En el principio está la comunión, no la soledad; comensalidad: paso de lo animal a lo humano. Leonardo Boff

(De Servicios Koinonía)
Noten que estamos enviando los dos artñiculos de Leonardo de esta semana.
Para português, conferir


En el principio está la comunión, no la soledad

2012-10-26

Escribíamos anteriormente que Dios es misterio en sí mismo y para sí mismo. Para los cristianos se trata de un misterio de comunión, no de soledad. Es la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La ortodoxia afirma: hay tres Personas y un solo Dios. ¿Es eso posible? ¿No sería un absurdo 3=1? Aquí tocamos en lo que los cristianos sobrentienden cuando dicen “Dios”. Es diferente al monoteísmo absoluto judío y musulmán. Sin abandonar el monoteísmo, es necesaria una aclaración de esta Trinidad.

El tres es con seguridad un número. Pero no como resultado de 1+1+1=3. Si pensamos así, matemáticamente, entonces Dios no es tres sino uno y único. El número tres funciona como un símbolo para indicar que bajo el nombre Dios hay comunión y no soledad, distinciones que no se excluyen sino que se incluyen, que no se oponen sino que se componen. El número tres sería como la aureola que colocamos simbólicamente alrededor de la cabeza de las personas santas. No es que ellas anden por ahí con esa aureola, sino que para nosotros es el símbolo que indica que estamos delante de figuras santas. Lo mismo ocurre con el número tres.
Con el tres decimos que en Dios hay distinciones. Si no hubiese distinciones reinaría la soledad del uno. La palabra Trinidad (número tres) está en lugar de amor, comunión e inter-retro-relaciones. Trinidad significa exactamente esto: distinciones en Dios que permiten el intercambio y la mutua entrega de Padre, Hijo y Espíritu.
En rigor, como ya lo vio el genio de san Agustín, no se debería hablar de tres personas. Cada Persona divina es única y los únicos no se suman porque el único no es un número. Si digo uno en términos de número, entonces no hay como parar: siguen el dos, el tres, el cuatro y así indefinidamente. Kant erróneamente lo entendió así y por eso rechazaba la idea de Trinidad. Por lo tanto,  el número tres tiene valor simbólico y no matemático. ¿Qué es lo que simboliza?
C. G. Jung viene en nuestra ayuda. Él escribió un amplio ensayo sobre el sentido arquetípico-simbólico de la Trinidad cristiana. El tres expresa la relación tan íntima e infinita entre las distintas Personas que se unifican, es decir, se hacen uno, un solo Dios.
Pero si son tres Únicos ¿no resultaría el triteísmo, es decir, tres Dioses en vez de uno, el monoteísmo? Así sería si funcionase la lógica matemática de los números. Si sumo una manga + una manga + una manga, resultan tres mangas. Pero con la Trinidad no es así, pues estamos delante de otra lógica, la de las relaciones interpersonales. Según esta lógica, las relaciones no se suman; ellas se entrelazan y se incluyen, formando una unidad. Así, padre, madre e hijos constituyen un único juego de relaciones, formando una única familia. La familia resulta de las relaciones inclusivas entre los miembros que la componen. No hay padre y madre sin hijo, ni hay hijo sin padre y madre. Los tres se unifican, se hacen uno, una única familia. Tres distintos pero una sola familia, la trinidad humana.
Cuando hablamos de Dios-Trinidad entra en acción esta lógica de las relaciones interpersonales y no la de los números. En otras palabras: la naturaleza íntima de Dios no es soledad sino comunión.
Si hubiese un solo Dios, reinaría verdaderamente la soledad absoluta. Si hubiese dos, uno frente a otro, habría distinción y al mismo tiempo separación y exclusión (uno no es el otro) y una mutua contemplación. ¿No sería egoísmo a dos? Con el tres, el uno y el dos se vuelven hacia el tres, superan la separación y se encuentran en el tres. Irrumpe la comunión circular y la inclusión de los unos en los otros, por los otros y con los otros, en una palabra: la Trinidad.
Lo que primero existe es la simultaneidad de tres Únicos. Nadie es antes o después. Surgen juntos comunicándose siempre de manera recíproca y sin fin. Por eso decíamos: en el principio está la comunión. Como consecuencia de esta comunión infinita resulta la unión y la unidad en Dios. Entonces: tres Personas y un solo Dios-comunión.
¿No nos dicen exactamente eso los modernos cosmólogos? El universo está hecho de relaciones y no existe nada fuera de ellas. El universo es la gran metáfora de la Trinidad, todo es relación de todo con todo: un uni-verso. Y nosotros dentro de él.


Comensalidad: paso de lo animal a lo humano

2012-10-23

La especificidad del ser humano surgió de una forma misteriosa y es  de difícil reconstrucción histórica. Pero hay indicios de que hace siete millones de años a partir de un antepasado común habría comenzado la  separación lenta y progresiva entre los simios superiores y los  humanos.

Etnobiólogos y arqueólogos nos señalan un hecho singular. Cuando  nuestros antepasados antropoides salían a cosechar frutos, semillas,  cazas y pesca, no comían individualmente. Recogían los alimentos y los  llevaban al grupo. Y ahí practicaban la comensalidad, esto es:  distribuían los alimentos entre ellos y los comían comunitariamente.  Esta comensalidad permitió el salto de la animalidad hacia la humanidad. Esa pequeña diferencia hace toda una diferencia.

Lo que ayer nos hizo humanos, todavía hoy sigue haciéndonos de nuevo  humanos. Y si no está presente, nos deshumanizamos, crueles y sin  piedad. ¿No es esta, lamentablemente, la situación de la humanidad  actual?

Un elemento productor de humanidad, estrechamente ligado a la  comensalidad, es la culinaria, la cocina, es decir, la preparación de  los alimentos. Bien escribió Claude Lévi-Strauss, eminente antropólogo  que trabajó muchos años en Brasil: «el dominio de la cocina constituye  una forma de actividad humana verdaderamente universal. Así como no  existe sociedad sin lenguaje, así tampoco hay ninguna sociedad que no  cocine algunos de sus alimentos».

Hace 500 mil años el ser humano aprendió a hacer fuego y a domesticarlo. Con el fuego empezó a  cocinar los alimentos. El «fuego culinario» es  lo que diferencia al ser humano de otros mamíferos complejos. El paso de lo crudo a lo cocido se considera uno de los pasos del animal al ser  humano civilizado. Con el fuego surgió la cocina propia de cada pueblo,  de cada cultura y de cada región.

No se trata nunca de cocinar solamente los alimentos sino de darles  sabor. Las distintas cocinas crean hábitos culturales, entre nosotros  frecuentemente vinculados a ciertas fiestas como Navidad (pavo asado),  Pascua (huevos de chocolate), año nuevo (carne de cerdo) san Juan (maíz  asado) y otras.

Nutrirse nunca es un acto biológico individual mecánico. Consumir  comensalmente es comulgar con los que comen con nosotros, comulgar con  las energías cósmicas que subyacen a los alimentos, especialmente la  fertilidad de la tierra, el sol, los bosques, las aguas y los vientos.

Debido a este carácter numinoso del comer/consumir/comulgar, toda  comensalidad es en cierta forma sacramental. Adornamos los alimentos,  porque no comemos sólo con la boca sino también con los ojos. El momento de comer es uno de los más esperados del día y de la noche. Tenemos la  conciencia instintiva y refleja de que sin el comer no hay vida ni  supervivencia, ni alegría de existir y de coexistir.

Durante millones de años los seres humanos fueron tributarios de la  naturaleza, sacaban de ella lo que necesitaban para sobrevivir. De la  apropiación de los frutos de la naturaleza evolucionaron hacia su  producción mediante la creación de la agricultura que supone la  domesticación y el cultivo de semillas y plantas.

Hace unos 10 a 12 mil años ocurrió tal vez la mayor revolución de la  historia humana: de nómadas, los seres humanos se hicieron sedentarios.  Fundaron los primeros pueblos (12.000 a.C.), inventaron la agricultura  (9.000 a.C.) y empezaron a domesticar y a criar animales (8.500 a.C.).  Se creó un proceso civilizatorio extremadamente complejo con  revoluciones sucesivas: la industrial, la nuclear, la cibernética, la de la nanotecnología, la de la información hasta llegar a nuestro tiempo.

Primero, fueron cultivados vegetales y cereales salvajes, probablemente  por obra las mujeres, más observadoras de los ritmos de la naturaleza.  Todo parece haberse iniciado en Oriente Medio entre los ríos Tigris y  Éufrates y en el valle del Indo de la India. Ahí se cultivó el trigo, la cebada, la lenteja, las habas y el guisante. En América Latina fue el  maíz, el aguacate, el tomate, la yuca y los fríjoles. En Oriente fue el  arroz y el mijo. En África, el maíz y el sorgo.

Después, hacia 8.500 a.C. se domesticaron especies animales, comenzando  por cabras, carneros, y luego el buey y el cerdo. Entre las galináceas  la primera fue la gallina. Todo fue por la invención de la rueda, la  azada, el arado y otros utensilios de metal hacia el año 4.000 a.C.

Estos pocos datos son hoy día avalados científicamente por arqueólogos y etnobiólogos usando las más modernas tecnologías del carbono  radioactivo, el microscopio electrónico y el análisis químico de  sedimentos, de cenizas, de pólenes, de huesos y carbones de maderas. Los resultados permiten reconstruir cómo era la ecología local y cómo se  efectuaba su utilización económica por parte de las poblaciones humanas.

Al plantar y recoger el trigo o el arroz se podían crear reservas,  organizar la alimentación de los grupos, hacer crecer la familia y así  la población. El ser humano tuvo que ganar la vida con el sudor de su  frente. Y lo hizo con furor. El avance de la agricultura y de cría de  animales hizo desaparecer lentamente la décima parte de toda la  vegetación salvaje y de todos los animales. Todavía no había  preocupación por la gestión responsable del medio ambiente. También  sería difícil imaginarla, dada la riqueza de los recursos naturales y la capacidad de regeneración de los ecosistemas.

De todas formas, el neolítico puso en marcha un proceso que nos ha  llegado hasta el día de hoy.  La seguridad alimentaria y el gran  banquete que la revolución agrícola podría haber preparado para toda la  humanidad, en el cual todos serían igualmente comensales, todavía no  puede ser celebrado todavía. Más de mil millones de seres humanos están a los pies de la mesa, esperando alguna migaja para poder matar el  hambre.

La Cúpula Mundial de la Alimentación celebrada en Roma en 1996, que se  propuso erradicar el hambre para el 2015, dijo que «la seguridad  alimentaria existe cuando todos los seres humanos tienen, en todo  momento, acceso físico y económico a una alimentación suficiente, sana y nutritiva, que les permite satisfacer sus necesidades energéticas y sus preferencias alimentarias a fin de llevar una vida san y activa». Ese  propósito fue asumido por las Metas del Milenio de la ONU.  Lamentablemente la propia FAO en 1998 y ahora la ONU comunicaron que  estos propósitos no serán alcanzados a menos que se supere el foso  demasiado grande de las desigualdades sociales.

Mientras no demos este salto no completaremos todavía nuestra humanidad. Este es el gran desafío del siglo XXI, el de ser plenamente humanos.

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