Minima Theologica: en memoria de los muertos de Santa María. Leonardo Boff


Minima Theologica: en memoria de los muertos de Santa María

2013-01-29

Los antiguos ya decían: «vivere navigare est», es decir,  «vivir es navegar», hacer una travesía, corta para algunos, larga para  otros. Toda navegación conlleva riesgos, temores y esperanzas. Pero el  barco es siempre atraído por un puerto que lo espera allí al otro lado.

Parte el barco mar adentro. Los familiares y amigos de la playa saludan y lo siguen. Algunos dejan caer furtivas lágrimas porque nunca se sabe lo que puede acontecer. Y el barco va alejándose lentamente. Al principio  es bien visible, pero a medida que sigue su rumbo parece, a los ojos,  cada vez más pequeño. Al final solo es un punto. Un poco más y  desaparece en el horizonte. Todos dicen: ¡Ya partió!

No fue tragado por el mar. Está allí aunque ya no sea visible. Es como  la estrella que sigue brillando aunque la nube la haya tapado. Y el  barco sigue su rumbo.

El barco no fue hecho para quedar anclado y seguro en la playa, sino  para navegar, enfrentarse a las olas y llegar a su destino.

Los que se quedan en la playa no rezan: Señor líbralos de las olas  peligrosas, sino dales, Señor, valor para enfrentarlas y ser más fuerte  que ellas.

Lo importante es saber que al otro lado hay un puerto seguro. El barco  está siendo esperado. Se está aproximando. Al principio solo es un punto en el horizonte que a medida que se acerca se ve cada vez mayor. Y  cuando llega es admirado en toda su dimensión.

Los del puerto dicen: ¡Aquí está! ¡Llegó! Y van al encuentro del  pasajero, lo abrazan y lo besan. Y se alegran porque hizo una travesía  feliz. No preguntan por los temores que tuvo ni por los peligros que  casi lo ahogaron. Lo importante es que llegó a pesar de todas las  aflicciones. Llegó a feliz puerto.

Así pasa con todos los que mueren. A veces es desesperante saber en qué  condiciones partieron y salieron de este mar de la vida. Pero lo  decisivo es estar seguros de que llegaron, sí, de que realmente llegaron a feliz puerto. Y cuando llegan, caen, bienaventurados, en los brazos  de Dios-Padre-y-Madre de infinita bondad para el abrazo infinito de la  paz. Él los esperaba con saudades, pues son sus hijos e hijas queridos  navegando fuera de casa.

Todo pasó. Ya no necesitan navegar más, enfrentarse a las olas y  vencerlas. Se alegran de estar en casa, en el Reino de la vida sin fin. Y así vivirán para siempre por los siglos de los siglos.

(En memoria dolorida y esperanzada de los jóvenes muertos en Santa María en la madrugada del 27 de enero de 2013).

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