TODO POR AMOR. Por Abelardo Martín M.

Enrique Peña Nieto, político mexicano.
Image via Wikipedia

(Proporcionado por Salvador Flores LLamas)

TODO POR AMOR
Por Abelardo Martín M.
A la andanada de críticas “externas” (¿?) por el desorden-abuso financiero-económico que su administración dejó en Coahuila, el presidente del PRI, Humberto Moreira, añade ahora las “internas” que desató el acuerdo cupular con el Partido Nueva Alianza y con Partido Verde, con miras a las elecciones presidenciales del 2012. De esta coyuntura, solo hay dos caminos: la salida de Moreira o la división y la revolución dentro del partido en varios estados de la República y, de colofón la posibilidad de ser derrotado en las elecciones presidenciales que Enrique Peña Nieto, todavía hoy puede presumir que, de acuerdo a las encuestas, trae en la bolsa.
La administración de Moreira puede registrarse en la historia del priismo como la que dilapidó el hastío del pueblo hacia los gobiernos panistas. De marzo a la fecha (solo 8 meses) está a punto de “igualar” a los partidos contendientes y que la percepción de la ventaja de Enrique Peña Nieto respecto a sus competidores este en riesgo, especialmente frente a la transformación mediática del candidato perredista, Andrés Manuel López Obrador.
López Obrador operó en si mismo lo que Hugo Chávez hizo en el 2006, cuando dijo a los venezolanos: “Por amor a ustedes me hicieron presidente. He gobernado estos años por amor. Hay mucho que hacer, necesito más tiempo”.
El candidato perredista, ante la imposibilidad de cambiar la realidad, optó por el cambio de sí mismo y adoptó la escuela que dominó el presidente francés socialista, Francois Mitterrand, quien en recuerdo de Tácito planteó que “el rostro de la oratoria no es único, sino que se pueden captar múltiples aspectos… la forma y la presentación del discurso han de cambiarse de acuerdo con las circunstancias históricas que provocan la aparición de un auditorio diferente”.
López Obrador, al abrir las puertas de Televisa aplicó lo que Mitterrand en Francia al inventar un discurso nuevo. El político francés “protagonizó una mutación profesional y se convirtió en un comunicador audiovisual insuperable: palabras sencillas, en frases simples, ideas con fuerza, convicciones, pero sin afirmarlas tajantemente, un escrupuloso sentido de la oportunidad, talento para la ironía y uso de los silencios. Para satisfacer su ambición, el presidente francés tuvo que olvidarse de sí mismo, para empezar a ser un actor, con un guión que le permitiera no tanto expresar su pensamiento, sino la expresión del pensamiento, o del sentimiento de amplias capas de la sociedad francesa.
Mitterrand dominó la comunicación política e incluso estableció “el método” para el dominio de los escenarios comunicacionales. La primera regla fue definir el “donde”, es decir donde es importante hablar y cuáles son los escenarios adecuados al mensaje; la regla 2 es “cuando”, o sea saber hablar cuando es importante o necesario hacerlo, dosificar las apariciones y administrar los silencios; la tercera es “como”, es decir aprender a imponerse en la televisión.
“He entendido el mensaje de los ciudadanos. Quieren el cambio del cambio”, afirmó el ex presidente del gobierno español, Felipe González, en junio de 1993. Hoy los mexicanos también claman por “el cambio del cambio”.
La política es ahora, ante todo, mediática y ante esta realidad, López Obrador ha introducido cambios que pretenden volverlo empático con los conductores de programas informativos y con la audiencia. Al saludar a Joaquín López Dóriga, buscó la reconciliación con todos y cada uno de los comunicadores o líderes de opinión  que socavaron la amplia ventaja que tuvo durante los meses previos a las elecciones del 2006.
Esa ventaja la detenta hoy el priista Enrique Peña Nieto, quien desde su salida del gobierno del estado de México ha dosificado en exceso sus apariciones públicas y televisivas y ha optado por aprovecharse de eventos gubernamentales estatales o de partido. En los meses por venir tendrá que intensificar sus presentaciones para que se difunda su pensamiento, sus posiciones respecto a los temas nacionales e internacionales.
Todo esto ocurrirá después que se determine, finalmente, si quiere seguir llevando a cuestas la fiambre priista que, lejos de impulsar y ayudar, se convirtió en lastre a la que hay empujar, cargar o arrastrar.
Como siempre, a la oportunidad, la pintan calva.
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