El ruido de la lluvia despertó a los pájaros. “Pandora”


Por “PANDORA”

El ruido de la lluvia despertó a los pájaros.

Faltaba rato para que amaneciera, por lo que no se atrevieron a denunciar al nuevo día. Emirade también despertó. La humedad era inminente, luego de un estío premeditado y prolongado desde antes de tiempo. Las primeras gotas llegaron con el relámpago.
Y el deseo también. Tal vez sería la colcha (aunque en otra cama). Quizá sería la cama, con otras sábanas. Posiblemente sería el hombre, aunque también pudo haber sido el recuerdo de otros, tantos antes que El.
No bastó levantarse a beber agua. La urgencia no se contiene en apenas dos vasos. Regresó al lecho, hasta donde llegaba el eco de música lejana. Poco a poco, se percibía el olor de los prados sedientos: La Plaza de la Concordia, el Jardín de los Jenízaros. El de la Hermandad. La de la Unión.
Y pensó en su ryadh. Lejos geográficamente, como un recuerdo. La pobreza le obligó a renunciar a él. Pero ni toda la riqueza del mundo le arrebatará nunca la memoria de lo que le arrancó al erial para convertirlo en un refugio para el amor clandestino.
Los minutos se desgranaron en la clepsidra. Y siguió lloviendo, tal vez solo un poco más fuerte. Y el deseo aumentaba. Pensó en aquella vez, en el Bosque de la Primavera. Su dueño estaba sumergido en la corriente, extasiado en la caricia sagrada del agua recién nacida. El calor, era quizá igual al de ahora. Y los árboles respondían a los susurros de la brisa en las piedras.
Algo de vino en la sangre, permitió que el aire acariciara su ombligo. Algo extraño, aún cuando Emirade era públicamente la mujer de todos. Y de aquel que pudiera pagarse el placer. Ya desnuda, sus dedos hallaron el pliegue secreto de su piel, aquel vórtice de la despiadada pasión. Que estalló en silencio, aunque su mente llamaba a un hombre. El que fuera.
Un leñador respondió al conjuro. Y desde lo alto, fue testigo del galope de las manos, en territorios que ni el sol más descarado pudo broncear jamás. La Perla estaba cerca. Apenas un suspiro mal disimulado avisó a la sombra el alivio de la mujer. Pero la cima humedeció la tarde en las rocas. El hombre apenas alcanzó a sacudir sus dedos de la simiente derramada, antes de ser sorprendido con el saludo del Dueño. Titubeante, apenas acertó a recoger el hatajo de leña. Y se fue, tambaleante bajo el resplandor no del sol, sino de la mujer. Jamás vería otra igual. Jamás vería otra.
La vereda desapareció bajo sus sandalias. Sólo los buitres conocieron su destino final. Eso nadie lo sabría.
La ventaja que dá el conocer la lengua de los animales, es que los pájaros son poco discretos. Las golondrinas son sumamente comunicativas. Los gorriones bastante escandalosos. Y los murciélagos cuentan lo que los ojos de sus alados hermanos desconocen porque la noche se los oculta.
Los perros son hipócritas guardianes del honor de la casa. Se les soborna con golosinas. En cambio los gatos son la autoridad de la vigilia. Cierran los ojos a lo que pasa, pero abren los oídos para escuchar. Fingen dormir, cuando lo que hacen es memoria. Adecúan los hechos para que puedan ser recordados, mas son egoístas y no cuentan lo que recuerdan. Y siguen escuchando.
Emirade lo sabía, y por eso no le extrañó que la cachorrita amarilla se levantara de su lecho, diera unas vueltas simulando patrullar la casa. Bostezó, se desperezó, y volvió al puesto de los sueños, mullida atalaya donde el sueño le aguardaba, vigilando a la fantasía de algún pastelillo.
Pero el gato apenas se movió de la barda. El viento calmo no trajo olores extraños, pero sí un ruidito bajo las piedras. Alguna gota resbaló hasta el vientre del pequeño lagarto verde al que acechaba desde hace días. No era oportunidad para desperdiciarla, por lo que se puso en guardia. Cinco sentidos y siete vidas al servicio de la cacería. Acechó.
La mujer regresó al lecho, que no fue tálamo nupcial.
El recuerdo volvió, mas fiero que nunca. Y volvió la tarde del sexto mes, en que se entregó en el piso blanco del refugio al peregrino conocido como el Mestizo Peninsular, de ojos febriles y barba de algunos días, que olía a tabaco y a la bebida fermentada de las chumberas desérticas, sazonada con la raíz de los dioses profanos que permite verlos, y hasta hablar con ellos.
Luego memoriosa, la luz filtrada de la posada en Frontera, en donde coincidió con Caderas de Arista. Con sus jugos derramados sobre los higos y la miel de sus cabellos, que fue todo lo que comieron por la escasez que las peregrinaciones fomentan.
Apresurada, el alba de la primera mañana en La Perla. Pero es ya otra historia.
Y otro hombre de muchos. De tantos, que solo los sobrenombres los distinguen de los otros hombres. En tanto, la lluvia arreciaba y la humedad crecía.
En la casa, cada uno entregado a sus quehaceres. La anciana que le acompañaba roncaba plácida en su virginidad. El joven eunuco de los mandados soñaba en su impotencia. La perra, entretenida en sus vagabundeos oníricos; pues la calle le era vedada desde su nacimiento. Y Emirade se tocaba, con la retrospectiva de la fantasía hecha realidad. Que aún dolía.
Solo el gato seguía en pie, atento. Olisqueaba el musgo muerto de sol, que empezaba a revivir. Y la mujer alcanzaba el pasado inmediato: vió en su mente de nuevo al Administrador de la Aduana, que le miraba el cabello desatado como el deseo, que caía en torrentes de suspiros por la espalda. Esa noche, la siguió, con la convicción de que la poseería.
Pero según su costumbre, coleccionaba mujeres como gemas, como tapices. Las ponía en alto para que todos las admirasen, y que quien se atreviera las alcanzara. Para tocarlas, gozarlas. Y después hablar de ellas en el zoco. Para que lo envidiasen.
Pero Angel era diferente.
Trabajaba para Salubridad, vigilando que el dengue no sobrepasara el límite de los barrios pobres. Los ricos regresarían a la ciudad en invierno, eran convenientes pocos muertos.
Alto y atlético, sus músculos eran como un arco tenso. Malhumorado, su voz de trueno se hizo sentir la noche en que echó de su lado al asistente que apenas esbozaba bigote. Su mujer, la Garrapata por mal nombre entre las públicas, lo había gozado.
No porque Angel no tuviera suficiente con qué distraerle las tardes (en que gemía y gritaba como de muerte), o llenarle las noches (Emirade lo había contemplado desnudo), sino porque era así, de mala cabeza.
No le dolía tanto la traición, porque el mismo no era ejemplo de fidelidad. Lo que le molestaba era que el sucedido ocurrió en su misma cama. Con su asistente. Con los otros como testigos burlones. Y el vecindario se enteró con la primera luz.
Un hombre así, con ojos de furia, hacía juego con las piernas estupendas columnas que sostenían el mástil donde enarbolaba su masculinidad. Unas manos así, acostumbradas a imponer su razón donde faltara el más común de los sentidos, eran enfebrecedoras en las caricias. Sólo de mirarlo…
Y la lluvia arreciaba por momentos. La humedad hacía lo suyo.
Emirade llevó la rienda de la evocación por senderos prohibidos. Si su Señor supiera quién ocupaba su mente…
Y volvió a la carga. Sus dedos sustituyeron la monstruosidad que contempló babeante de envidia, cuando la pobre Garrapatita fue embestida sin piedad en la reconciliación. Los niños se preguntaban porqué la estaban matando. Las mujeres se cuestionaban con la mirada: qué hay que hacer en esta vida para que en la próxima te traten así. Para empezar.
Apenas satisfecho, Angel echó a la pública a la calle en medio de las risas y pujidos fingidos de sus compañeros. El mismo desapareció unos días.
No se le echaba de menos, porque hacía rondines por los pueblos y aldeas cercanos. O dormía con su esposa. O visitaba a sus hijos. O vagaba. Nadie preguntaba.
Emirade se soñaba bajo el hombre, que era como noche esculpida en mármol. Ya sentía la amenaza cerniéndose entre sus piernas. Un relámpago chasqueó la oscuridad. Mas nunca sabría si el estallido fue dentro o fuera: su cerebro halló alivio sobre la almohada. Los cabellos ensangrentados enmarcaban los ojos desorbitados.
Siguió lloviendo. El gato cazó el gordo lagarto que acechaba desde hace días. La perra roncó un poco y suspiró. La anciana no escuchó nada. De hecho, era paulatinamente sorda desde hace tiempo. El eunuco dormía.
Escapó. Y Angel volvió a la vecindad.

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Yara








Yara Ortega. Sus trabajos


YARA ORTEGA.
SUS TRABAJOS LITERARIOS

Desde el cielo de Mogador.

Extraño espacio en donde se generan los vientos y se van diseñando una a una las diminutas esferas “de esas que se usan para hacer los mares”, pero que también a veces son tan incontables (y a ratos tan saladas, constantes pero inesperadas como las mareas) que tienen que brotar de los ojos de las mujeres. Los comunes mortales llaman a esto “lluvia”, pero los lapidarios hebraicos pesan esto en quilates, los armenios los pulen con el mismo polvo resultante de su desgaste y los sefarditas montan garras hambrientas como arañas en anillos para satisfacer los caprichos de quien se puede pagar un sueño caro.

Sitio sin emplazamiento geográfico fijo, que a ratos sentimos dentro del alma si compartimos con alguien que entiende lo que pensamos, y que en ocasiones está tan lejos como la posibilidad de regresar al momento presente un pasado añorado.

Momento fugaz en la sonrisa de quien se solaza en su crueldad, y que luego se arrepiente del sufrimiento autoinflingido en otra piel que cobija la misma esencia. Tristeza como la efímera compasión que despierta una mujer solitaria, con su cuerpo de pera jugosa que carece de la boca que disfrute su dulzura. Placer tan enorme como el que solo brinda la confirmación de un anhelo.

Los artistas (género de arquitectos que se creen con la misión de llenar de belleza los espacios vacíos) son incapaces de comprender el concepto del cielo mogadoriano: fronteras no escritas incapaces de cruzar con los códigos de comunicación convencionales. No pueden plasmarlo en lienzos con colores o en papeles con sonidos. Los poetas han intentado hacerlo canción, aplicando métricas inflexibles para medir su extensión en unidades que llaman “versos” y agrupan en “estrofas”. Fracasan siempre.

Los sabios no conocen sus dimensiones. La simetría exacta de las matemáticas no es útil cuando se pretende describir su belleza. Al igual que los poetas, intentan reducirlo a unas letras. A sus esfuerzos vanos los llamaron “al-gebra”.

Los artesanos, en la humildad de su ignorancia, que solo tienen manos hábiles y los elementos que el entorno les da, hacen de su pobreza la riqueza de otros: con hueso, madera, metales y el pegamento de los sueños van haciendo pequeñas descripciones del paraíso en el taraceo de un mueble utilitario para la casa de los ricos, bocetos de la felicidad en un alhajero de novia, compendio del aislamiento y del olvido en la urna funeraria… o el reflejo fiel de la felicidad como si de un espejo se tratase cuando obtienen un juguete para los niños. Pero solo los tiernos de corazón y los locos lo entienden. Porque es voluntad de Alláh que solo la inocencia le vislumbre.

Ese es Mogador. Mi Mogador. Mi Cielo.

AL ALBA, NADA.

Para Carlos Castañeda y Federico García. Por su solidaridad y maestría.

– Aquí NO HA PASADO NADA-

Pepe Maravilla se ha ido. Los lirios de estas mis manos no tiemblan buscándolo inútilmente en las noches. Los jacintos de estos mis ojos no centellean en el horizonte por si lo vieran. Las rosas de mis pechos no parpadean esperando escuchar sus pasos en el corral.

El tiempo cauterizará la huella de su único beso en mi mano. Yo no pido como la loca de blanco, la espuma junto al mar para celebrar nuestras bodas. A mí me basta la tierra negra del monte y el azul del cielo para el himeneo.

Yo no soy la pureza de la virgen, sino el instinto de la loba. No seré la suavidad del cordero, sino la urgencia de una jabalí. No sería la paz de la novia enamorada, sino el alivio de la amante complacida.

Pepe Toledo se fue. Porque no fue hombre para afrentar la deshonra de una mujer. No fue hombre para sostener su palabra de caballero ofrecida a una prometida. No fue hombre para esperar a consumar un matrimonio. O testimoniar un martirio.

José España se llevó con su partida la última ilusión de una mujer enamorada. No lo sabe, pero en su bagaje va toda la ternura que nunca pensé, ni en el esplendor de la juventud. Su cara, la frescura de la mañana; en su boca, el riachuelo cantarín, en su piel, la riqueza de las aceitunas y en sus ojos el derroche de las almendras. Es su talle turrón de Alicante y los pies, mazapán fino.

Aquí no pasa nada: El calor del verano refulge como espejo en los trigales, el sol incendia el viñedo y levanta humo en los ánimos de todos. Solamente los segadores cantan, con la promesa de las espigadoras con piel de hoguera cuando caiga la noche en medio de las gaitas y las guitarras, refrescando todos las gargantas con agua de pozo hasta que el día se canse. Cuando se estrene la noche, entonces comenzará a correr el vino como la sangre, trayendo igual la vida. Y esta casa, ahogada en el silencio.

– Aquí NO ha pasado nada. No somos ocho mujeres en un convento doméstico con la cadena del duelo al cuello, ni somos siete corazones palpitantes y uno asilenciado al compás del estampido galopante de un caballo. La honra hay que cuidarla del tejado abajo y entre las cuatro paredes la casa. Del tejado arriba y de puertas fuera, todo pasa y de ello se habla. Lenguas afuera, que todas morirán vírgenes. Aquí no va a pasar nada. Habrán de olvidar. Como que me llamo Bernarda y apellido Alba.

LO QUE TENGA QUE SER.

Será.
Y el madrigal de su voz en la paja del trigo,
Y el calor del verano corriendo la piel
Y el vino nuevo en cántaro añejo
El pan tierno y la espiga en pie.

Las gaitas en las hogueras
Los segadores en los campos
El río en la vega
Y el sol en la montaña.
Higos en la higuera
Y en las huertas, naranjas.

Las campanas en el templo
Los trinos en la mañana
El fuego en el hogar
Y el hombre…Ese hombre
en mi almohada.

Aunque se llama José
Y se apellida Maravilla
(nunca mejor nombre
mejor llevado por el hombre),
aunque sea por un rato:
galano jinete en buen corcel,
brioso marinero en la barca de mi piel.

Aunque haga leguas de su casa a mi hogar,
Y otros hijos, que no mis hijos
le llamen “papá”
Mi vientre es campo primaveral
Los senos como fuente
Y el pelo un trigal
Hago frente a la gente
Y ni caso al hablar:

En tanto haya sangre en el cuerpo
Y espuma en el mar,
Me llamo Adela, mi hermana Magdalena
Bernarda madre, Angustias la esposa
Él casado y yo su mujer.

Si así ha de ser…
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FLORACIONES POSTMERIDIANAS.
Inicia un 14 de febrero

I,.- DONDE DA VUELTA EL VIENTO.

Agar conocía la vocación de la tierra: era jardinera. Engarzaba miradas en surcos, a fin de cosechar collares de sonrisas. Ella nunca lloraba.

En cambio Musfatah, el tuareg, jefe del clan tuareg, el mismo caudillo del desierto, era también cacique de la tierra firme, de allá donde ni el viento puede cambiar los destinos de las caravanas; como sucede en el mar, donde las lágrimas sirven para criar peces y ahogar sueños. Igual que en El Verdadero Desierto, donde a pesar de su sequedad, se beben gotas salobres que escapan de las miradas decepcionadas. El no sabía llorar.

Una semana antes de que la luna cumpliera la promesa de su excelsa belleza en pleno, Agar mutiló su jardín secreto. Ese que solo ella conocía, donde florecían trozos celestes de luz nocturna. Los ató con cintas tejidas de ilusiones postergadas. Y salió a la plaza a regalarlas.

Musfatah iniciaba el dia con el sol. Con su salida, emergía de su tienda, que a pesar de estar construida en la colina, con las piedras lapidarias de la maledicencia, mostraba en su agreste fachada la mirada lánguida de quien no conoce arraigo. Pretendía ignorar que la noche nace en la tierra para morir en el cielo. Igual a los hombres que se vuelven ángeles. No estaba preparado para recibir amor.

Agar llevaba el sol de su tierra en la piel, pero florecía en la sonrisa que la distinguía de quienes (sin mérito) se habían avecindado en Mogador. Recibió de Kwizara un trozo de la raíz que ata los sueños a la tierra. Esta raíz condena a la divina locura mnemótica a quienes la prueban, abriéndoles la puerta a la reeducación de los sentidos. Una raíz que fue dada a los hombres por sus hermanos los dioses, para que recuerden el origen divino que todos ellos tienen. Una raíz que prolonga los deseos de otro en el cuerpo de uno mismo, raíz que nos despierta a las tres de la mañana para recordar el alma en otredad. Al hombre lejano o prohibido. Nunca olvidado. Dichosa Agar; nunca había amado así.

Musfatah buscaba a la Hija del Amor. No la conocía, pero la ansiaba. No lo confesaba, pero la esperaba. No lo aceptaba, pero la estaba acechando. Su Verdadero Desierto lo llevaba debajo de la djilaba y detrás de la piel. Era el deseo que le quemaba, ardía por los ojos y flameaba en las manos que no podía tener quietas. Era de los pocos conocedores de la gran fuerza de voluntad que un Hombre amerita para negarse a la oferta de abrevar en una mujer la sed. Por eso admiraba a Ahmed.

Agar no lo sabía, pero la mano de Fatma estaba a punto de tocarla: La izquierda es la que gobierna el pasado, los recuerdos, los pecados idos. La derecha es la promesa del futuro, una mañanica riente, bajo las iridisadas perlas del rocío: El perdón. Entonces fue cuando el viento que viene del desierto, cargado de calor, dando la vuelta en la esquina de la casa de Musfatah; acarició las crestas ancianas de las olas, que en un alarde de paciencia van esculpiendo con capricho y originalidad las rocas, para el deleite de quienes saben mirar el tiempo condensado en objetos que parecen muertos, pero que han sufrido con paciencia el arte de decantar su belleza. Igual que los corazones vírgenes que emergen de allende las fronteras del Verdadero Desierto.

II.- ARROYITO Y CON LA PENA

Estando un día Musfatah en su tienda de roca, llegó a la entrada un anciano, de esos que parecen ir cargando todo el tiempo sobre sus espaldas. Alto como el sol a medio día, su rostro acusaba la rigidez con que había vivido.

– “Si, aquí es. Las mismas paredes, el mismo techo. Aquí vivieron ellas”.- Musfatah no lo sabía, le costaría trabajo entender: ¿Porqué este venerable anciano suplicó entrar a la temible casa, guarida de Sofía, resguardo de Talía, habitación de Themis?. Con pocas palabras, de esas que se tienen que inventar cuando no se puede decir la razón, pero que dejan entrever la verdad, dio a conocer la existencia de un tesoro. No era el clásico tibor de barro que contiene rayos de sol para comprar sonrisas y acallar conciencias. Era un ataúd, repleto de luna cuajada y sol condensado en barras. Un juramento entre los tres idos y el visitante les comprometía a la restauración del Viejo Imperio, o morir en el intento. Y ya lo habían intentado.

Musfatah era el caudillo que el superviviente había elegido para la aventura. El se negó, no por temor. No era cobarde. No por falta de gente: a una palabra suya, cada grano de arena sería una cabeza a sus órdenes. Le faltaba pasión. Sin ella, ni la mejor decisión es factible.

Ofreció al viejo la mitad de la riqueza, a fin de que muriera en la comodidad que durante la vida no había conocido. Sólo había que decir el emplazamiento exacto. Un juramento de sangre impedía que el forastero hablase. Pero no mencionaba la prohibición de la mirada; que fijó en un rincón. Era el único de la casa que estaba hecho con adobe, y en la semana en que ninguna luna rielaba las alturas, fosforescía para el temor de la escolta de Musfatah. Llamas de fuego líquido, flamas verdes que se convertían en una corona de manos. Caricias lumínicas en la pared de la noche.

El hombre solo respondió: – “El polvo de esta ciudad reclama sangre. Aquello que fuera hermoso, será horrible tal vez: Una bella guerra para nosotros, ahora no aparece en los anales de historia. Si el sonido de la batalla pudiera construir la armonía de la paz, ahora yo estaría muriendo en medio de una bendita canción. Todos cayeron alborozados, dando el rostro al sol, con los manantiales de su sangre brotando de pechos morenos. Construían una patria para sus hijos, pero los sobrevivientes fueron castrados. Se da lo que se tiene, lo que cuesta: Dimos la vida para la causa. Repartimos lo que sobra. Toma el dinero, y gózalo con quien ames”. – Y se fue.

El polvo comenzó a estallar con la fuerza de la pólvora. Disparos de agua estampían entre las rocas del empedrado. El verano se rebelaba contra el calor diurno, carcajeándose de la cicatriz evaporante que dejaba en la banqueta. Pero la lluvia ganó; a base de tenacidad, batallones de gotas cerraron filas calle abajo. Un arroyito brincoteaba buscando la Plaza, ansiosa como una mujer joven. Negras nubes arrebozaban Mogador, desde el Cerro Grande. Ni el oro, ni la plata. Ni siquiera el placer de un arcoiris sacaría a Musfatah de su pena: la única mujer que lo había amado sin reserva estaba muriendo. Un cangrejo atenazó sus pulmones. Ya no alcanzaría ni a decirle adiós.

Realmente había sido amado sin condiciones. ¡Qué difícil aceptarlo!

III.- DIES IRAE.

Un portador de palabras decía hace mucho tiempo “que estamos hechos de polvo de estrellas. Que cuando las estrellas envejecen y mueren se comprimen por su propia fuerza de gravedad, provocando así un último estallido que las convierte en una nube de luz y polvo, último testigo de su existencia”.

Por el cielo llegan constantemente diminutas partículas de estrellas, a veces hasta es posible verlas durante las tardes lluviosas. Esos pequeñísimos pedazos de luz y materia pueden ser observados por quienes han aprendido a sentir el tiempo. Los pueblos primitivos le han puesto el nombre de arcoiris. La forma semicircular se extiende en proporción de la voluntad del testigo. Son hilos mas delgados que las telarañas, y que tejidos muy cerrados atrapan momentáneamente las pequeñas escamas que una vez fueron parte de las estrellas.

Las tradiciones de los pueblos del Norte, donde la luz danza sin control en las noches en que la fiera del aire corta la carne, penetra los huesos y duele el alma (igual que la soledad), dicen que los dioses están enojados. Sacrifican doncellas para aplacar su ira, y poco a poco las auroras dilatan cada vez menos, luego de seis meses de casi oscuridad, llegan otros seis meses de casi luz. Ellos también creen que donde se ancla “el arco del flechador”, se esconde un abundante tesoro. Es una olla rebosante de oro. La vigilan terribles ogros de la codicia humana.

Se necesita algo mas que la voluntad para poseer ese tesoro. Hay que conocer el conjuro, que se hallaba perdido en viejos libros escritos en sánscrito por los ancianos hijos del Mogador que se conoció como Arcadia: Agar los encontró. Fueron redactados mientras los amantes dormían, antes de que el deseo les despertara. Y después de que el mismo deseo les acunara. Traducidos, decían algo así de incomprensible:

“Yo, que imaginé un sueño, he roto mi piel, he estado esperando por ti. El lado donde mi piel tiene un agujero a donde perteneces, y que ha estado esperando por ti. Vamos, ven y quédate en lo alto de los mares, no puedo creer que tomes mi corazón para pertenecerte. Ven y toma un tiempito, ven y toma un llantito, pero ven mi Inmerecido, y mantenme vivo, sostenme del agujero hacia fuera, hey cadena quédate mientras dura, mantenme y sóplame hacia fuera, córtame, pero ven mi Inmerecido. Las palabras son deja vu, juro que así son, palabras en mágica confusión que afloran desde los dedos. La lujuria en la nieve suena como el cielo. Ven mi Inmerecido, mantenme vivo, hey niño, sostenme y sóplame a través del agujero estelar. Ven, mi Inmerecido”

No era el significado. El fondo se halla en el significante. Para Agar era un tesoro. Para el hechicero era un tesoro aún más grande. Y ambos hicieron el conjuro con toda la fe, pero eran tan fuerte que con la intención sola hubiera bastado: Al enunciarlo por vez primera, una hebra cayó delante de Agar. La fue siguiendo por el laberinto de las calles, en tanto repetía el hechizo con furor. Un pez de luz centelleaba con sus doradas escamas, sobre las piedras de la banqueta de un barrio de Cerro Arriba. Para ella y para Musfatah, que si bien conocieron algún día la lujuria, esa noche tuvieron acceso al tesoro de un Verdadero Amor. Supieron la ternura. Orión centelleó en sus bocas, dejando un rastro de polvo estelar en sus pieles. Ahora ya eran Uno. Se llamaron Arcoiris. Y su forma semicircular permaneció en forma de sonrisa en la boca del otro.

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FRÁGIL ALEPH

Los clanes son estructuras sociales, si bien silvestres, pueden llegar a ser muy primitivas. Se nace y luego se muere en el interior de uno. Existen decretos ineluctables, contra lo que no podemos hacer nada: La muerte siempre ha significado el dolor del desprendimiento, el desarraigo de la partida. El desgarramiento de un adiós para el que se sabe no habrá una nueva bienvenida. Hoy, la muerte en el clan era “menos muerte”. Y mas vida.

Guimllard se había ido.

Sonriente demonio, consagró su altar entre intrincadas caligrafías de cantera, hierro forjado y la luz; ésa luz cándida, desenfadada y salvaje que solo el Bajío ofrece. Y ese nicho, tan tibio como el seno materno; fue violentado por la partida de Guimllard. Frente de batalla para la solidaridad, desde la ingnominosa trinchera de la profanidad.

Había sentido suya la pequeñez de mis capacidades, la estrechez de mi vida, la inmensidad de los sueños y la libertad de mis ganas. La humildad de mi cuerpo y la grandiosidad del respeto y admiración que tengo por esa volatilidad de ángel dorado, híbrido con la persona, intelectual y sensible. Vulnerable. Humana. Débil. Casi nos pertenecíamos. Yo me le doné. A veces, se me entregó. Pero se fue.

I.- LOS GUARDIANES DE ICARO.

Hay territorios nómadas, a los que no tenemos acceso por más que deseemos. Cuando los queremos asir, se nos van de las manos. Las mujeres como yo, que sabemos a donde pertenecemos, tenemos que desarrollar el sentido de la discreción, y aparentar aislamiento, silencio e introspección cuando lo que deseamos es salir al campo de batalla. Hay veces que se gana mas callando que gritando.

Cosas que se pierden, a veces se recuperan. Y de lo perdido, lo hallado es bueno. Dónde nos encontramos ahora, como entorno físico es lo de menos. El problema real, de fondo, es en qué parte del dédalo infinito nos hemos estacionado. Cual es el reflejo y cual el objeto en medio de los espejos entre los que movemos nuestras almas, bajo máscaras de seguridad y supuesto dominio. No hay hombre tan miserable que no se pueda fabricar un rostro distinto. Hace(rn)mos creer que (se) nos ama.

Cuántas mentiras se tienen que inventar para que se crean verdades a medias: Cuantas excusas para construir una razón.

Cuántas explicaciones para una convicción: Cuantas verdades se tienen que ocultar para pretender sostener una mentira con alfileres cuando el tornado se anuncia. Mi cariño y mi presente, casa abierta y espaciosa al invierno en que faltaste, espumeante rumor del estío, delicia del encanto siempre presente, parpadeo fugaz de luz-instante, ojo solar sobre las estaciones yentes… mi orgullo, gema refulgente, razón de mi vida, dulce niño… qué te estabas haciendo?

Hizo creer que me amaba. Que conocía sus vericuetos. Que me confiaba sus sentimientos.
Que compartía sus secretos. Mentira. Casi creí en su libertad. Si la fe fuera suficiente, se haría realidad un sueño. ¿Qué espacio tendría entonces la fantasía?

Para volar, no basta tener alas. Es indispensable perder el miedo a las alturas. Gustar de la caricia del aire, que puede ser brisa o vendaval. Mirar las cosas desde arriba, con la óptica de las águilas que no necesitan de cera para conjurar el temor al sol. Igual que Ulises cuando salió de Ithaca. ¿Qué te hiciste?

Sin embargo, precisamente el sol fue el que fundió su decisión. Y decidió la muerte por propia mano: “Si tu mano es ocasión de pecado…” arranca de raíz la razón para seguir pecando. Porque el pecado era la razón de su vida.

Erializó la mía, haciéndome desconocer el temor: antes de él, la muerte era tremenda. Ahora, es una farsa como los Esperpentos de Goya. De dramática, negra y fecunda, ahora es estéril gracias al conjuro potente de la poesía que dejó en mi piel, desde la seducción que corrompe el terror, hasta hacer suponer que la música será suficiente como para hacer vencer al amor. Cómo me cambió. Y ahora, cumple con morirse. ¿Qué me has hecho?

Respiramos la luna la noche que fuimos uno. Cuando el valor le alcanzó para fugarse por veinticuatro horas a su destino, sólo para toparlo a la vuelta de la esquina con un día menos en la cuenta de la realidad; que aunque nos duela, existe.

Maravilla, su reposo. Amanecida, un beso bajo volutas de luz interrumpidas por la lluvia arrebozada en un arcoiris. Hizo material París en mis ojos, inventando caprichos para los que me sometía gustosa a su misericordia. Trajo a mi olor un invierno moscovita, y la primavera en Praga para mis oídos. “Dejar hacer, dejar pasar”. Cómo explicaré su ausencia al sombrero huichol que le espera. No sé si lo entenderá el gabán en expectativa por su calor. Cómo lo aceptaré yo. ¿Cómo lo explicaré al que llega?

II.- ADIOS AL MAR

Ahora que ya he puesto en paz mis sentimientos, creo que le puedo decir adiós, pero sin la máscara de la despedida: – “Mírame, estoy frente a ti: Cierro los ojos, que se han enmarcado en los brazos abiertos a mi destino. Te abrazo, fuerte. La boca húmeda te busca, no con la procacidad de un deseo incontrolable, sino con la decisión de la mujer que se te ha dado sin temor, recibiendo sin medida. Un beso. Lento. Largo. Profundo. La entrega confiada convertida en caricia, que baja de la espalda aceitunada hasta la cintura, y que con los dedos abiertos, agradece la generosidad otorgada en regalos como la música y la poesía a manos llenas. Pero también el tiempo y la pasión. El ansia y la libertad. El amor que se genera en ella. Adiós, Guimllard¬”-

Definitivamente, se gana mas callando que gritando: El sol salió de nuevo por el oriente, sobre mi almohada y entre mis brazos: Su hijo me nacerá en primavera. Nunca lo supo. No lo hubiera permitido.

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UN TIPO CON CLASE

-¿Qué clase de amante soy?- Preguntó Ahmad una tarde infinita entre los brazos de su amada.

Ella distaba entonces de tener una respuesta coherente. Aún se encontraba perdida entre el vértigo que significa la bendición de descubrirse, una vez mas, mujer. El orgullo de ser la suya.

Cuando el tiempo hubo pasado lo suficiente para que el corazón de Amidallah volviera a su ritmo cotidiano, con la vida por dentro y saliéndosele aún en cada suspiro; con la vida por fuera y capturándola en cada mirada que él luego compartiría gracias a su memoria que iba cultivando jardines en cada sitio en que anclaba un recuerdo… entonces lo pensó mejor.

El con seguridad es el tipo de amante que cualquier mujer desea. Vehemente cuando hay que serlo. Paciente si es menester. Urgente cuando el deseo le atenaza la mente. Exigente cuando esta ardiendo. Parsimonioso para despedirse. Generoso con sus bienes y cuidadoso de los ajenos.

Es la clase de amante que no es para todos los días, porque sabe hacer una fiesta de cada encuentro. Sacerdote de un rito antiguo, que no quiere dejar perder por falta de devotos.

Pertenece al selecto grupo de aquellos que saben lo que valen por todo lo que cuestan. De los que significan más que un problema, una razón para vivir. De quienes conocen como enloquecer a una mujer, sin hacerle perder la cordura que la cotidianeidad requiere.

Uno de esos que permiten se les taracee la piel a punta de caricias, y luego se llenen los huecos con miel, jazmín y una extraña raíz que crece en las alturas. Pulir a besos hasta hacer destellar su piel.

Pero también es tan inexperto en las lides de amor, que desconoce la diferencia entre querer y desear. Se quiere lo que se puede. Se desea lo que no se alcanza fácilmente.

De creer a amar va mucho. Se cree lo que se espera. Amar no es cuestión de fe, sino de querer seguir creyendo. Y ella aún lo ama, aunque a veces no crea en él.

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VENCER PARA AVANZAR.

ALPHA

-Cierra la puerta-

Fue lo primero que escuchó al penetrar en la habitación. “Cierra los ojos”. Pensó.

Siempre ha sido angustiante escuchar la palabra “perdón”, pero nunca ha dejado de serlo el tener que pronunciarla. Sin embargo, siempre es indicador del grado de amor que pueda existir entre dos personas. Su falta, indica la huída del respeto. Esta tarde era el momento propicio, no solo para el amor romántico que a su edad se consideraba impropio, sino incluso ridículo: Era el instante exacto, en el que la luz entra con la ternura satisfecha de un ocaso, cuando las expectativas del dia han sido llenadas.

Un viento fresco se dejó sentir, igual que el abrazo de un rebozo. Era tan extremadamente delicado como una mirada que acaricia un texto hecho con todo el amor que se es capaz de expresar, pero sin embargo tan tímido por reciente como profundo se puede sentir, tal es el respeto a la libertad del prójimo a quien se le profesa. Brindaba un alivio enorme en medio de la torridez costeña. Era estío.

“cierra los ojos” se volvió a ordenar a sí. Cómo se permite la consciente divagación de la filosofía, cuando la racionalización corta de tajo la capacidad de sentir. De ser. De vivir. Basta grabar en la memoria, para resucitar esos momentos llenos de magia que habrán de llenar el futuro que amenaza igual de árido al presente. En la oscuridad, se encontraba el sujeto de su culto.

Extendió los brazos, buscando asir en el vacío, aquel sueño hecho material. En la duermevela nocturna muchas veces se había presentado nimbado de fantasía, y su yo interno le ordenaba: -¡NO despiertes!-. Pero el ajetreo de la aldea avisaba que era hora de regresar a la plana cotidianeidad. Ahora sería distinto.

En la cama, Sofía.

Midrashim continuaba tentaleando la oscuridad.

I.- BETA: DE FLAQUEZAS, FORTALEZAS.

Sofía era segura de la efimeridad de la vida. Su fragilidad humana a ratos le hacía desobedecer la premisa de supervivencia: no depender en lo posible de nadie. Había tenido que sostener su fortaleza en otros. Pero viéndolo a distancia, eran esos recuerdos como simples imágenes fractales, en las que cada una es única e irrepetible en su unicidad, y que al mismo tiempo forma parte de un todo, en la totalidad.

Ya su vida estaba hecha. Nadie la iba a cambiar, por lo que restara. Nadie la podría modificar, en lo que había pasado. ¿Quién podría aceptarla? ¿Quién podría entenderla? Quien pudiera ayudarla.

La fortaleza que Midrashim ofrecía, era motivo de extrañeza. La que reservaba para sí, estaba fabricada de granos de debilidad, unidos con la inasible argamasa de la esperanza, conformando la roca de fuerza. Piedra angular de solidaridad para sus hermanos. Recordaba la importancia de multiplicar las alegrías con sus amigos. Pero reservaba sus penas. Esa noche, temblaba de solo pensar, cuánto tiempo le quedaría de vida, para poderlo ofrecer a Sofía.

La confianza: otro tema escabroso. No temía abrirse a ella, sino el cómo sería percibido. ¿Sería Sofía lo suficientemente generosa como para perdonarle sus fracasos? ¿Acaso le cabría en la aceptación, un espacio para el fardo de promesas incumplidas? Punto aparte: ya no ofrecería prendas al futuro, sino que en el presente, sus compromisos los irían estableciendo de modo mutuo con las acciones cotidianas. Las promesas cumplidas se asumirían conforme fueran percibidas en sus corazones.

Continuó avanzando.

II.- THETA

Sofía esperaba los pies de Midrashim, tropezando con un rayo de luna que se filtraba por la ventana. No sucedió.

Era justo la hora en que las Pléyades tramontan la bóveda. La hora del amor. Aquella propicia para que con historias que se desgranan de los labios de alguien, vayan haciendo un almud de bienaventuranzas en el oyente, que si bien al amanecer no se recuerdan, se pueden leer cuando se reconstruyen para ser inventados de nuevo: como ahora.

Ella cubría su menudo cuerpo con solo una prenda sedosa. La oscuridad protegía sus ojos, haciendo invisible la mirada que punzaba como flecha. Famosa: Una vez que se hubiera posado sobre la piel de un hombre, la penetraba. Se quedaba dentro. Hacía daño. Un dulce proceso que al tratar de extirparlas, dejaba el dolor de la ausencia. Y entonces, solo por gozarlo, se les hincaba más profundo. Ya nada más para sentir que se le extrañaba.

Carne que se desgarra, sangre que jamás se recupera. El flujo de la culpa, desangramiento emocional que comparte el pecado ajeno, no por solidaridad, sino por el placer perverso de sentir la culpa ajena. Propia.

Doce horas tiene el día. Doce la noche. Doce meses un año: Doce años se había negado el tener un hombre. No hay plazo que no se cumpla, ni fecha que no se llegue.

III.- DELTA

Midrashim no consideraba profano ese placer. No hallaba relación con lo sagrado la capacidad de disfrutarlo –creía que sería apenas una vez mas-, porque nunca le había dejado siquiera una emoción. Sólo la sensación de que había satisfecho una necesidad.

Pero ahora, la necesidad de acercarse hasta aquel sitio, apartado de la mirada de todos… la imperiosa urgencia de creer en algo, sin que hubiera que pensarlo… una razón, aunque ya reflexionada no resultara tal, sino apenas un pretexto que normara su conducta. Algo que la pudiera explicar. Si la pudiera llamar “deseo”, lo entendería. Si el objeto de ese deseo no fuera Sofía. Si se atreviera a ser “amor”, a su edad, lo extrañaría. Decidió por “curiosidad”. ¿Cómo será en la intimidad una mujer como Sofía?

La supuso vehemente, apasionada, urgente. Eso expresaban, según los Textos, sus cabellos negro-azul (los que quedaban entre la maraña de luna de sus sienes); la piel extrañamente blanca con venas verdes que palpitan al compás de la respiración en perfecta sincronía. Otro síntoma oscuro, los ojos de cisterna que de tan expresivos, resultaban misteriosos.

La oscuridad ocultó la sonrisa de satisfacción anticipada con que saboreó unos labios aún inmateriales entre los suyos (ah, cómo los mordería; hasta hacerlos sangrar!). Sus manos temblaban ya de la emoción que provocaba desde ahora el tacto de unas piernas exageradamente largas (oh, ya las sentía rodeando su cintura!)… entonces su pie tropezó con la pata de la cama de Sofía.

IV.- EPSILON

Una voz rasgó el secreto de la noche, como un velo que se abre: – Cállate-

La luz se hizo en el pie, al golpe. Y subió por la pierna. Y se estacionó bajo el ombligo de Midrashim. Se sintió orgulloso. Había llegado.

Entonces, comenzó a cantarle los versos que había compuesto durante los años de ardiente espera: “Por amor a tu vida, Sofía/ hoy bendigo una vida: la mía…” y la memoria como la decisión, se escapó en fuga impremeditada.

Luego, oyó: “Eres tu acaso/ mi amante de los dieciocho…” ahí paró Sofía. Recordaba algo de un ocaso (que por cierto rima con acaso), y de un jovencito al que le había robado la flor de la inocencia, dejándole inoculado el veneno de sus ojos y la eterna fiebre de la lujuria. Lo que no podía definir es si eso había sido antes, o después de la guerra, aquella donde el que mandaba era un barbón, creo Maximiliano le llamaban…El caso es de que el esfuerzo fue tal, que se quedó dormida. Y supo recordar cómo los volcanes se deslíen en humo cuando los graniceros no saben cumplir sus obligaciones.

La sabiduría llega con los años. Por eso esperó para llegar a esta tierra, a que Midrashim el judío, se decidiera a acercarse a Sofía, la mestiza. No lo sabían entonces, pero eran “tocayos” de nombre. Lo aprendieron con el trato.

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