Mensaje del Papa Benedicto XVI, con motivo de la XLVI Jornada Mundial de la Paz

SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS XLVI JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

HOMILÍA  DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica Vaticana Martes 1 de enero de 2013

[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas

«Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros».  Así, con estas palabras del Salmo 66, hemos aclamado, después de haber escuchado  en la primera lectura la antigua bendición sacerdotal sobre el pueblo de la  alianza. Es particularmente significativo que al comienzo de cada año Dios  proyecte sobre nosotros, su pueblo, la luminosidad de su santo Nombre, el Nombre  que viene pronunciado tres veces en la solemne fórmula de la bendición bíblica.  Resulta también muy significativo que al Verbo de Dios, que «se hizo carne y  habitó entre nosotros» como la «luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9.14), se le dé, ocho días después de su nacimiento – como nos narra el  evangelio de hoy – el nombre de Jesús (cf. Lc 2,21).

Estamos aquí reunidos en este nombre. Saludo de corazón a todos los presentes,  en primer lugar a los ilustres Embajadores del Cuerpo Diplomático acreditado  ante la Santa Sede. Saludo con afecto al Cardenal Bertone, mi Secretario de  Estado, y al Cardenal Turkson, junto a todos los miembros del Pontificio Consejo  Justicia y Paz; a ellos les agradezco particularmente su esfuerzo por difundir  el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que este año tiene como tema «Bienaventurados  los que trabajan por la paz».

A pesar de que el mundo está todavía lamentablemente marcado por «focos de  tensión y contraposición provocados por la creciente desigualdad entre ricos y  pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se  expresa también en un capitalismo financiero no regulado», así como por  distintas formas de terrorismo y criminalidad, estoy persuadido de que «las  numerosas iniciativas de paz que enriquecen el mundo atestiguan la vocación  innata de la humanidad hacia la paz. El deseo de paz es una aspiración esencial  de cada hombre, y coincide en cierto modo con el deseo de una vida humana plena,  feliz y lograda… El hombre está hecho para la paz, que es un don de Dios. Todo  esto me ha llevado a inspirarme para este mensaje en las palabras de Jesucristo:  “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de  Dios” (Mt 5,9)» (Mensaje, 1). Esta bienaventuranza «dice que  la paz es al mismo tiempo un don mesiánico y una obra humana …Se trata de paz  con Dios viviendo según su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior  con el prójimo y con toda la creación» (ibíd., 2 y 3). Sí, la paz es el  bien por excelencia que hay que pedir como don de Dios y, al mismo tiempo,  construir con todas las fuerzas.

Podemos preguntarnos: ¿Cuál es el fundamento, el origen, la raíz de esta paz?  ¿Cómo podemos sentir la paz en nosotros, a pesar de los problemas, las  oscuridades, las angustias? La respuesta la tenemos en las lecturas de la  liturgia de hoy. Los textos bíblicos, sobre todo el evangelio de san Lucas que  se ha proclamado hace poco, nos proponen contemplar la paz interior de María, la  Madre de Jesús. A ella, durante los días en los que «dio a luz a su hijo  primogénito» (Lc 2,7), le sucedieron muchos acontecimientos imprevistos:  no solo el nacimiento del Hijo, sino que antes un extenuante viaje desde Nazaret  a Belén, el no encontrar sitio en la posada, la búsqueda de un refugio para la  noche; y después el canto de los ángeles, la visita inesperada de los pastores.  En todo esto, sin embargo, María no pierde la calma, no se inquieta, no se  siente aturdida por los sucesos que la superan; simplemente considera en  silencio cuanto sucede, lo custodia en su memoria y en su corazón, reflexionando  sobre eso con calma y serenidad. Es esta la paz interior que nos gustaría tener  en medio de los acontecimientos a veces turbulentos y confusos de la historia,  acontecimientos cuyo sentido no captamos con frecuencia y nos desconciertan.

El texto evangélico termina con una mención a la circuncisión de Jesús. Según  la ley de Moisés, un niño tenía que ser circuncidado ocho días después de su  nacimiento, y en ese momento se le imponía el nombre. Dios mismo, mediante su  mensajero, había dicho a María –y también a José- que el nombre del Niño era «Jesús»  (cf. Mt 1,21; Lc 1,31); y así sucedió. El nombre que Dios  había ya establecido aún antes de que el Niño fuera concebido se le impone  oficialmente en el momento de la circuncisión. Y esto marca también  definitivamente la identidad de María: ella es «la madre de Jesús», es decir la  madre del Salvador, del Cristo, del Señor. Jesús no es un hombre como cualquier  otro, sino el Verbo de Dios, una de las Personas divinas, el Hijo de Dios: por  eso la Iglesia ha dado a María el título de Theotokos, es decir «Madre de Dios».

La primera lectura nos recuerda que la paz es un don de Dios y que esta unida  al esplendor del rostro de Dios, según el texto del libro de los Números, que  transmite la bendición utilizada por los sacerdotes del pueblo de Israel en las  asambleas litúrgicas. Una bendición que repite tres veces el santo nombre de  Dios, el nombre impronunciable, y uniéndolo cada vez a dos verbos que indican  una acción favorable al hombre: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine el  Señor su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y  te conceda la paz» (6,24-26). La paz es por tanto la culminación de estas seis  acciones de Dios en favor nuestro, en las que vuelve el esplendor de su rostro  sobre nosotros.

Para la sagrada Escritura, contemplar el rostro de Dios es la máxima  felicidad: «lo colmas de gozo delante de tu rostro», dice el salmista (Sal 21,7). Alegría, seguridad y paz, nacen de la contemplación del rostro de Dios.  Pero, ¿qué significa concretamente contemplar el rostro del Señor, tal y como lo  entiende el Nuevo Testamento? Quiere decir conocerlo directamente, en la medida  en que es posible en esta vida, mediante Jesucristo, en el que se ha revelado.  Gozar del esplendor del rostro de Dios quiere decir penetrar en el misterio de  su Nombre que Jesús nos ha manifestado, comprender algo de su vida íntima y de  su voluntad, para que vivamos de acuerdo con su designio de amor sobre la  humanidad. Lo expresa el apóstol Pablo en la segunda lectura, tomada de la carta  a los Gálatas (4,4-7), al hablar del Espíritu que grita en lo más  profundo de nuestros corazones: «¡Abba Padre!». Es el grito que brota de la  contemplación del rostro verdadero de Dios, de la revelación del misterio de su  Nombre. Jesús afirma: «He manifestado tu nombre a los hombres» (Jn 17,6). El Hijo de Dios que se hizo carne nos ha dado a conocer al Padre, nos ha  hecho percibir en su rostro humano visible el rostro invisible del Padre; a  través del don del Espíritu Santo derramado en nuestro corazones, nos ha hecho  conocer que en él también nosotros somos hijos de Dios, como afirma san Pablo en  el texto que hemos escuchado: «Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones  el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba Padre!”» (Ga 4,6).

Queridos hermanos, aquí está el fundamento de nuestra paz: la certeza de  contemplar en Jesucristo el esplendor del rostro de Dios Padre, de ser hijos en  el Hijo, y de tener así, en el camino de nuestra vida, la misma seguridad que el  niño experimenta en los brazos de un padre bueno y omnipotente. El esplendor del  rostro del Señor sobre nosotros, que nos da paz, es la manifestación de su  paternidad; el Señor vuelve su rostro sobre nosotros, se manifiesta como Padre y  nos da paz. Aquí está el principio de esa paz profunda -«paz con Dios»- que está  unida indisolublemente a la fe y a la gracia, como escribe san Pablo a los  cristianos de Roma (cf. Rm 5,2). No hay nada que pueda quitar a los  creyentes esta paz, ni siquiera las dificultades y sufrimientos de la vida. En  efecto, los sufrimientos, las pruebas y las oscuridades no debilitan sino que  fortalecen nuestra esperanza, una esperanza que no defrauda porque «el amor de  Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha  dado» (Rm 5,5).

Que la Virgen María, a la que hoy veneramos con el título de Madre de Dios,  nos ayude a contemplar el rostro de Jesús, Príncipe de la Paz. Que nos sostenga  y acompañe en este año nuevo; que obtenga para nosotros y el mundo entero el don  de la paz. Amén.

© Copyright 2013 – Libreria  Editrice Vaticana

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