El sentido de ver la Tierra desde fuera de la Tierra. Leonardo Boff


El sentido de ver la Tierra desde fuera de la Tierra

2012-11-30


Los últimos siglos se han caracterizado por incontables descubrimientos: continentes, pueblos originarios, especies de seres vivos, galaxias, estrellas, el mundo subatómico, las energías originarias y últimamente el campo de Higgs, especie de fluido sutil que impregna el universo; las partículas virtuales al tocarlo reciben masa y se estabilizan. Pero todavía no habíamos descubierto la Tierra como planeta, como nuestra Casa Común. Fue necesario que saliésemos de la Tierra para verla desde fuera y entonces descubrirla y constatar la unidad Tierra-humanidad.

Este es el gran legado de los astronautas que tuvieron la posibilidad de contemplar la Tierra desde el espacio exterior por primera vez. Produjeron en nosotros lo que se ha llamado el Overview Effect, es decir, «el efecto de la visión desde arriba». Frank White recogió bellísimos testimonios de los astronautas en su libro Overview Effect (Houghton Mifflin Company, Boston 1987). Al leerlos producen en nosotros un fuerte impacto y un gran sentimiento de reverencia, una verdadera experiencia espiritual. Leamos alguno.

El astronauta James Irwin decía: «La Tierra parece un árbol de navidad colgado del fondo negro del universo; cuanto más nos alejamos de ella, tanto más va disminuyendo su tamaño, hasta quedar reducida a una pequeña bola, la más bella que se pueda imaginar. Ese objeto vivo tan bello y tan cálido parece frágil y delicado; contemplarlo cambia a quien lo hace, pues empieza a apreciar la creación de Dios y a descubrir el amor de Dios». Otro, Eugene Cernan, confesaba: «Yo fui el último hombre que pisó la luna en diciembre de 1972. Desde la superficie lunar miraba con temor reverencial hacia la Tierra en un trasfondo muy oscuro; lo que yo veía era demasiado bello para ser aprehendido, demasiado ordenado y lleno de intención para ser fruto de un mero accidente cósmico; uno se sentía, interiormente, obligado a alabar a Dios. Dios debe existir por haber creado aquello que yo tenía el privilegio de contemplar; espontáneamente surge la veneración y la acción de gracias; para eso existe el universo».

Con fina intuición observó Joseph P. Allen, otro astronauta: «Se discutió mucho sobre los pros y los contras de los viajes a la luna, no oí a nadie argumentar que deberíamos ir a la luna para ver la Tierra desde allí, desde fuera de la Tierra; después de todo, ésta debe haber sido seguramente la verdadera razón de haber ido a la luna».

Al pasar por esta experiencia singular, el ser humano despierta a la comprensión de que él y la Tierra forman una unidad y que esta unidad pertenece a otra mayor, la solar, y esta a otra todavía mayor, la galáctica; ésta nos remite a todo el universo, el universo entero al Misterio y el Misterio al Creador.

«Desde allá arriba», observaba el astronauta Eugene Cernan, «no son perceptibles las barreras del color de la piel, de la religión y de la política que aquí abajo dividen al mundo». Todo está unificado en un único planeta Tierra. Comentaba el astronauta Salman al-Saud: «el primero y el segundo día, señalábamos hacia nuestro país, el tercero y cuarto hacia nuestro continente, después del quinto día solamente teníamos conciencia de la Tierra como un todo».

Estos testimonios nos convencen de que Tierra y Humanidad forman en realidad un todo indivisible. Exactamente esto fue lo que escribió Isaac Asimov en un artículo en The New York Times del 9 de octubre de 1982 con ocasión de los 25 años del lanzamiento del Sputnik, que fue el primero en dar la vuelta a la Tierra. El título era: “El legado del Sputnik: el globalismo”. Y decía Asimov: «se impone en nuestras mentes reluctantes la visión de que Tierra y Humanidad forman una única entidad». El ruso Anatoly Berezovoy que estuvo 211 días en el espacio afirmó la misma cosa. Efectivamente no podemos colocar en un lado la Tierra y en el otro la humanidad. Formamos un todo orgánico y vivo. Nosotros los humanos somos aquella parte de la Tierra que siente, piensa, ama, cuida y venera.

Contemplando el globo terrestre presente en casi todos los lugares, irrumpe espontáneamente en nosotros la percepción de que a pesar de todas las amenazas de destrucción que montamos contra Gaia, el futuro bueno y benéfico, de alguna forma está garantizado. Tanta belleza y esplendor no pueden ser destruidos. Los cristianos dirán: Esta Tierra está penetrada por el Espíritu y por el Cristo cósmico. Parte de nuestra humanidad ya fue eternizada por Jesús y está en el corazón de la Trinidad. No será sobre las ruinas de la Tierra donde Dios completará su obra. El Resucitado y su Espíritu están empujando la evolución hacia su culminación.

Una moderna leyenda da cuerpo a esta creencia: «Había una vez un militante cristiano de Greenpeace que fue visitado en sueños por Cristo resucitado. Jesús lo convidó a pasear por el jardín. El militante accedió con gran entusiasmo. Después de andar un largo rato, admirando la biodiversidad presente en aquel rincón, preguntó el militante: “Señor, cuando andabas por los caminos de Palestina, dijiste en una ocasión que un día volverías con toda tu pompa y gloria. ¡Se está demorando mucho tu venida! ¿Cuando volverás por fin de verdad, Señor? Tras unos momentos de silencio que parecían una eternidad, el Señor respondió: “Mi querido hermano, cuando mi presencia en el universo y en la naturaleza sea tan evidente como la luz que ilumina este jardín; cuando mi presencia bajo tu piel y en tu corazón sea tan real como mi presencia aquí ahora, cuando esta presencia mía se haga cuerpo y sangre en ti hasta el punto de que no necesites pensar más en ella, cuando estés tan imbuido de esta verdad que ya no necesites preguntar insistentemente como estás preguntando ahora… entonces, hermano querido, esas serán las señales de que he vuelto con toda mi pompa y toda mi gloria.

Leonardo Boff


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FRANISCANOS, DOMINICOS Y AGUSTINOS: FORJADORES DE LA NACIÓN. Nemesio Rodríguez Lois


(Proporcionado por Salvador Flores LLamas)

Escrito por Nemesio Rodríguez Lois

Miércoles 28 de Noviembre de 2012 12:17
Recientemente, en este mismo espacio, publicamos un artículo acerca de la gran labor realizada por los franciscanos en tierras de México; artículo que, al revisar las estadísticas, vimos que tuvo gran aceptación, dándose el caso de que varios lectores nos escribiesen pidiendo que hablásemos acerca de la influencia que las órdenes religiosas han tenido en la integración de la mexicanidad.Reconociendo de antemano que la amplitud y complejidad del tema nos impiden tratarlo con la profundidad debida, trataremos de complacerlos.Como en aquella ocasión dijimos, en 1524 llegaron los 12 primeros misioneros franciscanos, a quienes siguieron los dominicos en 1526, para finalizar esta primera etapa con los agustinos en 1533.Con el objeto de lograr mayor eficacia en sus tareas evangelizadoras, dichas órdenes se repartieron territorios dentro de lo que entonces era el virreinato de la Nueva España.Y fue así como los dominicos se dirigieron hacia Oaxaca y Chiapas, en tanto que los agustinos encaminaron sus pasos hacia los que hoy son los estados de Guanajuato, Hidalgo y Michoacán.

Mucho se podría hablar de la gran obra dominicana siendo prueba palpable de la misma el grandioso convento de Santo Domingo de Oaxaca así como la impresionante capilla del Rosario en Santo Domingo de Puebla. En esta maravilla artística es donde se cristianiza el arte indígena  y se nos muestra en todo su esplendor el arte mestizo que dio origen al barroco mexicano.

Al misionero dominico fray Francisco Jiménez se debe el descubrimiento del “Popol Vuh”, libro sagrado de los mayas, lo cual significa que, gracias a este santo varón fue posible conocer aquella sorprendente civilización maya que casi había desaparecido a la llegada de los españoles.

Gracias a la predicación y buen ejemplo de los hijos de Santo Domingo fue que en las familias mexicanas arraigó una piadosa costumbre que aún perdura: El rezo del rosario.

Y si hablamos de los agustinos su obra no fue menos grandiosa y de ello dan testimonio los impresionantes conventos de Acolman, Actopan y Yuriria.

A un religioso agustino, fray Alonso de la Veracruz, se debe la fundación de la primera biblioteca pública que hubo en México. Y es que tan culto misionero donó sus libros con el fin de elevar el nivel de cultura popular.

A otro religioso agustino, fray Diego de Chávez, se debe la construcción de la Laguna de Yuriria. Aprovechando un socavón de terreno, el misionero hizo confluir varios riachuelos dando vida a un lago artificial en el cual podrían pescar los habitantes de los alrededores.

Como podemos observar, la Iglesia no solamente predica invitándonos a conseguir la felicidad después de la muerte; nada de eso, la Iglesia -en cuanto tiene oportunidad- procura , mediante obras materiales, aliviar las  necesidades de los fieles.

Los misioneros que a estas tierras llegaron entendían muy bien como el “más allá” (el Cielo) se gana desde el “más acá” o sea haciendo obras buenas que nos ayuden a conseguir la salvación eterna.

Y esas obras buenas se realizarán más fácilmente si existen las condiciones propicias que permitan tanto ganar honestamente el pan cotidiano como elevar el nivel cultural.

Casi cuatro décadas después de la llegada de los agustinos, llegaron los jesuitas en 1572 y, la verdad sea dicha, todo lo que de ellos se diga siempre será poco.

Aparte de educar con esmero a los niños y jóvenes de las clases pudientes, fue admirable su labor misionera entre los indios bárbaros del Norte a quienes cristianizaron en territorios de Durango, Chihuahua, Sonora y Baja California.

Ejemplo de jesuita dedicado a la enseñanza e investigación es el padre Francisco Javier Clavigero. Ejemplo de jesuita misionero es el padre Francisco Eusebio Kino.

En fin que -como al principio dijimos- el tema nos rebasa por su amplitud y complejidad.

Baste decir que semillas vitales de la mexicanidad -como son el idioma, la religión y la cultura- fueron sembradas por misioneros que en cada uno de los indígenas que bautizaban veían a un ser privilegiado por quien  se había derramado la sangre de Cristo.

Y al verlo como un ser privilegiado no solamente les predicaban sino que trataban de mejorarle la vida en todos los aspectos.

En fin, que si alguien desea saber un poco más del tema les recomendamos un libro nuestro del que se han hecho ya varias ediciones: “forjadores de México” (Editorial Tradición. Teléfono 55743212).

Anunciación. Comunicación Altruista. Boletín No. 30. Noviembre 012


Boletín Informativo No. 30. Noviembre 2012

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