La Piedad. Ecos del Bicentenario. Desfile


LA PIEDAD. LAS FIESTAS PATRIAS DEL BICENTENARIO. EL DESFILE
(Fotos de Silviano Martínez Campos)

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Fotos 1--12, entusiasta público. Fotos de Silviano



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(Las fotos que “adornan” esta columna MOSAICO, aquí, corresponden a “Narciso”, digo Silviano, en diferentes momentos y lugares)

Martínez Campos, 23/IX/010
GUIA

MOSAICO
Silviano Martínez Campos
LA PIEDAD, 23 de Septiembre.- NO, POS SÍ, ni modos que no se sintiera uno orgulloso, en el sentido de aceptado, satisfecho, afirmado en sí mismo, cuando desfilaba como niño, aun cuando fuese con su banderita fabricada por sí mismo, y aun cuando el piso para los desfilantes no fuese tan plano ni tan ajeno a una que otra piedra.

Ni modos que no se sintiera uno satisfecho, esto a los 18, desfilar en Puebla durante uno de esos desfiles conmemorativos del 5 de Mayo, allá donde fue la batalla. Una peculiaridad, un grupo de “élite” de jóvenes seminaristas, con sus uniformes de conscriptos, fornitura (sin balas, conste) y rifle de a deveras, Mausser (sin balas, conste). Adiestramiento especial por un teniente coronel, por lo que salimos, decían, un grupo admirable que se notaba entre la multitud de espectadores. Y claro, uno bien pavorreal y, sobre todo, digo por mi parte, porque lo admiraban las muchachas, je je.

NO PRETENDO ENTRAR en el alma de cientos de niños, pero lo veía en sus caritas aunque cansadas, visiblemente satisfechas de estar participando aquí en La Piedad, en el desfile del Bicentenario. O los cientos de jóvenes, muchachas y muchachos, exhibiendo sus dotes marciales, sus bellos uniformes y sus pericias y, por qué no, haciendo notar también la distinción de su escuela, donaire aprendido en sus respectivos planteles, públicos o privados y junto con sus maestras y maestros, exponerse a la admiración y al aplauso de quienes los presenciamos.

Y los numerosos charros, muchachas, muchachos, adultos, los asociados aquí, y los de grupos afines a ellos. Y los de las diversas ramas de auxilio a la población, la Cruz Roja siempre aclamada, bomberos lo mismo y también y los contingentes de grupos dedicados a su adiestramieto físico para auxiliar a la población cuando se requiere. El desfile, pues, de la juventud en La Piedad y es de recordarse que valores similares ponen en juego los jóvenes de todos los poblados de nuestra región, Estado y país.

Y QUE SEAN celebrados Bicentenarios y Centenarios y que se cante y se baile, y que se rememoren mitos y gestas y que se sublimen batallas, derrotas y triunfos. Y si se gasta, que se gaste, sólo que no se “distraiga” para bolsillos particulares dinero público.

Más gastan los candidatos en sus campañas y tal vez muchos de ellos se pasan por donde se sabe, el decantado amor a la Patria, porque a la hora del triunfo tal vez les haya interesado (a través de los siglos y de las décadas), sólo engrosar los tesoros propios y de su clan, antes que el falso para ellose amor a la patria. Pero hubo héroes (por humanos también defectuosos) a quienes recordamos. Y muchos anónimos de quienes no sabemos nada, porque las revoluciones, dicen, las hacen los pueblos. Aunque luego también, en casos los liderazgos les den atole con el dedo, vistiéndolos de adelita, valentinas, zapatistas o villistas. HONOR A LA juventud, es su año. Esta juventud que se ha vuelto en veces defectuosa tal vez como rebeldía, ante el mundo que les dejamos los viejos (no sabíamos el desastre que nos esperaba), pero que es noble y cuando se le convoca, pero a causas justas, con la autoridad debida, responde. Y por eso también se celebra. .” Las difíciles condiciones sociales y económicas que estamos viviendo justifican que prestemos especial atención a la juventud. El 87 por ciento de las personas de 15 a 24 años vive en países en desarrollo. La crisis económica mundial ha tenido efectos desproporcionados en los jóvenes. Estos han perdido empleos, han luchado por conseguir trabajos poco remunerados y han visto limitado su acceso a la enseñanza. En momentos en que la economía empieza lentamente a estabilizarse, debe darse una importancia fundamental a las necesidades de los jóvenes”, dijo Ban Ki moon, el secretario general de las Naciones Unidas, con motivo del Día Internacional de la Juventud, el pasado 12 de agosto.. Y con motivo del Día Internacional de la Paz, que acaba de celebrarse el 21 de septiembre, el mismo Ban Ki moon, además de afirmar que esta celebración es una convocatoria mundial para el cese al fuego y la no violencia, está haciendo un llamado para atraer a jóvenes de todo el mundo a tomar una postura a favor de la paz, con el tema “Jóvenes para la Paz y el Desarrollo”. Pero también el mundo está lleno de luchadores por la paz, los no violentos que aspiran a que la armonía, en sus comunidades, regiones, países o el mundo, sea real y no sólo sueño, utopía irrealizable. Las cosas parecen difíciles en cuanto a la pacificación del hombre (especie), pero no han de ser cosas imposibles, porque son herencias de nuestra historia. Recuerdo haberle leído a Erich Fromm en su Anatomía de la Destructividad Humana, que la guerra es una institución cultural, no está dada por la naturaleza, es de entenderse, y que por lo tanto puede abolirse. Brota la grandeza de nuestra alma pacífica, altruista, generosa, cuando suceden los “enojos”, del clima. Cuando la hermana agua se vuelve abundante, veloz, y en su desaforada carrera al mar, destruye. En estos momentos, la tragedia del territorio Sureste de nuestro país, particularmente en Veracruz. Pero allí, en medio del sufrir de tantos hermanos, surge la caridad, la xaris, lo gratuito de nuestras instituciones y de nosotros los ciudadanos, organizados. Y toda la geografía de México se pone, en alerta, y saca, extrae de si misma sus valores de género humano y les da nombre, en medicinas, víveres, atenciones. Ya aprenderemos a prevenir, ante los nuevos tiempos.

(www.lapiedadymiregion.wordpress.com; http://www.ziquitaromipueblito.wordpress.com; http://www.silviano.wordpress.com).
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(La foto del burrito aquí, tiene desde luego sus explicaciones. Y no creo esté tan alejado de este bullicio de fiestas patrias y desfiles y todo eso, por lo que diré. Si bien el burrito no es mío y como en muchos casos la imagen la tomé de la calle, el entorno en el que se desenvuelve el borrico, bien que me pertenece en el recuerdo. Y no sólo por las fijaciones personales en mi terruño y en mis tiempos, sino porque ¡Ay señor, cómo han cambiado las cosas!, y de ello, a los 75, casi 76, me admiro mucho. Y tiene su explicación todo ese cuadro, por lo que diré al último de este pro—logo. Por principio de cuentas, tomé la foto frente a la casa y solar que fuera de don Chuche Cortés, mi tío y compadre, casa que según entiendo la ha remozado don Manuel Esqueda, el de mi tía Margarita Martínez, que acaba, unos meses antes, de partir hacia el país de la vida. El caso es que a la derecha de la foto, alcanza a verse una casita, de la cual hablaré después. Antes digo que la foto en la que aparece a caballo don Encarnación Martínez, mi papá, con cerca de piedra de fondo en el solar de don Chuche, corresponde a tiempos, allá de principios de los cincuenta. Frente a Chon, aunque no se ve, estaba la parte de fondo del templo viejo, allí donde una vez las muchachas Mejía, mis parientes y amigas, me sorprendieron jugando a las canicas, yo joven de 20, con unos niños. No tiene nada de particular el jugar canicas, y menos con los niños, pero la diferencia, ese día, es que era Jueves o Viernes Santo. Claro, ellas iban a una de las celebraciones en el templo y, tan benevolentes no me dijeron nada, salvo una referencia chistosa, a la fecha de Semana Santa y una sonrisa de regalo, pero como que sí me apené, je je. Más atrás, lo que se aprecia parcialmente como trasfondo de una foto que le tomé a mi hermano Roque, Quito, adolescente, allá por los 54, era la parte alta, la segunda planta del templo viejo, y abajo estaba la sacristía, desde donde un grupo de señores devotos, entre ellos mi abuelo don Vicente Martínez, “oían” misa los domingos hincados y con los brazos cruzados. Allí afuera, después, y hablo del 55, y luego de misa dominguera, mañanera, acogiéndome un poco al calorcito del sol mañanero, algunas veces me puse a platicar con don Rica, don Ricardo Maldonado. Un anciano sabio de sonrisa siempre acogedora. Me gustaban sus pláticas del viejo músico, a quien se le atribuían versos populares, famosos, de lo cual doy cuenta en otro lado, precisamente en el blog Mi ombligo del Mundo, al cual se llega mediante http://www.ziquitaromipueblito.wordpress.com. Y más atrás, en lo que doy cuenta en otra foto, era un costado del templo viejo. ¡Cómo somos tan limitados!. ¡Cuándo iba a pensar yo que 56 años después, o sea hoy, podría dar cuenta de las ruinas atribuidas al tiempo y a los polvos de aquellos lodos. Y sólo tomé dos, tres fotos, pues. En el interior de esa torre que se ve, había una escalera de caracol por la que se subía uno de niño más que por admirar la construcción, por ver las lechuzas. Y en la parte frontal, una grieta en su pared era la salida vespertina y la llegada mañanera de multitud de murciélagos, “ratones viejos”, les decíamos, que hicieron allí su casa. Más al fondo, en el atrio, un guayabito que nunca daba fruta. A lo mejor mi deseo de que diera guayabas, me orilló a la aventura de buscarlas en un guayabo solitario nacido en el fondo de una barranca, de lo que doy cuenta en MI CAMINAR, en estos mismos sitios. Allí, a un ladito, está la casa de mi hermana Petrita y mi cuñado Amado. Pero muchos años antes, allá por los cuarenta, estaba allí una casa de adobe, era la escuelita del lugar, donde acudí, creo que unos meses, a familiarizarme un poco en las primeras letras. Mi familiaridad con los textos continúa en mi vejez, pero entonces no logré buena letra, sino garabatos de las cinco vocales, que reproduje en el interior de una petaquilla. Pero mi abuelo Vicente, que hasta fue secretario de la Tenencia, y mi papá Encarnación, ellos sí lucían bella letra manuscrita, siempre de mi admiración. Mi mamá Benita decía que no, su letra no era ejemplar, je je, pero en eso me parecí a ella, porque mi letra siempre pareció como patas de araña, deformada aún más por las premuras del oficio. Del templo viejo, no quedó nada, salvo ruinas del altar, que se ven en la otra foto familiar, antes de que todo quedara en el recuerdo para dar paso al centro de salud que atiende hoy al pueblo de Ziquítaro, el ombligo del mundo, dicho sea de paso. La puerta de golpe, de mezquite, era la entrada, al interior de la casa de mi papá Vicente y de mi papá Chon. En el viejo mezquite, que servía de tapanco para el rastrojo, en sus brazos estuvieron acogidas las dos campanas del templo durante tiempo considerable. Desde ellas se llamaba luego a misa o al rosario, o a eso de las nueve de la noche, el toque de queda, o más bien la llamada a recogerse, de la partida militar que guardaba el orden luego de los tiempos aciagos por los que había pasado el pueblito en su división. Afuera, junto a la puerta y durante muchos años, estuvo una gran laja (piedra plana) que servía de silla para el reposo vespertino de las personas. Menciono lo de la laja, por lo que voy a decir enseguida: no están ustedes para saberlo, ni yo para contarlo, pero los servicios sanitarios modernos, no eran cosa común en aquellos tiempos, medio siglo hace, más o menos. Así es de que aquella noche, creo que noche de luna, salí a ver las estrellas, recurso obligado en casos de apuro. Había una cerquita que dividía el solar paterno, con el vecino. Junto a ella, un duraznillo (nopal de tunas entre amarillentas, verdes y blanquecinas, pero muy dulces, que se dan en octubre), algún pequeño mezquite y un colorín. Junto al colorín, un portillo hacia el solar vecino. Vi, o me pareció ver, pasar una mujer vestida como campesina, arrebozada, que salía del solar de Chon hacia el vecino, cruzando el portillo. Pues no, no me asusté, pero me pareció raro. Al día siguiente conté el suceso a familiares y me dijeron: es la misma mujer que en la noche se sienta en la laja. Un espanto, pues, o un alma en pena. Pero eso de la aparición era tan aceptado, que nadie le daba importancia. Hay una foto de mi mamá Benita, sonriente, a la puerta de su casita, puerta de golpe, pero chiquita, antes de que fuera sustituida por una de fierro y la fisonomía de la casa cambiara un poco. En el interior de la casa, un joven inquieto y alrevesado, dio clases de alfabetización o algo parecido, a numeroso grupo de niños, pero eso es otra historia, que cuento enseguida. Por un capricho mío, por azares del destino, o acaso por designio providencial, y esto que no suene a petulancia porque según mi visión es común a todos, me mandaron a estudiar a Puebla, a los 13 años. Dos años en una escuela , se llamaba Escuela Apostólica, donde terminé la primaria. Cuatro años más en un seminario, el de Puebla, (dos años en Apetatitlán, Tlaxcala y dos en la capital poblana). Luego, a los 18, por azar del destino, por debilidad propia o azas por designio providencial, y esto que no suene a petulancia porque según mi visión es común a todos, me salí del seminario, no regresé de vacaciones. Me fui a la ciudad de México y la benevolencia de familiares me consiguió un trabajo. En la matriz del Banco Nacional de México, ni más ni menos. Pero no fui gerente, sino mozo, de los que asean. Alguna vez, sea que se le hubiese hecho temprano para su llegada, sea que se me hubiese hecho tarde, llegó don Agustín a su despacho, una enorme estancia alfombrada, mobiliario a tono, de cuyo aseo yo me encargaba. El director y dueño del banco, me saludó con una benevolente sonrisa y yo todo amoscado, me retiré. Un rico de abolengo, educado, fino. Menos mal que no me encontró sentado frente a su escritorio, lo que hacía a veces con los de los ejecutivos, para darme un respiro en mi trabajo mañanero. Hay su diferencia, porque dicen que entre algunos nuevos ricos, no se estilan precisamente los buenos modales. Fui bien tratado en el banco, según mi condición; pero por azares del destino, aunque siempre que se me cierra una puerta, ya está abierta otra, y esto en todo, voluntariamente me retiré porque renuncié antes de tener asegurado un trabajo en un periódico, donde había solicitado, pero sólo estaba haciendo méritos como mandadero. Fue así que ya libre (a la forzada, claro), fui a dar a Ziquítaro, el ombligo del mundo, dicho sea de paso. Debe haber hilos, en la vida, que tejen otros, pero también podría suceder que uno tejiera sus propios hilos, así sea de manera inconsciente. Porque mi regreso a Ziquítaro, después de seis años fuera (salvo, claro, los breves períodos de vacaciones), fue una bendición. Es que a los 20 años, considero, más que se piensa, se siente, más que la razón, suele dominar la emoción. No pretendo extender a todo mundo mis propias elucubraciones, pero creo que fue mi caso. Sin fijarme en respetos humanos, me puse a ayudar a mi papá en la milpa, en cosas del barbecho, más que todo como aprendiz, pero en el fondo me sentía reconciliado con la tierra luego de los años de encierro en la trama urbana. El, Chon, benevolente, me enseñaba con gusto los trucos del oficio que no había alcanzado a aprender del todo antes de los 13 años. Así es de que el ex seminarista, con sus embarradas de latín y griego, tras de una yunta picando con el gorguz a los bueyes y gustando de los olores de la yerba seca y de la austera comida en forma de tacos preparados por mamá Benita. No sé cómo tomarían mi situación algunos paisanos, pero yo pensaba permanecer algún tiempo en mi terruño y luego emprender el vuelo, como todo mundo, hacia el país de la abundancia, en busca de la tierra prometida, o en lenguaje más utilitario, en busca de dólares, y de aventura. Y una tarde, de febrero, o marzo, no recuerdo bien, que me llega don Aureliano Salgado, por el lado del entonces ecuaro, el solar paterno, y allí, junto a una cerquita, que me trata el asunto. Silviano, me dijo palabras más, palabras menos, no tenemos profesores, los niños están sin maestros, nadie quiere venir. Y fuera porque no querían ir, o no los dejaban, el caso es que no había maestros para la escuela rural federal “Lázaro Cárdenas”. Queremos que les des clases. No soy maestro, le repuse. No importa. Ziquítaro, un pequeño pueblito, había pasado, como muchos, por el purgatorio de su propia formación, en una contienda entre hermanos (sus habitantes) con desavenencia, desentendimientos, pleitos y temores. Quiero ser benevolente con nuestros padres y abuelos. Fueron hijos de su tiempo, una época relativamente cercana al fin de la Revolución, donde la necesidad del régimen de consolidarse, apoyaba hombres fuertes y la lucha por liderazgos contribuía a la crispación. Pero eso ya pasó, el caso es que resultado de divisiones, no había maestros. Le dí el sí a don Aureliano, improvisé saloncitos en una casa de mi papá, en El Llano, en La Piedad conseguí pizarrón y gises, se regó la noticia de que había alguien que daba clases, llegaron los papás de los muchachos a apuntarlos, cada quien llevaba su sillita y un grupo de unos sesenta niños y niñas, ya estaban en clases. Nada oficial, nada formal. Fruto de la necesidad y de la espontaneidad. Su cuota mínima para el profesor improvisado que, en medio de dificultades, no del todo superadas en el poblado, se puso a enseñar como podía y donde podía. Silviano de maestro, pues. Como pude, organicé una banda de música, en medio de tropiezos y torpezas, cierto, contribuí a que se terminará el miedo de hacer una fiesta familiar y puse a funcionar una escuelita, durante 55 y 56, primero donde dije, luego en una casa de don Nacho Campos y doña Josefa Mora y luego en la casa paterna, allá dentro de donde se ve en la foto. Me incorporé, futbolista más bien malito, al equipo local. Y fue así que a fines del 56, terminé mi ciclo de maestro, para proseguir la aventura del encuentro conmigo mismo y la foto que se ve aquí, es la foto de quienes, niños y niñas, formaron mi escuelita, ahora adultos, muchos abuelos. Sin embargo, yo joven de 20 años, aprendí mucho de ellos, de su convivencia, en un tiempo en que me consideraba más estable. Vendría después el período de aventura, de 9 años, en la lucha por la vida, como trabajador en el campo, obrero, empleado y, otra vez más profesor improvisado. Alguna vez creí que fueron esos 9 años perdidos. Pero luego reflexione, y no, no fueron perdidos, sino fue la enseñanza en la Universidad de la Vida. Aún así, también por azares del destino, por hilos que hayan movido otros, o azás por hilos providenciales, lo que no es petulancia porque es común a todos, me fui el 62 a la ciudad de México, mi último trabajo formal fue en una fábrica de almacenista de herramientas, me metí, entonces sí, a estudiar periodismo (años antes volví al diario donde había solicitado, me dieron trabajo, estuve tres meses reporteando, con una columna de semblanzas a personas del medio del arte, hasta que me despidieron). Y desde 1965 comencé mi oficio de manera continua, por eso y no por razones presuntuosas, me considero profesional del periodismo. Y por eso ahora le “echo ganas” pero procuro ponerle corazón a las cosas. Por eso me siento realizado cuando incursiono en ambientes humanos y me incorporo, a mi manera, a quienes siguen su marcha por el camino del saber y del ser. Si llegaste hasta aquí, amigo, amiga, te dedico mi trabajo. Y que la Vida te bendiga. Silviano)

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La Piedad. Jovencitas estudiantes de Penjamillo, en La Piedad


Es el gruo Bananas del centrod estudios Cecytem01. Foto de Silviano

La Piedad. Don Aurelio Esquivel


Estampas piedadenses. Foto de Silviano

La Piedad. Remanso apacible


Estampas piedadenses. Foto de Silviano

Don Alberto Avila, mientras paseaba por calles piedadenses


Estampas piedadenses. Foto de Silviano

La pobreza de la democracia brasilera. Leonardo Boff


(Artículo de Leonardo Boff. Tomado de Servicios Koinonía, Columna Semanal de Leonardo Boff)

La pobreza de la democracia brasilera
2010-09-24
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El tiempo de campaña electoral ofrece la ocasión para hacer reflexiones críticas sobre el tipo de democracia que predomina entre nosotros. Es prueba de democracia el hecho de que más de cien millones de ciudadanos tengan que ir a las urnas para escoger a sus candidatos. Pero eso todavía no dice nada sobre la calidad de nuestra democracia. Ella es de una pobreza espantosa o, en un lenguaje más suave, una «democracia de baja intensidad» en la expresión del sociólogo portugués Boaventura de Souza Santos. ¿Por qué es pobre? Me valgo de las palabras de Pedro Demo, de Brasilia, una cabeza brillante que, por su vasta obra, merecería ser más oída. En su Introdução à sociologia (2002) dice enfáticamente: «Nuestra democracia es escenificación nacional de hipocresía refinada, repleta de leyes ‘bonitas’, pero hechas siempre, en última instancia, por la élite dominante para que la sirva de principio a fin. Los políticos son gente que se caracteriza por ganar mucho, trabajar poco, hacer negocios, emplear a parientes y apaniguados, enriquecerse a costa de las arcas públicas y entrar en el mercado por arriba… Si ligásemos democracia con justicia social, nuestra democracia sería su propia negación» (p.330.333).
Esta descripción no es una caricatura, salvo pocas excepciones. Es lo que se constata día a día y puede ser visto por la TV y leído en los periódicos: escándalos de la depredación de los bienes públicos con cifras que ascienden a millones y millones. La impunidad avanza porque el crimen es cosa de pobres; el asalto criminal a los recursos públicos es habilidad y ‘privilegio’ de quien llegó allí, a la fuente del poder. Se entiende porqué, en un contexto capitalista como el nuestro, la democracia atiende primero a los que están en la opulencia o tienen capacidad de presión y sólo después piensa en la población, atendida con políticas pobres. Los corruptos acaban por corromper también a muchos del pueblo. Bien observó Capistrano de Abreu en una carta de l924: «Ningún método de gobierno puede servir, tratándose de gente tan visceralmente corrupta como la nuestra».
En nuestra democracia, el pueblo no se siente representado por los elegidos; después de unos meses ni se acuerda de por quien votó. Por eso no está habituado a acompañarlo ni a reclamarle nada. Además de la pobreza material está condenado a la pobreza política, mantenida por las élites. Pobreza política es que el pobre no sepa las razones de su pobreza, y creer que los problemas de los pobres pueden ser resueltos sin los pobres, sólo por el asistencialismo estatal o por el clientelismo populista. Con esto se aborta el potencial movilizador del pueblo organizado que puede exigir cambios, temidos por la clase política, y reclamar políticas públicas que atiendan a sus demandas y derechos.
Pero seamos justos. Después de las dictaduras militares, han surgido en toda América Latina democracias de cuño social y popular que vienen de abajo y por eso hacen políticas para los de abajo, elevando su nivel. La macroeconomía capitalista continúa, pero tiene que negociar. La red de movimientos sociales, especialmente el MST, ponen al Estado bajo presión y bajo control, dando señales de que la democracia puede mejorar.
Veo dos puntos básicos a ser conquistados: primero, la propuesta de Boaventura de Souza Santos de forjar una «democracia sin fin» en todos los campos, especialmente en la economía, pues en ella se instaló la dictadura de los que mandan. Aquella es más que delegaticia, es un movimiento abierto de participación, la más amplia posible.
El segundo es una idea que defiendo hace años: la democracia no puede ser antropocéntrica, pensando solamente en los humanos como si viviésemos en las nubes y solos, sin darnos cuenta de que comemos, bebemos, respiramos y estamos sumergidos en la naturaleza de la cual dependemos. Hay que articular los dos contratos, el social y el natural; incluir la naturaleza, las aguas, los bosques, los suelos, los animales como nuevos ciudadanos que tienen derecho a existir con nosotros, especialmente los derechos de la Madre Tierra. Se trata entonces de una democracia sociocósmica, en la cual los seres humanos conviven con los demás seres, incluyéndolos y no haciéndoles daño. El PT de Acre nos mostró que eso es posible al articular ciudadanía con florestanía, es decir, la selva respetada e incluida en el vivir bien de los pueblos de la selva.
¿Utopía? Sí, en su mejor sentido, mostrando el rumbo hacia el que debemos caminar de aquí en adelante, dados los cambios ocurridos en el planeta y en el encuentro inevitable de los pueblos.

Leonardo Boff

La Piedad. Señora cosecha guayabas en el huerto de su casa


Estampas piedadenses. Foto de Silviano