LEONARDO BOFF. ARTICULOS. Una selección

Tomada de su sitio web

Leonardo Boff, artículos. Una selección (de smc)
Tomado de Servicios Koinonía

+++++

Una revolución todavía por hacer
2012-01-14
________________________________________
Todo cambio de paradigma civilizatorio está precedido de una revolución en la cosmología (visión del universo y de la vida). El mundo actual surgió con la extraordinaria revolución que introdujeron Copérnico y Galileo al comprobar que la Tierra no era un centro estable sino que giraba alrededor del sol. Esto generó una enorme crisis en las mentes y en la Iglesia, pues parecía que todo perdía centralidad y valor. Pero lentamente se fue imponiendo la nueva cosmología que fundamentalmente perdura hasta hoy en las escuelas, en los negocios y en la lectura del curso general de las cosas. Sin embargo, el antropocentrismo, la idea de que el ser humano continúa siendo el centro de todo y que las cosas están destinadas a su disfrute, se ha mantenido.
Si la Tierra no es estable, por lo menos el universo –se pensaba– es estable. Sería como una inconmensurable burbuja dentro de la cual se moverían los astros celestes y todas las demás cosas.
Y he aquí que esta cosmología comenzó a ser superada cuando en 1924 un astrónomo amateur, Edwin Hubble, comprobó que el universo no es estable. Constató que todas las galaxias así como todos los cuerpos celestes están alejándose unos de otros. El universo, por lo tanto, no es estacionario como creía todavía Einstein. Está expandiéndose en todas las direcciones. Su estado natural es la evolución y no la estabilidad.
Esta constatación sugiere que todo comenzó a partir de un punto extremadamente denso de materia y energía que, de repente, explotó (big bang) dando origen al actual universo en expansión. Esta idea, propuesta en 1927 por el astrónomo y sacerdote belga George Lemaître, fue considerada esclarecedora por Einstein y asumida como teoría común. En 1965 Arno Penzias y Robert Wilson demostraron que de todas las partes del universo nos llega una radiación mínima, tres grados Kelvin, que sería el último eco de la explosión inicial. Analizando el espectro de la luz de las estrellas más distantes, la comunidad científica concluyó que esta explosión habría ocurrido hace 13,7 mil millones de años. Esta es pues la edad del universo y la nuestra, pues un día estábamos, virtualmente, todos juntos allí, en aquel ínfimo punto llameante.
Al expandirse, el universo se auto-organiza, se autocrea y genera complejidades cada vez mayores y órdenes cada vez más altos. Es convicción de los más notables científicos que, al alcanzar cierto grado de complejidad, en cualquier parte, la vida emerge como imperativo cósmico. Así también la conciencia y la inteligencia. Todos nosotros, nuestra capacidad de amar y de inventar, no estamos fuera de la dinámica general del universo en cosmogénesis. Somos partes de este inmenso todo.
Una energía de fondo insondable y sin márgenes –abismo alimentador de todo– sustenta y pasa a través de todas las cosas activando las energías fundamentales sin las cuales no existiría nada de lo que existe.
A partir de esta nueva cosmología, nuestra vida, la Tierra y todos los seres, nuestras instituciones, la ciencia, la técnica, la educación, las artes, las filosofías y las religiones deben ser dotadas de nuevos significados. Todo y todas las cosas son emergencias de este universo en evolución, dependen de sus condiciones iniciales y deben ser comprendidas dentro del interior de este universo vivo, inteligente, auto-organizativo y ascendente rumbo a órdenes aun más altos.
Esta revolución todavía no ha provocado una crisis semejante a la del siglo XVI, pues no ha penetrado suficientemente en las mentes de la mayor parte de la humanidad, ni de los intelectuales, mucho menos en las de los empresarios y los gobernantes. Pero está presente en el pensamiento ecológico, sistémico, holístico y en muchos educadores, fundando el paradigma de la nueva era, el ecozoico.
¿Por qué es urgente que se incorpore esta revolución paradigmática? Porque ella nos proporcionará la base teórica necesaria para resolver los actuales problemas del sistema-Tierra en proceso acelerado de degradación. Nos permite ver nuestra interdependencia y mutualidad con todos los seres. Formamos junto con la Tierra viva la gran comunidad cósmica y vital. Somos la expresión consciente del proceso cósmico y responsables de esta porción de él, la Tierra, sin la cual todo lo que estamos diciendo sería imposible. Porque no nos sentimos parte de la Tierra, la estamos destruyendo. El futuro del siglo XXI y de todas las COPs dependerá de que asumamos o no esta nueva cosmología. Verdaderamente solo ella nos podrá salvar.

Leonardo Boff

+++++

El Planeta va a seguir con fiebre
2012-01-07
________________________________________
La COP 16 terminó en la madrugada del 11 diciembre en Cancún con desacertadas conclusiones, extraídas casi con fórceps. Son conocidas y por eso no vamos a referirlas aquí. Debido al clima general de decepción, han sido hasta más de lo que se esperaba, pero menos de lo que deberían, dada la gravedad de la creciente degradación del sistema-Tierra. Predominó el espíritu de Copenhague de afrontar el problema del calentamiento global con medidas estructuradas alrededor de la economía. Y esta es la gran equivocación, pues el sistema económico que generó la crisis no puede ser el mismo que nos saque de ella. Usando una expresión que ya hemos utilizado en otras ocasiones: intentando limar los dientes al lobo, se cree quitarle la ferocidad, en la ilusión de que ésta reside en los dientes y no en la naturaleza del propio lobo. La lógica de la economía dominante, que tiene como objetivo el crecimiento y el aumento del PIB, implica la dominación de la naturaleza, la desconsideración de la equidad social (de ahí la creciente concentración de riqueza y la rápida apropiación de bienes comunes) y la falta de solidaridad con las generaciones futuras. Y quieren hacernos creer que esta dinámica nos va a sacar de las muchas crisis, sobre todo de la del calentamiento global.
Pero es necesario insistir: hemos llegado a un punto en que se exige repensar y reorientar por completo nuestro modo de estar en el mundo. No basta solo un cambio de voluntad, necesitamos sobre todo transformar la imaginación. La imaginación es la capacidad de proyectar otros modos de ser, de actuar, de producir, de consumir, de relacionarnos unos con otros y con la Tierra. La Carta de la Tierra fue al corazón del problema y de su posible solución al afirmar: «Como nunca antes en la historia, el destino común nos convoca a buscar un nuevo comienzo, lo cual requiere un cambio en las mentes y en los corazones, un nuevo sentido de interdependencia global y de responsabilidad universal. Debemos desarrollar y aplicar con imaginación la visión de un modo de vida sostenible, a nivel local, nacional, regional y global».
Este propósito no se hizo presente en ninguna de las 16 COPs. Predomina en ellas la convicción de que la crisis de la Tierra es coyuntural y no estructural y que puede ser afrontada con el arsenal de medios de que dispone el sistema, con acuerdos entre jefes de Estado y empresarios, cuando toda la comunidad mundial debería implicarse. La referencia de base no es la Tierra como un todo, sino los estados-naciones, cada cual con sus intereses particulares, regidos por la lógica del individualismo y no por la de la cooperación y la interconexión de todos con todos, exigida por el carácter global del problema. En la conciencia colectiva todavía no se ha afirmado el hecho de que el Planeta es pequeño, tiene recursos limitados, se encuentra superpoblado, contaminado, empobrecido y enfermo. No se habla de la deuda ecológica. No se toma en serio la crisis ecológica generalizada que es más que el calentamiento global. No son suficientes la adaptación y la mitigación sin dar centralidad a la grave injusticia social mundial, a los masivos flujos migratorios que ya han alcanzado la cifra de 60 millones de personas, a la destrucción de economías frágiles con el aumento en muchos millones de pobres y hambrientos, a la violación del derecho a la seguridad alimentaria y a la salud. Falta articular la justicia social con la justicia ecológica.
Lo que se impone, en verdad, es una nueva mirada sobre la Tierra. No puede seguir siendo un baúl sin fondo de recursos a ser explotados para beneficio exclusivamente humano, sin considerar a los otros seres vivos que también necesitan de la biosfera. La Tierra es Madre y Gaia –tesis sustentada sin ningún éxito por la delegación boliviana– y por eso sujeto de derechos y merecedora de respeto y de veneración. La crisis no reside en la geofísica de la Tierra, sino en nuestra relación de agresión hacia ella. Nos hemos vuelto una fuerza geofísica altamente destructiva, inaugurando, como ya se dice, el antropoceno, una nueva era geológica marcada por la intensiva intervención descuidada e irresponsable del ser humano.
Si la humanidad no se encuentra en torno a algunos valores mínimos como la sostenibilidad, el cuidado, la responsabilidad colectiva, la cooperación y la compasión, podríamos acercarnos a un abismo abierto delante de nosotros.

Leonardo Boff

________________________________________
+++++

Crisis neoliberal y sufrimiento humano
2010-12-31
________________________________________
El balance que hago de 2010 va a ser diferente. Pongo énfasis en un dato poco señalado en los análisis: el inmenso sufrimiento humano, la desestructuración subjetiva, especialmente de los asalariados, debido a la reorganización económico-financiera mundial.
Hace mucho que se operó la «gran transformación» (Polanyi), colocando la economía como el eje articulador de toda la vida social, subordinando la política y anulando la ética. Cuando la economía entra en crisis, como sucede actualmente, se sacrifica todo para salvarla. Se penaliza a toda la sociedad, como en Grecia, Irlanda, Portugal, España e incluso en Estados Unidos, en nombre del saneamiento de la economía. Lo que debería ser medio, se transforma en un fin en sí mismo.
Colocado en situación de crisis, el sistema neoliberal tiende a radicalizar su lógica y a explotar más aún la fuerza de trabajo. En vez de cambiar de rumbo, se hace más de lo mismo, cargando una pesada cruz sobre las espaldas de los trabajadores.
No se trata de aquello relativamente estudiado del «asedio moral», es decir, de las humillaciones persistentes y prolongadas de los trabajadores y trabajadoras para subordinarlos, atemorizarlos, y llevarlos a dejar el trabajo. El sufrimiento ahora es más generalizado y difuso, unas veces más y otras veces menos, afectando al conjunto de los países centrales. Se trata de una especie de «malestar de la globalización» en proceso de erosión humanística.
Se expresa por una especie de depresión colectiva, destrucción del horizonte de esperanza, pérdida de la alegría de vivir, deseo de desaparecer del mapa y, en muchos, por el deseo de quitarse la vida. Por causa de la crisis, las empresas y sus gestores llevan la competitividad hasta límites extremos, estipulan metas casi inalcanzables, infundiendo en los trabajadores angustias, miedo, y a veces síndrome de pánico. Se les exige todo: entrega incondicional y plena disponibilidad, dañando su subjetividad y destruyendo las relaciones familiares. Se estima que en Brasil cerca de 15 millones de personas sufren este tipo de depresión, ligada a las sobrecargas laborales.
La investigadora Margarida Barreto, médica especialista en salud del trabajo, observó en una encuesta hecha el pasado año a 400 personas, que cerca de un cuarto de ellas tuvieron ideas suicidas por causa de la excesiva exigencia del trabajo. Y decía: «es necesario ver el intento de quitarse la vida como una gran denuncia de las condiciones de trabajo impuestas por el neoliberalismo en las ultimas décadas». Están especialmente afectados los empleados de banca del sector financiero, altamente especulativo y orientado hacia la maximización de los lucros. Una investigación de 2009 hecha por el profesor de la Universidad de Brasilia, Marcelo Augusto Finazzi Santos, descubrió que entre 1996 y 2005 se había suicidado un empleado bancario cada 20 días, a causa de las presiones por metas, exceso de tareas y pavor al desempleo. Los gestores actuales se muestran insensibles al sufrimiento de sus funcionarios.
La Organización Mundial de la Salud estima que cerca de tres mil personas se suicidan diariamente, muchas de ellas por causa de la abusiva presión del trabajo. Le Monde Diplomatique de noviembre del presente año denunció que entre los motivos de las huelgas de octubre en Francia se hallaba también la protesta contra el acelerado ritmo de trabajo impuesto por las fábricas, que era causa de nerviosismo, irritabilidad y ansiedad. Se volvió a oír de nuevo la frase de 1968 que rezaba: «metro, trabajo, cama», actualizándola ahora como «metro, trabajo, tumba». Es decir, enfermedades mortales o suicidio como efecto de la superexplotación capitalista.
En los análisis que se hacen de la crisis actual es importante incorporar este dato perverso: el océano de sufrimiento que está siendo impuesto a la población, sobre todo a los pobres, con el propósito de salvar el sistema económico, controlado por pocas fuerzas, extremadamente fuertes, pero deshumanizadas y sin piedad. Una razón más para superarlo históricamente, además de condenarlo moralmente. En esta dirección camina la conciencia ética de la humanidad, bien representada en las distintas realizaciones del Foro Social Mundial entre otras.

Leonardo Boff

+++++

Navidad: ver con los ojos del corazón
2010-12-24
________________________________________
Estamos obligados a vivir en un mundo donde los artículos son el objeto más explícito del deseo de los niños y los adultos. Lo que se compra tiene que tener brillo y magia, si no, nadie lo compra. Habla más a los ojos codiciosos que al corazón amoroso. Dentro de esta dinámica se encuentra la figura de Papá Noel. Él es la elaboración comercial de San Nicolás –Santa Claus– cuya fiesta se celebra el día 6 de diciembre. Era obispo, nacido en el año 281 en la actual Turquía. Heredó de su familia una importante fortuna. En la época de Navidad salía vestido de obispo, todo de rojo, con un bastón y un saco con regalos para los niños. Se los entregaba con una notita donde decía que venían de parte del Niño Jesús.
Santa Claus dio origen al actual Papá Noel, creación de un dibujante de tiras cómicas norteamericano, Thomas Nast, en 1886, y posteriormente divulgado por la Coca-Cola, ya que en esta época de frío caía mucho el consumo. La imagen de ese buen viejito, vestido de rojo y con un saco a la espalda, bonachón, que da buenos consejos a los niños es la figura predominante en las calles y tiendas en tiempo de Navidad. Su patria de nacimiento habría sido Laponia, en Finlandia, donde hay mucha nieve, elfos, duendes y gnomos, y donde las personas se desplazan en trineos tirados por renos.
¿Existe Papá Noel? Fue la pregunta que Virginia, una niña de 8 años, hizo a su padre. Este le respondió: «Escribe al editor del periódico. Si él te dice que existe, es que realmente existe». Eso fue lo que hizo la niña. Y recibió esta hermosa respuesta:
Sí, Virginia, Papá Noel existe. Es tan cierto como que existen el amor, la generosidad y la devoción. Y tu sabes que todo eso existe, y da más belleza y alegría a nuestra vida. ¡Qué triste sería el mundo si no hubiese Papa Noel! Sería tan triste como si no existieran niñas como tú. No existiría la fe de los niños, ni la poesía y la fantasía que hacen nuestra existencia ligera y bonita. Pero para eso tenemos que aprender a ver con los ojos del corazón y del amor. Entonces percibimos que no hay ninguna señal de que Papá Noel no exista. ¿Que si existe Papá Noel? Gracias a Dios vive y vivirá siempre que haya niños grandes y pequeños que han aprendido a ver con los ojos del corazón.
Esto es lo que más falta nos hace hoy: la capacidad de rescatar la imaginación creadora para proyectar mejores mundos y ver con el corazón. Si existiese esto, no habría tanta violencia, ni niños abandonados ni el sufrimiento de la Madre Tierra devastada.
Para los cristianos es válida la figura del niño Jesús que tirita sobre las pajas, calentado por el aliento del buey y la mula. Me dijeron que, misteriosamente, a través de uno de los ángeles que cantaban en los campos de Belén, envió a todos los niños del mundo una tarjeta de navidad que dice:
Queridos hermanitos y hermanitas
Si miráis el pesebre y me veis ahí, sabiendo por el corazón que soy Dios-niño que no viene para juzgar sino para estar, alegre, con todos vosotros,
Si conseguís ver en los otros niños y niñas, especialmente en los más pobres, mi presencia en ellos,
Si lográis hacer renacer el niño escondido en vuestros padres y en los adultos para que surja en ellos el amor y la ternura,
Si al mirar el Belén notáis que estoy casi desnudo y os acordáis de tantos niños igualmente pobres y mal vestidos, y sufrís en el fondo de vuestros corazones por esta situación inhumana y deseáis que cambie verdaderamente,
Si al ver la vaca, el buey, las ovejas, las cabras, los perros, los camellos y el elefante, pensáis que el universo entero recibe mi amor y mi luz, y que todos, estrellas, piedras, árboles, animales y humanos formamos la gran Casa de Dios,
Si cuando miréis hacia lo alto y veáis la estrella con su cola recordáis que siempre hay una estrella sobre vosotros, que os acompaña, iluminándoos y mostrándoos los mejores caminos,
Sabed entonces que yo estoy llegando de nuevo y renovando la Navidad. Estaré siempre cerca de vosotros, caminando con vosotros, llorando con vosotros y jugando con vosotros, hasta aquel día, sólo Dios sabe cuando, en que estaremos todos juntos en la Casa de nuestro Padre y de nuestra Madre de bondad para vivir felices para siempre.
Belén, 25 de diciembre del año 1.
Firmado: Niño Jesús

Leonardo Boff

+++++

Somos los cambios que queremos en el planeta
2010-12-17
________________________________________
Esta frase que parece arrogante es en realidad el testimonio de lo que significa el proyecto «Cultivando Agua Buena», puesto en marcha por la gran central hidroeléctrica Itaipú Binacional en los límites entre Brasil y Paraguay, que involucra a cerca de un millón de personas. Los directores de la empresa, Jorge Samek y Nelton Friedrich, con sus equipos, entendieron sabiamente el desafío mundial que nos viene del calentamiento planetario y resolvieron dar una respuesta local lo más inclusiva y holística posible. Tuvo tanto éxito que se ha vuelto una referencia internacional.
Sus directores-inspiradores lo dicen claramente: «La hidroeléctrica Itaipú adoptó para sí el papel de inductora de un verdadero movimiento cultural orientado a la sostenibilidad, articulando, compartiendo, sumando esfuerzos con los diversos actores de la Cuenca Paraná 3 en torno a una serie de programas y proyectos interconectados de forma sistémica y holística, que componen Cultivando Agua Buena. Fueron creados a la luz de documentos planetarios como la Carta de la Tierra, el Tratado de Educación Ambiental para Sociedades Sostenibles, la Agenda 21 y los Objetivos del Milenio».
Han realizado algo que es verdaderamente difícil: una verdadera revolución cultural, es decir, han introducido un conjunto de principios, valores, hábitos, estilos de educación, formas de relación con la sociedad y con la naturaleza, modos de producción y de consumo que justifica el lema, escrito en todas las camisetas de los cuatro mil participantes del último gran encuentro a mediados de noviembre: «somos los cambios que queremos en el planeta».
En efecto, la gravedad de la crisis del sistema-Vida y del sistema-Tierra es de tal magnitud que ya no bastan las iniciativas de los Estados, generalmente tardías y poco eficaces. La humanidad entera, todos los saberes, las instancias sociales y las personas individuales, deben dar su contribución y tomar el destino común en sus manos. En caso contrario, difícilmente sobreviviremos colectivamente.
Christian de Duve, premio Nóbel de Fisiología 1974, nos advierte en su conocido libro Polvo Vital: la vida como imperativo cósmico (1997) que «nuestro tiempo recuerda una de aquellas importantes rupturas en la evolución, caracterizadas por extinciones en masa». Efectivamente, el ser humano se ha vuelto una fuerza geofísica destructora. Tiempo atrás eran los meteoros rasantes los que amenazaban la Tierra, hoy el meteoro rasante devastador se llama ser humano sapiens y demens, doblemente demens.
De ahí la importancia del proyecto «Cultivando Agua Buena»: mostrar que la tragedia no es fatal. Podemos realizar los cambios que van desde la organización de centenas de cursos de educación ambiental y capacitación, pasando por el afloramiento de una conciencia colectiva de corresponsabilidad y cuidado por el ambiente, la gestión compartida de las cuencas hidrográficas, el incentivo a la agricultura familiar, la creación de un refugio biológico de especies regionales, de corredores de biodiversidad uniendo varias reservas florestales, de más de 800 km de cercas de protección de la vegetación ribereña, la recuperación de todos los ríos, el cultivo de plantas medicinales, la generación de energía mediante los deshechos de cerdos y aves, la construcción de un canal de 10 km para vencer un desnivel de 120 metros y permitir la subienda de los peces, hasta la creación de un Centro Tecnológico, del Centro de Saberes y Cuidados Ambientales y de la Universidad de la Integración Latinoamericana, entre otras que no citamos.
La sostenibilidad, el cuidado y la participación/cooperación de la sociedad civil son los pilares que posibilitan este proyecto. La sostenibilidad introduce una racionalidad responsable por el uso solidario de los recursos escasos. El cuidado funda una ética de relación respetuosa con la naturaleza, curando heridas pasadas y evitando futuras, y la participación de la sociedad crea el sujeto colectivo que lleva a cabo todas las iniciativas. Tales valores son siempre revisados y pactados. El resultado final es el nacimiento de un tipo nuevo de sociedad, integrada con el ambiente, con una cultura de valorización de toda la vida, con una producción limpia y dentro de los límites del ecosistema, y con una profunda solidaridad entre todos. Un aura espiritual bienhechora recorre los encuentros como si todos se sintiesen un sólo corazón y una sola alma.
¿No es así como comienza el rescate de la naturaleza y el nacimiento de un nuevo paradigma de civilización?

Leonardo Boff

+++++

Itaipú Binacional: miniatura de la biocivilización
2010-12-10
________________________________________
Hay en la cultura mundial hoy en día mucha desesperanza y perplejidad generalizadas. No sabemos hacia donde estamos yendo. Es un vuelo ciego rumbo a lo desconocido. Lo que más duele es la falta de alternativa al modelo vigente que busca una gran acumulación con vistas al consumo acelerado, a costa de la depredación de la naturaleza y de generar clamorosas injusticias sociales a nivel mundial.
Con las «externalidades» surgidas (calentamiento global, escasez de recursos, desequilibrio global del sistema-Tierra) la sensación predominante es que el mundo no puede continuar así como está. Tenemos que cambiar. Por eso, por todas partes, surgen nuevas visiones y, especialmente, prácticas que nos devuelven cierta esperanza de que otro mundo es posible y necesario. La nueva centralidad gira en torno al cuidado de la vida, de la salvaguarda de la humanidad y de la protección del planeta Tierra. Lo que va a nacer será una biocivilización o una Tierra de la Buena Esperanza (Ignacy Sachs).
Y he aquí que en nuestro país encontramos una miniatura del deseo colectivo, una pequeña anticipación de aquello que deberá ser dominante en la humanidad: el proyecto «Cultivando Agua Buena» de la Itaipú Binacional en Foz do Iguaçú, en el Estado de Paraná.
Allí, mediante un acuerdo entre Brasil y Paraguay, se ha construido la mayor central hidroeléctrica del mundo con un reservorio de 176 kilómetros de largo, donde hay almacenados 19 mil millones de metros cúbicos de agua, utilizados por 20 turbinas que generan 14 mil megavatios.
¿Cuál fue la idea de sus directores Jorge Samek y Nelton Friedrich desde los inicios de su administración en 2003? Que el agua no se destinara sólo a producir energía eléctrica, sino también a generar todo tipo de energía necesaria a los seres que dependen vitalmente de ella, especialmente los seres humanos.
Entonces se modeló el proyecto «Cultivando Agua Buena», que involucra a los 29 municipios de alrededor de la zona, en los cuales viven cerca de un millón de personas, a través de la crianza de aves y cerdos, una iniciativa de las mayores del país. Se trata de un proyecto altamente complejo que abarca prácticamente todas las dimensiones de la realidad, dando como resultado una verdadera revolución cultural, ya que este es el propósito de los miles de personas que llevan a cabo el proyecto. Esto es exactamente lo que necesitamos: un nuevo ensayo civilizatorio, probado en miniatura, que sea viable dentro de las condiciones alteradas de la Tierra en proceso de calentamiento y de agotamiento de sus recursos. El lema lo dice todo: «un nuevo modo de ser para la sostenibilidad».
Siempre he afirmado que la sostenibilidad fue secuestrada por el proyecto del capital, vaciándola para impedir que significase un paradigma alternativo a él, que es intrínsecamente insostenible. Liberada de este cautiverio, ella adquiere el valor central de un nuevo arreglo civilizatorio que establece una relación equilibrada entre ser humano-naturaleza-desarrollo-solidaridad generacional. En Itaipú se ha conseguido instaurar esta relación feliz. Comenzaron correctamente con la sensibilización de las comunidades. Es decir, empezaron con la ampliación de las conciencias, convocando nombres notables del pensamiento ecológico, como F. Capra, Enrique Leff (Pnuma latinoamericano), Marcos Sorrentino, Carlos y Paulo Nobre entre otros. Yo mismo acompaño el proyecto desde su inicio. Definieron el espacio no por los límites arbitrarios de los municipios sino según los límites naturales de las cuencas hidrográficas. Implicaron a todas las comunidades, creando comités gestores de cada cuenca, legalizados por las alcaldías. Sabiamente se dieron cuenta de que la educación ambiental representa el motor del cambio de ser, de sentir, de producir y de consumir. ¿No es esto la inauguración de una revolución cultural? Formaron algunas centenas de instructores ambientales, llegando así a miles de personas. Está surgiendo una nueva generación que busca un modo sostenible de vivir.
En el próximo artículo quiero detallar el amplio campo de actividades que van desde el aprovechamiento de los deshechos sólidos para generar energía, hasta la innovación tecnológica con el automóvil eléctrico, la investigación sobre el hidrógeno, la creación del Centro de Saberes y Cuidados Ambientales y la Universidad Federal de la Integración Latinoamericana (UNILA).
Quien acompaña este proyecto sale con esta certeza: la humanidad es rescatable, tiene tiene arreglo; como decía Fernando Pessoa, es posible crear un mundo que todavía no ha sido ensayado.

Leonardo Boff
________________________________________

+++++

Centenario de la muerte de León Tolstoi, maestro de Gandhi
2010-12-03
________________________________________
Ocupando un lugar central en la sala de estar de mi casa hay un impresionante cuadro de un pintor polaco que muestra a Tolstoi (1828-1910) abrazado por el Cristo coronado de espinas. Está vestido como un campesino ruso y parece extenuado, como simbolizando a toda la humanidad que llega finalmente al abrazo infinito de la paz después de millones de años de ascender penosamente por el camino de la evolución. Fue un regalo que recibí del entonces Presidente de la Asamblea de la ONU, Miguel d’Escoto Brockmann, gran devoto del padre del pacifismo moderno. El día 20 de noviembre se celebró el centenario de su muerte acaecida en 1910. Tolstoi merece ser recordado no sólo como uno de los mayores escritores de la humanidad con sus novelas Guerra y Paz (1868) y Anna Karenina (1875), entre otras muchas, que forman 90 volúmenes, sino también principalmente como uno de los espíritus más comprometidos con los pobres y con la paz, siendo considerado el padre del pacifismo moderno.
A nosotros los teólogos nos interesa especialmente el libro El Reino de Dios está en vosotros, escrito después de una terrible crisis espiritual cuando tenía 50 años (1878). Frecuentó a filósofos, teólogos y sabios y nadie lo satisfizo. Entonces se sumergió en el mundo de los pobres. Allí descubrió la fe viva, «aquella que les daba posibilidad de vivir». Tolstoi consideraba esta obra la más importante de todas las que había escrito. Consideraba sus famosas novelas, según confiesa el 28/10/1895 en su Diario, como «cháchara de vendedores ambulantes para atraer parroquianos con el objetivo de venderles después algo muy diferente». Tardó tres años en terminarla (1890-1893). En Brasil fue publicada en 1994 por la Editora Rosa dos Tempos (hoy Record), con una hermosa introducción de fray Clodovis Boff, pero lamentablemente está agotada. En español ha sido publicada por Editorial Kairós este mismo año de 2010.
El Reino de Dios está en vosotros, muy pronto traducido a varias lenguas, tuvo una enorme repercusión, generando aplausos y fuertes rechazos. Pero su mayor influencia fue la que tuvo sobre Gandhi. Sumergido este también en una profunda crisis espiritual, creía todavía en la violencia como solución para los problemas sociales, cuando leyó el libro en 1894. Le causó una conmoción abisal: «la lectura del libro me curó e hizo de mí un firme seguidor de la ahimsa (no violencia)». Distribuía el libro entre amigos y se lo llevó a la prisión en 1908 para meditarlo. El apóstol de la «no-violencia activa» tuvo como maestro a León Tolstoi. …ste fue excomulgado por la Iglesia Ortodoxa y el libro vetado por el régimen zarista.
¿Cuál es la tesis central del libro? Estas palabras de Cristo: «No resistáis al mal» (Mt 5,39). Su sentido es: «No resistáis al mal con el mal». O no respondáis a la violencia con violencia. No se trata de cruzar los brazos, sino de responder a la violencia con la no-violencia activa: con la bondad, la mansedumbre y el amor. De otra manera: «no devolver, no tomar represalias, no contraatacar, no vengarse». Estas actitudes verdaderas tienen una fuerza intrínseca invencible como enseña Gandhi. Para el profeta ruso tal precepto no se restringe al cristianismo. Traduce la lógica secreta y profunda del espíritu humano que es el amor. Toca en lo sagrado que hay dentro de cada persona. Por eso el título del libro: El Reino de Dios está en vosotros.
Gandhi tradujo la no-violencia tolstoyana como no-cooperación, desobediencia civil y repudio activo a todo servilismo. Tanto él como Tolstoi sabían que el poder se alimenta de la aceptación, la obediencia ciega y la sumisión. Puesto que tanto el Estado como la Iglesia exigen estas actitudes serviles, las descalifica de forma contundente. Son instituciones que quitan la libertad, atributo inalienable y definitorio del ser humano. En el frontispicio del libro leemos esta frase de San Pablo: «no os volváis siervos de los hombres» (1Cor 7,23).
Para Tolstoi el cristianismo es menos una doctrina a ser aceptada que una práctica para ser vivida. Está delante y no detrás. Hacia atrás parece que fracasó, pero hacia delante es una fuerza todavía no totalmente experimentada. Y es urgente practicarla. Proféticamente Tolstoi percibía la irrupción de guerras violentas, como de hecho ocurrieron. La casa se está quemando y no hay tiempo para preguntar si es necesario salir o no.
Tolstoi tiene un mensaje para el momento actual pues los grandes continúan creyendo en la violencia bélica para resolver problemas políticos en Irak y en Afganistán. Pero otros tiempos vendrán. Cuando el pollito ya no puede quedarse en el huevo, rompe la cáscara con el pico y nace. Así deberá nacer una nueva era de no-violencia y de paz.

Leonardo Boff

+++++

¿Dos mujeres, dos aboliciones?
2010-11-26
________________________________________
El ascenso de las mujeres en muchos países del mundo al estatus de jefes de Estado y de gobierno es notable. Revela una mutación del estado de conciencia que se está operando dentro de la humanidad. Iniciar esta transformación fue uno de los méritos principales de la reflexión feminista, que ya alcanza a más de un siglo. Las mujeres comenzaron a verse con sus propios ojos y no ya con los ojos de los hombres. Descubrieron su identidad, su diferencia y su relación de reciprocidad y no de subordinación frente a los hombres. Elaboraron tal vez la crítica más consistente y radical de la cultura marcada por el patriarcalismo y por el androcentrismo.
El patriarcado designa una forma de organización social centrada en el poder, ejercido por los hombres dominantes, subordinando y jerarquizando a todos los demás. El androcentrismo se caracteriza por establecer como modelo para todos, las formas de pensamiento y de acción características de los hombres. Ellos son el sol, y los demás, como las mujeres u otras culturas, sus satélites y meros coadyuvantes.
El patriarcado y el androcentrismo subyacen en las principales instituciones de las sociedades actuales con las tensiones y los conflictos que provocan. A ellos se debe el surgimiento del Estado, de las leyes, de la burocracia, de la división del trabajo, del tipo de ciencia y tecnología imperantes, de los ejércitos y de la guerra. Las feministas del Tercer Mundo vieron, más allá de la dominación cultural, también la dominación social de las mujeres, hechas pobres y oprimidas por los dueños del poder. El ecofeminismo denunció la devastación de la Tierra llevada a cabo por un tipo de tecnociencia masculina y masculinizante, ya antes percibida por el filósofo de la ciencia Gaston Bachelard, pues la relación no es de diálogo y de respeto, sino de dominación y de explotación hasta el agotamiento.
Las mujeres nos ayudaron a ver que la realidad humana no está hecha sólo de razón, eficiencia, competición, materialidad, concentración de poder y de exterioridad. En ella hay afecto, gratuidad, cuidado, cooperación, interioridad, poder como servicio y espiritualidad. Tales valores son comunes a todos los humanos, pero las mujeres son las que más claramente los viven. Ser-mujer es una forma de estar en el mundo, de sentir de manera diferente el amor, de relacionar cuerpo y mente, de captar totalidades, de pensar no sólo con la cabeza sino con todo el ser y de ver las partes como pertenecientes a un Todo. Todo esto permitió que la experiencia humana fuese más completa e inclusiva y abriese un rumbo de superación a la guerra de los sexos.
Hoy, debido a la crisis que está asolando la Tierra y la biosfera, poniendo en peligro el futuro del destino humano, estos valores se vuelven urgentes, pues en ellos está la clave principal para superarla.
En este contexto veo la presencia de las mujeres al frente de los gobiernos, en este caso, a Dilma Rousseff como presidenta. La dimensión del anima llevada al interior de las relaciones de mando, puede traer humanización y más sensibilidad hacia las cuestiones ligadas a la vida, especialmente la de los más vulnerables.
En nuestra historia tuvimos una mujer, considerada la Redentora: la princesa Isabel (1846-1921). Sustituyendo a su padre Don Pedro II en viaje a Europa, en un gesto bien femenino proclamó el 28 de septiembre de 1871 la Ley del Vientre Libre. Los hijos e hijas de esclavos ya no serían esclavos en adelante. Financiaba su liberación con su dinero, protegía a los fugitivos y montaba esquemas de fuga para ellos. En otra ausencia de su padre, el 13 de mayo de 1888, hizo aprobar por el Parlamento la Ley Áurea de la abolición de la esclavitud. A uno de sus críticos que le gritó: «Vuestra Alteza liberó una raza pero perdió el trono», le respondió: «Mil tronos que tuviera, mil tronos yo daría para liberar a los esclavos de Brasil». Quería indemnizar a los ex-esclavos con recursos del Banco Mauá. Preconizaba la reforma agraria y el sufragio político de las mujeres. Fue la primera abolición.
Cabe ahora a la presidenta Dilma realizar la segunda abolición, propugnada hace años por el senador Cristovam Buarque, en un famoso libro con este mismo título: la abolición de la pobreza y de la miseria. Ella colocó como primera prioridad de su gobierno «el fin de la miseria». Esta es concretamente posible. De momento sólo es una promesa. Si realiza esta hazaña, verdaderamente mesiánica, podrá ser la segunda Redentora.
Como ciudadanos urge apoyar y reclamar la promesa e impedir que se transforme en una mala utopía. Podemos ser condenados por los poderosos pero no podemos defraudar a los pobres y a los oprimidos.

Leonardo Boff

+++++

Tipos de carisma: de la cabeza (Lula) y de las manos (Dilma) 

2010-11-19
________________________________________
Brasil ha conocido últimamente dos rupturas de magnitud histórica: eligió presidente a un obrero e, inmediatamente después, a una mujer, hija de inmigrantes búlgaros, resistente a la dictadura militar y probada en la tortura. Esto no deja de tener significado. Después de 503 años sin alternancia en el poder, tiempo en que las élites dominaron en este país, se crearon las condiciones concretas políticas y sociales para romper esta continuidad. Un hijo de la pobreza, Lula, irrumpió con un carisma avasallador que modificó el escenario político brasilero.
Ahora lo sucede una mujer, Dilma Vana Rousseff. En primer lugar es una mujer. Para quienes vienen de la cultura patriarcal y androcéntrica todavía dominante en la sociedad, y que no se han dado cuenta de la revolución cultural traída por las mujeres hace más de un siglo, el hecho de ser mujer no significa nada. En la cabeza de muchos de ellos funciona lo que enseñaba Aristóteles, repetía Tomás de Aquino y todavía se guarda en el Código de Derecho Canónico y en la psicología de Freud: la mujer es un hombre que se quedó a medio camino y no llegó todavía a su plenitud. Por eso, el lugar que le cabe es solamente de coadyuvante. Y he aquí que surge una mujer que rompe con este prejuicio y se muestra como presidenta que asume conscientemente su función. Además es una mujer que demostró ser valiente al oponerse a la truculencia de los que secuestraban, torturaban y mataban en nombre del Estado de Seguridad Nacional (entiéndase Seguridad del Capital). Una mujer que ayudó a construir una democracia abierta, sin rencor y sin odios, como se vio en la campaña presidencial, de bajísima intensidad ética, y que se calificó brillantemente como administradora en varias funciones públicas.

Ella no tiene el tipo de carisma de Lula, que es el carisma de la cabeza, que más que palabras habla cosas, que dice la verdad directa y pronuncia discursos convincentes. Ella tiene el carisma de las manos, del hacer: correcto, bien planeado y rigurosamente realizado. Sin perder su ternura de mujer, se muestra exigente, como debe ser.
Hay carismas y carismas. La categoría carisma no puede ser monopolizada por un tipo de carisma, el de la palabra creativa y la fascinación que suscita. Hay otros tipos de carisma que no necesariamente pasan por la palabra hablada. Si así fuera, Chico Buarque de Holanda no sería innegablemente el carismático que es, pues su carisma no se realiza por la palabra hablada, sino en la novela, en la poesía y genialmente en la música.
Expliquemos mejor este concepto de carisma que va más allá del sentido dado por Max Weber. Raro en la literatura griega y veterotestamentaria, fue introducido por san Pablo que lo usó decenas de veces en sus epístolas. El carisma está ligado a otras dos realidades: el Espíritu y la comunidad. El Espíritu es entendido como la fantasía de Dios, el principio divino de toda creatividad e invención. Ese Espíritu suscita todo tipo de carismas como el de la inteligencia, el consejo, la consolación de los enfermos, la enseñanza, la palabra fácil, la dirección de una comunidad. El carisma no pertenece al reino de lo extraordinario, sino al de lo ordinario de la vida, como el de cantar, hacer música y entretener a la comunidad. No existe ningún miembro ocioso: «Cada cual tiene su propio carisma, uno de un modo, otro de otro»(1Cor 7,7).
Los carismas vienen del Espíritu pero se destinan a la construcción y a la animación de la comunidad. No son para la autopromoción sino para el servicio a los demás. Definiendo: carisma es la función concreta que cada cual desempeña dentro de la comunidad para el bien de todos (1 Cor 12,7; Ef 4,7), función entendida en la fe como actuación del Espíritu Creador presente en la comunidad.
Apliquemos esto al caso Dilma. Su carisma, según se entiende más arriba, es el de la operatividad de la administración, el del gobierno, la planificación de un proyecto de Brasil y la diligencia para que sea realizado con sentido de la justicia social y ecológica, de la inclusión de los destituidos, con ética pública, transparencia en las decisiones y control de los procedimientos. Tal vez conviene que el carisma de la cabeza sea completado después con el de las manos trabajadoras.
Para que este carisma se realice no basta la voluntad de Dilma. Se necesita el apoyo de la sociedad, la buena-voluntad general y de todos los que trabajan por el bien del pueblo, comenzando por los últimos.


Leonardo Boff

+++++

¿La agroenergía sirve a la vida o al capital?
2010-11-12
________________________________________
En un artículo anterior abordábamos la energía como uno de los mayores enigmas del universo, especialmente la Energía de Fondo que sustenta el cosmos y cada ser. Ahora vamos a concentrarnos en la agroenergía, la más ansiada en los días actuales a causa del agotamiento creciente de la matriz energética fósil. Es como una especie de Arca de Noé salvadora del sistema actual.
Naturalmente, la energía, poco importa su tipo, es imprescindible para todo, particularmente es el motor de la economía de mercado, y para todas las civilizaciones.
Quien quiera tener un resumen bien fundamentado del tema en una perspectiva global, pasando por los países productores y analizando los principales agrocombustibles y la bioenergía en general, debe leer el libro de François Houtart, La agroenergía: solución para el clima o salida de la crisis para el capital (Ed. Ruth, 2009). El autor, sociólogo belga, es muy conocido en todo el tercer mundo por haber creado en Lovaina un Centro Tricontinental donde forma cuadros del más alto nivel, venidos del Gran Sur, entre ellos muchos brasileros, para actuar de forma transformadora en sus respectivos países. Es uno de los fundadores y animadores del Foro Social Mundial.
La utilización de energías renovables obedece a dos imperativos: el primero, la corta longevidad, cerca de 40 años, del petróleo; del gas, 60 y 200 para el carbón. El segundo, es la protección del medio ambiente y el control del calentamiento global que, si se descuida, pondrá en peligro toda la civilización.
Así y todo, un sustituto de la energía fósil no es alcanzable aún a medio plazo. En 2012 la agroenergía representará solamente el 2% del consumo global y podrá llegar en 2030 al 7%, suponiendo que se utilice el conjunto de las tierras cultivables de Australia, Nueva Zelanda, Japón y Corea del Sur. Si se utilizaran todas las superficies productivas de la Tierra alcanzaría el equivalente a la producción de petróleo, que es de mil cuatrocientos millones de barriles/ día. Las demandas actuales se elevan a tres mil quinientos millones, tendiendo a subir. Aquí surge un impasse sistémico, que debería de obligar a pensar en otro modo de producción y de consumo, menos energívoro.
Si hubiese sentido de futuro colectivo, compasión para con la humanidad sufriente, gran parte de ella sometida al hambre, la escasez de agua potable y todo tipo de enfermedades, y si predominase el cuidado de la Madre Tierra contra la cual estamos llevando a cabo una guerra total, en el suelo, en el subsuelo, en los aires, en los ríos y en los océanos, pensaríamos seriamente en cómo encontrar un modo de habitar el planeta con más sinergia con los ritmos de la naturaleza, con responsabilidad colectiva para la inclusión de todos y con benevolencia hacia la comunidad de vida. Ahora sería la gran ocasión. Pero nos falta sabiduría y todavía creemos en las posibilidades ilusorias del desastroso sistema capitalista que nos ha llevado al impasse actual.
El drama que envuelve a las energías alternativas reside en el hecho de que han sido secuestradas por la lógica del capital. Éste tiene como objetivo el lucro creciente y nunca toma en consideración las «externalidades», que no entran en el cálculo económico (como la degradación de la naturaleza, la polución del aire, el calentamiento global, el crecimiento de la pobreza). Solamente se toman en serio cuando son tan negativas que perjudican el sistema del capital. Por eso, no nos engañemos con las empresas que alardean del carácter «verde» de su producción. Lo «verde» vale, siempre que no afecte los lucros ni disminuya la capacidad de competencia.
Hay que decirlo con todas las palabras: la búsqueda de energías alternativas limpias no pretende forjar formas de salvar al género humano y sus capacidades vitales, sino que busca preservar la suerte del sistema del capital con su lógica del gana-pierde.
Ahora, este sistema, con flexibilidad y adaptación estremecedoras, es capaz de producir ilimitados bienes y servicios, pero siempre a costa de la dominación de la naturaleza y de la creación de perversas desigualdades sociales. Hoy se está apoyando en los límites de la Tierra cuyos recursos está extenuando. Se está realizando la profecía de Marx según la cual el capital destruiría sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y el trabajo. Estamos presenciando exactamente el cumplimiento de esta siniestra profecía.
La agroenergía no puede estar al servicio de la reanimación de un moribundo, debe reforzar la vida, que demanda otro tipo de producción y de relación no destructiva con la naturaleza. El tiempo para conseguir esto, para que no lleguemos tarde, urge.

Leonardo Boff

________________________________________

+++++

El mal uso político de la religiosidad popular
2010-11-05
________________________________________
La religiosidad popular está hoy en alza pues ha sido uno de los ejes fundamentales de la campaña electoral, especialmente en su vertiente fundamentalista. Fue inducida por la oposición y por un ala conservadora de obispos de São Paulo, sin apoyo de la CNBB, acolitada después por pastores evangélicos. Sin proyecto político alternativo, Serra descubrió que podía llegar al pueblo apelando a temas emocionales que afectan a la sensible alma popular, como el aborto y el matrimonio de homosexuales, temas que exigen amplia discusión en la sociedad, fuera de la campaña electoral. La política hecha sobre esta base es siempre una mala política porque olvida lo principal: Brasil y su pueblo, además de suscitar odios y difamaciones que van contra la naturaleza de la propia religión y que no pertenecen a la tradición brasilera.
La religiosidad popular ha sufrido históricamente todo tipo de interpretaciones, como forma decadente del cristianismo oficial. Los hijos de la primera Ilustración (Voltaire y otros) la veían como reminiscencia anacrónica de una visión mágica del mundo; los hijos de la segunda Ilustración (Marx y compañía) la consideraban como falsa conciencia, opio adormecedor y grito ineficaz del oprimido; los neodarwinistas como Dawkins la leen como un mal para la humanidad, que debe ser extirpado.
Estas lecturas son estrechas pues no hacen justicia al fenómeno religioso en sí mismo. Lo correcto es tomar la religiosidad por lo que es: como vivencia concreta de la religión en su expresión popular. Toda religión es el ropaje sociocultural de una fe, de un encuentro con Dios. En el interior de la religión se articulan los grandes temas que mueven las búsquedas humanas: qué sentido tiene la vida, el dolor, la muerte y qué podemos esperar después de esta cansada existencia. Habla del destino de las personas, que depende de los comportamientos vividos en este mundo. Su objetivo es evocar, alimentar y animar la llama sagrada del espíritu que arde dentro de las personas, a través del amor, la compasión, el perdón y la escucha del grito del oprimido, sin dejar de lado la cuestión del sentido final del universo. Por lo tanto, no es poca cosa lo que está en juego con la religión y la religiosidad. Ella existe en razón de estas dimensiones. Un uso que no respete esta naturaleza suya, significa manipulación irrespetuosa y secularista, como ha ocurrido en las elecciones actuales.
No obstante todo esto, hay que tener en cuenta las instituciones religiosas que poseen un poder y un peso social que desborda el campo religioso. Este peso puede ser instrumentalizado en diferentes direcciones: para evitar la discusión de temas fuertes, como la injusticia social y la necesidad de políticas públicas orientadas a los que más necesitan, y otros temas relevantes.
En este campo es donde se verifica la disputa por la fuerza del capital religioso. Y se ha dado de forma feroz en estas elecciones. Curiosamente el candidato de la oposición, se transformó en pastor al hacer publicar en un periódico que yo vi: «Jesús es verdad y justicia», firmado con su puño y letra, como si no nos bastasen los evangelistas para garantizarnos esta verdad. El sentido es insinuar que Jesús está de su lado, mientras que la candidata opositora es satanizada, víctima de odio y rechazo. Esto es una forma sutil de manipulación religiosa.
Un católico fervoroso me escribió que quería «cortarme en mil pedazos, quemarlos, tirarlos al fondo de un pozo y enviar mi alma a los más profundos infiernos». Todo esto en nombre de aquel que mandó que amásemos hasta a los enemigos. El pueblo brasilero no piensa así porque es tolerante y respeta las diferencias, porque cree que en el camino hacia Dios podemos siempre sumar y darnos las manos.
Lo único que no desnaturaliza la religiosidad es la práctica que potencia la capacidad de amor, que nos ayuda a la auto-contención de nuestra dimensión de sombras, nos despierta a los mejores caminos que realizan la justicia para todos, garantiza los derechos de los pobres y nos vuelve no solo más religiosos, sino fundamentalmente más humanos. ¿A quién ayuda la difamación y la mentira? Dios las abomina.

Leonardo Boff

+++++

Dilma: la importancia de una mujer en la Presidencia
2010-10-29
________________________________________
Hay dos formas principales de estar presentes en el mundo: por el trabajo y por el cuidado. Como, a diferencia de los animales, somos seres sin ningún órgano especializado, estamos obligados a trabajar para sobrevivir, es decir, tenemos que sacar de la naturaleza todo lo que necesitamos. Para ello, usamos la razón práctica, la creatividad y la tecnología. Aquí necesitamos ser objetivos y efectivos, pues en caso contrario sucumbimos a las necesidades. En la historia humana, por lo menos en Occidente, se ha instaurado la dictadura del trabajo. Este ya no es una obra sino que ha sido transformado en un medio de producción y vendido en forma de salario, lo cual implica competición y devastación atroz de la naturaleza y perversa injusticia social. Representantes principales, aunque no exclusivos, del modo de ser del trabajo son los hombres.
La segunda forma es el cuidado. Tiene en su centro la vida y las relaciones interpersonales y sociales. Todos somos hijos e hijas del cuidado, porque si nuestras madres no hubiesen tenido infinito cuidado con nosotros cuando nacimos, algunas horas después habríamos muerto y no estaríamos aquí para escribir sobre estas cosas. El cuidado tiene que ver más con sujetos que interactúan entre sí que con objetos a ser gestionados. El cuidado es un gesto amoroso para con la realidad.
El cuidado no se opone al trabajo. Le da una característica propia que es la de estar hecho de tal forma que respeta las cosas y permite que se rehagan. Cuidar significa estar junto a las cosas, protegiéndolas, y no sobre ellas, dominándolas. Ellas nunca son meros medios. Representan valores y símbolos que nos evocan sentimientos de belleza, complejidad y fuerza. Obviamente se dan resistencias y perplejidades, pero son superadas por la paciencia perseverante. La mujer tiende a colocar en el lugar de la agresividad, la convivencia amorosa. En vez de la dominación, la compañía afectuosa. La cooperación sustituye a la competición. Las mujeres son portadoras privilegiadas, pero no exclusivas, del cuidado.
Desde la más remota antigüedad, asistimos a un drama de consecuencias funestas: la ruptura entre el trabajo y el cuidado. Desde el neolítico se impuso el trabajo como búsqueda frenética de eficacia y de riqueza. Este modo de ser somete a la mujer, mata el cuidado, liquida la ternura y tensiona las relaciones humanas. Es el imperio del androcentrismo, del predominio del hombre sobre la naturaleza y la mujer. Ahora hemos llegado a un impasse fundamental: o imponemos límites a la voracidad productivista y rescatamos el cuidado o la Tierra no aguantará más.
Sentimos la urgencia de feminizar las relaciones, es decir, de reintroducir el cuidado en todos los ámbitos, especialmente en los de las personas más masacradas (dos tercios de la humanidad), la naturaleza devastada y el mundo de la política. La puerta de entrada al universo del cuidado es la razón cordial y sensible que nos permite sentir las heridas de la naturaleza y de las personas, dejarse envolver y movilizarse para humanizar las relaciones entre todos, sin descuidar la colaboración fundamental de la razón instrumental-analítica que nos permite ser eficaces.
Aquí es donde veo la importancia providencial de poder tener al frente del gobierno de Brasil a una mujer como Dilma Rousseff. Ella podrá unir las dos dimensiones: la del trabajo que busca racionalidad y eficacia (la dimensión masculina), y la del cuidado que acoge lo más pobre y sufrido y proyecta políticas de inclusión y de recuperación de la dignidad (dimensión femenina). Dilma posee el carácter de una gran y eficiente gestora (su lado de trabajo/masculino) y al mismo tiempo la capacidad de llevar adelante con ternura y compasión el proyecto de Lula de cuidar de los pobres y de los oprimidos (su lado de cuidado/femenino). Ella puede realizar el ideal de Gandhi: «la política es un gesto amoroso para con el pueblo».
En este momento dramático de la historia de Brasil y del mundo es importante que una mujer ejerza el poder como cuidado y servicio. Ella, Dilma, imbuida de esta conciencia, podrá imponer límites al trabajo devastador y podrá hacer que el desarrollo ansiado se haga con la naturaleza y no contra ella, con sentido de justicia social, de solidaridad a partir de abajo, y de una fraternidad abierta que incluye a todos los pueblos y a toda la comunidad de vida.

Leonardo Boff

+++++

Dilma: asegurar conquistas y consolidar avances
2020-10-22
________________________________________
Brasil ya dejó de «yacer tumbado en espléndida cuna». En los últimos años, particularmente bajo la administración del Presidente Lula, ha conocido transformaciones inéditas en nuestra historia. Son la consecuencia de un proyecto político que ha decido colocar la nación por encima del mercado, que concede una posición central a lo social-popular, consiguiendo integrar a millones y millones de personas, antes condenadas a la exclusión y a morir antes de tiempo. A pesar de las obligaciones que tuvo que asumir impuestas por la macroeconomía neoliberal, no se sometió a los dictámenes provenientes del FMI, del Banco Mundial y de otras instancias que dirigen el curso de la globalización económica. Abrió un camino propio, tan sostenible que afrontó con éxito la profunda crisis económico-financiera que diezmó las economías centrales y que, debido a la escasez creciente de bienes y servicios naturales y al calentamiento global, está poniendo en jaque la propia reproducción del sistema del capital.
El gobierno Lula llevó a cabo la revolución brasilera en el sentido de Caio Prado Jr. en su clásico A Revolução Brasileira (1966): «Transformaciones capaces de reestructurar la vida de un país de manera adecuada a sus necesidades más generales y profundas, y a las aspiraciones de la gran masa de su población… algo que lleve la vida del país por un nuevo rumbo». Esas transformaciones han ocurrido, las necesidades más básicas de comer, vivir, trabajar, estudiar y tener luz y salud han sido, en gran parte, satisfechas. Se ha dado un nuevo rumbo a nuestro país, rumbo que confiere la dignidad siempre negada a las grandes mayorías. Lula nunca traicionó su promesa de erradicar el hambre y de poner el acento en lo social. Su actuación ha sido tan impactante que ha sido considerado uno de los grandes líderes mundiales.
Este inestimable legado no se puede poner en peligro. A pesar de los errores y desviaciones ocurridas durante su gobierno, que hay que reconocer, corregir y sancionar, las transformaciones deben ser consolidadas y completadas. Este es el principal significado de la victoria de la candidata Dilma, que es portadora de las cualidades necesarias para «rehacer» continuadamente el nuevo Brasil.
Para esto es importante derrotar al candidato de la oposición José Serra. Él representa otro proyecto de Brasil que viene del pasado, se reviste de bellas palabras y de propuestas ilusorias pero fundamentalmente es neoliberal y no-popular, y se propone privatizar y debilitar al Estado para permitir la actuación libre del capital privado nacional, articulado con el mundial.
Los ideólogos del PSDB que apoyan a Serra consideran irreversible el proceso de globalización por la vía del mercado, a pesar de estar en crisis. Dicen: debemos insertarnos en él aunque sea de forma subalterna. En caso contrario, nos condenamos a la irrelevancia histórica. Esto aparece claramente cuando Serra aborda la política exterior. Explícitamente se alínea con las potencias centrales, imperialistas y militaristas que persisten en el uso de la violencia para resolver los problemas mundiales, ridiculizando el intento del Presidente Lula de fundar una nueva diplomacia basada en el diálogo y en la negociación sincera sobre la base del gana-gana.
El destino de Brasil dentro de esa opción, está más pendiente de las megafuerzas que controlan el mercado mundial que de las decisiones políticas de los brasileros. La autonomía de Brasil con un proyecto propio de nación que puede ayudar a encontrar un nuevo rumbo salvador a la humanidad, atribulada por tantos peligros, está totalmente ausente de su discurso.
Ese proyecto neoliberal, triunfante en los ocho años de gobierno de Fernando Henrique Cardoso, realizó hechos importantes, especialmente en la estabilización económica. Pero hizo políticas pobres para los pobres y ricas para los ricos. Las políticas sociales no pasaban de migajas. Los portadores del proyecto neoliberal son sectores ligados al agronegocio de exportación, las élites económico-financieras, modernas en el estilo de vida pero conservadoras en el pensamiento, los representantes de las multinacionales con sede en nuesto país y las fuerzas políticas de la modernización tecnológica sin transformaciones sociales.
Votar a Dilma es garantizar las conquistas hechas en favor de las grandes mayorías y consolidar un Estado, cuya Presidenta sabrá cuidar del pueblo, pues es de la esencia de lo femenino cuidar y proteger la vida en todas sus formas.

Leonardo Boff

+++++

Para Dilma Rousseff: lo femenino y la política actual
2010-10-15
________________________________________
La reflexión antropológica de los últimos años ha mostrado que masculino-femenino no son entidades autónomas, sino principios o fuentes de energía que continuamente construyen lo humano como hombre y mujer. Estos son el resultado de la acción de esos principios anteriores y subyacentes que se realizan en uno y otra en densidades diferentes.
Lo femenino en el hombre y en la mujer es ese momento de integralidad, de profundidad abisal, de capacidad de pensar con el propio cuerpo, de descifrar mensajes escondidos bajos señales y símbolos, de interioridad, de sentimiento de pertenencia a un todo mayor, de cooperación, de compasión, de receptividad, de poder generador y nutridor y de espiritualidad.
Lo masculino en la mujer y en el hombre expresa el otro polo del ser humano, polo de razón, de objetividad, de ordenación, de poder, hasta de agresividad y de materialidad. Pertenece a lo masculino en la mujer y en el hombre el movimiento para la transformación, para el trabajo, para el uso de la fuerza, para la claridad que distingue, separa y ordena. Pertenece a lo femenino en el hombre y en la mujer, la capacidad de reposo, de cuidado, de conservación, de amor incondicional, de percibir el otro lado de las cosas, de cultivar el espacio del misterio que desafía siempre a la curiosidad y al deseo de conocer.
Obsérvese: no estoy diciendo que el hombre realiza todo lo que comporta lo masculino y la mujer todo lo que expresa lo femenino. Se trata aquí de principios presentes en uno y otra, estructuradores de la identidad personal del hombre y de la mujer.
El drama de la cultura patriarcal sigue siendo el hecho de haber usurpado el principio masculino solamente para el hombre haciendo que él se juzgue el único poseedor de racionalidad, de mando, de construcción de la sociedad, y relegando a la privacidad y las tareas de dependencia a la mujer, considerada frecuentemente un apéndice, objeto de adorno y de satisfacción. Al no integrar lo femenino en sí, se volvió rígido y se deshumanizó. Por otra parte, impidiendo que la mujer realizase lo masculino en ella, la fragilizó e hizo surgir en ella un sentimiento de falta de plenitud. Ambos se empobrecieron y mutilaron la construcción de la figura del ser humano uno y diverso, recíproco e igualitario.
La superación de este obstáculo cultural es la primera condición para una relación de género más integradora y justa con cada una de las partes.
El movimiento feminista mundial puso en jaque el proyecto del patriarcado que ha dominado durante siglos y deconstruyó las relaciones de género organizadas bajo el signo de la opresión y de la dependencia. Inauguró relaciones más simétricas y cooperativas. Tales avances dejan entrever los albores de un giro del eje cultural de la humanidad. Por todas partes se esboza un nuevo tipo de manifestación de lo femenino y de lo masculino en términos asociativos, de colaboración y de solidaridad en las cuales hombres y mujeres se acogen con sus diferencias en el horizonte de una profunda igualdad personal, de origen y de destino, de tarea y de compromiso en la construcción de más benevolencia con la vida y la Tierra y de formas sociales más participativas y solidarias.
Pero en el momento actual vivimos una situación singular de la humanidad. Como especie estamos en un nuevo umbral. El calentamiento global, el agotamiento de los bienes y servicios naturales, la escasez de agua potable y el estrés del sistema-vida y del sistema-Tierra nos ponen ante este dilema: o nos parimos como otra especie humana, con otra conciencia y responsabilidad o iremos al encuentro de la oscuridad. Brasil, dada su situación ecogeográfica privilegiada, debe asumir un lugar central en la construcción del nuevo equilibrio de la Tierra o corremos el riesgo de un camino sin retorno.
En este momento se exigen como nunca antes en la historia la vivencia de los valores de lo femenino, del ánima, como los describimos arriba: dar centralidad a la vida, al cuidado, a la cooperación, a la compasión y a los valores humanos universales.
Dilma Rousseff, como mujer: despierta a tu misión histórica única. Tu candidatura es providencial para Brasil y para el equilibrio de la Madre Tierra. Que los electores, hombres y mujeres, al elegirte Presidenta, se conviertan en artífices de un proceso de regeneración y de un destino bueno para todos.

Leonardo Boff
+++++
La materia no existe. Todo es energía.
2010-10-08
________________________________________
El título de este artículo resulta una obviedad para quien entienda mínimamente la teoría de la relatividad de Einstein, que afirma que materia y energía son equivalentes. La materia es energía altamente condensada que puede ser liberada, como lo mostró lamentablemente la bomba atómica. El camino de la ciencia ha hecho más o menos el siguiente recorrido: de la materia llegó al átomo, del átomo a las partículas subatómicas, de las partículas subatómicas a los «paquetes de onda» energética, de los paquetes de onda a las supercuerdas vibratorias en once dimensiones o más, representadas como música y color. Así un electrón vibra más o menos quinientos billones de veces por segundo. La vibración produce sonido y color. El universo sería, pues, una sinfonía de sonidos y colores. De las supercuerdas se llegó, finalmente, a la energía de fondo, al vacío cuántico.
En este contexto, recuerdo siempre una frase dicha por W.Heisenberg, uno de los padres de la mecánica cuántica, en un semestre que dio en la Universidad de Munich en 1968 en el que pude participar, y que todavía suena en mis oídos: «El universo no está hecho de cosas sino de redes de energía vibratoria, emergiendo de algo todavía más profundo y sutil». Por lo tanto, la materia perdió su foco central en favor de la energía que se organiza en campos y redes.
¿Qué es ese «algo más profundo y sutil» de donde emerge todo? Los físicos cuánticos y astrofísicos lo llaman «energía de fondo» o «vacío cuántico», expresión inadecuada porque dice lo contrario de lo que la palabra vacío significa. El vacío cuántico representa la plenitud de todas las posibles energías y sus eventuales densificaciones en los seres. De ahí que hoy se prefiera la expresión pregnant void «vacío preñado» o la «fuente originaria de todo ser». No es algo que pueda ser representado en las categorías convencionales de espacio-tiempo, pues es algo anterior a todo lo que existe, anterior al espacio-tiempo y a las cuatro energías fundamentales, la gravitatoria, la electromagnética, la nuclear fuerte y la débil.
Algunos astrofísicos lo imaginan como una especie de vasto océano, sin márgenes, ilimitado, inefable, indescriptible y misterioso en el cual, como en un útero infinito, están hospedadas todas las posibilidades y virtualidades de ser. De allí emergió, sin que podamos saber cómo ni por qué, aquel puntito extremadamente lleno de energía, inimaginablemente caliente que después explotó (big bang) dando origen a nuestro universo. Nada impide que de aquella energía de fondo hayan surgido otros puntos, gestando también otras singularidades y otros universos paralelos o en otra dimensión.
Con la aparición del universo, irrumpió simultáneamente el espacio-tiempo. El tiempo es el movimiento de la fluctuación de las energías y de la expansión de la materia. El espacio no es el vacío estático dentro del cual todo sucede, sino aquel proceso continuamente abierto que permite que las redes de energía y los seres se manifiesten. La estabilidad de la materia presupone la presencia de una poderosísima energía subyacente que la mantiene en este estado. En realidad, nosotros percibimos la materia como algo sólido porque las vibraciones de la energía son tan rápidas que no alcanzamos a percibirlas con los sentidos corporales. Pero para eso nos ayuda la física cuántica, justamente porque se ocupa de las partículas y de las redes de energía, que nos abren esta visión diferente de la realidad. La energía es y está en todo. Sin energía nada podría subsistir. Como seres conscientes y espirituales, somos una realización complejísima, sutil y extremadamente interactiva de energía.
¿Qué es esa de energía de fondo que se manifiesta bajo tantas formas? No hay ninguna teoría científica que la defina. Además necesitamos de la energía para definir la energía. No hay como escapar de esta redundancia, observada ya por Max Planck.
Esta Energía tal vez sea la mejor metáfora de lo que significa Dios, cuyos nombres pueden variar, pero señalan siempre la misma Energía subyacente. Ya el Tao Te Ching (§ 4) decía lo mismo del Tao: «El Tao es vacío, imposible de colmar, y por eso, inagotable en su acción. En su profundidad reside el origen de todas las cosas y unifica el mundo».
La singularidad del ser humano es poder entrar en contacto consciente con esta Energía. Él puede invocarla, acogerla y percibirla en forma de vida, de irradiación y de entusiasmo.

Leonardo Boff
+++++
Actualizar la pedagogía ante el mundo cambiado
2010-10-01
________________________________________
Siglos de guerras, de enfrentamientos, de luchas entre pueblos y de conflictos de clase nos están dejando una amarga lección. Este método primario y reduccionista no nos ha hecho más humanos, ni nos aproxima más unos a otros, ni mucho menos nos ha traído la tan ansiada paz. Vivimos en permanente estado de sitio y llenos de miedo. Hemos alcanzado un estadio histórico que, en palabras de la Carta de la Tierra, «nos convoca a un nuevo comienzo». Esto requiere una pedagogía, fundada en una nueva conciencia y en una visión incluyente de los problemas económicos, sociales, culturales y espirituales que nos desafían.
Esta nueva conciencia, fruto de la mundialización, de las ciencias de la Tierra y de la vida y también de la ecología nos está mostrando un camino a seguir: entender que todas las cosas son interdependientes y que ni siquiera las oposiciones están fuera de un Todo dinámico y abierto. Por esto, no cabe separar sino integrar, incluir en vez de excluir; reconocer, sí, las diferencias, pero buscar también las convergencias, y en lugar del gana-pierde, buscar el gana-gana.
Tal perspectiva holística está influenciando los procesos educativos. Tenemos un maestro inolvidable, Paulo Freire, que nos enseñó la dialéctica de la inclusión y a poner «y» donde antes poníamos «o». Debemos aprender a decir «sí» a todo lo que nos hace crecer, en lo pequeño y en lo grande.
Fray Clodovis Boff acumuló mucha experiencia trabajando con los pobres en Acre y en Río de Janeiro. En la línea de Paulo Freire, nos entregó un librito que se ha convertido en un clásico: Cómo trabajar con el pueblo. Y ahora, ante los desafíos de la nueva situación del mundo, ha elaborado un pequeño decálogo de lo que podría ser una pedagogía renovada. Vale la pena transcribirlo y considerarlo, pues puede ayudarnos, y mucho.
«1. Sí al proceso de concientización, al despertar de la conciencia crítica y al uso de la razón analítica (cabeza). Pero sí también a la razón sensible (corazón) donde se enraízan los valores y de donde se alimentan el imaginario y todas las utopías.
2. Sí al ‘sujeto colectivo’ o social, al ‘nosotros’ creador de historia (‘nadie libera a nadie, nos liberamos juntos’). Pero sí también a la subjetividad de cada uno, al ‘yo biográfico’, al ‘sujeto individual’ con sus referencias y sueños.
3. Sí a la ‘praxis política’, transformadora de las estructuras y generadora de nuevas relaciones sociales, de un nuevo ‘sistema’. Y sí también a la ‘práctica cultural’ (simbólica, artística y religiosa), ‘transfiguradora’ del mundo y creadora de nuevos sentidos o, simplemente, de un nuevo ‘mundo vital’.
4. Sí a la acción ‘macro’ o societaria (en particular a la ‘acción revolucionaria’), la que actúa sobre las estructuras. Pero sí también a la acción ‘micro’, local y comunitaria (‘revolución molecular’) como base y punto de partida del proceso estructural.
5. Sí a la articulación de las fuerzas sociales en forma de ‘estructuras unificadoras’ y centralizadas. Pero sí también a la articulación en ‘red’, en la cual por una acción descentralizada, cada nudo se vuelve centro de creación, de iniciativas y de intervenciones.
6. Sí a la ‘crítica’ de los mecanismos de opresión, a la denuncia de las injusticias y al ‘trabajo de lo negativo’. Pero sí también a las propuestas ‘alternativas’, a las acciones positivas que instauran lo ‘nuevo’ y anuncian un futuro diferente.
7. Sí al ‘proyecto histórico’, al ‘programa político’ concreto que apunta hacia una ‘nueva sociedad’. Pero sí también a las ‘utopías’, a los sueños de la ‘fantasía creadora’, a la búsqueda de una vida diferente, en fin, de ‘un mundo nuevo’.
8. Sí a la ‘lucha’, al trabajo, al esfuerzo para progresar, sí a la seriedad del compromiso. Y sí también a la ‘gratuidad’ tal como se manifiesta en el juego, en el tiempo libre, o simplemente, en la alegría de vivir.
9. Sí al ideal de ser ‘ciudadano’, de ser ‘militante’ y ‘luchador’, sí a quien se entrega lleno de entusiasmo y coraje a la causa de la humanización del mundo. Pero también sí a la figura del ‘animador’, del ‘compañero’, del ‘amigo’, en palabras sencillas, sí a quien es rico en humanidad, en libertad y en amor.
10. Sí a una concepción ‘analítica’ y científica de la sociedad y de sus estructuras económicas y políticas. Pero sí también a la visión ‘sistémica’ y ‘holística’ de la realidad, vista como totalidad viva, integrada dialécticamente en sus varias dimensiones: personal, de género, social, ecológica, planetaria, cósmica y trascendente».

Leonardo Boff
+++++
Para salvar la vida: las mujeres en el poder
2010-09-10
________________________________________
Hay una feliz singularidad en la actual disputa presidencial de Brasil: la presencia de dos mujeres, Marina Silva y Dilma Rousseff. Ellas son diferentes, cada cual con su propio estilo, pero ambas con indiscutible densidad ética y con una comprensión de la política como virtud al servicio del bien común y no como técnica de conquista y uso del poder, generalmente, en beneficio de la propia vanidad o de intereses elitistas que todavía predominan en la democracia que heredamos.
Ellas surgen en un momento especial de la historia del país, de la humanidad y del planeta Tierra. Si pensamos radicalmente y llegamos a la conclusión –como han llegado notables cosmólogos y biólogos– de que el sujeto principal de las acciones no somos nosotros mismos, en un antropocentrismo superficial, sino la propia Tierra, entendida como superorganismo vivo, cargado de propósito, Gaia y Gran Madre, entonces diríamos que es la propia Tierra la que a través de estas dos mujeres nos está hablando, llamando nuestra atención y advirtiendo. Ellas son la propia Tierra que clama, la Tierra que siente y que busca un nuevo equilibrio.
Este nuevo equilibrio deberá pasar predominantemente por las mujeres y no por los hombres. Éstos, después de siglos de arrogancia, están más interesados en garantizar sus negocios que en salvar la vida y proteger el planeta. Los encuentros internacionales nos los muestran poco preparados para lidiar con temas ligados a la vida y a la preservación de la Casa Común. En este momento crucial de graves peligros, se invoca a aquellos sujetos históricos que están, por su propia naturaleza, mejor equipados para asumir misiones y acciones ligadas a la conservación y al cuidado de la vida. Son las mujeres y sus aliados, los hombres que hubieren integrado en sí las virtudes de lo femenino. La evolución las hizo estar profundamente ligadas a los procesos generadores y cuidadores de la vida. Ellas son las pastoras de la vida y los ángeles de la guarda de los valores derivados de la dimensión del anima (de lo femenino en la mujer y en el hombre), que son el cuidado, la reverencia, la capacidad de captar, en sus mínimas señales los mensajes y sentidos; sensibles a los valores espirituales como la entrega, el amor incondicional, la renuncia a favor del otro y la apertura a lo Sagrado.
El feminismo mundial trajo una crítica fundamental al patriarcalismo que viene desde el neolítico. El patriarcado originó instituciones que todavía moldean las sociedades mundiales, con la razón instrumental-analítica que separa naturaleza y ser humano y que le llevó a la dominación de los procesos de la naturaleza de forma tan devastadora que hoy se manifiesta por el calentamiento global; creó el Estado y su burocracia, pero organizado según los intereses de los hombres; proyectó un estilo de educación que reproduce y legitima el poder patriarcal; organizó ejércitos e inauguró la guerra. Afectó a otras instancias, como las religiones e iglesias cuyos dioses o actores son casi todos masculinos. El «destino manifiesto» del patriarcado es el dominium mundi (la dominación del mundo), con la pretensión de hacernos «maestros y dueños de la naturaleza» (Descartes).
Actualmente, los hombres (varones) se han hecho víctimas del «complejo de dios», al decir de un eminente psicoanalista alemán, K. Richter. Asumieron tareas divinas: dominar la naturaleza y a los otros, organizar toda la vida, conquistar los espacios exteriores y remodelar la humanidad. Todo esto ha sido sencillamente demasiado. Se sienten como un «dios de pacotilla» que sucumbe a su propio peso, especialmente porque ha proyectado una máquina de muerte, capaz de erradicarlo de la faz de la Tierra.
Ahora se hace urgente la actuación salvadora de la mujer. Damos la razón a esto que escribió hace algunos años el Fondo de las Naciones Unidas para la Población: «La raza humana ha venido saqueando de forma insostenible la Tierra y dar a las mujeres mayor poder de decisión sobre su futuro puede salvar el planeta de la destrucción». Obsérvese que no dice «mayor poder de participación a las mujeres», cosa que los hombres conceden pero de forma subordinada. Aquí se afirma: «poder de decisión sobre el futuro». Las mujeres deben asumir esta decisión, incorporando en ella a los hombres, de lo contrario, pondríamos en peligro nuestro futuro.
Este es el significado profundo, diría, providencial, de estas dos candidatas mujeres a la presidencia de Brasil: Marina Silva y Dilma Rousseff.

Leonardo Boff
+++++

Lo viejo agoniza y a lo nuevo le cuesta nacer
2010-09-03
________________________________________
Entre los muchos problemas actuales, los más desafiantes son estos tres: la grave crisis social mundial, el cambio climático y la insostenibilidad del sistema-Tierra.

La crisis social mundial deriva directamente del modo de producción que impera todavía en todo el mundo, el capitalista. Su dinámica lleva a una acumulación exacerbada de riqueza en pocas manos a costa de un espantoso pillaje de la naturaleza y del empobrecimiento de las grandes mayorías de los pueblos. Es creciente y los gritos agudos de los hambrientos y considerados «aceite quemado» no pueden ser silenciados.

Este sistema debe ser denunciado como inhumano, cruel, sin piedad y hostil a la vida. Tiene tendencia suicida y, si no es superado históricamente, podrá llevar al sistema-vida a un callejón sin salida y hasta al exterminio de la especie humana.
El segundo problema grave esta formado por el cambio climático, que se revela por eventos extremos: grandes fríos por un lado y prolongados veranos por otro. Estos cambios sintetizan un dato irreversible: la Tierra ha perdido su equilibrio y está buscando un punto de estabilidad, que se alcanzará subiendo la temperatura. Hasta dos grados centígrados de aumento, el sistema-Tierra todavía es administrable. Si no hacemos lo suficiente y el clima aumenta 4 grados centígrados (como advierten algunos centros de investigación serios), la vida tal como la conocemos ya no será posible. Habrá un paisaje siniestro: una Tierra devastada y cubierta de cadáveres.
Nunca la humanidad como un todo se había enfrentado a semejante alternativa: o cambiar radicalmente o aceptar nuestra destrucción y la devastación de la diversidad de la vida. La Tierra continuará, con las bacterias, pero sin nosotros.
Es importante entender que el problema no es la Tierra, sino nuestra relación agresiva y poco cooperativa con sus ritmos y dinámicas. Tal vez al buscar un nuevo punto de equilibrio, ella se verá forzada a reducir la biosfera, implicando la eliminación de muchos seres vivos, sin excluir seres humanos. 

El tercer problema es la insostenibilidad del sistema-Tierra. Hoy sabemos empíricamente que la Tierra es un superorganismo vivo que armoniza con sutileza e inteligencia todos los elementos necesarios para la vida a fin de producir o reproducir continuamente vidas y garantizar todo lo que ellas necesitan para subsistir.
Pero sucede que la excesiva explotación de sus recursos naturales, muchos renovables y otros no, ha impedido que ella consiga reproducirse y autorregularse con sus propios mecanismos internos. La humanidad consume actualmente un 30% más de lo que la Tierra puede reponer. De esta forma, no es ya sostenible. Hay crecientes perdidas de suelos, de aire, de aguas, de bosques, de especies vivas y de la propia fertilidad humana. ¿Cuándo van a parar estas pérdidas? Y si no paran, ¿cuál será nuestro futuro?
Esto nos obliga a un cambio de paradigma civilizatorio. Un cambio de civilización implica fundamentalmente un nuevo comienzo, una nueva relación de sinergia y de mutua pertenencia entre la Tierra y la humanidad, la vivencia de valores ligados al capital espiritual como el cuidado, el respeto, la colaboración, la solidaridad, la compasión, la convivencia pacífica, y una apertura a las dimensiones trascendentes relacionadas con nuestro sentido último, nuestro y de todo el universo.
Sin una espiritualidad, es decir, sin una experiencia radical del Ser y sin una inmersión en la Fuente originaria de todos los seres de donde nace un nuevo horizonte de esperanza, ciertamente no conseguiremos hacer una travesía feliz.
Nos enfrentamos a un problema: lo viejo todavía persiste y a lo nuevo le cuesta nacer, para usar una expresión feliz de Antonio Gramsci.
Vivimos tiempos urgentes. Las urgencias nos hacen pensar y los peligros nos obligan a crear arcas de Noé salvadoras. No nos conformamos con la actual situación de la Tierra. Pero aun así creemos que está a nuestro alcance construir un mundo del «vivir bien», en armonía con todos los seres y con las energías de la naturaleza, principalmente en cooperación con todos los seres humanos y en profunda reverencia hacia la Madre Tierra.

Leonardo Boff
+++++
La era de arrimar el hombro
2010-08-27
________________________________________
Mis artículos sobre la situación ecológica de la Tierra pueden haber suscitado en los lectores y lectoras no pocas angustias. Y es bueno que haya sido así, pues las angustias nos sacan de la inercia, nos hacen pensar, leer, conversar, discutir y buscar nuevos caminos. En tiempos sombríos como los nuestros, la tranquilidad sería una irresponsabilidad. Todos y cada uno debemos actuar rápido y juntos, porque todo es urgente. Tenemos que movilizarnos para definir un nuevo rumbo a nuestra vida en este Planeta, si queremos seguir viviendo en él.
Los tiempos de abundancia y comodidad pertenecen al pasado. Lo que está ocurriendo no es una simple crisis, sino algo irreversible. La Tierra ha cambiado sin posibilidad de volver atrás y nosotros tenemos que cambiar con ella. Ha empezado el tiempo de la conciencia de la finitud de todas las cosas, también de lo que nos parecía más perenne: la persistencia de la vitalidad de la Tierra, el equilibrio de la biosfera y la inmortalidad de la especie humana. Todas estas realidades están experimentando un proceso de caos. Al principio se presenta destructivo, dejando caer todo lo que es accidental y meramente agregado, pero enseguida, se revela creativo, dando forma nueva a lo que es perenne y esencial para la vida.
Hasta ahora vivíamos en la era del puño cerrado para dominar, subyugar y destruir. Ahora comienza la era de la mano extendida y abierta para construir, arrimando todos el hombro, en colaboración y solidaridad, «el vivir bien comunitario» y el bien común de la Tierra y de la humanidad. Adiós al inveterado individualismo y bienvenida la cooperación de todos con todos.
Como los astrofísicos y los cosmólogos nos aseguran, el universo está todavía en génesis, en proceso de expansión y de autocreación. Hay una Energía de Fondo que subyace a todos los eventos, sustenta cada ser y ordena todas las energías hacia delante y hacia arriba rumbo a formas cada vez más complejas y conscientes. Nosotros somos una emergencia creativa de ella.
Esa Energía de Fondo está siempre en acción, pero se muestra especialmente activa en momentos de crisis sistémica cuando se acumulan las fuerzas para provocar rupturas y posibilitar saltos de cualidad. Entonces es cuando ocurren las «emergencias»: algo nuevo, que todavía no existe, pero que está contenido en las virtualidades del Universo.
Estimo que estamos a las puertas de una de estas «emergencias»: la noosfera (mentes y corazones unidos), la fase planetaria de la conciencia y la unificación de la especie humana, reunida en la misma Casa Común, el planeta Tierra.
Entonces nos identificaremos como hermanos y hermanas que se sientan juntos a la mesa, para convivir, comer, beber y disfrutar de los frutos de la Madre Tierra, después de haber trabajado de forma cooperativa y respetando la naturaleza. Confirmaremos así lo que dijo el filósofo del Principio Esperanza, Ernst Bloch: «el génesis no está al principio sino al final\”.
Hago mías las palabras del padre de la ecología norteamericana, el antropólogo de las culturas y teólogo Thomas Berry: «Nunca nos faltarán las energías necesarias para forjar el futuro. Vivimos, en realidad, inmersos en un océano de Energía, mayor de lo que podemos imaginar. Esta Energía nos pertenece, no por vía de la dominación sino por vía de la invocación».
Tenemos que invocar esta Energía de Fondo. Ella siempre está ahí, disponible. Basta abrirse a ella con la disposición de acogerla y de hacer las transformaciones que ella inspira.
Por ser una Energía benéfica y creadora, ella nos permite proclamar con el poeta Thiago de Mello, en medio de los callejones sin salida y de las amenazas que pesan sobre nuestro futuro: «Está oscuro, pero canto». Sí, cantaremos el adviento de esta «emergencia» nueva para la Tierra y para la humanidad.
Porque amamos las estrellas, no tenemos miedo de la noche oscura. En las estrellas se encuentra nuestro origen, pues estamos hechos de polvo de estrellas. Ellas nos guiarán y nos harán brillar de nuevo, porque para eso aparecimos en este Planeta: para brillar. Este es el propósito del universo y el designio del Creador.

Leonardo Boff
+++++
¿Por qué continúa existiendo la Iglesia-poder?
2010-08-20
________________________________________
Voy a abordar un tema incómodo, pero ineludible: ¿cómo puede la institución-Iglesia, tal como la he descrito en un artículo previo, con características autoritarias, absolutistas y excluyentes, perpetuarse en la historia? La ideología dominante responde: «sólo porque es divina». En realidad, este ejercicio de poder no tiene nada de divino. Es exactamente lo que Jesús no quería. Él quería la hierodulia (servicio sagrado) y no la hierarquia (poder sagrado). Pero ésta última se impuso a través de los tiempos.
Las instituciones autoritarias suelen tener una misma lógica de autorreproducción. Con la Iglesia-institución no es diferente. En primer lugar, ella se juzga la única verdadera y retira el título de «iglesia» a todas las demás. Luego crea un marco riguroso: un pensamiento único, una única dogmática, un único catecismo, un único derecho canónico, una única forma de liturgia. No se tolera la crítica ni la creatividad, consideradas negativas o denunciadas como creadoras de una Iglesia paralela o de otro magisterio.
En segundo lugar, se usa la violencia simbólica del control, de la represión y del castigo, frecuentemente a costa de los derechos humanos. Fácilmente el cuestionado es marginado, se le niega el derecho de predicar, de escribir y de actuar en la comunidad. El entonces cardenal. Joseph Ratzinger, presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante su mandato castigó a más de cien teólogos. Con esta misma lógica, los pecados y crímenes de los sacerdotes pedófilos u otros delitos, como los financieros, se mantienen ocultos para no perjudicar el buen nombre de la Iglesia, sin el menor sentido de justicia hacia las víctimas inocentes.
En tercer lugar, se mitifican y casi se idolatran las autoridades eclesiásticas, principalmente el Papa, que es el «dulce Cristo en la Tierra». Pienso para mí mismo: ¿qué dulce Cristo sería el Papa Sergio (904), asesino de sus dos predecesores, o el Papa Juan XII (955), elegido a la edad de 20 años, adúltero y muerto por el marido traicionado, o peor, el Papa Benedicto IX (1033), elegido con 15 años de edad, uno de los más criminales e indignos de la historia del papado, que llegó a vender la dignidad papal por 1000 liras de plata?
En cuarto lugar, se canonizan figuras cuyas virtudes se encuadran en el sistema, como la obediencia ciega, la continua exaltación de las autoridades y el «sentir con la Iglesia (jerarquía)», muy al estilo fascista según el cual «el jefe (Duce, o Führer) siempre tiene razón».
En quinto lugar, hay personas y cristianos de naturaleza autoritaria que aprecian por encima de todo el orden, la ley y el principio de autoridad en detrimento de la lógica compleja de la vida que tiene sorpresas y exige tolerancia y adaptaciones. Ellos secundan este tipo de Iglesia, así como los regímenes políticos autoritarios y dictatoriales. Es más, hay una estrecha afinidad entre los regímenes dictatoriales y la Iglesia-poder, tal como se ha podido ver con los dictadores Franco, Salazar, Mussolini, Pinochet y otros. Los sacerdotes conservadores fácilmente son hechos obispos, y los obispos fidelísimos a Roma son promovidos, fomentando el servilismo. Este bloque histórico-social-religioso cristalizó, garantizando la continuidad de este tipo de Iglesia.
En sexto lugar, la Iglesia-poder conoce el valor de los ritos y símbolos, pues refuerzan la identidad conservadora, pero cuida menos sus contenidos, con tal que se mantengan inalterables y sean estrictamente observados.
En razón de esta rigidez dogmática y canónica, la Iglesia-institución no es vivida como hogar espiritual. Muchos emigran. Dicen sí al cristianismo y no a la Iglesia-poder con la cual no se identifican. Se dan cuenta de las distorsiones hechas a la herencia de Jesús que predicó la libertad y exaltó el amor incondicional.
No obstante estas patologías, tenemos figuras como el Papa Juan XXIII, dom Helder Câmara, don Pedro Casaldáliga, don Luiz Flávio Cappio y otros, que no reproducen el estilo autoritario, ni se presentan como autoridades eclesiásticas sino como pastores en medio del Pueblo de Dios. Pero a pesar de estas contradicciones, hay un mérito que es importante reconocer: este tipo autoritario de Iglesia nunca ha dejado de trasmitir los evangelios, aunque sea negándolos en la práctica, permitiéndonos así el acceso al mensaje revolucionario del Nazareno. Ella predica la liberación, pero generalmente son otros los que liberan.

Leonardo Boff
+++++
¿Cual es el legado de la crisis de los pedófilos en la Iglesia?
2010-08-13
________________________________________
En el siglo XVI, en pleno auge de poder de los Papas renacentistas en Roma, envueltos en escándalos de todo tipo, surgió un clamor en toda la Iglesia por su «reforma en la cabeza y en los miembros». Este clamor venía del laicado, del bajo clero y de teólogos como Lutero, Zwinglio y otros. La respuesta fue la Contrarreforma, que transformó a la Iglesia católica en un baluarte contra el movimiento de los Reformadores, endureciendo todavía más sus estructuras de poder.
Ahora, el escándalo de los sacerdotes pedófilos en varios países católicos ha hecho surgir un vigoroso clamor por reformas estructurales en la Iglesia. Este clamor no viene solamente de abajo, como en el tiempo de la Reforma, sino principalmente de arriba, de cardenales y obispos. En primer lugar, este pecado y este crimen fue abordado con una desastrosa gestión por el Vaticano. Inicialmente se intentó descalificar los hechos como «chismes mediáticos», luego se procuró ocultarlos, usando hasta el «sigilo pontificio» con el pretexto de salvaguardar la presumida santidad intrínseca de la Iglesia, después se minimizaron los hechos, o se recurrió al montaje de un complot de oscuras fuerzas laicistas contra la Iglesia y, finalmente, ante la imposibilidad de cualquier vía de disculpa y de fuga, salió a la superficie la desasosegante verdad.
El Papa tomó severas medidas contra los pedófilos, consideradas insuficientes por mucha gente en la misma Iglesia, porque no basta la «tolerancia cero» y las puniciones canónicas y civiles. Todo eso viene a posteriori, después de cometido el delito. Nada se dice de cómo evitar que tales escándalos se repitan y qué reformas introducir en la vivencia del celibato y en la educación de los candidatos al sacerdocio. No se pone como prioritaria la protección de las víctimas inocentes, muchas las cuales revelan un tenebroso vacío espiritual, fruto de la traición que sintieron por parte de la Iglesia, en una mezcla de culpa y de vergüenza.
Después, las altas autoridades se hicieron mutuamente graves acusaciones. El Card. Cristoph Schönborn de Viena acusó al Cardenal Angelo Sodano de haber ocultado, cuando era Secretario de Estado (el primer puesto después del Papa), la pedofilia de su antecesor en la sede, el Card. Hans-Herrman Groër. Obispos alemanes criticaron a su conferencia episcopal no haber sido suficientemente vigilante frente a los notorios abusos sexuales del obispo de Ausgburg Walter Mixa, obligado a renunciar. Igualmente con referencia al obispo de Brujas en Bélgica, que abusó durante 8 años de un sobrino suyo.
Es impresionante la autocrítica hecha por el arzobispo de Camberra, Mark Coleridge, reconociendo que la moral de la Iglesia concerniente al cuerpo y a la sexualidad es rígida y de estilo jansenista, creando en los seminaristas una «inmadurez institucionalizada», con tendencia a la discreción y al secreto ante los delitos, para mantener el buen nombre de la Iglesia, fruto de un triunfalismo hipócrita. El primado de Irlanda, Diarmuid Martin, se preguntó sinceramente por el futuro de la Iglesia en su país, tal ha sido el número de pedófilos en las instituciones durante muchos y largos años. Reconoce que las reformas son urgentes, pues la Iglesia «no puede quedar aprisionada en su pasado» y debe introducir cambios fundamentales en su estructura que impidan tales desvíos. Tal vez el documento más lúcido y valiente vino del obispo auxiliar de Camberra, Pat Power, que reclama «una necesaria reforma sistémica y total de las estructuras de la Iglesia». Afirma que «en la conducción de la Iglesia, toda masculina, no reside toda la sabiduría, y que ella debe escuchar la voz de los fieles». Reconoce valientemente que «si las mujeres hubieran tenido más poder de decisión, no habríamos llegado a la crisis actual».
Podríamos presentar otras voces de altas autoridades eclesiásticas, pero lo importante es constatar que este escándalo que ha afectado al capital de ética y de confianza de la Iglesia-institución, paradójicamente ha dejado un legado positivo: suscitar la cuestión de las reformas de base, aprobadas por el Concilio Vaticano II. Estas, sin embargo, fueron boicoteadas por la Curia vaticana y por los dos últimos Papas que se alinearon con una visión conservadora y contraria a toda modernidad.
Quienes amamos a la Iglesia con sus luces y sus sombras, queremos entender la actual crisis como una oportunidad suscitada por el Espíritu para que la Iglesia-institución encuentre realmente la mejor forma de transmitir la buena-nueva de Jesús y ayude a la humanidad a afrontar una crisis todavía mayor, la del sistema-vida y del sistema-Tierra, terriblemente amenazados.

Leonardo Boff
+++++
Iglesia: una lectura teológica
2010-08-06
________________________________________
En los artículos anteriores reflexionábamos sobre una cuestión particular, la del poder en la Iglesia, centralizado en el clero y en el papa, de cariz absolutista. A algunos les chocó, pero la verdad es justamente ésa. Ahora cabe una reflexión general, de cuño teológico, es decir, considerar las realidades divinas subyacentes a la Iglesia, entendida como comunidad que se forma a partir de la fe en Jesús como Hijo de Dios y Salvador universal.
Como es sabido, la intención primera de Jesús no fue la Iglesia, sino el Reino de Dios, aquella utopía radical de liberación total. Tanto es así que los evangelistas Lucas, Marcos y Juan ni siquiera conocen la palabra Iglesia. Es solamente Mateo el que habla tres veces de Iglesia. Al no realizarse el Reino, por a la ejecución judicial de Jesús, la Iglesia tomó su lugar. El Nuevo Testamento nos transmite tres formas diferentes de organizar la Iglesia: la sinagogal de san Mateo, la carismática de san Pablo y la jerárquica de los discípulos de Pablo, Timoteo y Tito. Ésta fue la que prevaleció.
En primer lugar, la Iglesia se define como comunidad de fieles. Como comunidad, se siente anclada en el Dios cristiano, que es también comunidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esto significa que la comunidad es anterior a las instancias de poder cuyo lugar está en medio de ella, como servicio de animación y de cohesión. El amor y la comunión, esencia de la Trinidad, son también la esencia teológica de la Iglesia.
Esta comunidad se sustenta sobre dos columnas: Jesucristo y el Espíritu Santo. Jesús aparece bajo dos figuras: la del hombre de Nazaret, pobre, profeta ambulante que predicó el Reino de Dios (en oposición al Reino de César) y que acabó en la cruz; la otra es la figura del resucitado que alcanzó dimensión cósmica estando presente en la materia, en la evolución y en la comunidad, como anticipación del hombre nuevo y del fin bueno del universo.
La segunda columna es el Espíritu Santo. Él estaba presente en el acto de la creación del cosmos, siempre acompaña a la humanidad y a cada persona, y llega antes que el misionero. Él suscita la espiritualidad: la vivencia del amor, del perdón, de la solidaridad, de la compasión y de la apertura a Dios. En la Iglesia Él mantiene vivo el legado de Jesús y es el responsable de su continua actualización con carismas, pensamientos creativos, ritos y lenguajes innovadores.
Bien dijo San Ireneo (+200): Cristo y el Espíritu son las dos manos del Padre, con las cuales nos alcanza y nos salva.
Cristo, por ser la encarnación del Hijo, representa el lado más permanente de la Iglesia, su carácter institucional. El Espíritu, el lado más creativo, su carácter dinámico. La Iglesia viva es simultáneamente algo estructurado pero también algo cambiante como las innovaciones que escapan al control de la institución.
Se dice también que la Iglesia concreta, como comunidad y como movimiento de Jesús, posee dos dimensiones: la petrina y la paulina. La petrina (de san Pedro = Papa) es el principio de la Tradición y de la continuidad. La dimensión paulina (de san Pablo) representa el momento de ruptura, la creatividad. Pablo dejó el suelo judío y partió hacia la inculturación en el mundo helénico. Pedro es la organización, Pablo la creación.
Pedro y Paulo se encuentran unidos en la figura del Papa, heredero y guardián de las dos vertientes, simbolizadas por los túmulos de los dos apóstoles en Roma. Ambas se pertenecen mutuamente. Pero en los últimos siglos ha predominado la dimensión petrina, casi ahogando la paulina. Tal desequilibrio ha dado origen a una organización eclesiástica centralista, con el poder en pocas manos, conservadora y resistente a lo nuevo, tanto si proviene de la Iglesia misma, como de la sociedad. El papa actual es casi exclusivamente petrino, contrario a toda modernidad.
Hoy se impone recuperar el equilibrio eclesiológico perdido. La Iglesia debe mantener la herencia intacta de Jesús (Pedro) y al mismo tiempo renovar las formas de su realización en el mundo (Pablo). Sólo así podrá superar su conservadurismo y mostrar su creatividad en la comunicación con los contemporáneos. Ella no puede ser fuente de aguas muertas, sino de aguas vivas.

Leonardo Boff
+++++
Otro modo de ser Iglesia
2010-07-30
________________________________________
Quien haya leído mi último artículo –Dónde está la verdadera crisis de la Iglesia – puede haber quedado desesperanzado. Analizaba ahí la estructura de poder de la Iglesia, centralizada, piramidal, absolutista y monárquica. Este tipo de poder no favorece el ideal evangélico de igualdad, de fraternidad ni la participación de los fieles. Mas bien cierra las puertas a la participación y al amor. Es que tal tipo de poder, por su naturaleza, necesita ser fuerte y frío. Este modelo de Iglesia-poder se presenta como «la» Iglesia, la Iglesia sin más, y -peor todavía- como querida por Cristo, cuando, como he mostrado, surgió históricamente y es solamente su instancia de animación y dirección, siendo menos del 0,1% de todos los fieles. Por lo tanto, no es toda la Iglesia sino solamente una mínima parte de ella.
Pero la Iglesia-comunidad como fenómeno religioso y movimiento de Jesús es mucho más que la institución. Aquella encuentra otras formas de organización, mucho más próximas al sueño de su Fundador y de sus primeros seguidores. Sabiamente, los obispos brasileros en su reunión anual, celebrada en Brasilia del 4 al13 de enero del presente año, confesaron: «sólo una Iglesia con diferentes modos de vivir la misma fe será capaz de dialogar significativamente con la sociedad contemporánea». Con esto destruyeron la pretensión de una única manera de ser: la de la Tradición del poder. Sin negarla, hay muchas otras maneras: la de la Iglesia de la liberación, la de los carismáticos, la de los religiosos y religiosas, la de la acción católica, hasta la del Opus Dei, la de Comunión y Liberación y la de la Nueva Canción, para nombrar sólo las más conocidas.
Pero hay una forma toda especial y muy promisoria, nacida en los años 50 del siglo pasado en Brasil y que ha adquirido relevancia mundial, pues ha sido asimilada en muchos países: las Comunidades Eclesiales de Bases (CEBs). Los obispos les dedicaron un animador«Mensaje al Pueblo de Dios sobre las CEBs». Curiosamente, ellas surgieron en el momento en que brotó en Brasil una nueva conciencia histórica. En la sociedad: el sujeto popular ansiando más participación política, y en la Iglesia: el sujeto eclesial, ansiando también más participación y corresponsabilidad eclesial. Las CEBs constituyen otro modo de ser Iglesia, cuyo sujeto principal, aunque no exclusivo, son los pobres. Su estilo es comunitario, participativo e insertado en la cultura local. Los servicios son rotativos y la elección, democrática. Articulan continuamente fe y vida, son activas en el campo religioso, creando nuevos servicios y ritos, y activas en el campo social o político, en los sindicatos, en los movimientos sociales como en el MST (Movimiento de los Trabajadores sin Tierra) o en los partidos populares.
No sabemos exactamente cuántas son, pero se calcula unas cien mil comunidades de base en Brasil, involucrando a varios millones de cristianos. Los obispos constatan su alto valor innovador y antisistémico. El mercado eliminó las relaciones de cooperación y solidaridad mientras que en las CEBs se viven relaciones fundadas en la gratuidad, en la lógica del ofrecer-recibir-retribuir. Ellas han asumido la causa ecológica, por eso, se entienden también como CEBs = comunidades ecológicas de base. Han desarrollado una fuerte espiritualidad del cuidado de la vida y de la Madre Tierra. El resultado de todo ellos ha sido más respeto, veneración y cooperación con todo lo que existe y vive.

 Las CEBs muestran cómo la memoria sagrada de Jesús puede recibir otra configuración social, centrada en la comunión, en el amor fraterno y en la alegría de testimoniar la victoria de la vida contra las opresiones. Ese es el significado existencial de la resurrección de Jesús como insurrección contra el tipo de mundo vigente.
Humildemente, los obispos declaran que ellas ayudan a la Iglesia a estar más comprometida con la vida y con el sufrimiento de los pobres. Más aún, interpelan a toda la Iglesia llamándola a la conversión, al compromiso para la transformación del mundo en un mundo de hermanos y hermanas.
Este modo de ser Iglesia puede servir de modelo para la inserción en la cultura contemporánea, urbana y globalizada. Si fuese asumido como inspiración para el proyecto del Papa Benedicto XVI de «reconquistar» Europa, seguramente tendría algún éxito. Podrían verse comunidades de cristianos, intelectuales, obreros, mujeres, jóvenes, viviendo su fe en articulación con los desafíos de sus situaciones existenciales. No pretenderían tener el monopolio de la verdad y del camino cierto, pero se asociarían a todos los que buscan seriamente un nuevo lenguaje religioso y un nuevo horizonte de esperanza para la humanidad.

Leonardo Boff
+++++
Dónde está la verdadera crisis de la Iglesia
2010-07-23
________________________________________
La crisis de la pedofilia en la Iglesia romano-católica no es nada en comparación con la verdadera crisis, esta sí, estructural, crisis que concierne a su institucionalidad histórico-social. No me refiero a la Iglesia como comunidad de fieles. Ésta sigue viva a pesar de la crisis, organizándose de forma comunitaria, y no piramidal como la Iglesia de la Tradición. La cuestión es: ¿que tipo de institución representa a esta comunidad de fe? ¿Cómo se organiza? Actualmente, ella aparece como desfasada de la cultura contemporánea y en fuerte contradicción con el sueño de Jesús, percibido por las comunidades que se acostumbraron a leer los evangelios en grupos y hacer así sus análisis.
Dicho de forma breve pero sin caricatura: la institución-Iglesia se sustenta sobre dos formas de poder: uno secular, organizativo, jurídico y jerárquico, heredado del Imperio Romano y otro espiritual, asentado sobre la teología política de San Agustín acerca de la Ciudad de Dios que él identifica con la institución-Iglesia. En su montaje concreto no cuenta tanto el Evangelio o la fe cristiana, sino estos poderes que reivindican para sí el único «poder sagrado» (potestas sacra), incluso en su forma absolutista de plenitud (plenitudo potestatis), en el estilo imperial romano de la monarquía absolutista. César detentaba todo el poder: político, militar, jurídico y religioso. El Papa, de manera semejante, detenta igual poder: «ordinario, supremo, pleno, inmediato y universal» (canon 331), atributos que solo caben a Dios. El Papa institucionalmente es un Cesar bautizado.
Ese poder que estructura la institución-Iglesia se fue constituyendo a partir del año 325 con el emperador Constantino y fue oficialmente instaurado en 392 cuando Teodosio, el Grande (+395) impuso el cristianismo como la única religión del Estado. La institución-Iglesia asumió ese poder con todos los títulos, honores y hábitos palaciegos que perduran hasta el día de hoy en el estilo de vida de los obispos, cardenales y papas.
Este poder adquirió, con el tiempo, formas cada vez más totalitarias y hasta tiránicas, especialmente a partir del Papa Gregorio VII que en 1075 se autoproclamó señor absoluto de la Iglesia y del mundo. Radicalizando su posición, Inocencio III (+1216) se presentó no sólo como sucesor de Pedro sino como representante de Cristo. Su sucesor, Inocencio IV (+1254), dio el último paso y se anunció como representante de Dios y por eso señor universal de la Tierra, y podía distribuir porciones de ella a quien quisiera, como se hizo después a los reyes de España y Portugal en el siglo XVI. Sólo faltaba proclamar infalible al Papa, lo que ocurrió bajo Pio IX en 1870. Se cerró el círculo.
Ahora bien, este tipo de institución se encuentra hoy en un profundo proceso de erosión. Después de más de 40 años de continuado estudio y meditación sobre la Iglesia (mi campo de especialización) sospecho que ha llegado el momento crucial para ella: o cambia valientemente, encuentra así su lugar en el mundo moderno y metaboliza el proceso acelerado de globalización, y ahí tendrá mucho que decir, o se condena a ser una secta occidental, cada vez más irrelevante y vaciada de fieles.
El proyecto actual de Benedicto XVI de «reconquista» de la visibilidad de la Iglesia contra el mundo secular está destinado al fracaso si no procede a un cambio institucional. Las personas de hoy ya no aceptan una Iglesia autoritaria y triste, como si fuesen a su proprio entierro. Pero están abiertas a la saga de Jesús, a su sueño y a los valores evangélicos.
Este crescendo en la voluntad de poder, imaginando ilusoriamente que viene directamente de Cristo, impide cualquier reforma de la institución-Iglesia pues todo en ella sería divino e intocable. Se realiza plenamente la lógica del poder, descrita por Hobbes en su Leviatán: «el poder quiere siempre más poder, porque el poder sólo se puede asegurar buscando más y más poder». Una institución-Iglesia que busca así un poder absoluto cierra las puertas al amor y se distancia de los sin-poder, de los pobres. La institución pierde el rostro humano y se hace insensible a los problemas existenciales, como los de la familia y la sexualidad.
El Concilio Vaticano II (1965) trató de curar este desvío por medio de los conceptos de Pueblo de Dios, de comunión y de gobierno colegial. Pero el intento fue abortado por Juan Pablo II y Benedicto XVI, que volvieron a insistir en el centralismo romano, agravando la crisis.
Lo que un día fue construido, puede ser deconstruido otro día. La fe cristiana posee fuerza intrínseca para, en esta fase planetaria, encontrar una forma institucional más adecuada al sueño de su Fundador y más en consonancia con nuestro tiempo.

Leonardo Boff
++++++
Cómo hacer la transición del viejo al nuevo paradigma
2010-07-16
________________________________________
Damos por ya realizada la demolición crítica del sistema de consumo y de producción capitalista junto con la cultura materialista que lo acompaña. O lo superamos históricamente o pondrá en gran riesgo a la especie humana.
La solución para la crisis no puede venir del propio sistema que la ha provocado. Como decía Einstein: «el pensamiento que creó el problema no puede ser el mismo que lo solucionará». Estamos obligados a pensar diferente si queremos tener futuro para nosotros y para la biosfera. Por más que se agraven las crisis, como en la zona euro, la voracidad especulativa no remite.
Lo dramático de nuestra situación reside en el hecho de que no tenemos ninguna alternativa suficientemente vigorosa y elaborada que venga a sustituir el sistema actual. No por eso debemos desistir del sueño de otro mundo posible y necesario. La sensación que vivenciamos ha sido bien expresada por el pensador italiano Antonio Gramsci: «lo viejo se resiste a morir y lo nuevo no consigue nacer».
Pero por todas partes en el mundo hay una amplia siembra de alternativas, de estilos nuevos de convivencia, de formas diferentes de producción y de consumo. Se proyectan sueños de otro tipo de geosociedad, poniendo en actividad a muchos grupos y movimientos, con la esperanza de que algo nuevo podrá brotar desde dentro del viejo sistema en erosión. Este movimiento mundial gana visibilidad en los Foros Sociales Mundiales y recientemente en la Cúpula de los Pueblos por los derechos de la Madre Tierra, realizada en abril de 2010 en Cochabamba (Bolivia).
La historia no es lineal. Se hace por rupturas provocadas por la acumulación de energías, de ideas y de proyectos que en un momento dado introducen una ruptura y entonces lo nuevo irrumpe con vigor suficiente para alcanzar hegemonía sobre todas las otras fuerzas. Se instaura entonces otro tiempo y una nueva historia comienza.
Mientras esto no suceda, tenemos que ser realistas. Por una parte, debemos buscar alternativas para no quedar rehenes del viejo sistema, y por la otra, estamos obligados a estar dentro de él, a seguir produciendo, no obstante las contradicciones, para atender las demandas humanas. En caso contrario, no evitaríamos un colapso colectivo con efectos dramáticos.
Debemos, por lo tanto, andar sobre las dos piernas: una apoyada en el suelo del viejo sistema y la otra, en el suelo nuevo, dando énfasis a este último. El gran desafío es cómo procesar la transición entre un sistema consumista que estresa a la naturaleza y sacrifica a las personas y un sistema de sostenimiento de toda vida en armonía con la Madre Tierra, con respeto a los límites de cada ecosistema y con una distribución equitativa de los bienes naturales e industriales que hemos producido. Intercambiando ideas en Cochabamba con el conocido sociólogo belga François Houtart, uno de los buenos observadores de las actuales transformaciones, convergimos en estos puntos para la transición de lo viejo a lo nuevo.
Nuestros países del Sur deben en primer lugar luchar, aun dentro del sistema vigente, por normas ecológicas y regulaciones que preserven lo más posible los bienes y los servicios naturales o traten su utilización de forma socialmente responsable.
En segundo lugar, los países del gran Sur, especialmente Brasil, no deben aceptar ser reducidos a meros exportadores de materias primas, sino incorporar tecnologías que den valor añadido a sus productos, crear innovaciones tecnológicas y orientar su economía hacia el mercado interno.
En tercer lugar, que exijan a los países importadores que contaminen lo menos posible y que contribuyan financieramente a la preservación y regeneración ecológica de los bienes naturales que importan.
En cuarto lugar, que consigan una legislación ambiental internacional más rigurosa para los que menos respetan los preceptos de una producción ecológicamente sostenible, socialmente justa, los que relajan la adaptación y la mitigación de los efectos del calentamiento global e introducen medidas proteccionistas en sus economías.
Lo más importante de todo, sin embargo, es formar una coalición de fuerzas a partir de gobiernos, instituciones, iglesias, centros de investigación y de pensamiento, movimientos sociales, ONGs y todo tipo de personas en torno a valores y principios colectivamente compartidos, bien expresados en la Carta de la Tierra, en la Declaración de los Derechos de la Madre Tierra o en la Declaración Universal del Bien Común de la Tierra y de la Humanidad (texto básico del incipiente proyecto de reinvención de la ONU) y en el Vivir Bien de las culturas originarias de las Américas.
De estos valores y principios se espera la creación de instituciones globales y, quien sabe, la organización de una gobernanza planetaria que tenga como propósito preservar la integridad y vitalidad de la Madre Tierra, garantizar las condiciones del sistema-vida, erradicar el hambre y las enfermedades prevenibles, y forjar las condiciones para una paz duradera entre los pueblos y con la Madre Tierra.

Leonardo Boff
+++++

Elogio de la siesta
2010-07-09
________________________________________
Después de que el periodista y amigo Zuenir Ventura se aventurara, en un importante periódico de Río (29/05), a exaltar los beneficios de la siesta como algo que es bueno para la salud, y más aún, que es una necesidad biológica que vuelve a las personas más inteligentes, me he animado a hacer el elogio de la siesta. Es un viejo propósito que alimento desde hace años, en los que he hecho incluso investigaciones sobre el asunto. Pretendo justificar que soy un siestero inveterado. Tan inveterado que condiciono algunas conferencias a la posibilidad de echar una pequeña siesta después del almuerzo aunque sea en una butaca o en la silla.
En Friburgo (Alemania) tomaron tan en serio mi deseo que en una sala montaron una cama de campaña para que pudiese echar la bendita siesta. Pero no lo conseguí, porque algunos alemanes tienen el mal gusto de organizar durante el almuerzo un encuentro con algún grupo que quiere conversar hasta sobre cuestiones metafísicas. El resultado es que echan a perder la comida, o uno acaba no comiendo o, lo que es peor, no le queda tiempo para echarse la indispensable siestecita.
Personalmente soy siempre recalcitrante para irme a la cama. No me gusta dormir y retraso lo más que puedo la hora de acostarme. Pero pocas cosas hay mejores, entre las gratas satisfacciones que el Creador dio a los «degradados» hijos e hijas de Adán y Eva, que una buena siesta. No es necesario que sea larga. Bastan unos 20 minutos. A excepción de los sábados y domingos, en que, como buen descendiente de italianos, tomo dos vasos de vino. No tanto por el vino sino por aquello de que propicia una siesta más profunda y más prolongada. Ahí duermo «a pierna suelta», como dicen los españoles, bien traducido por nuestra gente de Minas Gerais: “durmo de pé espalhado”.
Es misterioso el origen de la siesta, pero por su bondad intrínseca debe estar ligada al proceso de la antropogénesis, o sea, debe existir desde que apareció el ser humano. Si hasta los animales hacen siesta, ¿cómo no íbamos a hacerla los humanos, hermanos y hermanas más complejos de los animales?
Algunos creen que en Occidente fue introducida oficialmente por los monjes y los frailes. Hay un sabroso dicho español que dice: «si quieres matar a un fraile, quítale la siesta y dale de comer tarde». En España la siesta es tan sagrada que gran parte del comercio cierra durante esas horas. En los conventos pude ver que algunos frailes llegaban a ponerse el pijama para hacer la siesta, especialmente después de haber tomado unos vasitos de vino seguidos de un excelente coñac.
Se dice que Newton y Churchill tuvieron sus mejores ideas después de la siesta. Víctor Hugo habló de la siesta al referirse al león en un poema que lleva por título La meridienne du lion (la siesta del león). Baudelaire en La belle Dorothée dice inteligentemente por qué hacía siesta: «la siesta es una especie de muerte sabrosa, en la cual quien duerme, semidespierto, degusta el placer de su desaparición». René Louis, en sus Mémoires d\’un Siesteur (Memorias de un siestero) dice muy bien: «la siesta me permite observar durmiendo; es el momento en que el tiempo para y se calla». F. Audouard, en sus Pensées dice hermosamente: «En Provenza amanece dos veces: por la mañana y después de la siesta».
Aquí está para mí lo bueno de la siesta: nos brinda una segunda noche y dos nacimientos del sol. La siesta nos permite tener, en el mismo día, un segundo día. Al despertar de la siesta, todo recomienza con renovado vigor como si el día volviera a empezar.
Si me quitan la siesta, el cuerpo se venga, especialmente si estoy oyendo una charla: dormito, pestañeo y no es raro que eche una cabezadita. No puedo imaginar un día entero de actividad mental, prestando atención a tantas cosas y teniendo que ordenar no sé cuantas ideas sin una siesta reparadora.
La siesta es una sabia invención de la vida. Descansa la cabeza, hace olvidar las contrariedades y nos da la rara experiencia virtual de morir dulcemente (el sueño es una bella metáfora de la muerte) y resucitar de nuevo.

Leonardo Boff
+++++
Un diseño ecológico para la democracia
2010-07-02
________________________________________
La democracia es seguramente el más alto ideal que históricamente ha elaborado la convivencia social. El principio que subyace a la democracia es: «lo que interesa a todos debe poder ser pensado y decidido por todos».
Tiene muchas formas: la directa, como es vivida en Suiza, donde toda la población participa en las decisiones vía plebiscito.
La representativa, en la cual las sociedades más complejas eligen delegados que, en nombre de todos, discuten y toman decisiones. El gran problema actual es que la democracia representativa se muestra incapaz de reunir a las fuerzas vivas de una sociedad compleja, con sus movimientos sociales. En sociedades de gran desigualdad social, como Brasil, la democracia representativa asume características de irrealidad, cuando no de farsa. Cada cuatro o cinco años, los ciudadanos tienen la posibilidad de escoger a su «dictador» que, una vez elegido, se dedica más a hacer una política palaciega que a establecer una relación orgánica con las fuerzas sociales.
La democracia participativa que significa un avance respecto a la representativa. Fuerzas organizadas, como los grandes sindicatos, los movimientos sociales por la tierra, la vivienda, salud, educación, derechos humanos, ambientalistas y otros han crecido de tal manera que se constituyen como base de la democracia participativa: El Estado se obliga a oír y a discutir con tales fuerzas las decisiones a tomar. Se está se imponiendo por todas partes especialmente en América Latina.
Está también la democracia comunitaria que es característica de los pueblos originarios de América Latina, poco conocida y reconocida por los analistas. Nace de la estructura comunitaria de las culturas originarias de norte a sur de Abya Yala (nombre indígena para América Latina). Ella busca realizar el « vivir bien» que no es nuestro «vivir mejor» que implica que muchos vivan peor. El «vivir bien» es la búsqueda permanente del equilibrio mediante la participación de todos, equilibrio entre hombre y mujer, entre ser humano y naturaleza, equilibrio entre la producción y el consumo en la perspectiva de una economía de lo suficiente y de lo decente y no de la acumulación.
El «vivir bien» implica una superación del antropocentrismo: no es sólo la armonía con los humanos, sino con las energías de la Tierra, del Sol, de las montañas, de las aguas, de las selvas y con Dios. Se trata de una democracia sociocósmica, donde todos los elementos se consideran portadores de vida y por eso incluidos en la comunidad, respetando sus derechos.
Por último, estamos caminando hacia una superdemocracia planetaria. Algunos analistas como Jacques Attali (Breve historia del futuro, 2008) imaginan que será la alternativa salvadora ante un superconflicto que podría, dejado a su libre curso, destruir la humanidad. Esta superdemocracia parte de una conciencia colectiva que se da cuenta de la unicidad de la familia humana y de que el planeta Tierra, pequeño, con recursos escasos, superpoblado y amenazado por el cambio climático, obligará a los pueblos a establecer estrategias políticas globales para garantizar la vida de todos y las condiciones ecológicas de la Tierra.
Esta superdemocracia planetaria no anula las distintas tradiciones democráticas, sino que las hace complementarias. Esto se consigue mejor mediante el biorregionalismo. Se trata de un nuevo diseño ecológico, es decir, de otra forma de organizar la relación con la naturaleza a partir de los ecosistemas regionales. Al contrario de la globalización uniformadora, valora las diferencias y respeta las singularidades de cada región, con su cultura local, haciendo más fácil el respeto a los ciclos de la naturaleza y la armonía con la Madre Tierra. Tenemos que rezar para que este tipo de democracia triunfe; si no lo hace, no sabemos en absoluto hacia donde seremos llevados.

Leonardo Boff
+++++
La paz fundada en el paradigma del cuidado
2010-06-18
________________________________________
La voluntad de poder de un país sobre otro, el patriarcalismo cultural que todavía margina a la mujer y la explotación de la naturaleza para conseguir beneficios materiales son factores de violencia e impedimentos para la paz. El patriarcalismo debilitó la dimensión de lo femenino, que nos hace más sensibles a todos, y rebajó la inteligencia emocional, nicho del cuidado y de la experiencia ética y espiritual.
Esta parcialidad, negando la dimensión anima (lo femenino), no ha dejado de afectar fuertemente a la ética. El núcleo de la moralidad clásica heredada de los griegos y perfeccionada por Kant, Habermas y Rorty tiene como base inconsciente la experiencia del animus (lo masculino). Por eso se funda sobre dos pilastras básicas: la justicia, que se expresa en los derechos y en los deberes de los hombres (dejando invisibles a las mujeres), y la autonomía del individuo, en la idea de que solamente un ser libre puede ser un ser ético.
Pero esta visión es parcial pues deja fuera dimensiones fundamentales, propias mas no exclusivas de lo femenino (anima), como son las relaciones afectivas que se dan en la familia, con los otros, con la naturaleza y con todos los que nos sentimos relacionados. Sin tales relaciones, la sociedad pierde su rostro humano. Aquí más que justicia se necesita la categoría mayor, que es la del cuidado. El cuidado es un paradigma que se opone al de la dominación. Es aquella relación que se preocupa y se responsabiliza por el otro, que se envuelve y se deja envolver con la vida en sus muchas formas, que muestra solidaridad y compasión, cura heridas pasadas y previene heridas futuras.
La base empírica es la experiencia –tan finamente analizada por el psicoanalista inglés D. Winnicott– de que todos necesitamos ser cuidados, acogidos, valorizados y amados, y deseamos cuidar, acoger, valorar y amar. Portadoras privilegiadas, mas no exclusivas, de esta experiencia son las mujeres. Ellas están ligadas directamente a la vida que necesita cuidado, como la maternidad, la alimentación, el desvelo en la enfermedad, el acompañamiento de la educación. Estas características son propias del principio femenino (anima) que se encuentra también en el hombre y que las realiza a su manera.
En el trasfondo de esta ética del cuidado hay una antropología más fecunda que aquella tradicional, base de la ética dominante: parte del carácter relacional del ser humano. Él es fundamentalmente un ser de afecto, portador de pathos, de capacidad de sentir y de afectar y ser afectado. Además de la razón intelectual (logos) está dotado de la razón emocional, sensible y de la razón espiritual. Es un ser-con-los-otros y para-los-otros en el mundo. No existe aislado en su espléndida autonomía, vive siempre dentro de redes de relaciones concretas y se encuentra permanentemente conectado. No necesita un contrato social para poder vivir junto a otros. Su naturaleza consiste en vivir comunitariamente.
Sin duda, para tener una cultura de la paz duradera necesitamos instituciones justas, pero el funcionamiento de éstas no puede ser formal ni burocrático sino humano, cuidadoso y sensible a los contextos de las personas y de sus situaciones. Más que nada, debemos alimentar una cultura generalizada de cuidado para con la Tierra, y las personas, especialmente las más vulnerables, y de atención a las relaciones entre los pueblos para evitar la guerra.
En vez del gana-pierde pasa a funcionar el gana-gana. Con esta estrategia se disminuyen los factores de tensión y de conflicto. Para llegar a la paz son relevantes las virtudes asumidas conscientemente, como la transparencia, la disposición al diálogo y a la escucha, la acogida cálida del otro. Lo enfatizó el presidente Lula al abordar la cuestión de Irán bajo la amenaza de la truculencia estadounidense y sus aliados por causa del enriquecimiento de uranio para fines pacíficos (pretexto para controlar el petróleo y el gas).
Pero hay una dimensión subjetiva y espiritual que refuerza la búsqueda de la paz. Es la capacidad de perdón y de olvido de viejas disputas y conflictos. Hoy que las culturas se encuentran, hacen patentes las tensiones históricas que separan a los pueblos. Hay que mirar siempre hacia delante en la construcción de una nueva relación fundada en una alianza de cuidado entre todos.
Vivir este tipo de humanismo necesario está dentro de las posibilidades de nuestro ser. Es la condición de la paz duradera, considerada ya por Kant como el fundamento de la República mundial.

Leonardo Boff
+++++

La espiritualidad en la construcción de la paz
2010-06-11
________________________________________
Todos los factores y prácticas en los distintos sectores de la vida personal y social deben contribuir a la construcción de la paz tan ansiada en los días actuales. Los esfuerzos serían incompletos si no incluyésemos la perspectiva de la espiritualidad.
La espiritualidad es aquella dimensión en nosotros que responde a las preguntas últimas que acompañan siempre a nuestras búsquedas. ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Cuál es el sentido del universo? ¿Qué podemos esperar más allá de esta vida?
Las religiones suelen responder a estas inquietudes, pero ellas no tienen el monopolio de la espiritualidad. Ésta es un dato antropológico de base como la voluntad, el poder y la libido. Emerge cuando nos sentimos parte de un Todo mayor. Es más que la razón; es un sentimiento oceánico de que una Energía amorosa origina y sustenta el universo y a cada uno de nosotros.
En el proceso evolutivo del que venimos, irrumpió un día la conciencia humana. Hay un momento de esta conciencia en que ella se da cuenta de que las cosas no está lanzadas aleatoriamente ni yuxtapuestas, al azar, una al lado de la otra. Ella intuye que un «Hilo Conductor» pasa a través de ellas, las liga y las religa.
Las estrellas que nos fascinan en las noches cálidas del verano tropical, la selva amazónica en su majestad e inmensidad, los grandes ríos como el Amazonas, llamado con razón río-mar, la profusión de vida en los campos, el vocerío sinfónico de los pájaros en la selva virgen, la multiplicidad de las culturas y de los rostros humanos, el misterio de los ojos de un recién nacido, el milagro del amor entre dos personas que se quieren, todo eso nos revela cuán diverso y uno es nuestro mundo universo.
A este «Hilo Conductor» los seres humanos le han dado mil nombres, Tao, Shiva, Alá, Yahvé, Olorum y muchos más. Todo se resume en la palabra Dios. Cuando se pronuncia con reverencia este nombre algo se mueve dentro del cerebro y del corazón. Neurólogos y neurolingüistas han identificado el «punto Dios» en el cerebro. Es un punto que hace subir la frecuencia hertziana de las neuronas como si hubiesen recibido un impulso. Esto significa que en el proceso evolutivo surgió un órgano interior mediante el cual el ser humano capta la presencia de Dios dentro del universo. Evidentemente Dios no está solamente en este punto del cerebro, sino en toda la vida y en el universo entero. Sin embargo a partir de este punto quedamos habilitados para captarlo. Y todavía más, somos capaces de dialogar con Él, de elevarle nuestras súplicas, de rendirle homenaje y de agradecerle el don de la existencia. Otras veces no decimos nada. Silenciosos y contemplativos, lo sentimos solamente. Y entonces nuestro corazón se dilata a las dimensiones del universo y nos sentimos grandes como Dios o percibimos que Dios se hace pequeño como nosotros. Se trata de una experiencia de no-dualidad, de inmersión en el misterio sin nombre, de una fusión de la amada y el Amado.
Espiritualidad no es solamente saber, sino principalmente poder sentir las dimensiones de lo humano radical. El efecto es una profunda y suave paz, que viene de lo Profundo.
La humanidad necesita con urgencia esta paz espiritual. Ella es la fuente secreta que alimenta a la humanidad en todas sus formas. Irrumpe desde dentro, irradia en todas las direcciones, eleva la calidad de las relaciones y toca el corazón de las personas de buena voluntad. Esa paz esta hecha de reverencia, de respeto, de tolerancia, de comprensión benevolente de las limitaciones de los otros, y de la acogida del Misterio del mundo. Ella alimenta el amor, el cuidado, la voluntad de acoger y de ser acogido, de comprender y de ser comprendido, de perdonar y de ser perdonado.
En un mundo perturbado como el nuestro, nada hay de más sensato y noble que anclar nuestra búsqueda de la paz en esta dimensión espiritual.
Entonces la paz podrá florecer en la Madre Tierra, en la inmensa comunidad de la vida, en las relaciones entre las culturas y los pueblos, y aquietará el corazón humano cansado de tanto buscar.

Leonardo Boff
+++++

Dos cosmologías en conlicto
2010-05-21
________________________________________
El premio Nobel de economía Joseph Stiglitz ha dicho recientemente: «el legado de la crisis económico-financiera será un gran debate de ideas sobre el futuro de la Tierra». Concuerdo plenamente con él. Veo que el gran debate será en torno a las dos cosmologías presentes y en conflicto en el escenario de la historia.
Por cosmología entendemos la visión del mundo —cosmovisión— que subyace a las ideas, a las prácticas, a los hábitos y a los sueños de una sociedad. Cada cultura posee su respectiva cosmología. Mediante ella se procura explicar el origen, la evolución y el propósito del universo, y definir el lugar del ser humano dentro de él.
La nuestra actual es la cosmología de la conquista, de la dominación y de la explotación del mundo, con vistas al progreso y al crecimiento ilimitado. Se caracteriza por ser mecanicista, determinista, atomística y reduccionista. Por causa de esta cosmovisión, se crearon innegables beneficios para la vida humana, pero también contradicciones perversas como que el 20% de la población mundial controle y consuma el 80% de todos los recursos naturales, generando un foso entre ricos y pobres como nunca antes ha habido en la historia. La mitad de las grandes selvas ha sido destruida, el 65% de las tierras cultivables, perdidas, cerca de 5.000 especies de seres vivos desaparecidas anualmente y más de mil agentes químicos sintéticos, la mayoría tóxicos, esparcidos por suelo, el aire y las aguas. Se han construido armas de destrucción masiva, capaces de eliminar toda vida humana. El efecto final es el desequilibrio del sistema-Tierra que se expresa por el calentamiento global. Con los gases ya acumulados, en el 2035 se llegará fatalmente a un aumento de 2 grados centígrados, y si no se hace nada, según ciertas previsiones, a finales de siglo serán 4 ó 5 grados, lo que volverá la vida, tal como la conocemos hoy, prácticamente imposible.
El predominio de los intereses económicos especialmente especulativos, capaces de reducir países enteros a la más brutal miseria, y el consumismo han trivializado nuestra percepción del peligro que vivimos y conspiran contra cualquier cambio de rumbo.
En contraposición, está compareciendo con más fuerza cada vez, una cosmología alternativa y potencialmente salvadora. Ya tiene más de un siglo de elaboración y alcanzó su mejor expresión en la Carta de la Tierra. Se deriva de las ciencias del universo, de la Tierra y de la vida. Sitúa nuestra realidad dentro de la cosmogénesis, aquel inmenso proceso evolutivo que se inició a partir del big bang, hace cerca de 13.700 millones de años. El universo está continuamente expandiéndose, organizándose y autocreándose. Su estado natural es la evolución y no la estabilidad, la transformación y la adaptabilidad y no la inmutabilidad y la permanencia. En él todo es relación en redes y nada existe fuera de esta relación. Por eso todos los seres son interdependientes y colaboran entre sí para coevolucionar y garantizar el equilibrio de todos los factores. Por detrás de todos los seres actúa la Energía de fondo que dio origen y anima el universo y hace surgir nuevas emergencias. La más espectacular de ellas es la Tierra viva y nosotros, los seres humanos, como la porción consciente e inteligente de ella, con la misión de cuidarla.
Vivimos tiempos de urgencia. El conjunto de las crisis actuales está creando una espiral de necesidades de cambio que, si no son implementadas, nos conducirán fatalmente al caos colectivo, pero que si son asumidas, nos pueden elevar a un estadio más alto de civilización. Y es en este momento cuando la nueva cosmología se revela inspiradora. En vez de dominar la naturaleza, nos sitúa en el seno de ella en profunda sintonía y sinergia. En vez de una globalización niveladora de las diferencias, nos sugiere el biorregionalismo que valora las diferencias. Este modelo procura construir sociedades autosostenibles dentro de las potencialidades y de los límites de las biorregiones, basadas en la ecología, en la cultura local y en la participación de las poblaciones, respetando la naturaleza y buscando el «vivir bien» que es la armonía entre todos y con la madre Tierra.
Lo que caracteriza a esta nueva cosmología es el cuidado en lugar de la dominación, el reconocimiento del valor intrínseco de cada ser y no su mera utilización humana, el respeto por toda la vida y los derechos y la dignidad de la naturaleza y no su explotación.
La fuerza de esta cosmología reside en el hecho de estar más de acuerdo con las reales necesidades humanas y con la lógica del propio universo. Si optamos por ella, se creará la oportunidad de una civilización planetaria en la cual el cuidado, la cooperación, el amor, el respeto, la alegría y la espiritualidad tendrán centralidad. Será el gran giro salvador que precisamos urgentemente.

Leonardo Boff

+++++

Tomar distancia para ver mejor
2010-05-14
________________________________________
Todos estamos angustiados con las crisis por las cuales pasa la Madre Tierra y la vida humana. Y tenemos buenas razones para ello, pues nos estamos enfrentando a un futuro que puede ser de vida o de muerte. Para ver mejor la situación, tenemos que tomar un poco de distancia. Vamos a comprimir los más de 13.000 millones de años de existencia del universo en un único año cósmico. Vamos a ver cómo a lo largo de los meses fueron surgiendo todos los seres hasta los últimos segundos del último minuto del último día del año. Veamos como queda el escenario que un cosmólogo amigo me ayudó a calcular.
El 1 de enero ocurrió la Gran Explosión (el big bang).

El 1 de marzo surgieron las grandes estrellas rojas que después explotaron y de sus elementos, lanzados en todas las direcciones, se formó el actual universo. 

El 8 de mayo surgió la Vía Láctea, una entre cien mil millones.

El 9 septiembre nació el Sol, el centro de nuestro sistema.

El 1 de octubre nació la Tierra, el tercer planeta del Sol.

El 29 de octubre irrumpió la vida en el seno de un océano primitivo.
El 21 de diciembre surgieron los peces. 

El 28 de diciembre a las 8.00, los mamíferos.

El 28 de diciembre a las 18,00 horas, volaron los pájaros.

El 31 de diciembre a las 17.00 horas nacieron nuestros antepasados pre-humanos, los antropoides.
El 31 de diciembre a las 22.00 horas entra en escena el ser humano primitivo: el australopiteco.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 58 minutos y 10 segundos surgió el ser humano de hoy, llamado sapiens sapiens, portador de conciencia refleja.

El 31 de diciembre a las 23.00 horas, 59 minutos y 6 segundos nació Jesucristo, figura central del cristianismo y, para los cristianos, el salvador del mundo.

El 31 de diciembre a las 23.00 horas 59 minutos y 59,02 segundos Pedro Alvares Cabral llegó a Brasil.

El 31 de diciembre a las 23.00 horas y 59 minutos y 59,03 segundos Europa empezó a ser una sociedad industrial y a expandir su poder, explotando el mundo y creando el foso actual entre ricos y pobres.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 59 minutos y 59,54 segundos, se hizo la Independencia de Brasil.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 59 minutos y 59,56 segundos (a partir de 1950) el ritmo de la explotación y devastación ecológica se aceleró dramáticamente.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 59 minutos y 59,58 segundos Lula fue elegido presidente, un obrero en el poder.
Poco después se constató el peligroso calentamiento global que puede amenazar el futuro de la civilización.

El 31 de diciembre a las 23 horas, 59 minutos y 59,59 segundos vinimos nosotros al mundo.


El sentido de esta lectura es desbancar el antropocentrismo, es decir, esa visión que concede valor intrínseco solamente al ser humano y coloca todo lo demás a su servicio. La historia del universo muestra que no es exactamente así. El ser humano es uno de los últimos seres que han aparecido y se inserta en el movimiento general del cosmos. Pero posee una singularidad: sólo él es consciente de esta historia y de su lugar en el tiempo. Y se siente responsable por el curso bueno o desastroso de la Tierra.
El tiempo humano es más corto que el leve suspiro de un niño. Incluso así, surge en nosotros un sentimiento de gratitud hacia el universo que organizó todas las cosas de forma tal que ahora podemos estar aquí para pensar y admirar estas maravillas, llenos de respeto y reverencia. 

Y no estamos solos. El universo nos dio tantos compañeros y compañeras: las estrellas, los animales, las plantas, los pájaros y los seres humanos, todos formados por los mismos elementos cósmicos. Somos un gran Todo.
Este Todo terrestre no puede acabar miserablemente por nuestra irresponsabilidad. Vamos a superar la crisis y a seguir viviendo y brillando, pues nuestra cuna está en las estrellas.

Leonardo Boff
+++++
Historia del muñeco de sal
2010-05-07
________________________________________
En los últimos tiempos hemos dedicado nuestras reflexiones casi exclusivamente a las cuestiones ambientales y a los desafíos que el cambio climático implica para el futuro de nuestra civilización, para la producción y el consumo.
No por eso debemos descuidar los problemas cotidianos, la construcción continuada de nuestra identidad y el moldeado de nuestro sentido de ser. Es una tarea que nunca termina. Hay en ella varios retos, dos de los cuales nos desafían permanentemente y debemos encararlos: la aceptación de los propios límites y la capacidad de desapegarse.
Todos vivimos dentro de una situación existencial que, por su propia naturaleza, es limitada en posibilidades y nos impone barreras de todo tipo, de lugar, de profesión, de inteligencia, de salud, de economía, de tiempo. Entre el deseo y su realización siempre hay un desfase. A veces nos sentimos impotentes ante hechos que no podemos cambiar, como la presencia de un esquizofrénico con sus altibajos o la de un enfermo terminal. Tenemos que resignarnos ante esa limitación ineludible. No por eso tenemos que vivir tristes o impedidos de crecer. Hay que ser creativamente resignados. En vez de crecer hacia fuera podemos crecer hacia dentro, en la medida en que creamos un centro donde todas las cosas se unifican y descubrimos cómo de todo podemos aprender. Bien decía la sabiduría oriental: «si alguien siente profundamente al otro, éste lo percibirá aunque esté a miles de kilómetros de distancia». Si te modificas en tu centro, nacerá en ti una fuente de luz que se irradiará a los demás.
La otra tarea de la autorrealización es la capacidad de desapegarse. El budismo zen coloca como test de madurez personal y libertad interior la capacidad de desapegarse y de despedirse. Si nos fijamos bien, el desapego pertenece a la lógica de la vida: nos despedimos del vientre materno, después, de la niñez, de la juventud, de la escuela, de la casa paterna, de los parientes y de la persona amada. En la edad adulta nos despedimos de trabajos, de profesiones, del vigor del cuerpo y de la lucidez de la mente, que irrefrenablemente se van desgastando hasta despedirnos de la propia vida. En estas despedidas vamos dejando atrás un poco de nosotros mismos.
¿Cual es el sentido de este lento despedirse del mundo? ¿Mera fatalidad irreversible de la ley universal de la entropía? Esta dimensión es indiscutible, pero ¿no será que guarda un sentido existencial, que ha de ser explorado por el espíritu? Si fenomenológicamente somos un proyecto infinito y un vacío abisal que clama por plenitud, ¿ese desapegarse no significa crear las condiciones para que un Mayor venga a llenarnos? ¿No será que el Ser Supremo, hecho de amor y bondad, nos va quitando todo para que podamos ganar todo, más allá de la vida, cuando finalmente descansará nuestra búsqueda?
Al perder, ganamos y al vaciarnos nos llenamos. Hay quien dice que esta fue la trayectoria de Jesús, de Buda, de Francisco de Asís, de Gandhi, y de la Madre Teresa, entre otras personas.
Tal vez una historia de los maestros espirituales antiguos nos aclare el sentido de esta pérdida que se transforma en ganancia.
«Había una vez un muñeco de sal. Después de peregrinar por tierras áridas llegó a descubrir el mar que nunca antes había visto y por eso no conseguía comprenderlo. El muñeco de sal le preguntó: «¿Tú quien eres?» Y el mar le respondió: «Soy el mar». El muñeco de sal volvió preguntar: «¿Pero qué es el mar?» Y el mar contesto: «Soy yo». «No entiendo», dijo el muñeco de sal, «pero me gustaría mucho entenderte. ¿Qué puedo hacer?» El mar simplemente le dijo: «Tócame». Entonces el muñeco de sal, tímidamente, tocó el mar con la punta de los dedos del pie y notó que aquello empezaba a ser comprensible, pero luego se dio cuenta de que habían desaparecido las puntas de los pies. «¡Uy, mar, mira lo que me hiciste!» Y el mar le respondió: «Tú me diste algo de ti y yo te di comprensión. Tienes que darte todo para comprenderme todo». Y el muñeco de sal comenzó a entrar lentamente mar adentro, despacio y solemne, como quien va a hacer la cosa más importante de su vida. A medida que iba entrando, iba también diluyéndose y comprendiendo cada vez más al mar. El muñeco de sal seguía preguntando: «Qué es el mar?». Hasta que una ola lo cubrió por entero. En el ultimo momento, antes de diluirse en el mar, todavía pudo decir: «Soy yo».
Se desapegó de todo y ganó todo: el verdadero yo.

Leonardo Boff
+++++
La Conferencia Mundial de los Pueblos
2010-04-30
________________________________________
Como es sabido, en diciembre de 2009 se celebró en Copenhague la Conferencia Mundial de los Estados sobre el clima. En ella no se llegó a ningún consenso porque fue dominada por la lógica del capital y no por la lógica de la ecología. Esto significa que los delegados y jefes de Estado presentes atendieron más a sus intereses económicos que a los intereses reales o globales de sus pueblos. La cuestión para ellos era: cuánto dejo de ganar aceptando preceptos ecológicos que buscan purificar el planeta, garantizar así las condiciones para la continuidad de la vida. No se veía el todo, la vida y la Tierra, sino los intereses particulares de cada país.
La lógica ecológica ve el interés colectivo, pues pretende el equilibrio entre ser humano y naturaleza, entre producción, consumo y capacidad de reposición de los recursos y servicios de la Tierra. Rompiendo esta ecuación, cosa que el modo de producción capitalista viene haciendo desde hace siglos, surgen efectos no deseados, llamados «externalidades»: devastación de la naturaleza, graves injusticias sociales, desconsideración de las necesidades de las futuras generaciones y el efecto irreversible del calentamiento global que, en el límite, puede dar al traste con todo.
En Cochabamba (Bolivia) se vio exactamente lo contrario: el triunfo de la lógica de la ecología y de la vida. Entre el 19 y 23 de abril se celebró la Cumbre Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra. Allí había 35.500 representantes de los pueblos de la Tierra, venidos de 142 países. La centralidad la ocupaba la Tierra, considerada como Pachamama, gran Madre, su dignidad y derechos, la vida en toda su inmensa diversidad (superación de cualquier antropocentrismo), nuestra responsabilidad común para garantizar las condiciones ecológicas, sociales y espirituales que nos permiten vivir, sin amenazas, en este planeta.
Las 17 mesas de trabajo, al contrario de Copenhague, llegaron a un consenso extraordinario, pues todos tenían en la mente y en el corazón el amor a la vida y a la Pacha Mama «con la cual todos tenemos una relación indivisible, interdependiente, complementaria y espiritual» como dice el documento final.
En lugar del capitalismo competitivo, del progreso y del crecimiento ilimitado, hostil al equilibrio con la naturaleza, se colocó «el vivir bien», categoría central de la cosmología andina, como verdadera alternativa para la humanidad, que consiste en vivir en armonía consigo mismo, con los otros, con la Pachamama, con las energías de la naturaleza, del aire, del suelo, de las aguas, de las montañas, de los animales y de las plantas y en armonía con los espíritus y con la Divinidad, sustentada por una economía de lo suficiente y decente para todos, incluidos los demás seres.
Se elaboró una Declaración de los Derechos de la Madre Tierra que prevé entre otros: el derecho a la vida y a la existencia; el derecho a ser respetada; el derecho a continuar sus ciclos y procesos vitales libre de alteraciones humanas; el derecho a mantener su identidad e integridad con sus seres diferenciados e interrelacionados; el derecho al agua como fuente de vida; el derecho al aire limpio; el derecho a la salud integral; el derecho a estar libre de contaminación y polución, de desechos tóxicos y radioactivos; el derecho a una restauración plena e inmediata de las violaciones infringidas por las actividades humanas.
Se previó también la creación de un Tribunal Internacional de Justicia Climática y Ambiental, con capacidad jurídica y vinculante de prevenir, juzgar y sancionar a los Estados, empresas y personas por acciones u omisiones que contaminen y provoquen cambios climáticos, y que cometan graves atentados a los ecosistemas que garantizan el «vivir bien».
Se resolvió llevar los resultados de esta Cumbre de los Pueblos a la ONU para que sus contenidos sean contemplados en la próxima Conferencia Mundial que va a tener lugar en noviembre/diciembre de este año en Cancún (México).
El significado más profundo de esta cumbre es la convicción, creciente entre los pueblos, de que no podemos confiar más el destino de la vida y de la Tierra a los jefes de Estado, rehenes de sus dogmas capitalistas. Brasil lamentablemente no envió ningún representante, pues para el actual gobierno parece ser más importante la «aceleración del crecimiento» que garantizar el futuro de la vida. Esta Cumbre de los Pueblos señaló certeramente la dirección para una bio-civilización en equilibrio de todos con todos y con todo.

Leonardo Boff
+++++
La Tierra: sujeto de dignidad y de derechos
2010-04-23
________________________________________
Un tema central de la Cumbre de los Pueblos sobre el Cambio Climático, reunida en Cochabamba del 19 al23 de abril, convocada por el Presidente de Bolivia, Evo Morales, es el de la subjetividad de la Tierra, su dignidad y sus derechos. El tema es relativamente nuevo, pues dignidad y derechos estaban reservados hasta ahora solamente a los seres humanos, portadores de conciencia e inteligencia. Predomina todavía una visión antropocéntrica como si fuésemos nosotros exclusivamente los portadores de dignidad. Olvidamos que somos parte de un todo mayor. Como dicen renombrados cosmólogos, si el espíritu está en nosotros es señal de que estaba antes en el universo del cual somos fruto y parte.
Una tradición que se remonta a los orígenes más ancestrales entendió siempre la Tierra como la Gran Madre que nos genera y nos proporciona todo lo que necesitamos para vivir. Las ciencias de la Tierra y de la vida vinieron, por la vía científica, a confirmarnos esta visión. La Tierra es un superorganismo vivo, Gaia, que se autorregula para ser siempre apta para mantener la vida en el planeta. La propia biosfera es un producto biológico, pues se origina de la sinergia de los organismos vivos con todos los demás elementos de la Tierra y del cosmos. Ellos crearon el hábitat adecuado para la vida, la biosfera. Por lo tanto, no es solamente que sobre la Tierra hay vida; la Tierra misma está viva, y como tal, posee un valor intrínseco y debe ser respetada y cuidada como todo ser vivo. Este es uno de los títulos de su dignidad y la base real de su derecho a existir y a ser respetada como los demás seres.
Los astronautas nos dejaron este legado: vista desde fuera de la Tierra, Tierra y Humanidad forman una única entidad; no pueden ser separadas. La Tierra es un momento de la evolución del cosmos, la vida es un momento de la evolución de la Tierra, y la vida humana, un momento posterior de la evolución de la vida. Por eso, con razón, podemos decir: el ser humano es aquel momento en que la Tierra comenzó a tener conciencia, a sentir, a pensar y a amar. Somos la parte consciente e inteligente de la Tierra.
Si los seres humanos poseen dignidad y derechos, como es de consenso entre los pueblos, y si Tierra y seres humanos constituyen una unidad indivisible, entonces podemos decir que la Tierra participa de la dignidad y de los derechos de los seres humanos.
Por eso no puede sufrir una agresión sistemática, explotación y depredación por un proyecto de civilización que solamente la ve como algo sin inteligencia, y por eso la trata sin ningún respeto, negándole valor autónomo e intrínseco, en función de la acumulación de bienes materiales. Es una ofensa a su dignidad y una violación de su derecho de poder continuar entera, limpia y con capacidad de reproducción y de regeneración. Por eso, está en discusión en la ONU el proyecto de un Tribunal de la Tierra que castigue a quien viole su dignidad, deforeste y contamine sus océanos, y destruya sus ecosistemas, vitales para el mantenimiento de los climas y de la vida.
Finalmente, hay un último argumento que se deriva de una visión cuántica de la realidad. Ésta constata, siguiendo a Einstein, Bohr y Heisenberg, que todo, en el fondo, es energía en distintos grados de densidad. La propia materia es energía altamente interactiva. La materia, desde los hadrones y los topquarks, no posee solamente masa y energía. Todos los seres son portadores de información. El juego de las relaciones de todos con todos, hace que ellos se modifiquen y guarden las informaciones de esta relación. Cada ser se relaciona con los otros a su manera de tal forma que se puede decir que surgen niveles de subjetividad y de historia. La Tierra en su larga historia de más de cuatro mil millones de años guarda esta memoria ancestral de su trayectoria evolutiva. Ella tiene subjetividad e historia. Lógicamente es diferente de la subjetividad y de la historia humana, pero la diferencia no es de principio (todos están conectados) sino de grado (cada uno lo tiene a su manera).
Es una razón más para entender, con los datos de la ciencia cosmológica más avanzada, que la Tierra posee dignidad y por eso es portadora de derechos. Por nuestra parte tenemos el deber de cuidarla, amarla, y mantenerla saludable para que siga generándonos y ofreciéndonos los bienes y servicios que nos presta.
Ahora empieza el tiempo de una bio-civilización, en la cual Tierra y Humanidad, dignas y con derechos, reconocen su recíproca pertenencia, su origen y destino comunes.

Leonardo Boff
+++++

Rio: faltan «profetas de la ecología»
2010-04-16
________________________________________
Entre el 5 y el 8 de abril del presente año, el Estado de Rio de Janeiro (la ciudad y otras vecinas, especialmente Niterói) conoció la mayor inundación de los últimos 48 años. Hubo grandes inundaciones en las calle principales, deslizamientos de laderas, ascenso de un metro y medio del nivel de la Laguna Rodrigo de Freitas, provocada en parte por la marea alta que impidió el desagüe de las aguas pluviales. Lo más terrible fue la muerte de centenares de personas, enterradas por toneladas de tierra, árboles, piedras y basura.
Tres parecen ser las principales causas que originaron esta tragedia, que de tiempo en tiempo se abate sobre la ciudad, encantadora por su paisaje que combina mar, montaña y bosque, y por su población alegre y acogedora.
La primera son las inundaciones propiamente dichas, típicas de estas áreas subtropicales. Pero con un agravante, que es el calentamiento planetario. La tragedia de Rio debe ser analizada en el contexto de otras que han ocurrido en el sur del país, con huracanes y lluvias prolongadas con enormes corrimientos de tierras y centenares de víctimas, y en la ciudad de São Paulo, que sufrió durante más de un mes inundaciones que dejaron barrios enteros ininterrumpidamente debajo de las aguas. Algunos analistas hablan de cambios en los ciclos hidrológicos causados por el calentamiento de las aguas del Atlántico, como ya ocurre en el Pacífico. Este cuadro tenderá a repetirse con más frecuencia y hasta con más intensidad a medida que el calentamiento planetario se vaya agravando.
La tragedia climática trajo a la luz la tragedia social vivida por las poblaciones más necesitadas. Ésta es la segunda causa. Hay más de 500 favelas (comunidades pobres), colgadas en las laderas de las montañas que serpentean la ciudad. No es que ellas tengan la culpa de los deslizamientos de tierras, como señalaba el gobernador. La gente vive en estas zonas de riesgo porque simplemente no tiene adonde ir. Hay una notable insensibilidad general hacia los pobres, fruto del elitismo de nuestra tradición colonial y esclavista. El Estado está organizado no para atender a toda a la población, sino principalmente a las clases acomodadas. Nunca ha habido una política pública consistente que incluyese a las favelas como parte de la ciudad y, por tanto, las urbanizase, garantizándoles habitación segura, infraestructura de alcantarillado, agua y luz y, no en último lugar, transporte. Siempre ha habido políticas pobres para los pobres, que son la gran mayoría de la población, y políticas ricas para los ricos. La consecuencia de esta desatención se revela en los desastres que acaban con la vida de centenares de personas.
La tercera causa es la que yo llamaría falta de «profetas de la ecología». Observando la calles y avenidas inundadas se veía flotando sobre las aguas todo tipo de basura, sacos llenos de desperdicios, botellas de plástico, cajas de madera, y hasta sofás y armarios. Es decir, la población no había incorporado una actitud ecológica mínima de cuidar la basura que produce. Esa basura taponó las alcantarillas y otros sumideros de las aguas pluviales, lo que provocó la subida repentina de las aguas torrenciales y la lentitud de su evacuación.
Porto Alegre, en el Estado de Rio Grande del Sur, nos ofrece un buen ejemplo. Bajo la orientación de un hermano marista, Antônio Cecchin, que viene trabajando desde hace años en los medios pobres que hay alrededor de la ciudad, se organizó la instalación de centenares de recogedores de basura. Hizo levantar unos veinte grandes galpones cerca del centro, en la punta de la Isla Grande de los Marineros, donde la basura se selecciona, se limpia y se vende a diferentes fábricas que la reutilizan.
Hizo tomar conciencia a los basureros de que con su trabajo están ayudando a mantener la ciudad limpia para que sea un lugar en el que se pueda vivir con alegría. Con orgullo los basureros escribieron con grandes letras, detrás de cada carrito, su título de dignidad: «Profetas de la Ecología».
Asumieron como ideal las palabras de uno de nuestros mayores ecologistas, José Lutzenberger: «Un sólo basurero hace más por el medio ambiente en Brasil que el propio ministro del medio ambiente«. Si existiesen estos «profetas de la ecología» en el Estado de Río de Janeiro, las inundaciones serían menos avasalladoras y se salvarían centenares de vidas.

Leonardo Boff
+++++
El principio gana-gana
2010-04-09
________________________________________
Si miramos el mundo como un todo, nos damos cuenta de que casi nada funciona como es debido. La Tierra está enferma. Y como, por ser humanos, también somos Tierra —hombre viene de humus—, nos sentimos asimismo en cierta manera enfermos.
Parece evidente que no podemos proseguir en ese rumbo, pues nos llevaría a un abismo. Hemos sido tan insensatos en las últimas generaciones que hemos construido el principio de autodestrucción, al que hay que sumar el calentamiento global irreversible. Esto no es una fantasía de Hollywood. Entre aterrados y perplejos, nos preguntamos: ¿cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo vamos a escapar de esta situación global sin salida? ¿Qué colaboración puede aportar cada persona?
En primer lugar, hay que entender cuál es el eje estructurador de la sociedad-mundo, principal responsable de este peligroso itinerario. Es el tipo de economía que hemos inventado, con la cultura que la acompaña, que es de acumulación privada, de consumismo no solidario al precio de saquear la naturaleza. Todo se ha hecho mercancía para el intercambio competitivo. Dentro de esta dinámica sólo el más fuerte gana. Los otros pierden, o se agregan como socios subalternos o desaparecen. El resultado de esta lógica de competición de todos contra todos y de la falta de cooperación es la transferencia fantástica de riqueza para unos pocos fuertes, los grandes consorcios, al precio del empobrecimiento general.
Hay que reconocer que durante siglos, este intercambio competitivo ha conseguido abrigar a todos, mal que bien, bajo su paraguas. Creó mil facilidades para la existencia humana. Pero hoy, las posibilidades de este tipo de economía están agotándose como lo ha puesto en evidencia la crisis económico-financiera de 2008. La gran mayoría de los países y de las personas se encuentran excluidas. Brasil mismo no pasa de ser un socio subalterno de los grandes, para el cual se reserva la función de ser un exportador de materias primas y no un productor de innovaciones tecnológicas que le darían los medios de moldear su propio futuro. Todavía no nos hemos descolonizado totalmente.
O cambiamos o la Tierra corre peligro. ¿Dónde buscar el principio articulador de otra forma de vivir juntos, de un sueño nuevo hacia delante? En momentos de crisis total y estructural debemos consultar la fuente originaria de todo: la naturaleza. Ella nos enseña lo que las ciencias de la Tierra y de la vida hace mucho nos están diciendo: la ley básica del universo no es la competición, que divide y excluye, sino la cooperación, que suma e incluye. Todas las energías, todos los elementos, todos los seres vivos, desde las bacterias a los seres más complejos son interdependientes. Una urdimbre de conexiones los envuelve por todas partes, haciéndolos seres cooperativos y solidarios, contenido mayor del proyecto socialista. Gracias a esta urdimbre hemos llegado hasta aquí y podemos tener futuro por delante.
Aceptado este dato, estamos en condición de formular una salida para nuestras sociedades. Hay que hacer de la cooperación, conscientemente, un proyecto personal y colectivo, cosa que no se vio en Copenhague en la COP-15 sobre el clima. En vez del intercambio competitivo donde sólo uno gana y los demás pierden, debemos fortalecer el intercambio complementario y cooperativo, el gran ideal del «bien vivir» (sumak kawsay) de los andinos, mediante el cual todos ganan porque todos participan. Hay que asumir lo que la mente brillante del Nóbel de matemáticas John Nesh formuló: el principio gana-gana, por el cual todos, dialogando y cediendo, salen beneficiados sin que haya perdedores.
Para convivir humanamente inventamos la economía, la política, la cultura, la ética y la religión. Pero hemos desnaturalizado estas realidades «sagradas» envenenándolas con la competición y el individualismo, desgarrando así el tejido social.
La nueva centralidad social y la nueva racionalidad necesaria y salvadora están fundadas en la cooperación, en el pathos, en el sentimiento profundo de pertenencia, de familiaridad, de hospitalidad y de hermandad con todos los seres. Si no realizamos esta conversión, preparémonos para lo peor.

Leonardo Boff
++++++

Pascua de la Tierra crucificada
2010-03-02
________________________________________
La pascua es una fiesta común a judíos y cristianos y encierra una metáfora de la actual situación de la Tierra, nuestra devastada morada común. Etimológicamente, pascua significa paso de la esclavitud a la libertad y de la muerte a la vida. El Planeta como un todo está pasando por una severa pascua. Estamos dentro de un proceso acelerado de pérdida: de aire, de suelos, de agua, de bosques, de hielos, de océanos, de biodiversidad y de sostenibilidad del propio sistema-Tierra. Asistimos aterrados a los terremotos de Haití y de Chile, seguidos de tsunamis.
¿Cómo se relaciona todo eso con la Tierra? ¿Cuándo van a terminar las pérdidas o hacia donde nos podrán conducir? ¿Podemos esperar, como en la Pascua, que después del Viernes santo de pasión y muerte, irrumpa siempre nueva vida y resurrección?
Necesitamos una mirada retrospectiva sobre la historia de la Tierra para que nos arroje alguna luz sobre la crisis actual. En primer lugar, hay que reconocer que terremotos y devastaciones son recurrentes en la historia geológica del Planeta. Existe una «tasa de extinción de fondo» que se da en el proceso normal de la evolución. Las especies existen durante millones y millones de años y luego desparecen. Es como un individuo que nace, vive durante un cierto tiempo y muere. La extinción es el destino de los individuos y de las especies, también de la nuestra.
Pero más allá de este proceso natural, existen las extinciones en masa. La Tierra, según los geólogos, habría pasado por 15 grandes extinciones de esta naturaleza. Hubo dos especialmente graves. La primera ocurrida hace 245 millones de años con ocasión de la ruptura de Pangea, aquel continente único que se fragmentó y dio origen a los actuales continentes. El evento fue tan devastador que habría diezmado entre el 75% y el 95% de las especies de vida entonces existentes. Por debajo de los continentes continúan activas las placas tectónicas, chocándose unas con otras, superponiéndose o alejándose, en un movimiento llamado de deriva continental, responsable de los terremotos.
La segunda ocurrió hace 65 millones de años, causada por alteraciones climáticas, subida del nivel del mar y calentamiento, eventos provocados por un asteroide de 9,6 km que cayó en América Central, provocando incendios infernales, maremotos, gases venenosos y un largo oscurecimiento del sol. Los dinosaurios que durante 133 millones de años dominaron, soberanos, sobre la Tierra, desaparecieron totalmente así como el 50% de las especies vivas. La Tierra necesitó diez millones de años para rehacerse totalmente. Pero permitió un abanico de biodiversidad como nunca antes en la historia. Nuestros antepasados que vivían en las copas de los árboles, alimentándose de flores, temblando de miedo a los dinosaurios, pudieron bajar a la tierra y hacer su camino, que culminó en lo que nosotros somos hoy.
Científicos como Ward, Ehrlich, Lovelock, Myers y otros sostienen que está en curso otra gran extinción, que se inició hace unos 2,5 millones de años, cuando extensos glaciares empezaron a cubrir parte del Planeta, alterando los climas y el nivel del mar. Se aceleró enormemente con la aparición de un verdadero meteoro rasante, que es el ser humano a través de su sistemática intervención en el sistema-Tierra, particularmente en los últimos siglos. Peter Ward (O fim da evolução, 1977, p. 268) refiere que esta extinción en masa se nota claramente en Brasil, en donde en los últimos 35 años se están extinguiendo definitivamente cuatro especies por día. Y termina advirtiendo: «un gigantesco desastre ecológico nos aguarda».
Lo que nos causa crisis de sentido es la existencia de los terremotos que destruyen todo y matan a miles y miles de personas como en Haití y en Chile. Y aquí humildemente tenemos que aceptar la Tierra tal como es, ya sea madre generosa o madrastra cruel. Ella sigue los mecanismos ciegos de sus fuerzas geológicas y nos ignora, por eso los tsunamis y cataclismos son aterradores. Pero nos pasa informaciones. Nuestra misión de seres inteligentes es descodificarlas para evitar daños o usarlas en nuestro beneficio. Los animales captan tales informaciones y antes de un tsunami huyen hacia lugares altos. Tal vez hace tiempo nosotros sabíamos captarlas y nos defendíamos. Hoy hemos perdido esa capacidad, pero para suplir nuestra insuficiencia, ahí está la ciencia. Ella puede descodificar las informaciones que previamente nos pasa la Tierra y sugerirnos estrategias de autodefensa y de salvación.
Somos la propia Tierra que tiene conciencia e inteligencia, pero todavía estamos en la fase juvenil, con un aprendizaje escaso. Estamos entrando en la fase adulta, aprendiendo cómo manejar mejor las energías de la Tierra y del cosmos. Entonces, los mecanismos de la Tierra, a través de nuestro saber, dejarán de ser destructivos. Todos tenemos todavía que crecer, aprender y madurar.
La Tierra pende de la cruz. Tenemos que quitarla de ahí y resucitarla. Entonces celebraremos una pascua verdadera, y nos será permitido desear: Feliz Pascua.

Leonardo Boff
+++++
Justicia social – Justicia ecológica
2010-03-19
________________________________________
Entre los muchos problemas que azotan a la humanidad, dos son de especial gravedad: la injusticia social y la injusticia ecológica. Ambos deben ser abordados conjuntamente si queremos poner en ruta segura a la humanidad y al planeta Tierra.
La injusticia social es cosa antigua, derivada del modelo económico que, además de saquear la naturaleza, genera más pobreza de la que puede manejar y superar. Implica gran acumulación de bienes y servicios por un lado, a costa de clamorosa pobreza y miseria, por el otro. Los datos hablan por sí mismos: hay mil millones de personas que viven al límite de la supervivencia con sólo un dólar al día, y 2.600 millones de personas (40% de la humanidad) que vive con menos de dos dólares diarios. Las consecuencias son perversas. Basta citar un hecho: existen de 350 a 500 millones de casos de malaria, con un millón de víctimas anuales, evitables.
Esta anti-realidad se ha mantenido invisible durante mucho tiempo para ocultar el fracaso del modelo económico capitalista, hecho para crear riqueza para unos pocos y no bienestar para la humanidad.
La segunda injusticia, la ecológica, está ligada a la primera. La devastación de la naturaleza y el actual calentamiento planetario afectan a todos los países, no respetando los límites nacionales ni los niveles de riqueza o de pobreza. Lógicamente, los ricos tienen más medios para adaptarse y mitigar los efectos dañinos del cambio climático. Ante los eventos extremos, poseen refrigeradores o calentadores, y pueden crear defensas contra las inundaciones que destruyen regiones enteras. Pero los pobres no tienen cómo defenderse. Sufren los daños de un problema que no han creado.
Fred Pierce, autor de El terremoto poblacional, escribió en el New Scientist de noviembre de 2009: «los 500 millones de los más ricos (7% de la población mundial) son responsables del 50% de las emisiones de gases productores de calentamiento, mientras que el 50% de los más pobres (3.400 millones de la población) son responsables de sólo el 7% de las emisiones.
Esta injusticia ecológica difícilmente pueden hacerla invisible como la otra, porque las señales están en todas partes, ni puede ser resuelta sólo por los ricos, pues es mundial y les afecta también a ellos. La solución debe nacer de la colaboración de todos de forma diferenciada: los ricos, por ser más responsables en el pasado y en el presente, deben contribuir mucho más con inversiones y con la transferencia de tecnologías, y los pobres tienen derecho a un desarrollo ecológicamente sostenible, que los saque de la miseria.
Seguramente no podemos descuidar las soluciones, pero ellas solas son insuficientes, pues la solución global remite a una cuestión previa: al paradigma de sociedad que se refleja en la dificultad de cambiar estilos de vida y hábitos de consumo. Precisamos de solidaridad universal, de responsabilidad colectiva y de cuidado de todo lo que vive y existe (no somos los únicos que vivimos en este planeta y usamos la biosfera). Es fundamental la conciencia de la interdependencia entre todos y de la unidad entre Tierra y humanidad.
¿Se puede pedir a las generaciones actuales que se rijan por tales valores si nunca antes han sido vividos globalmente? ¿Cómo operar este cambio que debe ser urgente y rápido?
Tal vez solamente después de una gran catástrofe que afligiera a millones y millones de personas se podría contar con este cambio radical, hasta por instinto de supervivencia. La metáfora que se me ocurre es ésta: si nuestro país fuera invadido y amenazado de destrucción por alguna fuerza externa, todos nos uniríamos más allá de las diferencias. Como en una economía de guerra, todos se mostrarían cooperativos y solidarios, y aceptarían renuncias y sacrificios a fin de salvar la patria y la vida. Hoy la patria es la vida y la Tierra amenazadas. Tenemos que hacer todo para salvarlas.

Leonardo Boff

+++++
La hora y el turno de los asiáticos
2010-03-26
________________________________________
Si consideramos las secuelas de la crisis económico-financiera actual constatamos una preocupante inercia. Estados Unidos consiguió imponer a los europeos la decisión de mantener el mercado como eje central de la economía con la promesa de controles y regulaciones que todavía no han sido puestas en marcha. Barack Obama se inclinó en la dirección de Wall Street y con el dinero de los contribuyentes salvó y apoyó bancos que fueron los principales culpables de la crisis. Cada vez más se muestra como un presidente que obedece a la lógica de un imperio en franca decadencia, cuya única fuerza que realmente cuenta es su capacidad de matar a todo el mundo y de destruir la vida del planeta. Esta es la verdad que a nadie le gusta decir ni oír.
De la ayuda que los G-20 prometieron en Londres en abril de 2009 a los países vulnerables, un billón cien mil millones de dólares, solamente el 5% ha sido realmente concedido. Esta ayuda es 360 veces menor que los 18 billones de dólares destinados a salvar las quebrantadas instituciones financieras de los países ricos. La especulación financiera se mueve sin control, como antes de la crisis. No sin razón, los dos preeminentes premios Nobel de economía, Joseph Stiglitz y Paul Krugman, prevén en breve una nueva crisis más grave que la anterior. Vivimos alegremente, como en los tiempos de Noé, comiendo, bebiendo y divirtiéndonos.
Así y todo, la crisis actual ha producido o reforzado tres fenómenos que merecer ser resaltados. El primero es una desglobalización, que se da a través de una regionalización de la economía: la creación de grupos regionales, como Mercosur, Alba, Nafta, BRIC, ASEAN (10 países entre los cuales, Birmania, Indonesia, Singapur), OCDE, Comunidad Europea, OSC (Organización de Shanghai con China, Rusia, Kazaquistán, etc.) y otros. Practican políticas coordinadas para evitar crisis y tienen bancos regionales fuertes, prescindiendo del FMI.
El segundo es el desplazamiento del centro de gravedad del Atlántico Norte hacia el Pacífico y Asia. Aquí se halla el 44% de todas las reservas mundiales. El PIB de China es del orden de 7,8 billones de dólares y es ella la que sostiene el consumo de Estados Unidos; el del Japón es de 4,5 billones; el de Corea del Sur 1,3 billones; y el de Indonesia 932.100 mil millones. Las reservas de estos cuatro países suman 7,34 billones de dólares. Marx nos dejó esta lección: la economía atrae tras de sí a la política, la cultura y la hegemonía del mundo. Los asiáticos pretenderán moldear el proceso mundial con rasgos asiáticos, especialmente chinos. Es su turno.
Por último, la aparición de una acción mundial colectiva contra la crítica situación actual. Nace de una profunda decepción y de mucha rabia existentes en el mundo. Ahora ya son 60 millones de desempleados. Dentro de poco serán más de cien millones. Todo indica que la solución para el calentamiento y para la crisis ecológica generalizada no podrá venir de la política, entrecruzada por intereses nacionales y por mucha corrupción.
Están surgiendo esbozos de Organizaciones de Salvación de la Humanidad y de la Vida. Líderes, grupos, movimientos, sectores religiosos, asociaciones, articulaciones mundiales, querrán tomar la historia en sus manos de forma desesperada. Millones de refugiados climáticos forzarán los límites políticos de muchas naciones en busca de supervivencia. Habrá manifestaciones multitudinarias de los descontentos delante de los bancos, de los parlamentos y de los palacios de gobierno exigiendo medidas drásticas para garantizar la seguridad alimentaria, puestos de trabajo, agua potable, protección contra las devastaciones producidas por los eventos extremos. ¿Quién resistirá a las multitudes enfurecidas?
La economía del puro crecimiento para el consumo, motor de la economía capitalista y del PAC del gobierno Lula, en el fondo dice: «que se vaya a freír espárragos la naturaleza y que se dañen las generaciones futuras, nosotros queremos seguir creciendo y aumentar el PIB, pues esto es lo que nos hace potencia». Pero todos gritarán: «Basta de geocidas. Queremos una economía verde que nos haga vivir y que sea adecuada a la nueva situación de la Tierra». Sin este cambio difícilmente escaparemos a la venganza de Gaia.
Lo dije y cumplí con mi conciencia.

Leonardo Boff
++++
La Sociedad Mundial de la Ceguera
2010-03-05
________________________________________
El poeta Affonso Romano de Sant’Ana y el premio Nobel de literatura, el portugués José Saramago hicieron de la ceguera tema para críticas severas a la sociedad actual, asentada sobre una visión reduccionista de la realidad. Mostraron que hay muchos videntes presumidos que son ciegos y unos pocos ciegos que son videntes.
Hoy se difunde pomposamente que vivimos en la sociedad del conocimiento, una especie de nueva era de las luces. Efectivamente así es. Conocemos cada vez más sobre cada vez menos. El conocimiento especializado ha colonizado todas las áreas del saber. El saber reunido en un año es mayor que todo el saber acumulado en los últimos 40 mil años. Si por una parte esto trae innegables beneficios, por otra, nos hace ignorantes de infinidad de dimensiones, colocándonos escamas sobre los ojos e impidiéndonos así ver la totalidad.
Lo que está en juego hoy es la totalidad del destino humano y el futuro de la biosfera. Objetivamente estamos pavimentando un camino que nos puede conducir al abismo. ¿Por qué este hecho brutal no está siendo visto por la mayoría de los especialistas, ni de los jefes de Estado, ni de los grandes medios de comunicación que pretenden proyectar los posibles escenarios del futuro? Simplemente porque en su mayoría, se encuentran enclaustrados en sus saberes específicos, dentro de los cuales son muy competentes, pero que, por eso mismo, se vuelven ciegos para los acuciantes problemas globales.
¿Cuáles de los grandes centros de análisis mundial de los años 60 previeron el cambio climático de los años 90? ¿Qué analistas económicos con premio Nobel antevieron la crisis económico-financiera que ha devastado los países más desarrollados en 2008? Todos eran eminentes especialistas en su campo limitado, pero idiotizados en las cuestiones fundamentales. Generalmente es así: sólo vemos lo que entendemos. Como los especialistas entienden apenas una mínima parte de lo que estudian, acaban viendo apenas esa mínima parte, quedando ciegos para el todo. Cambiar este tipo de saber cartesiano desmontaría hábitos científicos consagrados y toda una visión de mundo.
Es ilusoria la independencia de los territorios de la física, de la química, de la biología, de la mecánica cuántica y de cualquier otro. Todos los territorios y sus saberes son interdependientes, una función del todo. De esta percepción nació la ciencia del sistema Tierra. De ella se derivó la teoría Gaia que no es un tema de la New Age sino el resultado de una minuciosa observación científica. Ella ofrece la base para políticas globales de control del calentamiento de la Tierra que, para sobrevivir, tiende a reducir la biosfera e incluso el número de los organismos vivos, no excluidos los seres humanos.
Fue emblemática la COP-15 de Copenhague sobre el cambio climático. Como en nuestra cultura la mayoría es rehén del hábito de la atomización de los saberes, lo que predominó en los discursos de los jefes de estado fueron los intereses parciales: tasas de carbono, niveles de calentamiento, cotas de inversión y otros datos parciales. La cuestión central era otra: ¿qué destino queremos para la totalidad que es nuestra Casa Común? ¿Qué podemos hacer colectivamente para garantizar las condiciones necesarias para que Gaia siga siendo habitable por nosotros y por otros seres vivos?
Estos son problemas globales que trascienden nuestro paradigma de conocimiento especializado. La vida no cabe en una fórmula, ni el cuidado en una ecuación de cálculo. Para captar ese todo se necesita una lectura sistémica unida a la razón cordial y compasiva, pues esta razón es la que nos mueve a la acción.
Tenemos que desarrollar urgentemente la capacidad de sumar, de interactuar, de religar, de repensar, de rehacer lo que ha sido deshecho y de innovar. Este desafío se dirige a todos los especialistas para que se convenzan de que la parte sin el todo no es parte. De la articulación de todos estos pedazos de saber rediseñaremos el panel global de la realidad a ser comprendida, amada y cuidada. Esa totalidad es el contenido principal de la conciencia planetaria, ésta sí, la era de la luz mayor que nos libera de la ceguera que nos aflige.

Leonardo Boff

++++++
Haití: Test para la humanidad
2010-02-19
________________________________________
El desastre que se abatió sobre Haití, arrasando Puerto Príncipe y matando a millares de personas, y privando al pueblo de las estructuras mínimas para la supervivencia, es una prueba para la humanidad. Según los pronósticos de quienes siguen sistemáticamente el estado de la Tierra, no pasará mucho tiempo antes de que nos enfrentemos a varios Haitís, con millones y millones de refugiados climáticos, provocados por eventos extremos que podrán ocasionar una verdadera devastación ecológica y destruir incontables vidas humanas.
En este contexto dos virtudes, ligadas a la esencia de lo humano, deben alcanzar especial relevancia: la hospitalidad y la solidaridad.
La hospitalidad, ya lo vio el filósofo Kant, es un derecho y un deber de todos, pues todos somos habitantes, o mejor, hijos e hijas de la misma Tierra. Tenemos derecho a circular por ella, a recibir y ofrecer hospitalidad ¿Estarán las naciones dispuestas a atender este derecho básico de aquellas multitudes que ya no puedan vivir en sus regiones supercalentadas, sin agua y sin cosechas? El instinto de supervivencia no respeta los límites de los estados-naciones. Los bárbaros de antaño derribaron imperios y los nuevos «bárbaros» de hoy no harán otra cosa, en caso de que no sean exterminados por los que usurparon la Tierra para sí. Paro aquí porque los escenarios probables y no imposibles son dantescos.
La segunda virtud es la solidaridad. Ella es inherente a la esencia social del ser humano. Ya los clásicos del estudio de la solidaridad como Renouvier, Durkheim, Bourgeois y Sorel enfatizaron el hecho de que una sociedad no existe sin la solidaridad de unos hacia otros. Supone una conciencia colectiva y el sentimiento de pertenencia de todos. Todos aceptan de una manera natural vivir juntos para realizar juntos la política, que es la búsqueda común del bien común.
Debemos someter a crítica el concepto de la modernidad que parte de la absoluta autonomía del sujeto en la soledad de su libertad. Se dice: cada uno debe hacer lo suyo sin necesidad de los otros. Para que los seres humanos así solitarios puedan vivir juntos necesitan de hecho un contrato social, como el elaborado por Rousseau, Locke y Kant. Pero ese individualismo es falso e ilusorio. Hay que reconocer el hecho real e irrenunciable de que el ser humano es siempre un ser de relación, un-ser-con-los-otros, entretejido siempre en una urdimbre de todo tipo de conexiones. Nunca está sólo. El contrato social no funda la sociedad, sólo la ordena jurídicamente.
Además, la solidaridad posee un trasfondo cosmológico. Todos los seres, desde los topquarks pero especialmente los organismos vivos, son seres de relación y nadie vive fuera de la red de inter-retro-conexiones. Por eso, todos los seres son solidarios recíprocamente. Cada uno ayuda al otro a sobrevivir —es el sentido de la biodiversidad— y no necesariamente son víctimas de la selección natural. A nivel humano, en vez de la selección natural, por causa de la solidaridad, introducimos el cuidado, especialmente para con los más vulnerables. Así no sucumben a los intereses excluyentes de grupos o de un tipo de cultura feroz que coloca la ambición por encima de la vida y de la dignidad.
Hemos llegado a un punto de la historia en el cual todos nos descubrimos entrelazados en una única geosociedad. Sin la solidaridad de todos con todos y también con la Madre Tierra no habrá futuro para nadie. Las desgracias de un pueblo son nuestras desgracias, sus lágrimas son nuestras lágrimas, sus avances, nuestros avances. Sus sueños son nuestros sueños.
Bien decía el Che Guevara: «La solidaridad es la ternura de los pueblos». Es la ternura que tenemos que dar a nuestros sufrientes hermanos y hermanas de Haití.

Leonardo Boff
+++++
«Si no os convertís, todos pereceréis»
2010-02-12
________________________________________
Dice Jesús en los evangelios: «Si no os convertís, todos pereceréis». Dicho de otro modo: «Si no cambiáis de modo de ver y de actuar, todos pereceréis». Nunca estas palabras me parecieron tan verdaderas como cuando presencié la Crónica de Copenhague, un documental de la TV francesa, emitido a través de un canal de pago en Brasil y, supongo, que en todo el mundo. En la COP-15 celebrada en Copenhague en diciembre pasado, se reunieron los representantes de las 192 naciones para decidir la reducción de las tasas de los gases de efecto invernadero, productores del calentamiento planetario.
Todos fueron allí con el deseo de hacer algo. Pero las negociaciones, después de una semana de debates intensísimos, llegaron a un punto muerto y no se decidió nada. ¿Cuáles fueron las causas de este impasse que provocó decepción y rabia en el mundo entero?
En primer lugar, creo que no había suficiente conciencia colectiva de las amenazas que pesan sobre el sistema-Tierra y sobre el destino de la vida. Era como si los negociadores hubiesen sido informados de que un Titanic se estaba hundiendo sin darse cuenta de que esa era la nave en el cual ellos estaban, la Tierra.
En segundo lugar, no se tenía claro que el objetivo principal era: impedir que el termómetro de la Tierra suba más de dos grados centígrados, porque entonces conoceremos la tribulación de la desolación climática. Para evitar tal tragedia urge reducir la emisión de gases de efecto invernadero, con estrategias de adaptación, mitigación, concesión de tecnologías a los países más vulnerables y financiación abundante para estimular tales medidas. La preocupación ahora no es garantizar la continuidad del statu quo sino dar centralidad al sistema Tierra, a la vida en general y a la vida humana en particular.
En tercer lugar, faltó una visión colectiva. Muchos negociadores dijeron claramente: estamos aquí para representar los intereses de nuestro país. Error. Lo que está en juego son los intereses colectivos y planetarios y no los de cada país. Eso de defender los intereses del país es propio de los negociadores de la Organización Mundial de Comercio, que se rigen por la competencia y no por la cooperación. Cuando predomina la mentalidad de los negocios la lógica que funciona, denunciada por muchos bien intencionados en Copenhague, es la siguiente: no hay confianza pues todos desconfían de todos, todos están a la defensiva, no ponen las cartas sobre la mesa por miedo a la crítica y al rechazo, todos se reservan el derecho de decidir sólo en el último momento como en un juego de póquer. De los grandes jugadores, China observaba, Estados Unidos callaba, la Unión europea quedó aislada, y los africanos, las grandes víctimas, ni siquiera fueron tomados en consideración. Brasil mostró coraje al final con las palabras de denuncia del Presidente Lula.
Por último, el fracaso de Copenhague —bien lo dijo Lord Stern allí presente— se debió a la falta de voluntad para vivir juntos y pensar colectivamente. Tales cosas son herejías para el espíritu capitalista enfundado en su individualismo. Éste no está en absoluto interesado en que vivamos juntos, pues la sociedad para él no pasa de un conjunto de individuos disputando furiosamente la mayor tajada del pastel llamado Tierra.
Jesús tenía razón: si no nos convertimos, es decir, si no cambiamos este tipo de pensamiento y de práctica hacia una línea de cooperación universal, jamás llegaremos a un consenso salvador. E iremos al encuentro de los dos grados Celsius de calentamiento, con sus dramáticas consecuencias.
La valiente negociadora francesa Laurence Tubiana al hacer el balance final dijo resignadamente: «los peces grandes siempre se comen a los pequeños y los cínicos siempre ganan la partida, pues ésa es la lógica de la historia». No podemos aceptar ese derrotismo. El ser humano es resiliente, o sea, puede aprender de sus errores y, en la urgencia, puede cambiar. Me quedo con el paciente jefe de los negociadores, Michael Cutajar, que al final de un fracaso dijo: «mañana lo haremos mejor».
Esta vez la única alternativa salvadora es pensar juntos, actuar juntos, soñar juntos y cultivar la esperanza juntos, confiando en que la solidaridad sea lo que fue en el pasado: la fuerza secreta de nuestra mejor humanidad.

Leonardo Boff
+++++
Pensar al ser humano después de Auschwitz
2010-02-05
________________________________________
Recordamos en este año los 65 años del Holocausto judío perpetrado por el nazismo de Hitler y de Himmler. Es terrorífica la inhumanidad mostrada en los campos de exterminio, especialmente en el de Auschwitz (Polonia). El hecho llegó a tambalear la fe de judíos y de cristianos que se preguntaban: ¿Cómo pensar a Dios después de Auschwitz? Las respuestas dadas hasta hoy, bien del lado judío, bien por J.B.Metz y J. Moltmann del lado cristiano, son insuficientes. La pregunta todavía es más radical: ¿Cómo pensar al ser humano después de Auschwitz?
Es cierto que lo inhumano pertenece a lo humano. Pero, ¿cuánto de inhumanidad cabe dentro de la humanidad? Fue un proyecto concebido calculadamente y sin ningún tipo de escrúpulo para rediseñar la humanidad. A la cabeza debía estar la raza aria-germánica; algunas razas serían colocadas en segunda y tercera categorías; otras esclavizadas o simplemente exterminadas. En palabras de su formulador, Himmler, el 4 de octubre de 1943: «Ésta es una página de gloria de nuestra historia que no se ha escrito y que jamás se escribirá». El nacionalsocialismo de Hitler tenía clara conciencia de la inversión total de los valores. Lo que sería un crimen se transformó para él en virtud y gloria. Aquí se revelan rasgos del Apocalipsis y del Anticristo.
El libro más perturbador que he leído en mi vida y que nunca acabo de digerir se titula Comandante en Auschwitz: notas autobiográficas de Rudolf Höss (1958). Durante los 10 meses que estuvo preso y fue interrogado por las autoridades polacas en Cracovia entre 1946-1947, para ser finalmente sentenciado a muerte, Höss tuvo tiempo de describir con extremada precisión los detalles de cómo envió a cerca de dos millones de judíos a las cámaras de gas. Allí se montó una fábrica de producción diaria de miles de cadáveres que asustaba a los propios ejecutores. Era la «banalidad de la muerte» de la que hablaba Hannah Arendt.
Pero lo que más asusta es su perfil humano. No imaginemos que Hoss unía el exterminio en masa a sentimientos de perversidad, sadismo diabólico y pura brutalidad. Al contrario, era cariñoso con su mujer e hijos, concienzudo, amigo de la naturaleza, en fin, un pequeño burgués normal. Al final, antes de morir, escribió: «La opinión pública puede pensar que soy una bestia sedienta de sangre, un sádico perverso y un asesino de millones de personas. Pero nunca va a entender que este comandante tenía un corazón y que no era malo». Cuanto más inconsciente, más perverso es el mal.
Esto es lo perturbador: ¿cómo puede tanta inhumanidad convivir con la humanidad? No sé. Sospecho que aquí entra la fuerza de la ideología y la sumisión total al jefe. La persona de Höss se identificó con el comandante y el comandante con la persona. La persona era nazi en cuerpo y alma y radicalmente fiel al jefe. Recibida la orden del «Fuhrer» de exterminar a los judíos, ni siquiera se debía pensar: vamos a exterminarlos (der Führer befiehl, wir folgen). Confiesa que nunca se cuestionó la orden porque «el jefe siempre tiene razón». La más leve duda era sentida como traición a Hitler.
Pero el mal también tiene límites y Höss los sintió en su propia piel. Siempre queda algo de humanidad. Él mismo cuenta que dos niños estaban entretenidos jugando. Su madre era empujada hacia dentro de la cámara de gas. Los niños fueron obligados a ir también. «La mirada suplicante de la madre, pidiendo misericordia para aquellos inocentes —comenta Höss— nunca la olvidaré». Hizo un gesto brusco y los guardias los arrojaron a la cámara de gas. Confiesa que muchísimos de los ejecutores no aguantaban tanta inhumanidad y se suicidaban. Él se mantenía frío y cruel.
Estamos ante un fundamentalismo extremo que se expresa por medio de sistemas totalitarios y de obediencia ciega, sean políticos, religiosos o ideológicos. La consecuencia que produce es la muerte de los otros.
Este riesgo también está alrededor nuestro, pues hoy día nos hemos dado los medios para autodestruirnos, para desequilibrar el sistema Tierra y para aniquilar en gran parte la vida. Sólo potenciando al ser humano con aquello que nos hace humanos, como es el amor y la compasión, podemos limitar nuestra inhumanidad.

Leonardo Boff
+++++
Lamento a Dios por Haití
2010-01-29
________________________________________
Hay un viacrucis de sufrimiento con estaciones que nunca terminan en el pequeño y pobre país de Haití. Sufrimiento en el cuerpo, en el alma, en el corazón, en la mente asaltada por fantasmas de pánico y de muerte. También hay mucho sufrimiento en todos los seres humanos que no han perdido el sentido mínimo de humanidad y de solidaridad. De esta compasión universal nace una misteriosa comunidad que anula las diferencias, las religiones, las ideologías que antes nos separaban y nos dividían. Ahora sólo cuenta la común humanitas absurdamente maltratada, que debe ser socorrida.
Con cada haitiano que sufre bajo los escombros o que muere de sed y de hambre, también nosotros morimos un poco con él. A fin de cuentas somos hermanos y hermanas de la única y misma familia. ¿Cómo no sufrir?
Pero hay también un sufrimiento profundo y desgarrador en las personas de fe que proclaman que Dios es Padre y Madre de bondad y de amor. ¿Cómo seguir creyendo? Quejosos nos preguntamos: «Dios, ¿dónde estabas cuando se formó aquel temblor que diezmó a tus hijos e hijas más pobres y sufridos de todo Occidente? ¿Por qué no interviniste? ¿No eres el Creador de la Tierra con sus continentes y sus placas tectónicas? ¿No eres Padre y Madre de ternura, especialmente, de aquéllos que son como tu Hijo Jesús los injustamente crucificados de la historia? ¿Por qué?
Este silencio de Dios es aterrador, porque simplemente no tiene respuesta. Por más que genios como Job, Buda, San Agustín, Tomás de Aquino, Leibniz hayan diseñado argumentos para eximir a Dios y explicar el dolor, no por eso el dolor desaparece ni la tragedia deja de existir. La comprensión del dolor no elimina el dolor, del mismo modo que oír recetas de cocina no quita el hambre.
El mismo Jesús no estuvo exento de la angustia y el sufrimiento. Desde lo alto de la cruz lanzó un grito desgarrador al cielo, quejándose: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Damos la razón a Job, irritado con sus «amigos» que le querían explicar el sentido de su dolor: «Vosotros no sois más que charlatanes y falsos médicos: si al menos os callaseis, los hombres os tomarían por sabios». Pero no podemos callar. Hay demasiado dolor y la noche es tenebrosa. Necesitamos alguna luz.
Aun incluso sin luz, seguimos creyendo con el corazón partido, porque estamos convencidos de que el caos y la tragedia no pueden tener la última palabra. Dios es tan poderoso que puede sacar bien del mal, sólo que no sabemos cómo. Esperanzados, apostamos por esta posibilidad que no deja que nuestras lágrimas sean en vano. Creemos además que Dios puede ser aquello que no comprendemos. Por encima de la razón que quiere explicaciones, está el misterio que pide silencio y reverencia. Él esconde el sentido secreto de todos los eventos, también de los trágicos.
Me identifico con el poema de un gran argentino, Juan Gelman, que perdió un hijo durante la represión militar:

«Padre,
desde los cielos bájate, he olvidado
las oraciones que me enseñó la abuela,
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena,
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.

Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,
que me muero de hambre en esta esquina,
que no sé de qué sirve haber nacido,
que me miro las manos rechazadas,
que no hay trabajo, no hay,
bájate un poco, contempla
esto que soy, este zapato roto,
esta angustia, este estómago vacío,
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne,
este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
tócame el alma, mírame
el corazón,
yo no robé, no asesiné, fui niño
y en cambio me golpean y golpean,
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
si estás, que busco
resignación en mí y no tengo y voy
a agarrarme la rabia y a afilarla
para pegar y voy
a gritar a sangre en cuello
por que no puedo más, tengo riñones
y soy un hombre,
bájate, ¿qué han hecho
de tu criatura, Padre?
¿un animal furioso
que mastica la piedra de la calle?»

Que el Padre baje sobre el pueblo haitiano con su amor.

+++++

Miseria en la cultura: decepción y depresión
2010-01-15
________________________________________
En 1930 Sigmund Freud escribió su famoso libro El malestar en la cultura y ya en la primera línea denunciaba: «en lugar de los valores de la vida, se prefiere el poder, el éxito y la riqueza, buscados por sí mismos». Hoy día estos factores han alcanzado tal magnitud que el malestar se transformado en miseria en la cultura. La COP-15 en Copenhague nos dio la demostración más cabal: para salvar el sistema del lucro y de los intereses económicos nacionales no se ha temido poner en peligro el futuro de la vida y del equilibrio del planeta sometido ya a un calentamiento que, si no es encarado rápidamente, podrá exterminar a millones de personas y liquidar gran parte de la biodiversidad.
La miseria en la cultura, o mejor, de la cultura, se revela por medio de dos síntomas verificables en todo el mundo: la decepción generalizada en la sociedad y una profunda depresión en las personas. Ambas tienen su razón de ser. Son consecuencia de la crisis de fe por la que está pasando el sistema mundial.
¿De qué fe se trata? Es la fe en el progreso ilimitado, en la omnipotencia de la tecnociencia, en el sistema económico-financiero, con su mercado, que actuarían como ejes estructuradores de la sociedad. La fe en estos dioses poseía sus credos, sus sumos sacerdotes, sus profetas, un ejército de acólitos y una masa inimaginable de fieles.
Hoy día esos fieles han entrado en una profunda decepción porque tales dioses se han revelado falsos. Ahora están agonizando o simplemente han muerto, y los G-20 tratan en vano de resucitar sus cadáveres. Los que profesan esta religión fetiche constatan ahora que el progreso ilimitado ha devastado peligrosamente la naturaleza y es la principal causa del calentamiento planetario. La tecnociencia que, por un lado, ha traído tantos beneficios, creó una máquina de muerte que sólo en el siglo XX mató a 200 millones de personas y es hoy capaz de exterminar a toda la especie humana; el sistema-económico-financiero y el mercado quebraron, y si no hubiera sido por el dinero de los contribuyentes, a través del Estado, habrían provocado una catástrofe social. La decepción está estampada en los rostros perplejos de los líderes políticos, que no saben ya en quién creer y qué nuevos dioses entronizar. Existe una especie de nihilismo dulce.
Ya Max Weber y Friedrich Nietszche habían previsto tales efectos al anunciar la secularización y la muerte de Dios. No que Dios haya muerto, pues un Dios que muere no es «Dios». Nietszche es claro: Dios no murió, nosotros lo matamos. Es decir, para la sociedad secularizada Dios no cuenta ya para la vida ni para la cohesión social. En su lugar entró el panteón de dioses que hemos mencionado antes. Como son ídolos, un día van a mostrar lo que producen: decepción y muerte.
La solución no estriba simplemente en volver a Dios o a la religión, sino en rescatar lo que significan: la conexión con el todo, la percepción de que la vida y no el lucro debe ocupar el centro, y la afirmación de valores compartidos que pueden proporcionar cohesión a la sociedad.
La decepción viene acompañada por la depresión. Ésta es un fruto tardío de la revolución de los jóvenes de los años 60 del siglo XX. Allí se trataba de impugnar una sociedad de represión, especialmente sexual, y llena de máscaras sociales. Se imponía una liberalización generalizada. Se experimentó de todo. El lema era «vivir sin tiempos muertos; gozar la vida sin trabas». Eso llevó a la supresión de cualquier intervalo entre el deseo y su realización. Todo tenía que ser inmediato y rápido.
De ahí resultó la quiebra de todos los tabúes, la pérdida de la justa medida y la completa permisividad. Surgió una nueva opresión: tener que ser moderno, rebelde, sexy y tener que desnudarse por dentro y por fuera. El mayor castigo es el envejecimiento. Se concibió la salud total, y se crearon modelos de belleza, basados en la delgadez hasta la anorexia. Se abolió la muerte, convertida en un espanto.
Tal proyecto posmoderno también fracasó, pues con la vida no se puede hacer cualquier cosa. Posee una sacralidad intrínseca, y límites. Si se rompen, se instaura la depresión. Decepción y frustración son recetas para la violencia sin objeto, para el consumo elevado de ansiolíticos y hasta para el suicidio, como ocurre en muchos países.
¿Hacia dónde vamos? Nadie lo sabe. Solamente sabemos que tenemos que cambiar si queremos continuar. Pero ya se notan por todas partes brotes que representan los valores perennes de la condición humana: casamiento con amor, el sexo con afecto, el cuidado de la naturaleza, el gana-gana en vez del gana-pierde, la búsqueda del «bien vivir», base para la felicidad, que es hoy fruto de la sencillez voluntaria y de querer tener menos para ser más.
Esto es esperanzador. En esta dirección hay que progresar.

Leonardo Boff
+++++
La hora y el turno de la ecología mental
2010-01-08
________________________________________
El 2 de febrero de 2007, al oír en Paris los resultados del estudio sobre el calentamiento global dados a conocer por el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), el entonces presidente Jacques Chirac dijo: «Como nunca antes, tenemos que tomar la palabra revolución al pie de la letra. Si no lo hacemos, ponemos en peligro el futuro de la Tierra y de la Humanidad». Antes de él, otras voces, como la de Gorbachev y la de Claude Lévy Strauss -poco antes de que falleciera- advertían: «o cambiamos de valores civilizatorios o la Tierra podrá continuar sin nosotros».
Este es el punto ocultado en los foros mundiales, especialmente en el de Copenhague. Si se reconociera abiertamente, implicaría la autocondena del tipo de producción y de consumo con su cultura mundialmente vigente. No basta que el IPCC diga que, en gran parte, el calentamiento ahora irreversible está producido por los seres humanos. Ésta es una generalización que esconde a los verdaderos culpables: los hombres y mujeres que formularon, implantaron y globalizaron el modo de producción de bienes materiales y los estilos de consumo que implican depredación de la naturaleza, clamorosa falta de solidaridad de las generaciones actuales con las futuras.
De poco sirve gastar tiempo y palabras en encontrar soluciones técnicas y políticas para disminuir los niveles de gases de efecto invernadero si seguimos manteniendo este tipo de civilización. Es como si una voz dijese: «pare de fumar, si no va a morir» y otra voz dijese lo contrario: «siga fumando pues ayuda a la producción que ayuda a crear empleos que ayudan a garantizar los salarios que ayudan al consumo que ayuda a aumentar el PIB». Y así alegremente, como en los tiempos del viejo Noé, vamos al encuentro de un diluvio pre-anunciado.
No somos tan obtusos como para decir que no necesitamos la política y la técnica. Las necesitamos mucho, pero es ilusorio pensar que la solución está en ellas. Hay que incluirlas en otro paradigma de civilización que no reproduzca las perversidades actuales. Por eso, no basta una ecología ambiental, que ve el problema en el ambiente y en la Tierra. Tierra y ambiente no son el problema. Nosotros somos el problema, el verdadero Satán de la Tierra, cuando deberíamos ser su ángel de la guarda. Entonces es importante hacer, como decía Chirac, una revolución. ¿Pero cómo hacer una revolución sin revolucionarios?
Necesitan ser suscitados. ¡Y qué falta nos hace un Paulo Freire ecológico! Él decía sabiamente algo que se aplica a nuestro caso: «No es la educación la que va a cambiar el mundo. La educación va a cambiar a las personas que van a cambiar el mundo» Necesitamos estas personas revolucionarias, si no, preparémonos para lo peor, porque el sistema imperante está totalmente alienado, se ha vuelto estúpido, arrogante y ciego frente a sus propios defectos. Es la tiniebla y no la luz del túnel donde nos encontramos.
En este contexto invocamos una de las cuatro tendencias de la ecología (ambiental, social, mental, integral): la ecología mental. Trabaja con lo que pasa por nuestra mente y nuestro corazón. ¿Cuál es la visión del mundo que tenemos? ¿Qué valores orientan nuestra vida? ¿Cultivamos una dimensión espiritual? ¿Cómo debemos relacionarnos con los otros y con la naturaleza? ¿Qué hacemos para conservar la vitalidad y la integridad de nuestra Casa Común, la Madre Tierra?
Unas pocas líneas no dan para trazar el diseño principal de la ecología mental, cosa que hemos hecho en varias obras y vídeos. El primer paso es asumir el legado de los astronautas que vieron la Tierra desde fuera de ella y se dieron cuenta de que Tierra y Humanidad forman una entidad única e inseparable, que es parte de un todo cósmico. El segundo es saber que somos Tierra que siente, piensa y ama, por eso homo (hombre y mujer) viene de humus (tierra fecunda). El tercero, que nuestra misión en el conjunto de los seres es la de ser los guardianes y los responsables del destino feliz o trágico de esta Tierra, hecha nuestra Casa Común. El cuarto es que junto con el capital natural que garantiza nuestro bienestar material, debe venir el capital espiritual, que asegura aquellos valores sin los cuales no vivimos humanamente, como la buena voluntad, la cooperación, la compasión, la tolerancia, la justa medida, la contención del deseo, el cuidado esencial y el amor.
Éstos son algunos de los ejes que sustentan un nuevo ensayo civilizatorio, amigo de la vida, de la naturaleza y de la Tierra. O aprendemos estas cosas por convencimiento, o lo haremos por padecimiento. Éste es el camino que la historia nos enseña.

Leonardo Boff
+++++

Tierra y Humanidad: una comunidad de destino
2010-01-01
________________________________________
Tenemos que empezar el año con esperanza, pues urge hacer frente al clima de conmoción y de frustración que significó la COP 15 de Copenhague. Ciertamente, el calentamiento global comporta graves consecuencias. Sin embargo, desde una perspectiva más filosofante, no estaría destinado a destruir el proyecto planetario humano, sino que lo obligaría a elevarse a un estadio más alto para que sea realmente planetario. Urge pasar de lo local a lo global y de lo nacional a lo planetario.
Si miramos hacia atrás en el proceso de la antropogénesis, podemos afirmar: la crisis actual, como las anteriores, no nos llevará a la muerte sino a una integración necesaria de la Tierra con la Humanidad. Será la geosociedad. En ese caso, estaríamos entonces ante un sol naciente y no ante un sol poniente.
Tal hecho objetivo conlleva un dato subjetivo: la irrupción de la conciencia planetaria con la percepción de que formamos una única especie, ocupando una casa común, con la cual formamos una comunidad de destino. Esto nunca había ocurrido antes, es lo nuevo de la actual fase histórica.
Es innegable que hay un proceso en curso que ya tiene miles de millones de años: la ascensión rumbo a la conciencia. A partir de la geosfera (Tierra) surgió la hidrosfera (agua), enseguida la litosfera (continentes), posteriormente la biosfera (vida), la antroposfera (ser humano) y para los cristianos la cristosfera (Cristo). Ahora estaríamos ante la inminencia de otro salto en la evolución: la irrupción de la noosfera que supone el encuentro de todos los pueblos en un único lugar, el planeta Tierra, y con una conciencia planetaria común. Noosfera, como la palabra sugiere (nous en griego significa mente e inteligencia), expresa la convergencia de mentes y de corazones dando origen a una unidad más alta y compleja.
Lo que nos falta, por el momento, es una Declaración Universal del Bien Común de la Tierra y de la Humanidad que coordine las conciencias y haga converger las diferentes políticas. Hasta ahora nos limitábamos a pensar en el bien común de cada país. Ampliamos el horizonte al proponer una Carta de los Derechos Humanos. Esta fue la gran lucha cultural del siglo XX. Pero ahora surge la preocupación por la Humanidad como un todo y por la Tierra entendida no como algo inerte, sino como un superorganismo vivo del cual nosotros los humanos somos su expresión consciente. ¿Cómo garantizar los derechos de la Tierra junto con los derechos de la Humanidad? La Carta de la Tierra surgida en los inicios del siglo XXI intenta responder a esta demanda.
La crisis global nos está exigiendo un gobierno global que coordine soluciones globales para problemas globales. Ojala no surjan centros totalitarios de mando sino una red de centros multidimensionales de observación, de análisis, de pensamiento y de dirección que tengan como objetivo el bien vivir general.
Se trata sólo del comienzo de una nueva etapa de la historia, la etapa de la Tierra unida con la Humanidad (que es la expresión consciente de la Tierra). O la etapa de la Humanidad (parte de la Tierra) unida a la propia Tierra, formando juntas una única entidad, una y diversa, llamada Gaia o Gran Madre.
Ahora estamos viviendo la edad de hierro de la noosfera, llena de contradicciones, pero aun así, creemos que todas las fuerzas del universo conspiran para que se afirme. Hacia ella está marchando nuestro sistema solar, quién sabe si toda la galaxia, y hasta incluso este tipo de universo, pues según la teoría de las cuerdas puede haber otros, paralelos. Es frágil y vulnerable, pero viene cargada de nuevas energías, capaces de moldear un nuevo futuro. Tal vez en este momento la noosfera sea solamente una llama trémula, pero representa lo que debe ser. Y lo que debe ser tiene fuerza. Tiende a realizarse.

Leonardo Boff
+++++
Rumbo al desastre
2009-12-19
________________________________________
No me vienen otras palabras al asistir al melancólico desenlace de la COP-15sobre el cambio climático en Copenhague. La humanidad ha penetrado en una zona de tiniebla y de horror. Estamos yendo hacia el desastre. Años de preparación, diez días de discusión, la presencia de los principales líderes políticos del mundo… no fueron suficientes para despejar la tiniebla mediante un acuerdo consensuado de reducción de gases de efecto invernadero que impidiera llegar a los dos grados Celsius. Sobrepasado ese nivel y rozando los tres grados, el clima ya no será controlable, y quedaríamos entregados a la lógica del caos destructivo, amenazando la biodiversidad y diezmando millones y millones de personas.
El Presidente Lula, en su intervención en el día mismo de la clausura, el 18 de diciembre, fue el único que vino a decir la verdad: «Nos ha faltado inteligencia», porque los poderosos prefirieron negociar ventajas a salvar la vida de la Tierra y los seres humanos. Obama no aportó nada nuevo. Fue imperial, al imponer minuciosas condiciones a los pobres.
Dos lecciones se pueden sacar del fracaso de Copenhague: la primera es la conciencia colectiva de que el calentamiento es un hecho irreversible, del cual todos somos responsables, pero principalmente los países ricos. Y que ahora somos también responsables, cada uno en su medida, del control del calentamiento para que no sea catastrófico para la naturaleza y para la humanidad. La conciencia de la humanidad nunca más será la misma después de Copenhague. Si se dio esa conciencia colectiva, ¿por qué no se llegó a ningún consenso sobre las medidas de control de los cambios climáticos?
Aquí surge la segunda lección, que importa sacar de la COP-15 de Copenhague: el gran villano es el sistema del capital con su cultura consumista. Mientras mantengamos el sistema capitalista mundialmente articulado, será imposible un consenso que ponga en el centro la vida, la humanidad y la Tierra, y tomar medidas para salvarlas. Para el capitalismo la centralidad la tiene el lucro, la acumulación privada y el aumento de competitividad. Hace muco tiempo que distorsionó la naturaleza de la economía como la técnica y el arte que era de producción de los bienes necesarios para la vida. La transformó en una brutal técnica de creación de riqueza por sí misma, sin ninguna otra consideración. Esa riqueza ni siquiera es para ser disfrutada, sino para producir más riqueza, en una lógica obsesiva y sin freno.
Por eso es por lo que la ecología y el capitalismo se niegan mutuamente. o hay acuerdo posible. El discurso ecológico busca el equilibro de todos los factores, la sinergia con la naturaleza y el espíritu de cooperación. El capitalismo rompe con el equilibrio al sobreponerse a la naturaleza, establece una competición feroz entre todos y pretende sacar de la Tierra todo lo posible, hasta que ésta no pueda ya sostenerse. Si asume el discurso ecológico… es para hacer lucro con él.
Además, el capitalismo es incompatible con la vida. La vida pide cuidado y cooperación. El capitalismo sacrifica vidas, crea trabajadores que son verdaderos esclavos “pro témpore”, y adopta el trabajo infantil en varios países.
Los negociadores y los líderes políticos en Copenhague fueron rehenes de este sistema, que trafica, quiere obtener lucros, no duda en poner en riesgo el futuro de la vida. Su tendencia es auto-suicida. ¿Qué acuerdo podrá haber entre los lobos y los corderos, o sea, entre la naturaleza que clama pidiendo respeto y los que la devastan sin piedad?
Por eso, quien entiende la lógica del capital, no se sorprende con el fracaso de la COP-15 en Copenhague. EL único que levantó la voz, solitaria, como un «loco en una sociedad de «sabios», fue el Presidente Evo Morales, de Bolivia. «O superamos el capitalismo, o destruirá la Madre Tierra».
Nos guste o no nos guste, ésta es la pura verdad. Copenhague quitó la máscara del capitalismo, incapaz de conseguir consensos porque poco le importa la vida y la Tierra, sino las ventajas y los lucros materiales.

Leonardo Boff
+++++

Confrontaciones en Copenhague
2009-12-18
________________________________________
En Copenhague, en las discusiones sobre las tasas de reducción de los gases productores del cambio climático se enfrentan dos visiones de mundo: la de la mayoría de los que están fuera de la Asamblea, venidos de todas partes del mundo, y la de los pocos que están dentro, que representan a los 192 estados. Estas visiones diferentes están cargadas de consecuencias, significando, en el límite, la garantía o la destrucción de un futuro común.
Los que están dentro, fundamentalmente, reafirman el sistema actual de producción y de consumo, incluso sabiendo que implica sacrificio de la naturaleza y creación de desigualdades sociales. Creen que, con algunas regulaciones y controles, la máquina puede seguir produciendo crecimiento material y ganancias como ocurría antes de la crisis.
Pero hay que denunciar que justamente este sistema es el principal causante del calentamiento global al emitir anualmente 40 mil millones de toneladas de gases contaminantes. Tanto el calentamiento planetario como las perturbaciones de la naturaleza y la injusticia mundial son consideradas como externalidades, es decir, como realidades no intencionadas y que por eso no entran en la contabilidad general de los estados y de las empresas. Lo que cuenta en definitiva es el lucro y tener un PIB positivo.
Pero ocurre que estas externalidades se han vuelto tan amenazantes que están desestabilizando el sistema-Tierra, mostrando el fracaso del modelo económico neoliberal y poniendo en grave peligro el futuro de la especie humana.
No pasa por la cabeza de los representantes de los pueblos que la alternativa sea cambiar a un modo de producción que implique una relación de sinergia con la naturaleza. La sola reducción de las emisiones de carbono manteniendo el mismo pillaje de los recursos es como si pusiéramos un pie en el cuello de alguien y le dijéramos: quiero que seas libre, pero con la condición de que sigas teniendo mi pie en tu cuello.
Precisamos impugnar la filosofía subyacente a esta cosmovisión. Ella desconoce los límites de la Tierra, afirma que el ser humano es esencialmente egoísta y que por eso no puede cambiar, que puede disponer de la naturaleza como quiera, que la competición es natural, que por la selección natural los débiles son engullidos por los más fuertes, y que el mercado es el regulador de toda la vida económica y social.
Por el contrario, reafirmamos que el ser humano es esencialmente cooperativo, porque es un ser social, pero se vuelve egoísta cuando rompe con su propia esencia. Dando centralidad al egoísmo, como hace el sistema del capital, hace imposible una sociedad de rostro humano. Un hecho reciente lo demuestra: en cincuenta años los pobres recibieron 2 billones de dólares de ayuda mientras que los bancos recibieron 18 billones de dólares en un año. No es la competición lo que constituye la dinámica central del universo y de la vida sino la cooperación de todos con todos. Desde que se descubrieron los genes, las bacterias y los virus como principales factores de la evolución, no se puede sostener la selección natural como se hacía antes. Ésta sirvió de base para el darwinismo social. El mercado entregado a su lógica interna enfrenta a todos contra todos y así desgarra el tejido social. Postulamos una sociedad con mercado, no de mercado.
La otra visión, la de los representantes de la sociedad civil mundial, sostiene: la situación de la Tierra y de la Humanidad es tan grave que solamente el principio de cooperación y una nueva relación de sinergia y de respeto hacia la naturaleza podrán salvarnos. Sin eso vamos hacia el abismo que hemos cavado nosotros mismos.
Esa cooperación no es una virtud cualquiera. Es aquella que en otro tiempo nos permitió dejar atrás el mundo animal e inaugurar el mundo humano. Somos esencialmente seres cooperativos y solidarios sin lo cual nos devoramos unos a otros. Por eso la economía debe dar lugar a la ecología. O hacemos este viraje o Gaia puede que continúe sin nosotros.
La forma más inmediata de salvarnos es volver a la ética del cuidado, buscando el trabajo sin explotación, la producción sin contaminación, la competencia sin arrogancia y la solidaridad a partir de los más débiles. Éste es el gran salto que se impone en este momento. A partir de él la Tierra y la Humanidad pueden llegar a un acuerdo que salvará a ambos.

Leonardo Boff
+++++
¿Quién debe cuidar del Planeta?
2009-12-04
________________________________________
Un teólogo famoso, en su mejor libro, Introducción al Cristianismo, amplió la conocida metáfora del fin del mundo formulada por el danés Sören Kirkegaard, que ya hemos referido en esta columna. Recontaba así la historia: en un circo ambulante, instalado a las afueras del pueblo, se declaró un grave incendio. El director llamó al payaso que estaba listo para entrar en escena y le dijo que fuese al pueblo a pedir socorro. Salió inmediatamente Gritaba por la plaza central y por las calles, pidiendo al pueblo que fuesen a ayudar a apagar el incendio. Todos lo encontraban divertido, pues pensaban que era un truco de propaganda para atraer al público. Cuanto más gritaba, más reían todos. Entonces el payaso se puso a llorar y todos reían más todavía. Y el fuego se extendió por el campo, llegó al pueblo y tanto el pueblo como el circo se quemaron totalmente.
Ese teólogo era Joseph Ratzinger. Hoy es papa y ya no produce teología sino doctrinas oficiales. Su metáfora, sin embargo, se puede aplicar muy bien a la situación actual de la humanidad, que dirige sus ojos al país de Kirkegaard y a su capital Copenhague. Los 192 representantes de los pueblos deben decidir las formas de controlar el fuego amenazador. Pero la conciencia del peligro no está a la altura de la amenaza de incendio generalizado. El calor creciente se hace sentir y la mayoría sigue indiferente, como en los tiempos de Noé, que es el «payaso» bíblico que alertaba del diluvio inminente. Todos se divertían, comían y bebían como si nada pudiera pasar. Y sobrevino la catástrofe.
Pero entre Noé y nosotros hay una diferencia. Él construyó un arca que salvó a muchos. Nosotros no estamos dispuestos a construir ningún arca que nos salve a nosotros y a la naturaleza. Eso sólo es posible si disminuimos considerablemente las sustancias que alimentan el calentamiento. Si éste sube de dos a tres grados centígrados podrá devastar toda la naturaleza y, eventualmente, eliminar a millones de personas. El consenso es difícil y las metas de emisión insuficientes. Preferimos engañarnos cubriendo el cuerpo de la Madre Tierra con un esparadrapo haciéndonos la ilusión de que estamos curando sus heridas.
Existe además un agravante: no hay un gobierno mundial para actuar de forma planetaria. Predominan los estados-naciones, con sus proyectos particulares, que no piensan en el conjunto. Absurdamente dividimos ese todo de forma arbitraria, por continentes, regiones, culturas y etnias. Sabemos hoy que estas diferenciaciones no tienen ninguna base. La investigación científica ha dejado claro que todos tenemos un origen común, puesto que todos venimos de África.
Consecuentemente, todos somos coproprietarios de la única Casa Común y somos corresponsables de su salud. La Tierra nos pertenece a todos. Nosotros la tenemos en préstamo de las generaciones futuras y nos ha sido entregada con confianza para que cuidemos de ella.
Si miramos lo que estamos haciendo, debemos reconocer que la estamos traicionando. Amamos más el lucro que la vida, estamos más empeñados en salvar el sistema económico-financiero que a la humanidad y la Tierra.
A los humanos como un todo se aplican las palabras de Einstein: «solamente hay dos infinitos: el universo y la estupidez. Y no estoy seguro del primero». Sí, vivimos en una cultura de la estupidez y de la insensatez. ¿No es estúpido y insano que 500 millones de seres humanos sean responsables del 50% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero, y que 3.400 millones respondan solamente por el 7% y sean las principales víctimas inocentes?
Es importante decir que el calentamiento más que una crisis configura una irreversibilidad. La Tierra ya se ha calentado. Sólo nos queda disminuir sus niveles, adaptarnos a la nueva situación y mitigar sus efectos perversos para que no sean catastróficos. Tenemos que hacer fuerza para que en Copenhague entre el 7 y el 18 de diciembre no prevalezca la estupidez, sino el cuidado por nuestro destino común.

Leonardo Boff
+++++

Jung y el mundo espiritual
2009-11-13
________________________________________
Coordiné en la Editorial Vozes de Brasil la traducción de la obra completa del psicoanalista C.G. Jung (18 tomos), lo que lo convirtió en unos de mis principales interlocutores intelectuales. Pocos estudiosos del alma humana han dado más importancia a la espiritualidad que él. Veía en la espiritualidad una exigencia fundamental y arquetípica de la psiqué en su desarrollo hacia la plena individuación. La imago Dei o arquetipo Dios ocupa el centro del Self: esa Energía poderosa que atrae todos los arquetipos a sí y los ordena a su alrededor como el sol hace con los planetas.
Sin la integración de este arquetipo axial, el ser humano queda manco y miope y con una falta de completitud abisal. Por eso escribió:
«Entre todos mis pacientes que se encontraban en la segunda mitad de la vida, es decir, con más de 35 años, no hubo ni uno cuyo problema más profundo no estuviese constituido por la cuestión de su actitud religiosa. Todos en última instancia estaban enfermos por haber perdido aquello que una religión viva siempre ha dado a sus seguidores. Y ninguno se curó realmente sin recobrar la actitud religiosa que le era propia. Esto es claro que no depende de una adhesión a un credo particular, ni de hacerse miembro de una Iglesia, sino de la necesidad de integrar la dimensión espiritual».
La función principal de la religión, o mejor, de la espiritualidad, es la de religarnos a todas las cosas y a la Fuente de donde proviene todo ser: Dios. Ese es el propósito básico de su grandioso libro Mysterium Coniunctionis (Misterio de la Conjunción) que Jung consideraba su obra magna. En él se trata de realizar la coniuntio, o sea, la conjunción del ser humano integral con el mundus unus, el mundo unificado, el mundo del primer día de la creación, cuando todo era uno y todavía no había ninguna división ni diferenciación.
Era la situación plenamente urobórica del ser. Uroboros era la serpiente primigenia, enrollada sobre sí misma que se mordía la cola, arquetipo que representa la unidad originaria antes de las diferenciaciones entre masculino y femenino, cuerpo y espíritu, Dios y mundo. Esta fusión es el anhelo más secreto y radical del ser humano y el llamamiento permanente del Self.
Espiritualidad significa vivenciar esta situación en la medida en que es buscada permanentemente, aunque no se deje aprehender y vaya siempre un paso por delante. El drama del ser humano actual es haber perdido la espiritualidad y su capacidad de vivir un sentimiento de conexión. Lo que se opone a la religión o a la espiritualidad no es la irreligión o el ateismo sino la incapacidad de ligarse y religarse a todas las cosas. Hoy las personas están desconectadas de la Tierra, del ánima (de la dimensión del sentimiento profundo), y por eso sin espiritualidad.
Para C. G. Jung el gran problema actual es de naturaleza psicológica. No de la psicología entendida como disciplina o apenas como una dimensión de la psiqué, sino de la psicología en el sentido incluyente que él le da como la totalidad de la vida y del universo cuando son percibidos y referidos al ser humano, ya sea por el consciente o por el inconsciente personal y colectivo. Y en este sentido escribió:
«Es mi convicción más profunda que, a partir de ahora hasta un futuro indeterminado, el verdadero problema es de orden psicológico. El alma es el padre y la madre de todas las dificultades no resueltas que lanzamos al cielo».
La Tierra está enferma porque nosotros estamos enfermos. En la medida en que nos transformamos, transformaremos también la Tierra. Jung buscó esta transformación hasta su muerte. Ella es uno de los pocos caminos que puede sacarnos de la crisis actual y que inaugura un nuevo ensayo civilizatorio, así como lo imaginaba Jung, más integrado con el todo, más individualizado y más espiritual.
C. G.Jung se muestra un maestro y un guía que nos traza un mapa capaz de orientarnos en estos momentos dramáticos que vive la humanidad. Como creía profundamente en el Trascendente y en el mundo espiritual, será seguramente el capital espiritual, colocado ahora en el centro de nuestras búsquedas, el que nos permita vivir con sentido la fase nueva de la Tierra, la fase planetaria y espiritual.

Leonardo Boff
+++++

Modo diferente de hablar del amor
2009-11-06
________________________________________
Con frecuencia soy invitado a hablar sobre el amor. Siento cierto reparo, porque esta palabra, amor, es una de las más desgastadas de nuestro lenguaje. Y como fenómeno interpersonal, uno de los más desmoralizados. Para no repetir lo que todo el mundo sabe y escucha, acostumbro a abordar el tema inspirado en uno de los mayores biólogos contemporáneos, el chileno Humberto Maturana. En sus reflexiones, el amor es contemplado como un fenómeno cósmico y biológico. Expliquemos lo que él quiere decir.
El amor se da dentro del dinamismo de la propia evolución, desde sus manifestaciones más primarias, de miles y miles de millones de años atrás, hasta las más complejas en el nivel humano. Veamos cómo el amor entra en el universo.
En el universo se dan dos tipos de acoplamientos (encajes) de los seres con su medio, uno necesario y otro espontáneo. El primero, el necesario, hace que todos los seres estén conectados unos a otros y acoplados a los respectivos ecosistemas, para asegurar su supervivencia. El otro acoplamiento se realiza espontáneamente. Los topquarks -primera densificación de la energía en materia- interactúan sin razones de supervivencia, por puro placer, en el fluir de su vivir. Se trata de encajes dinámicos y recíprocos entre todos los seres, no entre vivos y vivos. No hay justificación para ello. Ocurre porque ocurre. Es un acontecimiento original de la existencia en su pura gratitud. Es como la flor que florece por florecer.
Cuando uno se relaciona con otro (digamos dos protones) y así se crea un campo de relación, surge el amor como fenómeno cósmico. El amor tiende a expandirse y a alcanzar formas cada vez más inter-retro-relacionadas en los seres vivos, especialmente en los humanos. En nuestro nivel es más que simplemente espontáneo como en los demás seres: se hace proyecto de libertad que acoge conscientemente al otro y crea el amor como el más alto valor de la vida.
En esa deriva, surge el amor ampliado que es la socialización. El amor-relación es el fundamento del fenómeno social y no su consecuencia. En otras palabras: es el amor-relación el que da origen a la sociedad; ésta existe porque existe el amor, y no al contrario, como convencionalmente se cree. Si falta el amor-relación (el fundamento) se destruye lo social. Sin el amor, lo social adopta la forma de agregación forzada, de dominación de violencia, viéndose todos obligados a encajarse. Por eso siempre que se destruye el encaje y la congruencia entre los seres, se destruye el amor-relación, y con ello, la sociabilidad. El amor-relación es siempre una apertura al otro y una convivencia y co-munión con el otro.
No fue la lucha por la supervivencia del más fuerte lo que garantizó la persistencia de la vida y de los individuos hasta los días actuales, sino la cooperación y el amor-relación entre ellos. Los ancestros homínidos pasaron a ser humanos en la medica en que más y más compartían entre sí los resultados de la cosecha y de la caza y compartían sus afectos. El propio lenguaje que caracteriza al ser humano surgió en el interior de este dinamismo de amor-relación. La actual crisis se originó, en parte, por la excesiva competición y por la falta de cooperación. Está bien una sociedad con mercado, pero no sólo de mercado.
¿Cómo se caracteriza el amor humano? Responde Maturana: «lo que es especialmente humano en el amor no es el amor, sino lo que hacemos con el amor en cuanto humanos; es nuestra manera particular de vivir juntos como seres sociales en el lenguaje; sin amor nosotros no somos seres sociales.
Como se desprende, el amor es un fenómeno cósmico y biológico. Al llegar al nivel humano, se revela como un proyecto de la libertad, como una gran fuerza de unión, de mutua entrega y de solidaridad. Las personas se unen y recrean por el lenguaje amoroso el sentimiento de benevolencia y de pertenencia a un mismo destino.
Sin el cuidado esencial, el encaje del amor-relación no se da, no se conserva, no se expande, ni permite la consorciación entre los demás seres. Sin el cuidado no hay atmósfera que propicie el florecimiento de aquello que verdaderamente humaniza: el sentimiento profundo, la voluntad de compartir y la búsqueda del amor.
Creo que hablar así del amor tiene sentido, porque nos hace más humanos.

Leonardo Boff
++++++
¿Es malo Dios para la vida?
2009-10-30
________________________________________
Recientemente ha estado entre nosotros el renombrado biólogo darvinista Richard Dawkins afirmando que Dios no es bueno para la salud humana y que «Dios es un delirio», que por otra parte es el título de un conocido libro suyo. Casi simultáneamente salió otro libro de un renombrado filósofo y teólogo anglicano, Keith Ward, que sin pretenderlo dio una respuesta a Dawkins. Su libro se titula: Dios, guía para perplejos (Sal Terrae 2008).
Después de explorar más de tres mil años de reflexiones sobre Dios, tranquilamente, con el humor inglés que lo caracteriza, Ward podría escribir: Dawkins, un delirio.
La pregunta fundamental que suscita su libro es: ¿qué es lo que quieren decir los humanos cuando dicen «Dios»? ¿Por qué las culturas han planteado desde siempre el tema de Dios?
Ward comienza con la mitología griega, cuyo panteón está repleto de dioses y diosas, pero se adhiere a la interpretación propuesta por C.G. Jung y por Campbel, según la cual en el panteísmo no tenemos que ver con múltiples divinidades sino con múltiples formas de presencia divina en la naturaleza y en la vida humana. Las divinidades no son seres subsistentes, representan energías poderosas y creativas para las que nos faltan palabras adecuadas para describirlas. Entonces se usan nombres divinos y mitos.
Ward pasa por los grandes representantes del pensamiento occidental, sin olvidar a sus paralelos orientales, que se enfrentaron detenidamente al problema de Dios. Muestra la gran ruptura que se dio entre el pensamiento clásico greco-cristiano para el cual Dios representaba la eternidad, lo inmutable y la pura trascendencia, y el pensamiento moderno, que entiende la realidad como mutación y evolución, cargada de virtualidades que apuntan en varias direcciones.
Estudia especialmente la figura de Hegel, porque fue el quien introdujo a Dios en la historia, o mejor, hizo de la historia la forma como Dios se muestra (tesis), se autoniega (antitesis) -entrando en los avatares de la condición temporal- y retorna sobre sí mismo llevando toda la riqueza de su paso por la evolución (síntesis). Su esencia como Espíritu absoluto es ser dinamismo, mutación, libertad y creación. Ve en el propio concepto cristiano de la Trinidad, la dialéctica divina de la historia: el poder autoafirmativo que se muestra como Padre, la sabiduría que se revela como Hijo y el amor unitivo que se concreta como Espíritu Santo.
Ward muestra las implicaciones lingüísticas y filosóficas que la temática de Dios encierra. Van desde el discurso llano del fiel que identifica la imagen de Dios con Dios mismo, pasando por el discurso analógico de los teólogos, para quienes los conceptos son meras analogías y no descripciones del ser divino, hasta el silencio reverente que sabe que es imposible decir cualquier cosa objetiva sobre Dios. Es famosa la frase de uno de los mayores teólogos cristianos, el Pseudo Dionisio Areopagita (siglo VI): «Si Dios existe como existen las cosas, entonces Dios no existe». Es el lenguaje de los místicos, sea de los musulmanes como los sufís, sea de la sabiduría de los taoístas, sea de los místicos cristianos que afirman que sobre Dios decimos más mentiras que verdades. Por eso, vale la advertencia del filósofo Ludwig Wittgenstein: «Sobre lo que no podemos hablar, debemos callar». Es lo que las religiones y las Iglesias menos hacen.
Pero no por eso dejamos de plantear permanentemente el tema de Dios. Siguiendo la tradición pragmática inglesa Ward enfatiza que en vez de preguntar lo que representa la palabra «Dios», deberíamos preguntar «¿cómo usamos la palabra Dios?» Ella está en la boca y en las actitudes de los que oran, cantan y meditan. Es ésta una forma de relacionarse con el Inefable, y a partir de Él con el mundo. La consecuencia práctica es que ocuparse con Dios libera al yo del desespero de la ilusión y le posibilita alcanzar cierta integración que genera felicidad.
Como se ve, pensar a Dios no es nunca un mero ejercicio intelectual. Es pensar la forma más adecuada de vivir como seres humanos, de comprender mejor el mundo, y conectarnos con esa Energía soberana y buena que empapa todo y penetra en las profundidades de cada ser.
Finalmente, creer en Dios es creer en la bondad fundamental del ser, creer que vale la pena vivir y disfrutar de la alegría de pasar por este pequeño planeta en el cual habitan seres que sienten el pulso de la Realidad Suprema, hecha de amor, compasión y refugio definitivo. Dios es el mayor viaje, el mejor delirio jamás experimentado.

Leonardo Boff
+++++

¿Queriendo ser Dios?
2009-10-23
________________________________________
Rose Marie Muraro es una mujer imposible. A pesar de tener grandes limitaciones de vista y de salud escribió 35 libros y editó cerca de otros 1600. Fue pionera del feminismo brasilero. Su estudio sobre la sexualidad de la mujer brasilera, publicado por la Editorial Vozes de Petrópolis, se transformó en un clásico, tanto por su metodología como por las categorías de análisis.
Licenciada en física, siempre se preocupó por la tecnología y su incidencia en el destino humano. Ahora, con el paso de los años y después de muchas investigaciones y de manejar una gran cantidad de fuentes, informaciones y autores, nos entrega un libro-síntesis con el título: Los avances tecnológicos y el futuro de la humanidad: ¿queriendo ser Dios? Es una publicación de la Editorial Vozes de Petrópolis de la cual fue durante 17 años directora editorial.
El subtítulo ¿Queriendo ser Dios? define la perspectiva de su análisis y al mismo tiempo deja traslucir una denuncia contra el tipo de ciencia y tecnología dominantes en la historia. En realidad, hace un excelente rastreo histórico de la tecnología desde los albores de la humanidad, cuando hace más de dos millones de años surgió el homo faber, aquel que por primera vez utilizó el instrumento para imponerse a la naturaleza, pasando por los distintos periodos históricos, con sus respectivas revoluciones hasta llegar a los tiempos contemporáneos de la ingeniería genética, de la robótica, de la nanotecnología y de la biología sintética, para culminar en la fusión entre ser humano y máquina.
A lo largo de su libro Rose nos muestra el calvario de la Tierra y la lenta y progresiva crucificación de la vida y de la naturaleza a través del poder de la tecnociencia, puesta al servicio de la voluntad de poder en su concretización más cruda y cruel en el dinero.
Pero no siempre fue así. Primitivamente el saber y la técnica estaban al servicio de la solidaridad y del compartir, atendiendo a las demandas humanas y aliviando el peso de la vida. Pero desde el momento en que surgió la moneda, que se hizo mediación exclusiva de todos los trueques, y se transformó en mercancía con precio (intereses), se produjo una revolución perversa. Se pasó de la cooperación a la competición, del cuidado a la agresividad. Lo que impera entonces es el gana/pierde y no el gana/gana. La sociedad se ha hecho conflictiva con ejércitos, muchas guerras y grandes mortandades.
Los señores del dinero sujetan a las personas, controlan la sociedad y deciden qué saber y qué técnica hay que desarrollar para reforzar su poder. No se produce para la vida sino para el mercado. No se inventa para la sociedad sino para el lucro.
El actual proyecto de la tecnociencia ha acelerado enormemente la historia. La humanidad ha caminado más en cien años que en los dos millones de años anteriores. Esta velocidad ha aturdido la mente y está generando una verdadera mutación humana, comparable solamente a la ocurrida en la revolución biológica multimilenaria. Algunos científicos intentan introducir nanoparticulas en la corriente sanguínea del cerebro para gestar una inteligencia suprahumana. Surgiría así un híbrido de ser humano y maquina, y la humanidad se bifurcaría entre los mejorados y nos no-mejorados.
Rose Marie Muraro se alza contra este intento, pues él configura la suprema arrogancia y actualiza la antigua tentación bíblica del seréis como Dios.
El ser humano, por más que quiera, jamás superará los límites de su naturaleza. Sólo una ciencia con conciencia servirá a la vida y garantizará el futuro de la Tierra. La autora propugna monedas complementarias, un consumo compasivo y reciclable, una revolución radical de dentro hacia fuera y de abajo hacia arriba, el juego del gana/gana como forma de salir con éxito del berenjenal en el que estamos enredamos. La frase final de su brillante libro es esperanzadora: «Cuando desistamos de ser dioses podremos ser plenamente humanos, algo que todavía no sabemos lo que es, pero que hemos intuido desde siempre».

Leonardo Boff
+++++
¿Todavía tiene futuro el individualismo?
2009-10-16
________________________________________
En Estados Unidos hay una crisis más profunda que la económico-financiera. Es la crisis del estilo de sociedad que se formó desde que fuera constituida por los «padres fundadores». Es una sociedad profundamente individualista, consecuencia directa del tipo de capitalismo que fue implantado allí. La exaltación del individualismo adquirió forma de credo en un monumento delante del majestuoso Rockfeller Center en Nueva York, en el cual se puede leer el acto de fe de John D. Rockfeller Jr: «Creo en el supremo valor del individuo y en su derecho a la vida, a la libertad y a perseguir su felicidad».
En un fino análisis contenido en su clásico libro La democracia en América (1835), el magistrado francés Charles de Tocqueville (1805-1859) señaló al individualismo como la marca registrada de la nueva sociedad naciente. El individualismo se mantuvo triunfante, pero tuvo que aceptar límites debido a la conquista de los derechos sociales de los trabajadores y especialmente al surgimiento del socialismo, que contraponía otro credo, el de los valores sociales. Pero con el derrocamiento del socialismo estatal, el individualismo volvió a tener vía libre bajo el presidente Reagan hasta el punto de imponerse en todo el mundo en forma de neoliberalismo político.
Contra Barack Obama, que intenta un proyecto con claras connotaciones sociales, como salud para todos los estadounidenses y medidas colectivas para limitar la emisión de gases de efecto invernadero, el individualismo resurge con furor. Le acusan de socialista y de comunista y, en facebook, en internet, hasta no se excluye su eventual asesinato si llegara a suprimir los planes individuales de salud. Y eso que su plan de salud no es tan radical, pues, tributario todavía del individualismo tradicional, excluye de él a todos los emigrantes, que son millones.
La palabra «nosotros» es una de las más desprestigiadas de la sociedad estadounidense. Lo denuncia el respetado columnista del New York Times, Thomas L. Friedman en un excelente artículo: «Nuestros líderes, hasta el presidente, no consiguen pronunciar la palabra ‘nosotros’ sin que les produzca risa. No hay más ‘nosotros’ en la política estadounidense, en una época en que ‘nosotros’ tenemos enormes problemas -la recesión, el sistema de salud, los cambios climáticos y las guerras en Irak y en Afganistán- con los que sólo vamos poder lidiar si la palabra ‘nosotros’ tiene una connotación colectiva» (JB 01/10/09).
Sucede que, por falta de un contrato social mundial, Estados Unidos se presenta como la potencia dominante, que prácticamente decide los destinos de la humanidad. Su arraigado individualismo proyectado al mundo se muestra absolutamente inadecuado para señalar un rumbo al ‘nosotros’ humano. Ese individualismo no tiene ya futuro.
Se hace cada vez más urgente un gobierno global que sustituya el unilateralismo monocéntrico. O desplazamos el eje del ‘yo’ (mi economía, mi fuerza militar, mi futuro) hacia ‘nosotros’ (nuestro sistema de producción nuestra política y nuestro futuro común) o difícilmente evitaremos una tragedia, no sólo individual sino colectiva. Independientemente de ser socialistas o no, lo social y lo planetario deben orientar el destino común de la humanidad.
Pero, ¿por qué ese individualismo tan arraigado? Porque está fundado en un dato real del proceso evolutivo y antropogénico, pero asumido de forma reduccionista. Los cosmólogos nos aseguran que hay dos tendencias en todos los seres, especialmente en los seres vivos: la de auto-afirmación (yo) y la de integración en un todo mayor (nosotros). Por la autoafirmación cada ser defiende su existencia; si no, desaparece. Pero por otro lado, nunca está sólo, está siempre enredado en un tejido de relaciones que lo integra y le facilita la supervivencia.
Las dos tendencias coexisten, juntas construyen cada ser y sustentan la biodiversidad. Excluyendo una de ellas surgen patologías. El ‘yo’ sin el ‘nosotros’ lleva al individualismo y al capitalismo como su expresión económica. El ‘nosotros’ sin el ‘yo’ desemboca en el socialismo estatal y en el colectivismo económico. El equilibrio entre el ‘yo’ y el ‘nosotros’ se encuentra en la democracia participativa que articula ambos polos. Ella acoge al individuo (yo) y lo ve siempre insertado en una sociedad mayor (nosotros), como ciudadano.
Hoy necesitamos una hiperdemocracia que valore cada ser y a cada persona y garantice la sostenibilidad de lo colectivo que es la geosociedad naciente.

Leonardo Boff
+++++
Carencia de justa medida
2009-10-09
________________________________________
Nuestra cultura se caracteriza por el exceso en casi todos los ámbitos de la vida: exceso en la utilización de los recursos naturales, en la explotación de la fuerza de trabajo, en la especulación financiera, en la acumulación de riqueza. La crisis actual es en gran parte fruto de este exceso.
El historiador inglés Arnold Toynbee en sus estudios sobre el nacimiento y muerte de las civilizaciones señala que éstas entran en colapso cuando el exceso, en más o en menos, empieza a dominar. Es lo que estamos viendo actualmente. De ahí la importancia de reflexionar sobre la justa medida, que acaba siendo sinónimo de sostenibilidad.
La justa medida tiene que ver con lo óptimo relativo, es decir, con el equilibrio dinámico entre el más y el menos. Por una parte, toda medida es sentida negativamente como límite a nuestras pretensiones. De ahí nace la voluntad y hasta el placer de violar el límite. Y por la otra, es sentida positivamente como la capacidad de usar en forma moderada potencialidades que pueden dar otro rumbo a la historia y así garantizar la continuidad de la vida.
Veamos rápidamente el lugar de la justa medida en algunas de las grandes culturas que conocemos.
En las culturas de la cuenca del Mediterráneo, especialmente entre los egipcios, griegos, latinos y hebreos la búsqueda de la justa medida era central. Lo mismo se da en el budismo y en la filosofía ecológica del Feng Shui chino. Para estas tradiciones el símbolo era la balanza y las respectivas divinidades femeninas, tutoras del equilibrio.
La diosa Maat era la personificación de la justa medida para los egipcios. Bajo su responsabilidad estaba la medida política que permitía que todo fluyera equilibrada y armoniosamente. Pero los sabios egipcios pronto percibieron que ese equilibrio solo era sostenible si la medida exterior correspondía a la medida interior. En caso contrario, impera el legalismo. Hoy sabemos que su visión influyó fuertemente en el pensamiento griego y latino e hizo que una de las características fundamentales de la cultura griega fuese la búsqueda insaciable de la medida (metrón en griego, de donde viene nuestro metro). Es clásica la formulación, verdadera regla de oro: «la perfección está en la justa medida de todas las cosas».
La diosa Némesis, venerada por griegos y latinos, correspondía a la diosa Maat de los egipcios. Representaba la justicia divina y la justa medida. Quien osase sobrepasar la propia medida (eso se llamaba hybris = arrogancia y presunción exacerbadas) era inmediatamente fulminado por esta divinidad. Así, por ejemplo, los campeones olímpicos que, como en los días actuales, se dejaban endiosar por sus admiradores; también los escritores y artistas que permitían su divinización por causa de sus obras.
La Biblia judeocristiana formula, a su manera, la búsqueda de esta medida: Se basa en el reconocimiento del límite infranqueable entre el Creador y la criatura. Ésta jamás podrá traspasar ese límite y ser como Dios. La gran tentación formulada por la serpiente a Adán y Eva en el paraíso terrenal era: si traspasaban el límite serían como Dios. Lo traspasaron y recibieron el castigo: la expulsión del paraíso. Pecado es no aceptar la situación de criatura, es rechazar ese límite y esa medida, es intentar elevarse a la altura divina.
A pesar de la expulsión, la misión de cultivar y guardar el jardín del Edén continuó. Aquí se anuncia una medida de valor siempre actual: el ser humano puede intervenir en la naturaleza siempre que esté orientado por la medida del cuidado, pues «cultivar» expresa el cuidado esencial y «guardar» es sinónimo de garantizar la sostenibilidad.
Pero hay que preguntar: ¿Quién garantiza la sostenibilidad? Se han señalado muchas fuentes inspiradoras, generalmente indicadas como únicas: la naturaleza o la razón universal o la sabiduría de los pueblos o las religiones y la revelación contenida en la Biblia judeocristiana, o en el Corán o en las Upanishads o en el Tao, y otras.
Hoy estamos cada vez más convencidos de que nada puede ser reducido a una única causa (monocausalidad) o a un único factor, pues nada es lineal y simple. Todo es complejo y está entretejido de inter-retro-relaciones de redes de inclusiones. Por eso necesitamos articular todas esas instancias y algunas otras. Juntas, deben ayudarnos a encontrar una justa medida adecuada, pues todas aportan alguna luz y comunican alguna verdad. Sabiduría es asumir estas verdades que potencian el equilibrio y permiten que la vida viva y evitan conflictos innecesarios.
La pregunta para nosotros hoy es: ¿Cuál es la justa medida de intervención en la naturaleza que por un lado preserve el capital natural, y por el otro nos comporte beneficios? Por no haber encontrado todavía la formula, estamos patinando en la crisis.

Leonardo Boff
+++++

Yin y Yang: el equilibrio del movimiento
2009-10-02
________________________________________
La tradición del Tao ve la historia como un juego dialéctico y complementario de dos principios: yin y yang, fuerzas subyacentes a todos los fenómenos humanos y cósmicos. Buscando luces para entender y salir de la crisis mundial, tal vez esta mirada holística de los sabios orientales nos pueda inspirar.
La figura de referencia para representar estos dos principios es la montaña. El lado norte, cubierto por la sombra, es yin, que en chino quiere decir sombreado, y corresponde a la dimensión Tierra. Se expresa por las cualidades del ánima, de lo femenino en los hombres y en las mujeres: el cuidado, la ternura, la acogida, la cooperación, la intuición y la sensibilidad por los misterios de la vida.
El yang significa la luminosidad del lado sur, y corresponde a la dimensión Cielo. Adquiere cuerpo en el ánimus, en las cualidades masculinas en el hombre y en la mujer: el trabajo, la competición, el uso de la fuerza, la objetivación del mundo, el análisis y la racionalidad discursiva y técnica.
La sabiduría milenaria del Taoísmo enseña que estas dos fuerzas deben equilibrarse mutuamente para que el discurrir de las cosas sea al mismo tiempo dinámico y armónico. Puede ocurrir que una predomine sobre la otra, pero se debe buscar en todo tiempo el difícil equilibrio entre ellas.
El yin y el yang nos remiten a una energía más originaria que contiene a ambas: el Qi [léase chi ]. El Qi es la energía cósmica que sustenta, penetra y mueve todo. La teología yoruba y nagô, tan presentes en Bahia (Brasil), enseña que esa energía es el Axé universal, con las mismas funciones del Qi. Los cristianos hablan del Spiritus Creator, o del Soplo cósmico, que llena y dinamiza toda la creación. Los modernos cosmólogos se refieren a la constante cosmológica que es la Energía de fondo que produjo aquel minúsculo puntito que se hinchó y después explotó —big bang— dando origen a nuestro Universo. Tras esta inconmensurable explosión, la Energía de fondo se desdobló en las cuatro fuerzas fundamentales que actúan siempre juntas y que subyacen tras todos los fenómenos —la energía gravitacional, la electromagnética, la nuclear débil y la nuclear fuerte—, para las cuales no existe, en realidad, ninguna teoría que las explique.
Nuestra cultura occidental, hoy globalizada, quebró esta visión integradora y dinámica. Enfatizó tanto el yang que volvió anémico el yin. Por eso, permitió que lo racional pasase por encima de lo emocional, que la ciencia se enemistase con la espiritualidad, que el poder negase el carisma, que la competencia prevaleciera sobre la cooperación, y que la explotación de la naturaleza desatendiera el cuidado y el respeto que se le deben. Este desequilibrio originó el antropocentrismo, el patriarcalismo, la pobreza espiritual, la cultura materialista y depredadora, y la actual crisis ecológica planetaria.
Solamente con la integración de la fuerza del yin, del ánima, de la logique du coeur (Pascal), del mundo de los valores, corrigiendo el exceso del yang, del ánimus, del espíritu de dominación, podremos proceder a las correcciones necesarias y a dar un nuevo rumbo a nuestro proyecto mundial.
En la tradición del canon occidental expresamos el mismo fenómeno del yin y yang refiriéndonos a dos figuras mitológicas: Apolo y Dionisio.
La dimensión Apolo está en el lugar del orden, de la razón, de la disciplina, en una palabra, de la ley del día bajo la cual se rige la sociedad organizada. La dimensión Dionisio representa la libertad frente a las leyes, la capacidad de saltarse las prohibiciones, la exaltación de la alegría de vivir y la inauguración de lo nuevo, en una palabra, la ley de la noche, que es el momento en que las censuras caen y todo se vuelve gris e indefinido.
Actualmente vivimos una coyuntura muy particular, marcada por el exceso. Perdimos la coexistencia del yin con el yang, de Apolo con Dionisio. Si no encontramos un punto de equilibrio, todo puede suceder, hasta una calamidad antropológica. Necesitamos una locura sabia que posibilite una nueva síntesis entre estos dos polos para reinventar un nuevo camino que nos asegure el futuro.

Leonardo Boff
+++++

Ser humano: poético y prosaico
2009-9-25
________________________________________
Uno de los más inspirados poetas alemanes, Friedrich Höderlin (1770-1843), dijo lo siguiente: «El ser humano habita poéticamente la Tierra». Este pensamiento lo completó luego un pensador francés, Edgar Morin: «El ser humano habita también prosaicamente la Tierra». Poesía y prosa además de ser géneros literarios, expresan dos modos existenciales de ser.
La poesía supone la creación que hace que la persona se sienta tomada por una fuerza mayor que le trae conexiones inusitadas, iluminaciones nuevas, rumbos nuevos. Bajo la fuerza de la creación la persona canta, sale de la rutina y asume caminos diferentes. Surge entonces el chamán que se esconde en cada persona, esa disposición que nos hace sintonizar con las energías del universo, que capta el pulsar del corazón del otro, de la naturaleza y de Dios mismo. Por esta capacidad se descubren nuevos sentidos de lo real.
«Habitar poéticamente la Tierra» significa sentirla como algo vivo, evocativo, grandioso y mágico. La Tierra es paisajes, colores, olores, fascinación y misterio. ¿Cómo no extasiarse ante la majestad de la selva amazónica, con sus árboles cual manos tendidas hacia lo alto, con la maraña de sus lianas y enredaderas, con los sutiles matices de sus verdes, rojos y amarillos, con los trinos de las aves y la profusión de sus frutos? ¿Cómo no quedarse boquiabierto ante la inmensidad de las aguas que penetran lentamente en la espesura y descienden mansamente hasta el océano? ¿Cómo no sentirse lleno de temor reverencial al caminar horas y horas por la selva virgen, como varias veces me tocó hacerlo con Chico Mendes? ¿Cómo no sentirse pequeño, perdido, un bichito insignificante ante su incalculable biodiversidad?
Habitamos poéticamente el mundo cuando sentimos en la piel el frescor suave de la mañana, cuando padecemos bajo la canícula del sol de mediodía, cuando nos serenamos al atardecer, cuando nos invade el misterio de la oscuridad de la noche. Nos estremecemos, vibramos, nos llenamos de ternura y nos extasiamos ante la Tierra en su inagotable vitalidad, y al encontrarnos con la persona amada. Entonces vivimos el modo de ser poético.
Lamentablemente son ciegos y sordos y víctimas de la lobotomía del paradigma positivista moderno quienes ven la Tierra simplemente como un laboratorio de elementos físico-químicos, como un conglomerado inconexo de cosas yuxtapuestas. No, ella está viva, es Madre y Pachamama.
También habitamos la Tierra prosaicamente. La prosa recoge la cotidianidad y el día a día gris, hecho de tensiones familiares y sociales, como los horarios y los deberes profesionales, con discretas alegrías y tristezas disimuladas. Pero lo prosaico también esconde valores inestimables. Se descubren tras una larga estancia en un hospital, o cuando regresamos presurosos después de pasar penosos meses fuera de casa. Nada más suave que el sereno transcurrir de los horarios y de los quehaceres domésticos y profesionales. Nos da la sensación de una navegación tranquila por el mar de la vida.
Poesía y prosa conviven y se alternan de tiempo en tiempo. Tenemos que velar por lo poético y lo prosaico de nuestras vidas, pues ambos se complementan y ambos están amenazados de banalización.
La cultura de masas ha desnaturalizado lo poético. El ocio, que sería el momento de ruptura de lo prosaico, ha sido aprisionado por la cultura del entretenimiento que incita al exceso, al consumo de alcohol, de drogas y de sexo. Es una vivencia poética, pero domesticada, sin éxtasis; un disfrute sin encantamiento.
Lo prosaico ha sido trasformado en simple lucha darviniana por la supervivencia, extenuando a las personas con trabajos monótonos, sin esperanza de gozar del merecido ocio. Y cuando éste llega, resultan rehenes de quienes han pensado todo por ellas, organizan sus viajes y les fabrican experiencias inolvidables. Y lo consiguen. Pero como todo es artificialmente inducido, el efecto final es un doloroso vacío existencial. Y entonces les dan antidepresivos.
Saber vivir con levedad lo prosaico y con entusiasmo lo poético es indicativo de una vida plenamente humana.

Leonardo Boff
+++++

Zen-budismo en la vida y en el trabajo
2009-09-18
________________________________________
El zen-budismo puede significar una fuente inspiradora para el paradigma occidental en crisis, así como para la vida cotidiana. Y ello se debe a que el zen no es una teoría o una filosofía. Es una práctica de vida que se inscribe en la tradición de las grandes sabidurías de la humanidad. El zen puede ser vivido por las personas más diferentes, sencillas amas de casa, empresarios o personas religiosas de diferentes credos.
Para el zen-budismo, lo más importante no está en la razón, tan importante para nuestra cultura occidental, sino en la conciencia. Para nosotros la conciencia es algo mental. Para el zen-budismo cada sentido corporal tiene su conciencia: la visión, el olfato, el paladar, la audición y el tacto. La sexta es la razón. Todo se concentra para activar con la mayor atención posible cada una de estas conciencias, en las vivencias de cada día. Tener una actitud zen es discernir cada matiz del verde, percibir cada ruido, sentir cada aroma, darse cuenta de cada toque. Y estar atento a los devaneos de la razón en su movimiento imparable.
Por eso, el zen se construye sobre la concentración, la atención, el cuidado y la integridad en todo lo que hacemos. Por ejemplo, expulsar un gato de la poltrona, puede ser zen; también, soltar a los perros de la perrera y dejarlos correr por el jardín. Se cuenta que un guerrero samurai, antes de una batalla, visitó a un maestro zen, y le preguntó: «¿qué es el cielo y el infierno?». El maestro respondió: «para gente armada como tú, no pierdo ni un minuto». El samurai, ofendido, tiró la espada, y dijo: «por semejante falta de cortesía podría matarlo ahora mismo». Ahí le contestó con toda calma el maestro: «eso es el infierno». Con la calma del maestro, recapacitó el samurai, metió la espada en la vaina y se marchó. El maestro le gritó desde atrás: «eso es el cielo».
En medio de las diferentes situaciones, acabamos compartimentando nuestra vida. La actitud zen apunta a la completa integración de la persona con la realidad que vive. El zen busca el vacío. Pero ese vacío no es tal. Es más bien un espacio libre en el cual todo se puede formar. No nos podemos quedar atados a esto o aquello…
Cuando un discípulo preguntó al maestro «¿quién somos?», el maestro respondió simplemente apuntando al universo: «somos todo eso». Eres la planta, el árbol, la montaña, la estrella, el universo entero. Cuando nos concentramos totalmente en esas realidades, nos identificamos con ellas. Pero eso sólo es posible si quedamos vacíos y permitimos que las cosas nos tomen totalmente. El pequeño yo va desaparecienco, para que surja el yo profundo. Es entonces cuando sentimos que somos uno con todo.
Este camino exige mucha disciplina. No es nada fácil superar las fluctuaciones de cada una de las conciencias y crear un centro unificador.
La búsqueda de esta unidad originaria tiene una base cosmológica. Hoy sabemos que todos los seres provienen de elementos físico-químicos que se forjaron en el corazón de las grandes estrellas rojas que después explotaron. Un día estábamos todos juntos en aquel corazón incandescente. Guardamos todavía una memoria cósmica de esta ancestralidad nuestra.
Por otra parte, sabemos también que tenemos el mismo código genético de base presente en todos los demás seres vivos. Venimos de una bacteria promordial, surgida hace 3.800 millones de años. Formamos la única y sagrada comunidad de vida.
Al buscar un centro unificador, el zen nos invita a realizar este viaje interior. No hace falta decir que todo eso vale para todos, pero principalmente para mí.

Leonardo Boff
+++++

Zen y la crisis de la cultura occidental
2009-09-11
________________________________________
Vengo insistiendo desde hace tiempo en que por detrás de la crisis actual económico-financiera actual hay una crisis de paradigma civilizatorio. ¿De qué civilización? Se trata obviamente de la civilización occidental, que a partir del siglo XVI fue mundializada por el proyecto de colonización de los nuevos mundos.
Este tipo de civilización se estructura en la voluntad de poder-dominación del sujeto personal y colectivo sobre los otros, los pueblos y la naturaleza. Su arma mayor es una forma de racionalidad, la instrumental-analítica, que compartimenta la realidad para conocerla mejor y así someterla más fácilmente. Después de quinientos años de ejercicio de esta racionalidad, con los innegables beneficios que ha traído y que encontró en la economía política capitalista su más cabal realización, estamos constatando el alto precio que nos ha hecho pagar: el calentamiento global, inducido en gran parte por el industrialismo sin límites, y la amenaza de una catástrofe previsible ecológica y humanitaria.
Estimo que todos los esfuerzos que se hagan dentro de este paradigma para mejorar la situación serán insuficientes. Serán siempre más de lo mismo. Tenemos que cambiar para no perecer. Es el momento de inspirarnos en otras civilizaciones que ensayaron un modo más benevolente de habitar el planeta. Lo que fue bueno ayer, puede valer también para hoy.
Tomo como una de las referencias posibles el zenbudismo. Primero, porque ha influenciado todo el Oriente. Nacido en la India, pasó a China y llegó a Japón. Después, porque ha penetrado ampliamente en estratos importantes de Occidente y de todo el mundo. El Zen no es una religión. Es una sabiduría, una manera de relacionarse con todas las cosas de tal forma que se busca siempre la justa medida, la superación de los dualismos y la sintonía con el Todo.
Lo primero que hace el budismo zen es destronar al ser humano de su pretendida centralidad, especialmente del yo, núcleo básico del individualismo occidental. Él nunca está separado de la naturaleza, es parte del Todo. En seguida, procura una razón más alta que está más allá de la razón convencional. Se niega a tratar la realidad con conceptos y fórmulas. Se concentra con la mayor atención posible en la experiencia directa de la realidad tal como la encuentra.
«¿Qué es el zen?» preguntó un discípulo al maestro. Y éste respondió: «las cosas cotidianas; cuando tienes hambre, comes, cuando tienes sueño, duermes». «¿Pero no hacen eso mismo todos los seres humanos normales?» -atajó el discípulo. «Sí» ―respondió el maestro― «los seres humanos normales cuando comen piensan en otra cosa, cuando duermen, no pegan ojo porque están llenos de preocupaciones». ¿Qué significa esta respuesta? Significa que debemos ser totalmente uno en el acto de comer y totalmente entregados al acto de dormir. Como ya decía la mística cristiana Santa Teresa: «cuando gallinas, gallinas, cuando ayuno, ayuno». Esta es la actitud zen. Empieza por hacer con la máxima atención las cosas más cotidianas como respirar, andar y limpiar un plato. Entonces ya no hay dualidad: estás todo tú en todo lo que haces. Por eso, obedece a la lógica secreta de la realidad sin la pretensión de interferir en ella. Acogerla con el máximo de atención nos hace integrados porque no nos distraemos con representaciones y palabras.
Esta actitud le ha faltado al Occidente globalizado. Estamos siempre imponiendo nuestra lógica a la lógica de las cosas. Queremos dominar. Y llega un momento en que ellas se rebelan, como estamos constatando actualmente. Si queremos que la naturaleza nos sea útil, debemos obedecerla.
No dejaremos de producir y de hacer ciencia, pero lo haremos con la máxima conciencia y en sintonía con el ritmo de la naturaleza. Orientales, occidentales, cristianos y budistas pueden usar el zen de la misma forma que peces grandes y pequeños pueden morar en el mismo océano. Es otra forma de vivir que puede enriquecer nuestra cultura en crisis.

Leonardo Boff
+++++
Legado de la crisis: ¿cuál es el mejor sueño?
2009-08-14
________________________________________
La crisis actual está destruyendo el horizonte de esperanza de gran parte de la humanidad, especialmente de los jóvenes. Hay un vacío de sueños y de causas capaces de movilizar a las personas. Miguel d’Escoto, Presidente da Asamblea General de la ONU, decía recientemente, siguiendo a J. Stiglitz, Nóbel de economía: «El legado de esta crisis será una batalla de alcance global en torno a ideas, mejor dicho, en torno a cuál sueño será mejor para la humanidad y para la Tierra».
Todo generalmente comienza desde abajo, de algo que parece insignificante pero que está en la dirección correcta y trae consigo las potencialidades de lo nuevo. Estas eran las ideas que me venían a la mente cuando participé del 12 Encuentro Intereclesial de Comunidades Eclesiales de Base en Porto Velho, Rondonia, a mediados de julio. Había más de tres mil personas, representantes de las cerca de cien mil comunidades, venidas de todos los rincones de Brasil. Durante tres años, mediante buenas ayudas, se prepararon, estudiando los problemas ecológicos y sociales de la Amazonia. El tema se formuló así: «Del vientre de la Tierra, el grito que viene de la Amazonia».
Participé en grupos y en las plenarias. Quedé extasiado con su nivel de conciencia acerca de las cuestiones ecológicas locales y globales, sobre el calentamiento global y la tragedia que puede suceder a toda la humanidad si no cambiamos nuestro modo de ser. Lo que más les preocupaba era el impacto de los grandes proyectos que están previstos para la Amazonia: más de 50 hidroeléctricas, empresas mineras, siderúrgicas y apertura de carreteras. Les producía indignación el avance del agronegocio y de la industria agropecuaria en la selva amazónica y en el cerrado. Curiosamente, se daban cuenta de que tales macroproyectos están dentro da lógica del modelo de crecimiento, atrasado, que se impone de arriba abajo, sin dialogar con las poblaciones locales, indígenas, siringueros, ribereños, palenqueros (descendientes de esclavos liberados) y otros. Resisten, bloquean caminos, cercan las obras para obligar a los directores a dialogar con ellos. Saben que tales proyectos se llevarán a cabo sin ninguna consideración, pero quieren demostrar que se puede hacer de otra manera y buscando alternativas menos agresoras de la naturaleza.
Se analizaron en detalle los cinco gritos que irrumpen de la Amazonia: el grito de los pueblos originarios, obligados a trasladarse y a perder sus tierras, tradiciones y culturas; el grito de la tierra, apropiada ilegalmente y devastada por la ganancia de lucro; el grito de las aguas, muchas de ellas contaminadas por el mercurio de la minería a cielo abierto, matando peces y privando de su subsistencia a los ribereños; el grito de las selvas derribadas. Para ellos estaba claro que el problema no es el suelo que es pobre, sino lo que está encima, como las plantas, los animales, los millares de insectos, en fin, la biodiversidad. La misión de la Amazonia no es ser tierra para soja, caña de azúcar o ganado, sino mantenerse en pie a fin de garantizar el equilibrio de los climas mundiales, asegurar la humedad a regiones lejanas alcanzadas por los “ríos voladores” que salen de las selvas, pues cada árbol grande lanza a la atmósfera cerca de 300 litros de agua en forma de humedad la día, el grito de las ciudades, el 40% sin agua corriente y el 80% sin alcantarillado.
Se sacaron conclusiones claras: las CEBs no deben ser sólo comunidades eclesiales sino también ecológicas de base, cosa que está presente en la propia sigla CEBs. Hay que asumir la florestanía, es decir, cómo ser ciudadanos de la floresta preservada y apoyar a los movimientos populares y partidos políticos ligados a la transformación social.
En esos cuatro días resonaba por todas partes el lema africano que dijo el extraordinario obispo de la selva, don Moacyr Grechi: «gentes sencillas, haciendo cosas pequeñas en lugares poco importantes, unidas, hacen cosas extraordinarias». Y la gente de las CEBs está haciendo milagros. Por aquí hay camino y un futuro-semilla para la humanidad.
Dios no planta árboles, decía el obispo, planta semillas. Entre ellas están las CEBs: semillas de lo nuevo.

Leonardo Boff
+++++

Un círculo vicioso mortal
2009-08-07
________________________________________
Estamos todos sentados encima de paradigmas civilizacionales y económicos fallidos. Es lo que nos revela la actual crisis global con sus varias ramificaciones. A corto y a medio plazo no hay nada que se presente como consistente. Somos pasajeros de un avión en vuelo ciego. Lo que se ofrece es hacer correcciones y controles a la Keynes, que en el fondo son cambios en el sistema, pero no cambios del sistema. Pero es el sistema lo que resulta realmente insostenible, incapaz de ofrecer un horizonte prometedor para la humanidad. Por eso, se demanda otro sistema y otro paradigma de habitar este pequeño, viejo, devastado y superpoblado planeta. Es urgente porque el tiempo del reloj corre en contra nuestra y tenemos poca sabiduría y escaso sentido de cooperación.
Por causa de los intereses de los poderosos, que no hacen lo necesario para evitar lo fatal, las soluciones que están siendo puestas en marcha en el mundo van en la línea de «más de lo mismo». Esto es absolutamente irracional, pues ha sido ese «mismo» lo que nos ha llevado a la crisis, que puede evolucionar hacia una tragedia completa.
Estamos, pues, enredados en un círculo vicioso letal. Les guste o no a los economistas -los «salvadores» del mundo-, tenemos a la vista dos puntos muertos: uno humanitario y otro ecológico. El primero es de naturaleza ética: la conciencia planetaria, surgida como consecuencia de la globalización, suscita la pregunta: ¿cuánta inhumanidad y crueldad aguanta el espíritu humano cuando verifica que el 20% de las personas consume el 80% de toda la riqueza de la Tierra, condenando al resto a la cruz de la desesperación, acorralada por los límites de la supervivencia? ¿Aceptará el veredicto de muerte sobre ella… o se resistirá, se indignará y finalmente se rebelará por instinto de supervivencia? El ideal capitalista de crecimiento ilimitado en un planeta limitado ya no se puede seguir proponiendo o sólo bajo una gran violencia.
El segundo es el límite ecológico. El capitalismo creó la cultura del consumo y del desperdicio, cuyo prototipo es la sociedad norteamericana. Generalizar esta cultura —ya se han hecho los cálculos― necesitaría dos o más Tierras semejantes a la nuestra, lo que hace el proyecto irrealizable. Por otra parte, hemos llevado al límite los recursos y servicios de la Tierra y los sobrepasamos en un 40%. Todas las energías alternativas a la fósil, manteniendo el consumo actual, cubrirían solamente el 30% de la demanda global. Como se ve, dentro del mismo modelo, somos un sapo que se va cociendo lentamente sin posibilidad de salirse de la olla.
Hay tres propuestas creativas: la economía solidaria, que no se guía por el objetivo capitalista de maximización del lucro ni por su apropiación individual; el cambio de monedas regionales, y la tercera es la de la biocivilización y la Tierra de la Buena Esperanza, del economista polaco que dirige un centro de investigación sobre Brasil en Paris: Ignacy Sachs. Esta propuesta da un lugar central a la vida y a la naturaleza, considerando a Brasil el lugar donde se anticipa. Las tres son posibles, pero todavía no han acumulado fuerza suficiente para ser hegemónicas.
Ellas tal vez podrían salvarnos. ¿Pero tendremos tiempo hábil? Bien decía Gramsci: «lo viejo no acaba de morir y a lo nuevo le cuesta nacer». No se desmonta una cultura de un día para otro. Quien está acostumbrado a comer filete de lomo, difícilmente se resignará a comer huevo.
Mi sentimiento del mundo dice que vamos al encuentro de una formidable crisis generalizada que nos llevará al límite de la supervivencia. Cuando el agua nos llegue a la nariz, haremos todo para salvarnos. Posiblemente seremos todos socialistas, no por ideología sino por necesidad: los escasos recursos naturales serán repartidos ecuánimemente entre los humanos y los demás vivientes de la comunidad de vida.
San Agustín sabiamente enseñó que hay dos factores que producen en nosotros grandes transformaciones: el sufrimiento y el amor. Debemos aprender ya ahora a amar y a sufrir por esta única Casa Común a fin de que pueda ser una gran Arca de Noé que albergue a todos. Entonces la Tierra de la Buena Esperanza sí será señal de un Jardín del Edén que todavía está por venir.

Leonardo Boff
+++++
Un círculo vicioso mortal
2009-08-07
________________________________________
Estamos todos sentados encima de paradigmas civilizacionales y económicos fallidos. Es lo que nos revela la actual crisis global con sus varias ramificaciones. A corto y a medio plazo no hay nada que se presente como consistente. Somos pasajeros de un avión en vuelo ciego. Lo que se ofrece es hacer correcciones y controles a la Keynes, que en el fondo son cambios en el sistema, pero no cambios del sistema. Pero es el sistema lo que resulta realmente insostenible, incapaz de ofrecer un horizonte prometedor para la humanidad. Por eso, se demanda otro sistema y otro paradigma de habitar este pequeño, viejo, devastado y superpoblado planeta. Es urgente porque el tiempo del reloj corre en contra nuestra y tenemos poca sabiduría y escaso sentido de cooperación.
Por causa de los intereses de los poderosos, que no hacen lo necesario para evitar lo fatal, las soluciones que están siendo puestas en marcha en el mundo van en la línea de «más de lo mismo». Esto es absolutamente irracional, pues ha sido ese «mismo» lo que nos ha llevado a la crisis, que puede evolucionar hacia una tragedia completa.
Estamos, pues, enredados en un círculo vicioso letal. Les guste o no a los economistas -los «salvadores» del mundo-, tenemos a la vista dos puntos muertos: uno humanitario y otro ecológico. El primero es de naturaleza ética: la conciencia planetaria, surgida como consecuencia de la globalización, suscita la pregunta: ¿cuánta inhumanidad y crueldad aguanta el espíritu humano cuando verifica que el 20% de las personas consume el 80% de toda la riqueza de la Tierra, condenando al resto a la cruz de la desesperación, acorralada por los límites de la supervivencia? ¿Aceptará el veredicto de muerte sobre ella… o se resistirá, se indignará y finalmente se rebelará por instinto de supervivencia? El ideal capitalista de crecimiento ilimitado en un planeta limitado ya no se puede seguir proponiendo o sólo bajo una gran violencia.
El segundo es el límite ecológico. El capitalismo creó la cultura del consumo y del desperdicio, cuyo prototipo es la sociedad norteamericana. Generalizar esta cultura —ya se han hecho los cálculos― necesitaría dos o más Tierras semejantes a la nuestra, lo que hace el proyecto irrealizable. Por otra parte, hemos llevado al límite los recursos y servicios de la Tierra y los sobrepasamos en un 40%. Todas las energías alternativas a la fósil, manteniendo el consumo actual, cubrirían solamente el 30% de la demanda global. Como se ve, dentro del mismo modelo, somos un sapo que se va cociendo lentamente sin posibilidad de salirse de la olla.
Hay tres propuestas creativas: la economía solidaria, que no se guía por el objetivo capitalista de maximización del lucro ni por su apropiación individual; el cambio de monedas regionales, y la tercera es la de la biocivilización y la Tierra de la Buena Esperanza, del economista polaco que dirige un centro de investigación sobre Brasil en Paris: Ignacy Sachs. Esta propuesta da un lugar central a la vida y a la naturaleza, considerando a Brasil el lugar donde se anticipa. Las tres son posibles, pero todavía no han acumulado fuerza suficiente para ser hegemónicas.
Ellas tal vez podrían salvarnos. ¿Pero tendremos tiempo hábil? Bien decía Gramsci: «lo viejo no acaba de morir y a lo nuevo le cuesta nacer». No se desmonta una cultura de un día para otro. Quien está acostumbrado a comer filete de lomo, difícilmente se resignará a comer huevo.
Mi sentimiento del mundo dice que vamos al encuentro de una formidable crisis generalizada que nos llevará al límite de la supervivencia. Cuando el agua nos llegue a la nariz, haremos todo para salvarnos. Posiblemente seremos todos socialistas, no por ideología sino por necesidad: los escasos recursos naturales serán repartidos ecuánimemente entre los humanos y los demás vivientes de la comunidad de vida.
San Agustín sabiamente enseñó que hay dos factores que producen en nosotros grandes transformaciones: el sufrimiento y el amor. Debemos aprender ya ahora a amar y a sufrir por esta única Casa Común a fin de que pueda ser una gran Arca de Noé que albergue a todos. Entonces la Tierra de la Buena Esperanza sí será señal de un Jardín del Edén que todavía está por venir.

Leonardo Boff
+++++
¿Sobrepasamiento y colapso del sistema mundial?
2009-07-31
________________________________________
Hoy en día en todos los países y foros se habla de desarrollo-crecimiento como nunca antes. Es una obsesión que nos acompaña por lo menos desde hace tres siglos. Ahora que se ha producido el colapso económico, la idea ha vuelto con renovado vigor, porque la lógica del sistema no permite, sin autonegarse, abandonar esa idea-matriz. ¡Ay de las economías que no consigan rehacer sus niveles de desarrollo-crecimiento! Van a sucumbir junto a una eventual tragedia ecológica y humanitaria.
Pero tenemos que decirlo con todas las letras: retomar esa idea es una trampa en la que está cayendo la mayoría, inclusive Benedicto XVI en su reciente encíclica Caritas in veritate, dedicada al desarrollo. Esto puede verificarse casi de manera unánime en los discursos de los representantes de los 192 pueblos presentes en la reunión de la ONU a finales de junio. La gran excepción, que causó asombro, fue el discurso inicial y final del presidente de la Asamblea General, Miguel d’Escoto, que pensó hacia delante en la lógica de otro paradigma de relación Tierra-Vida-Humanidad, y subordinando el desarrollo al servicio de estas realidades centrales. Del resto no se oía otra cosa: hay que retomar el desarrollo-crecimiento, si no la crisis se perenniza.
¿Por qué digo que es una trampa? Porque para alcanzar los índices mínimos de desarrollo-crecimiento del 2% anual previsto, necesitaríamos dentro de poco dos Tierras iguales a la que tenemos. No lo digo yo, lo dijo el expresidente francés Jacques Chirac cuando el IPCC publicó en Paris el 2 de febrero de 2007 los resultados del calentamiento global. Lo repiten con frecuencia el renombrado biólogo Edgard Wilson y el formulador de la teoría de la Tierra como Gaia, James Lovelock, entre otros. La Tierra está dando señales inequívocas de estrés generalizado. Hay límites que no se pueden sobrepasar.
Recientemente, el Secretario de la ONU, Ban-Ki-Moon advirtió a los pueblos de que solamente tenemos unos diez años para salvar a la civilización humana de una castástrofe ecológica planetaria. En un número reciente de la revista Nature, un prestigioso grupo de científicos publicó un informe sobre «Los límites del planeta» (planetary boundaries) en el que afirmaban que en varios ecosistemas de la Tierra estamos llegando punto de no retorno (tipping point) con referencia a la desertificación, la fusión de los cascos polares y del Himalaya, y a la creciente acidez de los océanos. Cabe aquí citar, en mi opinión, el mejor fundamentado estudio de los autores del legendario Los límites del crecimiento del Club de Roma de 1972: D. Meadows y J. Randers. Su libro de 1991 tiene un título que es una llamada de alerta: Mas allá de los límites: colapso total o un futuro sostenible.
La tesis de estos autores es que la excesiva aceleración del desarrollo-crecimiento de las últimas décadas, del consumo y del desperdicio, nos han hecho conocer los límites ecológicos de la Tierra. No hay técnica ni modelo económico que garantice la sostenibilidad del proyecto actual. El economista Ignacy Sachs, amigo de Brasil, uno de los pocos que propone un ecosociodesarrollo comenta: «No se puede excluir la idea de que, por exceso de aplicación de racionalidad parcial, acabemos en una línea de irracionalidad global suicida» («Forum», junio 2009 p.19). Ya he afirmado en este espacio que la cultura del capital tiene una tendencia autosuicida. Prefiere morir a cambiar, arrastrando a otros consigo.
Los formuladores de la visión sistémica llaman a este fenómeno sobrepasamiento y colapso. Es decir, sobrepasamos los límites y nos dirigimos hacia un colapso.
¿Estaré siendo pesimista? Respondo con José Saramago: «no soy pesimista, la realidad es la que es pésima». Efectivamente: o abandonamos el barco del desarrollo insostenible en dirección a lo que la Carta de la Tierra llama «un modo sostenible de vivir» y los andinos «el bien vivir», o vamos a tener que aceptar el riesgo de ser despedidos de este planeta.
Pero como el universo está hecho de virtualidades todavía no ensayadas, esperamos que surja una que nos salve a todos.

Leonardo Boff

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: