1918: Sr. Núñez: Hablé con J. Plancarte y está de acuerdo con dar la clase o clases en la casa donde habite, que será la de su hermano Antonio, porque la suya está arrendada y termina el contrato de arrendamiento hasta setiembre. Me parece bien que el Colegio comience en esa forma privada y, si fuera posible, que apareciera como trabajo particular de Plancarte”. Había que tomar todas las precauciones para que el proyecto no abortara. Y el 23 de julio siguiente: “Me parece bien que no tengan los actos religiosos en la capilla de las Siervas, ni las clases en la Haceduría (una Oficina de Catedral). Ojalá que, como deseban Ud. y Moreno, se pudiera encontrar una casa particular rentada para el Colegio”. Más aún, por el temor de que aquellas cartas cayeran en manos extrañas, se escribían con cierta clave, como podemos ver en varias de las cartas del Secretario Particular del Señor Obispo al Vicario General: “12 de julio 1918. Hablé con Plancarte (antes de la partida de Don Faustino. Me dijo que le agradaba para Director espiritual de los hijos de Procopio (los seminaristas y el Obispo); le contesté que por sus enfermedades tal vez no podría y quedó aplazada la resolución. Me alegro de que esté dispuesto a ayudar a los pobres chicos” (los seminaristas).
Más adelante veremos por todos los trabajos y dificultades por los que tuvo que pasar el Padre José Plancarte Igartúa para poder echar a andar de nuevo el Seminario, sobre todo, buscando no infligir del todo y abiertamente aquellas normas y decretos de dudosa intención y de dudosa legalidad.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental 32.- Preparando el terreno para la reapertura del Seminario (2)
Domingo, 16.05.2010, 04:39pm (GMT-5)
La carencia de dineros para sostener el Seminario

Después planear y buscar los medios o las estrategias para resolver el problema de las leyes contrarias a la reapertura del Seminario, el Padre Plancarte Igartúa, desde Zamora, y los Superiores de la Diócesis de Zamora, dispersos en Guadalajara, México y Oaxaca, se dieron a la tarea de buscar las soluciones a los demás problemas que suponía dicha apertura. Entre tales problemas, sin duda alguna, estaba la carencia de dinero para sostener dicha institución. A veces se piensa que la Iglesia o que las Iglesias particulares cuentan con los dineros suficientes para llevar a cabo todas sus empresas, incluyendo los Seminarios, pero este pensamiento, muchas veces, es algo muy lejano a la realidad, pues se desconocen los verdaderos malabarismos que algunas Diócesis tienen que hacer para poder sostener un Seminario, sobre todo en aquella época posrevolucionaria. Y la Diócesis de Zamora no fue la excepción, más aún, se pudiera afirmar que, por haber sido una de las Diócesis más golpeadas y saqueadas por la animadversión de algunos jefes revolucionarios, para poder abrir su Seminario tuvo que pasar por serias dificultades económicas. Efectivamente, el sostenimiento de tal Institución depende, casi en su totalidad, de los siguientes factores: participación de los diezmos, de las limosnas, de las becas y donativos especiales de algunos fieles y de las cuotas de los familiares de los seminaristas… Pero para 1918, todo esto “estaba en cero”, debido a la lucha armada y a la desorganización de la misma Diócesis y “desde cero habría que arrancar”.

Por otra parte, había otras prioridades a las que había que atender y que no admitían ser pospuestas o retardadas, como por ejemplo la atención de los enfermos pobres, por lo que una de las obras que se tuvo que reorganizar de inmediato fue la atención al Hospital San Vicente, como podemos constatar por una serie de informes mensuales que del mismo entregaban a la Mitra las Religiosas que lo atendían. Por ejemplo el entregado por la Madre Natividad del Sagrado Corazón en los primeros meses de 1919, cuando ya se había vuelto a poner en marcha dicha institución de caridad: “Enfermos curándose 11; enfermas 12; Hombres dados de alta 4; mujeres dadas de alta 1; hombres muertos 2; Mujeres muertas 3; Personal Madres de servicio 6; Hermanas Coadjutoras de servicio 5: Religiosas enfermas 6. Notas 1ª.- de las Religiosas enfermas dos son de la Casa Central de donde se les pasan los alimentos. 2ª.- de los enfermos que están curándose a 6 les dan los alimentos personas de fuera. 3ª.- Uno de los muertos no recibió los auxilios espirituales por no haberse conocido la gravedad y morir unas horas después de llegado. O bien: uno de esos enfermos ha muerto de ataque cerebral y por lo mismo no pudo recibir los auxilios espirituales, más que la Santa Unción”.

En busca de soluciones

Mientras el Obispo regresaba a la Diócesis y se reorganizaba ésta, el Padre Plancarte, con apoyo de sus Superiores, se dio a la tarea de buscar algunos bienhechores del Seminario que lo ayudaran económicamente o prestaran ciertos servicios (cocina, lavado de ropa de los alumnos, etc.) a bajo o nulo precio; consiguió, entre algunos parientes y amigos que fueran proveedores de las cosas necesarias para el Seminario, como, por ejemplo, que los hermanos Verduzco Padilla entregaran un promedio de 50 litros de leche diaria al Seminario, a bajo precio y pagaderos en abonos, según las posibilidades de la economía de éste. Por otra parte se dio a la tarea de hacer efectivas la determinaciones de la Bula de erección de la Diócesis con relación a la participación del Seminario, tanto en la Gruesa Decimal, como en el 2% de contribución de los Canónigos para el mismo Seminario y así tenemos, por ejemplo, tal contribución de ellos en la siguiente forma: “Señor Guadalupe Novoa (radicado en Guadalajara y por lo mismo con poca participación) $ 23.85; Señor Ramón Contreras, $ 111.97; Señor Méndez, $ 96.00; Señor Carranza, $ 92.56;: Señor Luna, $ 65.41 y Señor González Arias, $ 88.66”

Ya de regreso a la Diócesis, el mismo Señor Obispo Núñez, se vio obligado a escribir al Santo Padre, pidiéndole algunas concesiones económicas para hacer posible el sostenimiento del Seminario. Algunos párrafos de dicha carta: “En el año escolar actual el presupuesto de gastos es de catorce mil pesos y el de ingresos, después de aplicar al mismo Seminario el tributo conforme al canon 1356, no excede de seis mil pesos. Para cubrir este enorme deficiente estoy recurriendo a varios arbitrios como aplicar al Seminario una parte de las limosnas por la administración del Sacramento de la Confirmación, aplicarle también los estipendios de cada una de las misas de binación (la 2ª misa celebrada por los Sacerdotes en un día) (facultad que me fue concedida benignamente por la Santa Sede), exhortar a los fieles a que depositen su óbolo en cepos puestos en todas las iglesias, etc. Sin embargo no consigo todavía equilibrar los presupuestos de dicho Seminario y preveo que la penuria será mayor en los años venideros. Y da las razones de tal penuria:“Desmembración de la Diócesis de Tacámbaro y la Revolución dieron menos número de habitantes y eso con la pobreza de modo que hubo de unir varias Parroquias para que los Párrocos tuvieran lo necesario para subsistir. El Obispado tiene doscientos mil habitantes en 46 parroquias.

…Pido humildemente su Vuestra Santidad que se digne declarar si no obstante el canon 1356, pueda yo aumentar en otro 5% el tributo para el Seminario, tanto porque la Bula Cunctis ubique de erección de la Diócesis… después de determinar la distribución de los productos decimales (da poder al Ordinario para modificar tal porcentaje según las necesidades) y porque en esta Diócesis los únicos que pueden pagar ese 5% son los que tiene participación en los diezmos: Obispo, Cabildo, fábrica de Catedral, los párrocos, el hospital, las fábricas, los pobres de la parroquia y no hay en la Diócesis otros beneficios, ni casas religiosas comprendidas en el canon, ni las parroquias, ni las asociaciones piadosas pueden por su pobreza pagar ese tributo… pide que la totalidad de la renta decimal se aplique al Seminario anualmente el 10%”.

El local

No menor que los problemas anteriores fue el encontrar el lugar adecuado para la reapertura del Seminario, tanto por lo referente a no ser ocasión para un cierre por parte de las autoridades civiles, como por la carencia de recursos para conseguir un adecuado lugar. No se podía esperar que el gobierno devolviera el Seminario de Juárez y Morelos o algunas de las otras casas de la Iglesia intervenidas y confiscadas; ni tampoco era fácil que algunos zamoranos prestaran la suya, por la dolorosa experiencia anterior de verse privados de su propiedad por tenerlas prestadas para alguna obra de la Iglesia. Con relación a todo esto podemos darnos una idea exacta de la situación de tales propiedades confiscadas por un informe del 16 de agosto de 1921 al Secretario de Hacienda y Crédito Público de parte del Administrador Principal en Zamora: “Con referencia al atento oficio que usted número 1559, girado por su Sección 1/a con fecha 10 del corriente, en que se sirve pedirme informes sobre la destrucción del Ex Hospicio para niños pobres de esta ciudad y del cual se me adjuntó una fotografía; le manifiesto que el estado actual de dicho edificio es ruinoso y en las mismas condiciones se encuentra el Seminario, Ex Escuela de Artes, Ex Colegio Teresiano, Ex Asilo, Convento de Capuchinas y Casa de Ejercicios, que se encuentran en esta ciudad, así como el Ex Colegio Marista y Asilo San Antonio, ubicados en la cercana Villa de Jacona… A pesar de haber hecho algunos apuntalamientos en varios de los edificios antes citados, no fue posible evitar el derrumbe, sino un poco menos que en años anteriores” (Esto fue algo que no debió haber permitido nuestra Revolución).

Tanto en las Cartas del Cabildo de Catedral, como en distintas cartas de los Superiores ausentes, podemos ver cómo se hacían varias propuestas y se analizaban las distintas opciones de tal local: que los anexos de Catedral, que si la casa del mismo Padre José Plancarte o la de su hermano Antonio (“la casa donde habite, que será la de su hermano Antonio situada frente a la casa de las Adoratrices por la calle Hidalgo), porque la suya está arrendada y termina el contrato de arrendamiento hasta setiembre”; que si alguna casa junto a uno de los Conventos para que pudieran los seminaristas cumplir sus actos de piedad, etc. Luego veremos dónde finalmente se estableció el Seminario.

Pie de imagen

Lo que quedaba de la Escuela de Artes y Oficios, después de la confiscación.
Jorge Moreno Méndez

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* Esbozo de historia de una Institución trascendental
33.- Preparando el terreno para la reapertura del Seminario (3)
Jorge Moreno Méndez

Aunque con temor de cansar a algunos lectores de esta serie de artículos hablando con cierto detenimiento de los preparativos para la reapertura del Seminario de Zamora, después de la Revolución, sin embargo, me arriesgo a ello por considerar que el recuento de los problemas que se tuvieron para tal empresa y todo lo que se tuvo que hacer para solucionarlos son factores que determinan la verdadera valoración de tal acontecimiento.

Diseñando el equipo formador
Formar un equipo de trabajo para luchar por una empresa es tarea difícil y, aunque no se crea, formarlo dentro de una institución eclesiástica también lo es y, más todavía, formarlo para reabrir y echar a andar de nuevo el Seminario de Zamora fue una tarea doblemente difícil por las circunstancias especiales que la rodearon, como la situación política, la carencia de recursos (como ya lo veíamos) y, debemos agregar, la falta de personal, el reclutamiento de alumnos y otras dificultades de las que haremos mención, aunque sea brevemente.
En cuanto a la estructuración del equipo formador del Seminario (Rector, Vicerrector, Padre Espiritual y maestros), así como del programa de estudios fue algo que se dificultó bastante, tanto porque muchos Sacerdotes estaban fuera de la Diócesis, como porque los principales responsables de tal estructuración se encontraban dispersos (el Obispo, en Oaxaca, Puebla y México; el Vicario General, en Guadalajara; el Cuerpo Consultivo, formado por los Canónigos, en su mayoría también ausentes) y los pocos Sacerdotes que estaban en la ciudad no podían ejercer plenamente su ministerio pastoral y menos el de la enseñanza. Con relación a este problema, existe una serie bastante numerosa de cartas de todos estos personajes en los que se dan propuestas y sugerencias para los distintos candidatos a maestros y otros puestos del Seminario, propuestas y sugerencias que se iban entretejiendo lentamente, por el tiempo y la distancia. Uno de muchos ejemplos: en junio de 1918, del Obispo al Vicario General: “Plancarte me propuso a Murguía para Director Espiritual y yo no resolví… Ud. me habló de Murguía por primera vez para la clase de filosofía, diciéndome que ya le escribía… no es que yo estime poco al P. Murguía; al contrario, lo juzgo bastante apto en Teología Moral y por eso y por su piedad y experiencia, deseo que nos ayude en la formación espiritual de los jóvenes y por consiguiente que sea Dir. Esp. del colegio… además, hace muchos años que no enseña filosofía, no tendrá fresca la materia, ni estará al corriente de lo nuevo que hay a este respecto”. Y, el 12 de julio siguiente, el Secretario del Obispo al Vicario General “Hablé con Plancarte y me dijo que le agradaba Murguía para Director Espiritual de los hijos de Procopio (los seminaristas); le contesté que por sus enfermedades tal vez no podría y quedó aplazada la resolución. Me alegro de que esté dispuesto a ayudar a los pobres chicos. Si Plancarte se encarga de enseñarles Dialéctica, etc. Dn. Faustino podría cuidar del espíritu. Esto le agradaría a Dn. Procopio porque Plancarte estudió bien esas materias y las ha enseñado y D. Faustino es idóneo en asuntos de conciencia”.

Plan de estudios, horarios y susceptibilidades
Hubo también problemas y discrepancias en cuanto a las materias que se podían y debían impartir a los distintos y diversos grupos de alumnos y no ciertamente por desunión, sino por las circunstancias existentes, hasta que mismo Señor Obispo, el 26 de julio, daba su opinión definitiva al Vicario General y al Padre José Plancarte: “…Juzgo necesario que todos los trabajos del colegio se hagan en el mismo local, porque dando las clases cada catedrático en su casa, no podrá haber estudio en común y por consiguiente perderán tiempo los alumnos, pues la experiencia enseña que los muchachos poco o nada estudian en sus casas. Tampoco se podrá establecer la necesaria disciplina para su educación y formación. Por otra parte, de todas maneras se sabrá la existencia del Colegio, porque siendo pequeña la tierra de Ud. (Zamora) y conocidas las personas, es imposible que pase inadvertido… Se ve pues que la idea dominante de Ud. era que no hubiera clase por ahora de filosofía. Por eso al hablar yo con Plancarte le dije que ya en el terreno viera las necesidades y nos avisara.”
Ya hemos hablado de las dos escuelas de formación del clero zamorano, de las dos corrientes que influyeron en gran parte de ellos: la cazariana y la plancartina, ambas dentro de las normas generales para la educación eclesiástica, ambas con carencias y con aciertos, ambas con trascendencia y óptimos frutos espirituales y culturales para la Diócesis de Zamora. Pero, para la reapertura del Seminario, no faltaron (como era muy natural entonces y los es ahora en parecidos terrenos) algunas dificultades, al sentirse algunos Sacerdotes formados en Zamora desplazados por algunos Piolatinos. Pero el Obispo, con prudencia, diplomacia, objetividad y dando válidas razones, zanjó aquel problema, sin mezclar al Padre José Plancarte en la decisión final, por ser éste “parte del conflicto”, por haberse educado en Roma: “Creo que debemos utilizar a cada uno según sus aptitudes y hacer que la Iglesia reciba la recompensa de sus sacrificios al sufragar gastos extraordinarios para la educación en Roma de algunos jóvenes. No es pues por parcialidad a favor de los ex alumnos del Pío Latino, sino porque creo que a quienes se le dio más, debe exigírsele más. Es por lo que he procurado aprovechar los servicios de esos Padres en el Seminario, sin menospreciar a los que, sin haber ido a Roma, son hábiles e instruidos…” De hecho, fueron varios los Sacerdotes “criollos” que formaron parte del personal del Seminario en varias áreas.

El reclutamiento de alumnos
Como ya apuntábamos, después de la clausura del Seminario por parte del General Amaro, muchos de los seminaristas habían regresado a sus casas y, con el tiempo, habían decidido emprender otros caminos; además, siendo los Párrocos el alma y el eje de las vocaciones en la Diócesis y, a raíz de los ya casi 9 años de luchas y disturbios y de que muchos de ellos habían tenido que abandonar sus Parroquias, la motivación y el fomento de la vocación sacerdotal eran casi nulas. De ahí las dificultades con que se enfrentó el Padre José Plancarte para conseguir elementos que integraran el Seminario. Ya en alguna ocasión le había escrito al Señor Núñez, al tratarse del asunto de las clases y materias por impartir, lo que este le comunicó al Vicario General: “Plancarte cree que además de los estudiantes de gramática, habrá algunos de Filosofía, porque cuando estaba en Zamora, varios de los antiguos seminaristas le manifestaron deseos de continuar sus estudios”. 23 de julio de 1918: Me parece que Ud. piensa que se van a poner varias cátedras pues dice en su carta del 5 que le parece que se pondrá a Plancarte de Vicerrector y que si no será fácil que Galván, Martínez o algún otro de los residentes en Zamora sirvan algunas clases con una pequeña retribución o sin ella. Yo creo que por ahora se comenzará nomás con una clase de gramática y después, al siguiente año, se pondrá la de filosofía. Por el momento lo que conviene es iniciar a los alumnos en la gramática y luego se verá qué se puede hacer, pues por el momento no habría el suficiente número de alumnos para las otras clases, y casi sería fastidioso estar entretenidos con dos o tres alumnos”.
Sucediera lo que sucediera, el Padre Plancarte se dio a la tarea de entrevistar posibles alumnos, niños, jóvenes y antiguos alumnos para el Seminario, en la casa de su hermano Antonio, por Hidalgo y frente al Convento de las Madres Adoratrices. Uno de aquellos entrevistados fue el adolescente Ramiro Vargas Cacho, admitido al Seminario y más tarde sucesor del Padre Plancarte en la Rectoría del mismo y heredero de su obra de formación en dicha Institución. Urgía la reapertura y estaba ya casi todo listo para ella.

(Pie de imagen)
Son innumerables las cartas relativas a los preparativos para la reapertura del Seminario.
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Esbozo de historia de una Institución trascendental
Domingo, 30.05.2010, 11:10am (GMT-5)
Esbozo de historia de una Institución trascendental
33.- Un gran día para la Diócesis de Zamora
El lugar elegido provisionalmente
Creo que el día 2 de septiembre de 1918 debe considerarse de suma importancia para la Diócesis de Zamora, no sólo para los fieles de aquella época, sino para los fieles de todas las épocas posteriores, por el hecho acaecido en él, aunque gran parte de los zamoranos no tuviera conocimiento de tal hecho. Ese día, el Seminario de Zamora fue reabierto para continuar con su imprescindible misión de formar Sacerdotes para el servicio de Dios y de la sociedad. Efectivamente, después de todas las opiniones, sugerencias, problemas y dificultades, el Padre José Plancarte Igartúa, de acuerdo con el ausente Obispo, Don José Othón Núñez, iniciaba la nueva etapa de esta Institución, de la manera más sencilla y silenciosa posible, pero con una gran fe y determinación. Luego de “barajarse” numerosas opciones para escoger el lugar donde debería iniciar sus labores el Seminario (que si la casa del P. José, que si la de su hermano Antonio, que si los anexos de Catedral, que si un departamento ocupado por el Padre Salvador Martínez Silva, etc.), se decidió, aunque provisionalmente, por el anexo de la Capilla de Los Dolores.
Tal elección obedeció a varias razones: lo provisional, porque urgía iniciar ya las clases por el calendario escolar, vigente entonces, y porque se tenía la esperanza de buscar otro lugar más adecuado a las necesidades del plantel; para “tantear” un poco las reacciones que surgirían por parte del gobierno civil, al enterarse del funcionamiento de aquella nueva “escuelita”; y la de mayor peso, porque el templo de los Dolores estaba, relativamente y para esa época, un poco alejado del centro de la ciudad y llamaría menos la atención. Además el lugar se prestaba para organizar los programas y actividades de los muchachos, más o menos, con cierta oportunidad y su Capellán, el Padre Don José María Aguilar (que también era el Padre Ceremoniero de Catedral), le dio todas las facilidades posibles al Padre José Plancarte: la capilla, para los actos de piedad; el salón anexo a la sacristía, para las clases; el portalito del patio, también para clases, en caso necesario y finalmente el patio, de regulares dimensiones, para los juegos y otras actividades.
El grupo de formadores
Desde luego, el equipo de Maestros y Superiores era también provisional y fue formándose conforme las circunstancias y las necesidades lo fueron requiriendo, como le había indicado el Señor Núñez al Padre Plancarte. Al inicio, éste fungió como Superior (aunque, como veremos luego, en condiciones muy especiales, por varias razones) y le ayudaban en las clases el Padre Salvador Martínez Silva (futuro Obispo Auxiliar del Señor Fulcheri), el Padre Rafael Plancarte (hermano del Padre José y que tenía algunos otros cargos en la Catedral), Miguel Serrato Laguardia, ya Diácono (desde el 1 de junio de 1916 en la Basílica de Zapopan) y próximo Presbítero (el 21 de diciembre de 1918, en Mixcoac) y un ex Hermano Marista, Antonio Romero. Para la ayuda y asesoría espiritual, el Padre Plancarte, después de haber pretendido que le ayudara el Padre Faustino Murguía, Capellán de Sagrado Corazón y maestro en el antiguo Seminario, le pidió al Canónigo cotijense, Don Manuel Zepeda Álvarez, que había sido Párroco de La Huacana y de Ixtlán, que lo auxiliara en aquella tarea, a lo que éste accedió gustosamente. Finalmente, para ayudarse en la disciplina, el Padre Plancarte nombró Celador al Minorista, también cotijense, quien había recibido, apenas el 25 de mayo de ese mismo año, las Órdenes Menores en el templo de San Francisco y de manos del Señor Obispo Placencia y se había incorporado ya al Seminario.

Anexo de la Capilla de los Dolores, donde renació el Seminario de Zamora, el 2 de septiembre de 1918.
La Rectoría
Indudablemente que el Padre Plancarte tenía la capacidad suficiente para ejercer el cargo de Rector del Seminario, pero dos circunstancias influyeron para que lo fuera, aunque por corto tiempo, el Padre Don Antonio Guízar Carranza. En primer lugar, el Padre Plancarte tenía escasos 28 años y, aunque “malitia supplet aetatem” (la malicia suple la edad), no faltó quien advirtiera la conveniencia de esperar un poco para darle el nombramiento de Rector y, de hecho, el Señor Núñez en una de sus cartas le comunica al Señor Luis G. García su intención de nombrar a Plancarte Vicerrector y, hay testimonios de que el mismo Padre José sugirió que se nombrase Rector al Padre Antonio Guízar.
Sobre el particular y además de lo anterior, debemos recordar varias circunstancias con relación a este personaje y su estancia en la Diócesis y su nombramiento de Rector. Dada su capacidad y trabajo (maestro del Seminario, Superior de los Esperancistas, etc.) era un Sacerdote muy apreciado, tanto en la Diócesis, como fuera de ella. Muestra de ello es lo dicho por el Señor Núñez a su Vicario General, el 23 de julio de 1918: “El Sr. Herrera Piña me ha manifestado su deseo de que el P. Antonio Guízar le ayude como Rector del Seminario en Tulancingo. Ud. verá si conviene que vaya y, en el supuesto afirmativo, le hablará al interesado para saber si acepta. Yo creo que, aunque no tiene ahora ocupación en la Diócesis, en adelante pueda ser bastante útil. Si a Ud. y a él les parece que vaya, podría ser con la condición de que esté en Tulancingo, mientras no sean necesarios sus servicios en Zamora”. El mismo Señor Obispo de Veracruz, San Rafael, pretendió llevárselo a aquella Diócesis para le ayudase en ella aun como Vicario General, pero el impedimento para ello (ser consanguíneo directo) y la negativa educada y respetuosa del Señor Núñez para que se fuese de la Diócesis de Zamora, lo impidieron. Por todo ello, a los pocos meses de reabierto el Seminario y ya, más o menos, estabilizado y organizado, el Padre Antonio Guízar fue nombrado Rector del mismo, quedando el Padre Plancarte como Vicerrector.
Los primeros alumnos de esta nueva etapa
En cuanto a los niños y jóvenes que formaron aquel recién “resucitado” Seminario, podíamos hablar mucho, dado que el Archivo de esta nueva etapa del mismo comenzó a formarse y a enriquecerse con varios datos sobre ellos. Desde luego, debemos tener en cuenta que las circunstancias y los problemas políticos, económicos y de personal, hacían difícil la admisión de los que solicitaban entrar al Seminario, pero se comenzó a hacer con suma prudencia y cuidado. A falta de espacio, pero supliendo la brevedad con el valor y la autoridad de los testimoniado por el Señor Vargas Cacho, testigo y actor de estos acontecimientos, que nos ha dejado escrito en sus Memorias personales, me permito transcribir un poco de tales testimonios:
34.- Los alumnos.- Teólogos, ninguno; filósofos creo que 3: Benjamín Serafín. Francisco Caballero y Pablo González (los 3 se ordenaron). Como unos 40 llegábamos por primera vez al seminario, de diversas edades, quizá de 12 a 16 años. Había uno de 32, José Tapia (que se ordenó). Después de unos días, 15, de los 40, se eligieron unos 16 que comenzaron el primero de latín (entre ellos estaba yo); los otros quedaron en año preparatorio.
35.- De esos latinistas de 1º. recuerdo los nombres de: Carlos Verduzco (abogado hoy), Javier Ramos (comerciante), Rafael Lara (comerciante) Reynaldo Ávalos (sacerdote Zamora y Texcoco), Benjamín Tapia (sacerdote en Monterrey), José Tapia (sacerdote), Ángel Chávez (murió joven), Juan Orozco, Felipe Gutiérrez, y yo… 37.-De los alumnos del curso preparatorio recuerdo los nombres de Luis Paz, Benjamín González, Felipe Martín del Campo…”
Así renacía el Seminario de Zamora, en medio de problemas, carencias, pero lleno de fe y voluntad para continuar con su trascendental misión: la formación de Sacerdotes para la Diócesis de Zamora.
Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 35.- Sexto Rector Antonio Guízar Valencia
Domingo, 06.06.2010, 12:38pm (GMT-5)
Unión fraternal y vidas paralelas

Al hablar de la reapertura del Seminario de Zamora, es oportuno mencionar algunos datos relativos a su sexto Rector, el Padre Antonio Guízar Valencia, nombrado como tal pocos meses después de dicha reapertura y cuando parecía que todo iba marchando bien y que el Seminario, poco a poco, iba tomando forma y rumbo. El Padre Antonio era sumamente apreciado, tanto por el Obispo Núñez, como por la inmensa mayoría del clero zamorano, ya que de todos era conocida su trayectoria como Sacerdote y como ser humano, trayectoria, limpia y productiva y en la que se había mostrado su entrega total y generosa a su ministerio y su bonhomía, su prudencia y su ecuanimidad en todos los cargos que había desempeñado.

El Padre Antonio Guízar Valencia había nacido en Cotija el 28 de diciembre de 1879, un año 8 meses después que su hermano Rafael (quien sería luego San Rafael Guízar Valencia) al que siempre estuvo profundamente ligado y del cual procuró seguir sus huellas en todo: educación, vocación y apostolado y, aun cuando físicamente y sicológicamente, no eran del todo parecidos, sí lo fueron en cuanto a posesión de valores y de ideales y en cuanto a las diversas etapas de su vida, sobre todo a las primeras de ellas: ambos estudiaron las primeras letras en su pueblo natal con el maestro Fermín Mendoza; ambos pasaron a continuar sus estudios al Noviciado que los Padres Jesuitas tenían en la Hacienda de San Simón; ambos regresaron a Cotija para ingresar al Seminario Auxiliar que el de Zamora tenía en aquella población y ambos ingresaron juntos a este Seminario en Zamora. A ambos los ordenó el Señor Fernández, Obispo Coadjutor del Señor Cázares (a Rafael, el 1 de junio de 1901 en el templo de San Francisco; a Antonio, el 7 de marzo de 1903, en Catedral).

Los Padres Esperancistas

El mismo año que fue ordenado Sacerdote el Padre Antonio, su hermano Rafael fundó la Congregación de Nuestra Señora de la Esperanza, formada por Sacerdotes que se dedicarían a dar Misiones en los pueblos de la Diócesis de Zamora y de otras Diócesis necesitadas de ellas. El Padre Rafael invitó a su hermano Antonio a formar parte de aquella Congregación y éste aceptó de buena gana. Con el permiso del Señor Obispo Fernández, quien dio todo su apoyo a aquella obra, el grupo inicial lo formaron algunos Sacerdotes y seminaristas zamoranos: los Padres Benjamín Silva, Manuel Silva, J. Jesús Rojas, Ignacio Custodio, el Diácono Antonio Sánchez y dos Minoritas, quienes, con su Superior y Maestro de Novicios, el Padre Antonio Guízar y reunidos en Jacona, iniciaron su Noviciado con unos ejercicios espirituales, el día de Pentecostés de ese año de 1903. Durante algún tiempo la Congregación funcionó en Tingüindín (de donde era el Padre Custodio), en cuya población, el 29 de junio de 1904, el día de San Pedro y San Pablo, sus miembros hicieron sus primeros votos religiosos. Se trasladaron luego a Jacona, en donde se añadieron algunos otros seminaristas teólogos y, 1908, se abrió una escuela, también bajo la dirección del Padre Antonio Guízar, para surtir de vocaciones al Instituto Esperancista, haciendo otro tanto en las Diócesis de Tulancingo y de Cuernavaca, gobernadas por Obispos zamoranos y a petición de ellos.

Pero surgieron serias dificultades entre aquella Congregación (que ya daba excelentes frutos y de la cual se esperaban todavía más) y los Superiores de la Diócesis, dificultades que terminaron con la supresión del Colegio de Jacona y el necesario traslado de la comunidad a Tulancingo y luego a Cuernavaca y, finalmente, en 1910, fue disuelta aquella Congregación, regresando, humildes y sumisos, la mayor parte de los que la formaban a la Diócesis de Zamora a seguir ejerciendo su ministerio.

Preparándose, sin saberlo, a la Rectoría y al Episcopado

Después de aquella dolorosa, pero útil experiencia, el Padre Antonio Guízar se fue a Roma a estudiar al Colegio Pío Latino, al que ingresó el 23 de octubre de 1910 y del que, después de obtener una Licenciatura en Derecho Canónico y un Doctorado en Filosofía y otro en Teología, salió el 28 de febrero de 1913, y regresó a la Diócesis de Zamora cuando ya la gobernaba el Señor Obispo Don José Othón Núñez. Apenas se iba a acomodar como maestro de Teología en el Seminario, cuando sobrevino la infausta llegada del General Amaro a Zamora y, con él, la dispersión de casi todos los Sacerdotes, yéndose el Padre Antonio, primero a la Hacienda familiar del Rosario y luego a Guadalajara, donde ya vivían varios de sus hermanos y donde estuvo trabajando como Capellán interino del Templo de la Merced, en el centro de aquella ciudad. Cuando volvió la calma relativa a la Diócesis y a la ciudad de Zamora, el Padre Antonio regresó a ésta, pero como era imposible organizar la pastoral sacerdotal, no sólo en la ciudad, sino en toda la Diócesis, estuvo bastante tiempo sin oficio, solamente ayudando en algunos ministerios y, algún tiempo, haciendo lo mismo en la Diócesis de Veracruz, cuando ya su hermano Rafael había sido nombrado Obispo de ella, en 1919. Ya veíamos cómo tanto su hermano Rafael como el Obispo de Tulancingo solicitaron sus servicios y cómo esto no tuvo lugar, dando así ocasión para que, en 1919, fuese nombrado Rector del Seminario de Zamora.

Pero poco le duró el gusto al Seminario, pues el 20 de julio de 1920, el Padre Antonio fue nombrado Obispo de Chihuahua, tomando posesión de esta Diócesis el 4 de febrero de 1921 y después de haber sido consagrado Obispo en la Basílica de Guadalupe, el 30 de enero de 1921, por su hermano Rafael como principal consagrante, ayudado por el Señor Fulcheri (ya Obispo de Cuernavaca) y por el Señor Uranga y Sáenz. El 18 de diciembre de 1958 fue ascendido por la Santa Sede a Arzobispo de la misma Chihuahua, cargo al que renunció el 24 de agosto de 1969, quedando como Arzobispo Titular de Febiana. Murió el 4 de agosto de 1971.

Su paso por la Rectoría

La figura del Padre, del Obispo y Arzobispo Don Antonio Guízar, no por haberle hecho sombra la de su hermano Rafael, sino por su carácter y suma bondad, pareciera un poco apagada. Pero la realidad es otra: es cierto que no deslumbró como su hermano Rafael, pero su entrega total al servicio de Dios y de sus semejantes, su bondad (para algunos aun exagerada…), su carácter introvertido, su inteligencia y prudencia, fueron grandes y llenos de autenticidad. Desde luego su paso por el Seminario de Zamora como Rector, fue corto, pero en esa misma brevedad, tales valores y virtudes ayudaron a la consolidación de esta Institución, pues ayudado por un buen equipo de colaboradores, le supo dar rumbo y sostenimiento. Efectivamente, aquel equipo formado por el Padre José Plancarte Igartúa, como Vicerrector; por su paisano y pariente el Padre José Ma. González Valencia (después Arzobispo de Durango), como Padre Espiritual; por el Padre Federico Salas, sencillo, discreto y tenaz, como Secretario; con el demás cuerpo de maestros de aquel incipiente plantel (Salvador Martínez Silva, Luis Núñez, Rafael Madrigal, Nicolás Gómez, Florencio Mora) y con el Padre Gabriel González, como Ecónomo, se entendieron perfectamente con el Padre Antonio Guízar y, ganados por su prudencia y bondad, colaboraron con él ampliamente, aunque el mismo Padre Antonio, al dejar el Seminario para irse a Chihuahua, tenía sus temores (como lo expresó) de “no haber sabido hacer progresar al Seminario”.

Enseguida, al seguir hablando del Seminario, haremos mención de algunas de las acciones de su Rectoría.

(Pie de imagen)

Don Antonio Guízar Valencia, sexto Rector del Seminario, al ser nombrado Obispo de Chihuahua.
Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 36.- Buscando casa, bajo el signo de la incertidumbre

Sabado, 12.06.2010, 06:56pm (GMT-5)
Urgencia de un local apropiado

El Seminario de Zamora había sido reabierto, pero los problemas y las dificultades a los que tuvo que enfrentarse fueron muchos, agravada tal situación por la incertidumbre y el temor de que el ambiente político reinante pudiese dar al traste aquella reapertura. Efectivamente y gracias al creciente número de solicitudes de ingreso a él, como al hecho de que varios seminaristas, que se habían retirado a sus casas o a otras Diócesis el año de 1914, regresaban y pretendían continuar sus estudios eclesiásticos, una vez que comenzó a funcionar de nuevo el Seminario, el anexo de Los Dolores fue totalmente insuficiente para albergar a todos aquellos solicitantes. El Padre José Plancarte propuso construir dos piezas en el mismo anexo de aquella iglesia, pero no se vio factible ni práctica aquella propuesta. Pero, además, fueron surgiendo otros problemas y otras necesidades que hacían urgente el cambio de lugar para el correcto funcionamiento de la institución. Uno de esos problemas fue el que el horario del Seminario se tenía que adaptar a los actos de culto de la iglesia de Los Dolores o al revés y que las actividades de uno y otra, en cierta forma, se estorbaban ya sea con los gritos de los chicos en recreo a la hora de ciertas funciones religiosas o con los cánticos de los fieles en la iglesia, al tiempo que los maestros impartían sus clases. Para solucionar en parte este problema, se sugirió que el Padre José Ma. González fuese nombrado Capellán de Los Dolores, porque siendo tal un miembro del Seminario, podría compaginar las actividades de ambas partes.

Aunque, sin duda alguna, la mayor urgencia para cambiar el Seminario a otro lugar más apropiado y que llenara un poco más ciertos requisitos, fue la decidida intención de procurar una mejor formación de los alumnos, cosa que no se lograría si no era posible llevar un mínimo de vida de comunidad por parte de los alumnos y de sus formadores. Al aumentar el número de alumnos, aumentó la necesidad de un mayor número de maestros y se harían indispensable que ciertos superiores conviviesen totalmente con los muchachos, como el Rector, el Vicerrector y el Padre Espiritual y en aquel anexo no había la posibilidad para ello. También eran necesarios dormitorios comunes y salones de clases más amplios, comedor apropiado y capilla exclusiva, etc. Y, de nuevo, esto, en Los Dolores, era imposible tenerlos.

Propuestas y contrapropuestas

De todo lo anterior y de las propuestas y contrapropuestas que, con motivo del necesario cambio de lugar para el Seminario, nos dan cuenta las innumerables cartas que continuamente se cruzaban entre Obispo, Vicario General y Secretario, residentes fuera de la Diócesis y en diversas partes, así como entre los mismos y el Padre Luis E. García, encargado de los negocios de la Mitra en Zamora, y el Padre José Plancarte Igartúa, encargado de la reapertura y organización del Seminario.

Desde luego se pensó en la posible recuperación del algún inmueble por parte del gobierno para utilizarlo como “Escuelita de los hijos de Don Procopio”, sobre todo a partir de ciertas señales que dio el gobierno de restituir algunos de aquellos edificios incautados, durante lo duro de la Revolución, como luego lo veremos. Pero ante la inseguridad de aquella decisión, se buscaron otras muchas soluciones. Se propusieron también las piezas adjuntas a la Catedral para que los seminaristas pudiesen acudir a ella a sus actos de piedad y, siendo parte de un edificio no incautado, no se tendría que pagar renta alguna, pero la mayoría de los Canónigos se opuso, alegando que, estando el Seminario tan cerca de la Catedral y buscando el gobierno el exacto cumplimiento de la Constitución de 1917 en lo relativo a las escuelas religiosas, podría traer consecuencias al funcionamiento y culto de la misma Catedral, así como a la seguridad personal de cada uno de ellos.

Era difícil encontrar a alguna persona en Zamora que pudiese prestar o rentar alguna casa de su propiedad para que estuviese en ella el Seminario y la razón era clara, ya que, entre los atropellos cometidos por los revolucionarios y por algunos de los gobernantes figuró uno que fue muy frecuente: casa o inmueble ocupado para alguna obra de la iglesia, aunque no le perteneciese a ella, sino, realmente, a un particular, era incautada, sin valer para su defensa ni escrituras, ni testamentos, ni nada. Muchas fueron las injusticias cometidas en este renglón, de ahí que hubiese pocas personas en Zamora dispuestas a prestar su casa para local del Seminario. Pero, gracias a las gestiones del Padre José Plancarte, Lupia García, aun con el peligro latente de salir perdiendo sus propiedades (y esto hay que subrayarlo, pues habla de la generosidad y el amor por el Seminario de aquella dama zamorana) aceptó rentar alguna de sus dos casas: o la habitada por ella, pero con la condición de que “le dejasen una o dos piezas para guardar algunas de sus pertenencias” (condición que se acepta, pero pidiendo rebaje un poco de los 50 pesos que cobraría mensualmente de renta); o bien la casa que le rentaban al Doctor Alfonso Hernández, cuando éste la desocupara. Pero, por lo pronto, no se pudo aceptar la generosa oferta de Lupita García, pues el Seminario no contaba con dinero para ello. El Padre Plancarte había pensado que con las colegiaturas de algunos de los muchachos se podrían sufragar algunos gastos, como la compra de útiles (pizarrones, gises, mapas, libros, etc.) o el sufragar algunos gastos de los muchachos pobres que no podían pagar nada al Seminario. Pero las cuentas no le salieron bien, de tal manera que, cuando le escribe al Señor Núñez comunicándole la situación económica del Seminario, éste le ordena al Señor García que “suspenda la compra de algunos aparatos para la Diócesis y entregue ese dinero a Plancarte para que pueda comprar los útiles del Seminario”. Por consiguiente, tampoco había dinero suficiente para pagar aquella renta.

El Portal de Aguinaga

Por fin se opta por una casa, probablemente construida por una familia zamorana, Aguinaga, de origen vasco-navarro y que dio su nombre tanto al Portal, construido en su frente y que miraba exactamente a la espalda de la Catedral, así como a la Plazuela, situada al costado norte de la sacristía de Catedral. De la Plazuela, del Portal y de la casa de Aguinaga se contaban muchas anécdotas, tanto del tiempo de la Colonia, como de la Revolución. Se decía que su corral había sido el primer camposanto de Zamora. Las razones para decidirse por tal casona para el Seminario fueron además de la economía, la cercanía de Catedral y su tamaño que podían hacer posible lo que se intentaba: una mejor vida de comunidad seminarística.

El Señor Ramiro Vargas Cacho, quien fuera luego Rector del Seminario, nos describe en su Diario personal aquel cambio de local, con la frescura y sencillez que se aspira en todo ese escrito y teniendo en cuenta que él vivió aquel suceso: “38.- A medio año, cambiamos casa, nos fuimos al ‘Portal de Aguinaga’, casa grande con muchos cuartos (obscuros) y patio. Tenía Huerta, pero esta no la teníamos; sólo de cuando en cuando nos permitían pasar a bañarnos en un baño o pequeña alberca. Ahora ya el P. Plancarte tenía su cuarto donde poder arreglar los asuntos con los alumnos u otras personas. El patio me parece que era inferior al de Los Dolores, menos soleado y más chico. Esta casa estaba cerca de Catedral donde hoy está la Ford.”

La Casa de Aguinaga, junto a Catedral: un nuevo lugar; una nueva experiencia de vida para aquellos adolescentes y jóvenes que estaban empeñados en formarse Sacerdotes.
Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 37.- No todo era negro, ni todo blanco
Martes, 22.06.2010, 04:42pm (GMT-5)

Un compás de espera desesperante

Aunque pareciera que había signos de cambio, más aún, de cierto retroceso, en cuanto a la mala disposición del Gobierno Revolucionario, casi completamente establecido, hacia la Iglesia y sus instituciones; a pesar de que había calma y tranquilidad relativas y de que la lucha armada había disminuido notablemente, sin embargo, se percibía que la calma y la tranquilidad existentes eran simplemente el presagio de un gran conflicto que se iba generando en el país, debido, por una lado, a la necesidad y urgencia que tenía el nuevo gobierno de que las Leyes emanadas de la Constitución de 1917 se cumpliesen totalmente y, por otro, la resistencia de la Iglesia y de la mayoría de los ciudadanos (que eran la mayoría de los mexicanos) para cumplir tales Leyes y con la gran esperanza de que fuesen derogadas o modificadas. Y el Seminario de Zamora también vivía aquella resistencia y se alimentaba de aquella esperanza.

El Señor Obispo Núñez no se atrevía a regresar a la Diócesis, aunque alguna vez, en 1920) intentó el hacerlo, llegando hasta Guadalajara para, de ahí, entrar a Zamora por La Barca, pero hasta ahí llegó, pues se dio cuenta de que el peligro para ser víctima de nuevos “préstamos forzosos” por parte de las autoridades en Zamora no había terminado y que el mismo Arzobispo de Morelia, Leopoldo Ruiz Flores, había tenido que huir de aquella ciudad, disfrazado y en burro, porque era buscado “para sacarle dinero para la Revolución”. Varios jefes, dizque revolucionarios, habían encontrado el camino fácil y “permitido” para hacerse de grandes cantidades de dinero. Además, a la Secretaría de la Mitra zamorana seguían llegando dolorosas noticias de los desmanes de algunos militares que, bajo el signo de la Revolución, seguían cometiendo contra la población católica en la Diócesis de Zamora, según se le informaba al Obispo y se sabía en el Seminario: en La Huacana unos indios yaquis saquearon la iglesia, rompieron el Sagrario y, después de regar en la plaza las hostias, se habían robado los vasos sagrados, la custodia y los dineros de las alcancías; en El Carrizal incendiaron el templo; el 2 de junio de 1919, estando ya de Párroco el Padre José Ma. González Valencia, que había sido Padre Espiritual en el Seminario, también habían incendiado el templo; el 17 de mayo de 1920 se le avisa al Señor Núñez que el nuevo Gobernador de Michoacán, Pascual Ortiz Rubio, había confiscado varias Haciendas y que había exigido dinero al clero de Morelia, pero que el mismo Presidente Obregón, por telégrafo, le había ordenado que no pidiese nada al clero y que devolviese algunos de los inmuebles confiscados.

El mismo Obregón hizo dar marcha atrás a Pascual Ortiz en sus exigencias de dinero al clero moreliano.

Intentos por recuperar algunos edificios

Con anterioridad a todo esto, el Señor Obispo Núñez en México, de buenas fuentes, sabía se que el gobierno, para bajar un poco la tensión político-religiosa, nacida de tanta incautación (algunas de ellas totalmente injustas y equivocadas), estaba pensando devolver algunos de los edificios incautados a la Iglesia, el mismo Obispo consultó a un abogado oaxaqueño (“con influencias en el gobierno”) para comenzar a hacer gestiones para que la Diócesis de Zamora pudiera recuperar algo de lo mucho que había perdido y de lo cual, gran parte, como veíamos, no había quedado “ni para Dios ni para el diablo”. No todo en el gobierno era malo ni anticatólico, pues había personas dentro de él que se mostraban tolerantes y aun ayudaban, con peligro de su cargo, a resolver los problemas y los conflictos entre Estado e Iglesia, sabiéndose parte de ambos. Un ejemplo: para las posibles recuperaciones, se comenzó por solicitar desintervención de “La Restauradora del Obrero”, escribiendo al gobierno del Estado, pero de ahí se les contestó, el 26 de octubre de 1918, que tal solicitud debería hacerse a México y daban las convenientes indicaciones para que surtiera efecto, ya que tal inmueble, catastralmente, estaba a nombre de Luis E. García (el Padre) y que “es conveniente manifestar a Uds. que, bajo estas bases, sería más fácil lograr la desintervención, ya que la Sociedad, de la cual forman ustedes parte, no se ha inmiscuido en política y, por lo tanto no corresponde la intervención de sus propiedades…” y, al calce: “CONSTITUICION Y REFORMAS

Morelia, octubre 26 de 1918. P. O. del Srio. de Gobierno el Oficial Mayor Rafael Magaña. Rúbrica”. Tanto el Señor Obispo Núñez como el Rector y el Vicerrector del Seminario, Padres Antonio Guízar y José Plancarte, tenían fundadas esperanzas de poder recuperar algún inmueble de los intervenidos para establecer en él el Seminario.

Otro signo esperanzador

Hablando de signos esperanzadores para una disminución de la tensión existente para que Diócesis y Seminario funcionaran con más libertad y mejores resultados, tenemos como ejemplo un episodio acaecido en el Seminario de Zamora y del cual el Padre Rector, Don Antonio Guízar, daba cuenta al Señor Núñez, el 7 de diciembre de 1920, respondiendo a la que éste había enviado de Oaxaca, diciendo que había posibilidades de que el artículo 3º. de la Constitución fuese modificado:

“Hace muchos días se presentó ante mí un capitán, D. Roberto Torres, solicitando se le diera la licencia para dar ejercicios militares a los alumnos, tanto del Seminario como de la Escuela adjunta.

Este Sr. viene comisionado por el Gobierno del Estado para que dé esas clases de militarización, tanto en las escuelas oficiales, como en las particulares de esta ciudad. Su aspecto y manera son de persona correcta y de clase no humilde.

Insiste mucho en su propósito y yo, como era mi deber, le dije que por mí mismo no podría resolver ese asunto y esto es el motivo por el cual pregunto a V. S. qué dispone sobre el particular.

El referido joven militar me ofreció que pediría una carta de información al Sr. Rector del Seminario de Morelia y hace dos días que me la presentó. En ella el Sr. Martínez, Rector de dicho Seminario, alaba la conducta de los militares destinados al fin indicado en el Estado y los buenos frutos que esas clases han producido en el Seminario de Morelia, porque en lo físico ayuda a los alumnos y también aumenta en ellos la disciplina de estudiantes.

Yo me he formado el juicio de que esos ejercicios no serían nocivos a nuestros alumnos y que sí les serían favorables para la disciplina escolar y para su físico desarrollo. Temo, aunque ligeramente, que esa instrucción pudiera tener fines políticos. Por otra parte también temo que el Gobierno viera mal el que no se admitieran aquí esos ejercicios impuestos indudablemente por él mismo.

El referido militar también me presentó las actas de exámenes militares de los seminaristas de Morelia, presididos y calificados por el Ilmo. Sr. Arzobispo Ruiz. V. S. resolverá” Y, a los pocos días, le contestó el Obispo Núñez: “Opino que puede permitir que los alumnos hagan los ejercicios militares, empleando las necesarias precauciones”.

Como vemos, había ciertos indicios y grandes deseos para que la situación política en contra de la Iglesia cesara y hubiera diálogo para sentar las bases y las condiciones para una buena convivencia y una urgente tolerancia de ambas partes para el bien del pueblo.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 38.- Las “Escuelitas” o Seminarios Auxiliares
Sabado, 26.06.2010, 08:47pm (GMT-5)
Aprovechando experiencias exitosas

Con sensatez (como obra toda persona inteligente), el Obispo de Zamora y sus colaboradores en el Seminario recurrieron a una experiencia ya vivida por otros con anterioridad para organizarlo en su reapertura y para facilitar el reclutamiento de vocaciones al Sacerdocio: el establecimiento de Seminarios Auxiliares en varias poblaciones pertenecientes a la misma Diócesis y estratégicamente ubicadas. Ya la Diócesis de Morelia, cuando Zamora pertenecía a ella y antes de la erección de ésta como tal, lo había hecho en León, en Zamora (el Colegio del Padre Villavicencio) y en algún otro lugar, obteniendo muy buenos resultados en cuanto al número y la calidad de candidatos al Seminario y al funcionamiento de éste, ya que la descentralización del mismo y el acercamiento a las distintas zonas del territorio diocesano facilitaban el conocimiento y la motivación en niños y jóvenes para ingresar en él y el pueblo cristiano lo sentía más suyo y más cercano, interesándose mucho en tal institución. El Señor De la Peña y el Señor Cázares (ex alumno del Seminario Auxiliar de Zamora) habían establecido junto al edificio del Seminario en Juárez y Morelos una Escuelita para proveer de vocaciones al mismo y, más tarde, el mismo Señor Cázares había establecido tales Auxiliares en Sahuayo, Cotija, Purépero y Uruapan, convirtiéndose estos establecimientos, no solamente en detonante de vocaciones, sino también para la cultura y aun la economía de aquellas poblaciones, ya que los transportes, tiendas, mercados, etc. veían aumentados sus ingresos, por el mayor número de residentes (los seminaristas y personal del Colegio) y de visitantes (los familiares de los seminaristas).

Por causa de la Revolución, no solamente se cerró el Seminario en Zamora y su Escuelita, sino que también aquellos Auxiliares tuvieron que desaparecer. Pero, al reabrirse el Seminario en la época que nos ocupa, se recurrió de nuevo a aquella estrategia, cuyos efectos trascendieron y fueron de suma importancia para el futuro del Seminario de Zamora. Por ello, me parece justo e interesante hablar un poco de algunos de esos establecimientos, ya que me parece que aún no se ha hecho justicia a su labor y lo que significaron para el Seminario y que todavía pueden inspirar nuevos planteamientos para el reclutamiento de vocaciones.

La Escuelita de Zamora

Veíamos cómo el Seminario de Zamora, habiendo iniciado su funcionamiento en el templo de Los Dolores, tuvo que ser trasladado a la Casa de Aguinaga, junto a la cual también comenzó a funcionar una pequeña Escuelita para preparar en ella a futuros candidatos al Seminario. Tal Escuelita, camuflada, se puso bajo la dirección de los Padres Nabor García y Luis Aguilar y, aun cuando la mayoría de los maestros eran seglares, además de los Sacerdotes mencionados, algunos seminaristas de los que habían regresado y habían recibido algunas Órdenes Menores, colaboraban en ella, dando algunas clases. Pero el Padre Antonio Guízar Valencia, ya nombrado Rector del Seminario, le escribía al Señor Núñez a México, el 11 de marzo de 1920, algunos asuntos relacionados con aquella Escuela: “Los Padres Alejandro Amezcua y Alejandro Leñero no dieron los resultados esperados en la Escuela anexa al Seminario… La Escuela está bien atendida… mas los Minoristas que dan clases se perjudican notablemente por no poder recibir sus clases ordinarias en el Seminario. Aún dudo que si a tiempo no se ponen los profesores respectivos, tuvieran que repetir su año que al curso presente corresponde”.

Los frutos de aquella Escuela no se dieron a esperar, pues fueron muchos los chicos que pasaron al Seminario. En las listas de asistencia y aplicación, firmadas por el maestro Emilio Rosales (oficialmente Director de la Escuela), podemos leer los nombres de los chicos que ahí estudiaban: “Francisco Mares, Alberto Pulido, Adolfo Vargas, Bernabé Garibay, Julio Pardo, Luis Álvarez, etc.” y esto, unido al respetable número de solicitudes de ingreso que de los Seminarios Auxiliares llegaban, hizo necesario un nuevo cambio de residencia del Seminario y, quedando en la Casa de Aguinaga los alumnos de primero de latín y los de la Escuela, los demás pasaron a ocupar la casa ubicada en contraesquina del templo de San Francisco, por la misma calle Hidalgo (donde actualmente está una paletería).

El Colegio de Cojumatlán

Se pudiera reconstruir y hablar de los demás Seminarios Auxiliares, ya que se cuentan con muchos de los informes que, año con año, se mandaban al Seminario de Zamora. Pero en la imposibilidad de hacerlo, sólo me permito hablar un poco acerca del Auxiliar establecido en Cojumatlán, ya que, con ello, nos damos la oportunidad de conocer un poco de ellos y, sobre todo, de hacerles un poco de justicia, ya que todos hablamos sólo del Seminario establecido en Zamora y no de aquellos que fueron parte esencial e importante de él. Los datos siguientes están tomados del Informe que el Señor Cura Heliodoro Moreno, Párroco de Cojumatlán, envió al Padre José Plancarte (siendo ya Rector del Seminario), el 21 de octubre de 1921.

En primer lugar, el Señor Cura Heliodoro hace una breve síntesis de la fundación del Seminario Auxiliar de Cojumatlán: a fines de diciembre de 1917, regresando de estudiar en Roma, el Padre Luis Núñez Valladares (originario de Cojumatlán), llegó a saludar al Señor Obispo Núñez en México y externándole éste su preocupación ante las dificultades para reabrir el Seminario en Zamora, el Padre Luis le sugiere que lo haga en Cojumatlán, por la paz, la tranquilidad y la libertad religiosa que existen en aquella Parroquia. En una reunión, en Zamora, en febrero de 1918, el Señor Canónigo Contreras, a quien había encomendado el Señor Núñez estudiar aquella posibilidad, se decidió por establecer un Colegio Auxiliar en aquella población, pero no el Seminario, pues se seguiría intentando hacerlo en la ciudad de Zamora. El 12 de marzo de 1918 se abrió aquel Auxiliar (el Seminario en Zamora se abriría el 2 de septiembre siguiente), quedando como encargado el Padre Luis Núñez, ayudado por el Padre Alejandro Moreno y por el maestro J. M. Cortés y estableciendo las asignaturas que fueran preparando a los alumnos a los estudios del Seminario: Lengua Castellana, Geografía, Nociones de Religión e Historia Sagrada, Nociones de Literatura y Canto. Luego, al ingreso de nuevos alumnos y a la formación de los cursos, se añadieron otras materias. El primer año fueron 21 alumnos y los resultados de sus exámenes fueron los siguientes: “1 aprobado con muchos elogios; 6 dignos de elogio; 8 aprobados satisfactoriamente; 7 aprobados y 4 aprobados con dificultad”. El segundo año, ingresaron 18 nuevos alumnos.

Algunos otros datos interesantes: en los 4 años del Informe, “se separaron 7 alumnos voluntariamente, 3 expulsados por indisciplina y 3 por incapacidad intelectual”. Parte de las vacaciones se hacían en comunidad y “había 2 horas de estudio y 2 para dibujo, carpintería o fotografía, según el alumno decidiera. Se arregló un altar del templo para uso exclusivo de los actos de piedad del Colegio. Se ocuparon 5 casas distintas (según se iba necesitando)… y los fieles contribuyeron para construir una casa apropiada: 2 salones, 1 recibidor, corredor y patio amplio, etc. Se ocupó el edificio el 16 de septiembre de 1921 y se bendijo el día 23 (celebran 3 Sacerdotes, asisten todos los muchachos y más de mil feligreses de la Parroquia y familiares de los alumnos).

Es innegable la suma importancia que aquellas Escuelitas o Seminarios Auxiliares tuvieron para el Seminario de Zamora y ojalá, algún día, se pudiera reconstruir la historia de todos ellos, ya que es la historia misma del Seminario.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 38.-La casa en Hidalgo y Ocampo
Sabado, 03.07.2010, 06:41pm (GMT-5)
Me parece interesante el detenernos un poco en el análisis del proceso de reapertura del Seminario de Zamora después de la Revolución, porque, si estamos tratando de hacer un esbozo de la historia de esta institución, mientras más datos conozcamos acerca de dicha apertura y de las circunstancias en que se realizó, mejor conoceremos el Seminario y, sobre todo, podremos darnos cuenta de los esfuerzos y las penurias por los que se tuvieron que pasar para conseguir tal reapertura y nos servirá para comprender el sufrimiento y la angustia de quienes la hicieron posible, al sobrevenir la persecución religiosa y ver que tanto esfuerzo y trabajo se venían abajo. A la distancia en el tiempo, nos parece fácil y sencillo el hecho de que el Seminario de Zamora se haya reabierto, pero si conocemos las circunstancias que lo rodearon, la magnitud de los problemas que se suscitaron, podremos valorar mejor la entereza, la entrega y el coraje de quienes realizaron tal apertura.

En pleno crecimiento

Decíamos que el Seminario, establecido en la Casa de Aguinaga, pronto se vio obligado a ocupar otra casa, debido no sólo al aumento de solicitudes para entrar a él, por causa de las Escuelitas o Seminarios Auxiliares, establecidos en varias Parroquias de la Diócesis, sino también porque muchos de los antiguos alumnos, dispersos por el cierre del Seminario decretado por Amaro en 1914, decidieron regresar para reanudar sus estudios eclesiásticos. Efectivamente, en el curso 1919-1920 regresaron, entre otros varios, los siguientes alumnos: el Diácono Manuel Magaña (de Purépero y ordenado como tal en Castroville y ordenado pronto Presbítero, en 1920); los Minoristas Juan Carranza (de Cotija y que pasó luego a la Diócesis de Veracruz), Eliseo Ramírez (de Santiago Tangamandapio y ordenado en 1922), y Santiago Valencia (que pasó luego a la Arquidiócesis de Monterrey) y Alfonso Gutiérrez (que no se ordenó), Luis Aceves (de Peribán que pasó luego a Monterrey); los filósofos Ignacio Orozco (de Santa Inés, ordenado en 1924, Párroco excelente y conocido de muchos), Trinidad Abarca (de Tanhuato, ordenado en 1925 y Vicario en varias Parroquias), Antonio Guízar Carranza (de Cotija, ordenado en Roma en 1926, maestro del Seminario y Canónigo, posteriormente); los latinistas, Luis Méndez Codina (de Chavinda, ordenado en Roma en 1928 y maestro del Seminario), Arturo Vargas Cacho (de Tingüindín, no se ordenó y era hermano del futuro Rector del Seminario, Ramiro), Daniel Zalapa, Daniel Estrada, Jesús Rivera y Jesús Valencia (que no se ordenaron) y Ezequiel Montaño (de San Rafael de Pamatácuaro, salió del Seminario para tomar parte activa en la guerra cristera, regresando a él y ordenándose en 1938).

Y, como era natural, si el número de alumnos crecía, debió crecer también el número de formadores, por lo que, a los ya enumerados antes, se añadieron el Padre Federico Salas (de Jiquilpan, ordenado en 1912 y que, siendo Párroco de Patamban, fue nombrado Secretario del Seminario); el Padre Gabriel González (de Cotija y ordenado en 1904, nombrado Ecónomo del Seminario) y el Padre Florencio Mora (de Zamora, ordenado en 1913 y, habiendo estudiado música en Querétaro, fue nombrado maestro de aquella materia en el Seminario).

En contraesquina del templo de San Francisco

Desgraciada y dolorosamente, nuestra intolerancia endémica de bandos ha enredado y falseado nuestra historia, de tal suerte que no contamos ni siquiera con héroes o prohombres, reconocidos con justeza y objetividad. Por otro lado, nuestra ignorancia, nuestra incultura o nuestra falta de jerarquización de valores nos han llevado a acabar, paulatina y constantemente, con los testigos (documentos, monumentos y edificios) de esa misma historia y, para ello, o los destruimos, o desconocemos u olvidamos su valor y su testimonio y, con ello, seguimos destruyendo nuestra historia. Y esto lo podemos aplicar de una manera especial a Zamora. Me atrevo a decir esto con ocasión de hablar de la casa que ocupó el Seminario de Zamora, después de la de Aguinaga, en Hidalgo y Ocampo, precisamente en contraesquina con el templo de San Francisco. En ella pernoctó el Padre Hidalgo, en 1810, en su paso hacia Guadalajara y en ella le dio el título de ciudad (en el frente oriente de la misma hay una placa alusiva a tal suceso); en ella, durante muchos años, vivió el licenciado Rodríguez Zetina y estableció su Notaría, siendo este personaje parte importante de la historia de Zamora y relevante recopilador de la misma; en ella se estableció el Seminario de Zamora, durante breves años, representando esta institución en la ciudad algo muy importante y trascendente en distintos aspectos.

En dicha casa, el Seminario pudo funcionar de mejor manera, pues contó ya con mejores espacios para su buen funcionamiento: desde luego una capilla, más o menos amplia para el desarrollo de los actos de piedad de los seminaristas (fue entonces cuando se comenzó a venerar la imagen de la Inmaculada, traída de León, Guanajuato, y que aún se conserva en el actual Seminario de Jacona), un comedor con sus mesas apropiadas, salones de clase, varios dormitorios comunes, un patio amplio y corredores para los juegos. Más higiene, más ventilación, más luz. Más aún y puesto que la convivencia continua de los principales formadores con los alumnos era de suma importancia, pudieron tener sus cuartos en dicha casa el Padre Rector (Antonio Guízar Valencia), el Padre Vicerector (José Plancarte Igartúa) y el Padre Espiritual (José Ma. González Valencia). No obstante todo esto, se tuvo que rentar otra pequeña casa, por la calle de Madero y junto a donde estaría luego el Monumento a La Madre, para la impartición de algunas clases, ya que la de Hidalgo y Ocampo no era suficiente.

Tristezas y alegrías

Tanto de las Memorias del Señor Vargas Cacho, como de documentos del Archivo Diocesano y del Seminario, nos podemos dar cuenta exacta de la vida del Seminario de aquellos años, de los principales eventos, de los personajes que en él actuaban, de las cosas gratas o ingratas que ocurrían entre los seminaristas, etc. Una gran pena que tuvo al Seminario en zozobra e intranquilidad durante un mes y a causa del gran aprecio en que se le tenía, fue la enfermedad del Padre José Plancarte y que el Señor Vargas nos describe brevemente así: “Tifoidea de aquellos tiempos sin los medios de hoy: un mes de cama, fiebre altísima, perforación del intestino, lucha entre la vida y la muerte. Salvado por Dios y por medio del Sr. Alfonso Hernández. Debió recuperarse. Imposible volver ese año al Seminario. En esos días llegó de Roma el P. Luis Núñez Valladares y fue nombrado Vice-Rector en vez del P. Plancarte”. Otro episodio doloroso fue la muerte de uno de los seminaristas de 12 años de edad, nacido en Zamora, provocada accidental, pero imprudentemente, por otro alumno de 14 años quien, jugando con una navaja, se la enterró al primero, llegando la punta hasta el corazón.

Pero también el Seminario y los seminaristas fueron testigos de hechos importantes y relevantes para el mismo Seminario: a fines de 1920, el Padre Rector, Antonio Guízar fue nombrado Obispo de Chihuahua y, aunque fue consagrado en la Basílica de Guadalupe, a principios de 1921, un grupo de seminaristas de Zamora asistió a aquella ceremonia.

Gran alegría hubo también por la consagración episcopal del Padre Espiritual, Don José Ma. González Valencia, como Obispo Auxiliar de Durango, y de otro de los maestros del Seminario, el Padre Francisco González Arias, como Obispo de Campeche. Ambos fueron consagrados en la Catedral de Zamora por el Señor Obispo Núñez y el Seminario en pleno asistió a aquella ceremonia, todos orgullosos y motivados.

Jorge Moreno Méndez

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Jorge Moreno – Esbozo de historia de una Institución trascendental: 40.- ¿Cómo era la vida en la casona de Aquiles Serdán?
Sabado, 17.07.2010, 04:31pm (GMT-5)
Pareciera que el Seminario de Zamora, en 1922 (4 años después de haber sido reabierto), se iba organizando y consolidando. Esto lo podemos constatar por toda la serie de informes, memorias y documentos que sobre esa época se conservan en al Archivo Diocesano y en el mismo Seminario y, analizándolos aun brevemente, nos podemos dar una idea de cómo el Seminario estaba funcionando, cómo se iba adaptando a las diversas circunstancias y cómo era la vida de los seminaristas, ese año y los siguientes, en la casona de Áquiles Serdán.

El Horario de un día ordinario

Sabemos que mucho dependen la funcionalidad y el éxito de una institución educativa, tanto del Reglamento que la rige, como de los horarios y Planes de Estudio que se implanten en ella. En el Seminario de Aquiles Serdán, se procuraba que las 24 horas del día estuviesen bien aprovechadas para la formación de los seminaristas, como lo podemos ver en el siguiente resumen del Horario de un día normal: levantarse a las 5:30 a. m. y acostarse a las 9:30 p. m., por lo que se dormían 8 horas; los actos de Piedad (Meditación, Misa, Exámenes de conciencia, Rezo del Rosario, Lectura y Plática Espiritual y otras Oraciones) estaba repartidas en el transcurso de todo el día, empleándose para todos ellos dos horas y cuarto; para Paseos y Recreos, también repartidos en el día, se utilizaban 5 horas y media; para tomar los alimentos (desayuno, comida y cena), una hora y cuarto; para el Aseo personal y del edificio, una hora; para el Estudio y Clases, todo el resto del tiempo, es decir, 6 horas.

El tiempo dedicado al Recreo se utilizaba para jugar, ya sea voleibol, espiro, básquet o para juegos de mesa (dominó, ajedrez, etc.); los Paseos, de una hora, los hacían a La Luneta, a la Casita Blanca o con rumbo a Chaparaco, por el Río. Los jueves y domingos, en que había Paseo o Recreo largos se iban a las canchas deportivas a jugar futbol o beisbol. En algunas ocasiones, se hacían paseos más largos y de varios días a la Sierra o a alguna Parroquia, donde el Párroco los invitaba y los atendía “a cuerpo de rey”. El Señor Vargas Cacho, en sus citadas Memorias, hace mención a uno de esos paseos: “Estaba yo en vacaciones en Tingüindín y fui a la estación a saludar al P. Rector (Padre Plancarte) y a algunos seminaristas que iban a un paseo. Mi papá estaba en la estación, le pidieron permiso de llevarme y cuando partió el tren no me dejaron bajar. Lo malo era que yo no llevaba ni un centavo. El P. Rector hizo mis gastos. Fuimos a Los Reyes, a Los Chorros del Varal, a Peribán, al Tancítaro. Entre los seminaristas iba Gabriel Méndez Plancarte, sobrino del P. Rector y que ese año se iba a Roma. En Los Reyes encontramos al P. Nabor García, en Peribán el Párroco era el P. José Morfín”.

El Plan de Estudios

El 13 de octubre de 1922, el Obispo recién llegado a la Diócesis, Don Manuel Fulcheri Pietrasanta, aprobaba y firmaba un Plan de Estudios y mandaba “que se siga en nuestro Seminario a partir del próximo año escolar”. Por las circunstancias que privaban, se pudo elaborar dicho Plan, contando ya, no sólo con local y número de alumnos suficientes, sino con un número mayor de maestros y más dedicados al Seminario. Mencionábamos anteriormente el regreso a Zamora del Padre Agustín Magaña Méndez, quien había estado varios años en el extranjero (principalmente en los Estados Unidos), en donde había prestado sus servicios de maestro en varios Colegios y Universidades de los Padres Jesuitas. Al irse a Oaxaca el Señor Núñez (con el que no siempre sostuvo muy buenas relaciones), el Padre Agustín Magaña fue integrado al cuerpo docente del Seminario, aprovechando su experiencia, amplia y abierta, y su gran capacidad intelectual y su facilidad para la enseñanza. Él, juntamente con el Padre José Plancarte (que también contaba con la experiencia pedagógica de los Jesuitas del Colegio Pío Latino, en Roma) se dieron a la tarea de elaborar un Plan de Estudios, moderno y adecuado, para el Seminario. Al ver dicho Plan, podemos ver claramente la mano del Padre Agustín Magaña, profundo humanista y gran convencido de la necesidad, conveniencia y aun urgencia de la formación humana del Sacerdote. Una breve mirada (a quien no le interese, no la dé) a dicho Plan nos convencerá de ello:

El Plan de Estudios consideraba 4 distintos Cursos: el previo (propio de la Escuelita anexa al Seminario y de los Colegios Auxiliares en varias Parroquias), el Preparatorio, el Filosófico y el Teológico y, según su criterio, fueron eligiendo las materias que integrarían tales Cursos y las horas-semana que ocuparían cada una de ellas. En el Año Previo se llevarían las siguientes materias, con las correspondientes horas: Religión (2 horas), Español (3 horas), Lectura (5 horas), Escritura (5 horas), Aritmética (3 horas) y Geografía (2 horas). En el Curso Preparatorio, se llevarían las siguientes materias, repartidas en 4 años: Religión (4 años, con 2 horas semanales), Español (3 años con 5 horas). Latín (3 años con 6 horas), Aritmética (2 años con 3 horas) Inglés (2 años con 3 horas). Historia (2 años con 2 horas). Geografía (3 años con 1 hora), Rúbricas o Ceremonias Litúrgicas (4 años con ½ hora), Solfeo (4 años con ½ hora), Urbanidad (4 años con ½ hora), Francés (2 años con 3 horas), Algebra (1 año con 1 hora), Geometría y Trigonometría (1 año con 5 horas). Curso Filosófico, en tres años: Religión (3 años con 1 hora), Lógica y Ontología (1 años con 8 horas), Español (3 años con 2 horas), Latín (3 años con 2 horas), Griego (3 años con 2 horas), Ciencias Naturales (2 años con 4 horas), Historia (3 años con 2 horas), Canto Litúrgico (3 años con ½ hora), Rúbricas (3 años con 1/2 hora), Urbanidad (3 años con 1/2 hora), Ciencias Sociales y Políticas (1 año con 2 horas), Cosmología y Psicología (1 año con 8 horas), Teodicea y Ética (1 año con 8 horas). Curso Teológico, en cuatro años: Apologética (1 año con 6 horas), Pastoral (4 años con 1 hora), Ascética y Mística (2 años con 1 hora), Sagrada Escritura (4 años con 3 horas), Derecho Canónico (2 años con 4 horas), Historia Eclesiástica (4 años con 2 horas), Arte Sagrado (1 año con1 hora), Canto Litúrgico (4 años con ½ hora), Rúbricas (4 años con ½ hora), Urbanidad (4 años con ½ hora), Dogma (3 años con 6 horas), Elocuencia Sagrada (1 año con 1 hora) y Liturgia (1 año con 1 hora).

El Personal del Seminario

Para desarrollar el anterior Plan de Estudios, sin duda, era indispensable que el número de maestros del Seminario fuese suficiente en número y en calidad. El Señor Fulcheri, al aprobar dicho Plan, era consciente de ello, por lo que hizo todo lo posible para solucionar aquella necesidad y dictó los nombramientos necesarios. Aunque todos los nombrados tenían otras actividades, sin embargo, la mayor parte de su tiempo estuvo dedicado al Seminario y a las funciones que en él desarrollaron. El equipo formador de entonces fue el siguiente: P. José Plancarte, Rector y profesor; Canónigo Salvador Martínez Silva, Padre Espiritual y profesor; P. Federico González, Vicerrector y profesor; P. Federico Salas, Secretario y profesor. Además de ellos, fungieron como profesores de distintas materias, los siguientes: los Canónigos Francisco Luna y Jesús Moreno, los Sacerdotes Luis Núñez, Agustín Magaña, Francisco Garnica, Jesús Ceja, Nicolás Gómez, Octaviano Villanueva y Conrado García y Don Heliodoro Oseguera, seglar, como maestro de música.

Horarios, Estudios y Maestros iban formando y conformando aquel reabierto seminario de Zamora.

Jorge Moreno M.
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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 41.- Séptimo Rector José Plancarte Igartúa (1)
Sabado, 24.07.2010, 08:25pm (GMT-5)

Antes de hablar del Seminario del Zamora durante la persecución religiosa, de su participación en ella y las consecuencias que ésta trajo a dicha institución, creo conveniente y justo el enmarcar y remarcar un poco más la figura del Padre José Plancarte Igartúa, alma y corazón del Seminario durante muchos años, sobre todo durante estas dos épocas tan conflictivas y complejas de nuestra historia: la Revolución y la lucha cristera. Más aún, me permito extenderme un poco más en este séptimo Rector del Seminario porque creo que es el Rector sobre el que más se tienen documentos relacionados con su persona y con su obra, debido, tanto al cuidado que él tuvo de documentar el proceso del Seminario durante su gestión, como por lo abundante de su correspondencia con el mismo.

Ilustre familia

Ordinariamente, mucho influye en todo individuo la familia en la que le toca nacer y vivir y, si consideramos este factor en el Padre José Plancarte, además de confirmar lo dicho, nos vemos obligados a reconocer que, en su caso, hay mucho que admirar y subrayar. Sin remontarnos a sus ancestros de los Países Bajos o a los primeros Plancarte que habitaron en la Nueva España, incluyendo al Venerable Beneficiado de Capacuaro, Don Pedro Plancarte, o a Fray José Plancarte, misionero, maestro y poeta del siglo XVIII, o a Don Francisco Plancarte, hombre sabio y Arzobispo de Monterrey, sino partiendo simplemente de sus abuelos paternos, tenemos ya varios elementos que hay que destacar: su abuelita, Doña Gertrudis Labastida Dávalos, casada con Don Francisco Plancarte Arceo, era hermana de Don Pelagio Antonio, Arzobispo de México y Regente del Imperio de Maximiliano; su papá, Don Luis Plancarte, era hermano de Don José Antonio Plancarte Labastida, insigne educador y fundador de las Religiosas Guadalupanas. La familia del Padre José fue muy numerosa (como lo fue la de sus abuelos Francisco y Gertrudis, que engendraron a José Ma., Gabriel, Rafael, Miguel, Jesús, Agustín, José Concepción, Ma. Ignacia, Ma. Josefa, José Antonio y Luis), ya que sus padres, Don Luis y Doña Josefa, engendraron a Antonio (casado con Ma. Dolores Méndez), Ma. Dolores (casada con Carlos Quiroz), Carlos (casado con Ma. Concepción Haro), Salvador (casado con Elena Matos), Luis (casado con Pomposa Verduzco), Rafael y José (Sacerdotes), Rosa (soltera) y María (casada con Perfecto Méndez Padilla y con el que engendraría a los Padres Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte). Sin duda una familia Plancarte numerosa y de valía.

José Plancarte Igartúa nació en Zamora el 19 de enero de 1890, un año antes de la muerte de su tío abuelo, Don Pelagio Antonio Labastida y fue bautizado en la recién estrenada Parroquia de La Purísima. Los primeros años de la vida de José transcurrieron normales y tranquilos, bajo los atentos cuidados de sus padres y en convivencia con sus numerosos hermanos. Familiares y maestros de la escuela coincidían en señalar que aquel niño era “de buen carácter, listo, franco y servicial”.

El seminarista

Sin duda alguna que, además del interés familiar porque José abrazara la carrera sacerdotal y partiendo de la inclinación mostrada por éste, ante el ejemplo de varios miembros de la misma familia, lograron que fuese enviado a Roma, al Colegio Pío Latino, costeando los gastos la Testamentaria del tío José Ma. Plancarte e ingresando a aquella institución el 1 de febrero de 1901, apenas a los 11 años, causó verdadera admiración a superiores y alumnos su corta edad y les cayó cierta gracia el ver a aquel pequeño portando con seriedad y madurez su sotana negra, su banda azul y su bonete negro. Las virtudes de aquel chico, su clara inteligencia y su buen comportamiento despertaron pronto entre alumnos, superiores y maestros del Pío Latino y de la Universidad Gregoriana aprecio y respeto hacia su persona.

La estancia de José Plancarte en Roma duró hasta el 4 de agosto de 1911 y, durante ella consiguió realizar sus estudios de Humanidades con excelente calificaciones y resultados y logró los doctorados en Filosofía y Teología, habiendo tenido como maestros a eruditos y famosos filósofos y teólogos de la época, como a Remer, Shaff de María, Bucceroni y el futuro Cardenal Billot. Pero el joven José Plancarte no se contentó con sólo aquellos logros, sino que, aprovechando su inclinación y sus aptitudes para el canto litúrgico, lo estudió y practicó bajo la dirección del famoso compositor y músico Lorenzo Perosi, perteneciente al grupo de compositores italianos entre los se contaban a Puccini, Mascagni, Leoncavallo, etc. Perosi nunca compuso una ópera, sino que su especialidad fue la música sacra (misas, oratorios, motetes, etc.), llegando a más de tres mil las obras compuesta por él.

Cuando se sintió seguro de su vocación al Sacerdocio y estuvo consciente de las responsabilidades y compromisos que éste encierra, José Plancarte solicitó ser admitido a las Órdenes Menores y Mayores, se pidieron a Zamora los documentos y dimisorias necesarios para recibirlas y, una vez llegados a Roma, recibió la Tonsura y las cuatro Órdenes Menores, el 28 de octubre de 1908 en la capilla del Colegio Pío Latino y de manos del Obispo Arcoverde; el 15 de abril de 1911 y en la Basílica de San Juan de Letrán, Catedral del Papa, recibió el Subdiaconado de manos de Monseñor Respighi. Habiendo terminado sus estudios, pero no teniendo la edad suficiente para ser ordenado Diácono y Presbítero, José Plancarte dejó Roma y el Pío Latino (como ya apuntábamos) el 4 de agosto de 1911 para regresar a Zamora y esperar ahí cumplir con la edad requerida para ser ordenado.

El Sacerdote

Al llegar a Zamora y cuando comenzaban los tiempos difíciles de la Revolución, José comenzó a dar clases en el Seminario, establecido en Juárez y Morelos. Cumplidos la edad, fue ordenado Diácono el 6 de abril de 1912 en el templo de San Francisco y de manos del Señor Obispo Don José Othón Núñez, sucesor del Señor Cázares y, teniendo que esperar por lo menos hasta que cumpliera los 23 años de edad, fue ordenado Sacerdote el 18 de enero de 1913 (la víspera de la inauguración de la Gran Dieta de Zamora, teniendo ya en su haber la fundación del primer sindicato obrero en Zamora, realizada el año de 1912). Tal ordenación de Presbítero la recibió en el mismo templo de San Francisco de manos del Señor Francisco Orozco Jiménez, Arzobispo ya entonces de Guadalajara. Como buen devoto de Nuestra Señora de la Esperanza, decidió cantar su Primera Misa en su Santuario de Jacona el día 14 de febrero siguiente. Pronto su ministerio Sacerdotal y sus proyectos de apostolado se vieron truncados con la llegada del General Joaquín Amaro a Zamora y fue testigo doloroso de desmanes de este personaje contra la iglesia zamorana, entre ellos el del cierre del Seminario y el destierro del Obispo y gran parte de los Sacerdotes. Él mismo tuvo que abandonar Zamora y establecerse en Guadalajara, donde la situación de los Sacerdotes era menos peligrosa y, en aquella ciudad, su celo sacerdotal y su capacidad para trabajar con gente joven lo encaminaron a trabajar con los grupos de la Acción Católica de Jóvenes Mexicanos. Poco tiempo después, en 1917, fue llamado a la ciudad de México para dar clases en la Universidad Pontificia. Es aquí donde lo encontramos cuando comenzamos a hablar de las intenciones del Señor Obispo Núñez de reabrir el Seminario de Zamora y de la invitación que le hace al Padre José Plancarte para buscar dicha reapertura. Ya hemos visto toda la labor realizada por el Padre Plancarte en este sentido y nos referiremos un poco, en el siguiente artículo, a su vida posterior a su cargo de Rector del Seminario de Zamora.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: Séptimo Rector José Plancarte Igartúa (2)
Sabado, 31.07.2010, 02:40pm (GMT-5)

El Tutor

Sin entrar en detalle a hablar de la faceta del Padre José Plancarte como Rector del Seminario de Zamora (puesto que al hablar de éste, estamos analizando la gestión del Padre como tal), si quisiera referirme a un aspecto de la vida del Padre Plancarte, aspecto poco analizado y poco mencionado, pero que, sin embargo, tuvo trascendencia, no sólo en los Seminarios de Zamora y de México, sino en la mismas ciudad de Zamora, en la República y en el mismo ámbito internacional. Me refiero a su tutoría sobre los hermanos Méndez Plancarte, Gabriel y Alfonso, y me atrevería a decir que, si el Padre Plancarte no hubiese hecho otra cosa de importancia más que el formarlos y encauzarlos como lo hizo, de todas maneras merecería nuestra admiración y nuestro agradecimiento, como cristianos y como ciudadanos. Y es que, para un hombre, engendrar, dar la vida a un hijo es, ciertamente, algo maravilloso, pero, en cierta manera, también fácil y aun placentero; pero el educarlo, el formarlo, el ayudarlo y encaminarlo a que sea un individuo de provecho para la sociedad, eso sí que es difícil y complicado, por lo que se dice que es más padre que educa y forma que el que da el ser. Y es, precisamente, a esta paternidad del Padre José Plancarte con relación a sus sobrinos Gabriel y Alfonso a la que me refiero y de la cual quiero hablar un poco.

El P. José en Roma, con los sobrinos Gabriel y Alfonso y con el hermano mayoy. P Rafael (Sentado)

Recordemos que Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte fueron hijos de Don Perfecto Méndez Padilla y de Doña María Plancarte Igartúa, hermana, precisamente, del Padre José y que, al morir ésta, poco después del nacimiento de Alfonso y ante los naturales y lógicos problemas que surgieron al volver a casarse Don Perfecto. Tal acontecimiento tuvo repercusiones, sobre todo, en el ánimo y comportamiento de Gabriel y de Alfonso y el Padre José se hizo cargo, en gran parte, de la educación de ambos niños, pero no, ciertamente, por falta de responsabilidad o capacidad de su padre natural para lograrlo, sino por el crecido número de hijos nacidos en sus dos matrimonios y por las incontables e importantes ocupaciones que tenía, debido a sus cargos y oficio, aunque su figura dinámica, laboriosa y de servicio siempre influyó enorme y positivamente en aquellos dos hijos.

A su regreso de Roma, en 1911, se encontró con su hermana muerta, su cuñado vuelto a casar y a dos niños, de excelentes cualidades, pero con una tremenda nostalgia y necesidad de la madre muerta: Gabriel de 6 años y Alfonso de 2 años. Por sus relaciones, el Padre José ayudó a acomodar a aquellos niños en varios colegios, cuando estuvieron en edad escolar y, más tarde, reconociendo en ambos su inclinación, disposición e idoneidad para el Sacerdocio, facilitó la entrada de ambos al Seminario: Gabriel, al Conciliar de México y luego al Pío Latino en Roma; Alfonso, también al Seminario de México y, luego, estando ya al frente del Seminario de Zamora, a éste para enviarlo, posteriormente, también al Pío Latino. Sus consejos, sus constantes cuidados e interés por seguir, paso a paso, la formación de ambos sobrinos y aun su contribución económica para ella, fueron factores determinantes en el resultado final: dos egregios Sacerdotes, humanistas, literatos, etc. El influjo y la colaboración del otro tío Sacerdote, Rafael, en Gabriel y Alfonso fue menor, debido a que, poco después de ordenado y haber prestado poco tiempo sus servicios en Zamora, fue llamado por su tío el Arzobispo Francisco Plancarte a prestarlos en Monterrey.

Un fatal accidente

Como lo seguiremos viendo, el Padre José Plancarte ocupó el puesto de Rector del Seminario de Zamora de 1920 a 1926, en Zamora, y de 1927 a 1929 (por la persecución religiosa), en Mixcoac, para regresar a Zamora en 1929. Pero nuevamente y debido a un desafortunado accidente, tuvo que residir en la ciudad de México, desde 1931. Así nos narra el Señor Vargas Cacho dicho accidente en sus Memorias: “Venía un día de Jacona a Zamora y en la carretera se le atravesó un viejito sordo que no oyó el ruido ni vio antes de pasar. El Padre, aunque frenó luego, ya no pudo no golpearlo; el mismo Padre lo recogió y lo llevó al Hospital (parece que también avisó en la presidencia). Se atendió al viejito, pero no pudo salvársele, murió. Dado el temperamento del Padre, sin duda estaba dispuesto a todo; era valiente, franco, leal… pero sus amigos le aconsejaron que se escondiera. Estaba recién fundada en Zamora la masonería y se temía que quisieran hacer méritos con este accidente de un ‘cura’ y ¡qué cura! Haya sido fundada esta amenaza o no (a veces se les echa a los masones la culpa de cosas que no hacen)” estuvo escondido varios días, pasando luego a la ciudad de México, para radicar en ella provisionalmente y, aunque desde allá siguió dirigiendo el Seminario, sin embargo las circunstancias lo obligaron a seguir otro camino.

La Compañía de Jesús y un final doloroso

Ya estando en la ciudad de México y mientras regresaba a Zamora, como lo deseaba, el Padre José Plancarte Igartúa estuvo dando clases en el Seminario Conciliar y trabajando en la Acción Católica y en la Comisión Central de Instrucción Religiosa. Pero el destino o la Providencia pensaban otra cosa: preparando su regreso al Seminario de Zamora, se enfermó gravemente (un ántrax, agravado por su diabetes) y, después de cinco operaciones y ya recuperado, decidió ingresar a la Compañía de Jesús, pasando al Noviciado del Paso, Texas, el 7 de febrero de 1933 y, pasados dos años, el 8 de febrero de 1935, profesó en aquella Institución, quedando como maestro ahí mismo y escribiendo algunas obras de Teodicea y Ética.

Siempre inquieto y activo, el Padre Plancarte (ya, ahora S. J.), en 1937 y en vista de las dificultades para la formación de los Sacerdotes en los Seminarios, sobre todo en las Diócesis más pobres, gestionó con los Obispos mexicanos la fundación de un Seminario en Montezuma, Nuevo México. Una vez hecha aquella fundación, los años de 1938 y 1939 fue maestro de Teología Dogmática y Prefecto de Disciplina de los teólogos en dicho Seminario. Pero sus antiguas dolencias volvieron y, el 5 de noviembre de 1939 tuvo que regresar a México en busca de salud, sin dejar de trabajar en su ministerio sacerdotal, aunque, finalmente, tuvo que ser recluido en un Departamento y atendido por unas Religiosas. Poco antes de morir y deseándolo vivamente, pudo venir a Zamora a despedirse de su Seminario, de su familia y de sus compañeros Sacerdotes, así como asistir a varios eventos religiosos y Congresos, celebrados en la Diócesis. Ya ciego totalmente y postrado definitivamente en cama, sufrió enormemente, pero siempre con ejemplar valor y edificante paciencia, hasta que el día 3 de marzo de 1941, a las cuatro y media de la tarde, murió, cumpliendo 58 años de edad, 28 de Sacerdote y 8 de pertenecer a la Compañía de Jesús.

Por eso, con justa razón, su sobrino el Padre Alfonso Méndez Plancarte escribió a la muerte del Padre José Plancarte, entre otras cosas, lo siguiente: “Maestro en el sentido lleno y alto de la palabra. Padre de fecundidad sagrada y perenne. Sacerdote según el corazón de Dios, todo esto fue el varón excelente, cuya porción mortal acaba de tragarse la tierra y al que lloramos arrancado a nuestros ojos de carne, aunque no muerto, pues que para el cristiano de verdad –y él lo fue de verdad estricta—‘múdase la vida, no acaba…’ Él es de los que dejan nombre laudable; de los que ennoblecieron la tierra, de los que enriquecieron la vida… Por eso hay que decir, sobre su tumba aun fresca, una breve laude, aunque sea con la boca todavía helada y húmeda y temblorosa del supremo adiós a su frente”.

El Padre José Plancarte Igartúa merece una más amplia y profunda biografía (algún día habrá quien la escriba…), sobre todo teniendo en cuenta la abundancia de material y documentos que hay para elaborarla.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 43.- Dos informes reveladores
Viernes, 06.08.2010, 07:32pm (GMT-5)

Si toda institución rindiera informes periódicos, reales y comprobables, qué rica y completa sería su historia, por los nombres, los datos, las estadísticas y todo lo que en ellos se manifiesta. Para corroborar tal aserto, me permito compartir con los lectores de esta página el resumen de tres informes del Seminario de Zamora de la época que nos ocupa: uno del Padre Plancarte, Rector del mismo, al Señor Obispo, y otros dos, pedidos y redactados por el mismo Gobierno. Creo que el conocerlos nos ayudará a tener una mejor visión de la historia del Seminario.

Un Informe esperanzador

Como decíamos, cada año el Rector del Seminario presentaba al Obispo, delante de todo el cuerpo formador, un informe del estado y de lo conseguido durante el curso escolar. En el del año de 1925, había muestras alentadoras del crecimiento y consolidación del Seminario, comenzando con los datos de las solicitudes que para ingresar a él se presentaban, de manera que el Padre Plancarte podía asegurarle al Obispo que “Zamora aún puede llamarse con razón la Diócesis levítica de la República, ya que las vocaciones sacerdotales son ahora tan numerosas como antes de 1914…” Y después de presentar todo lo que se había hecho durante el año en relación a la Piedad, a la Disciplina y a los Estudios, daba algunos datos importantes que podemos resumir de la siguiente forma:

El Seminario, establecido ya en la casa de Aquiles Serdán, contaba con 71 alumnos internos (que hacían toda su vida dentro del edificio) y con 62, entre externos (sólo asistían a los actos de piedad y a las clases) y seminternos (comían fuera, pero todo lo demás en el Seminario). Con el tiempo, con la capacidad del edificio y con la implantación del Reglamento, se trataba de disminuir el número de externos, por las muchas dificultades que se tenían, en cuanto a disciplina y “disipación”.

En cuanto a la economía, se informaba lo siguiente: la pensión mensual por alumno interno era de $ 25.00; 30 de ellos pagaban sólo una parte de dicha pensión (algunos pocos lo hacían con $ 5.00, la mayoría, con $12.00 y tres o cuatro, con $ 20.00). El resto de la pensión de ellos la absorbía el Seminario. Contaban con beca completa (no pagaban nada) 32 alumnos, a los que se les otorgaba atendiendo a su conducta, a su aplicación y a la situación económica de su familia (para lo cual se consultaba a los Párrocos respectivos). Solamente 9 alumnos pagaban la pensión completa. Esto nos da una idea de la situación económica por la que tuvo que pasar el Seminario y los malabarismos que se tenían que hacer para sostenerlo.

Revisando las listas de los alumnos de esos años, nos encontramos con datos interesantes. Por ejemplo, en las de 1926, del 1º de latín, vemos a Victorino Ortiz que aparece con calificación de sobresaliente, a Fidencio Peña con la de muy bien, a Luis Castellanos con la de medio mal; en las listas del 2º de latín, aparece el recién ingresado Francisco Esquivel con calificación de sobresaliente y a Porfirio Medina con la de muy bien. Juntamente con el informe del Seminario de Zamora, se daban los informes de los Seminarios Auxiliares que existían en algunas Parroquias y todos ellos eran también positivos y esperanzadores para el futuro de la Diócesis.

Algo que debemos anotar de estos años es que, por la mentalidad y la experiencia del Padre Plancarte en su trabajo con los jóvenes, los seminaristas no estaban aislados de la sociedad, como a veces se cree y así lo podemos ver por el establecimiento de la ACJM dentro del mismo Seminario para que los mismos alumnos pudiesen afiliarse a ella y, con ello, se relacionaban con jóvenes zamoranos pertenecientes a la misma Asociación, como José Ma. Irazaba (papá del Padre Irazaba), Benjamín Peña (papá del Fray Ramiro de la Cruz), Carlos Villegas, José Ayala, etc.

Un informe transparente al Gobierno

El 28 de marzo de 1925, el Departamento de Estadística Nacional de los Estados Unidos Mexicanos pedía al Rector del Seminario respondiera a un Cuestionario para Instrucción que deberá ser llenado por los Directores o Encargados de las Escuelas Oficiales o Particulares, y cuya respuesta, resumida y sin hacerle casi ningún comentario, fue la siguiente:

En cuanto a la Escuela y sus alumnos: “1.- Ubicación de la Escuela: Entidad Federativa: Michoacán. Lugar: Zamora. Pueblo: Zamora. Calle: Aquiles Serdán Nro. de la casa: 104. 2.- Clases de Estudio o de Enseñanza: Seminario. 3.- Clase de Escuela: Para adultos y jóvenes. Diurna. Nacional. Internado, externado y semi-internado. 4.- Asistencia: Número de alumnos inscritos: 1er año 37; 2o, 31; 3º. 22; 4º, 21; 5º, 8; 6º, 11 y 9”. (Total: 136.) En el Nro. 6, se daban datos de Asistencia media, Examinados, Aprobados, Reprobados (Ejemplo: de 1º año 6 y de 6º, 1) y Titulados (ninguno, por no ser reconocidos los Estudios por el Gobierno).

En el renglón del personal docente y la economía del Seminario: 5.- Personal y Sueldos: Directores, uno con sueldo anual de $540.00; Profesores titulados, tres y no tienen especial sueldo; Profesores sin título, cinco con un sueldo de $300.00 anuales cada uno; Ayudantes titulados o sin título, ninguno; Especialistas, cuatro y no tiene sueldo especial; 6.- Gastos anuales: Renta de la casa $600.00; otros gastos $376.00. Autoridades o personas que sufragan los gastos: parte por los padres de los alumnos y parte por el Sr. Pbro. José Cabrera (era el Padre Ecónomo) y varias personas particulares. 7.- (en este renglón nada se informó). 8.- Servicio Médico Escolar: Dr. Dn. Alfonso Hernández Sánchez, Dr. Dn. Ignacio Barragán y Dr. Dn. José Ma. Silva.

En lo que se refería a la situación física del edificio: “Edificios o casa destinados a Instrucción Pública: 1º. Condiciones del edificio: Pisos: 1; Piezas: mts. cuadrados 669.51; Corredores mts. cuadrados 376.00; Patios mts. cuadrados 614.54; total mts. cuadrados 1660.05. Especificaciones: Clases de pavimento: ladrillo comprimido colocado sobre piso de piedra; Altura de las piezas: 4.90 mts.; Capacidad (nro. de alumnos que pueden contener las piezas): 155”. 2º. Material dominante: adobe y ladrillo-Techos de madera y teja. 3º. Valor del edificio o casa: Se ignora. 4º. Propiedad: Particular del Sr. Dn. Rafael Verduzco”.

Finalmente, se hacían unas “Observaciones: los alumnos semi-internos duermen fuera del establecimiento. El P. Rector es uno de los doce profesores que figuran en el no. 5, sin que, por este nuevo título, tenga sueldo distinto”.

Lugar y fecha: Zamora, marzo 28 de 1925. Firma por el P. Rector José Plancarte I. el P. Luis Núñez Valladares”

Una inspección al Seminario el 2 marzo 1926

“En la ciudad de Zamora de Michoacán de Ocampo, siendo las once horas y quince minutos del día dos de marzo de mil novecientos veintiséis, el subscrito, Regidor de la H. Corporación Municipal y Encargado de la Comisión de Instrucción del mismo Cuerpo Edilicio, se constituyó, en compañía del ciudadano Antonio Tinajero, en el Colegio denominado ‘EL SEMINARIO’, a efecto de pasar la inspección y, habiéndose procedido a ella, resultó que los Salones se encuentran en muy buenas condiciones materiales y debidamente higienizados. En virtud de ser Colegio Superior, no se procedió a examinar las materias que se imparten. La inscripción consta de 190 alumnos, divididos en 8 grupos, habiendo una asistencia diaria de 98%. Con lo que se da por terminada la presente Acta que se levantó por triplicado para constancia y firmando los que en ella intervinieron.

El Reg. Enc. De la Sección de Instrucción: M. Bustos. El Rector José Plancarte I. Testigo Antonio Tinajero”

Todo parecía que “iba sobre ruedas”…

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 44.- Negros nubarrones en el horizonte
Sabado, 14.08.2010, 07:29pm (GMT-5)

Un breve prenotando

Como podemos ver por los anteriores Informes, parecía que todo iba marchando bien. Ciertamente, en el ámbito nacional se habían dado algunos sucesos que hacían temer por el futuro de la Iglesia y de sus instituciones, pero el Seminario de Zamora se iba conformando, no existían molestias mayores por parte de las autoridades y, más bien, se podía hablar de buenas relaciones y de cierta tolerancia. Pero aquellos sucesos aislados iban preparando, poco a poco, un movimiento de lucha abierta contra la Iglesia Católica en México y comenzaron a oírse fuertes truenos y a vislumbrase negros nubarrones en su horizonte y, por lo mismo, en el horizonte del Seminario. Mucho se ha escrito sobre este período de la historia de nuestro país que se caracterizó por una fuerte confrontación entre el Gobierno y la Iglesia, confrontación que terminó en una lucha armada en la que se involucró buena parte de los fieles católicos. Existen diversas opiniones sobre estos sucesos, muy distintos criterios para juzgarlos y encontradas maneras para exponerlos. Pero, poco a poco y a base de documentos y de ausencia de pasiones y de resentimientos, existentes en los expositores y defensores de ambos bandos, se van aclarando los hechos y se van viendo y aceptando los aciertos y los errores de ambas instituciones durante ese doloroso período de nuestra Patria.

Una valiosa serie de Documentos

Sin pretender hacer un análisis o una exposición completa de tales hechos, me permito hacer algunas breves reflexiones sobre el particular, sobre todo por la trascendencia y la repercusión que tuvieron en el Seminario y por la participación pasiva (en su conjunto) y activa (de algunos pocos de sus miembros) que esta institución tuvo en estas circunstancias. Para esto me he servido, en gran parte, de la valiosa y copiosa serie de documentos existentes en el Archivo Diocesano que abarcan desde el año 1921 hasta 1932 y que la constituyen numerosas cartas, tanto de parte de los Obispos a Obregón y Calles, como de éstos a los Obispos, así como de una nutrida correspondencia entre los mismos Obispos refiriéndose a la situación conflictiva por la que atravesaba el país y, en relación a nuestra Diócesis y el Seminario, el Diario del Padre Francisco Esquivel (quien tomaría luego parte activa en la lucha armada con el nombre de Capitán Villalobos), así como un conjunto de cartas en las que, tanto el Señor Martínez Silva como otros Sacerdotes le daban cuenta al Señor Obispo Manuel Fulcheri de los diversos hechos acaecidos en las distintas Parroquias de la Diócesis y en el Seminario. En la imposibilidad de utilizar todo este material y no siendo mi intención el profundizar en el tema general de la llamada guerra cristera, sólo me permitiré transcribir o citar parte de ese tesoro histórico con el que felizmente contamos.

Noticias y rumores alarmantes

Aunque ordinariamente los seminaristas de esa época no estaban muy al tanto de todas las noticias de la ciudad, de la región o del país (no se les permitía oír la radio o leer los periódicos), sin embargo, por medio de sus maestros y superiores sí conocían los acontecimientos más importantes en todos aquellos niveles, sobre todo lo relacionado con la Iglesia Universal, Nacional, Diocesana y Parroquial. Por otra parte, todos ellos, juntamente con sus formadores, eran conscientes de la situación de la Iglesia y del Seminario, sobre todo a partir de la Constitución de 1917, con sus artículos abiertamente opuestos a la educación religiosa y a la misma existencia de los Seminarios. Y así, por conducto de los maestros, de los alumnos externos y de los propios familiares cuando los visitaban, se dieron cuenta de mucho de lo que acaecía en torno a los problemas de la Iglesia y del gobierno.

Y, pronto, una serie de acontecimientos sucedidos a lo largo y ancho del país fueron llamando la atención de alumnos, llenando de inquietud y zozobra sus ánimos, juntamente con los de sus Superiores, quienes los motivaban para que oraran porque aquella situación llegara a su fin y no desembocase en una persecución abierta y a fondo. Algunas de las noticias alarmantes, sabidas y comentadas en el Seminario fueron las siguientes: el 12 de febrero, el gobierno boicotea la coronación de la Virgen de Zapopan; el 6 del mismo mes, estalla una bomba en la puerta del Arzobispado de México, como advertencia al Señor Mora del Río, exalumno del Seminario de Zamora, y otra en la del Arzobispado de Guadalajara, también para amedrentar al Arzobispo zamorano Francisco Orozco y Jiménez; en Morelia, el 11 de marzo, varios obreros suben a las torres de la Catedral y colocan una bandera rojinegra, más aún, se atreven a apuñalear una imagen de la Virgen de Guadalupe; el 21 de noviembre, en la Basílica de Guadalupe es colocada una bomba en el altar de la Virgen; el 1 de mayo de 1922, un grupo de gente toma la casa de la ACJM en la ciudad de México, golpeando a los jóvenes que ahí estaban y destruyendo el mobiliario; el 13 de enero de 1923 el Delegado del Papa bendice la 1ª piedra del Monumento a Cristo Rey, en el Cerro del Cubilete y es expulsado del país por el Presidente Obregón; en octubre de 1924, se celebra un Congreso Eucarístico y, al terminar éste, se consignaron ante la Autoridad a los Obispos que habían tomado parte en él y fueron expulsados de sus puestos todos los empleados públicos que asistieron a dicho Congreso.

Los hilos comienzan a tensarse…

Para comprobar la importancia y el interés de los documentos de que he hablado, me permito transcribir algunos párrafos de dos de esas interesantes cartas. El 25 de mayo de 1921, los Obispos mexicanos le escribían al General Álvaro Obregón, exponiéndole en ella su postura y su manera de ver el problema: “Señor Presidente: los infrascritos Prelados Mexicanos hemos sabido que en esferas oficiales se cree que el Episcopado es hostil al Gobierno, que hace política de oposición y que, valiéndose de agrupaciones católicas, trata de estorbar las acciones de los Gobernantes-

Tenga por cierto, Señor Presidente, que, sin preocupación de ninguna especia, oirá Ud. las declaraciones que pasamos a hacer con la mayor sinceridad, por creerlo así necesario, ya para defendernos de cargos calumniosos, ya para contribuir, en cuanto esté de nuestra parte, a la concordia que debe reinar entre los mexicanos, sin la cual es imposible la paz.

Es cierto que, a raíz de la promulgación de la Constitución, la mayor parte del Episcopado publicó su protesta por ver en aquella desconocidos los más elementales derechos de los católicos a la enseñanza de su Religión, a su Culto, a sus templos y demás edificios necesarios para el ejercicio de su acción religiosa”.

Reconocen en esa carta los Obispos ante el Presidente, por parte de ellos, la publicación de Pastorales y demás Instrucciones al pueblo católico, no para incitar a la rebelión contar un gobierno legalmente constituido, y, de parte de los católicos, manifestaciones públicas. Pero todo ello no es sino contra la intención del gobierno “de regir sus conciencias y su conducta privada y pública… así como en defensa de los ataques que se hacen contra sus derechos… acciones que desaparecerán, sin duda alguna, el día que desaparezcan de nuestra Constitución esas manchas y en que se deje a los católicos en la sincera libertad de la que gozan en otras naciones”. Pero insisten en que todo lo que se hace y hará, será siempre dentro de lo que la ley marca.

La respuesta del Presidente no se hizo esperar…

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 45.- Dos importantes y trascendentes personajes
Lunes, 30.08.2010, 05:14pm (GMT-5)

Álvaro Obregón y el Episcopado

Como decíamos, el General Obregón no tardó mucho en contestar la carta que los Obispos de México le escribieron, no preguntándole, sino afirmándole que “en esferas oficiales se cree que el Episcopado es hostil al Gobierno” y lo hizo del siguiente modo: “Muy Señores míos: con la atención debida me he impuesto de la muy atenta carta de Uds., fechada el cinco del actual en la cual me preguntan si “en las esferas oficiales se cree que el Episcopado es hostil al Gobierno, que hace política de oposición y que valiéndose de agrupaciones católicas trata de estorbar la acción de los Gobernadores”. En respuesta, les manifiesto, produciéndome con la franqueza que imprimo a todos mis actos como Ciudadano y como funcionario público: que durante el movimiento revolucionario (en el cual tomé activa participación) y que diera fin a la sangrienta mascarada gubernativa del usurpador Victoriano Huerta, pude apreciar la simpatía bien manifiesta para aquel régimen de parte, si no de todos, sí de alguna gran mayoría del clero y en consecuencia su hostilidad para la Revolución. Ahora bien, y esto como resultado lógico de lo anterior (ya que el Gobierno actual es emanado del sufragio popular y es conquista legítima de la Revolución) no obstante que mi más firme propósito al asumir el Poder Ejecutivo fue y es hacer de la Ley la norma suprema de mis actos, alejando cualquier pasión, con pena vengo notando que algunos de los más altos dignatarios de la Iglesia obstruccionan la labor del propio Gobierno en diversas formas, haciéndose palpable esa obstrucción en el hecho de prejuzgar, condenándolos, simples proyectos de ley que el Ejecutivo envía al Congreso, en ejercicio de las prerrogativas que nuestra Carta Fundamental le confiere y guiado por el hondo deseo de encausar al País por las modernas corrientes de civilización y de progreso; culminando dicha labor obstruccionista en las gestiones que algunos prominentes miembros de la Iglesia Católica vienen realizado en el vecino país del Norte en contra del Gobierno y en perjuicio directo del país. En cuanto a los defectos de que pudiera adolecer nuestra legislación, no es a mí a quien tocaría juzgarlos, sino a las Cámaras; pues mi esfera de acción se limita a velar por el fiel cumplimiento de nuestras leyes, ya que a ello me he comprometido solemnemente con la Nación, al asumir el Poder. Por otra parte verdadera satisfacción me ha causado saber, por la carta que contesto, el vehemente deseo de Udes. de propugnar por la conservación de la paz en nuestra República; lo cual indudablemente veremos realizado si no perdemos de vista que lo primordial para el efecto, es tener la confianza del pueblo y que esta se alcanzará por completo, al ir realizando sus caras aspiraciones, para cuya finalidad es indispensable que sean acatadas, sin obstrucción, todas las disposiciones emanadas de la actual administración, dictadas conforme a nuestras leyes. Sin otro particular, soy de Udes. en toda consideración, afmo. y atto. s. s. A. Obregón”.

De esta manera se empezaban a conformar las posturas del Gobierno y de la Iglesia Católica, conformación que llegaría, tras un largo y complicado proceso llevado a cabo por ambas partes, a una seria confrontación y aun a la lucha armada por parte de los católicos contra el Gobierno. Desde luego, en este proceso (como se puede ver en la correspondencia entre ambas partes) el Presidente Obregón trató siempre de no aparecer como perseguidor o enemigo de la Iglesia, a la que pertenecía la inmensa mayoría de los mexicanos, pero, en su intento de poner en práctica la Constitución del 17, aun en aquello que se refería a la Iglesia y la perjudicaba y maniataba en su acción religiosa y pastoral, se mostró sagaz y práctico, midiendo, en primer lugar, la fuerza de dicha institución ante el pueblo y, luego, tratando de restarle prestigio a la autoridad ante el mismo pueblo, acusándola de subversiva y enemiga del progreso y de la paz social, al no aceptar plenamente la Constitución y todas las codificaciones y aplicaciones de sus artículos, aun los abiertamente persecutorios contra ella.

Plutarco Elías Calles y el conflicto religioso

Desde luego no podemos dejar de lado, al hablar de esta página de nuestra historia, el papel importante que el Presidente Calles tuvo en ella, ya que, al suceder a Obregón en la Presidencia, continuó con la tarea de éste de poner en práctica la Constitución de Querétaro, aplicando las mismas políticas en lo referente a la Iglesia. Ya desde su campaña hacia la Presidencia, quiso hacer distinción entre religión y clero, como lo manifestó, el 11 de mayo de 1924, en el Teatro Ocampo de Morelia: “dicen mis enemigos que soy enemigo de las religiones y de los cultos y que no respeto las creencias religiosas. Yo soy un liberal de espíritu amplio que dentro de mi cerebro me explico todas las creencias y las justifico, porque las considero buenas por el programa moral que encierran. Yo soy enemigo de la casta sacerdotal, de los curas intrigantes, del cura explotador, del cura que pretende tener sumido a nuestro pueblo en la ignorancia a merced del explotador del trabajador. Yo declaro que respeto rodas las religiones y todas las creencias mientras los ministros del culto no se mezclen en nuestras contiendas políticas con deprecio a nuestras leyes, ni sirvan de instrumento a los poderosos para explotar a los desvalidos”

Y sería precisamente durante su Gobierno cuando se inició la guerra, llamada cristera, debido a que decidió, aun por la fuerza y a como diese lugar, el poner en práctica todos los artículos de la Constitución, sobre todo los que iban encaminados a debilitar al clero católico, en los bienes materiales, en la educación, en el culto y en su autoridad y trascendencia en el pueblo mexicano. La aplicación radical de tales artículos indujo a los Obispos mexicanos, apoyados por el Papa Pío XI, a ordenar el cierre de los templos católicos de todos el país, ocasionando con esto que muchos de los católicos se levantaran en armas para defender su derechos de libertad de creencia y de su práctica y exigiendo la renuncia del Presidente Calles y la derogación de los artículos persecutorios de la Constitución de 1917.

Breves y particulares aseveraciones

Como ya apuntaba, son muy variados y, a veces, contradictorios los juicios y las afirmaciones que sobre este conflicto religioso mexicano existen, fruto, quizás de intolerancias e intransigencias que, poco a poco van despareciendo o, tal vez, de la ignorancia y del desconocimiento de los documentos que sobre el particular existen o de la no comprensión de las actitudes, posturas y maneras de ver las cosas de los distintos bandos y personajes que en él participaron y que nos deben obligar a reconocer los aciertos y los errores que en ellos tuvieron lugar. Así, por ejemplo, al hablar de estos personajes, Obregón y Calles, que mucha parte tuvieron en este conflicto, de ninguna manera podemos satanizarlos, despreciarlos y tenerlos como unos monstruos o como enemigos del pueblo de México (como algunos pretenden hacerlo), ya que, si bien se les considera como perseguidores de la Iglesia Católica, al tratar de llevar a la práctica los artículos de la Constitución, incluyendo los relativos a la religión y su práctica, debemos entender y buscar cuáles fueron las motivaciones, los compromisos y los fines que los indujeron a obrar de esa manera. Por otra parte, de ninguna manera podemos restarle mérito a todo lo que en el orden económico, industrial, educativo y otros muchos más le dieron a México.

Pero dejemos todo este interesante aspecto de nuestra historia en las manos y en la pluma de quienes más saben de ello y ayudémonos de estos datos y reflexiones para ver sus repercusiones e impacto en la historia que nos ocupa: la del Seminario de Zamora.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental 47.- Refugiados en la ciudad de México
Viernes, 10.09.2010, 09:07pm (GMT-5)
Se complican las cosas

El 19 de marzo de 1926, a los 11 días de haberse cerrado el Seminario de Zamora, se publicaba la Ley de Limitación del número de sacerdotes en cada zona distrital, dificultando con esto aún más la labor de la Iglesia, pues, sin Seminarios y con un número reducido de Sacerdotes, su futuro era muy incierto. El Señor Obispo Fulcheri, a principios del mes de abril, pidió a todos los fieles de la Diócesis oraciones y rogativas para que esta Ley fuese derogada y, juntamente con el Cabildo de Catedral, con el clero de la ciudad y con varios Vicarios Foráneos, representantes de otros muchos Sacerdotes, interpuso un recurso de Amparo ante el Juez de Distrito de Morelia. Amparo que fue tajantemente negado. Ante esta negativa, el 24 de abril se suspendió el culto en todas las iglesias de la Diócesis, como protesta y presión al Gobierno, supliendo los laicos a los Sacerdotes en las iglesias, en lo que fuera posible y lícito, teniendo como resultado tal medida el que todos los templos de la Diócesis se vieran repletos de fieles. Con relación a esta suspensión de culto, en una Pastoral, el Señor Fulcheri informaba a Sacerdotes y fieles de la Diócesis: “Habiendo sido negado el Amparo que habíamos interpuesto contra la ley relativa a la limitación del número de Sacerdotes… hemos resuelto suspender… el culto” .Y recomendaba: “Que guardeis una actitud absolutamente pacífica, sin dejar de emplear, dentro de esta forma, todos los medios que estén a vuestro alcance, hasta llegar a conseguir una completa libertad religiosa”.

Y, ese mismo mes de abril, en un Instructivo particular a los sacerdotes les decía: “…si se les exigiere el cumplimiento de la Ley, se abstendrán de ejercer el ministerio en público, dejando abiertos los templos y procurando quedarse al frente de ellos; si esto no fuera posible, procurarán que queden en posesión de los fieles, los cuales exigirán estos templos para los actos de culto. Los sacerdotes podrán ejercer en lo privado, defendiendo cuidadosamente la inviolabilidad del domicilio”. El 23 de mayo de 1926, después de una entrevista entre el Gobernado del Estado y el Arzobispo de Morelia y habiendo sido informado al Señor Fulcheri de su resultado, éste comunicaba a sus Diocesanos: “El Arzobispos de Michoacán ha juzgado que podía admitirse el último acuerdo del Sr. Gobernador de este Estado, relativo a la ley que limita el número de sacerdotes. Hacemos nuestra la resolución del Metropolitano… y tenemos el consuelo de anunciar a nuestros diocesanos que queda establecido el culto en nuestra Diócesis, si bien todavía limitado.”

El Seminario busca su sobrevivencia fuera de la Diócesis

El Seminario de Zamora continuó funcionando lo que le faltaba de aquel año escolar, “a salto de mata y a las escondidas”, entre casas particulares, sustos y carreras, pero no se pudo terminar del todo dicho año, ya que fue imposible realizar los exámenes, debido a que, a fines de septiembre, se desató con furia y abiertamente la persecución religiosa: muchos obispos y sacerdotes fueron desterrados, las escuelas católicas cerradas, el culto público prohibido y, con todo esto, los seminaristas, en su mayoría, tuvieron que ser mandados a sus casas, ya que fue casi imposible el mantener funcionando el Seminario. Decimos que la mayor parte de los seminaristas fueron enviados a sus casas, porque un pequeño grupo se trasladó a la ciudad de México, pues el Señor Fulcheri y el Padre Plancarte decidieron continuar en la ciudad de México con aquel pequeño grupo, ya que, por el número de sus habitantes y la extensión de aquella ciudad, era más fácil que el Seminario funcionara, (cosa que también aprovechó San Rafael Guízar para trasladar su Seminario de Jalapa a la ciudad de México); además, el Seminario de aquella Arquidiócesis, que más o menos funcionaba y debido a las estrechas relaciones del Señor Fulcheri y del Padre Plancarte, así como de sus solicitudes, decidió hacerles un lugar a algunos seminaristas zamoranos. Así las cosas, a fines de 1926, el Padre José Plancarte se fue a la ciudad de México, con un grupo de seminaristas y con el Padre Antonio Guízar Carranza, como ayudante, uniéndoseles después otros Sacerdotes más, como Rafael Arroyo, Carlos Verduzco, y otros dos más, con el mismo fin. Se establecieron en una casa de la Barranca de Mixcoac y, una vez que fue posible y prudente, el Seminario Conciliar de México les permitió ampliar el número de seminaristas zamoranos y el Padre Plancarte llamó a otros más de los que estaban en sus casas, como por ejemplo, a Francisco Esquivel, Luis Caballero y Pablo Escoto, de Purépero, quienes, en septiembre de 1927 acudieron a aquel llamado y se fueron a México.

En los Separos de la policía capitalina

Pero pronto, también al Seminario de México, que les había dado abrigo al grupo de seminaristas zamoranos, le llegó su turno de ser clausurado por el Gobierno. El Padre Esquivel, en sus Memorias, nos hace un interesante relato de aquella circunstancia y, en la imposibilidad de transcribirlo todo, me permito hacer una breve síntesis del mismo:

el 26 de enero de 1928, por órdenes de Calles, gran número de policías de la capital entraron al Seminario Conciliar de México, ubicado en la calle de Regina número 111, y en una acción rápida y sirviéndose de gran número de “julias”, llevaron a los alumnos, a los maestros y al Obispo Auxiliar, Don Maximino Ruiz y Flores a la Inspección General de Policía, donde fueron encerrados en los sótanos. Como a las 5 de la tarde de ese mismo día, el General Roberto Cruz, Jefe de la Policía de la ciudad, ordenó que todos los estudiantes del Seminario, así como los curas maestros arrestados, fuesen sacados de los sótanos y llevados al patio de la Inspección para hablarles. Todos fueron colocados, de uno en uno, a unos cuantos metros del paredón donde hacía apenas unos cuantos días, el 23 de noviembre del año anterior, había sido fusilado el Padre Miguel Agustín Pro y el General Cruz comenzó a leer el discurso que llevaba escrito: “Pronto van a quedar libres. Pero todos ustedes deben abandonar esa absurda carrera que tratan de seguir…” Pero ante un claro, abierto y prolongado “UUUMMM” de todos los seminaristas, el General se desconcertó, se enojó y se retiró, ordenando que de nuevo fuesen llevados todos a los sótanos. Las primeras palabras de aquel discurso del General Cruz se difundieron en la ciudad e, inmediatamente, muchas familias llegaron a la prisión para recoger a los seminaristas y hospedarlos en sus casas. Aquella misma noche y después de haber sido regañados por otro personaje de la Inspección por haberse comportado de aquella manera con el General Cruz, comenzó la liberación de los seminaristas, operación que duró toda la noche, pues todos y cada uno fueron llevados individualmente a varias oficinas para “asentar sus generales y darles la razón de su encarcelamiento”. También los seminaristas de Zamora fueron incluidos en aquella operación.

Son curiosos e interesantes los datos que, sobre este particular, nos dejó escritos el Padre Esquivel en sus Memorias: “…a mí me pusieron ‘por inclustración monástica’, como consta todavía en el Archivo General de la Procuraduría General de la República Mejicana, cuya copia tengo en mi poder, firmada y sellada por un posterior Procurador. Mientras que al manso, virtuoso y santo Javier Hernández Ascencio todavía aparece en aquel Archivo con anotación de ‘por ser sedicioso’, por lo cual nunca pudo conseguir en la Embajada de los Estados Unidos de Méjico la visa de residencia legal en los Estados Unidos…” Después de algunos días, casi todos los seminaristas zamoranos que estaban en México regresaron a sus casas, a esperar mejores tiempos para seguir sus estudios sacerdotales.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 49.- Participación del Seminario en la guerra cristera
Viernes, 17.09.2010, 05:39pm (GMT-5)
Una lucha fratricida

La guerra cristera fue y seguirá siendo una página dolorosa en la historia de México, no importa la visión que de ella se tenga, dependiendo (como ya lo decíamos) de la perspectiva que de sus causas y de sus efectos se tengan, ya que fue ocasión, no sólo de innumerables pérdidas económicas y de una absoluta inseguridad, sino del sacrificio de miles y miles de vidas de mexicanos que sucumbieron en ambos bandos en aquella lucha fratricida: soldados del Ejército gubernamental y soldados de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa; sacerdotes y laicos que, sin tomar parte activa en la lucha armada, fueron ejecutados por el único crimen de creer y practicar una religión, sin dañar a nadie. El creer y afirmar que los católicos que se sublevaron, armados, contra el gobierno eran sólo “partidas de fanáticos, bandoleros clericales, gavillas episcopales”, equivale a no tener un mínimo de conocimiento y de criterio sobre los hechos y a exhibir un enorme y sospechoso fanatismo antirreligioso. Pero también el negar que en aquella lucha por defender unos derechos básicos e inalienables (como lo son la libertad de creencia y de la práctica de una religión) hubo algunas personas que se aprovecharon para practicar secuestros por dinero y para cometer actos de pillaje y de crueldad, o, en fin, que todos los “cristeros” (nombre despectivo con el que se les señaló entonces) eran “locos enamorados de Cristo y de la Iglesia”, sería estar ciego y enfermo del fanatismo contrario. Sin ahondar en el tema, me permito señalar algunos datos referentes a la participación directa que el Seminario de Zamora o algunos de sus integrantes tuvieran en aquella contienda, participación que fue una respuesta natural ante todos aquellos acontecimientos.

Francisco Esquivel (2º sentado de derecha a izquierda) el día de sus 2as. Órdenes Menores

Algunos Sacerdotes cristeros

Entre los Sacerdotes podemos recordar, en primer lugar, al Padre Gabriel González, nacido en Cotija y ordenado Sacerdote en Zamora por el Señor Obispo Don Jesús Fernández el 13 de febrero de 1904. Después de haber sido Vicario Cooperador de La Huacana, de Chilchota y de Guarachita, fue Párroco de su tierra, de donde fue llamado a Zamora para ocupar los cargos de Ecónomo del Seminario y de Profesor en la Escuela anexa al mismo Seminario. Al estallar la guerra cristera, se dio de alta como Capellán de los cristeros. Después de los “Arreglos” con el gobierno y, temeroso de correr con la misma suerte de otros muchos que habían tomado parte activa en el movimiento y que habían sido asesinados, decidió, con el permiso del Señor Fulcheri, trasladarse a la Diócesis de Cuernavaca y, luego a la Arquidiócesis de México, donde murió en diciembre de 1949.

El Padre Miguel Guízar Morfín, nacido en 1892, había recibido la Tonsura y las Órdenes Menores en el Obispado de Zamora (hoy Palacio Federal) de manos del Señor Núñez, el 1 de mayo de 1913; ya, en plena Revolución y estando desterrado el Obispo Núñez, fue ordenado por el Señor Placencia Subdiácono y Diácono en el Santuario de Zapopan, el 28 de mayo y el 1 de junio de 1916, respectivamente; el 23 de diciembre de 1917, recibió la Ordenación Sacerdotal en Santa Inés, de manos del Señor Jesús Fernández; residió algún tiempo en Durango, con su tío, el Arzobispo de aquella Arquidiócesis y acérrimo defensor de los derechos de los católicos, trasladándose luego a la Diócesis de Zamora para alistarse, también como Capellán de los cristeros y muriendo en el campo de batalla, auxiliando a los heridos, el 6 de marzo de 1927.

El Padre Enrique Morfín Carranza, oriundo de Cotija y ordenado el 23 de febrero de 1907, también fungió como Capellán de los cristeros y, una vez terminado el conflicto y habiendo estado algún tiempo en Cuernavaca, donde fue Asistente de la ACJM (la Acción Católica de los jóvenes) y regresó a su tierra, donde fue Capellán de San Felipe y Maestro en el Seminario Auxiliar ahí establecido y en donde murió el 13 de septiembre de 1960.

El Señor Cura Ezequiel Montaño Oseguera

Algunos seminaristas cristeros

Desde luego que, entre los alumnos del Seminario de Zamora, una vez vueltos a sus casas, estuvieron a la espera de que aquella situación terminase, para poder regresar al Seminario y terminar sus estudios eclesiásticos, manteniéndose al margen de aquella lucha, aunque algunos de ellos se vieron mezclados en la ayuda a los cristeros, ya llevándoles alimentos o entregando cartas y otros documentos entre los diversos grupos que combatían en la región. Pero hubo algunos de ellos que, grandemente motivados por las circunstancias de la persecución religiosa y por ver truncado su ideal sacerdotal y católico, decidieron tomar las armas y unirse al Ejercito cristero, como sucedió con Rubén Guízar Oseguera, Ezequiel Montaño Oceguera y Francisco Esquivel Zavala.

Debemos recordar que en el Colegio Pío Latino de Roma estaban varios seminaristas zamoranos prosiguiendo sus estudios (como los Padres Méndez Plancarte, Ramiro Vargas Cacho, etc.) y hasta allá les llegaban las noticias de la grave situación político-religiosa por la que atravesaba México y sólo se contentaban con preguntar todos los detalles a los Obispos mexicanos que se hospedaban en el Colegio y que iban con el Papa a analizar aquel estado de cosas y a buscar, conjuntamente, una solución. Entre esos seminaristas estaba Rubén Guízar Oseguera, también de Cotija, que decidió dejar sus estudios para venirse a México y alistarse con el grupo cristero de San José de Gracia, comandado por Anatolio Partida. Poco duró su ardor juvenil para defender su libertad religiosa, pues murió en uno de los muchos combates sostenidos en las inmediaciones del Volcán de Colima.

Ezequiel Montaño Oceguera, nacido el 11 de junio de 1903 en San Rafael, en el rumbo de Pamatácuaro, e hijo de Luis y de Felícitas, a sus 23 años de edad, también decidió tomar las armas para defender sus derechos como católico y, una vez alistado en el Ejército cristero, tomó parte en varios combates, saliendo con vida de aquella lucha y regresando al Seminario en 1931, del que se separó en 1932, para reingresar en 1934, teniendo que terminar sus estudios en el Seminario de San Luis Potosí, a donde fue enviado por el peligro que existía de las represalias contra los antiguos cristeros. Fue ordenado Sacerdote en la Catedral de Zamora por el Señor Fulcheri el 25 de septiembre de 1938 y después de haber estado como Vicario Cooperador en Apo, Patamban y Tangancícuaro, fue nombrado Párroco de Zacán y Zirosto, en 1942, tocándole el éxodo de los habitantes del pueblo de San Juan Parangaricutiro, debido a la erupción del Volcán Paricutín. Después de haber sido nombrado Párroco de Tacátzcuaro y de haber ejercido ahí su ministerio, pidió permiso de sus obligaciones sacerdotales y se secularizó.

Finalmente y por razones de espacio y de tiempo, debo mencionar a Francisco Esquivel Zavala, del que sólo me permito dar unos cuantos datos, teniendo en cuenta que su biografía, además de ser interesante y aun apasionante, puede estar muy bien cimentada, ya que, además de haber escrito sus Memorias, es uno de los Sacerdotes de los que hay más documentación en el Archivo Diocesano. En lo personal, puedo informar que me he permitido, hace algunos años, escribir una pequeña biografía suya, aprovechando dichos documentos, parte de sus Memorias y el haber tenido la suerte de tratarlo y oír de sus propios labios muchos datos personales y de la lucha cristera.

Nació Francisco Esquivel en Purépero el 30 de septiembre de 1905 e ingresó al Seminario en 1925 y, después de haber sido apresado en México con todos los demás seminaristas (como veíamos en el anterior artículo), regresó a su tierra y se dio de alta en el Ejército cristero, por el rumbo de Jacona y Santiago, llegando a adquirir el grado de Capitán, cambiando su apellido por Villalobos y dejando fama de valiente, rayando en la temeridad. (El General Ávila Camacho quiso contratarlo para guardaespaldas de su inquieto hermano Maximino). Francisco se ordenó, después de terminar sus estudios en México (con San Rafael Guízar) y en San Luis Potosí, el 18 de septiembre de 1938 en Zamora y, después de fructuoso ministerio sacerdotal y larga enfermedad, murió en Guadalajara en 1987.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 50.- De nuevo en casa
Viernes, 24.09.2010, 05:20pm (GMT-5)
Los “famosos Arreglos”

Ha pasado el tiempo y aun se discute si los Arreglos para terminar con el conflicto armado entre católicos y el Gobierno y firmados por el Presidente Emilio Portes Gil y algunos de los Obispos, con la aprobación del Santo Padre, fue el mejor o el peor de los arreglos. Creo que aún falta camino por recorrer para analizar toda la documentación relativa a ese episodio de la historia y para esperar que pasen o se calmen ciertos sentimientos y resentimientos que tales arreglos dejaron en el ánimo, sobre todo, de muchos de los combatientes en el Ejército cristero y en algunos de sus descendientes. Son muchas las preguntas que aún quedan en el aire y a las que hay que responder con la mente y el corazón fríos y, aunque se deba admitir que era necesario poner fin a aquella lucha fratricida, también se puede cuestionar si los arreglos que le pusieron fin fueron correctos, justos y oportunos o, más bien, una ocasión para que al Episcopado se le diera “atole con el dedo”, no consiguiendo una verdadera libertad religiosa, traicionando los ideales de muchos mexicanos y poniendo en peligro la vida de muchos de los excombatientes que, por obediencia al Papa y a los Obispos, tuvieron que deponer las armas, quedando a merced de la venganza y de las represalias de algunos de los gobernantes. Si los Obispos estaban divididos en dos grupos: por un lado los pacifístas (los señores Leopoldo Ruiz Flores, Pascual Díaz, Manuel Fulcheri y Antonio Guízar, entre otros) que, supuestamente, obraron con recta intención, buscando el fin de aquella lucha y el conseguir libertad para la Iglesia; por otro lado, sin embargo, estaban los que no veían ni conveniente ni justo el llegar a tales acuerdos en los términos puestos e impuestos por el Gobierno (el Señor José Ma. González Valencia, Leopoldo Lara y Manríquez Zarate), podemos buscar y examinar las razones que a ambos bandos asistían. Se pregunta también si el Papa estaba lo suficientemente informado para llegar a tomar o a respaldar aquellos Arreglos.

Muchas de esas interrogantes e inquietudes aparecen ya en una carta que el General Gorostieta Velarde, Jefe del Ejército cristero, envió a los Obispos el 16 de mayo de 1929, pues entre otras cosas, les decía: “Es una inocencia creer que abiertas las iglesias, ya se resolvió el problema de la libertad del país. No hay libertad de enseñanza, de prensa, de culto, de elección, de asociación, etc. ¡Yo peleo por la conquista de todas las libertades! Se atropella sistemáticamente el derecho de propiedad, se burla la justicia, estamos los mexicanos a merced de un grupo de bandoleros que se enriquecen a costa del trabajo de una gran mayoría de gente honrada, y se burla de toda tradición por respetable que sea. Y cuando teníamos ya un buen principio de movimiento para echar a ese canalla del poder, una transitoria, falaz alianza con ellos sofoca e inutiliza nuestro esfuerzo. […] Si los señores obispos logran acabar con nuestro Movimiento sépanse que habremos dejado pasar la única oportunidad que tuvimos en nuestras manos para rehacer el orden y establecer un régimen de derecho en México”.

De nuevo en casa

Cualquiera que sea el juicio que la verdadera historia dé sobre estos Arreglos, lo cierto es que el Seminario de Zamora pudo regresar de nuevo y lo hizo a la casa de Aquiles Serdán 92, a los 3 años después de haber sido expulsados de ella. Cuando se tuvo por cierta la posibilidad de reabrir el Seminario en Zamora, el Padre Plancarte se puso de acuerdo con Don Rafael Verduzco y se le habían hecho algunas reformas para mayor comodidad, higiene y mejor funcionamiento: se colocaron excusados “ingleses”; el patio de basquetbol había sido ampliado y arreglado; se instaló un baño de regadera en el que se podían bañar varios alumnos a la vez (en 1926 todavía los alumnos tenían que bañarse en casas particulares); se puso una hilera de lavabos para el aseo de los alumnos; la capilla había sido ampliada; se instaló un pequeño comedor para los Padres, de los cuales sólo 3 tenían sus cuartos en aquella casa (El Padre Rector, el Padre Prefecto de Disciplina y el Padre Gabriel Méndez Plancarte, quien se había venido con su tío para dar algunas clases); también se había adaptado un pequeño cuarto que servía de recibidor y otro para que en él durmieran algunos pocos de los alumnos, ya que la mayoría dormía en los anexos del templo de San Francisco; finalmente, al lado norte de la casa, se consiguió otra pequeña para cocina y habitación de las Madres del Sagrado Corazón (quienes, desde entonces y hasta la fecha, con sacrificio y aun heroicidad, han hecho la comida para los seminaristas y, por lo cual, merecerían un capítulo aparte en este Esbozo de Historia del Seminario de Zamora).

Antiguas y nuevas caras

Habiendo regresado de México el grupo de alumnos que allá se habían refugiado con el Padre Plancarte y algunos otros Sacerdotes que le ayudaban, se instalaron de nuevo en aquella casa y, poco a poco, los alumnos que se habían ido a sus casas, al cierre del Seminario, comenzaron a reintegrase a él. Algunos seminaristas antiguos (muchos de los cuales ya conocimos como Sacerdotes): Francisco Espinosa, de Villa Mendoza; Vidal Zalapa, de Paracho y ya próximo a ordenarse; Ignacio González, de Cotija y que estuvo de Párroco muchos años en Ario; Reynaldo Ávalos, de Chavinda y que se ordenó el siguiente diciembre; Joaquín Melgoza, de Purépero; José Romero, de Cotija e historiador; Baldomero Fernández, de Santa Inés y vivió muchos años en Uruapan; Antonio Aviña, de Patzímaro y primer Párroco del Calvario; Jesús García, de Yurécuaro y futuro Obispo de Campeche; Carlos Valdés, del Valle de Guadalupe, y Emiliano del Río, de Chavinda y, muchos años, Párroco de Tangancícuaro; Francisco Esquivel, de Purépero y después de haber depuesto las armas y lleno de cicatrices. Algunos seminaristas nuevos: Pedro Torres, de Los Reyes y muy conocido en Zamora y por la mayoría del Clero; Luis Álvarez, quien murió en Roma, ya siendo Diácono y “en olor de santidad” y hermano mayor de los Padres Álvarez Ruiz, José, Gonzalo y Serafín, de Patamban; Jorge Vázquez, de Zamora y quien fuera muchos años Ecónomo del Seminario y, más tarde, Rector del mismo. El Padre Plancarte, conociéndolos a todos, pronto repartió todos los cargos del Seminario entre todos ellos: celadores, sacristanes, bedeles, enfermeros, campaneros, etc. y todos comenzaron a funcionar con entusiasmo en esta nueva etapa de su carrera, buscando la buena marcha del establecimiento, no faltando, sin embargo, algunos problemas de disciplina, debido al desequilibrio natural nacido de aquellos años de recesión del Seminario.

En cuanto al personal formador, podemos decir que varios de los que habían estado estudiando en Roma, ya ordenados, se habían integrado a dicho personal, de manera que así quedó formado, para el curso 1929-1930: Rector, el Padre Plancarte; Prefecto General de Disciplina, Ramiro Vargas (recién llegado de Roma); Director Espiritual, el Canónigo y ex Rector Francisco Luna; Secretario, Federico Salas; Ecónomo, José Cabrera, y algunos de los maestros fueron los siguientes: P. Plancarte, Dogma; P. Salvador Martínez Silva, Dogma; Canónigo Francisco Luna, Moral; Gabriel Méndez Plancarte, Filosofía; Ramiro Vargas, Filosofía y Aritmética; Agustín Magaña, Historia y Lenguas y otros más en Humanidades: Jesús Ceja, Miguel Serrato, Ignacio Estrada, y Federico Salas.

De nuevo el Seminario de Zamora funcionaba con grandes esperanzas para la Diócesis y con todo el entusiasmo que aquellos aciagos años habían motivado en la mente de aquellos maestros y de aquellos jóvenes seminaristas.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental 51.- Nuevos nubarrones
Domingo, 03.10.2010, 07:53pm (GMT-5)
Una peligrosa resaca
Como era de esperarse, los Arreglos entre el Episcopado Mexicano y el gobierno para dar fin a la lucha armada, no dejaron contentos ni a muchos Obispos y fieles católicos, ni a muchos políticos y gobernantes de los tres niveles, especialmente a los más radicales en materia de relaciones Estado-Iglesia. A los primeros, como ya lo decíamos, porque aquellos Acuerdos no aseguraban la verdadera libertad religiosa y a los segundos, porque con ellos “se le daba opción a la Iglesia de seguir obstaculizando el progreso económico, cultural y científico del país”. Nacidas de este criterio, comenzaron a darse ciertas situaciones por las que la Iglesia Católica, con justa razón, volvió a temer una nueva ofensiva en su contra y, como era natural, en el mismo Seminario de Zamora, que comenzaba de nuevo a funcionar satisfactoriamente, aquellos temores también se hicieron presentes.
Efectivamente, en Zamora corrieron dos noticias alarmantes: que el Señor Fulcheri iba a ser expulsado del país y que el Seminario iba a ser cerrado de nuevo. La razón de lo primero era que el Señor Obispo era extranjero y, de lo segundo, porque ya había otro Seminario en Morelia y no era necesaria al existencia de otro en Zamora. Más aún, se esgrimía cierta Circular del Gobierno Federal en la que se suprimían los Seminarios Católicos de la República. Ante esta angustiosa situación, el Padre José Plancarte se trasladó a Morelia y a México para arreglar ambos problemas. La solución del primero fue fácil, pues bastó con presentar el Acta de Nacimiento del Señor Fulcheri para comprobar su nacionalidad mexicana. En cuanto a lo segundo, el Señor Arzobispo Ruiz y Flores, que era además el Delegado Apostólico entonces, le dijo al Padre Plancarte que si el Gobierno se proponía cerrar el Seminario, no se podría evitar aquel cierre.

Entra en juego la fe
Ante este peligro inminente, surgió la fe del Obispo, de los Superiores del Seminario y de los alumnos y, saliendo a flote en todos ellos la devoción al Sagrado Corazón de Jesús (devoción muy extendida y profunda en la Diócesis de Zamora, ya desde tiempos del Señor Cázares, de Don Leonardo Castellanos, de San Rafael Guízar, del Obispo Jesús Fernández, etc.) se pensó en consagrar al Corazón de Jesús el Seminario de Zamora, comprometiéndose en tal acto “a cuidar de Él y de sus cosas y que Él cuidase del Seminario”. El día primero de junio de 1930, Obispo, Superiores y alumnos de la Institución hicieron este voto, con toda solemnidad y convicción. Para quien no tiene fe o para quien no es muy afecto a este tipo de devociones, quizás este acto no revista mayor importancia para la historia del Seminario; pero para los protagonistas de tal acto sí la tuvo y, para el mismo Seminario de Zamora, a través de su historia y desde el punto de vista religioso, sicológico y comunitario, ha sido una fuente de confianza, de seguridad, de motivación y de agradecimiento. Y, coincidencia, favor o lo que sea, el Seminario de Zamora no fue clausurado (aunque si tuvo que trasladarse a otra parte en algún tiempo), como lo fueron otros muchos en la República Mexicana, como el de Morelia.

Más nubarrones
Mucho más pudiéramos hablar acerca de todas las vicisitudes y zozobras por las que tuvo que pasar todavía el Seminario de Zamora, debido al ambiente nacional hostil contra la Iglesia, ambiente que siguió prevaleciendo en todo el país y, de una manera especial en el Estado de Michoacán, motivado esto por varias causas. Me permito consignar, más abajo, algunos de esos datos. En 1928 ocupó la gubernatura del Estado el General Don Lázaro Cárdenas y, de acuerdo a su ideología y programas para el progreso del Estado, implantó algunas Leyes que, quiérase o no, repercutían en sus relaciones con la Iglesia y en la organización y actuación de ésta. Ejemplos: 1) Desde luego los proyectos que, a nivel nacional, se hacían para otra Reforma más del artículo 3º, uno de cuyos artículos rezaba así: “La escuela Socialista sustituye a la Escuela Laica. Desaparecen de la República Mexicana todas las Escuelas particulares” (Los Seminarios no podrían existir). Don Lázaro trató de implantar en el Estado tal Escuela. 2) El famoso Decreto 100 por el que se permitían el ejercicio del ministerio a sólo un Sacerdote por cada cien mil habitantes, teniendo aquellos que registrarse ante el Gobierno, recibir la aprobación de éste y asentando el desconocimiento de cualquier otra autoridad sobre ellos. Así ¿para qué el Seminario? 3) Un nuevo intento de clausura del Seminario de Zamora.
Con relación a esto último, es interesante conocer un poco del proceso que esta situación tuvo. Al tener noticias de parte de las autoridades municipales de Zamora de esta nueva determinación del Gobierno de cerrar el Seminario, el Señor Fulcheri le escribió a Morelia al que luego sería, en 1937, Arzobispo de México, Don Luis Ma. Martínez, pidiéndole su ayuda para detener aquel peligro. Don Luis, el 16 de abril de 1932, le contestaba: “Recibí su carta de entrega inmediata y llamé inmediatamente a un Abogado. Me pareció que, antes de intentar el amparo, convendría hacer alguna gestión administrativa. Tanto más cuanto se ve claramente que las autoridades de esa ciudad interpretaron mal la Circular del Gobierno. El Abogado habló con el Srio. de Gobierno y este Sr. Ofreció comunicar hoy mismo a las autoridades de esa ciudad que el Seminario no está comprendido en la Circular… Pero la esperaba, pues hay una Ley que ciertamente comprende a los Seminarios, aunque anticonstitucionalmente; no sé si Vuestra Excelencia lo habrá visto en el Diario Oficial del 17 de marzo, si mal no recuerdo”.

Los Seminarios Auxiliares
Dentro de estos años difíciles para el Seminario y antes de verse obligado el Padre Plancarte (por las circunstancias de su accidente), de separarse física y momentáneamente de la Rectoría, cabe mencionar la reapertura de los Seminarios Auxiliares del de Zamora en diversas Parroquias de la Diócesis. En efecto, dados los buenos resultados que esto había tenido antes de la persecución y temiendo un nuevo cierre del Seminario en Zamora, el Señor Fulcheri y el Padre Plancarte decidieron volver a abrir aquellos Auxiliares, teniendo en cuenta que en los pueblos había más tolerancia en este sentido y se podía “camuflajear” más fácilmente el Seminario. Y, así, el Seminario volvió a contar con sus Auxiliares de Cojumatlán, Cotija, Yurécuaro y Purépero.
El 27 de marzo de 1930, el Padre Plancarte le presentaba el siguiente informe al Señor Obispo con relación a estos Seminarios Auxiliares: “Hay establecidas en Cotija, Yurécuaro y Cojumatlán (después vendría la de Purépero) pequeñas escuelas, cuyo objeto es seleccionar a los niños y cultivar las vocaciones que se descubran con el fin de que, tanto moral como intelectualmente, vengan los alumnos más preparados al Seminario.
Esta preparación dura dos años y durante ellos se insiste principalmente en la lectura, escritura, nociones fundamentales de gramática castellana, ligeras nociones de latín y catecismo. Se enseñan también breves nociones de historia antigua y geografía… Estimo (le faltaba algún informa sobre el particular) que todas en conjunto cuentan actualmente unos 120 alumnos”

El 1° De junio de1930 el Seminario era consagrado al corazón de Jesús

No quedaba otra cosa que seguir confiando en Dios y esperar tiempos mejores, pero siempre luchando.
Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 52.- Un casi desconocido decano (1)
Domingo, 10.10.2010, 12:44pm (GMT-5)
Acaba de cumplir 80 años y sigue entre nosotros, aunque desconocido de muchos, conocido de muy pocos, pero con el mismo entusiasmo, con las mismas inquietudes, más aún, “vivo y a todo color”… Me refiero a “El Misionero”, periódico fundado, sostenido y promovido en el Seminario de Zamora, por los seminaristas y, como no se puede hablar del Seminario de Zamora como una Institución trascendental, sin hablar de “El Misionero”, como un hecho que trascendió dentro y fuera del Seminario, me voy a permitir, antes de continuar con este Esbozo de historia, hablar un poco de la historia de este periódico (o periodiquito), por la importancia que significó y sigue significando en la formación de los jóvenes que ahí se preparan para el Sacerdocio.

Humanismo y universalidad en la formación

Si quienes ingresan al Seminario lo hacen con la intención de servir a Dios y a la sociedad, mientras más completa sea su preparación para mejor realizar tal intención, mejores frutos rendirán para la Iglesia y para la sociedad. Tuvo el Seminario de Zamora la suerte de contar con formadores verdaderamente entregados a su labor y tal entrega apasionada se convirtió en la búsqueda de medios e instrumentos, cuya práctica por parte de los alumnos les sirvieran realmente en su formación y futuro desempeño de su ministerio. Si recorremos la lista de formadores del Seminario de esa época, 1929 a 1935, nos encontramos con ese tipo de gente valiosa, con la suficiente preparación y positiva actitud para llevar a cabo el desempeño de su cargo con excelentes resultados. Así lo comprobamos recordando a algunos de ellos: el Padre José Plancarte (del que ya hemos hablado), sus sobrinos, los Padres Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte (de sobra nos es conocida su personalidad, su capacidad, su cultura, sobre todo en cuanto al Humanismo y a la Literatura), el Padre Agustín Magaña Méndez (asombroso autodidacta, de espíritu universal y amplio criterio), el Padre Miguel Serrato (arquitecto, músico), el Padre Ramiro Vargas Cacho (recién llegado de la Universidad Pontificia de Roma y con un admirable sentido de servicio y de entrega) y otros más.

Indudablemente que la presencia de estos hombres al frente del Seminario de Zamora tuvo que influir tremendamente en la profundidad, en altura y en la anchura de la formación de todos aquellos numerosos jóvenes que sentían deseos de ser Sacerdotes. Sabemos que, en toda formación, en toda educación, mientras los horizontes y las perspectivas de los educandos se amplían, se ensancha su mentalidad, se impregnan de humanismo y su inventiva crece. Y si esto sucede en cualquier tipo de educación, de cualquier género que sea, indudablemente que en la educación de quienes se preparan en el Seminario para el Sacerdocio debe suceder de manera más significativa, puesto que la aceptación, con convicción, de la doctrina de Cristo y el compromiso de comunicar, con la palabra y el ejemplo a los demás ese Evangelio, implica el formarse con autenticidad, teniendo como base y filosofía la amplitud de miras, la universalidad de metas y objetivos, la caridad, la solidaridad, la justicia y el respeto a los demás. Es por ello que el sentido misionero que se infundió en los alumnos del Seminario de Zamora de aquella época jugó un papel muy importante en su formación ya que tal sentido habla del humanismo (necesario en todo candidato al Sacerdocio), de la universalidad de la Iglesia (que es una de sus notas características y esenciales) y es una respuesta concreta al mandato de Cristo de ir por todo el mundo a predicar su Mensaje de justicia, de paz y de amor. Sicológica, pedagógica y religiosamente, esta actitud y esta mentalidad deben favorecer y robustecer la buena formación de los seminaristas. Y si a esto añadimos las circunstancias (persecución, hostigamiento, zozobra, incertidumbre, etc.) por las que el Seminario de Zamora, Superiores y alumnos, tuvieron que pasar en aquellos años, podemos explicarnos mejor muchas de las buenas cosas que aquel espíritu misionero hizo fructificar en aquellos alumnos, pues todos “se crecieron al castigo”.

Breve reseña

Mucho se pudiera hablar (y con detalle) de la historia de este periódico, “El Misionero”, decano del periodismo de la región y del Estado, historia llena de ricas enseñanzas, de heroicos esfuerzos, de luchas y satisfacciones, ya que su Archivo y su fototeca, existentes en el Seminario, son ricos y se conserva de ellos lo más importante. Pero ante la imposibilidad de hacerlo, sólo quisiera dar algunos datos sobre él, pero, sobre todo de su labor a través de todos estos 80 años (en especial de sus primeras décadas de existencia), ya que el conocer un poco de él, reflejo del Seminario de Zamora, nos hará conocer mejor esta Institución.

Una vez que se reestableció el Seminario, después de los Arreglos, en Aquiles Serdán, se fundó entre los alumnos, en 1930, el Círculo Misional, al que podían pertenecer los seminaristas que se interesaran por las Misiones, en México y en el mundo entero, comprometiéndose a orar por los Misioneros y los paganos, a conocer más y más sobre los países donde no se conocía a Cristo y a hacer algo concreto, desde el Seminario, para ayudar a la predicación del Evangelio en ellos. Una de las primeras ideas propuestas para este fin fue la del seminarista Adolfo Guerrero Gil (había entrado al Seminario en 1923 y partiría, luego, a estudiar a Roma en 1934) fue el de la publicación de una hojita con el tema misionero, no solamente para “consumo interno”, sino para promoverlo y repartirlo en las distintas Parroquias de la Diócesis, despertando y alimentando en el pueblo cristiano la idea y el sentido misionero de la Iglesia. Aquella fue idea aceptada de inmediato y, ese mismo año (aunque sin fecha), salió el primer número de “El Misionero”, saliendo posteriormente cada mes, con la aceptación plena de Superiores, alumnos y muchos Párrocos. Poco a poco fue creciendo su tiraje, llegando en algún tiempo a más de 20,000 ejemplares y siendo enviado a los 5 Continentes; pero también fue creciendo el interés por aquel “periodiquito” y, lo que fue mejor, fue fundamental la participación decidida y comprometida de sus lectores en la República Mexicana y de sus colaboradores, tanto de casa como de los países de Misión, aunque no faltaron las dificultades y los retos: el local, la compra de una imprenta, el luchar contra la reticencia de PIPSA para venderle el papel, ya que “era una publicación religiosa”.

Una foto reveladora

Hablando, como decía, de los logros de “El Misionero” en sus primeras décadas, no quisiera dejar pasar por alto los más importantes, ya que, al recordarlos, lo hacemos como parte importante de la historia del Seminario. Tales logros y beneficios los podemos considerar en base a su influencia y trascendencia hacia el interior del Seminario (los seminaristas) y en base a la importancia de las obras realizadas por él fuera del Seminario.

Para lo primero, se me ocurre presentar una fotografía, tomada en 1937, ya que, como toda fotografía, plasma y actualiza sucesos y personas y, a partir de ella, se nos permite remontarnos al inicio y a la continuación de muchas interesantes biografías e historias. Fue tomada con ocasión de la partida a China, como Misionero de la Compañía de Jesús, del Padre Pablito González Zepeda, que había sido maestro en el Seminario y que debía, en gran parte, tal vocación al Círculo Misionero y a “El Misionero”. Posan con él los Sacerdotes y alumnos, integrantes del periódico, en el siguiente orden: estando en el centro el Padre Pablito, lo acompañan, sentados de izquierda a derecha Raymundo Peña (después Sacerdote Franciscano), Ramiro Vargas Cacho (Rector), Alfonso Méndez Plancarte (maestro del Seminario) y otro Sacerdote.; de pie, también de izquierda a derecha, Pedro Torres (después Doctor en Historia y personaje importante en la Diócesis), Alfredo Valencia del Río (Párroco después de Tlazazalca), otro seminarista, Luis Mena (después, Arzobispo de Chihuahua), Jorge Vázquez (después, Canónigo y Rector del Seminario), Joaquín Paz (después Párroco de Zamora), Gonzalo Calvillo (después Párroco de Peribán y Tocumbo), otro seminarista, Francisco Valencia (muy conocido de todos) y Raúl Gutiérrez (después, Vicario en diversas Parroquias y Párroco en la ciudad de México).

Sin duda alguna, el “El Misionero” tuvo algo que ver en su formación y en su futuro…

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental
Domingo, 17.10.2010, 09:28am (GMT-5)

Esbozo de historia de una Institución trascendental
53.- Un casi desconocido decano (2)
Jorge Moreno Méndez
Quizás al leer el anterior artículo referente al periódico “El Misionero”, más de algún lector habrá dicho que, al darle el calificativo de importante y trascendente, hay cierta exageración… Por eso, es justo y necesario (aunque con la mayor brevedad posible) el respaldar todas mis afirmaciones, no en mi autoridad o mis simpatías, sino en el juicio de personas relevantes, en la lista de quienes en él escribieron y, sobre todo, en las obras realizadas a través de ese pequeño y “casi desconocido decano del periodismo regional.”

Algunos juicios de personajes
Desde luego que todos ellos se encuentran en una serie de cartas y comunicados existentes en el Archivo de “El Misionero” y sólo me permitiré transcribir algunos de ellos:
Mons. Guillermo Piani, Salesiano y Delegado Apostólico en México: “…muy de corazón bendigo a los editores, colaboradores, bienhechores, suscriptores y lectores de esta interesante hoja…”
Mons. Juan de Unzalu y Landáburo, del extranjero: “…sembrador de ideales de redención universal, no sólo en tierras de Zamora, sino también en otros apartados rincones…”
Alberto J. Álvarez Lomas, S. J., Misionero en Japón: “No olvida nunca en sus pobres oraciones este pobre jesuita al fervoroso y queridísimo ‘Misionero’ que lee con tanto gusto y consolación y que tantísimo bien hace en muchos sitios…”
Pedro Arrupe, S. J., Misionero en Japón y futuro Superior General de los jesuitas: “lo conozco bien y lo leo con mucho gusto, ya que en él colaboran algunos Misioneros jesuitas españoles del Japón y cuando lo reciben, me lo dan a leer”.
P. Castro Salido, de los Padres Blancos, Misionero en África: “Cuenten no sólo con mi simpatía, sino con mi pobre ayuda… Que vuestro simpático periódico encienda un afán de apostolado en las almas de tantos niños y jóvenes, sedientos de hacer algo por Cristo”.
J. R de Diego, S. J., ex Misionero en China: “Lo he leído con gran interés, así como los demás de habla española que nos encontramos en este gran campamento misionero (Manila) de espera y formación”.
Gabriel Rodríguez de los Padres Blancos, Misionero en África: “Yo conocía muy bien su simpático periódico misional, ya que me lo pasaba alguno de mis hermanos que lo recibía y lo leo enteramente, admirando mucho su magnífico espíritu y su ardiente afán misionero”.
José Ma. Sancho S. J. Japón, Misionero en Japón: “He leído varios números que vi en Taura y luego aquí en Nagatzuka. Me gusta mucho… Es una gran obra de apostolado el propagar en todos el entusiasmo y los deseos de ayudar con oraciones y sacrificios la obra de las Misiones”.
La Madre Piedad González Luna, misionera en China: “Bien sabe él (El Misionero) que desde su fundación ha sido para mi corazón misionero algo muy amado y admirado”.
Luis Aceves, S. J., Misionero en Japón: “…periodiquito simpático y fervoroso que llega a todas partes, llevando en sus páginas el mensaje de Nuestro Señor en favor de las Misiones”.

Colaboradores
Lógicamente, debemos mencionar a los alumnos del Seminario de Zamora, quienes, no solamente entregaron su tiempo y su esfuerzo para hacer posible la edición (José Álvarez Herrera, Ernesto Buitrón, Antonio Castro, José Magaña, Alejandro Ríos y muchos otros más) y distribución (grupos entusiastas que empleaban sus recreos, alegremente, en la separación, empaque, etiquetado, etc.) de “El Misionero”. Pero es interesante ver cómo, a través de aquellos años y posteriormente, éste sirvió de palestra a muchos seminaristas que se iniciaron como escritores e hicieron sus primeros “pininos” como tales en sus páginas (los hermanos Rodríguez, los hermanos Sahagún, Raymundo Peña, Luis Gustavo Franco, Jorge Medina, etc.). Varios de los formadores también fueron colaboradores, como los Padres Méndez Plancarte, el Rector Ramiro Vargas, el Padre Francisco Valencia Ayala, etc. Pero el mayor número de colaboradores y los que más impacto causaban entre los lectores del periódico, por su constante y directo contacto con ellos fueron, sin duda, los Misioneros y Misioneras de los diversos países de Misión y de los territorios de Misión de México, como lo eran entonces la Tarahumara y Chiapas. Por citar algunos: los ya arriba mencionados en su juicio del periódico; el Padre Nicolás, en la India; el Padre Llorente, en Alaska; el Padre Moulín, en China; el Padre Ocampo, en la Tarahumara, y, mención especial, la Madre Piedad González Luna, quien estuvo de Misionera en China y le tocó el arribo del Comunismo, siendo apresada, martirizada y expulsada, pero jamás doblegada en su espíritu misionero, en el servicio a los demás y en su cariño hacia “El Misionero”.

Algunas obras realizadas por medio de “El Misionero”
Aunque, en último término, fueron los lectores del periódico los que llevaron a cabo una serie de proyectos, obras y actividades misioneras en nuestro país y en el extranjero, lo hicieron, sin embargo, a través, por medio y en coordinación de “El Misionero”. He aquí sólo algunas de esas obras y actividades realizadas por los lectores, pero motivados y coordinados por el periódico:
- El costo casi completo de la formación de un Sacerdote nativo de Indochina (actual Vietnam), desde su entrada al Seminario hasta sus estudios en Roma. Su nombre cristiano era Pedro Ming, sus relaciones con “El Misionero” fueron constantes y efectivas y de ellas son testigos las innumerables cartas que en el Archivo del periódico existen y que nos hablan del agradecimiento del Padre hacia el periódico, sus lectores y el Seminario de Zamora.
- A raíz de la fundación del Seminario de Misiones Extranjeras (Misioneros de Guadalupe), varios seminaristas de Zamora fueron parte importante de la misma y todos ellos reconocieron la parte esencial que “El Misionero” tuvo en su vocación misionera. José Álvarez Herrera, de Chilchota; Rodolfo Navarro, de Jacona; Alejandro Ríos, de Paracho; José Magaña, de Tlazazalca; Juan Gutiérrez de Chavinda, etc. Se despidieron del Seminario de Zamora e ingresaron al de Misiones, llegando, algunos de ellos, a ser Superiores Generales del mismo y Misioneros en Japón, Corea y África.
- Extraordinaria historia, bella página, escrita por “El Misionero” fue, sin duda, la construcción de la primera Capilla en toda África a la Virgen de Guadalupe, cubriendo, generosamente, sus lectores el costo de la misma. En el Archivo del periódico se pueden ver el nacimiento de la idea, la convocatoria para realizarla y la respuesta generosa de miles de gentes que colaboraron con su granito de arena en tal obra. La misma imagen de la Guadalupana que se envió a dicha Capilla fue conseguida por “El Misionero” con el Señor Abad de la Basílica de Guadalupe, Monseñor Feliciano Cortés (de Jamay).
- A uno de los Misioneros de África se le compró una motocicleta para que dejase el camello y pudiese, con ella, atender mejor a sus numerosos y distantes grupos de cristianos en el Sahara.
Son muchas más las obras realizadas por “El Misionero” en muchos otros órdenes, pero basta con éstas para probar y comprobar que, en realidad, este periodiquito ha sido, es y debe seguir siendo de importancia y de trascendencia para la Institución que lo creó, lo ha sostenido durante 80 años y que debe seguir sosteniéndolo muchos años más.

(Pie de imágenes)
“El Misionero” y testigos de su obra. R.M. Piedad, P. Pedro Mink, Plano Capilla, Limosnas para Capilla, P. Alejandro Ríos

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Esbozo de historia de una Institución trascendental

Viernes, 22.10.2010, 05:40pm (GMT-5)

Esbozo de historia de una Institución trascendental
54.- Época decisiva para consolidarse y organizarse
Jorge Moreno Méndez
Después del anterior paréntesis para hablar un poco sobre el periódico “El Misionero” (parte importante y esencial del Seminario de Zamora), vuelvo a retomar el hilo de la historia de esta Institución, hablando de una nueva época que abarcó de 1935 a 1939 y que estuvo llena de problemas, de luchas y sobresaltos, pero también una época en la que el Seminario de Zamora, a medida que las aguas volvían a su cauce, fue consolidándose y organizándose, hasta llegar a ser, en boca del Prefecto de Seminarios de la Curia de Roma, “uno de los mejores Seminarios de América Latina”

Situación política-religiosa
Ya hablábamos del descontento en muchos personajes integrantes de ambos bandos causado por los Arreglos a que habían llegado algunos miembros del Episcopado y el Gobierno Mexicanos, así como también de las intenciones del Gobierno de socializar, dentro del molde comunista, las escuelas y del problema que se suscitó con el mandato del mismo Gobierno para el registro de los Sacerdotes. Y, por si esto fuera poco, el agrarismo vino a complicar más la situación, sobre todo por el cariz anticlerical con el que se revistió, debido, más que a mala voluntad, a ciertos agravios, a intereses políticos y personales de muchos líderes que creían que, a mayor despliegue y manifestación de actitudes contra los Sacerdotes y la Iglesia, habría mayor aceptación y favores de parte de sus superiores gubernamentales y mayor consolidación de su posición política y económica. La situación político-religiosa volvió a ser tensa y peligrosa (a tal grado que el mismo Señor Obispo Fulcheri, hombre pacífico en extremo, después de haber sido insultado, expulsado de su casa estuvo expuesto (como ya lo decíamos) a ser expulsado del país por ser extranjero… tuvo que abandonar la Diócesis y refugiarse con su familia en San Ángel, Distrito Federal, para evitar mayores males. Como era natural, todos estos conflictos y situaciones tenían que repercutir en el Seminario de Zamora, de tal manera que se tuvo que luchar a brazo partido, para subsistir y hubo que ingeniárselas para sortear todos aquellos inconvenientes. El zamorano Padre Salvador Martínez Silva, Secretario Canciller de la Diócesis entonces, quedó encargado por el mismo Señor Fulcheri para que le estuviese informando, casi a diario, de todo lo que ocurriese de importancia en la Diócesis y, gracias ello, contamos con un gran número de cartas que, con este objeto, le eran enviadas al Señor Obispo a México.

Los documentos nos ayudan a entender más amplia y objetivamente todos aquellos sucesos, no de oídas ni partiendo de simples suposiciones o fantasías.

Algunos noticias generales

Por su interés y por la importancia que tienen tales documentos y cartas para ayudarnos a entender más amplia y objetivamente todos aquellos sucesos, no de oídas ni partiendo de simples suposiciones o fantasías, me permito transcribir algunos párrafos de dichas cartas:
9 de febrero de 1935: “EL Gral. Sánchez (se refiere al Gobernador de Michoacán Rafael Sánchez Tapia, quien dejó luego el gobierno del Estado para ser Secretario de Economía en el segundo Gabinete del General Lázaro Cárdenas) llamó al Sr. Cura Arroyo y a los P. P. Salas, Serrato y Rentería y les dijo que quería un acercamiento, que ya veían la mucha tolerancia que hay y que deseaba que el clero ayudara al Gobierno para que los niños fueran a las escuelas (recordemos que las prohibiciones de parte de la Iglesia para que los niños de familias cristianas acudiesen a las escuelas oficiales había dado buenos resultado, en la mayoría de los pueblos de la Diócesis). Los P. P. respondieron que ellos no tenían autoridad sobre el clero… Preguntó el General con quién podría entenderse y le dijeron que con su Excelencia; él dijo que sabía que su Excelencia estaba fuera y forzosamente había dejado a alguno. Guillermo (Vargas, entonces Presidente Municipal de Zamora) expuso que ese alguno era yo; dijeron los Padres que yo estaba fuera y les recomendó me tratasen el negocio a fin de que se diera una Circular según sus indicaciones. Yo no pienso presentarme espontáneamente, pero creo que me citará; pienso hacerle ver que sólo soy un Secretario, con facultades limitadas y, como él dijo que ya los Sres. Martínez (Obispo de Morelia) y López (Obispo de Tacámbaro) accedieron a sus indicaciones, le diré que voy a conseguir las Circulares de ambos para ver los términos en que están concebidas”. Y más adelante sigue diciendo el Padre Martínez Silva: “Vino el Gral. Sánchez a apadrinar a un hijo de Carvallo: este señor me vino a buscar, pues quería que yo le administrara el bautismo; afortunadamente no me encontró y sé que Rentería lo hizo… Han quitado el Hospital a las Hermanas de los Pobres; me dicen quedará al frente una buena persona”.
Febrero 12 de 1935: “Dice el Gral. que está autorizado por el Presidente de la República para declarar que no se enseñará nada contra la Religión; pero elude hacer declaraciones escritas, pero aun estas serían de poca fuerza ante la ley… de hecho, en la manifestación del cinco desfilaron unos ochenta o cien niños de Ario y de aquí y gritaron ‘mueras’ a los curas y aun al Papa. Yo no veo que en absoluto pueda accederse a la solicitud del Gobernador…”
Mayo 2 de 1935: “Ayer hubo una manifestación de niños, mujeres y hombres, con trajes y banderas rojinegras, gritos, mueras al clero, al ‘Papa de Roma’, etc. Se había dicho que intentarían saquear los templos y hacer otras cosas; pero relativamente hubo orden; antes de la manifestación, a la hora del repique de la alborada, rompieron un vidrio de la casa de su Excelencia”.

Noticias sobre el Seminario
En cuanto a las noticias del Padre Martínez Silva, relacionadas concretamente con el Seminario, podemos ver algunas de ellas:
Enero 28 de 1935: “Se me avisó que sorprenderían a los seminaristas y le dije a Ramiro que no dieran clase hasta medio día y nada pasó…” Y en el Diario del Señor Vargas Cacho se ratifica tal hecho, al consignar lo siguiente: “Enero 29 de 1935. En la lista de notas de clases de 1935, el mes de febrero, tengo anotado que no hubo calificaciones porque ‘se suspendieron las clases’”.
Enero 29: “Aquí sigue la situación tirante; los seminaristas con temores de que ya investigan las casas que los alojan y aun a algún profesor; en Uruapan también están las cosas delicadas, aun para Aviña (Antonio que, siendo aun alumno Minorista, le ayudaba al Padre Pablo Escoto en la atención a los seminaristas, como luego veremos) y los alumnos de segundo año”.
Febrero 27: “Hoy, entre nueve y diez, fueron detenidos y llevados a la Presidencia Luis Rentería (El P. Rentería, hombre culto e inteligente, estaba recién llegado de Roma, donde había conseguido doctorados en Teología y Filosofía y licenciatura en Sagrada Escritura y daba algunas clases en el Seminario) y los seminaristas de segundo año de filosofía; los tomaron en el anexo del Calvario cuando estaban juntos platicando, sin duda, de algún asunto científico; por un recado equivocado, me presenté también yo y he celebrado la equivocación, pues Guillermo (Presidente Municipal de Zamora, como decíamos y amigo personal del Padre Salvador Martínez Silva) estuvo muy correcto, logré suavizar un poco la entrevista que resultaba tirante por las respuestas secas, contundentes y enérgicas de Rentería. Decidió Guillermo consignar el asunto al poder judicial y dejar entre tanto en libertad a los consignados…” Y, más tarde, el 2 de marzo: “Hasta hoy, ningún resultado ha tenido la consignación que hizo la Presidencia de los seminaristas y de Rentería”. Y el 6 de mayo: “El Seminario sigue bien y todo en Zamora es normal”.
Entre trabajos y sinsabores, que lo fortalecían, el Seminario de Zamora se iba consolidando.

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55.- La llamada “diáspora” o dispersión (1)
Viernes, 29.10.2010, 05:27pm (GMT-5)
Con el fin de complementar un poco la imagen de esta época decisiva para el Seminario de Zamora para su consolidación y organización, que fueron los años de 1935 a 1939, me permito añadir algunos datos interesantes e indispensables para tener una mejor idea de tal proceso. Y, en primer lugar, algo acerca de la dispersión a que se vio sometido el Seminario a causa de las circunstancias político-religiosas reinantes en la ciudad de Zamora. Desde luego, quisiera aclarar algo que, hablando de los Auxiliares del Seminario de Zamora, se ha manejado erróneamente: una cosa eran Los Colegios Auxiliares y otra los Seminarios Auxiliares. Los primeros, como lo señalaba el Padre José Plancarte en uno de sus tantos Informes, no eran precisamente extensiones del Seminario, sino que “el fin de estos pequeños Colegios es preparar debidamente a los niños que pretendan ser admitidos en el Seminario… llenar los huecos de la instrucción primaria… y cultivar las vocaciones para el Seminario”. Sus alumnos no eran seminaristas, sino aspirantes a seminaristas. En cambio, los Seminarios Auxiliares eran propiamente tales y sus alumnos sí eran seminaristas.

Antes de entrar en materia, recordemos que el Padre José Plancarte había tenido que abandonar Zamora, siendo Rector del Seminario, debido al atropellamiento involuntario de un anciano en la Calzada Zamora-Jacona, en 1931; pero, desde la ciudad de México siguió ejerciendo su cargo a través del Padre Ramiro Vargas Cacho, que fungía como Vice Rector. Como podemos ver por el apreciable número de cartas de ambos personajes y que existen en el Archivo del Seminario, todas ellas con las indicaciones y recomendaciones del primero al segundo y los informes de éste para el primero.

En la “diáspora”, los seminaristas extrañaban la capilla y la cancha de basquetbol de Aquiles Serdán 92.

Causas, motivos, razones y soluciones
En octubre de 1935 se enviaba a la delegación Apostólica un informe sobre el Seminario de Zamora, del cual me permito entresacar algunos párrafos: “Ha podido conservarse el Seminario… tiene actualmente 20 teólogos, 26 filósofos y 26 latinistas… Mucho han molestado las autoridades al Seminario: por eso están los seminaristas en tres ciudades diferentes y los de Zamora (donde están los teólogos, los filósofos y pocos latinistas) están divididos en grupos para dormir, comer y asistir a los actos piadosos y a las clases; éstas se dan ya en domicilios particulares, y en anexos de las iglesias… En Roma estudian tres teólogos y en San Luis Potosí, otros tres…” (Entre ellos, Francisco Esquivel y Ezequiel Montaño, por temor a las represalias del gobierno por su participación en la lucha armada.)
Ya veíamos cómo el Seminario ocupaba principalmente la casa propiedad de Don Rafael Verduzco, por la calle Aquiles Serdán, así como otras más y los anexos del templo de San Francisco. Pero llegó la famosa Ley 100 en la cual, entre otras cosas, determinaba que, por la Constitución, el Seminario no podía poseer ninguna casa, más aún, que las fincas de particulares que ocupara se sospecharía o se supondría que eran del Seminario, aunque estuviesen a nombre de aquellos particulares. Aquella Ley, además de darse a conocer en las publicaciones gubernamentales y en algunos periódicos, en Zamora fueron pregonadas en algunas de las esquinas, por lo que los dueños de las casas que el Seminario tenía prestadas o rentadas corrían el peligro de quedarse sin ellas y, por tal motivo, el Señor Obispo Fulcheri creyó necesario y prudente que el Seminario las desocupase, pero advirtiendo que el Seminario de Zamora no se volvería a cerrar y que “si no se podía tenerlo en casas de particulares, nos iríamos a los anexos de los templos y, si ni en éstos se podía, se darían las clases en los templos mismos”.
Por las mismas circunstancias adversas, los Colegios Auxiliares establecidos en Cojumatlán, Purépero, Yurécuaro, etc., habían casi desaparecido o, por lo menos, ya no funcionaban con las mismas facilidades de antes. Pero, ahora, no se trataba de la subsistencia de esos Colegios, sino de la subsistencia del mismo Seminario y, después de buscar soluciones al problema, se decidió que el Seminario se dividiera en varios grupos y llevar algunos de ellos a otras poblaciones de la Diócesis, señalándose a Uruapan, Cotija, Los Reyes y Santa Inés, teniendo en cuenta la disponibilidad de los Párrocos de dichos lugares (a quienes se consultó sobre el particular) y la posibilidad del funcionamiento de tales grupos sin los problemas y peligros que en Zamora existían. El Señor Cura de San Francisco, en Uruapan, Don Francisco Garnica, aceptó de muy buena gana, así como el de Cotija, Don Clemente García; en cambio el Señor Cura de Los Reyes, Don Jesús Pimentel y el Padre Celestino Fernández, entonces encargado de la Vicaría de Santa Inés, aunque personalmente querían al Seminario y estaban dispuestos a ayudarlo, sin embargo, el primero dijo que veía muy difícil colocar seminaristas en casas particulares, debido a las circunstancias de la población; el segundo hizo ver que, por la pequeñez de Santa Inés y su pobreza, veía problemático el establecimiento de una parte de los alumnos del Seminario por lo que esto significaría, así como por el abastecimiento de personal docente.

La Casa Matriz del Seminario, en Zamora
Desde luego, fue doloroso para el Seminario de Zamora, Superiores y alumnos, el cambiar de golpe, debido a la obligada “diáspora”, la organización y el acomodo que, desde 1929 habían venido consiguiendo. Tal acomodo lo podemos constatar, leyendo el Diario de Monseñor Ramiro Vargas Cacho, quien, con nostalgia y agradecimiento, lo describe así: “Para el año 1934-35, conseguimos tres casas donde pudimos dormir y comer los teólogos, es decir, que hubiera algunos cuartos para dormitorio, un pequeño comedor y quien hiciera la comida (no que nos dieran, sino que la hicieran, dando el Seminario los materiales). No recuerdo si se les pagaba a ellas o ellas daban su trabajo (esto era cosa del P. Ecónomo… Las casas fueron: 1ª. De Lola Carlín, por Morelos, cerca del Teco. Esta señorita, ya anciana, era maestra en cocina (creo que había sido la cocinera del Seminario Antiguo) y le ayudaba otra Señorita Antonia, también muy buena cocinera. Allí pusimos, me parece, a los teólogos más adelantados, quizás unos 10. La 2ª, la casa de Lola Pulido, por Hidalgo, cerca del Calvario. Entiendo que también eran puros teólogos los que vivían en este domicilio, quizá de 8 a 10. La 3ª, finalmente, estaba la casa de la Srta. Luz Múgica, tía carnal del Gral. Múgica (no recuerdo si esta casa la tuvimos desde el primer año o se agregó al 2º). Alguna vez –o más– fue el General a visitar a su tía y, sin duda, se dio cuenta de quiénes eran los jóvenes huéspedes… Estas 3 casas eran pues de internos, dormitorios y comida: salían a misa y clases. Había otras casas donde se ofrecieron dormitorios (sin comida) para 3 ó 5 alumnos. Así Florencia Moreno (además daba de comer a uno) como a 5 les daba dormitorio; el Padre Cabrera, para 3; la Señora Orozco Viuda de Méndez, 3; Margarita Sandoval, 3 ó 4, y el P. Luis Méndez Codina; en mi casa, 3 ó 4; Mariquita Chevalier (mamá del P. Rentería) para 3 y creo que otros más. Algunos de los latinistas, creo que comían y dormían en su casa o en casa especial… el P. Alfonso Méndez Plancarte, en la casa de Lola Padilla”.
Como era natural, los alumnos y maestros del Seminario que quedaron en Zamora tuvieron que adaptarse a un nuevo género de vida en todos los órdenes: actos de piedad (misas y otros actos, a veces en la casa de Lola Carlín y otras en la de Lola Pulido o Doña Amalia Ruiz), las clases (ya no en salones, sino en los anexos de algunos templos), el estudio, donde se podía), deportes y convivencias, de vez en cuando y con menos peligro.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 56.- La llamada “diáspora” o dispersión (2)
Domingo, 07.11.2010, 02:18pm (GMT-5)

Mientras que, en Zamora, la mayor parte del Seminario se iba acomodando a las circunstancias, los pequeños grupos del mismo que se habían establecido en Uruapan y en Cotija hacían lo propio. Aunque sea brevemente, podemos echar un vistazo a cada uno de estos dos grupos, teniendo en cuenta que el material documental existente, tanto en el Archivo Diocesano como en el del Seminario sobre el particular, es suficiente como para escribir “largo y tendido” sobre esos años vividos en el destierro. Las cartas que el Padre Ramiro Vargas, desde Zamora y por sugerencia del Señor Cura de Cotija, les enviaba a aquellos grupitos para alentarlos y animarlos (les eran leídas a todo el grupo) y las de varios de aquellos alumnos que le contaban sus “aventuras” y todo lo que en torno a ellos y a su estancia en aquellos lugares sucedía son una fuente interesante y extensa de información sobre tales grupos. Lo curioso e increíble de esta correspondencia era que el Padre Ramiro utilizaba el seudónimo de Luis M. Huerta y, al referirse al Señor Obispo, lo nombraba como el patrón Don Manuel y todo esto para evitar problemas y complicaciones, porque se llegó al extremo, por parte del gobierno, de requisar y censurar la correspondencia privada de los Sacerdotes.

Cotija

Al principio, cuando al Señor Cura de Cotija, Don Clemente García, le fueron requeridas su licencia y su ayuda para establecer en aquella Parroquia un grupo de seminaristas, de los más pequeños, éste contestaba entre otras cosas el 7 de noviembre de 1934: .. “para los jóvenes de aquí (Cotija) veo el asunto fácil, porque no llamarán la atención; la presencia de otros jóvenes sí llamaría la atención, por lo que yo opino que sí se puede atender a los jóvenes de esta ciudad y algunos dos o tres de otra parte…Recibirán únicamente las clases y se retirarán a sus casas…Estamos a sus órdenes y dispuestos a ayudarlos lo más que podamos…”

Efectivamente, varias familias de Cotija ofrecieron su ayuda y hospedaron a varios chicos que eran de esa población, formándose así un pequeño grupo que estuvo “bajo la protección y la dirección del Señor Cura Don Clemente García” y teniendo como encargado de él a Francisco Valencia Ayala, joven maestro de Escuelas Oficiales que hacía un año había entrado al Seminario a la edad de 23 años, “de plena confianza y, como había sido profesor, sabía cómo gobernar y enseñar a los alumnos más pequeños”. Don Pancho Valencia (como le llamaban todos y que sería luego Rector del Seminario) fue auxiliado en la enseñanza de los alumnos por Ignacio Carranza, ex seminarista inteligente y culto y, poco después por el Vicario de Cotija, recién llegado de Roma, Padre Rafael Arroyo. Algunos párrafos de la correspondencia del Padre Ramiro Vargas con este grupo de Cotija:

El 19 de diciembre de 1934: “… os recomiendo mucho que, a pesar de estar fuera del Seminario, sigáis siendo seminaristas en todo el sentido de la palabra, huyendo de lo que os aparte del noble fin que perseguís y trabajando por adquirir, en medio de las dificultades, las virtudes y la santidad de vida tan necesaria al Sacerdote”. A mediados de 1935: “He estado recibiendo algunas cartitas de Uds.… las agradezco no sólo porque me dan noticias de cómo están, sino porque también veo en ellas un signo de vuestro amor al Seminario ahora impedido y del cual aun en medio de la dispersión ha querido Dios que sea yo el representante”. Y a fines del mismo año: “El Sagrado Corazón los bendiga copiosamente y oiga ya nuestras oraciones y nos una, no sólo moral, sino también físicamente bajo el mismo techo y alrededor de un Sagrario…!”

Uruapan

En Uruapan, también el Señor Cura Don Francisco Garnica Ríos, al ser consultado sobre la posibilidad y su disponibilidad para admitir en aquella población a un grupo de seminaristas, contestó al Padre Ramiro Vargas, el 4 de diciembre de 1934: “Con gusto ayudaremos en todo lo que podamos… lo de la alimentación creo que no tiene dificultad, lo mismo que donde se viva; lo que veo más difícil es lo de las clases… Juzgo prudente, por las circunstancias últimas, que se espere más días, unos 15 ó 22 días, para ver en manos de quien quedan las cosas…” Pero todo se solucionó, gracias al cariño y a la buena voluntad de este Párroco por el Seminario, así como también de las de los Padres Baldomero Fernández y José Tapia que lo apoyaron incondicionalmente. Algunos de los seminaristas dormían en el curato, otros en algunas casas particulares, donde también recibían los alimentos; para los actos de piedad, se reunían en la Parroquia de San Francisco (la única entonces en Uruapan) y recibían las clases en algunas huertas, para no llamar la atención como “escuela religiosa”.

El grupo estaba también bajo la protección del Señor Cura Garnica, pero lo dirigía el Padre Pablo Escoto, de Purépero, recién llegado de Roma y que prestaba sus servicios también como Vicario de Uruapan (luego sería Vicerrector del Seminario) y fungían como celadores Antonio Aviña Magaña (maestro luego del Seminario y primer Párroco del Calvario en Zamora. Gran hombre y excelente Sacerdote) y Jesús García Ayala (de Yurécuaro y futuro Padre Espiritual del Seminario, así como Obispo de Campeche). Ambos eran aún seminaristas, aunque el primero ya había recibido las Órdenes Menores.

El 5 de diciembre de 1934, ya el Padre Vicerrector, Ramiro Vargas, le escribía al Señor Cura Garnica: “…estoy impaciente de que salgan cuanto antes los muchachos, pues ellos están deseosísimos y es natural que yo participe de su impaciencia; por otro lado, yo desearía que pronto fuera esto un hecho consumado… por todo esto me dice el Señor (Obispo) que le pregunte a Ud. qué le parece, arriesgándole a que nos echen fuera de un momento a otro como aquí”.

El 15 de septiembre de 1935, ya se vislumbraba una luz al final del túnel, por lo que les escribe a los seminaristas radicados en Zamora: “Hace un año, ante un futuro incierto y nada halagüeño, a petición de algunos de Uds., pasamos una de las últimas noches a los pies de Jesús Sacramentado pidiéndole por nuestro Seminario. Ahora no podemos hacer otro tanto por razones obvias… pero he creído conveniente que… acompañemos todo el día a Ntro. Señor solemnemente expuesto, dándole gracias… especialmente de la apertura y permanencia del Seminario, no obstante las muchas y grandes dificultades del presente tiempo”.

Y ya en diciembre de 1935, a Antonio Aviña: “Con gusto veo que han podido comenzar a hacer algo, esperando en Dios que todo siga así, para poderlos tener todos aquí el año entrante, no sólo sin pérdidas, sino con muchas ganancias…Te recomiendo mucho de nuevo a los muchachos; tú sabes el peligro que tienen viviendo en casas particulares y en una ciudad como esa; no dejes de insistir en la frecuencia de sacramentos, huída de los malos amigos y diversiones profanas…”
Así vivía el Seminario de Zamora su “diáspora” en aquellas dos poblacionews, esperando el día de su regreso a Zamora.

Jorge Moreno Méndez

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57.- Un peligro que se desvanece
Viernes, 12.11.2010, 08:06pm (GMT-5)
Esbozo de historia de una Institución trascendental
Jorge Moreno Méndez
Poco a poco, las aguas vuelven a su cauce
Para el año de 1937, la situación político-religiosa en la ciudad y en la Diócesis de Zamora comenzó a normalizarse. Varios fueron los factores que ayudaron a la distensión de los graves enfrentamientos entre Gobierno e Iglesia zamorana, motivados por la Escuela Socialista y el agrarismo, entre los que podemos enumerar dos: en febrero de 1937, el Obispo Auxiliar de Morelia, Don Luis María Martínez Rodríguez, fue nombrado Arzobispo de México y, en septiembre de ese mismo año, el Papa lo nombró Encargado de la Delegación Apostólica, con todas las facultades de un Delegado y la bonhomía, el carácter, la prudencia, la diplomacia y el don de gentes de este personaje influyó notablemente en el arreglo de muchos de los problemas existentes entre Gobierno e Iglesia. Por otra parte, la salida del General Cárdenas del Gobierno del Estado para ascender a la Presidencia de la República también ayudó a que hubiese menos problemas, muchos de ellos causados, no tanto por el mismo General, sino por otros personajes que querían quedar bien con él.
Todo esto lo podemos comprobar por los continuos informes que el Señor Salvador Martínez Silva le enviaba a distintas partes (a Estados Unidos, por motivo de visitas, y a Manila, por su asistencia al Congreso Eucarístico Internacional) al Señor Obispo Fulcheri, en cierta forma, desterrado de la Diócesis. Ya para mayo de 1937, le escribía: “Por aquí estamos menos mal: en Zamora tenemos completa libertad religiosa. El Seminario sigue adelante”; y en ese tenor le sigue informando el resto del año. En mayo de 1938: “No hay novedad alguna de importancia”; en Mayo 23 siguiente: “Se está ya arreglando la casa del Lic. Perfecto Méndez” (en Juárez y Morelos, pues se la iban a rentar para que en ella residiera el Señor Obispo, ante su inminente regreso); en julio 22 de 1938, se le informa al Señor Luis Ma. Martínez sobre el estado de la Diócesis, entre otras cosas: “En los últimos meses ha mejorado en general la situación de esta Diócesis por lo que ve a la libertad religiosa; se estableció el culto público en las Parroquias de Chavinda, Purépero, Penjamillo y Charapan y parece que pronto podrá reanudarse en Taretan y regularizarse en Cherán”.

Educación, diplomacia, tolerancia y diálogo
En octubre de 1939, acaeció un hecho que, por un momento, dio pie para que se temiera por un nuevo brote de problemas y dificultades con las Autoridades Civiles y, esta vez, a nivel Federal. Con temor de enfadar a algunos lectores o de abusar de la paciencia de otros, quisiera compartir con ellos el desarrollo de este suceso, no sólo por su importancia, por su interés, por ser un retrato objetivo y fidedigno de las relaciones de la Iglesia y del Gobierno en estos años,

Por sugerencia de algunos se pretendia poner una preparatoria en los anexos de catedral

sino porque su proceso y los personajes que en él intervinieron son un claro ejemplo de educación, de diplomacia, de tolerancia y de diálogo. Para mostrarlo, creo que lo más apropiado es transcribir las cartas del Señor Martínez Silva al Señor Fulcheri sobre el particular:
“Anoche estuvo a verme el Sr. D. Francisco Vega, Jr. C. y me manifestó ser Visitador Especial de la Secretaría de Educación Pública, amigo del Sr. Lic. Vázquez Vela y Comisionado por él (que en breve llegará a Zamora) para tratarme un importante asunto; se revela este Sr. Vega hombre, no sólo educado, sino culto y sensato; me platicó que es un antiguo revolucionario, que fue Ataché de la Embajada Mexicana en París, Visitador de Consulados en Europa, etc. Llegó a expresarme confidencialmente y en forma, que no tengo motivos para juzgar insinceras, sus tristezas por el fracaso de la Revolución en tal o cual orden, tuvo ciertas expresiones favorables al clero y aun habló de la Justicia Divina…” E informa al Señor Fulcheri del asunto de aquel importante personaje: “…quiere el Gobierno que se establezca en Zamora una preparatoria para que los jóvenes puedan seguir luego una carrera profesional en la Universidad, y que tanto el Sr. Presidente Cárdenas, como el Sr. Ministro Vázquez Vela desean ocupar para esto el anexo de la Catedral. No quieren apoderase de él en forma violenta, sino que, con la mayor atención, piden que se les dé en arrendamiento y garantizan que, más tarde, volverá a la Iglesia. El Sr. Vega me habla de deseos del Sr. Cárdenas y de darle gusto, ahora que él quiere acercamiento y armonía, etc. Se fijan en este edificio por su buena posición, por la dificultad de encontrar otros edificios adaptados para ese objeto…Yo contesté al Sr. Vega que el clero quiere colaborar con el Gobierno en cuanto redunde en bien de la Patria, que estimamos la labor pacificadora de los espíritus que intenta el Sr. Presidente Cárdenas;enumeré los establecimientos educativos que había en Zamora (para Don Lázaro, “había en Zamora muchas iglesias y pocas escuelas”) y los edificios que tomó el Gobierno; le dije que el anexo de la Catedral era “el último rinconcito” que nos quedaba para oficinas indispensables en una Diócesis, que nosotros no podríamos conseguir otro local en arrendamiento, por el miedo que tienen los particulares a la expropiación, que esto causaría una impresión muy penosa a la sociedad, que vería que perdía la Iglesia en días de paz y de inteligencia con el Gobierno lo que no había perdido ni aun en los días más penosos del Gobierno callista; y le dije que nosotros nada podíamos hacer. Me crucé de brazos y agregué: “Tiene la última palabra el Gobierno”. Entonces me dice le Sr. Vega: “Comprendo el alcance de esta expresión y los sentimientos de Uds., pero no es la mente del Gobierno apoderase, sino `pedir, solicitar el edifico’”… Agregué finalmente que yo nada podría resolver y que tendría que comunicar este asunto a su Sría. Ilma., actualmente en México. Me suplicó entonces el repetido Sr. Vega que escribiera luego a Vuecencia y que diera a dicho Señor una copia de mi carta y tal es el objeto de la presente”.

Final feliz y sin contratiempos
Ese mismo día y ante aquella amenaza de pérdida de algo que era necesario para el Gobierno de la Diócesis, como lo eran las Oficinas de la Mitra, el Señor Martínez Silva mandó a México al Padre Miguel Serrato y a Don Macario Ruiz para que le llevasen al Señor Fulcheri dos cartas: una en la que le explicaba la situación y otra, con copia al Secretario de Educación, como lo había pedido el Señor Vega y, además para que le enviase instrucciones de cómo debería proceder ante aquella situación. En la primera le decía: “…no pude sacar en claro lo que haría el Gobierno en caso de una negativa; a veces me parecía ver una actitud amenazante en el Sr. Vega… a veces me parecía que era una simple intentona”. Más aún, le dice el Señor Martínez Silva que se atrevió a hablarle al Sr. Vega “de diversas casas donde podría ponerse la escuela preparatoria, de lo inadecuado del anexo de Catedral para tal objeto y aun del mismo antiguo Seminario de Juárez y Morelos incautado y que estaban dejando se arruinase. “El Sr. Vega me dijo que el antiguo Seminario estaba ya en ruinas, ya no puede repararse y habrá que abandonarlo…”
Después de haberse comunicado con sus respectivos jefes, el Sr. Martínez Silva y el Señor Vega terminaron aquel asunto, en paz y razonablemente: “El Señor Vega ponderó la exposición que yo le hice y el Señor Ministro encontró que teníamos razón en no acceder y que no insistiría más en el asunto… protesté al Sr. Vega mi agradecimiento por su actitud y la del Señor Ministro y quedé satisfecho con la ecuanimidad y cordura que ambos señores manifestaron en este asunto”.
Y así Catedral siguió contando con sus Oficinas de la Mitra y no se llevó a cabo la poco razonable y práctica sugerencia de algunos zamoranos para utilizar aquellos anexos como Escuela Preparatoria. Cuando hay diálogo, educación, tolerancia y razonamientos, todo se puede arreglar.

Por sugerencia de algunos “zamoranos”, se pretendía poner una Preparatoria en los anexos de Catedral.

Jorge Moreno Méndez

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Jorge Moreno Méndez – 58.- “La Tebaida” y el fin de la “diáspora”
Viernes, 19.11.2010, 02:44pm (GMT-5)
Acomodo necesario
El Padre José Plancarte, Rector del Seminario de Zamora, por las razones ya mencionadas, había tenido que abandonar Zamora en 1931 y había quedado como Vicerrector del mismo el Padre Ramiro Vargas Cacho. Desde la ciudad de México, el Padre Placarte enviaba instrucción y recibía informes del Padre Ramiro, formándose así una copiosa correspondencia entre ambos. Pero, ante la imposibilidad del regreso del Padre José, el Padre Ramiro fue nombrado Rector, el 22 de marzo de 1937 y fue a él a quien le tocó gran parte de los problemas del Seminario y el buscar su solución. Desde luego, por sugerencia del Señor Fulcheri, por el peligro que entrañaba para el Señor Verduzco el seguir ocupando su casa de Aquiles Serdán, pero, sobre todo, por la urgencia de una casa más amplia o varias casas juntas, tanto para poder conformar mejor el Seminario en el aspecto de piedad, estudio, disciplina y deporte, como por el creciente número de solicitudes para ingresar a él de parte de niños y jóvenes de toda la Diócesis, el Padre Ramiro se vio en la necesidad de buscar dicha casa o casas necesarias. Además de todo esto, se vio la urgencia de terminar con los alumnos externos y seminternos por los problemas que su existencia acarreaba a la disciplina, a la piedad y al estudio en el Seminario. El mismo Padre Ramiro, en su Diario, nos cuenta cómo se comenzó a trabajar en este sentido: “Poco después, ya para 1936… conseguimos que la Sra. Amalia Ruiz de Gómez (abuela del P. Cobos y pariente de Eligio y Jesús Esqueda tenía mucha amistad con esta casa y creo que Jesús Esqueda nos la consiguió), nos facilitó una troje que tenía en el corral, en su casa de Juárez 89, para clase de teólogos. Pero no llegábamos por la puerta de su casa, sino por la casa del P. Rentería y por la de Luz Múgica (tía del General Múgica) y después, con dos escaleras, una de cada lado, brincábamos la barda divisoria. Sólo el Sr. Luna (por su edad) entraba directamente por la casa de la señora Amalia. La troje era amplia y tenía más o menos luz; pero lo que mortificaban eran las collarejas y chinches que hay a veces en los gallineros (en el corral había gallinas). Molestaban picando en las piernas y molestaban distrayendo al profesor, al ver esta molestia de los alumnos (todavía no había flit, ni D D T).
Poco después se consiguieron (rentadas, prestadas, donadas o compradas), otras casas, junto a la de la Señora Amalia: la casa de la Señorita Soledad Igartúa, en la calle de Hidalgo (la ocuparon varios de los Padres Maestros del Seminario); otras dos más, por la misma calle de Hidalgo, hacia el templo del Calvario (una de ellas la ocuparon las Religiosas y demás personas que se encargaron de los alimentos para el Seminario) y también otras dos casas, por la calle de Morelos.

La Capilla, centro y corazón de “la Tebaida”.


Un proceso de formación y una atinada alusión
Fue admirable la manera en que el Seminario de Zamora fue adaptando estas casas a sus necesidades, por medio de conexiones, construcciones y adaptaciones, para formar un conjunto habitacional con lo indispensable para cubrir sus necesidades básicas y tener así la oportunidad de hacer del Seminario de Zamora, a pesar de estas carencias materiales, uno de los mejores Seminarios de la República, según una afirmación de la misma Congregación Pontifica de Seminarios. A este conglomerado de casas del Seminario se le llamó “La Tebaida”, haciendo alusión a la región española en la que, en el siglo IV, se establecieron muchos cristianos que, como ermitaños, buscaban vivir en la oración y la reflexión. A las incomodidades y carencias, superiores y alumnos del Seminario de Zamora, sobrepusieron su entusiasmo, su alegría y su optimismo. Se podría hacer una descripción detallada de esta “Tebaida”, pero contentémonos con dar algunos datos, sobre todo y casi en su totalidad, para cuando ya pudieron ser traídos los seminaristas de la “diáspora” y se pudo admitir un mayor número de nuevos alumnos. La entrada principal estaba por la calle Juárez, número 100 y daba lugar a un pequeño recibidor, donde los alumnos podían ser visitados por sus familiares. Seguía un amplio patio, con sus cuatro corredores y rodeado de los cuartos del Padre Rector, del Padre Prefecto de Disciplina del Seminario Mayor, del Padre Espiritual, de una pequeña Biblioteca, del cuarto de música y varios dormitorios, quedando al final el salón de los teólogos que eran los que pertenecían a esta 1ª división. Un pequeño pasillo conducía inmediatamente a la 2ª división, de los filósofos de 2º y 3º y se componía de un patio, sin portales, el cuarto del piano, dormitorios y salones en un 2º piso. A la derecha de este patio, rumbo a la calle de Morelos, estaba la 3ª división, de los filósofos de 1º, con sus dos pequeños patios, su salón y dormitorios en la planta baja y en un 2º piso. Del mismo patio de la 2ª división, hacía la derecha, con rumbo a la calle de Hidalgo estaba la 4ª división, de los latinistas de mayor edad y contaba con dos patios: en el primero, un salón y los baños (de regadera de agua fría y uno de agua caliente); en el segundo patio, los dormitorios de los alumnos y el Padre Prefecto de Disciplina del Menor. Al terminar el ya mencionado patio de la 2ª se encontraban la capilla y, al costado de ésta, el comedor, cada uno de ellos con su propia e interesante historia:
La primera con su retablo y altar, traídos de la Hacienda de San Juan, ranchería de Chavinda, cuya capilla había sido incautada por los agraristas; con sus imágenes, llenas de historia algunas y otras de gran valor artístico; con su armonio, que había estado en el antiguo Seminario de Juárez y Morelos y que había sido rescatado a escondidas, después de haber sido incautado aquel edificio; con ornamentos y ramos de metal que habían estado en el Noviciado de los jesuitas en El Llano y que habían sido regalados al Seminario por el Señor de Dávalos, heredera de aquella Hacienda y de lo que en ella quedó. El amplio comedor con sus mesas de madera, también pertenecientes al Noviciado jesuita de El Llano y también regaladas por la misma persona al Seminario.

A pesar de las penurias e incomodidades eran felices en “La Tebaida”.

Seguían luego la 5ª y la 6ª divisiones de los latinistas más chicos, con sus patios, salones y dormitorios y, finalmente, una cancha de basquetbol, cuyo uso se turnaba entre todas las divisiones. Esa era, a grandes rasgos, “La Tebaida” que serviría de residencia al Seminario de Zamora por más de 30 años.
“Sangre de mártires, semilla de cristianos”
Para quienes son creyentes, el fenómeno que tuvo lugar en los anales del Seminario de Zamora, durante y después de esos años de persecución y problemas de todo tipo, no fue sino la realización de un dicho antiguo que aseguraba que cuando la iglesia cristiana era perseguida y muchos de sus miembros daban la vida por defender su fe, el número de los que se agregaban a ella aumentaba de manera sorprendente. Es admirable el crecimiento de vocaciones al Sacerdocio que tuvo lugar en la Diócesis a raíz de aquellos acontecimientos dolorosos. Pero, para quienes no tienen fe, aquello no fue sino una mera coincidencia o un fenómeno explicable por la sicología o el instinto de imitación y de sentirse “héroes”. Se explique como se explique, los siguientes datos nos dan una idea de tal fenómeno:
En cuanto al ingreso al Seminario, podemos dar algunos ejemplos: en 1929 ingresaron al Seminario 44 alumnos; en 1930, 60; en 1931, 64; en 1933, 36; en 1935, 38, en 1937, 50; en 1939, 57 y, en 1941, 76. En cuanto los ordenados Sacerdotes, podemos ver los siguientes datos: en 1935, se ordenaron Leopoldo Guerra y Moisés Chávez; en 1936, Luis M. Zamora, Gonzalo Navarro y Porfirio Medina; en 1937, Rafael y Pedro Ramírez, Marciano Espinoza, Jesús García, Jesús Chávez y Francisco Esquivel; en 1938, Carlos Valdés, José Cortés, Emiliano del Río, Baltazar Espinoza, José Eligio, Ezequiel Montaño, Federico Cortés y Pedro González. Y así podríamos seguir dando otros datos semejantes de aquellos años de “La Tebaida”.
Se interpreten como se interpreten, los datos ahí están y son de admirarse…

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Jorge Moreno – Esbozo de historia de una Institución trascendental
Viernes, 26.11.2010, 01:33pm (GMT-5)
59.- Ramiro Vargas Cacho, noveno Rector del Seminario de Zamora

Niñez y adolescencia
Ramiro Vargas Cacho nació el 26 de septiembre de 1903 en Tingüindín, en donde fue bautizado el mismo día de su nacimiento, siendo sus padres Don Antonio, nacido en Cotija, y Doña María, nacida en Tingüindín. Fue confirmado por el Señor Obispo Cázares e hizo su Primera Comunión el 1º de mayo de 1911. Estando de Párroco el Señor Cura Don Ignacio Custodio (que había sido Padre Espiritual en el Seminario de Zamora e ingresaría luego a la Compañía de Jesús), el pequeño Ramiro fue acólito y recibió algunas clases de latín por parte del mismo Padre Custodio, al tiempo que estudiaba sus años de primaria en la Escuela Parroquial, con los maestros Luis Figueroa y Rafael Aguíñiga.
A los 13 años y a la entrada a Tingüindín de Inés Chávez García, en agosto de 1917, y siendo Presidente Municipal Don Antonio Vargas, la familia Vargas Cacho tuvo que salir de aquel pueblo y refugiarse en Zamora, a donde llegaron después de dos días de camino en burro. Ya en esta ciudad y después de algunas estancias en el Estado de Guanajuato por motivos de trabajo de Don Antonio, el adolescente Ramiro entró a formar parte del Coro infantil de Catedral, cuyos integrantes servían también de acólitos en la misma, asistiendo al mismo tiempo a la Escuela Particular de Don Emilio Rosales, ubicada cerca del Calvario y frente al Cuartel. Por el ambiente de su pueblo, de su familia y sus experiencias en Catedral, pronto nació en Ramiro su deseo de ser sacerdote y estuvo a punto de solicitar ser admitido en la Compañía de Jesús (de hecho se entrevistó con un Sacerdote Jesuita que llegó a Zamora, pidiéndole consejo para hacer dicha solicitud).

El seminarista en Zamora
Ya vimos cómo en 1918 llegó de México el Padre José Plancarte para reabrir y organizar el Seminario, cerrado durante la Revolución, comenzando por entrevistar a varios niños y jóvenes zamoranos para buscar vocaciones. El Canónigo Antonio Méndez le recomendó al Padre Plancarte que entrevistara, entre otros, al infante de Catedral, Ramiro Vargas y el Padre Benjamín Serafín, Vicario de la Purísima, lo llevó ante el Padre Plancarte, quien lo examinó y quedó satisfecho de las buenas disposiciones de aquel adolescente para preparase al Sacerdocio y lo admitió al seminario, comenzando, así, a ser el protector y gran bienhechor de Ramiro, quien llegó al anexo del templo de Los Dolores, donde funcionaba entonces parte del Seminario, el 2 de septiembre de 1918. Sus compañeros de curso fueron, entre otros, Carlos Verduzco Quien se salió del Seminario y estudió Leyes), Javier Ramos y Rafael Lara (quienes se dedicaron luego al comercio), Reynaldo Ávalos, Benjamín y José Tapia, Ángel Chávez (quienes llegaron a ordenarse), Juan Orozco y Felipe Gutiérrez.
Le tocó un corto tiempo que fuese Rector el Padre Antonio Guízar Valencia, futuro Arzobispo de Chihuahua, y luego el mismo Padre José Plancarte y como Director Espiritual al Padre José Ma. González Valencia, futuro Arzobispo de Durango. La vida del joven Ramiro en el Seminario de Zamora transcurrió como la de todos sus demás compañeros, viviendo las experiencias y carencias de aquellos años, siendo uno de los más aplicados en el estudio y observante estricto de las normas disciplinarias.

Estudiante en Roma
Estando todavía como Obispo de Zamora el Señor Othón Núñez, éste había dado su aprobación para que el joven Ramiro Vargas se fuese a estudiar a Roma la filosofía y la teología, pero habiendo sido nombrado Arzobispo de Oaxaca, aquella decisión quedó pendiente hasta que llegó el nuevo Obispo a Zamora, Don Manuel Fulcheri, quien ratificó lo planeado y Ramiro se trasladó a Roma, en septiembre de 1922, para proseguir sus estudios eclesiásticos, utilizando una de las becas que el Señor Arzobispo de Guadalajara, Don Francisco Orozco Jiménez tenía fundadas para que seminaristas pobres de Zamora (Ramiro era uno de ellos) pudieran estudiar en el Colegio Pío Latino. Años más tarde, el Padre Ramiro escribiría sus Memorias y en ellas, de una manera muy especial, se explaya y goza en la narración de aquellos 7 años de su permanencia en Roma, años que dejarían una huella profunda en el ser y en el pensar del futuro Rector del Seminario de Zamora y que, en cierta forma, nos dan una idea de su futura personalidad y estilo

El seminarista Ramiro vargas cacho en el Pio Latino.
de gobierno, por lo que me permito transcribir algunos de esos párrafos:
“Roma – Todavía no había yo profundizado en lo que significa Roma para un cristiano y para un seminarista; poco sabía de los tesoros espirituales y materiales que allí se encuentran… pero, sin profundidad, sabía que era Roma, que allí estaba el Papa, el Colegio y la Universidad donde iba a formarme…”
“La capilla (del Colegio Pío Latino) muy hermosa cuando se engalanaba y descubría sus ocultas bellezas, pero, más que todo, centro de nuestra piedad, donde Dios nos hablaría tantas cosas… donde recibiríamos tantas gracias… donde viviríamos aquella vida litúrgica pujante, aunque todavía estábamos lejos del Vaticano, aquella Schola Cantorum, fiestas de Noche Buena, de la Inmaculada, de la Semana Mayor… El Colegio Pío-Latino de entonces no se hubiera reconocido sin la vida espiritual alrededor de esa capilla, de la Madonna Bianca”
“Empezó el año con los ejercicios por supuesto de San Ignacio y muy bien dirigidos por el P. Nicola Mónaco, profesor de la Gregoriana… Recuerdo con gusto estos días y creo que fueron un buen principio para el año y nueva vida en el Pío Latino. Al terminarse la jornada, se apagaban las luces, Después de la última meditación y mientras cantaban el salmo Miserere, nos acercábamos a besar un crucifijo puesto en el presbiterio entre lámparas. El hombre vive de signos: Este acto será un recuerdo inolvidable.”
“Universidad Gregoriana.- Filósofo.- Llegó el día de ir a clases a la Gregoriana y a primero de filosofía. La Universidad dirigida por los P. P. jesuitas de todo el mundo es la continuación del Colegio Romano, parece que fundado por S. Ignacio de Loyola y donde han enseñado grandes profesores, entre ellos San Roberto Belarmino. Por sus aulas han pasado millones de sacerdotes de todo el mundo, muchísimos Obispos y Cardenales y no pocos Papas y Santos (S. Luis Gonzaga, por ejemplo). Su nombre Gregoriana se debe a Gregorio Magno. Su sede en esos días era el Palacio Borromeo, cerca de la iglesia de S. Ignacio, vía del Seminario, casa muy grande, pero que había tenido que ser acomodada a lo que hoy era, no todo era cómodo”.
“No sé cuántos serían los alumnos de la Gregoriana, quizás 1,500…todos de sotana. Salvo algún militar (seminarista en servicio); pero las sotanas eran de todos los colores: rojas (alemanes), negras (franceses), con vivos azules (españoles), sólo con banda azul (latinoamericanos), morada (escoceses)…religiosos: jesuitas, franciscanos, trinitarios, capuchinos…y por su puesto, en los recreos se hablaban todas las lenguas: en clases, latín en las principales, italiano, en las menos principales”.
“El Papa.- No sé precisar qué día fue la primera vez que vi al Papa; sé que en mis 7 años aproveché verlo la mayor parte de las veces que pude. Sé que lo amé y a Pío XI en particular y al Papa, por ser Papa. Y este amor fue creciendo. En el Colegio, además del ambiente muy adicto y entusiasta del Papa, se fomentaba mucho y se nos formaba en este “espíritu romano””
En este ambiente, se preparaba a su Sacerdocio el futuro Rector del Seminario de Zamora.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 60.- Ramiro Vargas Cacho, noveno Rector del Seminario de Zamora (2)
Domingo, 05.12.2010, 03:31pm (GMT-5)
Sacerdote para siempre

Ramiro Vargas Cacho fue ordenado Subdiácono el 6 de mayo de 1928, en la iglesia de Santa Teresa de la ciudad de Roma por Mons. Carlos Rossi, quien fue luego Cardenal y Prefecto de la Consistorial; recibió el Diaconado en la catedral de Liorna, el 22 de septiembre de 1928 de manos del Obispo de esa ciudad, Mons. Juan Riccioni; por último, cuando se llegó el tiempo de poder ver realizado su anhelo de tantos años, iba a ser ordenado Sacerdote el último domingo de octubre de ese mismo año, día de Cristo Rey, pero, 3 días antes, se enfermó, permaneciendo en cama, mientras sus compañeros eran ordenados en San Juan de Letrán, la catedral del Papa, y tuvo que esperar a recuperarse para ser ordenado; aquella ceremonia se programó para realizarse el 11 de noviembre de ese mismo año, en la capilla grande del Colegio, pero no fue posible, ya que ese mismo día fue consagrado Obispo Mons. Cicognani, para ser enviado de Nuncio Apostólico a Bolivia (después sería Cardenal) y, por tal motivo, Ramiro recibió el Presbiterado ese día, pero en la capilla de los Padres del mismo Colegio. Muchos años después el Padre Ramiro conservaba vivo el recuerdo de aquella ceremonia, con la misma emoción y sentimiento.

Todavía permaneció en Roma algunos meses, completando sus estudios eclesiásticos y obteniendo sus Doctorados en Filosofía y en Teología. En sus Memorias recuerda aquellas últimas vivencias en Roma, destacando, sobre todo, dos visitas al Papa: “El 17 de julio de 1929, audiencia especial para los que salíamos a nuestra patria, para los del Colegio solamente. El día 24 del mismo mes, otra audiencia del Papa, parece que fue a todos los seminaristas de Roma; me parece que en el Patio de San Dámaso y en ella nos dejaba como recuerdos varias recomendaciones: 1º. Piedad divina y filial, piedad romana, piedad papal; 2 ciencia sagrada y profana; 3 vida eucarística, en piedad y estudio; 4 Pureza de mente, de corazón y de cuerpo; 5 humildad, obediencia y disciplina”. El 16 de agosto dejaba el Colegio Pío Latino y marchaba hacia su destino en Zamora.

En el Seminario de Zamora

El 17 de septiembre de 1929 el Padre Ramiro llegó a Zamora, estando ya destinado a trabajar en el Seminario, según lo habían acordado el Señor Obispo Fulcheri y el Padre José Plancarte, Rector del mismo, pero antes de iniciar sus trabajos en aquella institución fue nombrado Vicario Cooperador de la Purísima, en la misma ciudad, cargo que desempeñó solamente durante 45 días, pues debería estar de tiempo completo en el Seminario.

No se pueden negar su gran amor, Su entrega desinteresada y su completa dedicacion al seminario de zamora durante muchisimos años

En un principio se pretendió nombrarlo Padre Espiritual de los seminaristas, pero se cambiaron los planes, ya que el Padre Antonio Guízar Carranza (llegado poco antes también del Pío Latino y que había ayudando al Padre Plancarte en el Seminario en exilio en Mixcoac) iba a ser nombrado Prefecto General de Disciplina, pero, finalmente fue enviado a Cotija, como encargado del Seminario Auxiliar en aquella población, y al Padre Ramiro se le asignó aquel puesto de Prefecto General de Disciplina. A este respecto, comenta el Padre Ramiro en sus Memorias, después de confesar que le asustó un poco la posibilidad de servir como Padre Espiritual: “En este puesto (Prefecto General de Disciplina) creo que no habría problema: yo estaría como ayudante, puesto secundario y no de la trascendencia del Director Espiritual; además estaría asesorado por el Sr. Rector que tenía ya 11 años al frente del Seminario, de 40 años, con experiencia, talento, ciencia, amor al Seminario y a los seminaristas y consagración a su oficio”.

Así nos narra el Padre Ramiro su regreso al Seminario de Zamora: “De nuevo en el Seminario de Zamora, en la misma casa que había dejado 7 años antes (Aquiles Serdán 92, hoy Colegio Auxilio). Cuando llegué, en la mañana del 9 de noviembre de 1929, ya estaban ahí algunos alumnos antiguos, otros nuevos… El Seminario, en noviembre de 1929 y para el curso escolar 1929-1930 tenía este personal: Rector Sr. Cango. Dr. Dn. José Plancarte Y; Prefecto Gral. de Disciplina Sr. Pbro. Dr. Dn. Ramiro Vargas; Director Espiritual Sr. Cango. Dn. Francisco Luna; Secretario. Dn. Federico Salas; Tesorero (Ecónomo) Sr. Pbro. Dn. José Cabrera (creo que el mismo Rector hacía de Prefecto de Estudios); Profesores: Teología Dogmática Sr. Plancarte (Rector) y Sr. Martínez Silva, Moral Sr. Luna (no recuerdo de otros); en Filosofía: Sr. Pbro. Dr. Dn. Gabriel Méndez Plancarte, Pbro. Dr. Dn. Ramiro Vargas; Historia y lenguas P. Agustín Magaña M.; otros profesores: P. Jesús Ceja, P. Miguel Serrato, P. Nacho Estrada, P. Federico Salas… Yo tenía Aritmética de 1º y, además de la Prefectura General en la Disciplina, era yo Prefecto de Capilla (encargado del culto en ella y de las asociaciones) y como el Sr. Luna no daba pláticas, yo tenía que dar una plática semanal y retiro mensual…, y de clases, 8 horas de Filosofía y 3 de Aritmética”. Así se incrustó en la vida del Seminario el Padre Ramiro y estaría unido a él durante muchos años… aunque ocuparía y ejercería otros cargos más: Vicerrector, Rector (del 23 de marzo de 1937 hasta el 5 de diciembre de 1957), Vicario General de la Diócesis, Canónigo, Visitador Apostólico de Seminarios, Presidente Nacional de las Obras Pontificias Misionales, etc.

Un Rector y una obra para ser juzgados

Hablar de la actuación del noveno Rector del Seminario de Zamora es algo difícil y complicado, debido a las numerosas y muy diversas opiniones que existen acerca de su persona, de sus criterios y de su manera de formar a los seminaristas, sobre todo, durante su gestión como Rector del Seminario de Zamora. Hay quienes lo exaltan y encumbran de manera significativa y hay quienes hablan de su cerrado criterio en varios aspectos, de que trató de trasplantar del todo el Colegio Pío Latino (horarios, costumbres, etc.) al Seminario de Zamora, de que trató de implantar una disciplina férrea y una formación monolítica y anticuada.

Sin entrar en polémicas, además de sus datos biográficos antes expuestos, me permito solamente hacer una simple reflexión: tal vez Don Ramiro haya dado pie a algunos de los anteriores juicios negativos dependiendo de los criterios con que se le juzgue (algunos de ellos nacidos sin el necesario conocimiento de los hechos, sólo de oídas), pero sus criterios, su manera de concebir y practicar la disciplina y la formación en los seminaristas, eran los más generalizados entonces, él mismo había sido formado en ellos y eran los que dictaba la Santa Sede y él solamente trataba de implantarlos. Fuera de cualquier discusión, únicamente me permitiré, en los próximos artículos, exponer la historia del Seminario, durante su mandato, sirviéndome de los documentos existentes, tanto en el Archivo Diocesano, como en el del Seminario y, ante ellos, cada quien podrá formarse su propio criterio sobre la obra de Don Ramiro. Pero, desde luego, lo que no se puede negar es su gran amor, su entrega desinteresada y su completa dedicación al Seminario de Zamora. Finalmente, copio una carta del Cardenal Pizardo, Prefecto de la Congregación de Universidades y Seminarios, existente en el Archivo del Seminario, dirigida al Padre Ramiro Vargas, el 25 de julio de 1959. “Le agradecemos en envío de la ‘Síntesis General’ y sus acertadas observaciones, vemos el interés que pone en la formación recta y tradicional de los jóvenes candidatos al Sacerdocio. Efectivamente hemos comprobado que sus propósitos se han realizado en el Seminario de Zamora, que Vuestra Señoría ha guiado durante tantos años, con mano segura, convirtiéndolo (lo podemos afirmar) en uno de los mejores de la República… Y tengo la satisfacción de comunicarle que el 29 del pasado mes de junio hablé con el Santo Padre de su trabajo y dedicación al Seminario. Su Santidad en aquella Audiencia, se mostró complacido por esta actividad e impartió paternalmente a Vuestra Señoría su bendición”. Creo que sobran los comentarios.

Jorge Moreno Méndez
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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 60.- Ramiro Vargas Cacho, noveno Rector del Seminario de Zamora (2)
Domingo, 05.12.2010, 03:31pm (GMT-5)
Sacerdote para siempre

Ramiro Vargas Cacho fue ordenado Subdiácono el 6 de mayo de 1928, en la iglesia de Santa Teresa de la ciudad de Roma por Mons. Carlos Rossi, quien fue luego Cardenal y Prefecto de la Consistorial; recibió el Diaconado en la catedral de Liorna, el 22 de septiembre de 1928 de manos del Obispo de esa ciudad, Mons. Juan Riccioni; por último, cuando se llegó el tiempo de poder ver realizado su anhelo de tantos años, iba a ser ordenado Sacerdote el último domingo de octubre de ese mismo año, día de Cristo Rey, pero, 3 días antes, se enfermó, permaneciendo en cama, mientras sus compañeros eran ordenados en San Juan de Letrán, la catedral del Papa, y tuvo que esperar a recuperarse para ser ordenado; aquella ceremonia se programó para realizarse el 11 de noviembre de ese mismo año, en la capilla grande del Colegio, pero no fue posible, ya que ese mismo día fue consagrado Obispo Mons. Cicognani, para ser enviado de Nuncio Apostólico a Bolivia (después sería Cardenal) y, por tal motivo, Ramiro recibió el Presbiterado ese día, pero en la capilla de los Padres del mismo Colegio. Muchos años después el Padre Ramiro conservaba vivo el recuerdo de aquella ceremonia, con la misma emoción y sentimiento.

Todavía permaneció en Roma algunos meses, completando sus estudios eclesiásticos y obteniendo sus Doctorados en Filosofía y en Teología. En sus Memorias recuerda aquellas últimas vivencias en Roma, destacando, sobre todo, dos visitas al Papa: “El 17 de julio de 1929, audiencia especial para los que salíamos a nuestra patria, para los del Colegio solamente. El día 24 del mismo mes, otra audiencia del Papa, parece que fue a todos los seminaristas de Roma; me parece que en el Patio de San Dámaso y en ella nos dejaba como recuerdos varias recomendaciones: 1º. Piedad divina y filial, piedad romana, piedad papal; 2 ciencia sagrada y profana; 3 vida eucarística, en piedad y estudio; 4 Pureza de mente, de corazón y de cuerpo; 5 humildad, obediencia y disciplina”. El 16 de agosto dejaba el Colegio Pío Latino y marchaba hacia su destino en Zamora.

En el Seminario de Zamora

El 17 de septiembre de 1929 el Padre Ramiro llegó a Zamora, estando ya destinado a trabajar en el Seminario, según lo habían acordado el Señor Obispo Fulcheri y el Padre José Plancarte, Rector del mismo, pero antes de iniciar sus trabajos en aquella institución fue nombrado Vicario Cooperador de la Purísima, en la misma ciudad, cargo que desempeñó solamente durante 45 días, pues debería estar de tiempo completo en el Seminario.

No se pueden negar su gran amor, Su entrega desinteresada y su completa dedicacion al seminario de zamora durante muchisimos años

En un principio se pretendió nombrarlo Padre Espiritual de los seminaristas, pero se cambiaron los planes, ya que el Padre Antonio Guízar Carranza (llegado poco antes también del Pío Latino y que había ayudando al Padre Plancarte en el Seminario en exilio en Mixcoac) iba a ser nombrado Prefecto General de Disciplina, pero, finalmente fue enviado a Cotija, como encargado del Seminario Auxiliar en aquella población, y al Padre Ramiro se le asignó aquel puesto de Prefecto General de Disciplina. A este respecto, comenta el Padre Ramiro en sus Memorias, después de confesar que le asustó un poco la posibilidad de servir como Padre Espiritual: “En este puesto (Prefecto General de Disciplina) creo que no habría problema: yo estaría como ayudante, puesto secundario y no de la trascendencia del Director Espiritual; además estaría asesorado por el Sr. Rector que tenía ya 11 años al frente del Seminario, de 40 años, con experiencia, talento, ciencia, amor al Seminario y a los seminaristas y consagración a su oficio”.

Así nos narra el Padre Ramiro su regreso al Seminario de Zamora: “De nuevo en el Seminario de Zamora, en la misma casa que había dejado 7 años antes (Aquiles Serdán 92, hoy Colegio Auxilio). Cuando llegué, en la mañana del 9 de noviembre de 1929, ya estaban ahí algunos alumnos antiguos, otros nuevos… El Seminario, en noviembre de 1929 y para el curso escolar 1929-1930 tenía este personal: Rector Sr. Cango. Dr. Dn. José Plancarte Y; Prefecto Gral. de Disciplina Sr. Pbro. Dr. Dn. Ramiro Vargas; Director Espiritual Sr. Cango. Dn. Francisco Luna; Secretario. Dn. Federico Salas; Tesorero (Ecónomo) Sr. Pbro. Dn. José Cabrera (creo que el mismo Rector hacía de Prefecto de Estudios); Profesores: Teología Dogmática Sr. Plancarte (Rector) y Sr. Martínez Silva, Moral Sr. Luna (no recuerdo de otros); en Filosofía: Sr. Pbro. Dr. Dn. Gabriel Méndez Plancarte, Pbro. Dr. Dn. Ramiro Vargas; Historia y lenguas P. Agustín Magaña M.; otros profesores: P. Jesús Ceja, P. Miguel Serrato, P. Nacho Estrada, P. Federico Salas… Yo tenía Aritmética de 1º y, además de la Prefectura General en la Disciplina, era yo Prefecto de Capilla (encargado del culto en ella y de las asociaciones) y como el Sr. Luna no daba pláticas, yo tenía que dar una plática semanal y retiro mensual…, y de clases, 8 horas de Filosofía y 3 de Aritmética”. Así se incrustó en la vida del Seminario el Padre Ramiro y estaría unido a él durante muchos años… aunque ocuparía y ejercería otros cargos más: Vicerrector, Rector (del 23 de marzo de 1937 hasta el 5 de diciembre de 1957), Vicario General de la Diócesis, Canónigo, Visitador Apostólico de Seminarios, Presidente Nacional de las Obras Pontificias Misionales, etc.

Un Rector y una obra para ser juzgados

Hablar de la actuación del noveno Rector del Seminario de Zamora es algo difícil y complicado, debido a las numerosas y muy diversas opiniones que existen acerca de su persona, de sus criterios y de su manera de formar a los seminaristas, sobre todo, durante su gestión como Rector del Seminario de Zamora. Hay quienes lo exaltan y encumbran de manera significativa y hay quienes hablan de su cerrado criterio en varios aspectos, de que trató de trasplantar del todo el Colegio Pío Latino (horarios, costumbres, etc.) al Seminario de Zamora, de que trató de implantar una disciplina férrea y una formación monolítica y anticuada.

Sin entrar en polémicas, además de sus datos biográficos antes expuestos, me permito solamente hacer una simple reflexión: tal vez Don Ramiro haya dado pie a algunos de los anteriores juicios negativos dependiendo de los criterios con que se le juzgue (algunos de ellos nacidos sin el necesario conocimiento de los hechos, sólo de oídas), pero sus criterios, su manera de concebir y practicar la disciplina y la formación en los seminaristas, eran los más generalizados entonces, él mismo había sido formado en ellos y eran los que dictaba la Santa Sede y él solamente trataba de implantarlos. Fuera de cualquier discusión, únicamente me permitiré, en los próximos artículos, exponer la historia del Seminario, durante su mandato, sirviéndome de los documentos existentes, tanto en el Archivo Diocesano, como en el del Seminario y, ante ellos, cada quien podrá formarse su propio criterio sobre la obra de Don Ramiro. Pero, desde luego, lo que no se puede negar es su gran amor, su entrega desinteresada y su completa dedicación al Seminario de Zamora. Finalmente, copio una carta del Cardenal Pizardo, Prefecto de la Congregación de Universidades y Seminarios, existente en el Archivo del Seminario, dirigida al Padre Ramiro Vargas, el 25 de julio de 1959. “Le agradecemos en envío de la ‘Síntesis General’ y sus acertadas observaciones, vemos el interés que pone en la formación recta y tradicional de los jóvenes candidatos al Sacerdocio. Efectivamente hemos comprobado que sus propósitos se han realizado en el Seminario de Zamora, que Vuestra Señoría ha guiado durante tantos años, con mano segura, convirtiéndolo (lo podemos afirmar) en uno de los mejores de la República… Y tengo la satisfacción de comunicarle que el 29 del pasado mes de junio hablé con el Santo Padre de su trabajo y dedicación al Seminario. Su Santidad en aquella Audiencia, se mostró complacido por esta actividad e impartió paternalmente a Vuestra Señoría su bendición”. Creo que sobran los comentarios.

Jorge Moreno Méndez
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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 61.- Épocas y prenotaciones
Domingo, 12.12.2010, 03:32pm (GMT-5)

La historia y sus épocas

La historia de la humanidad, la de los pueblos, la de las instituciones o la de los individuos se van formando con infinidad de sucesos y detalles que, como delgados o gruesos hilos, se van uniendo, entrelazando, coincidiendo o chocando y la van conformando y esclareciendo, hasta urdir un llamativo y singular tapete, testigo y maestro para los que la vamos conociendo. Más aún, en tales historias y debido a los distintos y variados elementos que las componen, podemos apreciar distintas zonas o épocas que, además de darnos una visión más completa de su objeto, nos permiten y facilitan su análisis.

También la historia o el esbozo de historia del Seminario de Zamora que tratamos de reseñar en estos artículos, se ha formado de esa manera: hechos, detalles, circunstancias que, a simple vista, parecen estar desconectados, pero que, el final, se van encontrando o sucediendo, urdiendo de esta manera, una interesante y bella historia. Lo mismo, podemos apreciar en ella distintas épocas, marcadas, precisamente por esos hechos y circunstancias que en ella han influido terminantemente. Hemos visto, por ejemplo, la época de la formación, organización y consolidación del Seminario de Zamora en los gobiernos del Señor De la Peña y del Señor Cázares; hemos recordado también la época difícil y dolorosa para esta institución, que comenzó con la llegada de Amaro y la Revolución, en al año de 1914, continuando con la dispersión, motivada por la persecución religiosa de Calles y el regreso a Zamora para seguir un poco de tiempo con sobresaltos y temores, pero con la firme esperanza de mejores tiempos al ir construyendo la Tebaida, a finales de los años treinta.

Una nueva época para el Seminario de Zamora

Para 1939, las consecuencias de la Revolución, de la persecución religiosa y de sus “coletazos” se habían dejado sentir en el aspecto religioso y en todos los órdenes, sin que se escapara el orden económico. Antes de todos esos sucesos, la Iglesia era “propietaria” de bienes inmuebles que utilizaba para ejercer su misión evangelizadora y contaba con rentas y capitales para sostener sus obras, incluyendo los Seminarios; después de aquellos acontecimientos, pasaría de administradora a pordiosera de tales bienes inmuebles y pecuniarios, para poder seguir actuando, ateniéndose a la generosidad directa de los fieles y, para el Seminario, además, a la renta, préstamo o regalo de locales para su funcionamiento.

Pero, como ya apuntábamos, los problemas, los temores y las tensiones político-religiosas, al principio de los años cuarenta, comenzaron a disminuir y, aunque el mismo Seminario sufrió todavía algunos contratiempos, sin embargo, comenzaron a formarse un ambiente y unas circunstancias más propicias para una nueva consolidación, debido a un conjunto de sucesos que, como decíamos, se fueron entrelazando para conformar dicho ambiente y oportunidad. Tales sucesos tuvieron lugar tanto en el orden local, como en el estatal y nacional y, una vez conjuntados, fueron facilitando tal consolidación. Con la separación del General Cárdenas del estado de Michoacán, el agrarismo, en su fase anticlerical (no ciertamente motivada o promovida por el General, como lo veíamos anteriormente), fue disminuyendo, poco a poco, pues varios de los Presidentes Municipales, como líderes agrarios, fueron perdiendo poder y comenzó a haber más tolerancia. Por otra parte, a nivel nacional, hubo sucesos que ayudaron a la existencia de una mayor tolerancia religiosa: primero, la toma de posesión de la Arquidiócesis de México del Señor Luis María Martínez, su fina y llana diplomacia, su amistad con muchos de los principales dirigentes políticos del país, llegaron a suavizar enormemente las relaciones del Estado con la Iglesia, no sólo en la capital de la República, sino en muchas otras partes de la Nación, entre ellas en la misma Diócesis de Zamora; segundo, la llegada a la Presidencia de la República del General Manuel Ávila Camacho, que había estado de Jefe de Operaciones en Zamora y se había mostrado considerado con el movimiento cristero y tolerante con la Iglesia zamorana.

Y un elemento muy significativo que motivó una mayor distensión de las actitudes anticlericales y antirreligiosas de aquella época y que ayudó mucho a una mejor organización y a un más libre funcionamiento del Seminario de Zamora: la Ley Orgánica de Educación de 1942 que, aunque no modificaba el artículo tercero y sí seguía afirmando que la educación impartida por el estado sería socialista, sin embargo ya no pugnaba por un socialismo al estilo ruso, sino por “un socialismo forjado por la Revolución Mexicana” y condenaba los extremos a que se había llegado por la anterior interpretación equivocada anterior, “como lamentables resultados para la tranquilidad de la Nación”. En la misma Ley afirmaba que, para la ley, se afirmaba que no podía entenderse “por fanatismo o prejuicio la profesión de credos religiosos y la práctica de ceremonias devociones o actos de culto”.

Todos estos sucesos, por las razones dadas arriba, nos ayudan a distinguir en la historia del Seminario de Zamora el inicio de una nueva época que se extenderá hasta la separación del Seminario Menor del Mayor, con la construcción del nuevo edificio para este último en Jacona.

Tres prenotaciones

Antes de comenzar con la exposición de esta nueva época del Seminario de Zamora, para una mejor comprensión de la misma y con la obligación de puntualizar ciertos criterios personales, me permito poner a la consideración de los lectores estas tres notas:

1) Sin duda alguna, la época del Seminario de Zamora que vamos a analizar, ha sido una de las más importantes (no soy partidario de adjetivarla como la Época de Oro, como algunos lo han hecho, tanto para no despertar protestas de algunos, como porque creo que es mejor afirmar que el Seminario de Zamora, como toda institución, ha tenido épocas más importantes y menos importantes, y nada más). Pero si quiero insistir en que la importancia alcanzada por el Seminario de Zamora durante este tiempo y que llevó al Prefecto de la Congregación de Seminarios a decir que era “uno de los mejores Seminarios de la República”, no fue obra de una sola persona sino del Rector en turno (padre Ramiro Vargas Cacho), de todos sus colaboradores como formadores del Seminario, del apoyo de los Obispos, de la inmensa mayoría de los Párrocos de la Diócesis, de muchas Religiosas, de las familias de los seminaristas y de todo el pueblo cristiano en general. Por lo tanto la reseña de esta época no será en honra y alabanza de una sola persona.

2) Los datos y noticias que comparta con los lectores no serán sólo

Impresiones personales, sino que procuraré hacerlo, basándome en documentos que cualquiera puede consultar, tanto en los Archivos de la Diócesis y del Seminario (estadísticas, Diario del Seminario, cartas de Sacerdotes, religiosas, seglares, Visitas Pastorales e Informes a la Santa Sede), como en las Memorias, tanto del Señor Vargas Cacho, como del Señor Valencia.

3) Finalmente, más que seguir un orden cronológico de los hechos y acontecimientos del Seminario, durante esta época, trataré de ir mencionado y analizando sus diversas actividades, sus diversos organismos que dentro de él existían, así como sus relaciones con otras Instituciones y organismos. Creo que esto nos dará una visión más completa y más profunda de esta Institución trascendental.

Jorge Moreno Méndez

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Jorge Moreno – Esbozo de historia de una Institución trascendental: 61.-El Seminario Interdiocesano de Montezuma (1)
Viernes, 17.12.2010, 07:07pm (GMT-5)

No se puede hablar del Seminario de Zamora sin hablar del Seminario de Montezuma, debido a los nexos especiales, a las muchas relaciones entre ambos y a las repercusiones importantes de éste, tanto en el Seminario, como en la Diócesis de Zamora. Se pudiera escribir una vasta monografía de dicho Seminario Interdiocesano, teniendo como base la copiosa información existente, tanto en el Archivo Diocesano, como en el Archivo del Seminario de Zamora, compuesta por los informes generales de Montezuma a los Obispo de México, así como por los informes y calificaciones de los alumnos enviados a los diversos Seminarios y de la correspondencia de los alumnos de Zamora al Padre Ramiro. Aunque resumiendo bastante todo lo anterior, podemos, sin embargo, tener una pequeña visión de dicho Seminario Interdiocesano y de su conexión con el Seminario y con la Diócesis de Zamora.

Su fundación
Como veíamos, después de la persecución religiosa y de los discutibles “arreglos”, la situación para la Iglesia en México siguió difícil y complicada, con graves repercusiones y dificultades, sobre todo en lo relativo a los Seminarios. El 11 de febrero de 1936, los Obispos mexicanos enviaron una carta a los Episcopados de Estados Unidos, de Inglaterra, de España y otras naciones, pidiéndoles su ayuda para la formación de seminaristas, dadas las circunstancias político-religiosas del país y debido a la pobreza a que se había llegado después de la Revolución y de la misma persecución religiosa. Los primeros en responder fueron los Obispos de los Estados Unidos, con una respuesta concreta y surgida de una sugerencia hecha por el Papa Pío XI: la creación de un Seminario Mexicano Interdiocesano en territorio norteamericano, con la ayuda económica y moral de parte del Episcopado de aquel país. El Episcopado mexicano nombró al Padre José Plancarte Igartúa (ex Rector del Seminario de Zamora y, ya entonces, miembro de la Compañía de Jesús y Maestro en el Colegio jesuita de Isleta, del Paso Texas) para que visitara a todos los Obispos de México y se hiciera posible aquel proyecto, investigando la posible participación de cada una de las Diócesis, investigación que resultó altamente positiva para realizarlo.
Por su parte y una vez conocida la decisión del Episcopado Mexicano, los Obispos de Estados Unidos pusieron manos a la obra para cumplir su ofrecimiento, comenzando por buscar el lugar adecuado para el establecimiento de aquel Seminario y los Obispos Kelley, Gannon y Gerken, comisionados para aquella empresa, lo encontraron en el Estado de Nuevo México: un antiguo hotel, rodeado de varias hectáreas de bosque, situado en el Cañón del Río Gallinas, a 6 millas de las Vegas, del mismo estado. Adquirieron aquel inmueble en una cantidad cercana a los 20 mil dólares y procuraron adaptarla lo mejor posible para ubicar en él el nuevo Seminario de Montezuma. Estando ya listo el lugar y conocida la participación de cada una de las Diócesis de México y la aportación económica de parte de los Obispos norteamericanos (las dos terceras partes de los gastos, más o menos, daban en 1937, 60 mil dólares y ya para 1952, 100 mil dólares) se pensó, en un principio, que aquel Seminario estuviese bajo la dirección de los Misioneros del Espíritu Santo, pero finalmente se decidió que fuesen los Padres Jesuitas los encargados de dicha Institución.
En septiembre de 1937 todo estaba listo y el Seminario de Montezuma recibía a los primeros alumnos mexicanos, inaugurándose el curso el 23 del mismo mes, con 17 elementos de la Compañía de Jesús y 359 alumnos, procedentes de 30 Diócesis mexicanas.

Un seminario de altura
Sin poder entrar en muchos detalles, y partiendo de varios de los informes del Seminario de Montezuma, podemos darnos cuenta de su funcionamiento y resultados a través de sus 35 años de existencia. Desde luego, podemos señalar que la presencia de los jesuitas en él fue sumamente importante y efectiva, dada la experiencia de estos religiosos en materia de educación y formación y que en el Seminario de Montezuma se implantaron varios métodos y costumbres del Colegio Pío Latino de Roma. Desde luego, su nivel académico fue óptimo pues se cuidó de poner, casi siempre, personal docente calificado. Un ejemplo lo tenemos en la nómina del año de 1955, con sus 18 profesores: 1 doctor en Filosofía y Teología, 3 doctores en sola Teología, 1 doctor en Derecho Canónico, 1 doctor en Historia Eclesiástica, 3 doctores en sola Filosofía, 7 licenciados en Filosofía y Teología, 1 Bachiller en Sagrada Escritura, 1 Ingeniero Civil, 1 maestro en Pedagogía y 1 maestro en Ciencias Físicas.
Con el tiempo, el Seminario de Montezuma se incorporó como Colegio Superior a la Universidad Católica de Washington (que, aunque católica, también era civil) para conceder oficialmente el grado de Bachiller en Filosofía y Ciencias a los alumnos que llenasen los requisitos, grados que podían ser reconocidos por la Secretaría de Educación Pública de México. La Congregación de Seminarios en Roma llegó a escribir a los Superiores de Montezuma: “El Cardenal Pizardo nota, con profunda satisfacción, el progreso continuado del Seminario bajo la paternal protección y con la fraternal cooperación de las dos Jerarquías… No solamente en la perspectiva pastoral, sino en la científica, en la que el Seminario ha venido desarrollándose. A este respecto su afiliación a la Catholic University in Washington, D. C. es sin duda un factor importante y, en estos tiempos, particularmente beneficioso, cuando la preparación cultural del Sacerdote constituye crecido y valiosos caudal para un efectivo apostolado”. Más tarde, también el Seminario de Montezuma se afilió a la Pontificia Universidad Gregoriana.

Ambiente y estadísticas
Leyendo el abundante material sobre el Seminario de Montezuma, nos podemos dar cuenta del ambiente que privó entre sus alumnos durante todos esos años. Desde luego sirvió de lazo de unión entre los alumnos de tan diversas Diócesis, lazo que perduró más allá de los años de formación y que los motivó a formar una fuerte Unión de exalumnos de Montezuma, que fue fuente de amistad, de solidaridad, de intercambio de experiencias, etc. En cuanto al contacto con México y con las distintas Diócesis, siempre se trabajó por mantenerlo y acrecentarlo para no perder la realidad que los esperaba, como podemos ver en las continuas visitas de los Obispos mexicanos a Montezuma y de las seguidas conferencias y pláticas que estos y otros Sacerdotes mexicanos sostenían con el alumnado: Don Sergio Méndez Arceo sobre el problema de la Educación en México, Don Fernando Romo sobre la Catequética, el Padre Francisco Piñón sobre los Cursillo, el Padre Medina Ascensi sobre Mariología, etc.
Las pocas estadísticas que el tiempo y el espacio nos permiten presentar, nos dan una idea de la importancia y trascendencia que este Seminario tuvo para México, como la misma Congregación de Seminarios lo expresó: “Esto es evidente por las estadísticas que revelan el número de estudiantes, el de las Diócesis que participan en el programa y, lo que es más significativo, por el hecho de que el 25 por ciento del sacerdocio mexicano actual (1966) ha estudiado en el Seminario de Montezuma”. Efectivamente, por el Seminario de Montezuma pasaron 3 mil alumnos mexicanos, de ellos se ordenaron 1707 y 16 llegaron al Episcopado. En 1971 el Seminario Interdiocesano, por diversas causas, fue trasladado a la Diócesis de Tula, pero la huella de los Sacerdotes montezumenses ha quedado profundamente impresa en la Iglesia de México. Respecto a la importancia y la trascendencia de Montezuma en la Diócesis y en el Seminario de Zamora, lo veremos, brevemente en el siguiente artículo.

(Pie de imagen)
Vista General de Montezuma: 1.- Teologado 2.- Filosofado 3.- Latinado 4.- Sala de juegos 5.- Ríos Gallinas y 6.- Almacén de agua.

Jorge Moreno Méndez

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62.-El Seminario Interdiocesano de Montezuma (2)
Viernes, 24.12.2010, 01:59pm (GMT-5)

Esbozo de historia de una Institución trascendental

Montezuma y el Seminario de Zamora
Desde luego que antes de enviar seminaristas a Montezuma de parte del Seminario de Zamora, hubo ciertas opiniones contrarias (como era natural), en el sentido de que algunos se inclinaban más bien a seguir enviándolos a Roma, por creer que regresaban de allá con una mejor preparación o bien por las circunstancias económicas por las que atravesaba la Diócesis y el Seminario (se pensó aun en cerrarlo algún tiempo…). Fueron varias las reuniones del Señor Fulcheri con los formadores del Seminario para discutir y decidir si se enviaban o no alumnos a Montezuma y quiénes serían los señalados (atendiendo a la capacidad económica de sus familias). De tal manera que el tiempo apremiaba y Zamora no se decidía… Todavía el 28 de agosto de 1937 el Padre Luis Rentería, familiar del Señor Obispo, le escribía desde México al Padre Vargas Cacho, ya próximos a regresar a Zamora: “Me avisas si piensan Uds. ir a Yurécuaro para saludar al P. Plancarte, que saldría con nosotros el mismo viernes 3. Quiere él saber oportunamente la resolución de Uds., porque únicamente en atención a esa entrevista, se detendrá en Yurécuaro. Yo creo que el platicar con él respecto al Seminario de Montezuma, te aportaría gran utilidad, de modo que sería muy conveniente que sí lo detuvieran en Yurécuaro”. Pero se impuso el buen sentido, el espíritu de solidaridad y la convicción de que la mejor unidad es la nacida de la pluralidad y, ya desde el día 6 de agosto, se había tomado una decisión y, después de deliberar a quiénes mandar a Montezuma, se decidió seguir la sugerencia del Padre Alfonso Méndez Plancarte, entonces maestro en el Seminario, y se eligieron 5 teólogos (Carlos Valdés, Luis Victoria, Jorge Vázquez, Manuel García, Rafael Martínez y Pascual Villanueva), 5 filósofos (Francisco Valencia Ayala, Francisco Amezcua, Rodolfo Huerta, Gonzalo Calvillo y Rogelio Sánchez) y 5 latinistas (Jesús Mora, Manuel Loza, Javier Cerda, Juan Silva y, por solicitud el P. Baldomero Fernández, Guillermo Contreras).
Al vapor y con la ayuda de algunos personajes de la ciudad de México (entre ellos un hermano del Padre José Anaya y Diez de Bonilla, Secretario de la Delegación Apostólica y futuro Obispo de Zamora) se arregló toda la documentación necesaria y, el día 12 de septiembre de 1937, el Padre Ramiro Vargas, algunos maestros y representantes de las 4 Secciones del Seminario, así como algunos familiares, llevaron a la estación del ferrocarril de Zamora a los 15 elegidos (más Jesús Esqueda que iría por Tehuantepec y, con gusto y tristeza los vieron partir hacia su nueva aventura de formación. A los pocos días llegaban a Montezuma, juntamente con muchos seminaristas de otras Diócesis.

Seminaristas zamoranos en Montezuma
Ciertamente, el Seminario de Zamora no fue de los que enviaron más alumnos a estudiar a Montezuma, por varias razones, que sería largo analizar, pero sí podemos explicarnos el por qué otras Diócesis enviaron casi todos sus seminaristas a estudiar a ese Seminario porque les resultaba más fácil y posible el tenerlos allá por falta de recursos y elementos humanos.
Con las siguientes estadísticas, podemos darnos una idea de lo dicho: en 1950, Zacatecas tenía 62 alumnos en Montezuma, Tulancingo 48, Tepic 32, Guadalajara 22, Tacámbaro 18, Cuernavaca 16, Colima 12, Zamora 12 y otras Diócesis menos que éstos (algunas tenían sólo 1 y varias, ninguno). En cuanto al Seminario de Zamora en concreto y de algunos años, podemos ver lo siguiente: en el curso 1951-1952, el Seminario de Zamora tenía 15 alumnos en Montezuma; en el 52-53, 12; en el 53-54. 10; en el 54-55, 8; en el 55-56, 3; en el 59-60, 1; en el 60-61, 0, y en el 66-67, 1.
Como ya lo decía, existe en el Archivo del Seminario de Zamora una considerable cantidad de correspondencia de los alumnos zamoranos (sobre todo del alumno Francisco Valencia Ayala) con el Padre Ramiro Vargas, Rector del mismo, en la que podemos darnos cuenta exacta de la vida de aquel Seminario y de la vida de los zamoranos en él. Más aún, son numerosas las fotografías de lugares, eventos y grupos de Montezuma, fotografías que, constantemente, enviaban al Seminario de Zamora. Con todo eso se podría reconstruir la historia del Seminario de Montezuma y de sus relaciones con el Seminario de Zamora.

Nexos especiales entre ambos Seminarios
Y precisamente de tales fuentes podemos señalar algunos de muchos y profundos nexos de Montezuma con la Diócesis y el Seminario de Zamora. Desde luego debemos señalar que el primer Rector de aquel Seminario Interdiocesano fuel Padre Don Ramón Martínez Silva, jesuita zamorano y hermano del Señor Salvador Martínez Silva, muchos años maestro del Seminario y Obispo Auxiliar del Señor Fulcheri; el Padre Luis Mendoza Guízar, nacido en Cotija, pero que, viviendo su familia en Guadalajara, ingresó a aquel Seminario donde hizo sus años de latín, pasando

En Septiembre de 1937 llegaban los seminaristas Zamoranos a Montezuma con otros muchos de distintas diocesis de Mexico.

luego a Roma y, ya ordenado y estando, con permiso del Señor Fulcheri, en Guadalajara, ingresó a la Compañía de Jesús, llegando a ser Provincial de la misma, Rector del Seminario de Montezuma y del Colegio y del Convitto Pío Latino; el ya varias veces mencionado Padre José Plancarte, Rector del Seminario de Zamora, alma de la organización de Montezuma y maestro ahí de Dogma y Prefecto de Disciplina de los teólogos. Podríamos seguir hablando de esos nexos tan especiales entre ambos Seminarios, pero no podría dejar de mencionar lo que significó el Seminario de Montezuma, no sólo para el Seminario de Zamora, sino para la Diócesis en general.

Se preparaban en montezuma para apostolado fructifero en la diocesis de zamora.

Repercusiones en la Diócesis de Zamora
Indudablemente que los alumnos zamoranos enviados a Montezuma a través de los años que éste funcionó allá y que llegaron al Sacerdocio, influyeron definitivamente en la vida de la Diócesis y del mismo Seminario zamorano. Ambos, con este numeroso grupo de Sacerdotes formados en aquel Seminario Interdiocesano, recibieron una inyección de nuevas ideas, posturas e iniciativas en los diversos campos de la pastoral. Muchos de ellos llegaron para integrarse en los equipos formadores de los Seminarios Mayor y Menor, ocupando puestos importantes en ellos y poniendo en práctica muchas de las ideas educativas y formativas experimentadas por ellos en Montezuma. Sin poder mencionarlos a todos y esperando no herir susceptibilidades, pero sí pidiendo comprensión por el tiempo y el espacio y perdón por tales omisiones, me permito recordar a Rogelio Sánchez, Rector del Menor, Vicerrector del Mayor y Obispo de Colima; a Francisco Valencia Ayala (de todos conocido), Padre Espiritual del Seminario Mayor y Rector del mismo, Vicario General, escritor, Párroco, promotor del Movimiento por un Mundo Mejor, etc. etc. Jorge Vázquez, Administrador por muchos años del Seminario y su Rector; Joaquín Paz, impulsor de la Acción Católica; Florencio Magaña, maestro en el Seminario e impulsor de la Pastoral Social en la Diócesis; Miguel Espinoza, maestro del Seminario y funcionario en varios cargos de la Mitra, y tantos otros Sacerdotes que en el Seminario o en los distintos cargos de la Diócesis en las Parroquias colaboraron, brillantemente, en la difusión del Evangelio. Creo que merece una mención especial (por ser un representante auténtico del Seminario de Montezuma en la Diócesis de Zamora y sin ninguna intención de adulación) el Padre Alfonso Sahagún, entre otras muchas cosas, fundador y Director de este Semanario, de una Caja de Ahorro, del Centro de Estudios 1º. de Mayo, reconstructor de la iglesia de San José, etc. De alguna manera, la foto aquí presentada complementa las anteriores afirmaciones, señalando a algunos alumnos zamoranos en Montezuma en cierta época: Miguel Espinoza, Ezequiel Vizcaíno, Rafael Barragán, Javier López, Alfonso Martín del Campo, René Romero, Joaquín Paz, Sotero Fernández y Jacinto Macías.

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Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 63.- Buen Seminario, buenos Sacerdotes
Jorge Moreno Méndez
Viernes, 07.01.2011, 05:51pm (GMT-5)

Un útil y necesario conocimiento

Como ya lo apuntábamos antes, el final de los años treintas marcaron una nueva etapa en la historia del Seminario de Zamora, sirviéndole como arranque para su consolidación y su organización, a pesar de las aún graves dificultades existentes. Esta etapa duraría hasta 1955, año en que se separó el Seminario Mayor del Menor, para trasladarse a su nuevo edifico en Jacona, circunstancia que motivó el que se hiciesen algunos cambios en su funcionamiento, en un ambiente de espera por el ya próximo Concilio Vaticano II que, a su vez, marcaría una nueva etapa en la historia del mismo. Durante estos años, los criterios y disposiciones para su marcha estuvieron basados en las directrices de la Iglesia en esa época, directrices que, bien o mal, se trataron de poner en práctica con pequeños y particulares toques de algunos de los Superiores.

Pero antes de analizar este período del Seminario de Zamora, me parece interesante y aun necesario el que profundicemos un poco en la esencia de esta Institución y en los métodos que se siguieron para alcanzar sus fines, ya que la esencia y la organización de toda institución depende, en gran parte, de la finalidad para la que fue creada, por lo que sus objetivos y el intento por alcanzarlos son los que dan la pauta para darle su adecuada estructura y para elegir los métodos e instrumentos más apropiados para conseguir lo que se pretende. Para conocer mejor la historia del Seminario de Zamora, como toda Institución, es necesario tener una mejor y más completa idea de todos esos elementos señalados. Y, aunque se tiene una idea más o menos completa acerca del Seminario, concibiéndolo como un lugar, una institución donde se forman los jóvenes que quieren ser Sacerdotes, bajo ciertas reglas y particulares circunstancias, sin embargo, son muchos los detalles y los aspectos que de ese lugar y de esa formación que se ignoran o desconocen, ignorancia y desconocimiento que impiden valorar tal Institución con objetividad y justicia, siendo esto motivo de poco aprecio o aun de desprecio hacia ella. De ahí el interés, la conveniencia y necesidad que afirmo de profundizar un poco más en la esencia, finalidad y métodos de todo Seminario, aplicándolos al de Zamora.

Esencia y personalidad del Sacerdote

En todos los tiempos, en todas las culturas y en todas las religiones, la figura del sacerdote, mediador entre el hombre y la divinidad o lo desconocido, ha sido muy importante y ha influido y trascendido en toda sociedad. Los Sacerdotes, en la Iglesia Católica, han sido un elemento esencial e importante en el cumplimiento de la labor que su fundador, Cristo, le ha impuesto. Pero debemos reconocer que su influencia y trascendencia no lo han sido sólo para los miembros de dicha sociedad religiosa, sino para la humanidad en general, en el aspecto moral, espiritual, cultural y artístico. Aunque también es justo y necesario reconocer que algunos de ellos, lejos de estar a la altura de su misión y compromiso, han sido una lacra, no sólo para la Iglesia, sino para la sociedad en general: la inmensa mayoría de ellos han conquistado la cima y algunos han caído en profundos abismos. De ahí la importancia que tiene el conocer exactamente la esencia y personalidad del Sacerdote y las principales características de la Institución que los forma.

Aunque la esencia del Sacerdocio la da Cristo en la institución de tal condición como Sacramento, sin embargo la Iglesia, a través de los Santos Padres, de los Concilios (sobre todo el de Trento que, prácticamente, instituye los Seminarios y señala su finalidad y algunos de su aspectos formativos) y de los Papas, ido definiendo la figura del Sacerdote. Pero pudiéramos decir que es, a partir sobre todo de Pío X, cuando de una manera especial se va clarificando, detallando y puntualizando la figura del Sacerdote católico y su sucesor, Pío XI, detalla y puntualiza la idea y la organización de los Seminarios, como centros formadores de Sacerdotes. Me permito transcribir algunas ideas sacadas de Exhortaciones y Encíclicas de ambos Pontífices y sobre las que están basadas, tanto la idea del Sacerdote, como de los Seminarios: Pío X, en su Exhortación Apostólica del 4 de agosto de 1904, pedía al Sacerdote que fuese de tal manera su comportamiento que «el pueblo cristiano, al poner con razón sus ojos en ellos, como en un espejo, pueda ver lo que ha de imitar», ya que debe intentar adquirir la santidad, no sólo como una perfección personal, sino en función de los cristianos y mostrada a través de su ministerio. Y enumera los medios para alcanzar tal santificación: la oración, la lectura de libros piadosos (sobre todo de la Sagrada Escritura), el examen de conciencia, el uso frecuente de la Confesión, los ejercicios espirituales y la práctica de las virtudes (sobre todo de la castidad, la obediencia y la caridad)

Formación de los Sacerdotes

Pío XI siguió insistiendo en sus Discursos, Encíclicas y demás escritos en dejar una idea clara y objetiva del Sacerdote Católico: además de mediador entre Dios y los hombres, debe ser portador de civilización ya que “es enviado por todas partes como pregonero infatigable de la Buena Nueva, única que puede conservar, implantar o hacer surgir la verdadera civilización”. Debe ser también artífice de paz social, puesto que es “abanderado de la ley y de la caridad y, a costa de innumerables sacrificios, debe extender y dilatar en Reino de Dios en la tierra” Pero, sobre todo, este Papa insistió en una mejor organización de los Seminarios y en la utilización de los mejores medios para una mejor formación de los Sacerdotes. Para ayudar a ello, creó, el 4 de noviembre de 1914, la Sagrada Congregación de los Seminarios y Estudios Universitarios que tendría como finalidad dictar normas y disposiciones para regular en los Seminarios todo lo relacionado con su organización, la disciplina, la piedad y los estudios. Afirmaba Pío XI que el Sacerdote debería ser “maestro de los pueblos y luz de la tierra” y, por lo tanto, era absolutamente indispensable que adquiriera una ciencia que buscara la verdad y elevara la mente. Era tal la importancia que le daba el Papa a la formación científica del Sacerdote que afirmaba que el Sacerdote “no podía estar en el mundo moderno a la altura de su misión, sin tener antes un preparación adecuada”. La piedad y el estudio deberían ser las principales metas de la formación en los Seminarios. Pero el Papa hace hincapié en que los formadores en los Seminarios deberían entender que la ciencia requerida en el Sacerdote no debería ser una ciencia cualquiera, sino una ciencia del Sacerdocio, es decir, de aquella que incluye todo conocimiento que le ayude a comprender y a cumplir su misión, adquiriendo, desde luego, las ciencia de las cosas de Dios, pero también aquellas ciencias profanas que ayuden a la mejor comprensión de la ciencia sagrada y a una mejor trasmisión de ella hacia los fieles. El año de 1931 y después de una especialización de los miembros de la Congregación de Seminarios, de múltiples experiencias y consultas, el mismo Papa, con su Encíclica Deus Scientiarum Dominus, reformó todo el programa de estudios de los Seminarios y Universidades Católicas (que debería consistir en “una sólida formación en los estudios clásicos, en la instrucción y ejercicio de la Filosofía, para que los seminaristas tengan armas eficaces contra los errores modernos y puedan distinguir claramente lo verdadero y lo falso) y exigió un mejor nivel académico en los maestros de tales instituciones y puso especial énfasis en las exigencias para obtener algún grado académico en Seminarios y Universidades.
Como lo veremos, sobre estos conceptos y directrices de la Iglesia, se pretendió organizar y hacer que funcionara el Seminario de Zamora en esta época que nos ocupa.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental 64.- Un Organigrama del Seminario de Zamora
Sabado, 15.01.2011, 03:32pm (GMT-5)

Creo que para juzgar correcta y objetivamente los hechos pasados es necesario hacerlo ubicándolos en el lugar, el tiempo y el ambiente en que tuvieron lugar, ya que esos elementos influyen de manera importante en su desarrollo y no podemos hacerlo con justicia si tratamos de aplicarles nuestros personales criterios o la mentalidad generalmente vigente en los actuales tiempos. Digo lo anterior con ocasión de informar (y, por lo mismo, de dar oportunidad al lector de juzgar) algunos aspectos de la vida del Seminario de Zamora, durante la época comprendida entre el año de 1939 y los preparativos del Concilio Vaticano II. En efecto, la organización, el funcionamiento y los criterios seguidos durante dicha época estuvieron marcados por ciertos factores determinantes como lo fueron las directrices de la Congregación de Seminarios, creada por Pío XI y el influjo lógico, tanto del Colegio Pío Latino, como del Seminario Interdiocesano de Montezuma, ya que la inmensa mayoría del grupo formador del Seminario de Zamora de ese tiempo eran egresados de ambas instituciones: Del Pío Latino, el Señor Fulcheri, los Padres José Plancarte, Ramiro Vargas, los Méndez Plancarte, etc.; de Montezuma, los Padres Francisco Valencia, Rogelio Sánchez, Guillermo Valencia, etc. Como era natural, del primero se trató de casi calcar no sólo su esquema organizativo, sino aun pequeños detalles concernientes a la piedad, al estudio y a la disciplina; del segundo, una visión más abierta, más cercana y más “americana” de los problemas de la pastoral mexicana y sus soluciones. Bajo estas circunstancias, podemos ver y juzgar al Seminario de Zamora, durante esta época, comenzando por hacer un pequeño organigrama del mismo, organigrama que tuvo sus variantes a través de esos años.

El Cuerpo de Formadores
El año de 1939, los tres niveles (disciplina, piedad y estudio) del grupo de Formadores del Seminario de Zamora estaban integrados de la siguiente manera: Rector, Padre Ramiro Vargas (luego se crearían los puestos de Prefecto de Disciplina de Divisiones Superiores y otro de Inferiores); Vicerrector, Padre Pablo Escoto; Secretario, Padre Federico Salas; Ecónomo, Padre Ignacio Sánchez; Padre Espiritual y Prefecto de Capilla, José Ochoa; Confesores, Canónigos Francisco Luna y Enrique Amezcua. Los maestros y las asignaturas que impartían eran los siguientes: Ramiro Vargas, Teología Dogmática Matutina; Enrique Amezcua, Teología Moral; Jesús Arroyo (Párroco de La Purísima), Teología Pastoral; Federico Salas, 2º y 4º de Latín y 1º de Inglés; Miguel Serrato, 2º Canto Gregoriano, Piano y Arte Sagrado; Luis Méndez, Cosmología y Psicología; Alfonso Méndez Plancarte, Teología Dogmática Vespertina, Literatura y Español Superior; Pablo Escoto, Historia Universal, 1º Ciencias Naturales, 2º de Francés y 1º Canto Gregoriano; Luis Caballero, Sagrada Escritura, 2º de Griego y Oratoria Sagrada; José Ochoa, 2º Ciencias Naturales y 2º de Español; Enrique Esquivel, Instituciones de Derecho Canónico, Matemáticas y 2º de Aritmética. El Señor Obispo Fulcheri y Luis Rentería, Acción Católica a teólogos y filósofos, respectivamente.
Además del anterior cuerpo dirigente del Seminario, existían dos Comisiones, la de Disciplina y la de Administración de los bienes temporales del Seminario, integrada la primera por Luis Méndez y Jesús Arroyo y la segunda por Luis G. Aguilar y Federico Salas. Con el tiempo y según las circunstancias lo fueron requiriendo, se crearon nuevos puestos, se agregaron nuevas materias y nuevos maestros. Como lo veremos luego, para cada uno de esos cargos existían normas claras y precisas, normas que deberían seguirse para lograr el fin determinado para ellos.

Organización de los Alumnos
Atendiendo a las edades y al grado de estudios cursado, se establecieron las distintas Divisiones, ya que el total de los alumnos estaba formado desde chicos de 12 años hasta jóvenes de 24 y 25 años (con algunas excepciones, pues llegó a haber alumnos de más de 30 años). Al principio, sólo fueron 4 Divisiones, pero, a medida que el número de alumnos y la extensión de los edificios crecieron, se crearon otras dos, quedando integradas, más o menos, de la siguiente manera: en la 1ª División, los teólogos; en la 2ª los filósofos de 2º y 3º; en la 3ª, los filósofos de 1º; en la 4ª los latinistas de 4º y los de mayor edad de los otros grados; en la 5ª, los latinistas más chicos de 2º y 3º y en la 6ª los latinistas más chicos de 1º. A iniciativa del Señor Obispo Fulcheri e imitando la costumbre del Colegio Pío Latino, se eligieron Patronos para cada una de aquellas Divisiones, quedando designados así, después de algunos pequeños cambios; Para la 1ª el Sagrado Corazón; para la 2ª, la Inmaculada Concepción; para la 3ª San José; para la 4ª, San Juan Bosco; para la 5ª, San Juan Berchmans y para la 6ª San Luis Gonzaga. Año con año, en la fecha propia de cada uno de ellos, cada División celebraba a su Patrono con una pequeña festividad: Misa especial, Academia Literaria y un pequeño ágape.
En cada una de las Divisiones había alumnos que ayudaban a los Superiores del Seminario a conservar el orden y la disciplina y para esto eran nombrados cada año con el título de Celadores, Subceladores y Suplentes, título que fue cambiado después por orden del Señor Fulcheri por el de Prefecto, Subprefecto y Suplente. Los seminaristas nombrados para ejercer estos cargos durante un año, eran elegidos entre los de mejor comportamiento y mejor aprovechamiento y sus funciones estaban señaladas puntualmente en las normas escritas del Seminario. Como ejemplo de estos cargos, tenemos la lista del año de 1940 (cuando aún era sólo 4 las Divisiones), en la que aparecen en el orden dicho los siguientes nombres: 1ª Celador, Subcelador y Suplente Juan Cerda, Jesús Gil y Pedro Ruiz, respectivamente; 2ª José González, Salvador Arroyo y Alfonso Aviña; 3ª, José Luis Sahagún, Alfonso Melgoza y Antonio Aguilar; 4ª, Raúl Gutiérrez, Alfonso López y José Navarro. Algunas veces, durante el curso, había que suplirlos, como, por ejemplo, el 18 de mayo de 1941, hubo los siguientes cambios:”Debido a la renuncia de José Luis Sahagún, se nombró a Jesús Sahagún, su hermano, como Celador de la 3ª, item a José Álvarez Herrera, por la misma razón, suplió a Alfonso Melgoza como Subcelador de la 4ª; José Betancourt fue nombrado Suplente de la 1ª en vez de Pedro Ruiz”. Y en agosto del mismo año: “Fue nombrado Celador de la 2ª debido a enfermedad larga de Raúl Gutiérrez, Ángel Múgica. Pocos días después dimitió éste y, en su lugar, fue nombrado Jesús Fernández Orozco. En la 3ª fue nombrado Guillermo Valencia para sustituir a Jesús Sahagún que enfermó”.
Existían otros cargos desempeñados por alumnos, como, por ejemplo, los Bedeles que se encargaban de atender todas las necesidades de los salones de clases y eran intermediarios entre los maestros y los alumnos. La lista de ellos, también en el año de 1940: para los teólogos, Ángel Múgica; para filósofos, Luis Navarro; para 4º de Latín, Alfredo Castillo; para 2º de Latín, Joaquín Pimentel. Además en cada División se nombraba un alumno como Enfermero y era el responsable de avisar cuando en ella alguien se enfermaba, así como de informarse si el enfermo deseaba confesarse y comulgar, para preparar lo necesario en el dormitorio para la administración de tales Sacramentos. La lista de 1942, ya con 5 Divisiones: Elías Figueroa, Antonio Aguilar, José Cacho, Francisco Herrera y Tranquilino Ramírez. ¡Cuántos nombres y cuántas historias forman la historia del Seminario de Zamora!…
Existían dentro de la organización del Seminario de Zamora otros cargos ejercidos por personas que no eran seminaristas, como lo eran los porteros y algunos sirvientes, sobre todo para la atención del comedor y el aseo de ciertos lugares.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental
Lunes, 24.01.2011, 12:14am (GMT-5)

Esbozo de historia de una Institución trascendental
65.- La Disciplina en el Seminario de Zamora
Jorge Moreno Méndez
Camino y señales para llegar a la meta
Toda sociedad, toda institución necesita normas, leyes, directrices que regulen su actividad encaminada hacia la consecución de un fin concreto y determinado. Sin ellas, sería casi imposible o muy difícil conseguir su objetivo. Por una parte, si tales normas y directrices (que son, al fin y al cabo, señalamientos puestos en el camino que la conducirán con seguridad a la meta deseada) son excesivas, el recorrido se hará engorroso y difícil y no se garantizará el alcanzar lo buscado, pero, por otra parte, si hay carencia o deficiencia de tales señalamientos, se perderá el rumbo y no se llegará al objetivo. Muchas y rígidas normas ahogan; pocas o nulas reglas desorientan y dan pie al libertinaje.
Para los Seminarios, como instituciones, estos principios valen y se aplican, por lo que en ellos la disciplina debe formar parte muy importante y esencial, puesto que la integran las normas y ordenamientos que deben regular su correcto funcionamiento para alcanzar su verdadero objetivo que es la formación integral de aquellos que se preparan para ser Sacerdotes. Más aún, es la disciplina la que regula los demás aspectos de la vida del Seminario, como la piedad, el estudio y todas las demás actividades deportivas, culturales, etc. El conocimiento y el análisis del aspecto disciplinario del Seminario de Zamora nos dan muchas luces y convenientes motivos para reconstruir su historia y para poder juzgar debidamente su funcionamiento y frutos alcanzados o no alcanzados a través de ella. Normas y directrices del Seminario de Zamora, puntualizadas y exigidas por sus Superiores e inspiradas en los señalamientos de la Santa Sede, sobre todo a través de la Congregación de Seminarios, fueron formando, poco a poco, lo que serían luego sus Constituciones y sus Reglamentos.
Al principio de su reorganización, después de la Revolución y de la persecución religiosa, fueron compilándose los diversos escritos dados, tanto, por el Señor Obispo Fulcheri, como por el Padre José Plancarte, pero sin llegar a ser un documento en forma, un Reglamento impreso, aprobado y entregado a todo el personal del Seminario para su cumplimiento. Muchos de aquellos escritos habían sido hechos por el Padre Plancarte, tanto para el Seminario en Zamora, como para los Seminarios y Colegios Auxiliares del mismo, establecidos en varias Parroquias de la Diócesis y a ellos se fueron añadiendo las disposiciones también escritas de su sucesor el Padre Ramiro Vargas y, con el acopio de todas ellas, se fueron formando las Constituciones y el Reglamento de los alumnos del Seminario de Zamora, de los cuales me permito dar una pequeña noticia.

Se pretendió que los Reglamentos, con todo y sus deficiencias , fueran
buenos señalamientos para alcanzar exitosamente la meta.

Constituciones del Seminario Diocesano de Zamora
En las Constituciones del Seminario de Zamora y través de sus distintos capítulos, se habla de la Organización y Gobierno del Seminario, de los Superiores y Profesores en General y de cada uno de sus cargos, específicamente, de las Comisiones de Disciplina y de Bienes del Seminario y sus atribuciones y de todo lo relacionado con los alumnos (admisión, expulsión, ordenación, estudio, piedad, vacaciones y cargos). Su inicio es el siguiente: “El Seminario Diocesano de Zamora, a norma del canon 1354, está establecido con el fin de formar ilustrados y santos Sacerdotes para la Diócesis”. Y, en los siguientes capítulos el Rector: “Debe, en el desempeño de su cargo, tener siempre presente la mayor gloria de Dios y la recta y santa formación de los alumnos” y de él, como de todos los demás cargos, se hace una extensa descripción de obligaciones y atribuciones. El Vicerrector “hace las veces del Rector en su defecto y le ayuda en la formación eclesiástica de los seminaristas”, valiendo para el lo mismo que para el Rector algunos puntos. El Prefecto de Disciplina: “Ayudar al Rector en procurar el orden y buen comportamiento de las Divisiones que tiene a su cargo y en la formación eclesiástica de los seminaristas de cada una de ellas”. El Prefecto de Estudios: “Toca al Prefecto de Estudios del Seminario, bajo la dependencia del Rector, todo lo relativo a clases, estudios, reconocimientos, exámenes, etc”. El Prefecto de Capilla: “Cuidar el culto de la Capilla del Seminario y dirigir las asociaciones en ella erigidas”. El Secretario: “Tiene a su cargo la Secretaría del Seminario”. Los Profesores “Enseñar las materias que se les hayan confiado, explicarlas con solidez y claridad y dirigir a sus discípulos en los estudios y enseñar provechosamente a los que no supieren”. El Director Espiritual: “Oír las confesiones de los alumnos y dirigirlos en la vida interior… tiene anexas las pláticas semanales y los retiros”. El Ecónomo: “Encargado de los bienes del Seminario, debe proveer a las necesidades de todo género de Superiores y alumnos”. El Padre Colector: “Organizar las donaciones periódicas de los fieles para el Seminario y preparar y hacer las colectas para la construcción de las nuevas casas”.
Siguen luego los demás cargos y sus obligaciones: Confesores ordinarios y extraordinarios, Bibliotecario, Encargado del Gabinete de Física y Química, Director de la Academia Literaria, etc. En cuanto a la Comisión de Disciplina: “Será para consultar sobre el Reglamento del Seminario, Nombramiento de Profesores, admisión de alumnos, elección de libros de texto, confesores, castigos de alumnos, nombramiento de Rector, nombramiento de otros oficiales”; y la Comisión de Bienes del Seminario “para la unión de los beneficios del Seminario, administración de las cosas temporales, aprobación de cuentas, etc.” En cuanto a los cargos de los alumnos, se habla de los siguientes: Encargado de la Biblioteca, Campanero, Bedeles, Familiares del Sr. Obispo, Semaneros, Maestro de Ceremonias, Sacristanes, Schola Cantorum. (Director, Archivista y Organistas, Enfermeros, Encargado de los sirvientes y Porteros.)

Reglamentos
De la misma manera que las Constituciones, se fueron formando el Reglamento para los alumnos del Seminario Diocesano de Zamora y el Reglamento de los Prefectos de División y demás cargos inferiores. Como decíamos, se fueron reuniendo todos los elementos para conformar dichos Reglamentos, no solamente con los escritos de los años anteriores, sino con el resultado de varias consultas y, en particular, sobre cada uno de los puntos de los diversos órdenes de la vida del Seminario. Existen en el Archivo del seminario la mayor parte de las respuestas y sugerencias de Superiores y profesores del mismo Seminario para la elaboración de dichos Reglamentos y en todas ellas se nota el interés, la responsabilidad y la sinceridad de cada uno de ellos. En el Diario del Seminario, con fecha de mayo de 1940 leemos: “Acaba de aprobar el Excmo. Sr. Obispo que se imprima el Reglamento de los alumnos y oficiales (celadores porteros, etc.) Esperamos la revisión del Sr. Obispo y de la Comisión de Disciplina.” Y, el 20 de julio de 1942: “Acaba de aprobar el Sr. Obispo Diocesano el Reglamento de los alumnos del Seminario con las últimas modificaciones”. Y ambos Reglamentos fueron impresos y entregados a todos los Superiores y a todos los alumnos.
El Reglamento para los alumnos del Seminario de Zamora se dividía en 8 Capítulos (Fin del Seminario, Piedad, Estudio, Disciplina, Vacaciones, Salida definitiva del Seminario, Sanciones y Normas Generales) y un Apéndice con los días de Vacaciones. En el Reglamento de los Prefectos y demás cargos estaban las normas a seguir por los alumnos, Prefectos, Subprefectos (en el dormitorio, en el paseo, en los estudios) y de los Suplentes.

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Esbozo de historia de una Institución trascendental
Sabado, 29.01.2011, 06:37pm (GMT-5)

66.- Una vista rápida a la vida del Seminario
Los Horarios
Para terminar con el somero análisis sobre la Disciplina del Seminario de Zamora y arriesgándome a que más de alguno de los lectores de esta serie de artículos se enfade, me permito asomarme un poco a la vida cotidiana y ordinaria de los seminaristas durante aquella época, con la única intención de conocer un poco más acerca de la manera en que transcurrían para ellos los días, los meses y los años de su formación, además de que me parece interesante el hacerlo. Y, para ello, comenzaré por dar alguna noticia acerca de los horarios a que estaban sujetos (con algunos pequeños cambios durante esos años), siendo distintos para cada una de las circunstancias y períodos: para los días ordinarios, para los domingos, jueves y días de fiesta, para los ejercicios espirituales y retiros, para la Semana Santa y la de Pascua, para los días de exámenes y para las vacaciones de comunidad. Todos esos horarios sufrían algunos pequeños cambios, cuando se trataba de aplicarlos al Seminario Menor (por ejemplo, levantarse media hora más tarde). Veamos el resumen de algunos de ellos:
Días ordinarios: 5:30 levantarse; 6:00 Oraciones, Meditación; 6:45 Misa y Estudio; 8:15 Gimnasia; 8:30 Aseo; 8:35 Desayuno, Aseo en silencio y Estudio; 9:20 Clase; 10:10 Recreo;10:20 Estudio; 11.15 Clase; 12:05 Recreo; 12:15 Estudio; 13:00 Recreo y Aseo; 13:10 Examen de conciencia y Canto; 13:30 Comida y Recreo; 14:30 Descanso; 15:00 Preparación; 15.05 Estudio; 15.50 Clase; 16:40 Recreo; 16.50 Estudio; 17:15 Clase; 18.05 Recreo o Paseo; 18:50 Vuelta; 19:00 Rosario, Lectura, Confesiones y Estudio; 20:05 Cena, Visita y Recreo; 21:00 Puntos, Examen y Acostarse; 21.45 se apaga la luz. Piedad. Haciendo un pequeño resumen de lo anterior, tenemos lo siguiente: tiempo dedicado a la piedad, 2 horas con 25 minutos; al estudio personal, 4 horas con 15 minutos; a las clases, 3 horas con 55 minutos; al recreo y paseo, dos horas con 45 minutos; al aseo personal y de los distintos lugares, 55 minutos y al dormir, 7 horas con 45 minutos. Ante estos números, podemos preguntarnos si la distribución, jerarquización y aprovechamiento del tiempo, en un día ordinario del Seminario era la correcta. Cada quien pude formarse su propio juicio.
El horario para los Domingos, Jueves y Días de Fiestas era el siguiente: 6:00: Levantarse (y sigue igual que los ordinarios); 8:15 Gimnasia (los jueves); 9:20 Estudio y Ceremonias; 10:05 Recreo; 10:15 Estudio; 11:00 Recreo; 12:00 Estudio; 13:00 Recreo y Aseo; 13:10 Examen, Comida, Visita y Recreo; 14:30 Descanso; 15: Preparación; 15:05 Estudio; 16:10 Paseo y Deporte; 18:50 Vuelta; 19:00 Rosario (Vísperas y Bendición). Además, los domingos a las 10:40, salida a dar Catecismo en diferentes puntos de la ciudad; hasta las 12:15

Vacaciones de Comunidad
Al leer el Diario del Seminario y las Efemérides de su Revista, llama mucho la atención la realización de las llamadas Vacaciones de Comunidad y que consistían en que la mayoría de los alumnos del Seminario (filósofos, teólogos y 4º de latín) pasaban mes y medio de vacaciones en algunos pueblos, sobre todo de la Sierra, viviendo en comunidad, para luego pasar 15 días con sus familiares en sus respectivos pueblos. Las razones que motivaron para organizar dichas vacaciones fueron varias y costó trabajo el llevarlas a cabo. Desde luego, fue una idea surgida de la experiencia del Pío Latino y ya el Padre José Plancarte, durante su gestión como Rector, había intentado implantarlas, pero por la situación política y la difícil organización del Seminario, no le había sido posible. Su sucesor, el Padre Ramiro Vargas, se quedó con aquella idea y aquella intención, teniendo en cuenta, por otra parte, que eran varias las deserciones de alumnos, yendo dos meses de vacaciones con sus familiares y que, además, se notaba cierta “disipación” entre los que regresaban al Seminario y, en 1937, comenzó a experimentar dichas vacaciones con algunos teólogos y con la ayuda económica de algunos bienhechores del Seminario (como Don Macario Ruiz, dueño de la Fábrica de cigarros “La Libertad” y con el apoyo y la generosidad de los fieles de las Parroquias donde se realizaron tales vacaciones. Fueron muchos los pueblos donde, sucesivamente, los seminaristas vacacionaron: Zirosto, Ziracuaretiro, Guáscuaro, San Ángel, Peribán, etc. Y en todos ellos fueron recibidos y atendidos por sus habitantes con cariño, respeto y generosidad. Es agradable leer en muchos lugares de las diversas Crónicas del Seminario de Zamora las noticias y la descripción que se hacen de la recepción y el trato que cada uno de esos pueblos daba al Seminario.
El horario en tales vacaciones era el siguiente: 6:30 levantarse; 7: Oraciones, Meditación; 7:45 Misa; 8:40 Desayuno. Aseo y Recreo; 9:30 Paseo; 12:15 Estudio libre o Paseo; 13:00 Catecismo; 13:30 Aseo; 13:40 Examen de conciencia, Comida y Recreo; 15:10 Descanso; 15:45 Rosario y Estudio; 16:40 Paseo; 19:00 Catecismo; 19:55 Recreo; 20:00 Cena y Recreo; 21:00 Puntos, Oraciones y Acostarse.
Los beneficios que las vacaciones de Comunidad y que los Diarios y Documentos del Seminario consignan fueron muchos, excelentes y positivos: mayor convivencia de los alumnos entre sí, puestos en circunstancias distintas a las del curso escolar en Zamora; pleno y profundo acercamiento y goce con la naturaleza; innumerables y hermosos paseos (Apo, Cerro del Tancítaro, Volcán Paricutín, Chorros del Varal, etc.), incontables aventuras, experiencias inolvidables y ocasiones propicias para la manifestación de la solidaridad y ayuda entre los mismos alumnos; contacto directo y aleccionador con el pueblo en las diversas fiestas y los varios apostolados (Catecismo, Misiones, etc.); cultivo del sentido del agradecimiento hacia la gente (cada año, se despedían del pueblo con una velada de despedida y agradecimiento: obra de teatro, declamaciones, cantos, etc.); y otros beneficios más que cooperaban a una mejor formación de los seminaristas. El hecho de que se hayan suprimido tales Vacaciones de Comunidad, sin duda alguna, habrá sido por razones poderosas.

El comedor y el “Deo Gratias”
Uno de los puntos que también llama la atención al enterarnos de la vida cotidiana del Seminario de Zamora es, sin duda, las actividades que tenían lugar en el comedor, mientras los alumnos tomaban sus alimentos. Efectivamente, la mayor parte de los días y de las horas de dichos alimentos, los seminaristas los tomaban en silencio y, durante la duración del desayuno, de la comida y de la cena, escuchaban, en el desayuno, la lectura de alguna buena novela, de la Historia de la Iglesia o de México o, en fin, de cualquier obra literaria interesante; durante la comida o se escuchaba también una buena lectura o una escogida obra musical (clásica, ópera, etc.) con sus respectivas explicaciones y análisis; en la cena, un ejercicio de oratoria sagrada por parte de algún alumno que desarrollaba un sermón, un fervorín o algo relacionado con la predicación.
Pero había algunos días en que había el “Deo Gratias”, gritado por algún Superior y con el que los alumnos podían hablar durante los alimentos (tiempo completo o medio tiempo). Había todo un programa de “Deo Gratias”: en los 3 alimentos (llegada de vacaciones, fiestas principales, Ordenaciones, etc.); a mediodía y en la noche (sábados y viernes de mayo y junio, lunes y martes de carnaval, fiesta de los Patronos de las Divisiones, etc.); sólo a mediodía o sólo en la noche.
Así transcurría, más o menos, la vida de los seminaristas en el Seminario de Zamora durante la época que nos ocupa.

Jorge Moreno Méndez

(Pie de imagen)
Junto al tronante Paricutín o en la cumbre del Tancítaro.
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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 67.-La vida de piedad en el Seminario de Zamora
Sabado, 05.02.2011, 09:25pm (GMT-5)

Si el fin de todo Seminario es el formar Sacerdotes virtuoso y cultos para que puedan servir convenientemente a Dios y al pueblo, indudablemente que el renglón de la piedad debe jugar un papel importantísimo entre los instrumentos utilizados para alcanzar tal fin. Y el Seminario de Zamora no fue la excepción y, al leer los siguientes renglones, nos podremos dar cuenta de cuáles eran los actos de piedad que, en esta época que nos ocupa, los seminaristas zamoranos practicaban, actos que alimentaban su vida interior y que, en cierta forma, iban conformando en ellos una espiritualidad con ciertas características propias. Se podría juzgar si tales actos fueron o no fueron los más adecuados, o si eran demasiados… pero lo que sí se debe aceptar que la intención con que se disponían y se practicaban era para buscar que el joven que se preparaba para el Sacerdocio viviese más unido a la Divinidad para, así, poder servir mejor a la sociedad y ser un verdadero puente entre ésta y aquélla. Se sabía entonces (como se sabe ahora) que si en los candidatos al Sacerdocio no existe una verdadera y sólida piedad, nacida de la convicción y no como fruto de una costumbre o de la imposición de la práctica de ciertos acto, tales candidatos terminarán siendo sólo unos “beatos” (en el sentido peyorativo de la palabra), o unos rezanderos, pero nunca obtendrán la base y el sustento de una espiritualidad auténtica que los lleve a ser lo que deben ser.
Debemos tener en cuenta, para entender mejor la vida de piedad del Seminario, que en la Iglesia Católica existen diversas corrientes de espiritualidad, distintas maneras de entender y de aplicar (pero correctamente) el Evangelio, es decir, existen varios caminos que conducen a una misma meta: la mejor unión con la Divinidad. Todo ello lo podemos ver, principalmente, en el sello propio y característico que cada uno de los fundadores de Instituciones o Congregaciones Religiosas intentó esculpir en ellas, dándoles ciertas notas o características especiales: San Francisco de Asís, la pobreza y la humildad; San Juan Bosco, la alegría; La Madre Teresa, la caridad, etc., Por razones ya dichas (Pío Latino y Montezuma, regenteado por jesuitas), la espiritualidad que se intentó inculcar en el Seminario de Zamora, fue la de San Ignacio de Loyola y, así, la mayor parte de los actos de piedad eran una copia o calca de los practicados en aquellas dos Instituciones.

La capilla del Seminario
Aunque no todos los actos de piedad se realizaban dentro de la capilla, la mayoría de ellos y los más importantes sí tenían lugar en ella y, por lo mismo, era necesario que dicho lugar fuera el más apropiado y tuviera todos los elementos necesarios para la práctica de tales actos. De hecho, muchas de las principales vivencias de los seminaristas durante su formación, tuvieron lugar en la capilla del Seminario. De ahí la inquietud de los Superiores, principalmente del Señor Fulcheri y del Señor Vargas, porque el Seminario contara con un lugar adecuado para servir de capilla. Cuando se instalaron en La Tebaida se fueron adaptando algunos salones como tal, pero fue hasta 1939, cuando el Señor Obispo dispuso que, aun a costa de sacrificios se erigiese una capilla en forma. El 31 de enero de 1940 se lee en el Diario del Seminario: “Por fin hoy estrenamos la nueva capilla, amplia y relativamente hermosa, la mejor desde que el Seminario anda rodando (1914). Esperamos que en ella las ceremonias puedan salir bien y con ellas la formación de nuestros seminaristas ganará mucho. El Excmo. Sr. Obispo vino a bendecirla. Al día siguiente, 1º de febrero, celebró su Excia. Revma. en ella y días después erigió el Viacrucis” Efectivamente, aquella nueva capilla serviría mucho en la formación de los seminaristas, no solamente por una mejor celebración de los actos litúrgicos, sino porque podrían practicar los demás actos de piedad con mayor comodidad y aprovechamientos: mayor amplitud, mejor iluminación, presbiterio, pequeña sacristía y coro.

Los actos de piedad
Para tener una visión más completa de la vida de piedad del Seminario de Zamora en La Tebaida, me permito mencionar algunos de los actos de piedad practicados diariamente por los seminaristas, dando una breve explicación de cada uno de ellos.
Cuando sonaba el timbre o la campana para despertar a los seminaristas, mientras se vestían, rezaban el Te Deum, un himno de Acción de gracias que ayudaba a cultivar en ellos la virtud del agradecimiento con el Creador y les hacía conciencia de aprovechar bien el nuevo día, confiados en su ayuda.
Al llegar a la capilla se rezaban las Oraciones de la mañana y se iniciaba la Meditación que, ordinariamente duraba media hora. A veces se utilizaba un libro apropiado y que contenía una meditación para cada día del año y era leída por uno de los lectores de la capilla, nombrado de antemano. Era una lectura pausada, dejando además ciertos espacios de tiempo prolongados para que cada quien hiciese las reflexiones apropiadas. Otras veces, se les permitía a los alumnos elegir cada uno un libro con el tema escogido por ellos mismos, tema sobre el cual hacían versar sus propias reflexiones. El silencio y la tranquilidad facilitaban la serena y profunda reflexión para aplicar lo meditado a la vida práctica.
En seguida se celebraba la Misa, centro y culmen de la liturgia sagrada, y para ayudarla se nombraban cada semana quienes debían hacerlo.
El Examen de conciencia, tanto del mediodía, consistía en ir repasando mentalmente las distintas etapas de la mañana o de la tarde y ver en qué se había fallado o no, para poder poder corregirlo. Esta práctica estaba basada en el principio y el convencimiento de que la mejor sabiduría es el conocimiento de sí mismo, sin el cual no podremos conocer a los demás.
El rezo diario del Rosario era para fomentar la devoción a la Virgen, tan importante en cualquier tipo de espiritualidad católica y, más todavía, en la espiritualidad sacerdotal.
La Lectura Espiritual se hacía, o bien, en comunidad en la capilla o individualmente y consistía en leer unos 15 minutos algunas páginas de libros piadosos o de formación: Imitación de Cristo, Vidas de Santos o algún tema de espiritualidad.
Cada ocho días se tenía la Hora Santa, delante del Santísimo y, ordinariamente, se utilizaba para su desarrollo algún libro escrito especialmente para tales circunstancias. También, cada ocho días, el Padre Espiritual daba una Plática a los alumnos sobre muy variados temas y de interés para todos.
Cada mes, había un Retiro Espiritual, impartido por el Padre Espiritual y sobre temas adecuados a la formación seminarística.
Finalmente, cada año, al comenzar el curso escolar se practicaban los Ejercicios Espirituales, durante una semana y en riguroso silencio. Ordinariamente los impartía un Sacerdote de la Compañía de Jesús y según el método ignaciano, seco y profundo, pero efectivo y vivificador. El horario, además de los actos de piedad ordinarios, abarcaba 3 horas de meditación, bajo la dirección del Padre que los impartía y 1 Plática, dada por el mismo Sacerdote.
Además de todos estos actos de piedad, los seminaristas practicaban otros muchos, como las oraciones de antes y después de clases y de antes y después de los alimentos, etc. La práctica, buena o mala, de todos ellos iban formando o pretendían formar en ellos una espiritualidad que los llevara a ser auténticos Sacerdotes, hombres virtuosos que predicaran más con el ejemplo que con la palabra.

Jorge Moreno Méndez

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69. Los estudios en el Seminario de Zamora
Sabado, 19.02.2011, 05:06pm (GMT-5)

El estudio
Juntamente con la virtud, el Seminario debe cultivar la ciencia en los jóvenes candidatos al Sacerdocio ya que, una vez ordenados, no sólo debe ser testigos y ejemplo de la práctica de la vida cristiana, sino también deben enseñar a los fieles la doctrina de Cristo y todo aquello que les ayude a ser fieles seguidores del mismo. Para esto último, el Sacerdote debe poseer un buen bagaje de ciencia, no sólo de la eclesiástica, sino también de todas aquellas que le ayuden a ejercer de la mejor manera su ministerio. En el Seminario de Zamora, analizando todo lo que se  refiere a la vida de estudio de los seminaristas durante esta época que nos ocupa, se manifiesta el interés de los formadores del mismo por conseguir esta meta. Son muchos los aspectos que en este renglón podríamos revisar, pero nos contentaremos con hacerlo  con sólo algunos de  ellos.
El Profesorado
En primer lugar y por las Actas y el Diario del Seminario, se nota que el grupo o sector del Seminario de Zamora que más reuniones efectuaba era el de los maestros, al que más consultas se le hacía por parte de la Rectoría sobre todo lo que se relacionaba con el Plan de estudios, con los libros de texto, con el profesor adecuado para cada materia, así como también con los horarios, las calificaciones, los exámenes, la premiación, etc. Aunque hubo algunos casos en que algunos maestros no eran del todo aptos y competentes para la impartición de su materia (como consta por algunas observaciones hechas con motivo de una Visita Apostólica al Seminario), sin embargo casi siempre se buscaba la persona adecuada, se procuraba enviar a especializarse a varios maestros en diversas materias y se seguía la sugerencia y recomendación especial y directa al Seminario de Zamora de la Congregación de Seminarios para que todo el personal nombrado para la docencia y formación en el Seminario se dedicase únicas y exclusivamente a esos cargos y sólo atendiesen otros que no los distrajesen demasiado fuera del Seminario. Otro dato en que se revela el interés de los formadores del Seminario de Zamora por buscar la mejor manera de formar a los seminaristas en la ciencia fue cuando el Señor Vargas Cacho y el Padre Agustín Magaña se enfrascaron en una larga, profunda e interesante discusión sobre el contenido y la forma del Plan de Estudios del seminario. Ambos personajes publicaron artículos sobre el particular, defendiendo su propio punto de vista y aquella discusión llegó hasta la Sagrada Congregación de Seminarios y ésta dio su opinión sobre aquel. Haya tenido la razón quien la haya tenido (creo que ambos la tenían en varios puntos) aquella situación fue una muestra del interés que se tenía por buscar la más apropiada manera de preparar a los seminaristas en la ciencia para un mejor ejercicio de su posterior ministerio.
Cómo era la enseñanza
Debemos decir que hubo cierta época (sobre todo en los inicios del funcionamiento del Seminario, con el Señor de la Peña y como sucedió en la mayoría de los Seminarios) en que se tenía como criterio absoluto para el Plan de Estudios que la ciencia eclesiástica estaba muy por encima de la profana y, por lo tanto no se ponía especial atención a esta última. Pero, ya ene tiempo del Señor Cázares hubo cierta apertura y entraron de lleno a formar parte de los estudios del Seminario algunas ciencias como la física, la química, las leyes civiles (esto teniendo en cuenta que la mayoría de los alumnos del Seminario “no iban para el Sacerdocio”, sino que seguían otras carreras. Una vez pasada la Revolución y la persecución religiosa, en el Seminario de Zamora, como en otros muchos Seminarios de la República, se tuvo otra visión de la preparación científica del Sacerdote y así se llegó a escribir:  “A través de los estudios, se buscará inculcar altos ideales y generosa entrega; se tiene un concepto negativo del mundo; y ese mundo necesita hombres buenos e instruidos, según la mente del Magisterio de la Iglesia, dispuestos a esclarecer la tiniebla del error y encender la luz de la verdad”. O bien, teniendo como meta “templar el raciocinio de los seminaristas con las puras aguas de la filosofía racional cristiana; introducirlos poco a poco en el dominio de las ciencias naturales que resultan útiles al hombre; pero sobre todo fortificar el corazón y la inteligencia con un estudio prolongado de la teología escolástica y las Sagradas Escrituras, acudiendo a los modelos que ofrecen los Padres y Doctores de la Iglesia”. Y aunque en el Seminario de Zamora se notaron ya algunas tendencias un poco distintas del esquema del Plan de Estudios del Pío Latino, sin embargo se siguió teniendo en muy en cuenta las directrices de la Congregación de Seminarios.
El Plan de Estudio
Teniendo en cuenta algunos ligeros cambios hechos durante los años de esta época, podemos resumir el Plan de Estudios del Seminario de Zamora en sus tres etapas de la siguiente manera:
En Teología se veían las siguientes materias: como principales, Teología Dogmática (que versaba sobre las verdades teóricas de la fe, respecto a Dios, a Cristo, a María, a la Iglesia, etc.), Teología Moral (sobre el estudio del bien y el mal en el comportamiento humano), Sagrada Escritura, Historia Eclesiástica y Derecho Canónico. Las materias secundarias o complementarias: Liturgia, Oratoria, Teología Pastoral, Ascética y Mística y, algunos años, Arte Sacro. En Filosofía: Lógica, Cosmología, Psicología, Metafísica, Ética, Teodicea, Historia de la Filosofía, Historia de la Literatura, Historia Patria, Historia Universal, Español Superior, Sociología, Acción Católica, Catequética y Ciencias Naturales (Física, Química, Bilogía). En Latín: Latín, Griego, Francés,  Español, Religión, Historia Sagrada, Geografía, Aritmética, Algebra, Geometría, Lectura y Ortografía y Caligrafía.
El número de clases por semana variaba según la importancia de la materia y, así, a las materias que daban nombre a los Cursos (Teología, Filosofía y Latín) se les daba el mayor número de horas (de 6 a 7) y durante todos los años señalados para ellas: cuatro para Teología y Latín y 3 para Filosofía. Había algunos que solamente tenían 1 hora a la semana. El Canto se impartía en todos los Cursos, así como la Instrucción Física. Ordinariamente los textos los elegía el profesor, pero era aprobado en la reunión de maestros; algunos de ellos daban “Apuntes”, por ejemplo, el Padre Luis Méndez Codina, daba sus “folias”, es decir, su obra filosófica, mimeografiada; el Padre José Luis Sahagún, unas excelentes notas sobre Preceptiva Literaria; el Padre Rogelio Sánchez, sus escritos de Sociología, etc. La impartición de las distintas materias ocupaba menor tiempo a los alumnos que el estudio de las mismas, de tal manera que las horas de Estudio se aprovechaban al máximo.
A este Plan de Estudios, como veremos en seguida, se añadía una serie de interesantes y productivas actividades que servían para el ejercicio y el mejor aprovechamiento de los alumnos en las diversas materias.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 70.- Más sobre el estudio en el Seminario de Zamora
Sabado, 26.02.2011, 03:22pm (GMT-5)

La Escolástica
No se podría hablar del estudio en el Seminario sin dedicar unas líneas para hablar de la Escolástica, es decir, del método que en Filosofía y en Teología dominó durante muchos años en la enseñanza de estas dos materias, como sucedió en la inmensa mayoría de los Seminarios. El Método Escolástico utilizó la filosofía grecolatina y aun algo de la arábiga y judaica para comprender y explicar las verdades del cristianismo, tratando de coordinar la fe y la razón, subordinando ésta a la primera y considerando la filosofía como la sierva (ancilla) de la teología. La aplicación de este Método en la enseñanza de los Seminarios tuvo su inicio con el Papa León XIII quien suponía que la crisis de la cultura en el mundo no se debía, en último término, a lo social o político, sino a lo intelectual, como lo escribe en su Encíclica Aeterni Patris en la que dice que “el hombre se ha dedicado a filosofar, basándose en la sola razón, prescindiendo de la fe, por lo que aboga por una filosofía, fundada en la razón, anclada en lo real y abierta a la fe, contribuya a la salud de la inteligencia humana y facilite la profundización en la comprensión de la vida cristiana, haciendo, de esta manera,  que la teología, mostrando la riqueza y el contenido de la fe, coopere al progreso de la razón”. Y, para esto, propone como guía a Santo Tomás de Aquino, al mismo tiempo que pugnaba por reeditar las obras de este Santo para que fuesen conocidas y aplicadas al estudio de la filosofía y la teología en las Universidades y los Seminarios de la Iglesia Católica, a través de las obras filosóficas y teológicas de los tomistas que servirían de textos en tales instituciones. Más tarde, en 1920, la Congregación de Seminarios sugería y prescribía que en la enseñanza en los Seminarios la filosofía racional ocupase el primer lugar, ya que era “la verdadera ciencia del hombre” y que tal era la Escolástica, cultivada por los Santos Padres y “elevada por el genio del Ángel de las Escuelas (Santo Tomás) a un grado de perfección, que no será quizás posible alcanzar, mucho menos sobrepasar”. Así mismo, en otro comunicado, dicha Congregación recordaba que tal enseñanza, como había sido ordenado por León XIII, debería ser impartida en latín; aunque no se prohibía que explicaciones o aclaraciones posteriores pudiera el maestro hacerlas en lengua vernácula.
Vemos con esto el por qué la utilización del Método Escolástico en el Seminario de Zamora. Mucho se pudiera hablar de este Método y su aplicación, como mucho se puede discutir acerca de su verdadero valor, recordando que no hay método alguno perfecto. Sólo me permito añadir una breve consideración: a la Escolástica, entre otras varias cosas, se le critica por su tendencia a recurrir excesivamente a los argumentos de autoridad y de abandonar la ayuda de otras ciencias; por limitarse, en cierta forma, a sólo repetir y analizar los textos religiosos antiguos y los de la Biblia, que son los que forman la Revelación Divina; por su armazón lógico, excesivamente rígido y por su estructura esquemática de exposición, refutación y defensa. Pero debemos admitir que tal método ayudó y fomentó la especulación y el razonamiento, factores importantes en la formación de la inteligencia y la voluntad del estudiante.

Las Academias Literarias y la entrega de premios
Sin duda alguna que elementos importantísimos en la formación de los estudiantes del Seminario de Zamora de aquella época fueron las Academias Literarias. Mucho tuvieron que ver en su fundación, impulso y  desarrollo los Padres Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte, mientras estuvieron como maestros en el Seminario. Tanto por el Diario del Seminario como por la carpeta especial que existe en el Archivo del mismo en la que se conserva una buena cantidad de Programas de dichas Academias, nos podemos dar cuenta de la variedad, asiduidad y riqueza de tales eventos, ya que, además de la celebración del motivo por el que se celebraban, eran una muy buena ocasión para que los alumnos se esforzaran por cultivar sus diversos conocimientos y para que se fuesen acostumbrando a hablar en público. Podemos enumerar siquiera algunas de ellas:
Cada una de las Divisiones en que estaba organizado el Seminario celebraba anualmente a su Santo Patrono con una pequeña o sencilla Velada Literario-Musical, relacionándola con la vida y los valores propios de cada uno de tales Patronos.

Academia Misional: como ya veíamos, el espíritu misionero entre los alumnos del seminario fue muy cultivado y arraigado de tal manera que, patrocinadas por el periódico “El Misionero”, se celebraban Academias con el tema de las misiones, participando en ellas formadores y alumnos.
La formación literaria de los seminaristas tuvo especial motivación y cultivo en la Academia de San Juan de la Cruz en la que fueron alma y vida primero los Padres Plancarte, el Padre Francisco Valencia y el Padre José Luis Sahagún. Viendo los programas de dichas Academias vemos los asiduos participantes en ellas y nos explicamos el por qué de la existencia posterior de tan buenos literatos como el Padre Luis Gustavo Franco, los Padres Alfonso y Leopoldo Rodríguez, Vicente Girarte, etc.
Cada año, en la fiesta de Santo Tomás de Aquino se celebraba la repartición de premios del curso anterior, con asistencia del Obispo, desarrollándose tan evento enmarcado con una Academia. Una de ellas, la de 1940, la resume el Diario del seminario de la siguiente manera: “Celebramos la fiesta de Santo Tomás con toda solemnidad. La parte religiosa y la Academia salieron bien. En la Academia hablaron: en latín, David Palafox de S. Escritura, Raúl Gutiérrez de Psicología; en español: David Méndez en prosa, Francisco Elizalde en verso. El Sr. Obispo distribuyó los premios y, al final, hizo uso de la palabra”. Para la distribución de los premios (que mucho incentivaban a los seminaristas), había una serie de normas y disposiciones, por ejemplo, en cuanto los estudios y calificaciones, obtenía en cada materia suma cum laude (con la máxima alabanza) quien sacaba 4 de promedio (siendo el 4 la máxima calificación) de todo el año, 4 de parte del profesor en el examen final y 4 de parte de réplica en el mismo examen; se obtenía magna cum laude (con gran alabanza) quien obtenía, en el anterior orden, dos 4 y un 3; finalmente era merecedor de una accésit (se acercó) quien sacaba un 4 y dos 3. En esa misma ocasión se daban premios a la conducta del alumno
A todo lo anterior, habría que añadir la celebración de varios Congresos realizados con toda solemnidad y de gran altura por y en el Seminario de Zamora. Un ejemplo de ello fue el Primer Congreso Eucarístico-Misional del 16, 17 y 18 de agosto de 1944, cuya invitación rezaba así: “El Seminario de Zamora se complace en invitar a Ud. al Congreso Eucarístico-Misional que con el fin de honrar a Jesucristo en el Augusto sacramento y fomentar la devoción a la Eucaristía y el celo por las Obras Misionales, ha organizado”. Algunos de los ponentes en la Sesión de Estudio de tal Congreso fueron Francisco Valencia Ayala, Salvador Arroyo, Raymundo Peña, Raúl Gutiérrez, Luis G. Arceo, Salvador Martínez Silva, José Luis Sahagún, Genaro García, Rogelio Sánchez, Rodolfo Navarro, Antonio Guízar y Ramiro Vargas. Poesías, Obras de Teatro y Cantos corales fueron el marco de la celebración de esos tres días. Para uno de esos Congresos, el Padre Gabriel Méndez Plancarte escribió y declamó su extraordinaria poesía “El cáliz”. Además, a la celebración de los Congresos Nacionales sobre las Misiones o sobre la enseñanza catequética en diversas partes de la República, el Seminario de Zamora siempre enviaba un grupo de seminaristas a participar en ellos, principalmente como oyentes.

Jorge Moreno Méndez

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Esbozo de historia de una Institución trascendental: 71.- Final de una época y final de una serie
Sabado, 05.03.2011, 12:42am (GMT-5)

Como ya lo habíamos dicho, con el cambio del Seminario Mayor a Jacona y su separación del Seminario Menor, así como con los preparativos y la celebración del Concilio Vaticano II, terminó una época para el Seminario de Zamora e inició otra. Antes de cerrar la serie de artículos que pretendieron ser sólo un esbozo de la historia de esta Institución trascendental, quisiera por lo menos mencionar otros elementos que formaron parte importante de la vida de los seminaristas de esta época y de su formación. De todos ellos se pudiera decir mucho y todo sería interesante para quienes tienen interés en conocer la historia del Seminario de Zamora; pero casi todo ello quedará en el tintero, esperando otra pluma y otro tiempo para salir a luz y darse a conocer. Bástenos, por ahora, siquiera conocer la existencia de algunos de esos elementos, parte importante de tal institución.

Breve mención de algunos de ellos
Biblioteca.- La rica y abundante Biblioteca del Seminario de Zamora, con la llegada de la Revolución y de Amaro, terminó casi en nada, con excepción de varias obras que el Padre Miguel Serrato pudo rescatar, a escondidas y de noche, del edificio incautado por el gobierno. No fue sino hasta finales de la década de los 30 cuando se comenzó a formar la actual biblioteca y cristalizar la idea del Señor Fulcheri y del Padre José Plancarte de que el Seminario contara con una buena biblioteca. El Padre Alfonso Méndez Plancarte, durante su estancia en Zamora, abogó, sugirió y actuó para que aquel sueño se hiciese realidad y, poco a poco, por medio de compras y de donaciones, su acervo creció y creció, llegando a contar, en la actualidad con más de 53 mil volúmenes, entre los que se cuentan verdaderas joyas, tanto por su antigüedad (algunos del siglo XVI), como por su contenido. Muchas páginas se podrían escribir acerca de los tesoros que esta biblioteca encierra. También debemos mencionar que, además de otros varios, uno de los principales responsables del crecimiento de esta biblioteca fue el Padre Pedro Torres, sin olvidar que varios Sacerdotes han dejado sus bibliotecas particulares para el Seminario.
Hemeroteca.- Rica y abundante también es la Hemeroteca del Seminario, compuesta por colecciones de muchísimas revistas y periódicos, no sólo de corte religioso (Dogma, Moral, Sagrada Escritura, Pastoral, etc.) o eclesial (L’osservatore Romano, la Revista Eclesiástica, etc.) sino también de otros órdenes, como el histórico (Cuestiones Históricas, por ejemplo), el jurídico (las obras de Don Clemente de Jesús Munguía) y cultural (Ábside). Se tiene como probable la apertura de Biblioteca y Hemeroteca a investigadores de fuera del Seminario para que, según los deseos de la Comisión Pontificia para los bienes culturales de la Iglesia, tengan acceso a la cultura e información  cristiana.
Publicaciones.- Como palestra y preparación de los seminaristas al desarrollo de la comunicación y difusión del Evangelio, se contaba en el Seminario con dos principales publicaciones: El Misionero (del que ya hablamos en alguno de los artículos anteriores) y Spes, revista oficial del Seminario que, además de ser un campo propicio para el ejercicio de la pluma de los seminaristas, era un lazo de unión entre el Seminario y varios Sacerdotes y laicos, quienes, mes a mes, la recibían y leían con interés. El primer número de Spes salió en junio de 1945 y se le llamó así en honor de la Virgen de la Esperanza, teniendo como precursor y fuente de inspiración un periódiquito llamado “El pollito” que, “rústicamente” y a manera de ensayo, había salido un mes antes entre los seminaristas. Spes contaba con variadas e interesantes secciones, como Dogma, Filosofía, Historia, Poesía, Cuento y una muy gustada, chispa de la revista: las efemérides.
Deportes.- Teniendo muy en cuenta la importancia del deporte en la formación de los aspirantes al Sacerdocio por todos los valores que esta disciplina encierra, el Seminario, desde que pudo hacerlo, promovió varios deportes entre los alumnos, sobre todo el basquet, el voli, el beis y el futbol, llegando a contar cada uno de ellos con excelentes equipos, capaces de competir con éxito con equipos de fuera de primer nivel.
Teatro.- Las representaciones teatrales, en todos los órdenes (sainete, comedia, drama, etc.) realizadas por los seminaristas, fueron parte muy importante en su formación y sirvieron, de manera excelente, tanto al esparcimiento, como al descubrimiento de verdaderos prospectos de la actuación.
La Schola Cantorum.- Dentro de la organización del Seminario de Zamora ocupó un lugar muy importante la Schola Cantorum, es decir el grupo de seminaristas que formaron el Coro del Seminario, tanto con las voces infantiles, como en las de los mayores. Si revisamos el Diario del Seminario nos damos cuenta de esta afirmación, pues era la Schola la que daba un toque especial a todas las festividades más importantes en la Catedral (Semana Santa, sobre todo), en los Cantamisas y en las fiestas del Seminario. El Padre Gonzalo Gutiérrez elevó la calidad de dicho Coro a grandes alturas, de manera que recibió excelentes juicios y alabanzas de parte de los Maestros Bernal Jiménez y Romano Piccuti. Existen en el Archivo del Seminario varios Programas de algunos Conciertos que la Schola daba en algunos de los templos de la ciudad.
Pudiéramos y debiéramos hablar de otras tantas cosas del Seminario de Zamora, como una pequeña biografía de muchos Superiores y maestros del Seminario que dejaron en él honda huella; de los apostolados que realizaban los seminaristas (Catecismo en varias partes de la ciudad, la cárcel, etc.); del Servicio Militar que prestaron los seminaristas (aun con el acuertelamiento de algunos de ellos (Ernesto Buitrón y Julián Sánchez) en medio de la incongruencia gubernamental que los obligaba al dar dicho servicio, pero no les permitía votar en las elecciones; de las estadísticas del Seminario en cuanto a ingresos y egresos y los porcentajes de logro de vocaciones; de sus relaciones con otros Seminarios, con la Santa Sede, con el Obispo; del excelente e invaluable servicio de cocina, prestado por la Madres del Sagrado Corazón; y de otros muchos asuntos. Todo ello queda pendiente.

 

El cambio del Seminario Mayor a Jacona y los preparativos del Concilio Vaticano II marcaron una nueva epoca en la historia del Seminario de Zamora.

Agradecimiento y despedida
Como decíamos, el cambio del Seminario Mayor a Jacona y los preparativos y celebración del Concilio Vaticano II marcaron una nueva época en su vida. Ya a mediados de los años 50, se sentía la necesidad de cambios en varias estructuras y actitudes de la Iglesia y de sus instituciones, sin excluir a los Seminarios. La idea de construir un edificio apropiado para el Seminario ya se venía manejando desde el tiempo del Señor Fulcheri, pero su muerte (junio de 1946) hizo que tal proyecto tuviera que esperar, aunque en el mes de agosto del mismo año Proyecto del nuevo Seminario de parte del Arquitecto Lemus, de Morelia. Tal espera no duró mucho ya que, el nuevo Obispo, a su llegada, en 1947, aprobó y respaldó plenamente la construcción del nuevo edificio. Teniendo abundancia de documentos, se puede reconstruir perfectamente la historia de la construcción del Seminario Mayor de Zamora en Jacona, pero también quizás otras personas y más tarde hagan tal reconstrucción…
Por ahora, sólo me resta agradecer como siempre a GUIA su hospitalidad y a los lectores el que hayan seguido, con paciencia y resignación, esta ya larga serie de artículos sobre el Seminario de Zamora.

Jorge Moreno Méndez

 

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5 comentarios

  1. HOLA ESTOY TRATANDO DE LOCALIZAR AL PADRE FRANCISCO CHARLES DE LA MORA, PARA COMENTARLE QUE SU TÍA GUILLERMINA HERRERA ARGOMEDO FALLECIO EL DÍA 14 DE FEBRERO DE 2010.
    gracias por su atención.

  2. Admirable y por demás interesante trabajo de recopilación de los orígenes del Seminario de Zamora.

    Observaba con interés en su crónica del Lunes 04.01.2010 que entre los graduados del 23 de Septiembre de 1871, se encontraba ABUNDIO MARTINEZ, quien creo es hermano de mi bisabuela Loreto Martinez.

    Desgraciadamente le he perdido la pista desde que fué asignado el 6 de Diciembre de 1882 en Aguililla, donde aparentemente continuó cuando el Pbto. Domingo Méndez fué asignado como Cura.

    Mucho le agradecería cualquier información que de el se pudiera localizar.

    Anticipadamente le envío mi agradecimiento por cualquier información que me pudiera proporcionar al respecto.

    Ojalá pudiera continuar recibiendo sus nuevas entradas.

  3. hola me llamo sonia y me gustaria saber que necesito para entrar asu seminario

  4. quisiera informacion sobre el seminario gracias

  5. QUÉ HARÍAMOS SIN LAS PERSONAS QUE ESCRIBEN LOS SECESOS DE AYER?. LAS PERSONAS DE HOY Y LAS DE MAÑANA SE QUEDARÍAN SIN CONOCER TANTOS SUCESOS INTERESANTES DEL PASADO..

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