He dejado de temer a mis temores. P. Emilio González Magaña

(Tomado de GUIA, www.semanarioguia.com.mx )

He dejado de temer  a mis temores

Una de las expresiones más comunes que escucho en el ámbito de la formación al sacerdocio es “tengo miedo”, “mis temores son más grandes que mis deseos de superarlos” o muchas otras semejantes. Podríamos suponer que estos miedos son privativos de los jóvenes que están en búsqueda de su vocación pero no es verdad pues, desafortunadamente, se presenta en muchos adultos que, supuestamente, hemos elegido un determinado estado de vida. En estos días, una amiga mía me invitó a reflexionar sobre el tema de los “temores” con un escrito de Ernest Hemingway, uno de los grandes autores estadounidenses del siglo XX, galardonado con el Premio Nobel de literatura en 1954 y cuyas ansias de aventura y acción le llevaron a desarrollar su pasión por escribir y su deseo por vivir intensamente. Me uno a él para expresar con firmeza: “Temía estar solo, hasta que aprendí a quererme a mí mismo”. Basta de soledades acompañadas que sólo dejan miedos que paralizan, que impiden enfrentar las heridas y asumir con paz la realidad presente.

“Temía fracasar, hasta que me di cuenta que únicamente fracaso cuando no lo intento”. Nuestros enemigos permanentes nos obligan a habituarnos a vivir desde la rutina y, una vez que canonizamos nuestra mediocridad, obviamente nos da miedo lanzarnos a vivir apasionadamente. “Temía lo que la gente opinara de mí, hasta que me di cuenta que de todos modos opinan”. Y lo que es peor, nos critican desde una envidia irracional por lo que hacemos o por el modo como hacemos las cosas y no soportan vernos felices y en paz. La mayoría de las veces ni siquiera están bien informados de nuestras actividades pero les urge destruirnos y hablar mal de nosotros porque así se sienten menos insignificantes. “Temía me rechazaran, hasta que entendí que debía tener fe en mí mismo”. Es sumamente común encontrar a muchos que desde el servilismo y la adulación hacen cosas absurdas con tal de ser aceptados y quedar bien con los demás, especialmente con quienes tienen el poder.

“Temía al dolor, hasta que aprendí que éste es necesario para crecer”. Nos olvidamos que la cruz es imprescindible para vivir de lleno el gozo de la resurrección; que nuestras crisis son positivas cuando las enfrentamos con ánimo de superarlas y crecer, sin quedarnos estancados. “Temía a la verdad, hasta que descubrí la fealdad de las mentiras”. ¡Cuánto daño hace la mentira! Pero tristemente no admitimos que, al integrarla a nuestra forma de vida, tarde o temprano, nos destruirá. “Temía a la muerte, hasta que aprendí que no es el final, sino más bien el comienzo”. Sin embargo, para creerlo verdaderamente, debemos aceptar el riesgo de creer con la cabeza y el corazón que el Señor Jesús ha vencido a la muerte y que nos permitirá encontrarnos un día con quienes ya se han ido. “Temía al odio, hasta que me di cuenta que no es otra cosa más que ignorancia”. Pobres de aquellos que creen que odiándonos podrán destruirnos porque son ellos quienes vivirán frustrados, angustiados y desesperados porque jamás llegarán a comprender el significado del amor.

“Temía al ridículo, hasta que aprendí a reírme de mí mismo”. Y cuando, finalmente, lo logramos qué felicidad experimentamos cuando asumimos que ni somos perfectos y que reírnos de nosotros mismos nos hace más humanos y más comprensivos con los demás. “Temía hacerme viejo, hasta que comprendí que ganaba sabiduría día tras día”. Y damos gracias a Dios por cada día vivido, por cada minuto en el que podemos sentir que tiene sentido nuestra vida, a pesar del cansancio, de la vejez y la enfermedad. “Temía al pasado, hasta que comprendí que es sólo mi proyección mental y ya no puede herirme más”. Y ya no me hiere  porque me decidí a romper las cadenas a las que me había acostumbrado y que ya ni cuenta me daba que me impedían ser libre. “Temía a la oscuridad, hasta que vi la belleza de la luz de una estrella” y la sonrisa de un niño y el amor de una madre y el perdón y la amistad de quien me acepta como soy. “Temía al cambio, hasta que vi que aun la mariposa más hermosa necesitaba pasar por una metamorfosis antes de volar” y porque sé que no sería feliz como era hace algunos años por tanto que Dios me ha dado.

Por todo esto,  “hagamos que nuestra vida cada día tenga más vida y si nos sentimos desfallecer no olvidemos que al final siempre hay algo más. Hay que vivir ligero porque el tiempo de morir está fijado”.

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